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Contradicciones

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba, noviembre (wwww.cubanet.org) – Hace apenas unos días, el 15 de noviembre, el gobierno cubano reiteró ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas “su compromiso en la lucha contra el terrorismo en todas sus formas y manifestaciones y donde quiera que se ejerza”, según su agencia de noticias Prensa Latina y el periódico Juventud Rebelde.

Al día siguiente, el mismo periódico se hizo eco también de otra noticia, que refleja las incongruencias de la política del gobierno castrista: en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, de Capdevila, La Habana, se presentó el libro El coraje tiene nombre, escrito por la señora Teniente Coronel Margarita Carvajal Pradas, una biografía  del mártir villaclareño Gerardo Abreu Fontán, considerado por la policía de Batista como “el revolucionario más peligroso del Movimiento 26 de julio en la capital”, organización dirigida por Fidel Castro.

En dicha organización, Gerardo Abreu Fontán, igual que muchos de sus miembros, fue un joven violento, de carácter rebelde, siempre dispuesto a realizar los actos terroristas más riesgosos de aquellos tiempos. Según el periódico Granma del 7 de febrero de 2008, Abreu Fontán “demostró su valentía en innumerables acciones y sabotajes en los que participó y por esa razón fue capturado por la policía el 7 de febrero de 1958”. Abreu Fontán planeaba, junto a otros, volar el edificio del Palacio de Justicia.

Pero no es este violento terrorista el único destacado como ejemplo a seguir de forma permanente en la prensa oficial. Cada uno de los jóvenes que actuaban bajo la dirección de Fidel Castro en las Brigadas Juveniles del 26 de Julio para lograr el derrocamiento de la dictadura batistiana, y la toma del poder, son supuestamente ejemplos a seguir, según las salas de Historia de la Lucha Clandestina, centros dedicados a fomentar el estudio y conservación de la memoria sobre la lucha de aquellos grupúsculos, cuyos ‘mártires’, como ya se sabe, no llegan a doscientos.

Sus ‘patrióticas’ actividades, por todos conocidas, consistían fundamentalmente en el enfrentamiento armado con la policía, la realización de sabotajes, la colocación de bombas en lugares públicos como cines, parques, cabarets, acueductos, instalaciones eléctricas, secuestros de civiles, asesinatos de políticos y militares en la vía pública, etc.

En la Sala de Historia de Holguín, por ejemplo, ubicada en un edificio que fuera una antigua y famosa ferretería, se exhibe el auto Chevrolet utilizado por miembros del 26 de Julio para ‘ajusticiar’ (asesinar) al coronel Fermín Cowley Gallego, el 23 de noviembre de 1957, así como las pañoletas con la insignia de la organización clandestina utilizadas por los terroristas asaltantes a cuarteles y realizadores de otras actividades, encaminadas a sembrar el terror en la población.

Los directivos de estas Salas de Historia, diseminadas por todo el país, con frecuencia exhortan a los cubanos, a través de la prensa, a que donen cualquier documento u objeto que posean, que esté relacionado con estas actividades terroristas que se llevaron a cabo en los años cincuenta, según explican: “con el fin de contribuir a mantener el patrimonio histórico de la nación”.