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A la sombra del Gran Hermano

Camilo Ernesto Olivera Peidro

LA HABANA, Cuba, mayo, www.cubanet.org -Me reencontré con un amigo de la infancia y la adolescencia que reside fuera de Cuba desde hace casi veinte años. A pesar del lapso transcurrido, el diálogo fluyó como si nos hubiéramos dejado de ver ayer. Me llamó la atención la celeridad con la que asumía los asuntos de la vida diaria.

La primera vez que le visité en la casa donde se hospedaba, le notaba tenso y rápido en sus reacciones, y se lo dije. Me miró extrañado y me respondió que en realidad ese era su ritmo normal. Por el contrario, percibía que la vida en Cuba seguía siendo lenta y monótona. Veía como un maltrato inaudito la demora, por ejemplo, en los servicios públicos. Tampoco entendía los rodeos verbales con los cuales sus amigos le pedíamos un determinado favor. Constantemente nos pedía que fuéramos directos y concretos en lo que dijéramos.

El buen amigo, con el paso de los días aquí, entre nosotros, se fue desacelerando poco a poco. Solo entonces logró comenzar a disfrutar plenamente del tiempo de vacaciones que se había ganado trabajando muy duro. Sin embargo, recuperó el ritmo físico y mental de los primeros días, en cuanto puso el pie en la terminal aérea, a la hora de su partida de regreso. Era como si saliera de un letargo y volviera al trepidante mundo real. Me dijo que si algún día yo lograba salir de la Isla, notaría la diferencia entre estar despierto y estar dormido. Con el paso del tiempo, he podido entenderlo.

En un texto corto, inspirado en 1984, de Orwell, el escritor venezolano Luis Brito García mostró cuán demoledores pueden ser los efectos de la dictadura a nivel mental. En este texto, dos represores interrogan a uno de los personajes en la celda.

Los policías le hablan de lo que ellos llaman el terror del “cuarto 101″. En el desenlace, los guardias llevan al individuo y lo colocan frente a la puerta del referido cuarto. La abren y resulta ser la puerta de la calle. Le dicen al prisionero que es libre de ir donde desee y de hacer o deshacer. Éste titubea, le pregunta a sus captores si de veras puede hacer lo que quiera. Los guardias le responden una o dos preguntas y luego cierran la puerta. El hombre se ve de pronto a solas consigo mismo y teniendo que decidir qué hacer con su vida a partir de ese momento.

Ningún ministerio o ley marcial se lo va a dictar. Para este hombre, nacido y criado a la sombra del Gran Hermano, la calle libre de obstáculos y el amanecer resultan  como un gran abismo de terror. Entonces, golpea la puerta y grita pidiendo que lo dejen regresar.

El exilio es duro, como puede serlo despertar y no sentir los olores y los sonidos que alimentaron la niñez o la adolescencia y juventud. Cuántos de los cubanos que hoy han logrado hacer su vida en libertad, no titubearon frente a un abismo que luego resultó ser un espejismo, que ocultaba un abanico de posibilidades. Pero despertaron, quizás de golpe y con dolor. Despertaron a la gran responsabilidad que implica vivir en una sociedad donde eres el resultado de ti mismo y tus potencialidades, no la consecuencia de los desvaríos o las improvisaciones de una dictadura con un “líder máximo”.

Cuba está despertando, luego de cinco décadas de sueño populista y totalitario. Las puertas van abriéndose una por una y a regañadientes. Los cubanos de la Isla apenas intuimos el abanico de posibilidades que subyacen tras estos umbrales. Sin embargo, las opciones están claras: Estar despiertos y preparados para vivir en otra Cuba, o seguir dormidos bajo la sombra opresiva de un sistema decadente.

 

 

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