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A 46 años de la muerte de Che Guevara

Luis Cino Álvarez, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- Se cumplen 46 años de la muerte en Bolivia del argentino Ernesto Guevara, el más mitificado héroe de la revolución cubana.

Che Guevara fue capturado herido en una pierna el 8 de octubre de 1967. Bisoños rangers bolivianos, a quienes en su diario de campaña despectivamente llamaba "soldaditos", habían aniquilado a su guerrilla.

Menos de 24 horas después de su captura, lo ultimó un ebrio oficial del ejército boliviano por órdenes del general Barrientos. Antes, había sido interrogado por un oficial de la CIA de origen cubano.

El 9 de octubre de 1967, en La Higuera, terminó la última aventura de Che Guevara y comenzó su mito.

El desastre boliviano que le costó la vida no fue su primer revés militar. Apenas dos años antes, su secreta incursión en el Congo también fue una catástrofe. Enfermo y derrotado, Guevara -que en la selva africana se hacía llamar "Tatu"- y sus hombres tuvieron que cruzar el lago Tanganyka con el enemigo pisándole los talones. Fue a dar a Praga, vía Argel, antes de regresar, en el mayor incógnito a los campos de entrenamiento en Cuba.

En realidad, los únicos éxitos militares que se pudo anotar Che Guevara fueron en Cuba, en diciembre de 1958, frente al desmoralizado ejército del dictador Batista: el descarrilamiento de un tren blindado y la toma de la ciudad de Santa Clara.

Todos sus demás hechos de armas, que se iniciaron en 1956 con el desembarco del yate Granma -descrito por él mismo como "un naufragio"- fueron patéticos fracasos.

Tampoco fue un buen economista. Ni siquiera logró plasmar un cuerpo de ideas coherentes de su pensamiento económico.

Antes que Fidel Castro lo nombrara Ministro de Industrias, pasó a presidir el Banco Nacional de Cuba en 1960 por error. Cuentan que Castro buscaba un economista y Che Guevara, adormilado, creyó entender que lo que buscaba su jefe era un comunista.

Lo más importante que quedó de su desempeño en la economía cubana fue las tres letras de su apodo porteño en los billetes que firmó.

Como médico, no ejerció. Prefería las armas. Y matar antes que curar. Aspiraba a que los combatientes revolucionarios, según sus palabras, "fueran frías máquinas de matar". Tal vez lo consiguió con los integrantes de los pelotones de fusilamiento que cumplían implacables órdenes suyas en la fortaleza habanera de La Cabaña, durante los meses que siguieron al triunfo revolucionario de enero de 1959.

El estoicismo revolucionario de Che Guevara lo llevó a extremos deshumanizados de exigencia y disciplina. Incluso consigo mismo, a pesar de su salud quebrantada por el asma.

Anécdotas subrayadas por la propaganda oficial cubana y la utilización de algunas buenas fotos, como la de Korda, contribuyeron a formar su leyenda.

Che Guevara es hoy el mejor ejercicio de marketing del castrismo. Aparte de dividendos ideológicos, reporta a la economía cubana muchos dólares.

A inicios de los años 70, el asesinado cantautor chileno Víctor Jara invitaba a ir a Cuba a los que querían conocer "los caminos del Che". Solo que advertía a los viajeros que tendrían que adaptarse a "tomar ron, pero sin Coca- Cola".

Las cuatro décadas transcurridas son demasiado tiempo como para que todo permanezca inalterable. En el paraíso revolucionario del Caribe cambiaron algunas cosas. Ahora, los turistas ideológicos que peregrinan a la Meca de la izquierda mundial, el mausoleo en Santa Clara que guarda los restos de Che Guevara y sus guerrilleros, pueden beber ron mezclado con Coca-Cola, y ver realizadas, a bajo costo, sus más locas fantasías sexuales.

Burgueses hastiados, con añoranzas de su mocedad rebelde y suficiente dinero para gastar, pagan propinas a famélicos guitarristas de la Habana Vieja para escuchar conmovidos su interpretación de "Hasta siempre, Comandante". Cuando se van, llevan en sus maletines las reliquias compradas en La Habana: ajados ejemplares del diario de Che en Bolivia o Pasajes de la guerra revolucionaria y viejos billetes con la firma del revolucionario argentino, generalmente falsos.

No todos los izquierdistas pueden peregrinar por los lugares del Che en Cuba o Bolivia, pero hay consuelos más modestos a su alcance. Hay toda una industria a su disposición, que no sólo el gobierno cubano obtiene ganancias del mito guevarista.

La venta de boinas con la estrella guerrillera, posters y camisetas con la romántica imagen de Che Guevara, llena los bolsillos de avispados empresarios, algunos hasta con credenciales marxistas-leninistas.

Che Guevara es hoy un fetiche de la sociedad de consumo. Como Elvis. Al final, el capitalismo consiguió vengarse del fanático revolucionario que intentó destruirlo.

 

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