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Él está en Bodrum y yo en el Cerro

¿De dónde Antonio Castro sacó tanto dinero? ¿Puede un médico de peloteros llevar una vida así? ¿Quién le dio tanto dinero?

Jorge Ángel Pérez, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- ¿Qué yo haría con mil euros? Lo primero, lo más sensato, sería cambiarlos en CUC para conseguir un poco más; ochenta y dos por encima de los mil, una fortuna. Cosas impensadas podría hacer con esos billeticos. Comprar leche a mi madre sería lo primero. Lo malo es que no los tengo, y lo peor es que acabo de enterarme de que otros en la isla tienen mucho, como Antonio Castro, el menor de los hijos de Fidel. La verdad es que no sospechaba que guardara tanto en su bolsillo, pero las imágenes que andan cruzando el mundo dan fe de lo que se dice, y hasta hoy nadie negó la veracidad de esas fotos, ni siquiera ahora que los comentarios indignados se suceden a montones.

Antonio está lejísimo. Antonio está en Bodrum, y Bodrum está en Turquía. Se dice que llegó a esas costas a bordo de un yate lujosísimo, de cincuenta metros de eslora, después de abandonar la isla griega de Mykonos. Por desgracia yo estaba en el Cerro y no en Bodrum. Confieso que me habría gustado ver el arribo de ese yatecito a las costas de Turquía, pero tuve que conformarme con las fotos. ¡Me quedé con la boca abierta! Hasta me pareció más grande de lo que decían, pero eso no importa porque soy muy malo calculando los tamaños, las esloras; además estoy muy lejos, en el Cerro, en La Habana, y sin un medio que me permita hacer comprobaciones. Creo que jamás podré olvidar ese nombre: Bodrum. Nunca lo pronuncié hasta hoy. Para mí esa geografía seguía teniendo el apelativo de Halicarnaso. Debe ser por eso que he pensado tanto en Herodoto. Y hasta imaginé al autor de Los nueve libros de la historia apostado en esas costas, contemplando el arribo del barquito. Y también supuse sus reacciones; la boca abierta, la mano derecha en la cabeza, en el corazón la izquierda.

¿Qué habría pensado Herodoto mientras atracaba esa maravilla de yatecito? Debió ponerse a hacer anotaciones. Herodoto pudo pensar que los recién llegados revivirían las guerras médicas, y por eso estuvo anotando, haciendo uso del jónico, y con la boca más que abierta, casi incrédulo. El griego de Halicarnaso pudo creer que llegaban los fenicios después de cruzar el Eritreo, quizá supuso que esa nave venía repleta de géneros en un viaje que la trajo desde la Asiria y el Egipto. El historiador no podía pensar en una isla del Caribe llamada Cuba que no era parte del mundo conocido ¿Por qué iba a interesarse Herodoto por un médico del equipo nacional de beisbol de Cuba? Y aunque conociera a Cuba, cómo iba a creerlo, sabiendo que esta isla es tan pequeña, tan pobre, tan bloqueada… El pudo creer, dadas las dimensiones del barquito, que se trataba de un guerrero famoso que hacía su viaje de regreso después de hacer consultas al Oráculo de Delfos. Y hasta pudo suponer que el barco acogía a una recua de raptores que venían de atrapar a Io, a Medea, a Europa. Lo que si no puedo imaginar es lo que pensaría Herodoto al ver los géneros que bajaban del yate: supongo equipos de caza y pesca, licores delicados, exquisiteces y ambrosías.

Parece que los reseñadores de la noticia no estuvieron cerca de la mesa de los vacacionistas, porque de lo que allí se comió no dicen nada. Yo no puedo opinar mucho, nunca tuve dinero, soy soldado de un ejército de paladares atrofiados. Pero si me lo propongo puedo imaginar lo que comieron. Digo imaginar porque el recuerdo depende de las experiencias anteriores. Lo mejor sería hurgar en algunos libros que leí, esos que hablan de la alta cocina. Si yo recordara o releyera, La fisiología del gusto de Brillat Savarin o el Manual de anfitriones y guía de golosos de Grimod de la Reyniere, podría suponer lo que comieron en Bodrum. Ahora pienso en algo que leí en Sírvase de inmediato, un libro exquisito que habla de platos que parecen delicados, elegantes, que pueden comerse en Halicarnaso y en lugares a donde hay que llegar con muchísimo dinero. MFK Fisher, la autora de ese libro, cuenta que Federico el Grande se preparaba su café, y que en lugar de ponerle agua lo hacía con champán, y para rematar le rociaba mostaza en polvo. ¡Debe ser horrible pero es diferente, extravagante! Debe ser horrible ese café, yo como la Fisher creo que es una pedantería. Mejor pensemos en unos plátanos con queso Limburger, en unas costillas de cordero con salsa de gambas o en una sopita de arenque con mermelada de fresas. Yo no las probé jamás, pero parece rico, elegante, y deben ser carísimos esos platos, ¿extravagantes? Y no costaron más que una lecturita.

¿Y habrá dormido Herodoto, el de Los nueve libros, en habitaciones tan lujosas como esas cinco que fueron rentadas para Antonio y sus amigos? Creo que no, y mucho menos pagó más de cinco mil euros cada día por las susodichas. Tendría que vender, y en estos días, los manuscritos de Los nueve libros de la historia si se antojara de unas vacaciones como esas. Dios mío, que son cinco mil euros diarios para dormir y bañarse, mientras yo, pobre obseso, pensando en la leche de mi madre. Y qué voy a hacer si me entristece verla soñando cada día con un vasito de leche y este se baja en Bodrum, es decir en Halicarnaso, de un yate de lujo para montarse en un Mercedes que lo llevará a un Hotel donde cada una de las cinco Suites cuesta más de mil euros. ¡Caramba! ¿De dónde este muchacho sacó tanto dinero? ¿Puede un médico de peloteros llevar una vida así? ¿Quién le dio tanto dinero? Imagino el descontento de un médico internacionalista que no pudo finalmente comprar su auto modesto y pequeñito, aunque tuviera la carta, después de ver a este otro médico montado en su Mercedes. Imagino lo que dirá un médico que esté en África salvando a enfermos de padecimientos raros y mortales, pienso en los que andan por la Sudamérica de humildes favelas o en los que se arriesgan en el Caribe azotado por el cólera y los terremotos.

Ay, Dios mío, no puedo dejar de pensar en mi madre y en su leche, no puedo dejar de recordar a mi padre y a mi abuelo, los dos creyendo que la austeridad era signo distintivo de nuestro gobierno. No puedo dejar de pensar en toda la leche para los viejos derramada en Halicarnaso. Yo nunca vi cifras como esa, mil euros, cinco mil… de haberla tenido… Ay, qué sé yo que hubiera hecho. Lo cierto es que ahora estoy indignado, y hasta supongo que alguna vez se desmienta el desatino, para que algunos crean que esas cosas no ocurren en Cuba, que eso ocurre en otros lares, como dice nuestra prensa. Eso ocurre en Francia y en Italia, en los Estados Unidos y en Londres.

Si yo tuviera una mínima parte de ese dinerito que se gastaron en Bodrum, en Halicarnaso, compraría una bolsa de leche para mi madre.