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23 y E: Funcionan ascensores

Mientras los generales y sus esposas conversan apaciblemente sobre el color que estrenarán sus paredes para fines de año, multitudes de personas rezan por sus techos cada vez que se acerca un ciclón

Ernesto Pérez Chang, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- En la esquina de 23 y E, en el mismo centro de El Vedado, se alza un edificio de viviendas como existen pocos en el país: amplios ventanales que tamizan la intensa luz del trópico, paredes de materiales especiales que aíslan del calor y el ruido, ascensores que funcionan a la perfección, parqueo soterrado, sistema de seguridad, personal de mantenimiento, todos uniformados y dispuestos a servir a los inquilinos. Es una edificación en apariencias modesta pero que, a diferencia de las miles que padecen del abandono rutinario, cuenta con reparaciones periódicas de las áreas interiores y exteriores y, lo que pudiera ser algo así como la cereza en el pastel, con procesos de selectividad a la hora de escoger a quienes lo habitan, una caterva de ministros, viceministros y personas “importantes” a las que no se las vería muy bien en un apartamento en San Agustín o el Reparto Eléctrico, pero tampoco en un área residencial exclusiva para altos dirigentes.

Digamos que es un edificio para “personal leal pero excusable”. Gente de altísima confiabilidad política pero que aún permanece en esa condición de “sujeto bajo sospecha”. Es precisamente por eso que sus inquilinos sufren a ritmo vertiginoso de constantes reemplazos y defenestraciones que demanda el concepto de limpieza ideológica, la que ha practicado siempre el gobierno de este país.

El edificio de 23 y E, comparado con los barrios insalubres de La Lisa, Guanabacoa o Arroyo Naranjo, incluso con los solares (casas de vecindad) cercanos, es un verdadero paraíso. Habitar ahí es privilegio de una casta para la cual las palabras “sacrificio”, “igualdad”, o los conceptos de “crisis económica” y “escases de recursos” no poseen el mismo significado espeluznante que para los millones de personas que en Cuba esperan, ya no por una vivienda digna, sino por un espacio propio donde levantar un techo para sus hijos.

Mientras a un grupito de gente humilde se le premia la sumisión y el aguante con casuchas miserables construidas con sus propios esfuerzos, con materiales de malísima calidad, apelando a deudas insalvables con los bancos, a una tropa de dirigentes, oficiales de las FAR (Fuerzas Armadas) o del MININT (Ministerio del Interior) y a ciertos directivos de empresas e instituciones estratégicas se los acomoda en edificios y barriadas exclusivas, donde la penuria por el “bloqueo” y la “revolución de los humildes” y para ellos es solo un cuento de terror para adormecer a las “masas”.

Recintos amurallados para militares de rango inferior, pero que disfrutan de confortables viviendas con calentadores solares para el agua. Repartos apartados en la periferia de la ciudad donde a los elegidos, siempre personal de confianza, se les ofrecen casas totalmente amuebladas, listas para ser vividas sin preocupaciones. Hasta apacibles residencias con jardines y piscinas en Nuevo Vedado, fincas en el campo, recrías de caballos de raza, retiros de jubilación en zonas de alta demanda turística que son enmascarados bajo el concepto de “apoyo a los planes de desarrollo del país”.

Paralelo a este florecimiento de las construcciones para la oficialidad, donde no se escatiman recursos ni se “sustituyen importaciones”, transcurre la vida de mujeres, hombres, ancianos, jóvenes y niños que se apiñan, generación tras generación, en casuchas que solo un milagro ha salvado del derrumbe pero solo por un tiempo breve, brevísimo.

Mientras los generales y sus esposas conversan apaciblemente sobre el color que estrenarán sus paredes para fines de año, o sobre la mejor madera para las puertas de los armarios, o sobre cuál barrio es el más adecuado para criar a sus hijos y nietos, en la isla hay multitudes de personas rezando por sus techos cada vez que el Instituto de Meteorología anuncia que se acerca un ciclón devastador.

 

 

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