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Como la mala hierba

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, marzo, www.cubanet.org -Al estilo de los viejos taoístas chinos, pero en versión zafia, nuestros caciques suelen diseñar sus batallas dejando al contrincante una pequeña brecha, como al descuido, para que se escape. Con ello la victoria les resulta más fácil y barata.

Así lo hicieron siempre con los emigrantes y exiliados. Y según todo indica, se han propuesto volver a hacerlo en estos tiempos, sólo que con una pequeña variante en la táctica. El escape esta vez sería en sentido contrario, de allá para acá.

En lo que no cambian ni un ápice es en su malévolo afán por dividir a los cubanos, manipulándolos para debilitarlos mediante el enfrentamiento de intereses y pasiones.

Están obligados a ensayar nuevas posibilidades de inversión foránea, pero cada vez son menos los inversionistas que confían en ellos, visto ya que se niegan a renunciar a su obsoleta dictadura totalitaria. Y ahora, además, están  interesados en buscar atenuaciones para el detalle, tan revelador, de que la mayoría de los cubanos se marchan del país, huyéndoles, no obstante lo que ellos pregonan ante los pobres latinoamericanos como las conquistas de la revolución.

Entonces echan garra de nuevo a su estilo taoísta, abriéndole una brecha a la emigración y aun al exilio, algunos de cuyos representantes quizá podrían venir en breve a explorar algún que otro negocio, siempre que estén dispuestos a entrar por el aro de sus oportunistas y arrogantes condiciones como reyes de la Isla.

Si al menos no fueran tan soberbios y -dado que están con un metro de lengua afuera- se dignaran a derribar los muros para darle entrada a toda nuestra gente de la diáspora, pero a todos de verdad, sin otra exigencia que las buenas ganas de querer regresar, lo mismo a invertir su dinero que a echar a correr la suerte en la reconstrucción de su tierra en ruinas. Sin que medien amañadas selecciones.

Pero no es el caso. Y aun así, ni siquiera es lo peor. Sabedores de que no todos los cubanos de la diáspora estarían en disposición de acogerse a su ley del embudo, nuestros caciques envían en la avanzada de la nueva táctica a la piara de siempre, la de sus amanuenses de afuera y de adentro, quienes están asumiendo el trabajo sucio de dinamitar la armonía entre exiliados y emigrantes, entre viejos y jóvenes, entre activos y pasivos desavenidos del régimen.

Y he aquí que tales amanuenses apelan otra vez a la rancia y ridícula y fullera teoría de que entre los cubanos que viven en el exterior, solamente a unos pocos les disgusta el régimen, es decir, a los políticos y a los hijos de ricos expropiados que se fueron en los años 60, más a un menudo grupo de opositores activos.

Por supuesto que nadie con dos dedos de frente se tragaría esa guayaba, pero ni falta que les hace, porque precisamente uno de los primeros objetivos de estos nuevos planes del cacicazgo es cambiar la imagen entre la camarilla de sus garantes en Latinoamérica, donde, por regla general, no abundan las frentes anchas.

Una vez descontada la incalculable cantidad de alcahuetes y policías camuflados que se han dedicado a regar como serpentinas por todo el mundo, junto a una buena parte, no todos, de los miembros de eso que llaman el exilio de terciopelo, resultaría muy difícil hallar a un solo cubano, entre el par de millones que viven allende los mares, que simpatice en lo más mínimo con el régimen.

Si bien es cierto que los que se fueron en oleadas, a partir de los años 80, tienden a mostrarse deseosos por visitar a sus familiares en la Isla, y lo hacen tan pronto legalizan su situación en Estados Unidos, no es verdad, en absoluto, que sean menos desavenidos, ni aun menos abiertamente opuestos al régimen. Su regreso no está condicionado, ni remotamente, por un cambio de ideales, ni por la ausencia de éstos. En ello no interviene la menor motivación política.

Pero lo que sí es cierto, y además fácilmente comprobable, es que en su decisión de abandonar el país pesó de una manera radical la represiva y mísera y desesperanzadora atmósfera política en que el régimen les obligaba a vivir.

Entonces, ¿cuál es el cuento de camino con que estos amanuenses quieren dormir al personal?

El gran impedimento para que los cubanos corrijamos de una vez esta deriva en la que vamos en picada, no reside en el extranjero, no hay que agenciárselo a las torpes actuaciones de un pequeño grupo de politiqueros cubanoamericanos, ni en general hay que buscarle remedios o excusas más allá del Morro. En todo caso, el gran impedimento consiste en que los únicos que en verdad debieron irse del país no se van. Están sembrados, y erosionando el suelo, como la mala hierba.

 

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