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Capitolio Nacional: restaurar los símbolos

La reconstrucción de la prosperidad y la democracia no están incluidos entre los proyectos gubernamentales

Miriam Celaya, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- En días recientes la prensa oficial cubana publicó un reportaje sobre las obras de restauración que se están realizando en el Capitolio Nacional, a fin de alistarlo para el funcionamiento de la Asamblea Nacional, en una fecha aún no precisada.

Lamentablemente, dicho texto peca de las imprecisiones y floreos típicos de la escuela cubana de periodismo, por lo que se centra más en las emociones del autor durante su rápido recorrido por las obras y su aventura personal de a más de 80 metros de altura a bordo de un ‘winche’, que en las cuestiones realmente interesantes para un lector medianamente sagaz, como pudieran ser, por ejemplo, el costo total de los trabajos tras cinco años de iniciado el proyecto de restauración -un tiempo que ya supera el que se invirtió en la construcción original del icónico edificio-, o las razones que determinaron la decisión de devolver a este inmueble su función original -esto es, albergar al Parlamento- después de la deliberada y sistemática destrucción del edificio y de los valores republicanos por voluntad de Castro I.

Otro detalle de interés hubiera sido conocer si se volverá a colocar o no en su lugar original el gran diamante de 25 quilates que a los pies de la Estatua de la República y bajo la cúpula que se yergue a 92 metros de altura, marcaba el Kilómetro Cero de ese otro ícono de la ingeniería civil cubana, la Carretera Central. En particular resulta sugestivo este punto, por cuanto el reportaje de referencia informa que el grado de protección que se aplica a este icónico inmueble de Cuba es de grado 1, es decir, que debe conservarse sin alteración la composición original del edificio, incluyendo tanto los elementos estructurales como los decorativos.

El enigma del “Kilómetro Cero”

Así, además de los cuestionamientos en torno al enorme costo de la rehabilitación constructiva del fastuoso edificio en medio de una ciudad cuyo fondo habitacional literalmente se está cayendo a pedazos, las actuales obras de restauración del Capitolio ponen nuevamente en el candelero el enigma del diamante, que por sí solo bien merecería una crónica aparte.

Rodeada de leyenda, se dice que la joya perteneció a un zar ruso, y que llegó a Cuba de la mano de un joyero turco que la adquirió en Francia. Más atrás, su origen se diluye en las brumas. Lo que sabemos con certeza es que fue comprada por el gobierno del General Gerardo Machado y Morales (1925-1933) y destinada a satisfacer la desmedida vanidad nacional de la joven República, al ser sembrada en el piso principal del emblemático Capitolio.

Durante la segunda presidencia del Dr. Ramón Grau San Martín (1944-1948) fue robada -dizque por un oscuro teniente de policía o por un funcionario corrupto, que nunca ha sido bien esclarecido el entresijo- y restituida a su lugar, a los pies de la imponente Estatua de la República, donde permaneció expuesta a la vista de los visitantes hasta el año 1973.

El destino de la controvertida gema es un completo misterio desde entonces, cuando -sin previo aviso y bajo circunstancias desconocidas para la opinión pública- se tomó la decisión de sustituirla por una réplica. Según se dice, el original fue depositado en la caja de seguridad del Banco Nacional de Cuba. No existen testimonios fidedignos ni pruebas que así lo corroboren, aunque el rumor popular especula que fue el omnímodo dictador, el ex presidente, Fidel Castro, quien se lo apropió. Tampoco faltan los “enterados”, quienes aseguran que años atrás la valiosa piedra fue extraída del país bajo los auspicios del propio autócrata. Pero tampoco estas versiones han sido confirmadas, y los implicados -reales o supuestos- guardan un absoluto silencio sobre este particular.

Un camino de retorno

Más de cinco décadas atrás, y en nombre de una revolución que tuvo una vida breve, pero un efecto devastador y prolongado, el Capitolio fue intervenido por el Innombrable. Las cámaras del Congreso habían quedado inhabilitadas y el majestuoso edificio fue entregado a inicios de los años 60 a la entonces recién nacida Academia de Ciencias de Cuba, una institución con malformaciones congénitas cuyo costo y nombre superaría con mucho sus funciones, y que se encargaría de destruir metódicamente la mayor parte del patrimonio mobiliario y otras instalaciones interiores del inmueble.

A lo largo de los años fueron realizadas sucesivas divisiones en el interior del Capitolio, afectándose las paredes y columnas, mientras los jardines interiores de las alas norte y sur, así como las lámparas, instalaciones sanitarias, cristales, cortinas, tapices y frescos que decoraban los espacios interiores sufrieron los embates del abandono y la rapacidad de los nuevos ocupantes.

Por su parte, los sótanos se inundaban con frecuencia sin que las aguas fueran evacuadas con la regularidad necesaria, afectando con la humedad las paredes y las instalaciones hidráulicas y eléctricas.

Bajo el arco de la escalinata, la Tumba del Mambí Desconocido y su conjunto escultórico fueron profanados durante décadas, al utilizarse esta área para la carga y descarga de camiones de los servicios de “mantenimiento”, y al virtualmente convertirse en taller de reparaciones del parque automotor de la Academia.

En el exterior, los versallescos jardines originales se fueron transformando de a poco en improvisadas áreas deportivas que niños y adolescentes utilizaban para jugar futbol o beisbol, o para patinar, con la consecuente afectación de los jardines, mientras el constante trasiego de transeúntes abría caminos de tierra en los otrora verdes céspedes.

Los ángulos exteriores, al pie de los hemiciclos, eran otros tantos urinarios públicos por los que se hacía literalmente imposible circular a causa del hedor, mientras las explanadas posteriores se convirtieron en espacios donde los círculos de ancianos realizaban ejercicios matutinos, y las rampas laterales de las majestuosas escaleras servían como canales por los que se deslizaba toda la chiquillería de los barrios colindantes.

Todo el entorno rezumaba la mugre y decadencia inherentes al sistema. Diríase que la voluntad gubernamental era someter por humillación la imponente soberbia de este orgulloso símbolo republicano.

Hacia los finales de los años 80’ otro delirio de Castro I -“la mayor” Biblioteca de Ciencia y Tecnología de Latinoamérica- dio al traste con los ricos fondos de la Biblioteca del Congreso, que milagrosamente hasta entonces habían permanecido relativamente intactos y a salvo de su voraz depredación. Montones de libros valiosos, frutos del conocimiento humano y tesoros de la cultura universal, acabaron amontonados y revueltos sobre el piso del Salón de los Pasos Perdidos, a merced de la rapiña de algunos “científicos” devenidos revendedores, un hecho que -por supuesto- no fue documentado por la prensa oficial ni por las instituciones del gobierno, pero del que podemos dar fe numerosos testigos presenciales. Algún día habrá que incluir este episodio entre las pérdidas causadas a los cubanos por tanto vandalismo oficial, y reclamar su reparación.

La flamante nueva biblioteca jamás alcanzó las cotas soñadas por el Alucinante en Jefe, como tampoco cumplió las funciones por las que causó tantos estragos. Y así la abulia y el deterioro siguieron enseñoreándose del Capitolio hasta convertirlo en un lamentable espectro de lo que fue durante la República. Curiosamente, el fruto de la creación de tantos ingenieros, arquitectos y artistas había sido casi arrasado por el poder de un solo hombre.

Sin embargo, y para sorpresa general, a despecho de la crisis económica que sufre el país, y a contrapelo de las crecientes necesidades de la población, en la actualidad se está acometiendo la restauración de mayor envergadura que se haya realizado al Capitolio, a cargo de la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Como es habitual, las autoridades no se han molestado en informar acerca del monto y la procedencia de los fondos que se han destinado a las obras. La transparencia no es una cualidad que adorne a las autocracias, y el espíritu “reformista” del General-Presidente tampoco da para tanto. Pero es de suponer que la restauración de los ricos vitrales, bronces, mármoles, tapices, esculturas, frescos, muebles y maderas preciosas, además de la carpintería de las puertas y ventanas para devolverles su aspecto original, alcance una suma muy elevada.

Por el momento, ya se han concluido las obras en la mayor parte del ala Norte del edificio y de sus jardines, ahora visibles al público. Los animadores del proyecto quieren engolosinar al público con un anticipo de la imagen restaurada.

Quizás en algún tiempo no muy lejano los habaneros que transiten por la zona podrán contemplar nuevamente con orgullo ese colosal emblema de la ciudad. Para entonces se habrá cerrado otra etapa del curioso ciclo de retorno a los símbolos -y solamente a los símbolos- de la tradición republicana orquestado por Castro II y probablemente muchos cubanos -con una paciencia digna de mejores causas- se resignarán a contemplar los hermosos jardines y el imponente glamour del Capitolio, para después regresar a la desesperanza y a la pobreza de cada día. O tal vez se decidirán a cambiar la realidad por ellos mismos, convencidos de que la reconstrucción de la prosperidad y la democracia no están incluidas entre los proyectos gubernamentales.