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A la caza del cimarrón

Leonardo Calvo Cárdenas, Primavera Digital

Boyeros, La Habana.- Se ha calentado el debate intelectual en Cuba a causa de los criterios planteados por el destacado crítico y ensayista Roberto Zurbano en un artículo publicado en el diario norteamericano The New York Times, en el cual hace certeras y meridianas observaciones y valoraciones sobre el presente y el futuro de los afrodescendientes cubanos en el marco de una muy compleja realidad social.

Zurbano, intelectual de muy sólida formación quien hasta ahora dirigía el Fondo Editorial de la Casa de las Américas causó conmoción al afirmar que "para los negros cubanos la revolución no ha comenzado todavía," criticar la incapacidad del gobierno para revertir el racismo en la Isla y las desventajas de los negros para beneficiarse de las reformas.

En su artículo, Zurbano expone de manera concreta y contundente las esencias y manifestaciones de la compleja situación social que enfrentan los afrodescendientes cubanos y que profundizan sin muchas expectativas las desventajas históricas que hemos arrastrado durante siglos, sin que los diseños y redimensionamientos actuales auguren mejores perspectivas.

Las reacciones iracundas del oficialismo no se han hecho esperar. Varios intelectuales conocidos, algunos tradicionalmente preocupados por la problemática racial, han emprendido una saga de impugnación contra los planteamientos de Zurbano que dejan al descubierto la desesperación de las autoridades ante cuestionamientos certeros en un tema tan delicado y la orfandad de argumentos de los que pretenden liberar al alto liderazgo de sus responsabilidades en los traumas y disfunciones sociales que ni ellos mismos pueden negar.

Es verdad que Zurbano cambia la naturaleza de su lenguaje. Para la congénita intolerancia institucionalizada, eso de que "la revolución no ha comenzado para los negros", dicho además por un intelectual tan reconocido que se mueve en el ámbito oficial, resulta en extremo inquietante. Por otra parte mencionar a Raúl Castro a secas, sin más investiduras que le antecedan o hablar sin sonrojo del final del "gobierno de los Castro" significa sacrilegio y ha provocado inmediatos ataques de personajes como Guillermo Rodríguez Rivera, Silvio Castro, Esteban Morales, Y. P. Fernández, que en principio utilizan las páginas del sitio digital La Jiribilla para lanzar la voz de ataja a este inesperado cimarrón que ha salido de sus propias filas.

Personalmente, discrepo conceptualmente con Zurbano, porque considero que la revolución, con su carga de mentiras, violaciones, represiones, degradación moral y estructural, desigualdades y privilegios, para quien primero y más profundo llegó fue para los afrodescendientes.

Esta valoración esencial, que en nada contradice las innegables e inquietantes realidades que analiza Zurbano, puede ser objeto de un acercamiento posterior. Prefiero hacer un somero análisis de algunos de los planteamientos de estos rancheadores cibernéticos del siglo XXI.

Llama la atención como algunos de los defensores de lo indefendible achacan a Zurbano su "poca edad" para conocer y poder comparar el pasado de Cuba y formarse un criterio objetivo y de paso favorable al gobierno del tema que nos ocupa. Es tanto el nerviosismo que los agobia que son incapaces de darse cuenta de que con argumentos tan absurdos están resolviendo al revés uno de los elementos del problema fundamental de la filosofía marxista, porque a su coyuntural conveniencia, ahora el mundo no es cognoscible. Según estos ilustres señores no podemos hablar de la Revolución Francesa o de la reconcentración de Weyler porque no fuimos salpicados por sangre de guillotina o no tuvimos que degustar plantas de bledo en el aciago 1897.

Los atacantes de Zurbano insisten en describir a los afrodescendientes cubanos antes de la revolución como poco menos que esclavos o no personas, sin desenvolvimiento y avance social alguno, imagen por cierto muy cómoda para continuar reafirmando el criterio de que la revolución nos hizo personas, desdeñar a conveniencia la contribución capital que hemos hecho a la construcción nacional, los alcances sociales logrados con mucho esfuerzo en un medio realmente hostil y de paso ocultar la responsabilidad del gobierno cubano en la reafirmación de las desventajas históricas.

El profesor Guillermo Rodríguez Rivera, uno de los detractores de ocasión, afirma: "La revolución cubana no solo inició la lucha contra el racismo y la discriminación, sino que puede decirse que nunca esa lucha había sido tan a fondo como en ese momento de nuestra historia". Tal idea es corroborada por otros atacantes que mencionan las comisiones e instituciones creadas por el gobierno para "atender" el tema.

Como es natural, pierden de vista que la carencia trágica está en que las victimas y principales interesados no tienen voz ni autonomía cívica para participar como sujeto activo en esa lucha. Ese es el principal cuestionamiento de los organismos de Naciones Unidas, pero ellos son incapaces de asimilarlo, sencillamente porque no les conviene.

Provoca risa y lastima escuchar cosas como: "Pero el único poder en un estado no es el central, ese que dicta layes, decretos y resoluciones. Mucho más abajo, un director, un administrador, un jefe de personal, ejercen un poder efectivo que puede pasar y a veces pasa por encima de los criterios de ese poder central, claro que sin hacerlo explícito. Finalmente, puede ejercerse incluso la discriminación privada, la que dispone la sola persona en el ámbito que domina"...

De tal suerte habría que aceptar sin remedio que los ciudadanos discriminen al diferente, roben o asesinen a quien les plazca.

El gobierno que estos señores defienden no ha dictado una sola medida cultural para que luego de medio siglo los afrodescendientes dejemos de ser percibidos como los seres inferiores de siempre. Los únicos monumentos a personalidades afrodescendientes erigidos en la capital los instauró el dictador Fulgencio Batista. Los gobernantes cubanos no han dictado medidas judiciales para prevenir y castigar la posible discriminación en las bases que describe el profesor Rodríguez Rivera en su increíble análisis.

En respuesta a un planteamiento de Zurbano, el profesor rodríguez Rivera afirma: "La utopía" socialista la vimos morir blancos, indios, mulatos, negros, zambos y "jabaos" de todas las categorías. Nos pasó a médicos, albañiles, arquitectos, obreros, maestros, deportistas, profesores, peones agrícolas, ingenieros."

Rodríguez Rivera, con tal afirmación, ganó inobjetablemente el campeonato mundial de la tontería interesada, porque ingenuamente desconoce que aun en condiciones de crisis, sale mejor parado quien mejores condiciones y ventajas tiene. Baste un ejemplo de lapidaria actualidad. Ante el fracaso del modelo -que seguramente Rodríguez Rivera dirá que es culpa del bloqueo, de la desaparición de la Unión Soviética y hasta del fenómeno climático de "El Niño", pero jamás de los gobernantes cubanos- todos los trabajadores se encuentran ante el peligro de quedar disponibles, o sea, despedidos de sus empleos -y con muy pocas garantías, por cierto- pero hasta el muy despistado Rodríguez Rivera sabe que cuando un cubano blanco asume esa compleja situación, tiene muchas más posibilidades que el afrodescendiente de ser beneficiario de remesas, de contar con capacidades para insertarse en la economía no estatal emergente, de tener algún miembro de la familia insertado en la economía dolarizada o como cooperante en el exterior. Esta realidad innegable vuelve a marcar la diferencia y la desventaja sin que las autoridades la tomen en cuenta con el fin de tomar medidas que atenúen tales desigualdades.

No alcanza el espacio para analizar en una sola entrega las desfasadas impugnaciones de los voceros oficialistas. A estas alturas, no sabemos cuál será el destino de Roberto Zurbano, culpable de describir alto y claro una realidad palpable para todos, dolorosa para los de abajo e incómoda para los de arriba.

El incidente demuestra una vez más la incapacidad de los gobernantes cubanos de convivir con la crítica y el debate y sobre todo que frente a los complejos problemas que agobian a la sociedad cubana, no tienen voluntad positiva ni respuesta coherente.

 

 

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