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Bochorno

Luis Cino Álvarez, Primavera Digital 

Arroyo Naranjo, La Habana.- Aunque no soy un católico practicante -lo soy "a mi manera", como son casi todos los cubanos que dicen serlo-, nunca negué que lo fuese en los tiempos de las iglesias cerradas o casi vacías y las planillas "cuéntame tu vida" con la ominosa pregunta de si uno tenía creencias religiosas. Y no me arrepiento. Por eso, en estos momentos me siento con todo derecho a decir sin ambages que la actitud de la Iglesia Católica cubana me abochorna.

No se puede sentir otra cosa que bochorno luego de la -más que autorización- invitación cardenalicia para que efectivos de Seguridad del Estado penetraran en la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad, en Centro Habana, y desalojaran a la fuerza a los trece disidentes -la mitad de ellos, mujeres y ancianos- que ocupaban el templo desde hacía más de dos días.

No fue una sorpresa. Luego del comunicado del Arzobispado, que parecía escrito por un funcionario de orden interior de alguna prisión y expresamente destinado al periódico Granma y el NTV, todos esperábamos un desenlace represivo.

Pero no tenía necesariamente que haber sido así. Había muchas maneras de negociar. No creo que los ocupantes fuesen más rígidos e intolerantes que los personeros el régimen. Y miren lo bien que se las arregla últimamente el Cardenal Ortega para tratar con ellos.

Pero la jerarquía eclesiástica no tiene mucha paciencia ni disposición para tratar con disidentes. Al menos, eso fue lo que demostró hace varios días el obispo Emilio Aranguren al sacar a gritos y empujones a otro grupo de disidentes de la Iglesia de San Isidro, en Holguín. Les advirtió que si no se iban, vendría su gente a desalojarlos.

Y no es que los sacerdotes no deban ser enérgicos a la hora de hacer respetar los templos. Sólo que no deben exagerar. Porque, ¿a quién se refería el obispo Aranguren cuando advirtió que utilizaría a "los suyos", a "su gente", para desalojar a los disidentes? ¿Acaso ya la Iglesia dispone de su propia brigada de respuesta rápida?

Así y todo, es preferible un sacerdote que parezca un sheriff y la posibilidad de una banda parapolicial de beatos y calambucos antes que invitar a la policía política a entrar en los templos a sacar a rastras a un puñado de personas pacíficas que sólo querían que se escucharan sus demandas. Porque de eso se trataba, por mucho que Orlando Márquez, el vocero del cardenal Ortega, afirmara en el comunicado del Arzobispado que se trataba de "una estrategia preparada y coordinada con antelación para crear situaciones críticas" durante la visita del Papa Benedicto XVI. ¿O es que el compañero Márquez dispone de informaciones en ese sentido suministradas a él por sus compañeros del Departamento Seguridad del Estado?

No nos agrada el método de ocupar templos a aquellos que consideramos que esos son sitios sólo para orar al Señor y que por sagrados, hay que respetar. Pero mucho más insultante que la presencia en el templo de los que confunden el escenario para sus protestas, es la irrupción de una fuerza policial, por muy desarmada que digan haya ido. Que la haya invitado el cardenal Ortega es todavía peor.

La jerarquía católica cubana, y particularmente el cardenal Jaime Ortega, es culpable del foso que se crea entre la iglesia y no sólo los opositores, sino la mayoría de los cubanos que aspiran a vivir en libertad y no disponen de espacios institucionales donde expresar sus demandas. Es culpable, porque al asumir hipócrita y unilateralmente una mediación con el régimen sin definir a través de qué medios y qué se propone, creó expectativas que ahora no sabe llenar y mucho menos tiene coraje para hacerlo.

¿Se contentará la Iglesia con que le permitan abrir seminarios, le devuelvan algunas propiedades confiscadas, autoricen algún feriado religioso y le concedan al cardenal de vez en cuando unos minutos en la radio y la televisión?

¿Acaso no debemos esperar que la Iglesia proteja a los que no tienen pan, a los débiles y los perseguidos? ¿O es que en Cuba su función social se va a limitar a hacer un poco de caridad, dar cursos para cuentapropistas, bendecir los Lineamientos Económicos y Sociales del Partido Comunista y hacer misas por la salud de gobernantes extranjeros?

¿Preferirá la Iglesia cultivar las buenas relaciones con el régimen antes que con sus sufridos fieles?

Antes que se repitan la ocupación de otro templo o algo peor, será mejor que la jerarquía católica deje la hipocresía y defina claramente hacia dónde va y qué quiere. Y que deje de hacer (mala) política. O al menos diga a favor de quién la hace. Para saber de una vez -sin que haya máscaras ni confusiones- que no se puede contar con ella para la causa de la libertad.

 

 

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