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¿A eso también lo llaman un cambio?

Luis Cino Álvarez

LA HABANA, Cuba, mayo (www.cubanet.org) – La prensa extranjera acreditada en La Habana tiene mareado a medio mundo con sus despachos sobre la perestroika verde olivo, que parece sólo sus corresponsales logran aquilatar en su justo valor. Lo mismo anuncia la aparición de reformistas en los salones del Palacio de la Revolución, como la inminente desaparición de los permisos de salida del país a los cubanos, que otorga el Ministerio del Interior.

Hace tres años, se rumoraba que el gobierno estudiaba flexibilizar su legislación migratoria para eliminar los permisos de entrada y salida del país. Con la celebración del VI Congreso del Partido Comunista, se daba por hecho la modificación de las absurdas leyes migratorias. Pero en los Lineamientos aprobados en el Congreso dedican poco más que un renglón para explicar que “van a estudiar las disposiciones que permitirían a los cubanos viajar como turistas al extranjero”.

Sólo eso: estudiar. Como si más de medio siglo no fuera suficiente para tanto dolor, tantos cubanos dispersos por el mundo, tantos muertos en el mar.

Hay que ser demasiado cínico para hablar de “vacacionar en el extranjero” en un país donde se vive el drama de las familias separadas durante más de medio siglo y donde a las personas el dinero apenas les alcanza para mal comer. Mientras los sesudos del régimen analizan pacientemente, todo seguirá igual. Y como la siempre optimista prensa extranjera pretende emular con Job, no nos queda más remedio que recordar ciertos hechos acerca de dichas leyes migratorias.

El que permanece fuera de Cuba por más de once meses pierde su casa y todas sus pertenencias, además del derecho de retornar a su país. La inscripción “salida definitiva” en el pasaporte fue acuñada por un régimen egoísta que se arroga el monopolio de la patria. Para venir de visita a su país tiene que solicitar un humillante permiso, en una embajada administrada por oficiales de Seguridad del Estado vestidos de diplomáticos, que tendrán muy en cuenta si el súbdito se porta bien, no ha hecho declaraciones inconvenientes en contra del gobierno cubano ni se relaciona con opositores.

En el caso de “las salidas ilegales”, tienen que esperar varios años para solicitar el permiso para visitar a sus familias en Cuba. El régimen no se preocupa por averiguar por qué motivos se fueron. A todos aplica por igual el aberrante concepto de la salida definitiva. Si aceptamos la versión oficial acerca de las motivaciones económicas de la mayoría de los cubanos que escapan de la isla, más inexplicable y perversa resulta la forma en que son castigados por el gobierno.

Los interesados en salir del país deben tramitar su pasaporte en la Dirección de Inmigración y Extranjería del Ministerio del Interior (MININT) y luego solicitar un permiso de salida, que las autoridades se arrogan el derecho de conceder o no. En el caso de los profesionales, especialmente los médicos, la autorización para ser concedida tiene que pasar por varias instancias, incluso ministeriales.

¿Pueden imaginar cómo se siente uno cuando tiene que pedir en una oficina policial un permiso en forma de tarjeta blanca para salir de su país y encima pagar 150 cuc por él (si te lo conceden)?

Por el pasaporte hay que pagar 55 cuc. Hay que actualizarlo cada dos años. Cada vez que se actualiza hay que pagar 25 cuc. Los cubanos que viajan al exterior tienen que pagar una cuota mensual de 40 dólares a la embajada cubana.

Me contaba recientemente la esposa de un cubano que adquirió la ciudadanía española, que no le permitieron viajar con su marido hasta que no presentó una carta de invitación hecha en España. Aparte de lo que cobró el notario español, tuvo que pagar además 200 euros al consulado cubano en Madrid.

Las leyes migratorias cubanas constituyen engendros orwellianos que costaría mucho defender aun a los más convencidos partidarios del régimen. Pero siguen ahí, en franco y testarudo desafío a todo lo que es justo, humano y racional. Ahora los mandamases prometen estudiarlas para analizar su flexibilización. Justo como se decía hace tres años, cuando la celebración del congreso del Partido Único parecía imposible. ¿A eso también lo llaman un cambio? ¡Y todavía algunos periodistas extranjeros se atreven a presentarlo como un gran avance!