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Con casco azul y en Singapur

Luis Cino Álvarez, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- El académico cubano-americano Jorge Domínguez opina que debido a la capacitación de los cubanos, que considera es extraordinaria, “Cuba podría convertirse en una Singapur del Caribe”.

El muy imaginativo y optimista profesor Domínguez dijo eso al periodista Pablo de Llano en una entrevista que apareció en El País el pasado 29 de mayo.

Al preguntar el periodista qué podía dar protagonismo a Cuba, el inefable académico contestó: “Por ejemplo, que se convierta en uno de los principales suministradores de cascos azules para Naciones Unidas, cosa que nunca ha hecho y que sería útil por su experiencia en misiones internacionales. Es un país que en los años 70 y 80 desplegó más de 300.000 hombres por distintas partes del mundo y sigue teniendo unas Fuerzas Armadas muy profesionales.”

Uno no puede menos que lamentar que Jorge Domínguez, que se fue de Cuba con solo 15 años, en 1960, no haya pasado el servicio militar obligatorio, para que hubiese formado parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ese ejército de fábula que tanto admira, con sus simpatiquísimos sargentos instructores, sus órdenes ladradas y sus castigos para formar el hombre nuevo. Mejor aún, si lo hubiesen enviado a pelear a Angola, aquella gesta bélica tan romántica que supone capacitó a sus compatriotas, incluso a los del futuro, para ponerse el casco azul y servirle a la ONU de apagafuegos en cuanta crisis internacional se presente. Todo con tal de que Cuba mantenga su protagonismo cuando ya no esté Fidel Castro, que es el que puso a capricho suyo a este país en el casting, cosa que Jorge Domínguez no deja de agradecer, aunque haya visto la película de lejos y comentándola.

De los académicos, improvisadores y charlatanes que se pintan de cubanólogos -esos especialistas en dislates y desaciertos- uno de los que más urticaria da es Jorge Domínguez. Sus disparates y alucinaciones envuelven sus simpatías a larga distancia, desde Harvard, inconfesas y más o menos disimuladas, por el castrismo.

Según se desprende de sus pronósticos y opiniones, el castrismo no es tan malo como parece, solo hay que tener paciencia y no presionarlo demasiado, para que no se acompleje y atrinchere, y ver como muta y se transforma en cualquier otra cosa que no difiera demasiado de la original, por aquello de la preservación de lo que es salvable, los llamados logros de la revolución…

Para que no lo acusen de demasiado complaciente con el régimen, Jorge Domínguez admite que en Cuba, para que se convierta en el equivalente antillano de Singapur, habría que cambiar una serie de cosas. Aumentar los salarios, por ejemplo. Y según ha escrito en otras oportunidades, hacerle algunos cambios a la constitución socialista de 1976, unos retoques ligeritos a su versión de 1992, que no hay que hacer una nueva, por mucho que institucionalice la falta de libertades políticas de los cubanos, que es lo que menos parece importarle al profesor.

Jorge Domínguez, que dice estar impresionado por el don de gente y la habilidad diplomática mostrada por el general Raúl Castro, considera que las reformas raulistas deben ocurrir sin pausa pero con un poquitico, solo un poquitico más de prisa.

El profesor Domínguez ha tenido la suerte de dar con personas lo suficientemente indulgentes como para luego de escuchar sus tonterías no mandarlo a Singapur o cualquier otro lugar parecido pero de nombre más corto.

Hay que esforzarse por no ser demasiado severo con Jorge Domínguez. Después de todo, a veces el profesor reconoce sus limitaciones.

En la introducción de su libro “Cuba hoy, analizando su pasado, imaginando su futuro” (Editorial Colibrí, 2006), Jorge Domínguez, luego de referirse a su primera visita a Cuba, en enero de 1979-cuando descubrió que la casa en El Vedado de su abuela materna había sido convertida en un local de la Federación de Mujeres Cubanas, justo frente a la embajada de Corea del Norte- reconoce que hay temas interesantes y significativos en la experiencia del pueblo cubano sobre los que tiene poco que decir. Aunque le pique la curiosidad, quizás tanto como la picazón insoportable que creyó percibir en los adolescentes que se rascaban los testículos con desesperación y que tanto le llamaron la atención en aquel primer viaje a La Habana. Pero remacha: “El estudio de los temas políticos no se limita a detalles puntuales ni a simples chismes”. A eso se reducen nuestros infortunios. Y él es politólogo, no lo olvidemos.

Jorge Domínguez le agota la paciencia y hace perder la tabla a cualquiera cuando le da por imaginar los futuros posibles de Cuba. Él, que de Cuba solo conoce lo poco que recuerda, lo que le han mostrado sus anfitriones del régimen cuando viene de paseo y lo que imagina, en sus raros ejercicios de onanismo mental, como ese de vernos a sus maltrechos compatriotas de casco azul y viviendo como si estuviéramos en Singapur.