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¡Cuando el mal es de apagón, no valen petrodólares!

Juan Linares Balmaseda, Primavera Digital

Luyanó, La Habana (PD) Al parecer, de todas las miserias materiales que sufrimos los cubanos que habitamos en esta ínsula, la menos tolerada es el apagón nocturno.

La afirmación parecería insolente, un punto de vista disidente, con pespuntes conspirativos, de no ser por la opinión de coterráneos, quienes con patética resignación manifiestan preferir las adversidades del transporte público, o la habitual ausencia de agua potable en los grifos de sus moradas -que los obliga a cargarla en cubos desde un vehículo cisterna hasta quizás un alto piso- antes que padecer los larguísimos apagones de un periodo nada especial.

Para entenderlo, habría que ponerse en el pellejo de los que ya soportamos cotidiana y "programadamente" más de doce horas seguidas sin electricidad. Quedamos sometidos al sofoco nocturnal y a las plagas de mosquitos. Y al faltar la refrigeración, peligran las poca libritas de bazofia alimenticia que con gran dificultad conseguimos.  A menudo cenamos a ciegas, sin siquiera poder intentar aliviar las desdichas del diario con la estupefaciente televisión. En conclusión, vivimos secuestrados por la involución.

Y es que los apagones ya forman parte de nuestra idiosincrasia. Al contrario de otras miserias perentorias, como la alimentación y el transporte, no resueltas totalmente para obligarnos a pensar con las tripas más que con el cerebro o hacernos perder tiempo caminando o esperando un transporte, el miedo a sufrir apagones ha encontrado consenso siempre, lo mismo entre los cubanos de a pie que en los jerarcas, claro que por razones bien distintas.

Los de a pie tememos por la constante degradación que provoca en nuestro ya pobrísimo nivel de vida.  El temor de los jerarcas, es a las revueltas y protestas a las que esa opresiva oscuridad pueda incitar al pueblo.

Ni opresores ni oprimidos olvidamos aquel primer lustro de los años noventa, cuando los cortes del fluido eléctrico en horas nocturnas provocaron que se rompieran las reglas de la obediencia y se desataran escaramuzas –fugaces o mas intensas- entre indignados y policías.

Al amparo de la cerrada penumbra, toda cosa asible se transformaba en proyectil arrojado contra los vehículos particulares o públicos que circulaban por las avenidas, o contra las casas de ardorosos castristas. Los autos patrullas eran blanco predilecto de esta artillería artesanal. A menudo vidrieras y puertas de cristales se hacían añicos en establecimientos estatales. Y en el en verano de 1994 estalló el Maleconazo, la última estampida en masa que bogaría rumbo al norte, solución invalidada hoy por las serias advertencias del gobierno norteamericano.

Recientemente la prensa oficialista, para restar importancia a la inquietud de la población por el mal presagio que traen los apagones cortos que se suceden en todo el país, anunció que el combustible para la generación eléctrica estará garantizado, y sin una mínima dosis de pudor, culpó al sector residencial por el creciente consumo de electricidad.

¿Pero cómo entender que el consumo continúe al mismo nivel, o baje, otorgando licencias para pequeños negocios familiares?

Cuesta creer que los cientos de miles de barriles diarios de petróleo venezolano -probablemente superior a la cifra subsidiada por los soviéticos, teniendo en cuenta la cercanía geográfica y la fidelidad perruna del régimen bolivariano- no logren estabilizar la generación eléctrica nacional.

En su momento, los grupos electrógenos fueron la solución mágica, según los medios oficialistas. Hoy muchos han colapsado por falta de piezas de repuesto. Mantener miles de motores de combustión interna en funcionamiento las 24 horas del día  consume una desmesurada cantidad de gasoil.

Y buena parte desaparece en la transportación particular, abaratando el precio en el mercado negro. Gracias a esa corrupción no se ha multiplicado más aceleradamente el costo del pasaje de los taxis particulares ni los alimentos en los mercados agropecuarios.

De finalizar el régimen de Chávez y si la plataforma Scarabeo 9 no encuentra petróleo, volverán los apagones, dando jaque con reina -y quien sabe si hasta un mate- a la dictadura totalitaria más prolongada del mundo occidental, pese al pronóstico de quienes aseguran que "aquí nada pasará".

 

 

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