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48 horas que no estremecerán a Cuba 

Lucas Garve, Primavera Digital

Mantilla, La Habana.- El 26 de marzo aterrizará Su Santidad Benedicto XVI en el aeropuerto de Santiago de Cuba para marcar la segunda visita de un Papa a la isla antillana. Motivada por el 400º aniversario de la aparición de la Virgen de la Caridad del Cobre en aguas de la región oriental cubana, la visita papal significará sobre todo el espaldarazo vaticano a la jerarquía de la Iglesia Católica isleña y a su papel de interlocutor privilegiado del Poder dominante en el archipiélago desde hace más de cincuenta años.

Si en 1998 el anterior Papa marcó su periplo cubano con la sentencia de "No tengáis miedo", a la distancia de catorce años parece que el consejo de Juan Pablo II se relaciona con la actitud del gobierno cubano frente a la necesidad de cambios que la sociedad reclama con urgencia.

Además, está visita cubrirá tangencialmente otro aspecto, de cierta forma adelantado por la jerarquía católica en Cuba, y es el de la "reconciliación" entre los cubanos. Un asunto bastante delicado después de más de medio siglo de desafuero gubernamental.

En una entrevista realizada por la agencia EFE al Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, el Arzobispo de Santiago de Cuba Dionisio García, el prelado declaró que "la división, la separación y las diferencias afectan a las familias" y que "por ello cree necesaria una actitud de aceptar al otro, aceptar lo que piensa, lo que dice, lo que es y cómo ve la realidad de las cosas".

Como cierre, el despacho de EFE vuelve a citar palabras del arzobispo que encierran un sentido más directo: "Esta visita del Santo Padre, en este momento de cambios, que son muy tímidos todavía pero son cambios, nos va a animar a vivir estos cambios en una perspectiva de respeto a cada persona y su dignidad".

Sin embargo, sería necesario que el gobierno comunista se reconciliara primero con el propio pueblo que gobierna. Después, que expresara su disculpa por el mal que ha causado a los ciudadanos, a las familias y a la sociedad cubanas en todo este tiempo y, a continuación, cambiara las leyes que regulan el despojo de los derechos humanos a los cubanos en beneficio de una casta militar gobernante, para reconstruir una verdadera Nación, aunque esto quizás pertenezca más al campo de la ficción que al de una realidad posible.

Benedicto XVI será recibido por el General-Presidente cubano en la loza del aeropuerto santiaguero, y en su recorrido por las calles santiagueras con destino al santuario del Cobre recibirá el saludo de bienvenida de los habitantes, congregados a su paso, pero bien vigilados por las fuerzas represivas del régimen. Una escena que se repetirá durante el tiempo que dure la visita.

Pero me pregunto si sabrá Benedicto XVI del mitin de repudio que soportaron las Damas de Blanco en su sede de la calle Neptuno los días 22 y 23 de febrero; si podrá conocer el testimonio de Maritza Pelegrino, viuda de Wilman Villar Mendoza, fallecido recientemente en un hospital santiaguero durante una huelga de hambre; si llegará a saber que movilizan a fuerzas policiales para que una mujer de más de 60 años y con una salud desgastada, llamada Marta Beatriz Roque Cabello, no pueda reunirse con poco más de una decena de miembros de la Red Cubana de Comunicadores Comunitarios dentro de su pequeño apartamento, para estudiar ortografía y discutir cómo ayudar a familias en precarias condiciones económicas y de vivienda, por poner pocos ejemplos. Sería interesante enterarnos de la opinión del Santo Padre sobre esos eventos.

En aquellos días, lejanos ahora, de 1998, escuché a una mujer en la parada de Coppelia, preguntarse a sí misma si la visita del Juan Pablo II serviría para mejorar el picadillo de soya distribuido en las carnicerías por la libreta de abastecimiento, lo que provocó la risa de quienes esperábamos por un ómnibus que tardaba en llegar.

En conclusión, usted como yo podemos estar seguros de que la próxima visita papal no modificará la composición del picadillo de soya, que sólo ha cambiado para peor, porque este evento sólo significará un reconocimiento del Vaticano a la Iglesia cubana y al gobierno cubano por su buen entendimiento y hasta de alguna manera es una distinción que el gobierno concede a la jerarquía católica cubana por su papel diplomático y por su paradójica lealtad.

 

 

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