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¿Crímenes perfectos?

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, noviembre, www.cubanet.org -Los criminales, que son mutantes como los microbios, desacreditaron desde hace tiempo el tópico de que no hay crimen perfecto. Pero aun desde antes, todo ha dependido de la manera en que interpretemos el concepto de perfección.

Si el crimen, por más imperfecta y chapuceramente que se efectúe, puede quedar impune por la acción de leyes espurias, que en vez de condenar, protegen a su ejecutor, entonces, a pesar de la etimología, suele ser calificado como perfecto. Se trata de un tipo de perfección que se interpreta ceñida sólo a los intereses del criminal, pero, aun así, parece normal concederle patente sintáctica.

Únicamente desde ese prisma podría afirmarse que las muertes de Oswaldo Payá y de Laura Pollán fueron frutos de crímenes perfectos. Aun cuando nunca lleguemos a conocer siquiera los nombres de sus ejecutores directos, y muchísimo menos nos encontremos en condiciones de prever cómo, cuándo, dónde atacarán de nuevo, ni quiénes serán sus próximos blancos, ya que sin duda estamos ante criminales en serie empeñados en el monopolio de la “perfección”.

A lo más que podemos aspirar quizá sería a lanzar aviso sobre sus potenciales objetivos, dentro de cuyo perfil general cabe cualquier miembro de la disidencia política en Cuba que sobresalga por sus dotes de liderazgo y que se haya dado a conocer internacionalmente, sobre todo mediante acciones de lucha cívica en las calles, con vocación pacifista y con una conducta moral que no deje fisura para suspicacias en ninguno de los bandos. Si alguna prestigiosa institución extranjera le ha otorgado premios, y si, a la vez, goza de respeto y de una relativa ascendencia dentro de su radio local, encarna entonces al prospecto idóneo.

Quienes sean lo suficientemente realistas y desprejuiciados como para ubicarse a sí mismos dentro de este perfil, no necesitan consultar los caracoles o el Tablero de Ifá para saber que están viviendo en cuenta regresiva, y que el número de las raciones de pan de la libreta que les queda por comprar no depende tanto de la providencia divina como de ciertas circunstancias propiciatorias detrás de las que siempre suelen andar agazapados los criminales.

Dado que ya todos terminamos descartando la participación del azar en las muertes de Laura y de Payá, resulta cándido pensar que serán las últimas dentro del movimiento opositor. Si acaso, podrían ser las últimas del año en curso. Pues, por más contrariedad y amargura que nos cause reconocerlo, los homicidas han sobrecumplido sus planes, de momento, ya que al quitar del camino las grandes piedras que para ellos eran esos dos mártires, es posible y hasta comprensible que lograran provocar un cierto impasse en las acciones de la oposición.

Porque ojalá me equivoque, pero tengo la impresión de que en los últimos meses, luego de esas dos sensibles bajas, los de la oposición no se han hecho sentir con la misma intensidad que antes. Hay excepciones, como la del enfrentamiento del pasado 8 de noviembre, en una calle habanera, entre un pequeño grupo de valientes blogueros, comunicadores, abogados independientes… con decenas de esbirros de la tenebrosa Sección 21, de la Seguridad del Estado. Pero tanto el hecho en sí, como la composición del grupo disidente (donde apenas estaban representados los partidos políticos y organizaciones de la oposición formal), parecen demostrar ese impasse al que me refiero.

¿Se tratará de un problema pasajero, cuya duración depende del tiempo que puedan demorar los partidos y grupos opositores para cubrir el vacío dejado por los ausentes y además para sacudirse el desconcierto que les ocasionó la pérdida?

El crimen perfecto, si nos atenemos al verdadero significado del término, se redondearía en todo caso si con sus dos chapuceras acciones homicidas, los criminales consiguen prolongar por largo tiempo esta discreta merma que, en sentido general, se advierte en las acciones del movimiento de oposición pacífica en la Isla.

No es razonable suponer (al menos yo me resisto a suponerlo) que con la desaparición física de su líder, las Damas de Blanco se permitan dejar que se note su ausencia en medida más allá de lo sensato. Tampoco es concebible (para mí) que la desunión y la contaminación política logren abrir brecha dentro de este movimiento, o que sus ejemplares integrantes se dejen penetrar por el desaliento y por deslices en la conducta que hoy parecen tan comunes dentro de la atmósfera de miseria en que vivimos, y contra los cuales luchó siempre Laura, anteponiendo la transparencia de su ejemplo, que era como un blindaje de seda.

De igual forma, no concibo que la vigorosa lección de Payá, contenida en su decencia a toda prueba, en su firmeza sin odios ni ambiciones, y en su capacidad de convocatoria, caiga o enflaquezca porque sus seguidores (que se cuentan por miles) no sean capaces de mantener en pie lo que levantó una sola persona.

En el caso (hoy improbable) de que tales desgracias ocurrieran, es como único podría aceptarse que las muertes de Laura y Payá han sido fruto de crímenes perfectos.

 

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