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Aquel golpe de estado

Rogelio Fabio Hurtado, Primavera Digital

Marianao, La Habana.- Por estos días, la prensa oficial cubana ha dedicado espacio a evocar, apologéticamente, la renuncia de Fidel, el 17 de Julio de 1959.

Carlos Franqui, director entonces del periódico Revolución, ha contado en alguno de sus libros, como fue llamado desde Cojímar, entonces residencia del Primer Ministro. Una vez allí, su jefe máximo lo convidó a dar un paseo por las calles del poblado, hasta que penetraron en una casa, cuya familia seguramente había sido cortésmente desalojada momentáneamente por sus escoltas. Luego de cerciorarse de que estaban absolutamente solos, extrajo una pluma y en un pedazo de papel escribió su renuncia, la rubricó y se la entregó a Franqui, ordenándole que la publicase al día siguiente, sin compartirla absolutamente con nadie.

El entonces director de Revolución no consigna ninguna explicación complementaria. Se dirigió inmediatamente a los talleres, en la Calzada de Carlos III, escogió una brigada de confianza y los acuarteló allí hasta el amanecer del siguiente día, para garantizar el hermetismo demandado por el hombre que renunciaba.

El impacto no pudo ser más estremecedor. El entonces secretario de la Presidencia, el abogado santiaguero Luis Buch, relata en sus memorias que, al encontrarse por la mañana con el presidente Urrutia en el Palacio Presidencial, este agitando un ejemplar del Periódico, argumentó que probablemente los comunistas hubiesen secuestrado a Fidel. Era evidente que el probo magistrado estaba muy lejos de imaginarse lo que se le vendría encima.

Fidel Castro, comprovinciano de Félix B. Caignet, anunciaba para esa misma noche una comparecencia por televisión, donde explicaría las razones de su inesperada decisión. Durante el día, estuvo desaparecido. La expectativa era suprema: prácticamente toda Cuba estuvo pendiente del televisor aquella noche. En Palacio, el Presidente Urrutia, rodeado de fidelistas por todas partes, sacó su aparato al pasillo, para sentarse en compañía de algunos de sus ministros, a ver y escuchar el pronunciamiento. Al parecer, aún no caía en cuenta del papel que le había sido señalado por el improvisado dramaturgo.

Recién había cumplido mis 13 años, pero en mi casa la política era el pan nuestro de cada día. Todos éramos aún fidelistas, de manera que acogimos toda la diatriba con fervor de creyentes.

Era cierto que pocos días antes, el periodista Luís Conte Agüero, también entonces muy fidelista le había hecho una entrevista al presidente Urrutia y este había acusado directamente a los pesepeteros (miembros del PSP, comunistas) de estar maniobrando para apoderarse de la Revolución, que no habían hecho ellos.

Tanto Urrutia como Conte daban por sentado que el Máximo Líder, discípulo de Eduardo R. Chibás, no era, no podía ser comunista.

Aquella noche, el depuesto presidente Urrutia saldría de la mansión palaciega, rodeada de ruidosos partidarios de Fidel, metido, con su distinguida familia, en un camión de reparto de leche, camino de una embajada latinoamericana.

Culminado el original golpe de estado, siguió poco más de una semana de expectativa. El Líder reservó la revocación de su renuncia para el primer aniversario de su magna fecha. El 26 de Julio, en la Plaza Cívica repleta de fidelistas, tuvo a bien anunciar su retorno triunfal.

Urrutia fue la primera víctima del bandazo hacia los comunistas, que se haría público en la primavera de 1961, cuando el Líder Máximo juzgó prudente hacerlo, en vísperas de una invasión enemiga que el recién llegado Presidente Kennedy no se atrevió a consumar. Después, la lista se haría interminable, solo que el Líder Máximo no se volvió a atrever a presentar su renuncia.

 

 

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