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Adiós, Mandela

Julio Antonio Aleaga Pesant, Primavera Digital

El Vedado, La Habana.- Murió Nelson Mandela y es paradójico que un hombre de tal estatura política y humana, estuviera atrapado en su hora final en discusiones pedestres y pequeñas ambicioncillas femeniles.

Paradojas de un mundo, que debió permitir su muerte por adelantado antes que los herederos disputaran sus despojos en vida, desde mediados de este año, cuando enfermó grave y definitivamente. Crueldades de último minuto para un hombre al que admiro profundamente.

Y lo admiro no porque liberara a Sudáfrica del Apartheid como dicen hoy todos los medios de comunicación, siempre necesitados de una figura a quien adorar, porque ese mérito pertenece a Frederick de Klerk.

De Klerk era el Presidente de Sudáfrica en 1990 y en un gesto de humildad y pragmatismo, comprendió que el poder servía para ponerlo al servicio de los ciudadanos y de su país. Un país que estaba ya en medio de una guerra civil, donde morían negros en manos de negros, negros en manos de blancos y blancos en manos de negros, en un gran potaje de victimas del ANC, el Zulú Inkhata y todo lo demás que estuviera cerca del próximo minuto de violencia.

Desde la presidencia del gobierno, como Primer Ministro, De Klerk emprendió las reformas que destruyeron el odiado sistema segregacionista, derogó sus leyes y liberó a los grandes políticos negros encarcelados, entre ellos, Nelson Mandela, legalizó al Congreso Nacional Africano (CNA), dotó al país de una nueva constitución y acordó en 1993, con el CNA, la creación de un gobierno conjunto hasta la celebración de elecciones presidenciales.

No por gusto los premios Nobel de 1993 y Príncipe de Asturias de 1992 lo compartieron Frederick De Klerk y Nelson Mandela.

Tampoco el merito fundamental de Mandela fue llevar a cabo la negociación que llevara la libertad a su pueblo. Esa fue la compleja tarea de Thabo Mbeki y Oliver Tambo, líderes del Congreso Nacional Africano, que fueron capaces de dejar atrás la lucha armada y la violencia inter étnica (Zulú vs Xhosa), para sentar las bases de una difícil negociación, que culminó con la liberación de Nelson Mandela, la convocatoria a elecciones, y su victoria y ascenso a la presidencia.

Los gestos más grandes que tuvo Mandela y que lo inmortalizaron fueron, primero, el de entregarse completamente desde su altura moral a reunificar un país lastrado por la violencia interétnica y la polarización política de sesenta años de apartheid y violencia tribal, y luego de cuatro exitosos años, sería el segundo, entregar el poder en la cima de su popularidad y de sus éxitos, que por cierto, le llegaron en la más fecunda vejez.

Mandela, conciente de su edad y límites, rechazó la reelección a la presidencia de su país, algo poco común entre los políticos mesiánicos que nos rodean desde el siglo XX.

Su humildad y modestia lo consagraron como uno de los titanes de la democratización y está en la lista de los 10 africanos más importantes del siglo XX.

Su recorrido para llegar a esa estatura política fue largo. Proveniente de la escuela política inglesa, como abogado y miembro del CNA, Mandela desarrolló desde la década del 40, las mismas estrategias petitorias y de protesta civil que caracterizaron a Ghandi y llevaron a la independencia a la India. Pero en lugares distintos, las estrategias son distintas. De un bufete de abogados, junto a su colega Oliver Tambo, que defendía a los ciudadanos reprimidos por el apartheid, Mandela se radicalizó a finales de la década del 50, y bajo las sugerencias del Partido Comunista de Suráfrica y de su amigo Walter Sisúlu, pasó a la lucha armada. Por esas acciones paramilitares fue considerado terrorista por los países democráticos y las Naciones Unidas.

Apresado en 1963, fue condenado a una larga pena de la que cumplió 27 años como preso político, tres menos que el cubano Mario Chanes de Armas, quien sufrió 30 en la ergástula castrista.

Su recio carácter, profunda cultura y sabio corazón lo llevó a madurar como político y a mirar con otros ojos el mismo problema. Dieciocho de sus años en prisión lo pasó en Robben Islands; allí maduró y obtuvo sus mejores armas, la tolerancia, la mediación y el equilibrio. De tal manera que ya presidente de Sudáfrica y junto al pastor protestante Desmond Tutu desplegó la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, que permitió la unidad del país, a través del perdón.

Su esfuerzo por unir al país dividido tras las tensiones raciales, su humildad para dejar el poder en el momento de gloria, su negativa a subordinar sus intereses personales a los de su país (estando preso, varias veces le propusieron la libertad si rechazaba a sus compañeros de organización) aun conmueve al mundo.

Pero, y siempre hay un pero, su amistad con dictadores como Fidel Castro Ruz y Muhammar el Kadafi, deja mucho que desear, para los que sentimos la dictadura en nuestra piel. No se puede querer la libertad para su pueblo y la ignominia para los vecinos.

Descansa en paz, Nelson Mandela.

 

 

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