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Castristas precisan muertos para acentuar la represión

Oscar Sánchez Madan, Primavera Digital

Cidra, Matanzas.- Se observa que el gobierno de Raúl Castro precisa de un muerto entre sus partidarios para justificar el aumento de la represión contra el pueblo de Cuba. Las acciones realizadas por su policía de Seguridad del Estado en el último, año así lo indican.

El descontento de los ciudadanos y sus continuas protestas, unidos a la falta del necesario respaldo internacional a la dictadura, impide que esta logre conservar por mucho más tiempo su proyecto antidemocrático. Los cubanos y las instituciones y gobiernos civilizados del mundo rechazan un sistema que no respeta la dignidad humana.

Esta incómoda situación ha obligado a los tercos gobernantes a pensar en cómo incentivar su maquinaria represiva. Con el auxilio de los cuerpos parapoliciales, al parecer, han cambiado de táctica al intentar fortalecer los pilares de un socialismo obsoleto que no funcionó ni siquiera en la otrora Unión Soviética, que contaba con importantes recursos materiales y humanos.

Han sido vanos los violentos actos de repudio, las arbitrarias y excesivas condenas de veintenas de activistas prodemocráticos, las públicas golpizas y las miles detenciones ilegales de corta duración llevadas a cabo durante el último decenio para frenar la rebeldía popular. Han fracasado las gigantescas campañas difamatorias y los escandalosos operativos policiales de vigilancia desplegados contra quienes en la isla reclaman libertad y democracia.

Por el modus operandi de los agentes de la policía política durante el año 2011 y lo que va de 2012 se puede llegar a una sola conclusión: el régimen busca desesperadamente un muerto entre sus filas para usarlo como bandera y de esta forma, arremeter con mucha más fuerza contra la audaz y pacífica sociedad civil.

No es necesario graduarse en las universidades de Harvard (Estados Unidos), o de Oxford (Reino Unido), para saber que los coroneles de la denominada Sección 21, cuya ridícula misión es reprimir a los ciudadanos por razones de conciencia, batirían sus palmas si algún disidente, al ser agredido, en un acto de desesperación, hiere o ultima a un efectivo militar o parapolicial.

Para alcanzar este propósito, en los operativos policiales que financian, organizan y dirigen, estos connotados sepultadores del pensamiento utilizan a civiles partidarios de la dictadura como ejecutores de muchas de las agresiones emprendidas contra sus opositores políticos. Con malsanas intenciones ubican entre estos testaferros a mujeres, ancianos y niños, sin el menor escrúpulo.

Pero no les basta con eso. Sus agentes subordinados ofenden la moral de los demócratas con el ánimo de provocar en ellos una reacción violenta. Sirva de ejemplo la reciente detención, en Santa Clara, de las activistas Idania Yanes Contreras e Iris Pérez Aguilera, presidenta de la Coalición Central opositora, la primera y líder del Movimiento Feminista Rosa Park, la segunda. Durante el mismo, un militar las agredió de forma lasciva.

Y esto lo hacen porque necesitan un muerto entre sus filas, aunque no uno cualquiera. Para ellos es necesario que la víctima sea una pobre viejita (o viejito), una (o un) infante de cinco o diez años, o una fémina cuya muerte cause considerable lástima y conmocione a la opinión pública.

Una vez logrado ese objetivo, los empleados de la filial de propaganda del Partido Comunista, la prensa oficial en la primera línea, se encargarían de “resucitar” el cadáver y magnificarlo. Todo se haría en nombre de la patria, la revolución y el socialismo. Y, por supuesto, en este asunto no olvidarían concederle un espacio al Comandante en Jefe, quien dedicaría al tema una de sus kilométricas “Reflexiones” para “santificar” el crimen.

He ahí la respuesta a una pregunta que hoy se hacen muchos cubanos: ¿por qué la policía de Seguridad del Estado incita, con tanta insistencia, a infantes, ancianos y mujeres, a ofender y golpear a los integrantes de la emergente sociedad civil? La respuesta a esta lógica interrogante es más que obvia.

Mientras en Estados Unidos los indignados lanzan piedras, palos y botellas a los policías, quienes los arrestan para reducirlos a la obediencia, en Cuba los disidentes se dejan golpear y arrastrar, y no emplean la violencia contra sus agresores. Los opositores cubanos saben que el régimen necesita un pretexto con el cual justificar la salida masiva de las tropas especiales y los tanques de guerra a las calles. Eso es lo que hace el dictador Bashar al Assad en Siria.

Es esa la razón por la que la dictadura recrudece las campañas difamatorias contra los disidentes, los asaltos a sus viviendas, las solapadas agresiones en los centros hospitalarios pero, sobre todo, las golpizas.

Dichas acciones son filmadas por los agentes policiales con el objetivo de captar el instante en que sus víctimas, guiadas por el instinto de conservación, hieran o maten a alguno de sus atacantes. De suceder, los militares responderían con todo el odio y los medios posibles.

En estos días difíciles para el pueblo cubano, los demócratas del planeta deben permanecer muy alertas. Ante la honorable testarudez de los disidentes por aferrarse a los principios civilistas, evidenciada en su obstinado afán de no abandonar el respetable sendero de la no violencia, tal vez, el propio régimen ejecute un abominable crimen. La autoagresión es una vieja táctica empleada por el castrismo a través de su oscura historia y puede volver a ser utilizada.

Resulta evidente que el modelo político-económico ideado por los hermanos Castro bordea el precipicio: ellos mismos lo han reconocido. Por eso la dictadura necesita declarar un estado (real) de sitio para resguardar sus consabidos privilegios.

Un partidario del oficialismo supuestamente ultimado por la disidencia, le vendría como anillo al dedo a los jefes del totalitarismo criollo. Ojalá que esa muerte no pase de ser una posibilidad.