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Benedicto XVI y Castro II

 José Antonio Fornaris, Primavera Digital

Managua, La Habana.- De acuerdo con lo anunciado por la Iglesia Católica, el próximo día 26 de marzo arribará a la isla el Papa Benedicto XVI. El Pontífice ofrecerá en esa misma fecha una misa en Santiago de Cuba, y el 28 otra en la Plaza José Martí, en la capital. 

Cuando en enero de 1998, Juan Pablo II estuvo en Cuba, había expectativas, la gente esperaba algo. Era polaco y Polonia se había librado del comunismo. Asimismo, desde el Vaticano había visto no sólo la caída del Muro de Berlín, sino además el derrumbe de todo el campo socialista en Europa.

Catorce años después no hay esperanza de nada espectacular con Benedicto XVI. Se sabe ya que los logros hay que obtenerlos por esfuerzo propio, que la Iglesia Católica no es una aliada en el camino hacia la democracia, sino que más bien parece ser una amiga de los gobernantes vitalicios de Cuba.

Dentro de ese contexto, cientos de disidentes en la isla firmaron una misiva que solicitaba que el Papa no viniera, y una cantidad similar o mayor de cubanos en Estados Unidos pidieron lo mismo.

Junto a eso, 13 personas, 8 hombres y 5 mujeres, ocuparon el día 13 de marzo la Iglesia de la Caridad, en el municipio Centro Habana, para hacer solicitudes al Papa y llamar la atención sobre la situación en el país.

Dos días después los medios oficialistas, incluido el órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista, el diario Granma, publicaron un comunicado del Arzobispado de la Habana, que condenaba el hecho.

"La iglesia escucha y acoge a todos, e igualmente intercede por todos, pero no puede aceptar los intentos que desvirtúan la naturaleza de su misión", se aseguró en el documento. Y de forma enfática destacó: "Nadie tiene derecho a convertir los templos en trincheras políticas".

No es difícil estar de acuerdo con esa posición, pero el principal responsable de ese incidente es el régimen, que no permite ningún espacio a la oposición pacífica y mantiene un férreo apartheid político, al mismo tiempo que difama y reprime de forma incivilizada a cualquiera que manifieste su interés a favor de un cambio de gobierno en el país. Y la segunda responsable es la propia iglesia, porque diga lo que diga, sí se está ocupando de cuestiones políticas, aunque en Cuba, por las características totalitarias del régimen, todo es político.

Cuando el cardenal agradece al Estado las facilidades brindadas para la construcción de un nuevo seminario e invita al general Raúl M. Castro, un gobernante que no ha sido electo en elecciones libres, justas y democráticas, a la puesta en funcionamiento del nuevo centro eclesial, eso es una actitud política.

Y también es un acto político cuando se cede la Catedral de La Habana para una misa a favor de la salud del presidente venezolano Hugo Chávez -la podían haber hecho en Venezuela, Dios está en todas partes-, principal aliado del gobierno militar de los Castro, permitiendo además que el canciller de Chávez, hiciera un discursito al final de la homilía. Lo que convirtió la catedral habanera, con el beneplácito del cardenal, que estaba presente, en una trinchera chavista.

Los ejemplos pueden ser múltiples, pero baste agregar que en abierta contradicción con lo que dijo el comunicado del Arzobispado, en el sentido de que las autoridades se habían comprometido "a no actuar en modo alguno" contra las 13 personas que se encontraban dentro del templo, esa misma noche, sobre las nueve, fuerzas policiales entraron y las sacaron a rastras. Otra nota de la Iglesia, divulgada el día 16, informó que a solicitud del Cardenal Jaime Ortega, los ocupantes fueron "retirados" del templo.

Con el buen proceder de Ortega hacia el Estado, es probable que se les conceda lo que tanto ha pedido la Iglesia, un espacio habitual dentro de los medios de divulgación masiva. Luego, es lo más probable, se escogerá entre la Internacional y la Marcha del 26 de Julio el tema musical de presentación. Pero el asunto es que Jesús afirmó "sé de donde he venido y a donde voy", pero la Iglesia Católica en Cuba quizás sepa de donde ha venido, pero no hacia dónde va. ¿O es qué lo sabe y no le importa?

Dentro de todo ese panorama, la visita de Benedicto XVI servirá, más que todo, para que la imagen del general Castro, un individuo que ha tenido mucho que ver, durante más de medio siglo, con todas las penalidades físicas y morales de la población de Cuba, que nunca ha manifestado arrepentimiento, y que aún llama a la violencia entre cubanos al afirmar que las calles son de los revolucionarios, es decir, de sus seguidores, llegue a muchas partes del mundo junto a alguien, que se afirma es el seguidor de San Pedro y representante de Cristo.

 

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