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¿A la manera china o de ALBA?,

Roberto Quiñones Haces, Primavera Digital

Guantánamo.- Aun habiéndose demostrado que el derrumbe del llamado "socialismo real" se debió a males sembrados ab initio y a la más grosera distorsión del marxismo, Fidel Castro y sus repetidores culparon a los dirigentes soviéticos que iniciaron la Perestroika.

El sistema político cubano es un calco cuasi mimético del soviético. Todo lo que allá se hacía, era alabado acá, hasta la invasión de Afganistán, que provocó una seria división en el Movimiento de Países No Alineados cuando Cuba lo presidía y Fidel Castro adoptó una postura pro-soviética.

Autotitulados los únicos baluartes del socialismo, los mandantes cubanos rechazaron los cambios, reafirmaron el inmovilismo, y en vez de priorizar un análisis profundo de lo ocurrido, optaron por la presunta gloria numantina y fortalecieron su comparsa denostadora y repetidora de consignas. Pero las ofensas y las consignas no producen alimentos ni bienestar.

Es fácil pedir sacrificios mientras quien los pide lleva una vida muelle, con todas las necesidades cubiertas, incluso hasta caprichos que resultan obscenos en medio de tantas carencias.

Por todo eso, propiciaron que Cuba se adentrara en la más traumática y prolongada crisis de su historia, cuyas consecuencias aún sufrimos.

Si la señora Cristina Fernández puede jactarse de la década ganada por su gobierno y el de su esposo, los cubanos hemos perdido más de 20 años -soy benévolo en el cálculo- debido a la contumacia de quienes nos han dirigido a la fuerza.

En cualquier otro país del mundo, un gobernante que se respete o sienta un mínimo de respeto hacia la ciudadanía, habría renunciado al poder o sometido su decisión a la voluntad soberana del pueblo, pero ese no es el caso de los gobernantes cubanos, quienes desentendidos de los anhelos del pueblo, se hicieron adictos al poder y a los privilegios que de él emanan y están poseídos por un mesianismo que aun después de 55 años de estancamiento en muchos aspectos, los incita a negar que haya otros cubanos que puedan gobernar mejor que ellos.

En 2006, Raúl Castro recibió lo que en buen cubano se califica como "una papa caliente". No exento de responsabilidad por los errores cometidos anteriormente, el general ha impulsado cambios que ni siquiera pudieran haberse soñado durante el gobierno de su hermano. En los últimos meses, estos cambios han ocurrido con una frecuencia tan inhabitual para la monótona vida política y social del país que ya en algunos se aprecia un tufillo eufórico, como si las compuertas del paraíso proletario se hubieran abierto para emborracharnos de felicidad.

Cuba cambia, es cierto, pero el asunto estriba en distinguir qué alcance y trascendencia tienen esos cambios. Hasta ahora, lo que se ha hecho es conceder a la ciudadanía el disfrute de derechos que le habían sido conculcados. La medida más trascendente ha sido la promulgación de la Resolución No.134 de 2013, del Ministerio de Economía y Planificación, publicada el 20 de mayo del pasado año en la Gaceta Oficial, que en un futuro cercano favorecerá un mayor dinamismo y competitividad de las empresas estatales al flexibilizar su objeto social. Pero según la prensa oficialista, en los próximos meses se promulgarán los cambios más importantes.

Si en Cuba se aplica la experiencia china, la esencia de los cambios será cosmética. Su objetivo será la prolongación en el poder de la nomenclatura burocrática-militar. Si tiene éxito, debe mejorar el nivel de vida de algunos sectores de la población, pero concomitantemente, las diferencias sociales y la corrupción alcanzarán una presencia insoslayable y se convertirán en potentes renovadoras del malestar, el descreimiento y el éxodo, al menos durante unos años.

Si se aplican los cambios económicos junto con los políticos y se incorpora a nuestra legislación la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el pacto de los Derechos Civiles y Políticos de la ONU y otros instrumentos jurídicos internacionales, y sobre todo, si se respetan, no solo se cumplirá el objetivo democrático sobre el que se erigió lo que un día fue la revolución cubana, sino que nuestro país dejará de ser una anormalidad en el hemisferio occidental.

Sin embargo, tal paso necesita de una grandeza de espíritu que no se avizora en ninguno de nuestros gobernantes. No tenemos un Washington, Martí ni Mandela dentro del PCC.

No obstante lo peligrosa que pueda parecer esta segunda variante para los gobernantes cubanos y la suspicacia que despertaría en la disidencia, es la más viable para Cuba.

Aunque le pese a nuestros gobernantes, nuestra cultura es occidental, hemos sido educados bajo la influencia benefactora de la libertad y la democracia que tuvieron en nuestros próceres a encumbrados paradigmas.

La idea de un partido único ha finiquitado, es una aberración política y una expresión de despotismo y desprecio hacia quienes no hallen dentro de esa estructura una digna posibilidad de realización. También cercena la dignidad de los acólitos del sistema, pues al subordinarse mecánicamente a quienes los dirigen, anulan su ego, se convierten en individuos carentes de iniciativa o en simuladores y terminan formando es conglomerado de neuróticos políticos denunciado hace más de 60 años por Arthur Koestler y Erich Fromm.

Según algunos líderes latinoamericanos que obtuvieron el poder gracias a la democracia y a la libertad de prensa que tanto critican ahora, Cuba es la guía a seguir. Contrariamente a sus deseos, tal aseveración ha servido de combustible a la oposición en sus países, la cual advierte a sus ciudadanos que si Cuba es su ejemplo, entonces el objetivo de esos líderes es eliminar las libertades de prensa, palabra, asociación o reunión y todos los proyectos políticos opuestos al gobierno, con toda la secuela de abusos que ello trae aparejado.

Así, no es desatinado pensar que en el interín de las reuniones oficiales se les pida a los gobernantes cubanos que acaben de introducir los cambios que permitirían que Cuba se sitúe al mismo nivel que el resto de los países latinoamericanos, lo cual los legitimaría, si es que pasan la prueba de las urnas. No excluimos la posibilidad de elecciones fraudulentas, como las ocurridas en México bajo los gobiernos del PRI en el siglo pasado, y como asegura la oposición que ha ocurrido en Venezuela.

Es indudable que tal decisión repercutiría en el gobierno norteamericano y provocaría el inicio de un diálogo que acabaría con un distanciamiento antinatural.

Logrado ese propósito, se continuará hablando del socialismo del siglo XXI, aunque los gobernantes cubanos sigan sin saber qué es realmente el socialismo, y mucho menos sus adláteres de Venezuela, Ecuador y Bolivia, que ya se creen insustituibles.

 

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