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¡A dónde hemos llegado!

Hugo Araña, Primavera Digital (a través del blog “Infierno de Palo”)

Matanzas.- Fatalidad... Hasta suena desagradable esa palabra. Pero se ha impuesto en nuestras vidas. Nos ronda a los cubanos, como si fuera una constante  maldición,  desde que nos levantamos del lecho.  Acorrala al más  bueno de la película. Y  también al más malo.

Hablamos del tema de  la depauperación espiritual que afecta a nuestros conciudadanos. Una situación  gris a todas luces, que cobra cada día más fuerza entre los jóvenes. Tienen poca  fe, no creen  al Gobierno, del cual, al parecer, no esperan nada bueno. No existe algo  que los haga ser mejores como ciudadanos. Por lo tanto, echan para un lado al Gobierno,  casi como si no existiera, con el  resultado de que ni lo nombran. Y cuando lo hacen,  es con risas  despectivas, o en  burlas solariegas  donde  los dirigentes no salen   bien parados. Es decir, se ha creado como un divorcio o distanciamiento entre los jóvenes  y los gobernantes, que vamos a ver en qué parará.

El que escribe estas líneas percibe esto cuando observa  a los jóvenes del  entorno donde vive. Lo percibo  no sólo en las conversaciones que llegan a mis oídos, sino hasta en las miradas de ellos, que reflejan  desencanto,  frustración.

Las vidas de los jóvenes cada día se erosionan más. Parece no haber  salida alguna. Su futuro se torna cada vez  más  nebuloso.  Un día es igual al otro y así sucesivamente…

Es un fátum que nadie sabe en sí cuando comenzó  y mucho menos cuándo terminará, pero que afecta a toda la población, y particularmente a los jóvenes.

Para esta juventud, todo radica  en resolver los problemas  a como sea, aunque tengan que adentrarse en lo ilícito en pos de conseguir lo que el Estado ya no es capaz de  ofrecerles.

Esto se palpa en cualquier lugar, lo mismo en la calle que en un aula de un pre universitario, o en el mismo hogar, donde  los mayores viven  con el temor de que alguno de sus vástagos caiga en lo que no debería de caer.

Es cosa cotidiana comprobar las actitudes impropias de muchos jóvenes,  carentes de  un guía, sin  metas, a no ser, disfrutar el momento a como dé lugar, sin pensar en  el mañana, en un casi  existencialismo carente de filosofía.

Dicen: “Hay que  resolver. Y ya. Y mañana vamos a ver qué haremos”. Si es que antes no  son  despertados por sus  padres, que espantados les comunican que en la puerta está buscándolos la policía.

Claro, no todos pasan por estos momentos. ¡Faltaba más! Eso depende del nivel económico. Lo que entre los muchachos pobres es el pan de cada día no le ocurre a los hijos de los dirigentes,  que aunque delincan, se salvan  hasta de ser  investigados, porque Papá está ahí, para defenderlos.

Fijémonos,  por ejemplo,  que cuando (no siempre)  el periódico Granma informa sobre  algún hecho delictivo, los delincuentes jamás -y eso lo puedo asegurar-,  proceden de uno de los repartos donde solo pueden vivir altos dirigentes del Estado. Los presuntos malhechores de que habla Granma siempre son oriundos de barrios periféricos conflictivos que tanto abundan desde hace tiempo en Cuba. O quizás, para no ser esquemáticos, se    informa  que   algunos de la clase media  cayeron en este o aquel delito, como lo que sucedió meses atrás con algunos profesores que vendieron los exámenes para los  que optaban por una carrera universitaria, lo que motivó  un escándalo de argolla  que al Granma no le quedó más remedio que informar.

La depauperación que asola al cubano  cada día no cesa.  Un fatal velo gris cubre a nuestros compatriotas,  víctimas y victimarios de la  degradación moral. Ya a nadie asusta que sucedan situaciones hasta ayer denominadas propias de “la gente baja”. Ahora son cosas normales.

 

 

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