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Con quien tiene que discutir el régimen castrista es con el pueblo cubano

Luis Cino Álvarez, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- En 2009, en un ciclo de conferencias sobre los 50 años de la revolución cubana, organizada por la Queen University, de Kingston, Ontario, Canadá, Ricardo Alarcón, que por entonces era el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, fue de los pocos que dijo algo sensato.

Excepto las quejas de Mariela Castro sobre la homofobia entre los militares del ejército de su papá, todos los demás conferencistas giraron sobre un tema con ligeras variaciones: las culpas del embargo-bloqueo norteamericano. En cambio, Alarcón, a pesar de su arrogancia al asegurar que “Cuba no tenía que hacer absolutamente nada para resolver su diferendo con Estados Unidos” y de su habitual cinismo respecto a la democracia, en su discurso en inglés, precisó algo esencial: “Realmente lo que hay que discutir es cómo tener una relación normal, conforme a los principios del derecho internacional y del sentido común entre dos países vecinos”.

Se dice que atenido a esos principios se desenvuelven las actuales conversaciones para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países.

En varias oportunidades, el general Raúl Castro ha dicho estar dispuesto a discutir “de todo”, incluso de derechos humanos y libertad de prensa, con los Estados Unidos, siempre que sea “con respeto y en igualdad de condiciones”.

Pero sucede que acerca de democracia, derechos humanos y libertades de cualquier tipo, un gobierno no debe discutir con los gobiernos de otros países, sino con su propio pueblo, que se supone sea el soberano. Raúl Castro, tan preocupado por la soberanía nacional, debía saberlo.

Con el gobierno norteamericano, el general Raúl Castro puede discutir -e incluso seguir subiendo la parada en la discusión, a tenor de lo que diga Fidel Castro, siempre tan desconfiado de los yanquis- sobre la devolución del territorio que ocupa la base naval de Guantánamo, las indemnizaciones que se deben ambos países, la conversión en embajadas de las respectivas secciones de intereses, el límite de las aguas territoriales, la lucha contra los traficantes de drogas y de inmigrantes ilegales, los huracanes, los derrames de petróleo en el Golfo de México, las ondas radiales y televisivas, y regatear detalles de tratados comerciales mutuamente ventajosos si al fin levanta el Congreso de los Estados Unidos, un día de estos, el embargo.

La circunspecta Josefina Vidal Ferreiro, directora de Departamento de Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) ha dicho -incluso desde bastante antes de las recientes reuniones con la subsecretaria Roberta Jacobson y en la entrevista que concedió a la bellísima Cristina Escobar- que todo con Estados Unidos es negociable, excepto la soberanía y el sistema político.

Es cierto: tales temas hay que ventilarlos, como los trapos sucios de la familia, de la puerta para adentro. El régimen castrista debe discutir de democracia y derechos humanos con los cubanos. Si pese a sus diferencias irreconciliables, puede negociar con el gobierno norteamericano, ¿por qué no se llena de valor y se decide a participar en un diálogo nacional con la oposición civilista? ¿Cuál es el miedo y el prurito? Tal diálogo sería mucho más sensato y digno que negociar nuestros asuntos internos con el gobierno de otro país, por muy respetuosas y en igualdad de condiciones que sean las conversaciones… Que no se quejen después los mandarines, que solo quieren discutir con los norteamericanos, si alguien los acusa de plattistas.