Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

Una experiencia histórica checoslovaca de gran interés para los cubanos

 

La “zona gris” y el futuro de la disidencia

 

Por Jirina Siklová, Praga

(Colaboración gentilmente cedida para Cubanálisis)

 

Las conversaciones con amigos del extranjero siempre llegan al punto en que tengo que explicarles que muchas expresiones que suenan idénticas a términos usados en Occidente —y que incluso se traducen de idéntica manera— comunican un significado enteramente diferente aquí. Luego llega el momento en que mi visitante pregunta, “¿Y qué dicen vuestros comunistas? ¿Cuáles son las opiniones de los sindicalistas?” Respondo que suelen pensar lo mismo que los llamados disidentes, y que muchos funcionarios del partido comunista hacen los mismos chistes políticos y padecen la misma incompetencia y corrupción de nuestro liderazgo.

En Checoslovaquia, los expertos, los periodistas, los artistas, los autores y, en general, la gente que se preocupa de la política difiere entre sí no tanto por lo que saben o por su modo de evaluar los hechos, sino principalmente por su postura moral y por el valor con el que expresan sus puntos de vista. Esta postura los distingue mucho más que si llevan un carné del partido. “Esas personas, ¿son reaccionarias o progresistas?” ¿Pertenecen a la derecha, o son izquierdistas?”, pregunta mi visitante, y estoy a punto de desesperarme. Intento explicarles a mis amigos de Occidente que es imposible comunicarse hoy día en Europa oriental valiéndose de la terminología tradicional heredada de la Convención Nacional de Francia o del Parlamento de Cromwell, o de la Duma del zar, sin notas aclaratorias o explicativas.

Aquí esas expresiones se han “degradado”, se han “agotado”, gracias a las repetidas revoluciones, pseudos-revoluciones, golpes de Estado y los argumentos que los justifican, y las etapas alternativas de la llamada revolución, reacción, renacimiento, normalización, y la nueva reacción u oposición, seguida por una ulterior normalización o reforma.

“¿Intenta decirnos que los miembros críticos del Partido Comunista de Checoslovaquia tienen los mismos puntos de vista políticos de los que no pertenecen a ningún partido o de personas que han sido expulsadas del partido? Entonces, ¿por qué están en el partido, por qué simplemente no salen y se unen a los disidentes?”, insiste mi visitante, insatisfecho, y acaso incapaz de quedar satisfecho con mi explicación.

“Muy bien, empecemos una vez más”, le digo, y de nuevo (¿cuántas veces lo he de hacer?) explico que conozco muchos miembros del Partido Comunista de Checoslovaquia, pero que personalmente no conozco a uno solo que sea comunista de convicción; explico que en la actualidad la mayoría absoluta no son miembros del partido movidos por alguna convicción, (no son ni marxistas ni revolucionarios), sino más bien por razones de conveniencia o, en el mejor de los casos, siendo conformistas y obedientes por naturaleza, prefieren que los “dejen tranquilos”; se quedaron en el partido precisamente porque carecen de convicciones definidas, se dejaron “procesar” y, cuando los invitaron a unirse al partido, se mostraron renuentes a rehusar. Es en verdad difícil defender con inteligencia y optimismo la ideología comunista y la filosofía marxista-leninista en la actualidad, luego de todas las repetidas reevaluaciones y las muchas y diferentes interpretaciones de esa ideología y de toda la historia del movimiento. Es por eso que los miembros ordinarios del partido difieren de otros miembros no por sus puntos de vista y sus convicciones revolucionarias, sino por sus rasgos de carácter: quieren paz y tranquilidad y, sin ninguna duda, cómodos ascensos laborales; quieren compartir las relativas ventajas de una minoría privilegiada; no quieren tener complicaciones en sus vidas, son oportunistas por convicción. Es por esto que se disgustan cuando la “dirigencia” del partido insiste en que deben asumir una postura clara, o aceptar corresponsabilidad por la evaluación negativa de un compañero de trabajo. Los miembros del partido preferirían dejar esa clase de decisiones a los que “les pagan por hacerlo”; es decir, los funcionarios del partido, miembros de la seguridad del Estado o de la policía secreta, etc.

Mi visitante se siente confundido una vez más. Un sociólogo que me indaga acerca de nuestra sociedad espera de mi respuesta algo más que mera clasificación política de partidos y grupos; busca también su diferenciación por condición social, pertenencia a una clase o alguna otra estratificación ampliamente aceptable en base a la profesión, la educación o el ingreso, etc. ¡Y yo no puedo ofrecerle eso tampoco!

Cuando discriminamos de esa manera, usualmente nos servimos de términos prestados a los cuales les atribuimos nuestros propios significados singulares, específicos de una realidad contemporánea.

En nuestro país, sólo dos grupos pueden diferenciarse claramente del resto, en base a la posición política y a la clasificación social: el primero comprende a los que actualmente se encuentran en el poder, o los que llamamos “la dirigencia socialista”, y el segundo consiste de “los disidentes” o la oposición.

La dirigencia socialista está compuesta de funcionarios del partido y del gobierno a nivel central y regional, burócratas del más alto nivel de la seguridad del Estado o la policía secreta, militares de alta graduación, ministros y viceministros, secretarios del partido, editores en jefe, ejecutivos de primer rango de grandes empresas, jueces… tales personas están inseparablemente vinculadas al sistema político contemporáneo —y gravemente comprometidas con él—, de manera que ni siquiera pueden cambiar su cargo.  Constituyen el actual centro de la toma de decisiones, y ascienden y caen con él.

El otro grupo claramente distinguible está compuesto por los disidentes, la oposición: personas que hace años definieron con mucha claridad su posición de palabra y de obra, rechazando la política de la dirigencia del partido. Estas personas tampoco pueden cambiar su posición, ni pueden retirarse ni convertirse.

Estos dos grupos, aunque relativamente pequeños en número, son políticamente activos, conscientes del riesgo que corren por su inequívoca elección, y no tienen necesidad de persuadir a otros o de hacer proselitismo. Para ellos, todo está completamente claro. Son las minorías, caracterizando los dos polos de la vida política checoslovaca. Entre ellos, como en todos los países, existe una “mayoría silenciosa” orientada sobre todo hacia el consumo y desinteresada de la política, y luego están las personas que se encuentran en la llamada “zona gris”, de la cual quiero escribir aquí.

La primera vez que se usó la expresión “zona gris” en este contexto en el campo de la ciencia histórica fue probablemente en el artículo “Historiografía checa, ayer, hoy y mañana”, que pareció en la publicación clandestina (samizdat ) Estudios históricos suscrito por autores que escribían con los pseudónimos de R. Prokop, L Sádecky y K Bína[1]; y se usó para describir a los historiadores que permanecían “dentro de la estructura”; es decir, dentro de las instituciones científicas y las universidades, al tiempo que se mantenían en contacto con sus antiguos colegas expulsados durante las purgas que siguieron a 1968, que seguían dispuestos a asociarse con ellos, a debatir con ellos e incluso, cuando era menester, a ayudarlos.

En la actualidad, la zona gris se refiere a un grupo mucho más amplio de personas, un grupo que es —y, lo más significativo, que será— de inmensa importancia en el curso de los cambios que se prevén en esta sociedad en el futuro. Esto sucede porque las personas en la zona gris son, y pueden ser, socios de los disidentes, pero también —en mi opinión—son aquellos que asumirán el liderazgo de esta sociedad. La zona gris consta en su mayor parte de buenos trabajadores, de personas preparadas, profesionalmente eruditas. Es por eso precisamente que percibieron temprano los errores del sistema socialista, y también por qué no tuvieron que proteger sus carreras mediante el carné de un partido o asumiendo funciones políticas. Sabían que para ellos era posible mantener la subsistencia tan sólo mediante un esfuerzo honesto, y en consecuencia descubrieron que era más fácil resistir las tentaciones y las presiones de la dirigencia. Y debido a que su participación era mínima, dispusieron también de muchísimo más tiempo para su propia educación y adiestramiento, tanto personal como profesionalmente. De manera que los mejores expertos en sus respectivos campos de la Checoslovaquia actual caen dentro de la zona gris.

¿Por qué el color gris, y por qué llamarla una zona?

En este momento y en esta época, incluso los colores tienen una simbología clara y discernible. En la época de Stendhal, era perfectamente claro para todo el mundo lo que significaban  “el rojo y el negro”, tal como hoy día sabemos lo que son los “verdes” y los “rojos” y los “pardos”. El color gris, sin embargo, es indefinido, ni blanco ni negro, aunque puede tornarse fácilmente en uno o en el otro. El gris puede ser visto como si fuera acaso un poco “sucio”. Sí, sucio. Esto también determinó, determina y determinará las posiciones políticas de las personas que clasificamos en este grupo. Si en efecto hay un cambio en el sistema y las condiciones políticas en Checoslovaquia, las manos de esta gente nunca van a estar enteramente limpias, ni su crédito moral del todo claro. Aunque dudando, y a regañadientes, cooperaron de todos modos con el sistema, y aceptaron ciertos beneficios a cambio de su relativa conformidad. Es por eso que, pese al hecho de que concuerdan con los puntos de vista de los disidentes y están a favor de un relajamiento de las condiciones políticas, los que se encuentran en la zona gris temen que, tarde o temprano, alguien esgrimirá su colaboracionismo en contra de ellos.

¿Y por qué una zona? No estoy del todo segura, tal vez estamos influidos por una película que en un momento fue muy famosa aquí, El cazador furtivo de Tarkovsky, en la cual el héroe del filme era un guía que conducía a la gente a una misteriosa y enigmática “zona”, a una tierra de nadie donde “ocurría algo” y donde un visitante perceptivo podía encontrar toda clase de cosas.

Y en efecto, mientras otros compañeros de la arena política, es decir, del orden establecido —el régimen, “ellos” o, en jerga de jóvenes, “los bolcheviques” (que abarca globalmente el estado totalitario)— y los disidentes —la oposición— son claros y explícitos, es en la zona gris que está ocurriendo algo sustantivo; el conflicto entre el orden establecido y la oposición es y será sobre la zona gris.

Debido a que la situación económica se deteriora, y la gente gradualmente va perdiendo el miedo, la población de la zona gris va aumentando. A veces estas personas están mucho más enfurecidas con el régimen actual que los disidentes, porque tropiezan a diario con el orden establecido y participan directa e indirectamente del funcionamiento del estado totalitario. A causa de esto, y por estar consciente de la manera y el grado en que la gente está siendo manipulada, la arrogancia de la dirigencia los ofende aún más. Los que se encuentran en la zona gris difieren de los disidentes sobre todo en la esfera del valor, en asumir una postura, en su falta de voluntad o incapacidad de enfrentarse al poder. Son espectadores de lo que ocurre, espectadores que claramente respaldan la Carta de los 77 y otras muestras de independencia, de la misma manera que los fanáticos alientan a su equipo favorito. No son jugadores, no se encuentran en el terreno, sino en la gradería. Al igual que los fanáticos, ocasionalmente vitorean y aplauden abiertamente. Y conforme a las circunstancias, eso ya es bastante: ¡alentar, vitorear, ayudar, aplaudir!

Los disidentes, a veces demasiados concentrados en su propio envalentonamiento, suelen subestimar esta actitud, y no le dan a estos “fanáticos” el crédito que merecen. En mi opinión, ¡eso es una lástima y un error! Después de todo, la mayoría de las personas ni siquiera se molestan en ir al estadio, y a menudo ni siquiera saben dónde está el juego y no quieren enterarse.

Debería estratificar propiamente el grupo que llamo la zona gris por condición social, afiliación de clase, profesión, programa político, o al menos por su campo de interés. Pero no puedo hacerlo tampoco.

La zona gris existe dentro de todos los grupos sociales, profesionales o de interés definidos. Conozco incluso a unas cuantas personas en la zona gris en torno a las oficinas editoriales de periódicos oficiales, de institutos de economía, de ministerios, de cines,  de teatros y hasta entre abogados y jueces. Las personas de la zona gris to tienen un solo programa propio, ningún credo, ni siquiera objetivos específicos.  Con frecuencia son más accesibles a los disidentes de los que son entre ellos mismos. Formalmente, son parte de la “estructura” y más o menos se ajustan a las exigencias y los criterios que el Estado totalitario hace desde sus primeras filas. Sin embargo, en lo que respecta a la oposición política se encuentran a la zaga de la oposición, y la perciben como su punto de referencia.

Los criterios de clase en Checoslovaquia —y al parecer en otros países de Europa oriental— también han sido borrados mediante repetidas reestructuraciones. En la actualidad, los obreros pueden ser ex profesores universitarios, así como ex políticos y periodistas, y viceversa. En cuanto a sus niveles de vida, los miembros de la zona gris pertenecen a la clase media alta; no reciben las misma gratificaciones que los miembros de alto nivel, lo cual suscita envida y aversión, pero tampoco viven en la pobreza. Ellos y sus hijos por lo general escamotean los diversos controles y procesos de criba, obtienen una educación adecuada, una clasificación laboral aceptable, y un razonable (si no exorbitante) éxito profesional. No aspiran a alcanzar los pináculos en los terrenos de su desempeño. Si ésa fuera su intención, tendrían que abandonar la zona gris e incorporarse al partido comunista, asumir un compromiso más explícito con “los bolcheviques”. Es decir, con el régimen. Son demasiado honorables, y demasiado tímidos, para hacer eso. No poseen los atributos positivos ni los negativos requeridos para estar activos en la oposición, ni la conformidad de los que hacen carreras. Las personas en la zona gris no son indiferentes, ni cínicas; es más, creen en valores tradicionales, experimentados y probados históricamente, introducidos por la revolución francesa hace un par de cientos de años. Desempeñan varias funciones, se adhieren a rituales políticos formales y luego con mayor razón vituperan por esto —su humillación y su autodegradación — al estado totalitario. Trabajan dentro de la estructura, en empleos relativamente acordes con sus calificaciones; no se encuentran marginados y quieren conservar las pequeñas ventajas que el régimen concede a aquellos que se mantienen dentro de la norma. Al mismo tiempo, se esfuerzan por no “meterse” en nada, por no perjudicar a nadie; con frecuencia ayudan a otros perseguidos por el régimen político. Por otra parte, no asumen ninguna postura visible contra el orden establecido y, en consecuencia, se comprometen en alguna medida. De manera que se arriesgan de “ambas partes”, ello está en su conciencia, y padecen temores ocultos de que si hubiera otro ajuste de cuentas (y esta nación tiene una amplia experiencia en expurgaciones y exámenes de conciencia) ellos también serían acusados de colaborar con el orden establecido.

En situaciones en que no corren riesgos, y en que no se ven sujetos a demasiadas presiones de los poderes fácticos, asumirán una inequívoca y ferviente postura del lado de los disidentes, y luego procederán a justificarse y a pedir reformas económicas así como derechos humanos. Luego la zona gris comenzará a separarse del régimen y a convertirse en su crítico más preparado. Pero tendrán que existir los disidentes que les ganen ese espacio.

El orden establecido siempre ha estado vagamente consciente del peligro de una zona gris en expansión, y en la actualidad está mucho más conciente de ello. Es por eso que de vez en cuando lleva a cabo operaciones de intimidación en forma de purgas, investigaciones, interrogatorios, consolidación de archivos de empleados, intercambios de carnés del partido, etc. Las formas contemporáneas de las campañas de intimidación incluyen también la satanización de cualquiera que haya firmado cualquier clase de manifiesto que critique públicamente al orden establecido, así como la disrupción brutal de manifestaciones, como fue el caso de agosto de 1988, enero de 1989 y agosto de 1989. “El bolchevique” ya no puede amedrentar a los disidentes que se manifiestan, que hace mucho han cruzado el umbral de la conformidad, porque ya lo dan por sentado. En su apatía, la mayoría silenciosa es también inmune. Sin embargo, los que se encuentran en la zona gris siempre resultan intimidados por un tiempo.

Varias son las razones para que estas gentes estén y permanezcan en la zona gris, y no siempre son moralmente reprensibles. Los disidentes en particular deberían poder entenderlas.

En la época de extrema actividad política (digamos en los años 1967-69), podrían haber estado en medio de un divorcio, o embarazadas o con licencia de maternidad, o en terapia de tracción con una pierna rota; tal vez estaban negociando una compleja permuta de apartamentos en medio de la extrema escasez de vivienda, o inmensos en sus propios duelos personales, o trabajando en el extranjero o para una empresa que daba la casualidad que escapaba a la atención del régimen. Entonces, no siempre dependía de sus propias opciones personales, sino que a menudo era la mera coincidencia la que les permitía permanecer dentro de la tendencia general y conformarse por otros veinte años. En verdad que la coincidencia laboraba también en dirección contraria. Las gentes de la zona gris, así como los disidentes, pueden ser el objeto de lo que Aldous Huxley escribió en su libro Punto contrapunto: “dudo si alguna cosa es realmente irrelevante. Todo lo que ocurre es intrínsicamente semejante al hombre a quien le ocurre… Pero de una manera indescriptible, el evento se modifica, se modifica cualitativamente, de tal manera que se ajusta al carácter de cada persona que participa en él. Es un gran misterio y una gran paradoja”[2]. Esta “paradoja” acusa, pero también excusa.

Pertenecer a la zona gris inhibe a estas personas, pero también las radicaliza; el orden establecido las hace partícipes, por sus propias acciones personales, en el mantenimiento del poder totalitario. El orden establecido intenta continuamente hacer que la gente participe; donde tiene éxito, su poder se refuerza, ya que ese poder es su única garantía de que la participación del pueblo no se va a volver en su contra. En un artículo citado en 1989 en Paraf, una publicación filosófica clandestina, Pavel Bratinka comenta que esta retroacción entre los autores de pequeñas hazañas y el estado totalitario puede incluso producir la regeneración del poder:

 

Romper con el poder significa no sólo padecer su cólera, sino también los remordimientos de una reanimada conciencia personal. Esa clase de transformación de Saulo a Pablo exige en verdad un inmenso valor moral. Por otra parte, quedarse al lado del poder no exige ninguna particular malicia personal ni ningún mal permanente ; todo ello propicia una falta de inclinación hacia el martirio, una cualidad humana muy común ciertamente[3].

 

Los ciudadanos de los estados de Europa oriental no tienen ninguna dificultad en entender eso. Hasta el momento en que cruzamos una cierta línea, cada uno de nosotros estuvo en la zona gris. Es sólo la generación más joven dentro de la oposición la que genuinamente eligió unirse a la disidencia.

Hana Jüpterová solía enseñar en una escuela secundaria en Vrchlabí, un pueblito de la región fronteriza. Como maestra de secundaria, se encontraba “dentro de la estructura” y quisiera o no era relativamente obsecuente con los requisitos oficiales del sistema educativo. Cuando en la primavera de 1988 la brutalidad policíaca dio lugar a la muerte en prisión de Pavel Wonka, a quien ella conocía personalmente y tenía en gran estima, improvisó un hermoso discurso al lado de su tumba. ¡El poder totalitario le pasó la cuenta! La junta escolar de inmediato canceló su contrato de empleo y desde entonces ha estado lavando platos en una confitería. Ella me contaba estas cosas en una carta personal: “no puedo conseguir otro trabajo. El régimen está intentando castigarme por mis palabras, ¿pero no era mi existencia anterior, de rodillas y doblada de espaldas un castigo en sí misma?”

En junio de 1989, en una reunión de lectores de una editorial en Praga, nos habló un hombre que durante años había trabajado para Odeón, una editorial de ficción y poesía. Dijo que en nuestro país, además de la literatura checa que se publicaba oficialmente, tenemos la literatura de los exiliados checos que viven en el extranjero y una literatura clandestina (de zamizdat), y que sólo estas tres juntas componen la literatura checa. Estuve tentada a levantarme y a preguntarle arrogantemente por qué él decía eso hoy, por qué no le había salido al paso antes a los que prohibían y destruían libros entonces; me habría gustado decirle que yo creía que simplemente estaba subiéndose a un tren en marcha. No obstante, el resto del público lo aplaudió con entusiasmo. La idea que él había hecho explícita no era novedad para nadie, pero se sentían felices de al fin oírla de labios de “uno de ellos”; lo que aplaudían era que incluso uno de esa zona gris había sido lo bastante valiente para asumir este tipo de postura. Parecían estar diciendo que sus declaraciones también los “rehabilitaban”. Yo no hablé, y al final también aplaudí. No debería juzgarlo, sino considerarlo; después de todo, cada uno de nosotros ha tenido sus propios límites en lo que al valor personal se refiere, un punto donde la carga ya no es aceptable o tolerable. Es nuestra tarea persuadir a las personas de la zona gris, reconocerlas y no rechazarlas con juicios morales, o atacándolas y hurgando en su pasado.

Si los actuales disidentes no quieren seguir siendo una exclusiva minoría, debemos abordar a los de la zona gris y retarlos a que asuman una posición de liderazgo, ahora que los límites establecidos por el rígido proceso de selección personal y la nomenclatura se han relajado un poco. Es por esto que resultaría inapropiado para nosotros recordarles su trivial colaboración con el régimen, o nuestros propios méritos, nuestras oportunidades perdidas, nuestras carreras, lo mucho que sufrimos y los años que pasamos tras las rejas.

¡Será difícil para ambas partes!

Para muchos disidentes, su mayor competencia provendrá de la zona gris. Sus miembros no están tan comprometidos, y además, han tenido mejores condiciones desde el principio para la formación de su propio desarrollo profesional, para enriquecer su preparación, para adquirir experiencia día por día en la vida no disidente. Y, por supuesto, ¡ésa es la vida que importará! Los disidentes pueden tener superioridad moral, pero deben darse cuenta también de que han vivido, o sobrevivido, durante veinte años fuera de “la estructura”, la mayor parte del tiempo en aislamiento, sin contacto con las instituciones e institutos científicos. Por su forzada exclusión, también perdieron —al menos en parte— su continuidad en el contexto de la vida “civil”, así como la actualización de su pericia en sus profesiones originales. En cuanto a los jóvenes dentro de los disidentes, con frecuencia rehusaban ocupar sitios dentro de la “estructura”, por rechazo hacia la promiscuidad moral del orden establecido, y por consiguiente carecerán de mucha de la experiencia de sus coetáneos sobre el modo en que funciona la sociedad normal. Los disidentes seguirán conservando su superioridad y su crédito morales, pero su competencia profesional —por ejemplo, en la esfera del comercio o de la gerencia administrativa— será en el mejor de los casos anticuada. Aunque esta desventaja puede justificarse fácilmente aduciendo las difíciles condiciones objetivas, la persecución política, la discriminación laboral, las barreras a la educación y a los viajes al extranjero, la necesidad de pasar ocho horas diarias de extenuante trabajo físico para ganarse la vida, y numerosos otros factores; la verdad es que estas razones no cambian la realidad. Con excepciones en los campos de la política pura, el arte independiente, el periodismo, la ciencia política, y tal vez incluso la filosofía, la mayoría de los disidentes estarán menos preparados que los de la zona gris y su progenie. Reconocer y aceptar esa realidad será ciertamente difícil. La vida de cada individuo es contingente no sólo a sus capacidades, sino también a las oportunidades resultantes de acontecimientos históricos y del lugar donde una persona se sitúa generacionalmente.

Pienso en mi amigo Jirí Ruml, que fuera director de Radio Checoslovaco y de la junta editorial del semanario político Reportér que circulaba antes de 1968. Durante los últimos dos años, Jirí Ruml ha estado editando Lidové noviny (Noticias del Pueblo) un popular samizdat mensual. No hace mucho, cuando todos estábamos poniendo por los cielos “su” Noticias del Pueblo, él se encogió de hombros y dijo: “Pero de qué me sirve todo eso. Tengo sesenta y cinco años, y nadie me va a devolver esos veinte años de mi vida”.

No sólo no se los van a devolver, sino que tampoco obtendrá nada por ellos. Si los cambios esperados al régimen totalitario llegan a producirse en Checoslovaquia, los disidentes también perderán mucho de lo que es valioso para ellos: algunas de las mismas cosas que los llevaron a tomar la singular opción de cómo habrían de relacionarse en el seno de la sociedad. Perderán su unidad, que hasta entonces se daba por sentada; y también su cohesión, su solidaridad, su originalidad, su superioridad moral, su aura de ser perseguidos y marginados y, junto con estas cosas, una cierta falta de responsabilidad por todo lo que anda mal en la política y la sociedad. El esperado relajamiento del régimen totalitario también se inmiscuirá en la vida a la que estaban acostumbrados. Cuando intentamos abrir una puerta trabada, perdemos por un momento el equilibrio en el momento en que ésta cede. Podemos darnos cuenta, por ejemplo, que no somos tan capaces como suponíamos. El estar aislado en el gueto de la disidencia también conlleva un cierto aislamiento de la crítica. Es difícil atacar a alguien a quien le lanzan coces de todas partes y a quien por lo general se acepta y se comprende como alguien que atraviesa por un momento excepcionalmente difícil. En Checoslovaquia, es probable que ocurra de la misma manera que en cualquier otra movida política: los más beneficiados serán los que se han mantenido al margen, sin parapetarse en ninguno de los lados de las barricadas, los que sencillamente se retrajeron y esperaron inteligentemente, es decir, los de la zona gris. El espacio que se les abrirá en la próxima generación habrá sido ganado por los empeños y dedicación de los disidentes. Por razones políticas puramente tácticas, creo que será conveniente capacitar incluso a los que bordearon la colaboración con el orden establecido para unirse a la zona gris ex post facto. Es mejor en ese punto que la zona gris crezca y se multiplique antes que crezcan y se multipliquen nuestras mutuas denuncias.

Mis observaciones de las actuales recriminaciones, más bien intolerantes, por realizaciones y deslices pasados entre nuestros compatriotas del exilio me llevan a temer que los tiempos difíciles apenas comienzan para nuestros disidentes en el país; que descubriremos cuanto a lo que ahora nos referimos en términos fáciles, como resultante de la incompetencia del orden establecido, es en efecto un fenómeno común a todas las sociedades modernas. Irónicamente, son esas décadas de la incesante proclamación del papel dirigente del partido comunista las que nos llevaron a interpretar muchas deficiencias, comunes también en las sociedades democráticas, como el resultado de errores cometidos por nuestro muy concreto y ubicuo aparato partidario.

Cuando el polvo de hoy se asiente en Europa, y podamos compararnos con los estados de Europa occidental, descubriremos que somos muy pobres. Tendremos que ser capaces de ajustarnos a esta infortunada herencia de cuarenta años de la devastación experimental del socialismo en nuestra patria: aceptarla como un hecho, darnos cuenta de que la extendida indigencia a que nos enfrentamos siempre ofrece un terreno fértil para nuevos demagogos y nuevas dictaduras.

Es de conocimiento general que si uno sabe lo que le espera y cómo se desenvolverá determinado proceso, la situación se hace más llevadera. Es por eso que he escrito este artículo ahora, tal vez prematuramente, para mí, mis amigos más cercanos y principalmente para los de la zona gris. Al mismo tiempo, lo veo como un problema general con que la gente de todos los países de Europa oriental tendrá que enfrentarse.

Por el momento, sólo deseo que esta situación conflictiva finalmente pueda quedar atrás en Checoslovaquia. Espero no haber escrito este estudio demasiado prematuramente.

Septiembre de 1989

 

Postdata

 

Aun en estos tiempos me tropiezo con colegas ex-disidentes con bastante frecuencia. Todos han perdido peso, tienen resfriados, y están muy fatigados. Nos abrazamos y nos decimos “llámame, déjate caer, aparécete alguna vez”, aunque sabemos muy bien que pasará un buen tiempo antes de que nos vemos de nuevo: no hay tiempo para ello. Teníamos tiempo antes, pero eso significaba reunirnos en la clandestinidad. Mirando retrospectivamente, hay algo que decir al respecto.

Todos tenemos mucho que hacer, dando conferencias, asistiendo a reuniones, escribiendo artículos, respondiendo a invitaciones a centenares de eventos, tomando parte en negociaciones de varios comités y asociaciones, etc. La gente en estos tiempos está poseída por una urgencia de expresarse, de encontrarse a sí mismos, de decir en alta voz sus opiniones, y en algunos casos de dar excusas por décadas de muda aquiescencia. Y los disidentes tenemos que sentarnos allí y de alguna manera respaldar la conversación de otros con nuestra mera presencia.

¡Es agobiador!

Alguien me llama desde una escalera mecánica contigua: “necesito esto tanto como un dolor en la cabeza… Era mucho más fácil estudiar en la casa de calderas”. Otra persona levanta los dos dedos en un churchiliano gesto de victoria, pero con vergüenza los baja de nuevo. Hasta la V de la victoria está cansada.

“¿Dónde estás trabajando?” le pregunto a Ludek del Videoperiódico Original, un proyecto independiente que le ganó sobrados acosos en numerosas ocasiones.

“Sigo en la casa de calderas. Siento que no voy para ninguna parte. De cualquier modo, las cosas que solía filmar clandestinamente en casas particulares con un riesgo enrome ahora las hacen abiertamente profesionales con todos los equipos de filmación y una horda de luminotécnicos y sonidistas. Luego, seguiré alimentando mi caldera.

“Ayer mismo renuncié a mi trabajo de limpieza y ya estoy empezando a lamentarlo de alguna manera. No tengo muchos deseos de ir a trabajar en alguna parte donde todos los demás fueron contratados según las normas de la nomenclatura”.

Por casualidad, tomo un taxi y descubro al volante a un viejo conocido, un disidente que solía ayudarnos a transportar y distribuir libros, así como a llevar gente de VONS a las vistas de los tribunales.

“Todos ustedes volverán a sus profesiones originales”, se lamenta, “mientras yo no seré más que un taxista y nada más de ahora en adelante”. ¿Regresaremos a nuestras profesiones, cuando nadie nos quiere allí? Un empleado a quien le han dado el trabajo de llevar los casos de los cesanteados por razones políticas se quejaba: “esa gente del 68 aun quiere los primeros puestos. Estaban en los cargos dirigentes en 1968; cuando dejaron la facultad eran las figuras principales de la oposición, y ahora suponemos que los repongan en los puestos principales otra vez”. Y no lo estaba diciendo como un chiste.

Se están formando las nuevas estructuras. Como siempre, la dirección está a cargo principalmente de los que saben como imponerse, aun si eso significa desestimar a otros y a sus problemas humanos. Ésta es una capacidad de que los disidentes carecen de manera notable, y la primera razón por la que se convirtieron en disidentes.

Fueron los creadores e iniciadores del drama, expresando las cosas que otros temían decir. Tan recientemente como el año pasado, ellos eran los antígonas en una Tebas silente.

La opinión popular en la Tebas de hoy día es que Polinice debería ser enterrado: y además ellos siempre lo creyeron. Al aspecto moral de expresar la verdad ya se le ha suavizado el tono. La expresión de la verdad está perdiendo su impacto ético para convertirse en nada más que un hecho histórico que despierta interés pero no entusiasmo. Y los expertos están mejor informados y pueden citar datos concretos con más precisión que los disidentes.

Yo organicé la presentación oficial de un regalo para nuestros pacientes. Representantes de varios centros de trabajo que querían aceptar el equipo se permitieron incurrir en mutuas recriminaciones y me enteré de cosas que no tenía ningún deseo de oír. “Esta sociedad está completamente enferma”, me dije. “Dondequiera que uno la pincha, brota el pus”. Pero eso es de esperarse. Los hambrientos no usan cubiertos de plata, ni manteles de damasco, por la misma razón. Es por eso que nos convertimos en disidentes, para no ensuciarnos con tales cosas.

En el pasado, la posición era tan clara como en un cuento de hadas. El mal era el mal, el bien era el bien, y los miembros de la oposición —a menos que estuvieran en la cárcel— eran los más libres de todos. Solíamos murmurar y criticar, pero debido a nuestras acciones optamos por un modo particular de vida muy semejante al de los que no decían nada, firmaron su conformidad con la invasión soviética o la Anti-Carta, y pagaban sus diezmos al partido comunista. A diferencia de ellos, no teníamos mala conciencia, y tal vez eso es lo que les mortificaba de nosotros. ¡De nuevo éramos diferentes! ¡Pero no teníamos la culpa!

Hay incluso una contradicción en nuestra “ideología haveliana” que afirma la no violencia y la no venganza y proclama la necesidad de que comprendamos a nuestro prójimo, en tanto guiamos y conducimos la sociedad. Mientras los miembros de la antigua elite del poder eran totalmente inescrupulosos y solían atacar y encarcelar a la gente por el más ligero gesto antigoneano, ahora utilizan cualquier gesto amenazante de nuestra parte para denunciarnos, diciendo “¡ven ustedes, no son diferentes!” Y estamos obligados —a fin de distinguirnos del viejo orden socialista— a hacerlo todo de una manera ética y a someternos a un “principio superior”. La moral no tiene armas, pero sirve para atarnos las manos. Y es lo que nos las ata en primer lugar. Y de nuevo nos retiramos a nuestro rincón y cuando más nos ponemos a escribir.

Los que se nos unieron en el último minuto en nombre de la Revolución de Terciopelo están ajustando sus cuentas personales de la manera más brutal y actúan como si hablaran en nombre de los disidentes y de todas las víctimas del régimen anterior, y no entienden nuestros recelos respecto a su conducta.

Desafortunadamente, yo tenía la razón. Los tiempos difíciles para los disidentes apenas si comienzan.

 

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Catedrática  de la Facultad de Filosofía, Universidad Carolina de Praga. Miembro del Comité Helsinki en Republica Checa, asociación que aboga por los derechos humanos. Signataria de Carta 77,  ayudó a fundar el Centro de Estudios de Género en Praga, sede del más diverso activismo en pro de las mujeres  en Europa Central. Ha publicado extensamente sobre temas socio-políticos y de género.

[1] Rudolp Prokop, Ladislav Sádecky y Karen Bína, “Cesdké dejepisecti vcera, dnes a zítra” Historické studie 11 (enero de 1988).

2 Aldos Huxley, Point Counter Point (Londres: Chatto & Windus, 1947), pp. 389-390. La cita en inglés que apareció en Social Research fue traducida del checo.

3 Parag (Praga), no. 10, 1989; citado en un artículo de Václav Benda.

 

Enero de 1990

(Traducido del inglés por Vicente Echerri)