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60 años sin diálogo

Lucas Garve, Primavera Digital

Cuba actualidad, Mantilla, La Habana.- Este 10 de marzo se cumplen 60 años del golpe de estado del general Fulgencio Batista, en 1952, que marcó el fin de toda posibilidad de diálogo para la sociedad cubana.

Si doce años antes del golpe de estado, la aprobación de la Constitución de 1940 significó la mejor muestra de una oportunidad bien aprovechada para que todos los cubanos demostraran cuánto había avanzado el civilismo en la isla, realmente el 10 de marzo de 1952 marcó un retroceso. Desde entonces solamente vamos en marcha atrás.

Hoy no contamos con una sociedad civil verdaderamente basada en un asociacionismo cívico interesado en mejorar las condiciones de vida de la sociedad cubana y en eliminar los problemas que resquebrajan la nación.

Múltiples son los problemas materiales y espirituales que ahora mismo padece la sociedad cubana y que no parecen tener solución en perspectiva. Enfrascados todavía en transitar por una vía que el tiempo ha demostrado que no resolverá nada de lo que nos agota, los gobernantes evitan el diálogo necesario e imprescindible para evitar un descalabro aún mayor que al que hoy parecemos destinados.

Problemas materiales y espirituales que van desde la descapitalización económica hasta la pérdida de capital humano, una falta de futuro que no sea pobreza y miseria, una juventud que cuando se atreve a confesar su real vocación, no es otra que la de desentenderse de la realidad nacional y emigrar a cualquier país donde sin trabas pueda tener una vida que se considere decente o al menos diferente.

El gobierno en vez de diálogo, solamente ofrece represión y complicidad con todo lo mal hecho durante medio siglo. Al fin y al cabo, únicamente logra imponerse por la fuerza, como sucedió hace 60 años.

Ha aumentado el número de las prisiones y los llega-y-pon se extienden por todas partes, en las afueras de las ciudades y poblados, como un virus social incurable, porque uno de los problemas sociales mayores que es el de la vivienda todavía sigue sin resolverse a la distancia de cincuenta y tantos años.

Los denominados "logros sociales de la Revolución", la salud y la educación, pierden el lustre que la propaganda oficial se obstina en otorgarle y la realidad cotidiana desmiente cada día que pasa.

Mientras, las desigualdades sociales crecientes borran de golpe y porrazo las ilusiones que un día los gobernantes vendieron con el mismo ánimo con que los colonizadores cambiaron baratijas por oro a aquellos desaparecidos indios; con la sola diferencia de que nuestro oro era la libertad espiritual, de movimiento, de pensar y expresar lo que sintamos y creamos.

Vivimos en un país donde no existe clase media, pero sí una casta dominante que acapara para sí desde privilegios y oportunidades hasta un nivel de vida superior al de todo el resto de la sociedad.

Desprovistos de una sociedad civil competente, carentes de cualquier sentido de asociacionismo y de redes de confianza realmente garantizadoras de una cohesión social que produzca una presión constante sobre las decisiones de los gobernantes, los cubanos en su mayoría nos debatimos en salir de un marasmo que nos hunde en el escepticismo y la desidia cuando no encontramos otra vía que la del escape mediante la emigración.

Un lamentable balance, pero no menos cierto, si observamos a la distancia de seis décadas cuánto nos ha perjudicado la falta de diálogo y de visión por elegir fatalmente la confrontación como solución a los problemas nacionales.

 

 

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