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240 toneladas de inmoralidad

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, julio, www.cubanet.org - Un análisis pendiente (otro) para los psiquiatras del futuro, es el de la manera en que los cubanos le facilitamos las cosas al régimen para que nos imponga autoridad, en vez de exigirle que antes se gane el derecho legal y moral de ejercerla.

Es un mal que nació con la revolución, atenido a sus particulares circunstancias. Al erigirse en dictador de nuestro pueblo, destronando mediante la violencia a la anterior dictadura, el régimen adulteraba al nacer los fundamentos de su autoridad, la cual, como es sabido, difiere del poder en que no es una fuerza que se impone, sino un privilegio que se confiere mediante el reconocimiento y la obediencia, así que hay que conquistarlo con el convencimiento.

No hay manera de apropiarse auténticamente de la autoridad imponiéndose desde la autoridad misma. Y en Cuba no sólo nos ha sido impuesta la autoridad política, sino que a partir de ésta, mediante sus doctrinas, bajo su influencia, fueron también violentados todos los demás conductos de acceso a la autoridad.

No en balde, las autoridades, todas, y aun la autoridad como concepto, están aquí en bancarrota. La policía, las instancias jurídicas, los directivos de centros laborales, la administración pública, y en general los jefes mayores y menores no son respetados sino apenas temidos. A los padres y maestros no se les respeta ni se les teme. Ante las instituciones del poder la población generalmente no manifiesta sino común desdén, o displicencia y burla. La lista podría resultar interminable, ya que después de mencionar todas las formas de la autoridad que se representan a través de personas, habría que seguir con sus representaciones conceptuales: decencia, franqueza, buen ejemplo, respeto…

Lo estrafalario, lo radicalmente impropio, es que el régimen se baje a estas alturas fingiendo ver con alarma el putrefacto panorama de la moralidad en Cuba.

Y aún más que impropio, resulta soez, y de un cinismo desproporcionado, que mientras pretende aleccionarnos sobre la conveniencia de retomar una tradición de honradez y urbanidad que ellos mismos desmontaron meticulosamente, pieza a pieza, se atrevan a incurrir en un acto tan desfachatado y tan irrespetuoso como el de halar la palanca de la máquina del tiempo, en complicidad con los siniestros gnomos norcoreanos, para recordarle al mundo civilizado que el fin de la guerra fría nunca pasó de ser una ilusión retórica. Y que sus protagonistas no cambian, aun cuando cambiaran las circunstancias.

No se conocen todavía las reales dimensiones de esta chapuza en que fueron cogidos fuera de base los perros güeveros de nuestro régimen. Incluso, tal vez no lleguemos a conocerlas. El escándalo muy bien podría naufragar en la costa, puesto que cada vez hay más interesados (en la región y hasta más allá) en que Cuba deje de ser vista como la oveja negra dentro del rebaño latinoamericano.

De cualquier modo, con todo y lo poco que ha trascendido (particularmente en la Isla) parece suficiente como para que prendiese una cierta chispa desentumecedora entre nuestra gente. Eso, pero nada más. Pues, en La Habana corren por estos días los chistes sobre la similitud del modo con que los caciques intentaron transportar armas de contrabando, como si fuera azúcar, y aquel en que los tránsfugas del mercado negro en nuestras calles ocultan los productos adulterados, de fabricación casera, dentro de envases originales, para que sean vendidos en las shopping bajo el camuflaje de auténticos.

Con 240 toneladas de inmoralidad, nada menos, nuestros caciques se han propuesto ahora predicar ante el mundo la moral fidelista. Y mientras, a nosotros, no nos da por nada mejor que dedicarnos a tirarle a broma la ocurrencia.

 

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