Cubanálisis El Think-Tank   

       

                 Eugenio Yáñez y Juan Benemelis

Viva la democracia, ¿pero cuál? ( VERSIÓN COMPLETA)

- I -

De la desigualdad de los orígenes a la estandarización de los resultados

Es casi un lugar común proclamar que deseamos la democracia para Cuba. Porque, aun quienes en La Habana desean y justifican la dictadura y el totalitarismo para el país, declararán que desean la democracia, no solamente porque eso sea lo “políticamente correcto” que hay que declarar, sino sencillamente porque decir lo contrario sería de absoluto mal gusto.

Sin embargo, y tratándose de cubanos esto no tiene por que sorprender: cada uno de los integrantes del debate, que son prácticamente todos los cubanos, en La Rampa o en la Calle Ocho, en el Palacio de Las Convenciones o en el Restaurant Versailles, en Placetas o Union City, en la Plaza de la Revolución o en el Paseo de La Castellana, tiene un concepto muy peculiar de lo que es la democracia y siempre, al final del día, la define a su manera, pero con la absoluta convicción de que esa es la única definición inteligente, y que todos los que tengan una opinión diferente estarán  totalmente equivocados.

De manera que mientras para algunos la expresión prístina de la democracia en Cuba sería la que se define en la Constitución de 1940, para otros esa definición más exacta y completa puede tomarse de “La Historia me absolverá”, mientras que para otros puntos de vista sería conveniente volver a inspirarse en la Constitución de 1901, o incluso en la de Guáimaro (1869). Sin embargo, con estos criterios, podría valer también preguntarse ¿por qué no los Estatutos Constitucionales tras el golpe de estado del 10 de marzo de 1952, o la actualización de la Constitución “Socialista” cubana?

El mundo del pensamiento marxista, a pesar de sus continuas y constantes referencias al pensamiento dialéctico, la evolución y todo lo demás, vive atrapado en un dilema conceptual: proclama una supuesta “democracia proletaria” que sería superior a la “burguesa”, con lo cual se niega conceptualmente a sí mismo.

Si la “democracia burguesa” es fruto del capitalismo, y el socialismo se establece por medio de la “dictadura del proletariado”, ¿por qué necesita ese supuesto socialismo totalitario presentarse como una sociedad democrática en el sentido “burgués” del término?

¿Por qué no se siente capaz de proclamar, sencillamente, que el socialismo estilo soviético, a pesar de todas las adecuaciones y “tropìcalizaciones” que se le incluyan, es una dictadura de la supuesta mayoría de la población, los obreros aliados a los campesinos, sobre el resto de la sociedad, y que no tiene nada de malo que así sea, pues se trata de la voluntad de la inmensa mayoría de la población sobre una exigua minoría?

Naturalmente, este razonamiento iría en contra de los principios de la “democracia burguesa” tal como fue concebida y es conocida en el mundo occidental, pero al fin y al cabo, ¿no se supone que se trata de “una nueva era en la historia de la humanidad”?

Si estos dilemas teóricos y conceptuales atenazaron a la flor y nata del pensamiento marxista y a sus más sólidos intelectuales en cualquier lugar -del Este y del Oeste- durante casi setenta y cinco años de vida del régimen soviético, más que atenazar, aplastan a unos supuestos “teóricos” del régimen castrista en La Habana (no hay ni puede haber demasiados teóricos serios en “el interior”, es decir, fuera de la capital del país: en estos aspectos, el sol siempre sale por La Habana).

Por eso, más que una supuesta “batalla de ideas” y un debate conceptual en serio para acabar de encontrar una verdadera fundamentación teórico-conceptual del complejo proceso que se lleva a cabo -y que está muy claro que puede ser cualquier cosa menos “socialismo”-, lo que se observa en la Isla continuamente, o en boca de los voceros autorizados a viajar al extranjero y expresar determinados criterios “críticos”, no es más que una cantinela permanente y poco original de supuestos “profundos pensadores” establecidos por decreto y con autorización partidista, sean históricas “vacas sagradas” o intelectuales orgánicos que cuentan con la bendición del aparato, que lo único que tienen en común, inconfundiblemente, todos, no importa su formación académica, su currículum, su edad, o sus cargos, es una demostrada habilidad para jugar continuamente con la cadena, pero nunca con el mono, ni de lejos.

Lamentablemente, desde la orilla contraria a las agrupaciones del régimen, a pesar de poderse contar con pensadores de suficiente talla para abordar estos conceptos en profundidad, en muchas ocasiones el esfuerzo se concentra en pelear a la riposta y denunciar las arbitrariedades y la maldad intrínseca del totalitarismo, pero se elabora poca teoría en cuanto a modelos conceptuales alternativos.

De manera que, al no ofrecerse proyectos alternativos originales, queda solamente la respuesta o el desprecio a lo que pueda elaborarse en La Habana -poco, nada nuevo ni con demasiado sentido práctico en función del desarrollo del país y la elevación del nivel de vida de la población. Y lo que es peor, frente a las pocas elaboraciones originales que puedan surgir a la palestra, se recurre muchas veces más al desprecio y la descalificación -matar al mensajero- que a la contraposición respetuosa de las ideas.

Y así llevamos más de medio siglo convencidos de que la otra parte -cualquiera que sea esa otra parte- está totalmente equivocada y que la razón pertenece a un grupo de iluminados, así proclamados por ellos mismos. Lo que no es más que una versión aparentemente “democrática”, pero intrínsecamente absurda y unilateral, pero con signo contrario, de aquella frase de Fidel Castro de que “el futuro pertenece por entero al socialismo”.

Sobre todo este dilema y sus consecuencias y derivaciones, pretendemos razonar de conjunto con nuestros lectores en este trabajo.

La cracia del demos

Queremos abordar brevemente dos teorías ingenuas de la sociedad, que todos los teóricos oficiales del régimen habanero proclaman.

La primera es la teoría de que la ideología marxista, o la del poder, presenta la conducta de conjuntos sociales tales como grupos, naciones, clases, sociedad. Estos conjuntos sociales son concebidos como objetos, al igual que los animales o las plantas.

Esta concepción es ingenua, pues pasa por alto el hecho de que estos supuestos conjuntos sociales son postulados de teorías populares, más que realidades; y que, si bien existen como multitud reunida, es totalmente falso que nombres como el de “la clase obrera cubana” o “la burguesía de la neo-colonia” representen a tales grupos reales, no más allá de lo que podría ser, por ejemplo, el grupo de “los que están esperando la guagua”, que aunque sea muy real y pueda palparse muy bien en determinado momento, se diluye en otras realidades antes de que pase un buen rato, sea porque el ómnibus llegó, o los que esperan se cansan y deciden caminar o buscar otra forma de moverse, o comienza un fuerte aguacero que obliga a buscar refugio.

Lo que representan esos conceptos maniqueos es una suposición ideal. Por consiguiente, la creencia en la existencia de tales “colectivismos ingenuos”, debe ser reemplazada por el análisis de los individuos y sus acciones y relaciones.

La prioridad de la pregunta sobre cómo deberíamos vivir se halla en manos de esquemas de gobiernos y modelos económicos. Queremos la libertad por la libertad y a través de cada circunstancia particular. Y al querer la libertad descubrimos que depende enteramente de la libertad de los otros, y que la libertad de los otros depende de la nuestra. Todos pueden estar de acuerdo, en cualquier lugar del mundo, en que una situación actual resulta insostenible y requiere cambios, pero cuando se trata de aplicar los cambios que se necesitan resulta que solamente nos parecen aceptables y positivos los que afectan a los otros y no a nosotros mismos. Lo que vale, claro está, simultáneamente, para todos y cada uno de nosotros.

Porque, en definitiva, y paradójicamente, la libertad individual, la nuestra y la de los demás, no es un asunto particular de cada uno, sino colectivo, o mucho más aun, social. Y mientras más libres se pueda ser, más asunto social resulta.

Así, esa falsa teoría habanera da origen a otra idea tan equivocada como la anterior: la teoría conspiracional, la idea de que todo lo que sucede en la sociedad, como la guerra, la desocupación, la miseria, las calamidades, y hasta las catástrofes naturales, son resultado del plan directo de individuos o grupos poderosos. La máxima expresión de esta posición son unas relativamente recientes “reflexiones” de Fidel Castro acusando a poderosos grupos conspiradores de orquestar el dominio mundial. Idea tan ridícula como su desmesurado ego.

Esta superstición primitiva, exacerbada al máximo por el totalitarismo tropical, es el resultado típico de la transformación de las supersticiones religiosas en ideas políticas en los actores políticos republicanos y los del castrismo.

William Hegel y Karl Marx reemplazaron la diosa Naturaleza por la diosa Historia, y nos impusieron las leyes de la historia, los poderes, fuerzas, tendencias, designios y planes de la historia, y la omnipotencia y omnisciencia del determinismo histórico. Pero lo que fuera elaborada teoría en esos pensadores germánicos terminó como parodia en la versión criolla de nuestros pensadores y nuestra élite urbana, blanca e inconsistentemente ecléctica, y, peor aún, como relajo sin base conceptual alguna en el aparato propagandístico del régimen, como fue mucho peor aun en su versión “sandinista” hace treinta años y en la actualidad en la “bolivariana”.

Establecer una línea ascendente histórica desde la “barbarie” hacia la “civilización”, suponiendo un “ascenso” desde la supuesta comunidad primitiva, pasando por todos los estadíos, para coronarnos en la democracia como la gubernabilidad suprema, es una construcción muy controversial.

Que el pensamiento de Hegel pudiera convertirse en fundamento filosófico del Estado alemán y el nazismo es una cosa muy diferente a que se pueda hacer lo mismo con Marx y Lenin en el Estado totalitario, pues al fin y al cabo con Hegel y Ludwig Feuerbach se trataría no solamente del fin de la filosofía clásica alemana, sino también del fin de toda la filosofía clásica, y en última instancia, del fin de la filosofía, casi-casi “el fin de la historia”. Pero ese enfoque marxista del propio marxismo, nunca aceptado y mucho menos intentado por los inmovilistas de la central moscovita, llevado hasta sus últimas consecuencias, resulta “revisionista” para todos los apparatchik, y mucho más en su versión tercermundista.

Ya la teoría en serio la vulgarizó demasiado Friedrich Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, pero no por eso ha dejado de repetirse la esencia de ese enfoque, y no solamente desde la extrema izquierda, como podría pensarse a priori con esos antecedentes. Porque, en definitiva, el euro-centrismo como ideología subyacente y subconsciente no es de izquierdas ni de derechas, sino de Europa y de la “civilización occidental”. Y su concepto de “democracia” no encaja ni tiene nada que ver con lo que no se considera la “civilización occidental”, pero tampoco en los países que si se consideran como parte de ese mundo occidental, pero que son en realidad del Tercer Mundo.

Quién tenga dudas de lo anterior, trate de explicar a un tuareg en el desierto del Sahara, a un bosquimano africano, a un autóctono de la Amazonia brasileña o a nómadas centroasiáticos o mongoles, los conceptos de democracia, multipartidismo, libertad de expresión o Estado de Derecho.

La teoría del derecho natural, o sea, los derechos imprescriptibles que ningún soberano, de ninguna manera, puede transgredir, -eso a que se hace referencia también como “verdades evidentes”- no se estableció ni con el capitalismo ni con la democracia, sino mucho antes. Al igual que la teoría del contrato suscripto entre los individuos y el soberano, que incluye cláusulas que ese soberano debe acatar.

Eso ya era práctica común -aunque no escrita- desde los tiempos de Sumer, de las civilizaciones mesopotámicas, de los imperios chinos, romano, bizantino, y de los califatos islámicos. Y también de los aztecas, los mayas y los incas, los malienses, los shongais y los ashantis. Porque, sin un “contrato” determinado, aunque se impusiera por la fuerza y estuviera establecido antes de nacer tanto el “contratista” como el “contratado”, era imposible gobernar.

En Inglaterra, el Alma Mater de la actual remodelación gubernamental-mercantil, esto sucedió recientemente (desde el punto de vista histórico), a partir de la burguesía y los disidentes religiosos contra la monarquía absoluta de los Estuardo de comienzos del siglo XVII, con su cuota de decapitaciones incluidas en uno y otro bando, y que no fueron pocas.

En tiempos de los romanos o de Carlomagno, del norafricano Masinisa, o del inca Manco Capac, el “Estado” eran unos pocos burócratas -tuertos en país de ciegos- con funciones muy concretas para ayudar al soberano a administrar su territorio y recolectar impuestos, nada más. Entonces esa burocracia se preocupaba, como ahora, de cuidar sus posiciones y defender los míseros privilegios que pudieran corresponderle, y trataba de resultar imprescindible al amo, pero no era capaz todavía de reproducir la necesidad de subsistencia de la burocracia misma, en la forma en que ha resultado posteriormente con la burocracia “ilustrada” al estilo de Max Weber.

El crecimiento del volumen y la imprescindibilidad del poder estatal se produjeron históricamente a partir del ejército y de las instituciones judiciales. Si el monarca limitaba y reducía poco a poco los juegos complejos de los poderes feudales, lo pudo hacer en su carác­ter de piedra angular de un Estado de justicia, redoblado por un sistema armado, asumiendo en ese Estado “central” funciones diversas que llevaban a cabo cada uno de los señores en sus feudos.

La práctica judicial fue la multiplicadora del poder real durante todo el Medioevo. Cuando a partir del siglo XVII, y sobre todo de principios del siglo XVIII, se desarrolló una nueva racionalidad guber­namental, la democracia mercantil, se hizo imprescindible el Derecho, que serviría de punto de apoyo a toda per­sona que quiera limitar la extensión indefinida de una razón de Estado que cobra cuerpo en un estado de policía.

Sin derecho mercantil no habría economía capaz de desarrollarse en los estados nacionales, y sin desarrollo de esa economía el poder del soberano quedaría en ascuas, suspendido en el aire, ante una población y unas “clases vivas” dispuestas a aceptar el papel regulador de ese soberano, pero no dispuestas a carecer de un aparato regulador que pusiera orden y concierto a sus actividades económicas. El soberano moderno no podría ser nunca más el Príncipe sin límites ni controles, propio de la era medieval.

Así que, más que rechazar el papel regulador del príncipe (o el tirano) y su burocracia, prácticamente lo exigían, para poder funcionar de manera adecuada, al menos para los estándares de la época.

La separación de la economía de la razón de Estado sobrevino con el surgimiento de los Estados nacionales europeos y la disolución progresiva del régimen feudal, donde el Estado del príncipe retenía el control de las actividades fundamentales relacionadas con gastos e ingresos, como el control aduanero, la tasación comercial, el peaje, la recaudación de impuestos, la renta del suelo, y demás.

Era el privilegio de la intervención y la regulación feudal y medieval, que pasó de ser casual a ser necesidad en la medida que los regímenes feudales se iban disolviendo con el avance de la historia y de la economía, mientras surgían y se fortalecían los Estados nacionales, fenómeno que se mantendría en toda la “civilización occidental” por varios siglos, a partir del XV, hasta que comenzara a desarrollarse el contrario hegeliano de tales estados, con la globalización, desde finales de las sociedades industriales y los comienzos de la sociedad informática global, en el tercer tercio del siglo XX.

El principio del máximo y el mínimo en el arte de gobernar, que introducen el mercantilismo y la economía política, sustituye la noción del equilibrio equitativo, de “justicia equitativa”, que antaño ordenaba exclusivamente la sabiduría del Príncipe o del Sultán. Esta cuestión de la autolimitación por el principio de la verdad resulta, tal vez, lo más formidable que la economía política introdujo en la presunción indefinida del Estado-policía.

Pero la humanidad vivió hasta hace solamente un par de siglos bajo mercados regulados y controlados, por una causa o la otra, sin dejar actuar de ninguna manera absoluta a esa mano invisible que tantas malas interpretaciones ha generado aliada con las emociones y el populismo. La necesidad de dejar actuar la “mano invisible” del mercado con la menor cantidad posible de intervenciones para que, justamente, pueda formular su verdad y proponerla como regla y norma a la práctica gubernamental, ese lugar ahora considerado de la verdad, no estaría en la cabeza de los economistas que aconsejaban a la monarquía o a la oligarquía militar, sino en el mercado.

Como mismo sucede ahora en los enfoques populistas o totalitarios, que resultan incapaces de comprender que algo que no puede entenderse, debido a su colosal complejidad, como es el mercado y las relaciones mercantiles que genera, casi comparable con la complejidad de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento -los caballos de batalla del “materialismo dialéctico” de Engels y los “manualistas” soviéticos, pero concepto y frase que Marx nunca utilizó, pues hablaba de dialéctica materialista como método de pensamiento, y no de materialismo dialéctico como cuerpo de conocimientos-, no puede ni podrá regularse jamás en todos sus detalles, y que ni los mejores talentos humanos ni las más potentes computadoras son capaces de acercarse a las complejidades y la velocidad con que funcionan las relaciones del mercado, y mucho más todavía en los tiempos de la sociedad informativa y la globalización, que aparecen ambas en el mismo momento histórico nunca por casualidad.

Digamos las cosas con mayor claridad: la aparición del “mercado mercantilista”, en el sentido muy general, fue menos justo que el “mercado feudal” que funcionó en el Medioevo y en los siglos XVI y XVII, que era esen­cialmente un lugar investido de una regla­mentación proliferante y estricta en cuanto a los objetos que debían llevarse a los mercados, al tipo de fabricación de esos objetos, al origen de los productos, los derechos que había que pagar, los procedimientos de venta, los precios fijados. En la práctica, nótese la paradoja, algo demasiado cercano a las absurdas regulaciones mercantiles establecidas en todas partes por el “socialismo real”.

Democracia, economía de mercado y comunismo

 

Si en algo nada tuvo que ver la teoría marxista fue con la toma del poder bolchevique en Rusia, la cual resultó una flagrante contradicción con lo proclamado por Marx y Engels. Vladimir I. Lenin, quien fue realmente el inventor del totalitarismo, nunca se apoyó en el “proletariado” y construyó un Partido para ejercer el poder supremo y como instrumento arquetípico para desbaratar la sociedad capitalista, un calco de la visión de la orden de los jesuitas extendida a escala internacional.

 

En buena teoría, realidades y conceptos, Vladimir Ilich fue el mayor y más inmoral e indecente de todos los “revisionistas” que en el mundo han sido, el asesino práctico del pensamiento marxista, y el que, sin embargo, logró pasar a la historia, o la historieta, del pensamiento político, como quien desenmascaró a los “revisionistas” que se agruparían en la II Internacional y darían nacimiento al verdadero socialismo democrático que dura hasta nuestros días, básicamente en Europa.

 

Esa cohorte leninista atrincherada en el Palacio de Invierno de Petrogrado introdujo la monstruosa noción de ortodoxia, y Moscú, como guardián titular del dogma, la pureza y los libros sagrados, devino en el peregrinaje de funcionarios ideológicos y políticos de todo el mundo, que aprendían cómo demonizar a los herejes.

La creencia en los dioses homéricos, cuyas conspiraciones eran las causantes de las vicisitudes de la guerra troyana, fue ocupada por la de los Sabios Ancianos de Sión, o por los capitalistas, o los imperialistas del Pentágono, o por el Kremlin y la Lubianka, y ¿por qué no? por el Vaticano. Siempre por personajes externos, nunca relacionados con las vicisitudes y errores propios, ¡no faltaba más!

De seguir la teoría conspiracional habría que afirmar que todos los sucesos, aun los que a primera vista no parecen deseados por nadie, son los resultados intencionales de las acciones de grupos y capillas interesadas en esos resultados; es seguir a pie juntillas la teoría marxista conspirativa vulgar de Marx, de los capos de la KGB, o del nacional-socialismo de Joseph Goebbels.

Mucho más que lo que lograra nunca ningún GOSPLAN ni ninguna JUCEPLAN en tiempos del “socialismo real”, que ni era socialista ni era real. Y esa regulación del “mercado feudal”, que ya iba dejando de serlo poco a poco, vigilaba que el precio de venta fijado en el mercado fuese un precio justo, y había mayor justicia distributiva asegurándose la ausencia de fraude, para proteger al comprador, fuese pobre o rico.

Pero a mediados del siglo XVIII, con su crecimiento y extensión, y sin introducir el factor tiempo en el análisis, se hizo “evidente” que el mercado ya no era un lugar de jurisdicción, y se dejó ver entonces como algo que debía obedecer a determinados mecanismos “naturales”, espontáneos, y así era a tal extremo que si se procuraba modificarlos sólo se lograba alterarlos y desnaturalizados.

Fue el origen de los fundamentos teóricos del “capitalismo salvaje” puro y duro, y del nacimiento de la “teoría económica”, por parte de Adam Smith y Jeremías Bentham, que por otra parte estableció que estos mecanismos, cuando se los deja actuar, permiten la formación de precios que se han llamado precio “natural”, y que los fisiócratas denominarían “buen precio”, pero siempre que se permitiera el tiempo necesario para el actuar de tales regulaciones.

Nacía la famosa teoría de que el carnicero se interesaba en vendernos carne para poder prosperar en su negocio, y no necesariamente porque ese señor se preocupara por nuestra alimentación. Elaboración conceptual tal vez aparentemente primitiva y sencilla, pero que tiene la peculiaridad de que no ha podido ser desmentida hasta la fecha.

Teoría que posteriormente los comunistas quisieron sustituir con la de que el Estado totalitario se hacía cargo no solamente de vendernos la carne, sino en qué cantidad, con qué calidad, con qué periodicidad, y a qué precio, y además preocuparse por nuestra alimentación, nuestra salud y nuestra felicidad, por lo mucho que nos quería como nuestro noble Papá-Estado, pero no para mantenerse y consolidarse a perpetuidad en el poder. Que la inmensa mayoría de los primeros secretarios se hayan mantenido en el poder hasta su muerte o su defenestración, como se decía en las películas, ¿es pura coincidencia?

Mientras el gobierno del príncipe, el monárquico, estaba obligado a aplicar la justicia económica, al estar su ámbito de influencia por sobre todas las personas y cosas, el gobierno democrático posterior no tendría tal responsabilidad, que pasaba al mercado, que supuestamente le exigiría una “conducta ética y moral” de justicia al comerciante.

La verdad de Perogrullo, la tesis más repetida y generalizada, no por certera, sino por torpeza, es que entonces el mercado, por consiguiente, haría que el gobierno fuese “un buen gobierno”, y no un gobierno que tendría que actuar obligatoriamente con justicia mercantil. Lo que se repite hasta nuestros días, tanto por todos los supuestos “neoliberales” tercermundistas como apología del mercado y la irresponsabilidad, como por politicastros que nunca ni siquiera se han leído a Adam Smith, Joseph Schumpeter, o Milton Friedman, pero se embelesan escuchando a Carlos Saúl Menen, Salinas de Gortari o Alberto Fujimori, politicastros muchos de ellos que se creen que el neoliberalismo conlleva la corrupción y el enriquecimiento ilícito impune. Y también por todos los anti-mercado, sean marxistas, trostkistas, libertarios, comunistas reciclados o en estado puro y sin bañarse, “bolivarianos”, montoneros, tupamaros, fanáticos de la Pacha Mama, populistas, demagogos, sandinistas, zapatistas, zapateristas, neocastristas, “liberales” estadounidenses, resentidos, ecologistas extremistas, o como quieran llamarse, para prometer un “mundo nuevo” y “reinventado” mucho mejor que el que tenemos

El acoplamiento de la razón del mercado con la razón del gobierno no implica que el mercado se constituya como causa de justicia, el cual automáticamente se corona de un gobierno obligado a la justicia. De la “justicia directa” se pasaría a la “justicia indirecta”.

 Lo que sucedió en esta historia de la aparición del mercado fue la creación de la jurisdicción mercantil independiente de la verificación estatal, que es sin dudas uno de los fenómenos fundamentales de la reciente historia del Occidente moderno. Aunque no necesariamente sea visto así ni se estudie de esa manera en los templos de las ciencias políticas de nuestro mundo “occidental y cristiano”, ni tampoco en todos los de las ciencias económicas “modernas”.

Mientras se siga creyendo en la visión euro-centrista de que Cartago tuvo que ser destruido por el peligro que representaba en esos momentos como ciudad-estado competidora, y no por el peligro potencial que representaría para toda Roma si fuera conquistado por el irreducible Masinisa que se imponía en el norte de África, o que el Imperio romano cayó por la invasión de los “bárbaros” y no por el excesivo papel regulador que fue estableciendo el estado sobre la economía, seguirán muchas personas graduándose de estudios de Historia sin conocer realmente todo lo que sucedió ni su por qué.

Y también seguirá repitiéndose desde este mismo origen del absurdo teórico de que, necesariamente, economía de mercado y gobierno democrático, o al menos no tiránico o dictatorial, tienen que ir de la mano, y que es imposible una sin el otro. Y su obligado corolario, de que cualquier reforma económica conlleva automáticamente reformas políticas. ¡Ay, Plaza Tien An Men, cuántas idioteces se repiten en tu nombre! Y no hay que comenzar a hablar ahora sofisticadamente de China, Vietnam o Singapur, porque ya Venustiano Carranza, Juan Vicente Gómez, Gerardo Machado, “Chapitas” Trujillo, los “gorilas” brasileños de los años sesenta y setenta del siglo pasado, Lew Kuang Yew en Singapur, y los herederos de Chiang Kai Shek en Taiwán, entre muchos otros, demostraron clara y extensamente que ambas cosas no necesariamente tienen que ir de la mano ni al mismo tiempo, aunque vayan derivando hacia ello en el largo plazo, momento en el que, según John Maynard Keynes, ya todos estaremos muertos.

Por supuesto que han existido conspiraciones, pero afirmar que son frecuentes y alteran el carácter de la vida social, impide que entendamos la naturaleza de los problemas presentes. Y en esta trampa se hallan tanto los apparatchiki cubanos como los analistas históricos de nuestro exilio. Las realidades tienen lugar haya o no haya conspiración.

La revolución de 1933 en Cuba no fue planificada en el State Department por Summer Wells, por Moscú, por la revolución mexicana, ni por el pipisigallo; la revolución de 1959 no fue un engendro tenebroso del Kremlin y la Komintern, como tampoco lo fue de Langley y del Departamento de Estado, ni de Ahmed Sukarno y sus afroasiáticos en Bandung, ni de Gamal Abdel Nasser, Josip Broz Tito, el Papa, Jawarahal Nehru, Herbert Matthews, o The New York Times. Ni siquiera el mismísimo Fidel Castro sabía al comenzar el rumbo que tomarían los acontecimientos.

Y esta observación nos brinda la oportunidad para discernir las repercusiones sociales inesperadas de las acciones humanas intencionales o no, como fue la de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952, la de Fidel Castro el 1 de enero de 1959, o la del papa Benedicto XVI en La Habana.

Sobre estos aspectos desarrollaremos los análisis en la segunda parte.

- I I -

El capitalismo, sociedad condenada; el socialismo real, solución condenable

Es indudable que la adopción de la teoría conspirativa por parte del grupo “mesiánico” de los guerrilleros que asumió el poder cubano en 1959, al igual que los bolcheviques, partía del criterio de que podía establecer el paraíso en la Tierra. Por eso no atinan a ver en claro que su fracaso, al no lograr la creación de ese paraíso, paraíso que es el de ellos mismos, es producto de su ineptitud y lo utópico del proyecto, no de la “malevolencia del demonio imperial”, que tendría intereses creados en el infierno.

Porque siempre es mucho más fácil culpar de los continuos fracasos a un malvado difuso y externo -mientras más etéreo mejor- que asumir la responsabilidad por los errores cometidos.

La idea de que las consecuencias inesperadas de las acciones políticas de los individuos responden siempre a conspiraciones de capilla y malvados designios, lleva entonces a la formulación de regulaciones que enuncian “lo que no podemos hacer”, dando sustento óseo al totalitarismo que, como metástasis, se extenderá por todo el tejido de la sociedad. De ahí que La Habana reprima todos los criterios divergentes, y en el exilio se piense que Changó y San Lázaro decretaron un castigo purgatorio para la nación cubana.

Ni la casta política que dirigió a Cuba desde 1933 a 1959 tenía que ser tan ineficiente en términos democráticos (a diferencia de la eficiente casta gerencial en esa misma época); ni Cuba, fatalmente, tenía que caer bajo la bota castrista; ni Cuba necesariamente va a implementar de inmediato un hecho democrático eficiente, como todos queremos; o un modelo neo-castrista, como la nomenclatura raulista aspira. El futuro queda en el horizonte de los imponderables, pues la historia no es un resultado lineal de causa-efecto.

Pero, si como se ha demostrado científica y fehacientemente, es imposible construir una máquina que sea ciento por ciento eficiente, ¿cómo se puede pensar que podríamos disponer de una teoría -una solita, cualquiera que sea, y por mucho que se diga no solamente que es “científica”, sino la única científica posible- que lo explique todo? Esa teoría (ontología-epistemología) no sólo es insostenible, sino que impide comprender las verdaderas explicaciones y consecuencias de las acciones posibles y, de este modo, ayudarnos a elegir los cursos de acción.

 

Todas las predicciones del desplome del capitalismo de Occidente -piedra angular de la doctrina comunista desde el “Manifiesto”, y posteriormente “enriquecida” por la “teoría” leninista del imperialismo- resultaron falsas, a pesar de la carnicería de la Primera Guerra Mundial, la gran depresión de 1929-1933, el ascenso de los fascismos y el totalitarismo, y la carnicería aun mayor de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, se siguió martillando en el milenarismo apocalíptico, el mismo de origen inmemorial y estructuralmente legendario, pero ahora con un “fundamento científico”, que en suma resultaba un imaginario forzado en teoría, una nueva religión que a sus dogmas los llamaba “leyes científicas”, y a sus barbaridades para dirigir la economía, “regularidades”.

Una persona honesta puede estar suficientemente convencida de que su visión del mundo es verdadera, en tanto y en cuanto no haya pruebas en contra. Los marxistas más fieles a los clásicos, aun cuando lo de la honestidad pueda ponerse en razonable duda, o al menos no aceptarse 100% en todos los casos, estuvieron dominados por una concepción aborrecible consistente en “la política de derribar todo con la esperanza de que algo bueno pueda salir de todo ello”, bajo el imperativo de tratar de hacer “un mundo mejor”.

 

Entonces, aferrados a los balbuceos del Marx hegeliano, principiante y mediocre, llamado “el joven”, un texto mañoso del húngaro Georg Lukács, algunos atisbos de León Trotski, tres o cuatro frases de Gramsci, otras de Karl Kosch, destellos intelectuales de Jean Paul Sartre, y herencias incoherentes de “mártires” de los soviets como Nicolai Bujarin y Evgueni Preobashenzky, un batallón de intelectuales europeos y otros europeizados, en la entre-guerra y la post-guerra (Louis Althusher, Charles Bettelheim, Albert Camus, Franz Fanon, Ernest Mandel, Galvano della Volpe, Regis Debray),  trató de validar el diagnóstico, cada uno a su manera. 

 

Se llegó incluso, mediante acrobacias teóricas inigualables, a presentar a los movimientos descolonizadores afro-asiáticos, así como a los marginados y excluidos de la sociedad primermundista, como los verdaderos y potenciales “edificadores” del socialismo. Entristecía realmente ver a un filósofo de la talla de Jean-Paul Sartre proclamar al marxismo como la “filosofía insuperable de nuestro tiempo”, asegurando que aunque no creía en el materialismo dialéctico sí creía en el histórico, y a muchas personas instruidas y bien formadas en Europa y América embelesarse con las ideas de Herbert Marcusse o los llamados de Daniel Cohn-Benditt, sin hablar del masivo e irracional enamoramiento con las “teorías” de Che Guevara, que no se cumplían ni en su propia casa.

 

Estos marxistas, o lo que fueran bajo ese nombre con el que coqueteaban muy gustosos, incapaces de vivir en Moscú, Pekín, Bucarest, Pyongyang, Hanoi, Tirana o La Habana, -cuando más, temporalmente y con determinados privilegios muy bien especificados antes de mudarse, en Praga o Budapest, disfrutando de cerveza oscura en U Flekú, de excelentes gulashs junto al Danubio, o de salchichas y cerveza en el Berlín “democrático” rodeado por un muro- convertidos en profetas universales por elección propia, inculcaron a sus seguidores una dimensión pseudo-religiosa, onírica y hasta supersticiosa, repleta de catástrofes venideras. Así plagiaban, a pesar de su “materialismo científico”, del cristianismo de las catacumbas las promesas de liberación humana, de los cátaros una sociedad justa, y de los renacentistas un Estado racional sustentado en las “ciencias”.

 

Lo que más intrigó en el siglo XX es que esa extraña alquimia de “ciencia económica”, de “metafísica racionalista de la historia” y de una escatología laicizada ejerció por casi todas sus décadas una atracción inconcebible, capaz de despreciar verdaderos conocimientos y experiencias comprobadas, en aras de un “futuro” que nunca llegaba ni podría llegar. Los intelectuales irrumpían en los salones con los textos marxistas como novísimas indulgencias de salvación de las frágiles e inciertas actividades humanas, con algo tan incuestionable como “las leyes de la Historia”.

 

Y, naturalmente, su “marxismo” no pasaba de criticar con relativa indulgencia los crímenes de Stalin (exonerando a Lenin), y miraba hacia otro lado cuando “el enemigo” mencionaba el imperialismo soviético, el extenso y omnipresente gulag, la KGB por encima de las leyes y el derecho, la masacre de Budapest, la invasión de Checoslovaquia, la guerra fronteriza con China, la invasión de Afganistán, o el derribo en pleno vuelo de un avión de pasajeros surcoreano, puras “campañas de propaganda”.

 

El proyecto del premier soviético Nikita S. Jruschov, de hundir al capitalismo con los manuales de marxismo-leninismo, y su irresponsable y enloquecida declaración en el XXII Congreso del PCUS de que “esta generación vivirá en el comunismo”, se convirtió en un delirio, como único podía ser. Ni la “Primavera de Praga”,  ni los coqueteos rumanos y polacos con occidente, ni las tímidas reformas económicas de 1965 en la URSS, ni la Perestroika de Mijail Gorbachov, ni los gatos de diferentes colores del chino Deng Xiaoping, ni el Doi Moi vietnamita, reformaron al irreformable comunismo leninista, llamado “socialismo real”, a partir de sus propios mecanismos.

 

Todos echaron mano, en mayor o menor medida, a cualquier idea proveniente del “capitalismo decadente”. Y, muy elegantemente, y con todos los honores, lanzaron a “los clásicos” al basurero de la historia. Solo un puñado de “viudas de Marx” en capitales latinoamericanas, y el mediocre equipo de dirección político-económico que ha regido la Isla de Cuba desde 1959, mantienen los desgastados slogans y esquemas de una era que ya se desvaneció en la historia contemporánea.

El “socialismo real”, esa “creación” de un marxismo-leninismo eslavo-zarista para la universalización y generalización del bolchevismo de Saigón a Berlín, impuesto bajo las esteras de los tanques y a punta de bayoneta al resto del mundo, nos permite, con todo derecho, cuestionar la honestidad de la intención o la ingenuidad del esfuerzo de muchos de sus apologistas, y demostró absolutamente su fracaso.

No fue capaz de lograr lo que incluso el feudalismo de los príncipes, el régimen sultánico, las satrapías asiáticas, las confederaciones tribales africanas, o las sociedades precolombinas en América venían aplicando: la justicia en el mercado. Ni la diversidad de la oferta y la adecuación de los precios al poder adquisitivo y el regateo y la negociación de los precios en los tianguis pre-colombinos mexicanos, las kashbas árabes, las candongas africanas, o cualquier puesto de ventas chino, lo que no lograron los soviéticos, ni con la perestroika, más allá del limitado “rila” (mercado libre campesino).

El surgimiento del capitalismo

Aún estamos arrastrando conceptualizaciones filosóficas, económicas, sociológicas y políticas de los años de la guerra fría, bajo un manto de dogmatismo que en ocasiones ni en las religiones más “liberales”, en que cualquier variedad de pensamiento crítico, o racional pero fuera de la corriente “lógica” comúnmente aceptada, en ambas orillas ideológicas, es vista con suspicacia. En términos filosóficos, adoptamos las ideas de un sistema (sea democracia, tiranía, comunismo, totalitarismo, monarquía) como si fuese una especie de panacea o condena, que nos obliga a admiración o abjuración perpetua, pero que no admite estados intermedios ni modelos híbridos.

La revolución francesa fue la culminación del racionalismo y el enciclopedismo en el choque entre el derecho público y la razón de Estado, algo que en nada tiene que ver con tiranía, comunismo o democracia, y que puede hallarse en contradicción o violentarse en un régimen democrático, como los Estados Unidos esclavistas del siglo XIX, que casi cien años después de la independencia y la “libertad” tuvieron que librar una violentísima y cruenta Guerra Civil para abolir la esclavitud, seis décadas más para otorgar a regañadientes en los 1920 el derecho democrático al voto al 50 % de la población, las mujeres, y otras cuatro décadas después pelear la batalla de los “derechos civiles” para aplastar la discriminación racial; o en sorprendente armonía en un régimen oligárquico, como la Venecia o la Florencia de los siglos XIV al XVII, lo que culminaría en el “Renacimiento”, el sorprendente desarrollo de las ciencias y el comercio, las profundas reformas religiosas y el desarrollo de la burguesía y las sociedades industriales.

La creación de la conjunción del Estado democrático con la economía de mercado, en la Francia jacobina, girondina y napoleónica –guillotinas, degollinas e invasiones desde Portugal a Rusia y Egipto incluidas-, sin embargo, no reprodujo tal esquema en sus colonias. Así, mientras el código napoleónico expandía las bases para el “capitalismo” en Europa y liquidaba las sociedades feudales, aunque Napoleón fuera derrotado en Waterloo y enviado a Santa Elena, en las colonias no reconocería la fusión del derecho público con la razón del Estado, y por eso negaría no sólo la independencia de Haití, sino apoyaría también el mantenimiento de la esclavitud.

En la “culta” Europa, aunque no siempre se exprese de esa manera, no fueron las degollinas “republicanas” del Terror de Dantón o del Gran Terror de Maximiliano Robespierre las que extendieron las economías de mercado y las “democracias” en el continente, sino las guerras imperiales y los códigos de Napoleón Bonaparte.

El radicalismo político inglés, al imponer el parlamentarismo a una monarquía previamente descabezada (literalmente) en 1640 y posteriormente restaurada en 1688 tras devolver los descabezamientos al bando contrario, al liberar al mercado, resultó una proyección utilitaria, que llevó a los mismos resultados que a los holandeses, o los franceses de “la revolución”, sin tanta teoría ni enciclopedistas.

No puede negarse la reflexión teórico-jurídica sobre la práctica del gobierno hecha por John Locke; pero, no se trataba de defender al consumidor ni al citoyen, sino de definir la esfera de competencia en términos de utilidad: puro pragmatismo en su más amplia extensión y expresión, tecnología de gobierno y derecho público -legendaria especialización de los ingleses no solamente en sus Islas, sino también en sus colonias-, con lo cual se procuraba limitar la línea pendiente indefinida de la razón de Estado, para permitirle al mercado una pendiente indefinida sin límites, enfocado al máximo beneficio, sacudiéndose de las reglamentaciones de “justicia al consumidor” para establecer e imponer la “justicia del mercado”.

 

La dominación política europea fue terminada con eficacia en la confrontación suicida de las dos guerras mundiales del siglo XX. Repentinamente, tras la primera guerra (1914-1918), llamada “Gran Guerra” porque no se creía que pudiera haber otra igual, los gobiernos democráticos sustituyeron a un anfitrión de monarquías y de imperios.

 

Tras la Segunda (1939-1945) los movimientos anti-colonialistas y el malestar de la explotación del trabajo barrieron el mundo colonial y crearon el “tercer mundo”, aunque el imperio soviético se extendió desde Vietnam al Muro de Berlín, con extensiones aisladas, heréticas y heterodoxas tanto en La Habana como en Luanda, Addis Abeba, Adén, Phnom Penh y Vientiane.

Es así que el “capitalismo” fue la primera ideología moderna fundada primariamente en una base económica o material, y un importante paso en la transformación desde una sociedad dominadora hacia una participativa desde el punto de vista de la elección de los líderes, pero a la vez sesgada en estamentos de acuerdo a sus participaciones en los procesos productivos, que los marxistas identificarían como “clases”.

Economía de mercado y democracia no tienen que marchar de la mano

Es conveniente aclarar que desde la proclamación teórica de la democracia (si se quiere puede decirse que a partir de Locke y el parlamentarismo inglés), hasta su realidad práctica en la segunda mitad del siglo XX, luego de conceder el voto femenino, descolonizar las metrópolis y reconocer la injusticia de las prácticas discriminatorias contra las minorías, el camino recorrido fue de casi trescientos años, amén de que las democracias suiza, norteamericana, francesa, sueca, israelí, hindú o inglesa, para citar algunos ejemplos, son diferentes. Y las economías de mercado en Estados Unidos, Rusia, Egipto, Alemania, Australia, Singapur, Japón, o Argentina, son diferentes.

Asimismo, la combinación de democracia política con economía de mercado, nunca gesta el mismo modelo. ¿Acaso no existía en la Cuba decimonónica una economía de mercado, conjuntamente con una economía esclavista y un régimen político colonial autocrático? ¿Acaso no existía una economía de mercado bajo un régimen oligárquico teocrático de los sultanes turcos-otomanos? ¿Acaso no existía una economía de mercado en la Alemania nazi, bajo un régimen político totalitario? Entonces ¿por qué asombrarse de una economía de mercado en desarrollo bajo el totalitarismo comunista chino, o el vietnamita? ¿Dónde se halla la incongruencia?

Al igual que fue posible una economía de mercado bajo el Egipto faraónico, una economía de mercado bajo la monarquía de Isabel I de Inglaterra, una economía de mercado bajo el Zar Pedro el Grande, una economía de mercado bajo el Kuomintang chino, una economía de mercado bajo los tiranos latinoamericanos, una economía de mercado bajo el África colonizada… es posible que funcione una economía de mercado bajo un régimen totalitario comunista, sin llevar necesariamente al país al hecho democrático.

De la misma manera, existía un régimen político democrático en la Grecia esclavista, en la Roma esclavista, en las cuasi feudales ciudades comerciales italianas, en los kanatos mongoles, en los cantones suizos medievales, en los iroqueses norteamericanos. Entonces, no asombraría un régimen de dirección política democrática encaramado en una economía que no sea de mercado.

Además, por su énfasis en el poder adquisitivo individual, la competitividad y codicia, su jerarquismo inherente y su continua dependencia de la violencia como última ratio regis, el capitalismo siguió siendo fundamentalmente androcrático, machista. El capitalismo, como lo conocemos, descansa en la supremacía masculina.

Ya en los tiempos del nacionalsocialismo, el fascismo y el comunismo, resultaba claro que la conducción totalitaria no era algo fortuito, sino un síntoma de la marcha de una parte de la sociedad mundial, aquella en la que sus líderes aportaban a la tecnología por sobre los seres humanos: no eran totalitarios porque lo hubieran escogido así, sino porque era la única forma posible de hacerlo en sociedades donde, con independencia de lo que se proclamara en la propaganda, “la masa” era más importante que el ser humano individual. El perfeccionamiento de la técnica, la extensión de los medios de transporte y de las comunicaciones, así como el incremento de la población, determinan una organización rígida, que en la etapa de las sociedades industriales “justificaba” una centralización extrema y hasta antidemocrática, pero que posteriormente es algo que resulta absolutamente incompatible y anacrónico en tiempos de la globalización y la sociedad de la información.

El humano racional del siglo XX, exaltado en la expansión industrial, las tecnologías de destrucción o de intensificación del trabajo, la regimentación de la producción en línea y la codificación poblacional en máquinas de cálculo antecedentes de las computadoras, fue el propagador del militarismo, con su idealización de la violencia, consolidando la conexión entre dominación masculina, guerra y autoritarismo; fue el gestor de las masacres de Verdún en la Primera Guerra Mundial, de la guerra química, del gulag soviético, de los campos de concentración nacional-socialistas, del aplastamiento de la insurrección del ghetto de Varsovia, de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, de la masacre de militares polacos en Katyn por los soviéticos, de la “idea Suche” norcoreana, del aplastamiento de la insurrección húngara en 1956, de las invasiones de Checoslovaquia tanto en 1938 por los nazis como en 1968 por los soviéticos, de las guerras coloniales en Asia y África, del Muro de Berlín y la macabra “Orden 101” de disparar a matar, de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción en Cuba, de las dictaduras militares de América Latina, del gran salto hacia adelante y de la revolución cultural proletaria de Mao Zedong, de la sangrienta camboyización de Pol Pot, de gobernantes alienados como Idi Amin Dada y Jean Bedel Bocassa, el emperador caníbal, y de la tragedia étnica yugoslava, entre muchas otras cosas.

También ha provocado la bancarrota de su hábitat canibalizando la ecología planetaria, dentro de una sociedad democrática capitalista, o una totalitaria comunista, que descansando en la supremacía masculina, la ha regimentado como una colonia de insectos, donde la recompensa es el dinero, la fama o el poder -aunque, a fin de cuentas, nada nuevo bajo el sol: ya lo había dicho Ibn Jaldún hace varios siglos; donde la violencia es glorificada en épicas heroicas, la mujer es concebida como animal de procreación, -Juana de Arco es la excepción- y los hijos sirven para transmitir el nombre y la propiedad masculina.

Autores como Henri Miller y William Faulkner exaltan el crimen como expresión del “libre arbitrio”; los héroes de la literatura contemporánea y del cine muchas veces son los gánsteres, los bandoleros. Del lado soviético, Yulian Semionov y Bogomir Rainov, con todo el apoyo de los aparatos estatales y partidistas del comunismo, hacen héroes a espías e informantes que se enfrentan “los malos”.

El autoritarismo, el romanticismo y el racismo resultaron las piedras de toque de la cultura política alemana, con raíces muy propias y autóctonas, aun antes de la existencia de una “Alemania” unificada en el siglo XIX. Este credo trajo la Primera y Segunda Guerra Mundial en el siglo veinte. De ser el país líder en las ciencias y la industria se transformó en una pesadilla política que le llevó casi a conquistar un mundo aterrorizado y a la pérdida de su primacía en la eficiencia tecnológica y la eliminación de gran parte de sus técnicos y científicos judíos, aunque continuamente ha mostrado una impresionante capacidad de recuperación y resurgimiento, un “renacimiento” tecnológico y económico que aun sus aliados más cercanos observaron siempre con determinada preocupación.

La esperanza de reducir la miseria y la violencia, y establecer la libertad -todo a la vez-, que por cierto inspiró a un ejército de filósofos en los siglos XIX y XX, es también una esperanza que nos inspira en el exilio o en las calles de Santiago de Cuba, en una manifestación en Madrid o una tángana en Placetas. Ello no es prerrogativa de teóricos modernos o contemporáneos. El síndrome del “pobre” inspiró a todas las religiones del planeta, pasando por San Francisco de Asís, hasta los textos martianos.

Sin embargo, y a riesgo de ser considerados herejes por los guardianes de textos sagrados de ambas orillas -como anteriormente hemos sido acusados de “conflictivos”, “agentes de la CIA”, “raulistas”, o “comunistas”-, hay que decir que estamos convencidos de que esos objetivos no pueden ser alcanzados por “métodos revolucionarios” estilo Fidel Castro, pues como se demostró en Cuba después de 1959, sólo pueden empeorar las cosas y aumentar sufrimientos, y conducen a todo lo contrario que supuestamente lograrían, a un aumento de la violencia y a la destrucción de la libertad.

Durante el siglo veinte, la riqueza material hizo de Estados Unidos el prototipo de la nueva civilización y del nuevo ser humano, al punto que la modernización del planeta, en esencia, ha sido su “americanización”, cuando el nombre Coca-Cola se escribe en árabe, coreano, chino, farsi o hindi como algo muy natural, y los actores del cine estadounidense o sus estrellas del deporte se conocen más en muchos países lejanos que muchos de sus líderes locales.

Con el “New Deal” del presidente estadounidense Franklyn D. Roosevelt se conformó en la década 1930 un capitalismo de Estado (es decir, con fuerte regulación e intervención estatal) -mucho más que un “socialismo”, al que tanto se le teme en Estados Unidos hasta nuestros días- que se extendió al resto de las naciones industriales y hasta sus periferias, en la versión parodia, y que aún perdura.

Es una simplificación considerar que las sociedades preindustriales se identifican con cierto tipo de personalidades dominantes y con el culto al despotismo. Desde el inicio de la era moderna, en las sociedades occidentales todo tipo de políticos han ostentado el poder: ideólogos como Benito Mussolini, Charles de Gaulle, o Ronald Reagan; racionalistas como Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill o Henry Kissinger; dictatoriales como Napoleón Bonaparte, Francisco Franco o Adolf Hitler; autoritarios, como Lázaro Cárdenas, Klemenz von Metternich, o Juan Domingo Perón; instrumentalistas como Benjamín Disraelí, Theodore Roosevelt, o Konrad Adenauer.

El fracaso del marxismo

Las utopías y las filosofías parece que en la actualidad ya no ayudan como antes; los intentos emancipadores del marxismo -la mayor aventura intelectual del siglo veinte- terminaron fracasando estrepitosamente; el nihilismo catastrófico ahora es cultivado por grupúsculos que la prensa occidental identifica como “militantes”, y que al reducirlos a todos al mismo rasero genérico no describe exactamente nada, y los recursos intelectuales del Occidente se hallan desviados hacia objetivos inmediatos, en especial debido a la esterilidad filosófica de Norteamérica, el país más poderoso del planeta, pero que disfruta tanto de su pragmatismo utilitario que muchas veces el pensar a largo plazo en el plano ideológico, filosófico o social -nunca en la ciencia aplicada y la tecnología- se toma como debilidad o como falta de enfoque en los problemas concretos.

La revolución (burguesa, campesina o proletaria) siempre destruye la armazón institucional y tradicional de la sociedad, atentando contra el mismo conjunto de valores para cuya realización se ha efectuado, como sucedió con los parlamentaristas de Cromwell, los jacobinos franceses, los bolcheviques, los agraristas mexicanos, las SS de Hitler, los guardias revolucionarios de Mao, o los castristas.

Los valores de una nación sólo pueden tener significación en la medida que exista una tradición social que los sustente. Cuando la perestroika de Gorbachov cuestionó decenios de bolchevismo, de pronto los soviéticos se sintieron sin historia, sin cultura y sin fundamentos. Por eso cuando el castro-marxismo revolucionó la sociedad cubana y eliminó sus tradiciones -las Navidades y los carnavales, las elecciones y el periodismo libre, el deporte profesional y la enseñanza religiosa, los ascensos por concurso y el respeto a la familia-, no ha podido auto-detener ese proceso.

Y no nos referimos a cambiar el modelo económico-político. El castrismo puso todo en tela de juicio, desde la historia más elemental de la nación y sus precursores hasta inclusive los objetivos de los revolucionarios bien intencionados que se enfrentaron a la dictadura de Fulgencio Batista; objetivos que surgieron y eran parte de la sociedad que la revolución posteriormente destruyó.

El castro-guerrillerismo proclamó crear una tabla rasa social y comenzar de nuevo diseñando en ella un supuesto nuevo orden, nuevo hombre y nuevo sistema social. Pero tal idea es insostenible, aunque supongamos por un momento que exista semejante conspiración. Pues una revolución reemplaza los viejos amos por otros nuevos, y ¿quién nos podía garantizar, más allá de las promesas y las ilusiones, que los nuevos instalados en Cuba serían mejores que los anteriores? ¿Lo fueron realmente? ¿Lo son después de cincuenta y tres años?

Esta “profecía histórica”, tenía que producirse supuestamente por medio de una revolución social (algo que se insiste en la actualidad en la Venezuela de Hugo Chávez), porque entonces, y sólo entonces, puede la revolución, con sus inefables sufrimientos, alcanzar el objetivo de una inefable felicidad. En realidad, más que una profecía y un anuncio del Paraíso, se convierte en una maldición sin fecha fija de terminación.

Pero los marxistas, desde Marx hasta nuestros días, y los “profetas revolucionarios” que se disfrazan de marxismo a falta de algo mejor y más conveniente, nunca han entendido que, una vez que destruyen la tradición, la civilización desaparece con ella. Y no es un mero supuesto retórico: ninguna de las sociedades cuyo conjunto tradicional de valores ha sido destruido, como ha sucedido en la ex Unión Soviética, Kampuchea, Etiopía, Corea, o la Cuba castrista, se ha convertido, por su propio acuerdo, en una sociedad mejor.

La añosa dirigencia cubana, por supuesto, no admite ni podrá admitir nunca tal criterio. Pero la idea de que la pomposa “revolución social” conduciría a un mundo mejor sólo es una suposición del marxismo y estrofas de cantos masivos: “arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan…”, ¿para qué? “cambiemos al mundo de faz hundiendo al imperio burgués…”, porque “nosotros mismos haremos nuestra propia redención”. Épico, sí, pero inútil, irrealizable de esta forma.

 

En la práctica, el socialismo real superó a la Antigüedad esclavista en eso de esclavizar a las masas, heredó de Genghis Khan el terror sistematizado, superó a los eremitas en la planificación de la miseria, y mediante absurdas mentiras hundió a sociedades modernas en el oscurantismo. Lo que proclamaba el marxismo, que de verdad se pudo materializar, fue su propia negación: la Unión Soviética fue un modelo ampliado hasta el extremo de la “comuna esclavizada” de Marx, y la Cuba de Fidel Castro o la Corea de la dinastía Kim expresión directa del criterio de El Capital, donde toda la riqueza y todos los recursos se concentran en unas pocas manos, o en una sola mano, mientras se produce “la depauperación del proletariado”.

Y es la situación en la que se halla, o tienen, a la fuerza, a la Isla de Cuba; que ha retrocedido a la pre-civilización, puesto que lo predominante son los instintos y no los valores, la fuerza y no las razones. Y es la condición humana del individuo isleño de nuestros días, con una conducta propia del neolítico, aspirando a disfrutar de la tecno-globalización. No porque sea un individuo intrínseca o genéticamente malvado, sino, volviendo al marxismo, porque el ser social determina la conciencia social.

 

Y, ahora, ¿que resta de la “ciencia de El Capital”? Pues no les queda más remedio a las viudas de Marx, tras la evaporación del bloque comunista que cubría un tercio del planeta, proclamar como antiguallas metafísicas al materialismo histórico de Politzer y Konstantinov, la economía política de Nikitin, la “dirección científica de la sociedad” de Afanasiev, y las tijeras del “corte epistemológico” de Louis Althusser, profetas y visionarios que, a cambio del sacrificio de sus vidas, les prometen a los trabajadores un futuro mejor para sus descendientes.

 

Ni siquiera el marxismo más “racional” y mucho menos soviético de la llamada “nueva izquierda” norteamericana, desde los “clásicos” Paul Baran, Paul Sweezy y Leo Huberman, hasta el contemporáneo James Petras, tiene algo más atractivo que ofrecer que la misma cantinela hablada en idioma inglés y las promesas un poco más sofisticadas y mucho mejor presentadas: al fin y al cabo, Estados Unidos es el país del marketing.

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La democracia de los conceptos y los muchos conceptos de democracia

La abundancia material en una parte del mundo que impone su cultura al resto del planeta, es decir, el núcleo de los países desarrollados que se ha dado en llamar G-8, no sólo ha prefijado nuestras necesidades extra-biológicas (de supervivencia) sino que ha traído como contraparte una rigidez de los mecanismos de búsqueda de una nueva dirección a la existencia humana, de la forma rapaz en que aún está organizada la economía planetaria, la tendencia a la coacción institucional hacia los agentes de transformación, incluso en las democracias, y la paralización de la conciencia en arquetipos mecanicistas.

El inmovilismo no es necesariamente exclusivo del totalitarismo, aunque es donde se expresa mucho más cómoda y fácilmente, sino la condición “natural” del “orden establecido”, cualquiera que sea. Ha sido debatible, pero no deja de tener un ángulo lógico, que el totalitarismo (de cualquier vertiente) ha sido y es un producto de la Revolución Industrial. El aspecto discutible parte del hecho histórico del totalitarismo tanto en la Antigüedad como en el Medioevo euro-islámico. Podría decirse que en la época moderna, la estructuración de la producción en gran escala, en establecimientos fabriles y agrícolas, facilitó su implantación.

El automatismo y uniformismo de la sociedad industrial (caricaturizado hasta el extremo genial y jocoso por Charles Chaplin en la película “Tiempos Modernos”), con sus tergiversados valores acerca de la liberación humana e institucional, bloquea cualquier alternativa válida que busque transcenderla. Basta ver de cerca una línea de ensamblaje en una fábrica de automóviles -aun las robotizadas- o el trabajo de las cajeras en un supermercado de Estados Unidos, para darse cuenta que esa llamada liberación humana e institucional necesita mucho más que una relativa abundancia material o un automóvil propio esperando al empleado en el parqueo de su centro de trabajo.

Lo cual no quiere decir, ni de broma, que el “escape” a esa alienación o a esa angustia cuasi kafkiana lo haya descubierto “el joven” Marx en sus escritos o Che Guevara en sus aventuras. Ni tampoco que el camino sea el mismo en Massachussets que en Tiflis, Valparaíso o Tombuctú. Ni tampoco dudamos de la superioridad civilizadora del capitalismo contemporáneo sobre cualquier otro sistema, sobre todo cuando se conjuga con la democracia política. 

No existe algo como un orden científico puramente racional, ni siquiera en las ciencias puras o la más excelsa tecnología, pues la racionalidad tecnológica es un proceso político donde la razón como pensamiento conceptual y forma de conducta se supone que tiene que ser y es necesariamente un mecanismo de control y dominación. Si se ha demostrado que las matemáticas no son exactas, y la física no da pie con bola en el mundo cuántico, ¿cómo es posible que consideremos cualquier modelo económico u orden social (incluso el democrático y la economía de mercado) como el “perfecto”, si la naturaleza no lo es, y el humano está muy lejos de ser una especie “modelo”?

Es una falacia considerar que la etapa tecnológica por sí sola trae aparejada la generalización de la libertad, y que ello la diferencia de la era pre-tecnológica. La ex República Democrática Alemana (RDA), puntera tecnológica no solamente de la materialización del “socialismo real”, se caracterizó también, sin embargo, por un sofisticado nivel de coacción y una maquinaria represiva impresionante, encarnada en su perfección por la STASSI, que nada tenía que ver con las libertades humanas, sino precisamente con todo lo contrario. La única diferencia de fondo entre la GESTAPO hitleriana y la STASSI del comunismo este-alemán radicaba en que esta última era mucho más sofisticada y tenía menos límites morales, si es que tenía alguno.

En ambas fases del desarrollo social, tanto en la industrial y la informativa, como antes en la agraria pre-industrial, la sociedad se organiza de forma tal que, pese a ser superior en términos generales respecto a las sociedades pre-industriales, el disfrute de la libertad no deja de ser también elitista; aunque de manera indirecta, el pensamiento se ajusta a las reglas del control y la dominación, y el libre albedrío de las masas no adquiere su total implementación: se altera sólo en la forma.  

Los grandes conglomerados, independientemente de donde se encuentren y la época de que se trate, están despojados de una verdadera existencia humana libre. En los aspectos esenciales, no hay demasiadas diferencias entre New York, Shangai, Sao Paulo o Lagos. “Liberté, Egalité, Fraternité” sigue siendo un bello postulado, pero no una realidad masiva en nuestro planeta todavía, ni tras lo que fue el “telón de hierro” ni en el “mundo libre”. 

En el estadio preindustrial de tipo feudal o burocrático-militar se redistribuyen los magros productos de su economía en una forma que siempre es más convuls­iva y alienante que la tecnológica, con su franja de beneficios y beneficiados más amplia. Naturalmente que hay diferencias, y nadie en su sano juicio discute que las formas de subyugación pre-tecnológicas y tecnológicas sean diferentes, pero en realidad lo son sólo en el procedimiento de la subordinación y no en la esencia: aquella es física, ésta es de tiempo.

La razón de la fuerza y la fuerza de la razón

Nuestra civilización en su conjunto sigue siendo aún aquella de la dominación y la fuerza, y la razón del pensamiento sigue respondiendo a la supremacía grupal (sea por razas, naciones o intereses políticos), y a la protección de las ordenanzas sociales establecidas en su momento, y no necesariamente a lo puramente “lógico” o racional, y mucho menos a lo que utópicamente podría considerarse “justo”.

Al disponer de la naturaleza como objeto de elaboración, el racionalismo tecnológico expresado en las sociedades capitalistas occidentales y Japón, y que comienza a expresarse también en la China contemporánea de las sorpresas y los gatos sin color, establece el andamiaje social por donde se verá encauzado inexorablemente el individuo, ofreciendo un abanico de opciones específicas, pero limitadas por estar gestadas y enmarcadas por su estructura mercantil, fijando cuáles son las necesidades y las apetencias “aceptables” y “razonables”, y por lo tanto las aceptadas y razonadas, designando los límites de acceso a los bienes, indicando el marco ético de los valores espirituales, donde el pensamiento y los símbolos están súper-impuestos y siempre en última instancia en función de actividades económicas.

Podrá pensarse que Marx tenía razón en estos aspectos y que “revolucionó” el pensamiento social en este sentido, pero eso solo sería válido decirlo si se parte de una pretendida “cultura occidental” y se intenta desconocer que varios siglos antes, y con un lenguaje mucho menos sofisticado, lo expresó Ibn Jaldún durante sus periplos por el desértico norte africano. Tal vez si el ilustre filósofo francés Jean Paul Sartre hubiera podido leerse a Ibn Jaldún no hubiera sido tan condescendiente con el “materialismo histórico” marxista como lo fue en los años sesenta del siglo pasado, de haber sabido que no traía nada nuevo bajo el Sol, más allá de sus errores.

Reinamos sobre una población de máquinas que conquista de forma avasallante a la naturaleza, a la vez que cada vez la pone más en peligro, y somete a esquemas de servidumbres, mucho más sofisticados que los anteriores, pero servidumbres al fin, a otros humanos. Podría decirse que la mecanización ha implicado una invalidación de su premisa, la individualidad, sostenida por un puritanismo religioso, que tiene al trabajo como una actividad moralizador­a y deber insoslayable, teniendo como base, en última instancia, el pecado original y el “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Aquello de que “el que no trabaja no come” no fue original de Vladimir I. Lenin ni mucho menos, aunque siempre le gustó mucho más que las versiones originales a los “camaradas” en el poder, en cualquier país donde lo alcanzaron.

Los ideólogos y filósofos que promovieron las revoluciones y los estados modernos, como François-Marie Arouet de Voltaire, Jean Jacques Rousseau, John Locke, el Barón de Montesquieu, y otros, realizaron una simbiosis que entonces parecía la perfección, aunque históricamente resultaría desacertada, entre la razón y la libertad, en función de sus visiones e intereses como grupos sociales, y se aferraron a ver el progreso tecnológico como único instrumento para obtenerla. Ello no niega que el progreso tecnológico puro, ha sido progresivamente un liberador del humano ante su medio planetario, pero no puede proclamarse la victoria total tecnológica liberadora del humano. Aún ello está muy lejos de lograrse.

Aún arrastramos principios y mecanismos obsoletos, como el concepto de partido político y de clase social, que serán una renovación de las nociones corporativas anteriores quebradas por la revolución industr­ial, donde su pregonada pero nunca cumplida misión histórica rememora la mística profética judeo-cristiana. Nuestra sociedad informativa digital, en especial de las democracias, requiere de nuevos instrumentos sociales-gubernativos-electivos, capaces de reflejar la opinión y selección directa individual, en cuanto a las leyes, regulaciones, cargos gubernamentales, y demás.   

Se da la posibilidad de excluir lo que define a la sociedad tecnológica, ejemplificada en el concepto jacobino, donde una minoría se abroga el derecho a sustituir justificadamente a un pueblo inmaduro para establecer el reino de la razón y la justicia, donde su papel social es conceptualizado en términos de poder político, cuyo ejercicio moldea la sociedad. Salvando el aspecto represor, ¿Qué diferencia existe entre este concepto “burgués” y el derecho que se abroga una supuesta vanguardia de sustituir a las masas para establecer el paraíso del proletariado, el reino de los humildes, por los humildes y para los humildes, conceptualizado en el estado totalitario comunista en cualquiera de sus versiones y sin que cambie su esencia para nada cualquier “reestructuración” y “actualización” del modelo que se pretenda?

La teoría de la revolución pasa por alto los aspectos más importantes de la vida social: supone festinadamente que no necesitamos buenos individuos sino buenas instituciones, y más que individuos educados, “masas” educadas y disciplinadas, y “cuadros” apropiados para dirigirlas. Su absoluto fracaso se demuestra en la actualidad con los dirigentes del castrismo, supuestamente la representación de “el hombre nuevo”, devenido en un corrupto aferrado por la fuerza al poder.

Sólo hay dos tipos de instituciones gubernamentales

Sólo hay dos tipos de instituciones gubernamentales, independientemente del nombre con que se pretenda llamarlas o de las justificaciones jurídicas que se busquen para legitimarlas: las que permiten un cambio de gobierno sin violencia y con determinada periodicidad, y las que no lo permiten. Son las instituciones que se han denominado democráticas, a pesar de las deficiencias que se le puedan señalar, quienes permiten a los gobernados ejercer cierto control efectivo sobre los gobernantes, obligando a los malos gobernantes a hacer lo que los gobernados consideren de su interés, aunque en ocasiones la demagogia, el populismo, o ambas cosas a la vez, lleven a pueblos a apoyar a malos gobernantes, aunque esto, afortunadamente, no es eterno.

Todo lo demás que se pretenda argumentar sobre este tema no son más que sofismas, trabalenguas y diversionismo: no es problema de izquierdas o derechas, liberalismo o socialismo, presidencialismo o parlamentarismo, monarquía o república, sino pura y simplemente de que los gobernados den el consentimiento a los gobernantes para gobernar durante un determinado período, con la obligación de someterse a la voluntad de los electores cuando ese período termina.

No creemos necesario discutir términos y seudo-problemas tales como el significado verdadero o esencial de “democracia”, que ya eso se ha hecho sobradamente en todo el mundo durante mucho tiempo, y bastantes crímenes se han cometido en su nombre, escondiendo en el fondo métodos no democráticos. El nombre no importa para qué tipo de gobierno; lo esencial es que cualquier gobierno, cuando sea inefectivo, o cuando se cumpla el período predeterminado que se le ha claramente señalado, pueda ser desplazado sin violencia; lo esencial del verdadero problema es la distinción entre los dos tipos de instituciones. Todo lo demás es paisaje.

Los castristas, y la izquierda chic internacional nunca piensa en términos de individuos e instituciones, sino de “clases”, “intereses económicos”, “pueblos”, etcétera. Pero las clases y los pueblos nunca gobiernan, como no gobiernan las naciones. Los gobernantes son siempre individuos, no importa la clase a la que pertenezcan o de la que provengan: una vez que son gobernantes pertenecen a la clase gobernante. Marx, Engels, Lenin, Fidel Castro, Che Guevara, Raúl Castro, ninguno de ellos provenía de la “clase obrera” ni del “campesinado”, pero se abrogaron a sí mismos y muy graciosamente su representación, como los verdaderos intérpretes y defensores de “sus intereses”.

Fidel Castro demostró que el principio utilitarista de la “mayor felicidad” resultó una conveniente excusa para una dictadura totalitaria. Así lo hicieron Lenin, Hitler, Mussolini, Juan Domingo Perón, Hugo Chávez. Lo necesario para poder escapar en Cuba de esa trampa de más de medio siglo es saber reemplazar esta utopía por un principio mucho más modesto, preciso y realista: que la lucha contra la miseria y por la igualdad de oportunidades sea un objetivo de la política pública y de políticos aceptados y consentidos por los gobernados a través de elecciones libres y directas, y con predeterminada periodicidad, y de esta manera el incremento de la felicidad quedará en manos del individuo, sin tener necesidad de caudillos iluminados.

La individualidad, al menos en el mundo occidental, está sostenida en estos tiempos por un puritanismo procedente de la vertiente religiosa, que concibe al trabajo como ocupación moralizadora (esa moral protestante magistralmente definida por Max Weber y que no se aplica automáticamente en el mundo latino) y deber insoslayable (basado en última instancia en el mensaje bíblico, que ya hemos mencionado). Si bien ello resultó superior a los países eminentemente agrarios-comerciales, y aún lo es comparado con casi todo el resto del planeta, no deja de estar inmersa en regulaciones municipales, condales, estatales e internacionales, que indudablemente requieren la cesión de una porción de las libertades individuales.

La vida humana moderna se divide en tres fases: (1) preparación educacional y social para el trabajo, (2) cada vez más largo período de ocupación productiva fabril y reproductivo familiar y (3) la etapa que se inicia con el desahucio individual del aparato productivo y del marco público, y se espera resignadamente la muerte biológica, proceso que en dependencia de los recursos de cada país, los acumulados durante la vida por cada quien, y los apoyos reales y prácticos de los gobiernos y las sociedades a “la tercera edad”, resulta más o menos aceptable y digno.

Si bien una mayor porción de la sociedad, comparado a épocas pasadas, escapa a esta trampa total, aún resulta una minoría la que logra espacio en la elite que disfruta autoridad política o económica, o bien se aventura en la creación espiritual.

El concepto de partido político y clase social será una renovación de las nociones corporativas feudales quebradas por la revolución industrial, como ya hemos mencionado anteriormente. Esta pregonada misión histórica de los partidos y vanguardias ideológicas rememora la mística profética. Si donde cohabitan diferentes partidos esa imagen es clara, cuando existe solamente un partido único la imagen se hace más aburrida e insoportable que nunca. Nada más parecido a la narrativa judeocristiana que las permanentes promesas de paraísos, sociedades perfectas y hombres nuevos (¿es que no habrá nunca mujeres nuevas?) que nos regalan continuamente los aparatos ideológicos de las “vanguardias de la clase obrera”.

Los intereses de la élite gobernante se presentan como los intereses de la nación: “nuestro pueblo no está dispuesto a…” cuando es la élite la que no está dispuesta a… “Mis electores quisieran saber”, cuando es el señor diputado o congresista el que quisiera saber. Los peligros de la élite se expresan como los peligros de la nación: “los imperialistas nos quieren destruir”, como si quisieran destruir a la nación completa; o “estamos al borde del precipicio y caeremos en él si no cambiamos”, como si fuera a caer algo más que la camarilla dirigente.

Las políticas creadas por la camarilla se presentan como nacionales o populares: “lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es…”, como si no se tratara de un choque de la dirigencia totalitaria con “los imperialistas” o como si éstos tuvieran algo que perdonarle a la población, “la mafia de Miami pretende quitarle a los cubanos…”, como si quedara alguna cosa que la mafia del Palacio de la Revolución no le haya quitado ya a los cubanos. Por otra parte, se tremendiza la caída de los detentadores del poder como si fuera la caída del cielo o de la nación: “después de mí, el diluvio”, “si la revolución fuera derrotada…”, “como si no valiera la pena que el mundo se hundiera antes que vivir en la mentira”.

Sin embargo, la vida nos enseña otra cosa. Cada cuatro años hay que reelegir al presidente en Estados Unidos o elegir un nuevo, y eso sucede desde hace más de dos siglos sin que nunca haya dejado de salir el sol. Inglaterra es una muy sólida democracia moderna que sin embargo tiene una vetusta monarquía pero no una constitución escrita, y no por eso en Londres deja de llover. Un primer ministro de una nación escandinava no tiene mucho más poder que un director de una empresa privada, y posiblemente disfrute de menos privilegios, sin que sus pueblos piensen en “emigrar” a la busca de mejores condiciones de vida. Treinta y tres naciones “socialistas”, de las treinta y cinco que existieron en el siglo XX, lograron sacudirse de tal tragedia, y a cada una le va mejor o peor, pero en ninguna de ellas se ha producido el diluvio universal ni el Armagedón.

Todo el ordenamiento vigente del Estado-nación de soberanía absoluta heredada de los siglos europeos XVI y XVII está en desuso en un mundo que ya hace mucho tiempo que no es euro-centrista. Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, son en cierto sentido (por una relativa herencia fundacional) parte de esa cultura euro-centrista, aunque no sean naciones geográficamente europeas, pero eso no vale para Japón, China, India, Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Nigeria, Sudáfrica, Irán, Qatar, y mucho menos para los países menos desarrollados del “tercer mundo” o los del “cuarto mundo” que no se menciona, pero existe, y muy real. No resulta descabellado pensar que ese hegemónico ordenamiento euro-centrista tienda a desaparecer: la pregunta ahora ya no es si desaparecerá, sino cuándo. La expansión social y económica ha significado, hasta el momento, expropiar territorios de otros, y la solidaridad humana se ha asentado en perfiles raciales, culturales y de proximidad física. Cada vez es más difícil continuarla de esa forma.

La soberanía nacional en tiempos de globalización y sociedad de información se ve erosionada por la tecnología y por el poder creciente de las entidades supra-nacionales de tipo políticas, militares y económicas. Cada vez van teniendo más peso e importancia práctica en la vida de las personas los gobiernos locales y las agrupaciones supranacionales que los “Estados nacionales” que hemos conocido en los últimos cinco siglos en la cultura “occidental”, como ya lo habían anticipado hace más de dos décadas Alvin Tofler y Peter Drucker. Tanto la democracia representativa, sea presidencialista o parlamentaria, como los sistemas totalitarios, las monarquías y las tiranías, han sido la respuesta de las élites desde el poder a la limitación de desplazamiento del individuo en la era del transporte animal y de sus conocimientos limitados, o del transporte mecánico, pero con rémoras de la etapa anterior. El poder del gobierno se supone que emana del pueblo, pero sin embargo, ese mismo poder del gobierno le impide el ejercicio de elección y sólo le permite la soberanía por delegación, con fines muy específicos, dictando y gobernando en su representación. Da igual si hablamos de parlamentarios ingleses que de diputados al Soviet Supremo.

En la sociedad tecnológica el concepto de elección democrática se define en términos de selección de candidatos impuestos y limitados que entran en competencia para funciones públicas, pero donde el electorado, en términos realistas, es “persuadido” por los símbolos y lenguaje, y no ejerce el control terminante de la representación. En no pocas ocasiones el voto del ciudadano se dirige más hacia el más carismático en vez del más capaz, y en otras circunstancias funciona en sentido negativo, como voto de castigo, y no se entrega al mejor, sino al “menos malo”. Y uno de los “candidatos” más votados muchas veces es la abstención, manera del elector de expresar que ninguno de los aspirantes lo motiva ni lo convence suficientemente.

Realmente, en ambas fases, pre y post-industrial, la sociedad se organiza de forma tal que el disfrute de la libertad es exclusivo y limitado, y estrechamente relacionado con el verdadero poder adquisitivo, la fama creativa o militar y las posiciones de poder, donde los cada vez más espaciosos conglomerados humanos están despojados de una existencia libre. Encontrar bolsones de libertad individual en Addis-Abeba (Etiopía), Bombay (India), El Cairo (Egipto), Lima (Perú), Netzahualcoyo (México DF), o Soweto (Sur África) no es nada fácil, no importa lo que declaren los gobernantes cuando hablan en Naciones Unidas o por televisión.

El ejercicio del libre albedrío político del individuo común queda reducido a la opción de escoger -o en muchas ocasiones de votar en contra de- candidatos u ordenanzas originados en el cuadro establecido, y sobre los que no se tendrá ninguna dirección o control después que sean elegidos, a menos, en el mejor de los casos, que cometan iniquidades, transgresiones o delitos de tal magnitud que no puedan dejarse pasar, y aun así no siempre se les puede imponer el castigo que merezcan. Aunque, de nuevo, se supone que el poder de la élite emana del pueblo, esta élite, sin embargo, le impide a ese pueblo el ejercicio de elección, y sólo le permite soberanía por delegación, con fines muy específicos, dictando y gobernando en su representación.

En Chile o en Finlandia, en Estados Unidos o en Japón, en Marruecos o en Canadá. Esa realidad, supuestamente, fue lo que pretendió modificar el libio Muamar el Khadafi con su Jamahirya Árabe Popular Socialista, que en la práctica no fue más que una satrapía-manicomio, laguna petrolera sin ningún rastro de un Estado de derecho, o el sueño difuso e incoherente de un trasnochado Hugo Chávez con su socialismo del siglo XXI, que ni él mismo puede explicar, y que no resulta para nada diferente a cualquier caudillismo populista latinoamericano.

Hay muy diversos medios por los cuales la opinión pública queda moldeada y condicionada: los medios masivos de comunicación (que más exactamente deberían llamarse de transmisión de información, porque a pesar de los comentarios que desde fechas relativamente recientes se permiten en mucha prensa digital, generalmente el movimiento de información resulta unidireccional), las ideologías grupales, la “cultura” establecida, o la devoción religiosa. La pauta tecnológica que asumen los medios de prensa tradicionales y digitales establece un molde dominante sobre los símbolos del pensamiento social; construyen sistemáticamente, con un lenguaje acrítico, una funcionalidad vacía de cualquier evaluación cognoscitiva. Lo importante es lograr lectores, oyentes, televidentes: “ratings” y “hits”, y gracias a eso, ingresos, mientras más mejor. Y si, además, hay premios y reconocimientos, y acceso a las élites, pues mucho mejor.

Los fundamentos de la libertad

Así, los fundamentos de la libertad se hallan tergiversados por esa propia libertad; la libertad de prensa permite expresar libremente las ideas y propuestas sin temor a represalias, pero también da cabida a barbaridades lingüísticas, falsedades, falta de ética y estupideces. La imposición de necesidades espirituales y de consumo, verdadera o falsamente sublimadas, está protegida por la ignorancia, cada vez mayor y más masiva en la sociedad “del conocimiento”, el fatalismo de una realidad que no controlamos, la estructura del estado-nación, los juicios de soberanía política.

La supuesta “cultura” a que pertenecemos, y la insensatez llamada nacionalidad, -cuya aberración más acabada es el nacionalismo extremo que expresa claramente un Evo Morales con su Pacha Mama y la sublimación de la cultura precolombina, de cinco mil años de duración exactamente, ni uno más ni uno menos- que mantienen embargadas la eventualidad de modelar una escala de valores humanos diferentes y modernos, y acorde con ello la reorganización de los recursos materiales e intelectuales planetarios en favor de toda la humanidad y de su futuro, pero sin el tremendismo catastrófico, oportunismo, demagogia o politiquería barata estilo Fidel Castro y sus “reflexiones”, que tanto la izquierda carnicera como la caviar, y hasta algunos trasnochados de derecha, consideran genialidades y excelentes muestras del pensamiento de un líder visionario.

El sistema industrial eliminó la familia extendida como unidad productiva, transformando el papel que jugó en las sociedades agrarias, y consolidó la familia nuclear, mucho menor, aunque a la vez más calificada, y multiplicada en miles y millones de núcleos familiares diferentes con la masividad de la producción industrial y las mega-ciudades de nuestros días, pero sobre todo en el llamado Tercer Mundo. Para la sociedad industrial menos desarrollada sólo contaba el padre como asalariado: la madre e hijos eran elementos incidentales. Si bien la familia perdió su gestión productiva, retuvo su función como agente de procreación y, muy importante, como apoyo emocional, y amplió su función como unidad consumidora.

El conglomerado hogareño, más que el individual, es aún el coro céntrico de la economía de consumo: la casa, el automóvil, la computadora, el celular, los efectos electro-domésticos, la adquisición de alimentos. Pero las nuevas realidades no permiten limitarse al salario del patriarca, y da espacio al trabajo femenino y de los hijos en edad laboral, así como a los núcleos familiares de un solo miembro: si este modelo “clásico” de familia cesa como singularidad donde se juntan más de un salario, las secuelas en la economía y en el status de clase serían devastadoras. En realidad, ya lo van siendo, aunque no nos demos cuenta.

El individuo resguardado en su edificio de apartamentos o su casa, con una cuenta bancaria privada y una conexión de internet para establecer múltiples interconexiones y resolver múltiples problemas, se siente poderoso y a salvo de las miradas indiscretas, aunque en realidad va siendo cada vez más visible a la sociedad, ante el escrutinio de un mundo interconectado electrónicamente. Pero la ausencia de privacidad ha sido una constante a lo largo de la historia humana.

En lugar de discutir sobre la “naturaleza” de la ética o sobre el bien máximo, y otros temas de ese corte que ya resultan desfasados históricamente, se debe pensar muy seriamente acerca de esas fundamentales cuestiones éticas y políticas que plantean que la libertad política es imposible sin la igualdad ante la ley, o que el desarrollo de la economía garantizará automáticamente, más tarde o más temprano, el desarrollo de la democracia y las libertades individuales.

La gran ironía de la historia, y lo que demuestra lo falso de las teorías conspiracionales, de clase, y de malvados monopolios imperialistas, es que en el caso de los marxistas, y de los “revolucionarios progresistas” casi siempre compañeros de viaje de “los duros”, enfrentados a la realidad incuestionable del fracaso general de las sociedades que han querido remodelar, sólo les queda recomenzar de nuevo el lento proceso de la evolución humana, para llegar a la civilización del capitalismo que destruyeron, desarrollarlo, y entonces pensar si sería posible un socialismo, algún tipo de socialismo, prácticamente cualquiera, y si vale la pena y si pudiera resultar mejor que ese capitalismo desarrollado.

Pero ojo, no porque lo quieran “los duros”: tendrían que someterse a las urnas y ganarse el derecho al experimento apoyados por el voto popular en elecciones verdaderamente libres, justas y competitivas. De lo contrario, todo sería la misma mierda que hasta ahora.

Si el ser humano del siglo XXI combina su actual irracionalidad, proveniente de las sociedades primitivas, con el frío cálculo financiero y la centralización del poder, y no es capaz de crecer como ser humano y como espiritualidad a la vez, ese homo industrial, en posesión de un dominio científico y tecnológico descomunal, no cambiará el sino cruel de nuestra civilización.

- I V -

Cuba y la democracia post-castrista

La consideración de cómo se puede producir e implementar en Cuba el modelo democrático político con una economía de mercado, conlleva un análisis complejo, a partir de la experiencia que tuvo lugar en el ex bloque soviético. Mucho se ha escrito sobre el tema, e incluso, muchos modelos y programas se han articulados para ser implementados.

El caso cubano tiene varios componentes de los cuales no se puede prescindir a la hora de meditar sobre la democracia. El país contiene dos elementos históricos: el del modelo llamado de “socialismo real” que se ejecutó en Eurasia, de centralización burocrático-totalitaria y economía de plan, y la tradición de su acontecer republicano-latinoamericano, con su carga de caudillismo clientelar militarista. Prescindir de cualquiera de los dos módulos es disponer de un esquema a medias y realizar pronósticos amputados.

Es pueril idear esquemas y bocetos a priori, para llevar como pilotos a la Isla, a la hora de la transición, considerando ilusoriamente que allí existe un vacío que permitiría calzar cualquier medida. La experiencia de los países que llevaron a cabo la transición del comunismo al capitalismo en nada tuvo que ver con la forma en que el capitalismo se desarrolló en Europa y América a partir del siglo XVII, sobre todo. La primera lección es que no existía un patrón que forjase paso a paso el llevar un país del comunismo al capitalismo, de la economía de plan a la economía de mercado, del totalitarismo a la democracia.

Los ejemplos de Estados Unidos, Inglaterra, Francia o Alemania en nada sirvieron. Allí, en cada uno de esos países, se impusieron su historia, sus costumbres; y el capitalismo democrático que se ha ido consumando ha sido diferente en cada uno de los casos. Nada que se pronosticó de antemano sucedió luego. Lección que debemos aprender para nuestro caso.

Ninguno de esos países, que en el siglo XXI admiran por sus conceptos de democracia y libertad, fueron perfectos en sus comienzos. Estados Unidos arrancó proclamando que todos los hombres tenían determinados derechos inalienables concedidos por el Creador, como la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad, pero tal concepto universal excluía a los negros. El derecho al voto se defendía con uñas y dientes, pero no incluyó a las mujeres hasta el siglo XX. Fue necesaria una cruenta guerra civil para eliminar la esclavitud casi un siglo después de la independencia, y cien años después de la guerra civil una gigantesca movilización, que costo sangre, sudor y lágrimas, por los derechos civiles.

Inglaterra y Francia establecieron modelos de democracia en sus países, y al mismo tiempo bochornosas caricaturas en sus colonias. La “pérfida Albión” daba alimentos salados , pero no agua, a Jomo Kenyata cuando estaba en la cárcel tras la rebelión de los “mau-mau”, para horas después darle botellas de ginebra, con la intención de alcoholizar a quien posteriormente sería el líder de la naciente nación independiente de Kenya. La Francia de la “liberté, egalité y fraternité” expandió el código napoleónico por Europa, pero sus verdades no aplicaban para el Haití independizado en el Caribe. Ambas potencias defendían determinados derechos humanos en sus propios países, pero aplastaban con mano de hierro, a sangre y fuego, y sin misericordia, cualquier intento de obtener algo aunque fuera parecido en sus colonias.

Alemania, cuando Marx y Engels escribieron El Manifiesto Comunista en 1848, todavía no era una nación unificada, y después de serlo “aportó” a la historia universal, además del autoritarismo extremo y sus impresionantes logros de ingeniería y tecnología, entre otras cosas, dos guerras mundiales, las cámaras de gases, y el holocausto judío.

Italia vino a unificarse hace más o menos siglo y medio, y debió pasar, entre otras cosas, por su Duce, su ridículo imperio colonial y su fascio para llegar a la actual democracia. España y Portugal son en estos momentos democracias, sí, pero con menos de cuarenta años de historia en su versión moderna. Bélgica y Holanda, modelos democráticos actuales, se horrorizarían de simplemente imaginarse si en sus propios territorios se vivieran las masacres que sus tropas coloniales impusieron en el Congo e Indonesia.

Entonces, si a las cuatro “lumbreras” del mundo occidental, y a sus “periferias” europeas más pequeñas, pueden señalarse esos pecados, ¿qué nos lleva a creer que los cubanos, por obra y gracia del espíritu santo, resolveremos milagrosamente todos nuestros problemas y disfrutaremos de una democracia perfecta e inmaculada tan pronto como salgan de esta vida los dos hermanos Castro? Si para construir un marco constitucional ejemplar en 1940 tuvimos que pasar por las mil y una noches de conflictos, caudillos y “revoluciones”, y solamente nos duró doce años, nada perfectos, por cierto, con la acción de pandilleros y ladrones en paralelo con nuestro ¡constitucionalismo” de orgullo, ¿por qué vamos a pensar ahora que vamos a resolverlo todo muy rápidamente tras Fidel y Raúl Castro, sin dificultades, zig-zags, marcha atrás, fracasos, decepciones y frustraciones?

Además, habría que ir más atrás de 1940-Constitución, para recapacitar aquellos aspectos propios de la nación que se comenzó a construir en 1900 que quedaron inconclusos, aquellos que derivaron efectivos, y los que condujeron a errores. Un punto de inicio debería ser estudiar las opiniones y debates que llevaron a forjar la nación; en especial los que tuvieron lugar en torno a la constitución de 1901 para la inauguración de la República en 1902.

Y, lamentablemente, más allá de un grupo de historiadores y algunos estudiosos, ¿cuántos cubanos en la Isla o el exilio han estudiado los debates que condujeron a la proclamación de la Constitución de 1901? Más aún, ¿cuántos han podido leer los de la Constitución de 1940? Independientemente del interés o la vocación de los cubanos dentro de la Isla, el acceso a las actas de la Constituyente que desembocó en la Constitución de 1940 no es público ni libre, sino que está restringido a quienes tengan las autorizaciones de “los niveles correspondientes”. Incluso la misma Constitución de 1940 no es de fácil acceso en el país, y la de 1901 es rara avis entre el vulgo, solamente significativa para los entendidos. (Ambos documentos, la Constitución de 1901 y la de 1940, así como la Enmienda Platt que lastró el nacimiento de nuestra primera República, puede consultarlos el lector de Cubanálisis-El Think-Tank en nuestra sección “Documentos para conocer la historia de Cuba).

Pensar exclusivamente en la Constitución de 1940 es partir del falso supuesto de la existencia de una nación. Verla desde 1900 es tener en cuenta que se debe construir una distinta nacionalidad. Pues eso es lo que sucedió en todo el ex bloque soviético. Allí no fue sólo un mero cambio de modelo económico y político, sino que ante el desmembramiento territorial, étnico, y el entronizar una formación socio-económica diferente, se tuvieron que edificar nuevas naciones.

1900 nos permitiría entrar en el debate ante un horizonte transformado. Allí se discutió si era plausible un sistema parlamentario o no, una presidencia fuerte o débil, un Estado laico o religioso; y se llegó a la salomónica conclusión de que lo esencial resultaba fortalecer las instituciones administrativas, financieras y judiciales en especial. Aunque esto pueda parecer muy poco, gestar el nacimiento de una nación con principios de esa naturaleza es algo que no todas las sociedades pueden mostrar en la historia de sus naciones.

La República en 1958 aún se hallaba en pleno período formativo; estaban pendientes asuntos como la necesidad de consumar la incorporación de la población negra a las instituciones y la sociedad civil, desniveles económicos regionales, un horizonte político que aún no había cuajado en los ideales democráticos, un Estado cuasi benefactor que aupaba la corrupción, bolsones de pobreza, extensas áreas ausentes de servicios como escuelas, electricidad, carreteras, acueductos y alcantarillados, una desigual distribución de la riqueza y las tierras, desempleo, analfabetismo y muchos problemas más.

A todo ello, el mundo moderno globalizado ha incorporado como imprescindibles en nuestros tiempos un grupo de actividades económicas, sociales y políticas que antaño, cuando fue proclamada la Constitución de 1940, no se tenían en cuenta, pero que ahora se va considerando “incivilizado” o “subdesarrollado” ignorar, como la ecología, los derechos por sectores (etnia, género, edad, preferencias sexuales), la protección del medio ambiente, de la flora y la fauna, la conexión digital, y demás.

Entonces, no tiene sentido pretender que la Constitución de 1940 resultaría una especie de “ungüento de la Magdalena” que resolvería milagrosamente todos los problemas de la nación. No se trata de que tal documento constitucional sea algo inservible o bochornoso, o que no nos aporte nada, sino que hay que verlo como un elemento más del gran reto que tendremos por delante, y no necesariamente como el único ni el perfecto, desconociendo a todos los demás.

Cuba a la luz de las transiciones post-comunistas

Los regímenes del bloque soviético no eran bloques monolíticos ausentes de pugnas intestinas, de corrientes políticas diversas, de pugnas de grupos de intereses que iban desde los socialdemócratas reformistas hasta los estalinistas ortodoxos, y de conflictos nacionalistas, étnicos y religiosos que no siempre salían a la superficie. La visión de la sociedad uniforme estalinista no se logró repetir en todo el bloque soviético ni en el “socialismo real”. El marxismo, a su vez, no logró uniformar la sociedad, ya que siempre existieron diversas y contradictorias interpretaciones de ese pensamiento.

En esas sociedades “socialistas” siguieron existiendo grupos de intereses diversos, como pequeños propietarios, pequeña burguesía urbana, comerciantes, gitanos, musulmanes, minorías nacionales. Se debatía o se ignoraba el debate acerca de cómo desarrollar la economía, de cuál tipo de educación necesitaba la sociedad, de cuál debía ser la posición del Estado ante la cultura, de cuáles debían ser las prioridades presupuestarias, de cuál la política pública hacia la sociedad. Demasiadas preguntas quedaban sin respuestas. Precisamente el mundo de la economía ilegal o del mercado negro gestó y consolidó esas capas sociales, a pesar del partido único, la centralización extrema y el estado leviatánico empeñado en proletarizar a toda la sociedad. Esos estratos tenían una cultura política que divergía con la oficial, y que cada vez era más amplia, más grande y más fuerte.

Por muchos años los estudios “occidentales” sobre el sistema comunista (incluido el cubano) se centraban sólo en la cúpula del poder o en las personalidades políticas relevantes, en los caudillos tipo Mao, Tito, Ceaucescu y Castro, sin concederle peso a los estratos sociales contrarios a la concepción oficial, a los grupos dentro del entramado del poder. Solamente unos pocos visionarios lograron vislumbrar el peso del crecimiento de las poblaciones musulmanas en la desintegración de la Unión Soviética, o el papel del campesinado y de los “chinos de ultramar” en el despegue vertiginoso y crecimiento acelerado de la economía china.

Las tendencias económicas y sociales dentro de la sociedad, aparte de la oficial, o las características de las regiones dentro de un país, no fueron tomadas en consideración, pero son las que han prevalecido en las transiciones post-comunistas.

Ninguno de los partidos comunistas del antiguo bloque soviético, incluyendo el cubano, resultaba una maquinaria disciplinada de arriba a abajo, sin criterios, y manipulada totalmente desde la cúpula. Esa es una visión generalizada durante la guerra fría y extraída de la colectivización forzosa estalinista y del terror masivo del maoísmo. El proceso dentro de cada uno de tales partidos conllevaba una pugna intensa por acomodar intereses regionales, de grupos a veces ingobernables, de interacción de intereses económicos regionales, y de intereses enfocados exclusivamente en corrupción y enriquecimiento ilegal.

Las pugnas y políticas durante la NEP, la desestalinización en la URSS (elegantemente llamada “deshielo”), el levantamiento húngaro, el “sectarismo” y la “microfracción” cubana, la Primavera de Praga, las reformas húngaras, no son cambios estratégicos introducidos por la cúpula, sino resultados de presiones internas de grupos con diferentes horizontes políticos.

En Cuba se vio no solamente en la micro-fracción, sino también en la pugna por los estímulos morales o materiales, en las diversas posiciones entre una estrategia azucarera o la vía de la industrialización, en los choques entre el “sistema de financiamiento presupuestario” guevarista y el “cálculo económico” clásico-soviético, en el nuevo y fresco marxismo de enfoque “guerrillero” y “occidental”, coqueteando con la “nueva izquierda” norteamericana y el marxismo-no-leninismo con guiños al trotskismo y al marxismo “tercermundista”, propugnado desde los predios de Filosofía de la Universidad de La Habana y la revista “Pensamiento Crítico”, en “el castrismo y la larga marcha de América Latina” frente al tradicionalismo soviético de los partidos comunistas anclados en la Tercera Internacional y las órdenes desde Moscú, en los esfuerzos por introducir la descentralización en la economía en la década de los setenta, y en los intentos de establecer un nuevo sistema de dirección y planificación de la economía tras la debacle de la zafra de los diez millones, entre otros ejemplos, reflejando cada uno de ellos una lucha muy solapada entre corrientes y fracciones, muchas de las cuales fueron liquidadas por las que lograron imponerse y prevalecer, casi siempre las que tenían la bendición de Fidel Castro.

La historia del bolchevismo, donde se desechó sistemáticamente la democracia interna y los conceptos del consenso y la negociación para sustituirlos por el funesto “centralismo democrático” y la imposición de un grupo prevaleciente sobre los demás, es una interminable cronología de pugnas intestinas intrapartidarias, de grupos que no sólo reflejaban la ambición de poder sino formas dispares de cómo construir la sociedad comunista. Los países del antiguo bloque europeo oriental también resultan un corolario semejante. El maoísmo no está lejos de tal esquema, y los años finales con la subsiguiente reforma económica china dan prueba de esta sociología.

La perestroika y el glasnost de Gorbachov eran nada más y nada menos que las mismas posiciones enarboladas por la “oposición de izquierda” de León Trotski, y por el modelo de sociedad y economía socialistas que defendían Nicolás Bujarin o Evgueni Preobrazhenski ante el estalinismo en la década de los veinte. Las reformas económicas introducidas por Deng Xiaoping en China eran una resurrección de las posiciones que defendía el “revisionista” Li Li Sang contra Mao Zedong en los inicios del Partido Comunista chino. La “institucionalización” cubana de los años setenta, o la “actualización” del modelo que propugna Raúl Castro en estos momentos, tienen sus orígenes en las críticas y el pensamiento de los “micro-fraccionarios” cubanos detenidos y aplastados en 1968, y de los “tecnócratas” defenestrados por Fidel Castro tras el tercer congreso del partido comunista cubano en 1986.

El sistema comunista encerraba grupos de intereses contrarios, que manifestaban los intereses de diferentes clases y estamentos de tal sociedad (elite política, burocracia, nueva clase media, campesinos y pequeños propietarios privados) así como diferentes consideraciones ideológicas sobre el marxismo (centralización-descentralización, estatalización total-estatalización solo de los puntos claves de la economía, integración al mundo capitalista-aislamiento del mundo capitalista, unipartidismo-multipartidismo).

Al igual que podemos explicarnos la socialdemocracia del siglo XX y XXI en Europa occidental y el extinto euro-comunismo como un desprendimiento del marxismo leninista propugnado por Moscú, una visión diferente de cómo debe ser la sociedad socialista en Europa occidental, dentro del ex bloque soviético existieron infinidad de variantes de cómo establecer tal sociedad, abanderadas por diferentes grupos y personalidades. En estos regímenes existían las tendencias grupales capaces de reformar los mismos desde su interior. El que hayan sido abortados en sus intentos no exime su posibilidad, como lo han demostrado los húngaros y los eslovacos en su actual transición, que se encuentran entre las más exitosas del post-comunismo europeo.

La incapacidad de aprehender esta dinámica grupal en el interior de tales sociedades llevaría a conclusiones generales que serian incapaces de pronosticar las tendencias predominantes y la actual situación de las transiciones en el anterior bloque soviético. Por eso, la forma en que se desplomaron los regímenes del “socialismo real”, y en que se han desarrollado las transiciones, luego de la euforia inicial, ha sorprendido a los politólogos, porque muchos grupos relacionados con la cúpula de poder de antaño al final lograron sobrevivir a la caída del comunismo y se transformaron en fuerzas políticas o económicas dentro de la actual transición en sus respectivos países.

La “cultura guerrillera” en el totalitarismo cubano

El castrismo constituye un ejemplo saliente de polarización y colisión generacional, de facciones y clanes, que se han regenerado y remodelado al paso del tiempo, y están presentes, agazapados, esperando su momento propicio. Varias cofradías se dibujan en este retablo cubano, con agendas difusas y estrategias de supervivencia, aglutinados alrededor de una figura política poderosa, de antiguos jefes guerrilleros, de caciques ministeriales, de generales y jefes de ejércitos, y de secretarios provinciales del PCC y líderes territoriales, en medio de una constante puja, y conspiraciones, y donde las estructuras y cargos del poder formal o las relaciones familiares representan mucho menos que las lealtades forjadas al calor de la cultura guerrillera.

Estas posiciones de grupos han pesado en la política interna y externa del castrismo, y mucho más aún tras la enfermedad y desplazamiento de Fidel Castro y el surgimiento del neocastrismo bajo la dirección de Raúl Castro, y se harán sentir con mayor intensidad en cualquier transición. Las máximas figuras en la élite castrista se han movido siempre dentro de las instituciones, pero a la vez dentro de sus propios feudos -territoriales o socio-sicológicos- , acompañados de “su” clientela, sus fieles y adeptos, al estilo de los patricios romanos.

La preocupación fundamental en la élite cubana es la sucesión política y si ella podrá realizarse a partir de los débiles instrumentos legales y constitucionales existentes en el país o deberá establecerse por la fuerza y la represión. Porque en ningún momento esa élite vislumbra un escenario democrático, donde la voluntad “del pueblo” vaya a ser tenida en cuenta a la hora de distribuirse poderes, territorios, privilegios y espacios económicos. Por eso la crisis dentro del régimen devendrá aguda, pues la transición postcastrista puede tener lugar en medio de una lucha brutal entre los grupos e individualidades para ampliar sus espacios de poder y sus agendas políticas. Dentro de los nuevos tecnócratas y burócratas ministeriales y empresariales existe la inclinación hacia una reforma económica y una renovación política que se hará más patente en una transición, mientras que los “guerrilleros” y los “históricos” mantienen su mentalidad de atrincherarse a partir de “columnas”, “frentes”, y de “¿en que fecha fue que tú te alzaste?”.

Todo indica que en su período inicial, la eventual transición en Cuba no tiene formas ni mecanismos para escapar a una crisis. La débil historia democrática del país, la violencia política, la presencia de grupos en pugna dentro de la esfera del poder y de las fuerzas armadas y las instituciones de la seguridad, el caudillismo, la militarización de la sociedad, las presiones “desde afuera” de un exilio que puede decidir muy poco como entidad en “la hora de los hornos”, la vasta cantidad y la debilidad de organizaciones internas de oposición y disidencia contra el régimen, la limitada aceptación del papel de la Iglesia en un eventual proceso de negociación, la falta de una visión general del camino a seguir (donde hasta ahora está más claro para todos lo que no se desea que lo que verdaderamente se desearía), el aislamiento del país con respecto a sus vecinos, que los dificulta para una circunstancial mediación a tiempo, los diferentes y dispares grupos internacionales con intereses en Cuba y en su futuro, y el desconocimiento general sobre el retablo político interno, más allá del casi moribundo Fidel Castro, son elementos que no contribuyen para nada a que se pueda pensar que se podría producir fácilmente una transición pacífica.

La sucesión en Cuba debería ser una preocupación importante de la política de Estados Unidos hacia América Latina, y de la seguridad regional para todas las naciones del continente. La postura que adopte Estados Unidos frente a una transición que comience podría tener derivaciones trascendentes en el proceso de sucesión, en especial en la formación y consolidación de grupos, en los alineamientos de coaliciones pro-democráticas, y en los principales líderes, tanto los existentes como los que puedan surgir potencialmente. Si Estados Unidos no logra situarse a la altura de las circunstancias en el momento decisivo, no para intervenir y ordenar, sino para colaborar y facilitar, la transición puede resultar una sorpresa muy desagradable en la región.

Es un sinsentido en el escenario cubano considerar que la democracia resurgirá simplemente porque “muerto el perro se acabó la rabia”, y que sería cuestión de algunos meses o cuando más de un par de años para restaurar una democracia, con elecciones transparentes y multipartidistas, que, por otra parte, ni era perfecta ni fue siempre respetada, y como si no hubieran existido “manengues”, robo de urnas, incendios provocados en juzgados para hacer desaparecer los registros electorales, pucherazos y golpes de estado.

Desde el momento mismo de la desaparición física de Fidel y Raúl Castro, tan pronto terminen los grandiosos funerales, existirá un período, que puede tomar años, donde se va a determinar quién o quiénes van en definitiva a regir los destinos de la nación, pero que de seguro no van a ser personas que residan en Miami y que serían llamadas con urgencia para regir los destinos de la futura nación; y esa definición del futuro nacional va a tener lugar en medio de una lucha brutal entre los grupos para imponer su hegemonía de poder en la nación y definir su programa político, que no por ser de un grupo o una camarilla tiene que estar más claramente definido que el de cualquiera de sus adversarios.

Existen, por tanto, razones para juzgar la eventual transición hacia la democracia en Cuba desde el mismo ángulo de complejidad e incertidumbre: porque es parte de la cultura política del país, por cualquier razón; ya que esa ha sido la historia del castrismo; puesto que el régimen castrista (y sus instituciones, incluyendo las armadas) está actualmente plagado de grupos en intensa querella; porque el exilio y la disidencia interna (lo que hoy percibimos como la parte más moderna de nuestro quehacer político) responden al mismo esquema de intensas pugnas de partidas (no partidos) y caudillos.

La transición no se va a circunscribir a un proceso de reforma económica hacia una economía más o menos mixta, de mercado, o de cualquier otro modelo, y a la eliminación de vetustas restricciones “políticas” leoninas, como los “permisos de salida” y la flexibilización de infames regulaciones, como los mecanismos de “peligrosidad pre-delictiva”. Esa transformación de la realidad económica cubana será el aspecto más sencillo y, a la vez, el que más rápidamente comience a mostrar sus resultados a favor de la población y sus niveles de vida, fundamentalmente en lo referente a la alimentación, vestuario, transporte y condiciones de vivienda (en ese mismo orden precisamente).

La transición resultará un escenario de batalla política donde el desplazamiento hacia una agenda de economía abierta se realizará con más rapidez que en la política. Aquí, las alianzas políticas tendrán más peso que el argumento de si la economía militar de las fuerzas armadas se halla en un proceso más flexible y experimental que el resto de la economía nacional. Y no habría que sorprenderse si en un plazo relativamente breve se impone determinada laxitud a los mecanismos de autorización de la inversión extranjera y la creación de empresas mixtas, incluyendo la participación de capitales de exiliados cubanos. Pero todo esto, siempre, desde el punto de vista de acelerar las “reformas económicas”, quedando pendiente de solución la compleja gama de todos los aspectos jurídicos y legislativos que deberán acompañar estos procesos, y cuya velocidad y profundidad dependerán de cómo se diriman las pugnas por el poder dentro de la élite.

De todas maneras, la casta militar cubana se halla en el poder, y no solamente dentro de las estructuras y mecanismos de las fuerzas armadas y el ministerio del interior, y la “solución militar” a la sucesión, es decir, el control directo desde el ejército sobre el gobierno, implica mayor peligro que si esas fuerzas armadas fuesen sólo árbitro de grupos civiles en disputa. Lo que tenemos entonces en realidad, en el contexto de la eventual sucesión, es desde ya mismo una sucesión en crisis con todas sus complejidades y eventualidades.

Para tener una aproximación a la hipotética transición, es necesario analizarla desde un prisma de luchas de grupos que tiene lugar en la cúpula del poder, en las fuerzas armadas y el ministerio del interior, en la disidencia y la oposición, en el exilio. En su período inicial, y que puede abarcar años, la transición en Cuba no tiene formas ni mecanismos para escapar a tal destino.

Casi todos los análisis políticos sobre el futuro de Cuba se han hecho soslayando este elemento decisivo. Para eso se impone esclarecer los entresijos del poder político del castrismo y el neocastrismo, identificar no solamente los viejos grupos (los llamados “sospechosos habituales”), sino también los nacientes, y los posibles. Es necesario distinguir las personalidades con verdadero poder, sus inclinaciones políticas y sus alianzas, y no confundirles con los ejecutores visibles de ese poder, que pueden haber disfrutado o disfrutar de sus quince minutos de fama, o tener cierto “name recognition” y aparentar un poder que no vas más allá del vicariato, es decir, poder que pueden ejercer “en representación de” pero no por derecho propio, y que se les puede cercenar de un momento para otro, porque no disponen de liderazgo efectivo ni de ningún poder de convocatoria, ni disfrutan verdaderamente de ningún poder real, sino exclusivamente vicarial.

Así ha sido en Cuba desde 1959 hasta ahora, y así será, con o sin los hermanos Castro en vida, mientras la “cultura guerrillera” y las individualidades “históricas” que la sustentan se mantengan, mientras siga imperando como principal y en casi todas las ocasiones el único mecanismo de legitimación la ya anteriormente mencionada famosa pregunta de “¿en que fecha fue que tú te alzaste?”.

Interrogante a la que nunca podían responder esos delfines ungidos por Fidel Castro, como Carlos Lage, Felipe Pérez Roque, Carlos Valenciaga, Otto Rivero o Hassan Pérez Casabona. Ni tampoco pueden ahora responder Alejandro Castro Espín o su hermana Mariela, ni “Fidelito” Castro Díaz-Balart o “Tony” Castro Soto del Valle, de ahí que todos ellos (tanto los “tronados” como los que están en el actual “hit parade”) puedan ocupar determinados cargos de gobierno o espacios en los medios de difusión y llamen la atención de la prensa extranjera y la academia despistada, pero nunca serán los verdaderos herederos del poder ni tienen la más mínima posibilidad de serlo, por mucho que los “expertos” juren cualquier cosa en contrario. No es lo mismo heredar la mansión con piscina y muchas comodidades, el yate o los viajes al extranjero, por ser el vástago de un personaje histórico, que heredar las riendas del poder, reservadas única y exclusivamente para los guerrilleros que en las sierras han sido.

A partir de estos criterios, hay que seguir los pasos a los grupos e individualidades con verdadero poder en Cuba, mezclados y confundidos en la política general del país, y seguir su desarrollo, los choques internos, las movidas de alianza. Y eso solamente se puede lograr analizando fríamente, sin prejuicios ni ideas preconcebidas, sin querer o tener que aceptar el mito de la “unidad monolítica del liderazgo revolucionario” o el de la “fidelidad eterna” de los “históricos a esta o aquella personalidad. Las lealtades de 1959 o hasta las del 2006, no son las mismas en estos momentos, ni tienen por qué serlo. Figuras encumbradas del liderazgo han fallecido o han perdido su protagonismo por diversas causas, y otras que años atrás no despuntaban tanto se encuentran ahora en las cimas de la élite.

Y nada sería más falso que creer que a la muerte de los hermanos Castro, y principalmente la del Comandante en Jefe “aquello se desmorona como un merengue en la puerta de un colegio”. Aferrarse a esos criterios solamente demuestra una tozudez rayana en la irresponsabilidad, una ignorancia digna de antología, o ambas cosas a la vez.

Sólo a partir de un enfoque realista y frío es que podrían identificarse con mayor certeza la opción u opciones de la transición; cómo se va a desarrollar la misma; qué intereses internacionales puede afectar cada una de ellas; qué modalidad política le espera al país; qué problemas de seguridad regional se van a gestar. Sólo a partir de ello es que se puede considerar de qué manera es posible influir, desde ahora, y desde dónde, en una solución no traumática para el pueblo de Cuba y afín a la ética política, seguridad e intereses de los países de la región.

- V -

Preparando el post-castrismo

En los últimos años se han manifestado dos visiones de la relación existente entre cultura política y democratización en la Isla. De acuerdo con la primera, la cultura política estilo a la que tuvo lugar durante la Republica, con la que simpatiza el exilio más vetusto y una parte de la oposición interna más vinculada a tal exilio, que ven todas las soluciones por este camino, está llamada a generar obstáculos a la democratización, en la medida en que contribuye a una eventual involución.

Conforme a la segunda visión, que se inclina hacia una visión idealista de un perfecto socialismo escandinavo, se le considera portadora de los defectos de la larga decadencia de los regímenes burocráticos comunistas, pero intenta buscar soluciones que no pongan en entredicho los “logros” de la revolución, básicamente en la salud pública y la educación.

Aunque la población manifiesta una reacción común ante el régimen -un rechazo mucho más instintivo e intuitivo que razonado y elaborado-, entre los grupos de oposición existen diferencias profundas relacionadas con la religión, la sociedad, la raza, las personalidades, las corrientes filosóficas, y el grado de relación o no con la etapa comunista. De ahí que una victoria mancomunada de los diversos movimientos podría implicar el inicio de los conflictos que el pluralismo conlleva. Lo cual, a pesar de todo, sería mucho más positivo y conveniente que la imposición por la fuerza de un único grupo por sobre todos los demás.

Las divisiones dentro de la élite comunista gobernante en el ex bloque soviético permitieron que sectores de la sociedad civil participasen en un proceso de negociación política, como resultado de un pacto entre el gobierno y la oposición. Pero ello no se ha dado en el caso cubano, a partir de la sempiterna posición de Fidel Castro de desacreditar todo pensamiento diferente como “mercenario” o “lacayo del imperialismo”, deslegitimando toda oposición o disidencia, tanto de “adentro” como de “afuera” de su círculo cerrado.

Los factores internacionales son adversos para el camino chino en Cuba, y muy particularmente teniendo en cuenta que no es lo mismo ese “modelo” al otro lado del mundo, y en una gigantesca nación, que en una pequeña Isla en pleno traspatio -¿o patio?- de Estados Unidos. Además, el modelo chino requiere tiempo y la confianza del campesinado, así como de un Deng Xiaoping que en Cuba no se vislumbra todavía, y el aporte de los “chinos de ultramar”, escenario muy lejano hasta estos momentos para Cuba, dado el trato y el enfoque del régimen hacia los cubanos en el exterior, que aunque hayan pasado poco a poco de “gusanos” a “comunidad”, posteriormente a “escoria”, después a “emigrantes” en abstracto, y recientemente a “emigrantes respetuosos”, todavía son vistos con recelo por la élite militar, que no simpatiza con su participación en el proceso cubano más allá de que aporten recursos sin exigir nada a cambio. En lo interno la situación se mostrará caótica.

Por otra parte, el exilio cubano y la disidencia interna van a ser factores políticos de peso frente al futuro gobierno de Cuba, pero no son vistos todavía como eventuales “contrapartes” para ningún tipo de negociación, ni siquiera de las más elementales. La Iglesia Católica, en los últimos dos años, ha logrado avances en este sentido, al participar frente al régimen en el proceso que condujo a la excarcelación de más de un centenar de prisioneros políticos, casi todos los cuales partieron al destierro junto a sus familiares.

Este relativo éxito de la Iglesia, de hecho el único logro evidente y publicitado nacional e internacionalmente de la sociedad civil cubana en más de medio siglo, unido al no menos significativo de lograr la realización de dos visitas papales en un plazo de catorce años a la nación latinoamericana menos católica del continente, ha proyectado el papel de la Iglesia como factor de facilitación política y social y de mecanismos de encaminar consensos, que le está llevando a tener un papel no solamente mucho más visible en una eventual solución del drama cubano, sino también un reconocimiento internacional por su actividad.

Pugnas y pujas

Sin embargo, una parte significativa del exilio, y disidentes dentro del país que han sabido ganarse un prestigio y reconocimiento por su actividad, no comparten el enfoque de la jerarquía de la Iglesia Católica, o al menos de su más alta representación, el Cardenal, por algunas posiciones contradictorias de esa máxima jerarquía cardenalicia, o al menos que son percibidas así por muchos cubanos tanto dentro como fuera de la Isla. En cierto sentido, el Cardenal actúa, dicho esto con todo el respeto, con la misma doble visión -doble moral- con que lo hace Mariela Castro en el tema de la educación sexual.

Mariela Castro proclama la necesidad de la tolerancia y la no exclusión en materia sexual, pero ignora el derecho a la diversidad en temas políticos y sociales, y apoya el discurso político del régimen, que excluye a todos quienes piensen diferente, por considerarlos, sin excepción, como “contrarrevolucionarios”, “mercenarios” o “asalariados del imperio”. El cardenal, por su parte, habla de consensos, reconciliación y amor, al mismo tiempo que lanza sus fuegos contra disidentes que ocupan pacíficamente una iglesia o quienes se expresan abiertamente en contra del gobierno, y las publicaciones de la iglesia pretenden excluir, de hecho, a quienes no acepten el papel protagónico e incuestionable de la Iglesia.

No se trata de que deba apoyar la ocupación de una o varias iglesias, incluso ni siquiera que intente que sean desalojadas por las fuerzas policiales sin el uso de la fuerza -el Cardenal no dispone de fuerzas propias para hacer desalojar la iglesia- sino de que no lance ataques desafortunados sobre los participantes en el hecho muy parecidos a los que lanza el régimen en situaciones similares. ¿Era necesario llegar a esa peculiar coincidencia para expresar rechazo a la ocupación pacífica de esas iglesias?

Sin embargo, en un nuevo giro de los acontecimientos, que demuestra los muchos escenarios con que sabe y suele trabajar la iglesia, el vocero del Arzobispado acaba de declarar que el régimen debería “prestar mayor atención a las minorías, sean políticas, culturales o religiosas, no ignorarlas y garantizarles sus derechos”, lo que es una posición radicalmente diferente a la manifestada hasta ahora.

A la vez, y repartiendo una de cal y otra de arena, en las mismas declaraciones se pide al gobierno de Raúl Castro “continuar de modo aún más decidido las reformas (económicas), cada vez con más transparencia y haciendo partícipes a los ciudadanos de las metas concebidas”, y a los opositores que “asuman en toda su magnitud y alcance la acción pacífica, que implica también abandonar la violencia verbal, la descalificación y el desprecio”. Además, muy crípticamente, válido para cualquier tipo de lectura que se pretenda, se les pide que “actúen siempre con transparencia y absoluta independencia”.

Sin dudas, la iglesia introduce elementos nuevos en el escenario cubano, para los cuales ni el régimen, ni los opositores, ni el exilio, y quizás hasta ni el gobierno de los Estados Unidos, están preparados. Es de esperar ver dentro de poco divisiones en la oposición interna y en el exilio con relación a la respuesta que merecería ese nuevo e inesperado enfoque de la iglesia católica, aunque las divisiones dentro del régimen, que de seguro existen, no podrán ser vistas tan fácilmente debido a su absoluta falta de transparencia, porque lo que no tendría sentido es que ninguno de los que deben ser protagonistas en este complejo escenario dejara pasar la oportunidad.

El reciclaje y la “nueva clase”

En el plano económico interno, no puede olvidarse que no hay recursos inmediatos para hacer competitiva la producción en el mercado mundial, y los niveles de compra de petróleo serán muy bajos si habría que depender de los recursos propios por alguna modificación de los escenarios de petróleo subsidiado que se recibe de Venezuela, más aún después del frustrante resultado para el régimen de la primera exploración de la plataforma de Repsol en aguas ultra-profundas del Golfo de México. Ese aspecto de la dependencia y disponibilidad de petróleo dependerá, además, de la evolución de la salud de Hugo Chávez y de las pugnas por el poder en Venezuela en los próximos meses,

Al limitar la exclusividad y privilegios económicos a la “nueva clase” es visible un conflicto entre los gestores surgidos de la nomenklatura y los de la sociedad civil. La comparecencia de una clase media empresarial -no vinculada con el régimen- presentará serias dificultades al hecho democrático y a la transición en sí misma. El carácter monopólico de esta economía ha contribuido a enriquecer hasta ahora a una nomenklatura portadora de un discurso anticapitalista, pero habría que ver hasta qué punto este nuevo grupo será enemigo de la libre competencia que la puede sacar del juego. Y el sentido común nos dice que, si le puede sacar del juego, ese grupo no verá con buenos ojos una limpia competencia, y hará todo lo posible por enturbiarla a lo Putin.

El inicio de la transición en Cuba, con una herencia económica y social funesta, no es el único problema, aunque sea uno muy complicado. Todo indica que la casta de directores empresariales y funcionarios estatales medios permanecerá en las burocracias estatales y empresas, como mismo ha sido en todos los países que han comenzado su camino hacia la transición post-comunista. La transformación al capitalismo democrático puede comenzar y comienza con ataduras políticas si gran parte de esta nomenklatura comunista trae consigo sus divisiones en grupos y clanes con programas políticos diferentes. Sin embargo, no hay garantías de que esto no sea lo que suceda, puesto que sería lo más “natural” en esta situación.

 

A medida que la nomenklatura comience a apropiarse de las empresas -por el camino que sea- , desaparecerá la base que sostiene el argumento de que el Estado-propietario es la suprema encarnación del interés nacional. La sucesión será un proceso que justificaría y garantizaría el poder de un grupo de militares y políticos mafiosos, que resultarán de una forma u otra la suma de ellos mismos y de sus circunstancias, para decirlo con lenguaje de Ortega y Gasset.

La desaparición del socialismo cubano -la definitiva y “oficial”, porque de hecho ya no existe hace mucho tiempo- responderá al fracaso de todas las reformas e intentos de superar el estancamiento económico y por fabricarle un rostro político democrático al abandono de los “logros” y las políticas populistas de “Papá-Estado”. Pero todas las décadas de comunismo puro y duro vivido en Cuba no alterarán el carácter nacional, el regional, el desbalance de desarrollo entre la capital y el interior, ni los conflictos raciales.

Las jóvenes generaciones cubanas tal vez no lo saben ahora en estos momentos, pero tendrán que aprender en la lucha por la vida que para el éxito de las reformas económicas se necesita más tarde o más temprano una práctica democrática, que no necesariamente comenzará a un 100% pura, pero que tendrá que tender a ello en la medida de las posibilidades, aunque de momento haya que aceptar situaciones de consenso para evitar la parálisis del país.

Tareas para quienes vengan detrás

Es debatible si la nueva élite profundizaría la actual imbricación de las fuerzas armadas en el manejo de la economía, como ha venido practicando hasta ahora y como se ha hecho en China, facilitando el enriquecimiento de los mandos militares, necesario en un régimen de fuerza, o si se seguirá llevando a una disimulada “vida civil” a la tecnocracia militar, que siempre se mantendría en la reserva, “por si acaso”. Hasta ahora, la élite se ha dedicado a transferir la propiedad estatal a manos suyas. Por eso, sin haberse aún declarado reformista y con una inexistente sociedad civil, Cuba puede enfilar hacia el autoritarismo típico de los países latinoamericanos, con independencia del alcance y las limitaciones de las eventuales reformas y aperturas económicas.

¿Será capaz el entramado político y gerencial postcastrista de hacer frente, con tolerancia y flexibilidad, a las reivindicaciones sindicales y obreras, ignoradas por el castrismo y el neocastrismo por más de medio siglo? ¿A qué compromiso llegará con la descomunal crisis de la salud? ¿Insistirán en la socialización de la medicina -en el estilo comunista o el socialdemócrata europeo- o darán paso a la privatización masiva del sector? ¿Mirarán hacia la salomónica solución que implementó nuestra vieja republica en ese campo?

¿Cómo se balancearán en la educación y los deportes los extremos de rentabilidad pura por un lado, y carga estatal por otro? ¿Se seguirán viendo como “derecho del pueblo” o habrá que dar paso a una enseñanza pública y privada, y a la admisión de la práctica profesional del deporte, dentro y fuera del país, sin considerar a esos deportistas “desertores” y negarles el reconocimiento de la población y su derecho a regresar al país cuando deseen, como es habitual en todas partes?

¿Se consumará el arbitrario despido masivo de mujeres en las industrias en pos de rentabilidad, cuando ellas componen el quórum primordial de la fuerza técnica? ¿Existirá la vista gorda en la prostitución, en aras de amparar el lucrativo turismo sexual?

¿Se mantendrá la actual composición racial en la estructura de poder político y económico, o se dará paso a estructuras y balances que reflejen las nuevas realidades, nunca reconocidas por el castrismo?

¿Se desplegará una estrategia real de protección a los cuentapropistas y cooperativistas para transformarlos en la columna vertebral de un verdadero salto en la producción, el consumo y los servicios, o seguirán rumiando con los remedios macroeconómicos, y aceptando la participación privada y cooperativa solamente como un mal necesario e inevitable, al que hay que asfixiar con impuestos y regulaciones aplastantes? ¿Habrá reparto de tierra en usufructo a lo Deng Xiaoping, o seguirá siendo a lo Raúl Castro?

En muchos países del ex bloque soviético, los opositores al comunismo, ya en el poder, se han inclinado por un régimen presidencial fuerte, casi absolutista y que ha sofocado al poder legislativo y dificultado el funcionamiento de una verdadera separación de poderes, base fundamental para un verdadero Estado de derecho.

Pero la instalación de regímenes autoritarios y personalistas coloca al Estado en una situación de crisis constante de legitimidad, y mucho más a un estado que no sea el resultado de un proceso electoral limpio y transparente que refleje la voluntad popular, aunque esa voluntad esté atomizada en infinidad de partidos, grupos y coaliciones.

Si bien es cierto que no constan las reformas económicas, previas a la caída del comunismo, que en los casos de Georgia, Polonia o Hungría facilitaron la transición hacia una economía de mercado, en Cuba la ideologización de las masas es irrisoria, la crisis económica es congénita, el exilio vinculado familiarmente a la Isla es trascendental para el futuro desde el punto de vista económico, el modelo castrista va muriendo sin instituciones a pesar de los esfuerzos de Raúl Castro por resucitarlas, y el rechazo popular al régimen es general, aunque no se sepa exactamente lo que se desea como substituto.

Por ello, el experimento socialista cubano no ha coagulado, a pesar de todos los años transcurridos, como para mantenerse cuando se produzca la desaparición política de Fidel y Raúl Castro.

Fragmentación de los protagonistas

El régimen de sucesión que trascienda a Raúl Castro, quienesquiera que sean los que se hagan cargo de las riendas del poder, será en extremo inestable y con un gran componente de volatilidad político-social, con evidente peligro de degenerar en la violencia política grupal, y estallidos sociales que podrían llegar a ser de gran envergadura. De este modo, Cuba continuaría siendo un problema interno de la política norteamericana.

Bajo ese nuevo poder tendrá lugar un lógico incremento de la oposición política de grupos de poder interno, que presionarían en varias direcciones, una de ellas la democratización política, pero no la única: las tendencias hacia una “dictablanda”, no tan brutal como el totalitarismo, pero con fuertes elementos de típico autoritarismo caudillista latinoamericano, no solamente tendrían aceptación, sino que en aras del “orden” y la “estabilidad” podrían incluso superar a las tendencias a la verdadera democracia.

Democracia de la que los cubanos que residen en la Isla, después de más de medio siglo ajenos a esa realidad, conocen muy poco, si es que conocen algo, y los cubanos del exilio, quizás mucho más experimentados en el funcionamiento democrático, no conocen demasiado de las realidades internas de un país que algunos de ellos abandonaron hace más de medio siglo.

Pese a todas las sendas por las que se transite, Cuba concluirá en un sistema democrático, cuyas características (neo-liberal, social-demócrata, economía mixta, sistema parlamentario, congresista, presidencialista, transición de terapia de shock estilo Polonia, economía dual estatal y privada a lo China, privatización paulatina a lo vietnamita, énfasis en las libertades individuales a lo checos, o en la eficiencia a lo húngaro, o de mentiritas como en Ucrania o Rusia, o “anexionista” a lo alemán) dependerán de las corrientes de reformas en la élite, conjuntamente con las de la sociedad civil, que se transformarán en partidos políticos, de los que en los primeros momentos veremos una infinidad tal que será difícil poder recordarlos a todos: no hay que sorprenderse de esta realidad, que ya se vive entre los opositores dentro de la Isla y en el exilio, en ocasiones por la “lógica” del pluralismo democrático, en ocasiones por miserias humanas de las ambiciones personales y los afanes de protagonismo.

Entonces, para legitimarse políticamente ante la ciudadanía, se vislumbra que ese nuevo poder, cualquiera que sea, querrá, al menos, adquirir cierta legitimidad económica, lo que en la realidad cubana actual se tiene que expresar antes que todo y lo más rápidamente posible en arroz, frijoles, carnes, aves, pescados, viandas, vegetales, frutas, dulces y café para la población, sin interesar de momento lo más o menos “saludable” de esas comidas o su contenido de azúcares y colesterol.

Después esa situación evolucionará de acuerdo a los conocimientos de la ciencia moderna, como en todos los países, y tal vez hasta haya espacio para esos “expertos” despistados que sueñan con convertir a Cuba inmediatamente en una nación absoluta y totalmente “ecológica” y “orgánica”, sin utilización de pesticidas y fertilizantes para la producción de alimentos, pero eso sería después que se eliminen las carencias elementales de más de medio siglo, que aunque no hacen llegar al país a la desnutrición, le sitúan a distancias siderales de lo que podría ser el verdadero consumo en Cuba con una agricultura que funcione, simplemente, de manera libre y sin interferencias del Estado.

Sin embargo, el nudo central será reconsiderar los procedimientos represivos, restaurar los valores humanos en la esfera del derecho y de las libertades individuales. Algo que se le fue de la mano a Gorbachev y que actualmente ya tiene recapacitando a las dirigencias china y vietnamita, para poder sostener el impetuoso crecimiento económico.

Las organizaciones políticas y grupos cívico-sociales que se conformen a partir de los elementos propugnadores del continuismo y los ex nomenklaturistas, por disponer ya de vínculos clientelares en el poder, información y experiencia, podrían resultar una fuerza electoral, si las diferentes variantes políticas y doctrinales del arcoíris democrático se mantienen altamente fragmentadas.

Es menester que la estructuración de los partidos y organizaciones cívicas respondan a programas y filosofías políticas y sociales, y no a la lealtad grupal, clientelar, con una figura caudillista, pero no hay garantías de que vaya a suceder de esta manera. Existe un profundo estudio de estas realidades y retos en las transiciones post-comunistas y su eventual expresión en las realidades cubanas por el Dr. José Azel, profesor del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami, titulado “Mañana in Cuba”, cuya versión en español no debe demorar en aparecer publicada.

Ello tiene lugar por la debilidad que entroniza la falta de “cultura del compromiso”, la escasa propensión que los dirigentes políticos cubanos muestran en la tolerancia de una oposición en sus organizaciones, y hasta de pensamientos disidentes que no lleguen a la oposición, de manera nada diferente, salvando las distancias, claro está, de los rechazos que propugnaban Stalin, Fidel Castro, Kim Il Sung o Mao Zedong a todos aquellos que no les admiraban incondicionalmente; la extrema personalización por falta de cultura política y partidaria; la precaria institucionalización de la nación; la atomización de la sociedad civil y su poca fortaleza; y la preponderancia de formas burocráticas de organización y actuación.

La transición en Cuba

 

La transición cubana resultará una interacción entre los grupos opositores actuales que pugnan por eliminar el comunismo, los nuevos partidos y la tecno-burocracia reconvertida en gerencia empresarial. La eventual participación del exilio, como entidad, será extremadamente limitada, aunque como individualidades no tendría que ser necesariamente rechazada, y posiblemente no lo sea.

 

Por eso será un proceso que tratará la democratización como una contingencia llena de incertidumbres, en el que ninguno de los participantes, aunque se lo crea, tendrá la respuesta necesaria para cado uno de los retos e interrogantes, y de nada serviría en esos momentos el conocimiento de cómo lo hicieron en Albania o Kazajstán.

 

El hundimiento del régimen burocrático comunista podría tener como uno de sus primeros efectos una rápida proliferación de partidos, muchos de los cuales serán la remodelación de grupos pre-modernos con escaso conocimiento de la democracia liberal. Por tal razón habría que evitar aquellas disputas domésticas revanchistas que pueden hacer perder mucho tiempo y esfuerzo, pero tampoco podemos tener garantías de que la sensatez, el pragmatismo y la realpolitik se puedan imponer a las pasiones y los egos cubanos durante esa extensa “temporada política de huracanes” que se extiende en la Isla desde el primero de enero hasta el treinta y uno de diciembre de cada año.

Se impondrá la división que hoy se enarbola, entre los valores cristianos y nacionalistas, por un lado, y las posiciones más seculares por el otro, acaso sumada la de orden territorial, entre la capital y las provincias, en cierto sentido un remedo del feudalismo y el caudillismo del que no nos hemos despojado todavía: al fin y al cabo, la región de Banes y las provincias orientales han influido decisivamente en los últimos sesenta años de nuestra historia, mucho más que otras.

Pero, con el devenir del tiempo deben reaparecer perfiles más ajustados al eje liberal-conservador. Sin una fuerte tradición en nuestro país, las posiciones conservadoras podrían encontrarse muy divididas y las liberales con mayor capacidad para configurar frentes comunes; pero en cierto sentido ambos pensamientos serán influenciados por determinadas tendencias de la socialdemocracia liberal y verdaderamente democrática, lo que no sería una novedad para Cuba después de haber vivido el proceso de “la revolución del 33” y la Constitución de 1940, aunque tal vez para ello deban pasar bastantes años.

También existirán, aunque a muchos no les guste, una línea continuista representada por la nomenklatura comunista reciclada, así como la de los ultra-nacionalistas, y la de grupos de tendencia y preferencia “nostálgica-revolucionaria”, pero pretender excluirlas por decreto sería una muestra perfecta de intolerancia y totalitarismo que se supone estaríamos dejando atrás.

 

La propiedad privada, las relaciones mercantiles y las elecciones, por sí solas, no garantizan el pleno ejercicio democrático, sin una verdadera separación de poderes, un Estado de derecho, una transparencia amplia y una obligación de rendición de cuentas periódicamente ante los electores, así como la obligación de someterse al voto y la voluntad popular cada ciertos períodos constitucionalmente determinados con anticipación.

 

Nuestra transición podría entrar en un callejón sin salida de darse el caso de estructuras autoritarias, minorías acaparadoras del patrimonio económico, y niveles de vida y consumo deprimidos, que llevarían a una división social y una exclusión masiva que desembocaría en cruentos conflictos en toda la nación. Es necesario entender, reconocer y aceptar que el ejemplo de las transiciones post-comunistas en todas partes ha demostrado que cuando las reformas sistémicas se llevan a cabo, las élites previas se hallan en mejores posiciones que el ciudadano corriente para aprovecharse de la transición.

 

En cierto sentido, eso es parte del precio para retornar a la libertad y el Estado de derecho, aunque muchos que nacieron después del ocaso de nuestra democracia se preguntarán, con razón, por qué deberían ellos pagar por faltas que cometieron otros antes que ellos hubieran nacido. En cierto sentido, es como la deuda de la nación creada por la dictadura, y que deberán pagar los cubanos que aun no han nacido. Vastos segmentos de la rancia nomenklatura comunista, evangelizados en el nacionalismo, la socialdemocracia, o hasta en el más repugnante oportunismo, tratarán de rehabilitar su capital político, entroncando sus incentivos y su propia conservación con el éxito del mercado.

 

Un sector importante de la nomenclatura que dirigía ministerios, órganos planificadores y grandes empresas estatales buscará reconvertirse en parte de nuevas clases dominantes. Tales partidos, bajo la cándida promesa de retornar al Estado benefactor, a ese Papá-Estado que se rechaza y se añora, en una especie de inexplicable relación de amor-odio o síndrome de Estocolmo colectivo-nacional, podrían recibir el apoyo de una parte del electorado, y en ocasiones hasta de la mayoría, inconforme con las crisis que se presentarán.

 

Más de veinte años después de la desaparición de la Unión Soviética, el Partido Comunista ruso se mantiene como fuerza electoral de importancia y gana adeptos continuamente. Lo mismo puede verse en otros países que escaparon del “socialismo real”, donde las viejas fuerzas se van recomponiendo y resurgiendo, tal vez no hasta los extremos de resultar un peligro para la democracia, pero si como alternativas de gobierno nostálgico o hasta demasiado “socialdemócratas”, en el sentido de enfatizar más en lo “social” que en lo “demócrata”.

 

Los problemas económicos y políticos que presente la transición pueden ser explotados por estos comunistas reciclados, quienes argumentarán contra el capitalismo “puro y duro”, “salvaje y crudo”, engendro de gangsterismo, el desempleo, la inflación, la disparidad de ingresos, y el peligro de desatender la educación, la salud pública y las pensiones. Y, aunque sepamos quienes son estos reciclados y lo que pretenderían realmente si pudieran, habría que reconocer que el fracaso de una transición a la democracia les crea el caldo de cultivo ideal para que prosperen y ganen adeptos, sea por frustración, candidez, rencores o convicciones.

 

En los procesos de transición en curso se ha configurado una nueva clase dirigente en la que se dan cita dos comunidades; si la primera presenta un cariz tecnocrático, la otra responde a un perfil “politocrático”, donde sus filas se nutren de intelectuales en una proporción muy superior a las politocracias de los sistemas democráticos.

Como acertadamente ha enjuiciado Juan Antonio Blanco:

“La transición de la sociedad cubana dará inicio a una nueva historia local de corta o mediana duración, que estará enmarcada y condicionada por los procesos de transformaciones radicales globales signadas por la transición planetaria de la Civilización Industrial a la de la Información. Al igual que hace dos siglos a las clases vivas de la nación se les presentó el desafío  -vislumbrado por Arango y Parreño y la Sociedad de Amigos del País- de cómo insertarse competitivamente en el nuevo proceso civilizatorio y en la arquitectura geopolítica entonces incipientes, a la clase política cubana que emerja de esta transición local le corresponderá encontrar el modo más sabio de insertarnos favorablemente en el nuevo tránsito civilizatorio mundial con el que ahora se abre un proceso histórico de larga duración para la humanidad. Y tiene que encontrar el modo de hacerlo dentro de las realidades geopolíticas del mundo actual y partiendo de una ambigua herencia”. (Juan A. Blanco. Pensando las Cubas posibles. Reproducido en Cubanálisis-El Think-Tank en noviembre 13, 2006).

 

Sin embargo, el grupo de mayor peso se sigue configurando con los directivos de empresas provenientes del viejo régimen comunista. Son estos últimos los que, reciclados, se han erigido en los triunfadores de los procesos de transición contemporáneos, y no todos, necesariamente, son malversadores o corruptos.

 

Y tampoco debe olvidarse que en Cuba, aunque aplastados por el sistema y la centralización absoluta, hay personas brillantes en el gobierno y las empresas que, en condiciones de verdadera libertad y democracia, podrían resultar exitosos y aportar significativamente al desarrollo y el progreso del país.

 

Este reciclaje de militantes de la casta rectora proveniente de las sociedades comunistas, en miembros y fundadores de nuevas organizaciones políticas y económicas de la transición, podría ser factible por hallarse estos -parapetados en los aparatos económicos y políticos- en una mucho mejor ubicación que la oposición, la disidencia y los exiliados, así como por la debilidad inicial que presentarán las fuerzas democráticas emergentes. Es cierto que los técnicos y profesionales buscarán a ultranza la transición sistémica, pero, desmoronados los modelos soviéticos, la línea continuista representada por la nomenklatura en estado puro está en bancarrota, pero en sus variantes camaleónicas ha logrado no solamente subsistir, sino también prosperar. Es desagradable tener que mencionarlo y reconocerlo, pero matar al mensajero de estas malas nuevas no es ni inteligente ni útil.

La formación apresurada de “partidos” en ausencia de una poderosa sociedad civil, y de una preparación democrática, de un programa político, económico y social, se manifestará negativamente en las primeras elecciones realmente multipartidistas que se celebren, en la poca disciplina dentro de los primeros bloques legislativos, puesto que los diputados no siempre seguirán las recomendaciones de voto de sus organizaciones, sino el de sus grupúsculos ajenos a sus partidos, o hasta sus criterios absolutamente personales y enfoques políticos o de votación “a mi manera”, sustrayéndose a las normas aprobadas por los partidos en cuyas listas fueron elegidos. Por eso, los partidos deben luchar, desde ya, por reafirmarse como la principal de las instancias futuras de cuantas desarrollen su actividad en los órganos legislativos de cualquier nivel.

La propensión a la fragmentación en nuestro medio puede verse acelerada por una paralela inclinación a la escisión, que si ha sido la norma en las transiciones post-comunistas también lo han sido desde casi siempre en nuestra realidad contestataria, de la que han sido muy buen testimonio el exilio y la oposición interna, donde se multiplicarían los grupúsculos de minorías débiles, en los que predominan líneas de división muy difusas.

Los límites de la separación entre los distintos grupos políticos opositores cubanos y del exilio -y también en el gobierno, aunque ahí han sido menos visibles- han resultado casi inexistentes y, en un medio partidista, el cambio de un partido a otro, o de un grupo a otro dentro de un mismo partido, resultaría frecuente.

Pensando en todas estas realidades, es que debemos ahora pensar en como podemos imaginar la futura democracia post-totalitaria cubana, teniendo en cuenta nuestros múltiples intentos y fracasos durante dos siglos para establecer, mantener y desarrollar una verdadera democracia cubana.

- V I -

La democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando.- Winston Churchill

¿Más documentos constitucionales que democracia?

En los últimos dos siglos se han elaborado 19 disposiciones constitucionales para la República de Cuba. De ellas, quince hasta 1959, y cuatro posteriormente. Algunas duraron muy poco, otras más. La que más tiempo ha estado vigente sin modificaciones fue la Constitución de 1901 (27 años), seguida por la Ley Constitucional de 1959 (17 años) y la Constitución de 1976 (16 años).

Véase el listado de los documentos constitucionales que se han elaborado para Cuba:

  1. Constitución de Joaquín Infante, 1812
  2. Constitución de Narciso López, 1851
  3. Constitución de “El Ave María”, 1858
  4. Constitución de Guáimaro, 1869
  5. Constitución de Baraguá, 1878
  6. Constitución de Jimaguayú, 1895
  7. Constitución de La Yaya, 1897
  8. Constitución de la República de Cuba, 1901
  9. Reformas de la Convención Constituyente de 1928 a la Constitución de 1901
  10. Estatutos para el Gobierno provisional de Cuba, 1933
  11. Ley Constitucional de la República de Cuba de 3 de Febrero de 1934
  12. Ley Constitucional de la República de Cuba (1935) y Disposiciones Constitucionales para el Régimen Provisional de Cuba
  13. Constitución de la República de Cuba de 1940
  14. Ley Constitucional para la República de Cuba de 4 de Abril de 1952 (conocida como los Estatutos Constitucionales del Viernes de Dolores)
  15. Constitución de la República de Cuba de 1940 (restablecida el 24 de Febrero de 1955)
  16. Ley Fundamental de la República de Cuba de 7 de Febrero de 1959
  17. Constitución de la República de Cuba de 1976
  18. Ley de Reforma Constitucional de 1992 (modifica la de 1976)
  19. Ley de Reforma Constitucional de 2002 (modifica la de 1992)

Tras doscientos años de documentos constitucionales de todo tipo (el primero se elaboró en 1812, en Cádiz, España) y diecinueve documentos constitucionales, los cubanos seguimos preguntándonos cuál sería el camino verdaderamente democrático que más nos conviene comenzar a transitar “el día después”, es decir, tan pronto como desaparezca el totalitarismo y comience una verdadera transición hacia... ¿dónde?

La elaboración de tantas constituciones y leyes fundamentales sólo demuestra la inconsistencia e inmadurez cubana respecto al hecho democrático, factor que se ha reflejado en las marchas y contramarchas democráticas, a partir de su creación como Estado independiente en 1902; no sólo en su vida republicana como nación, sino también en los factores políticos del exilio y opositores internos.

Independientemente de las opiniones y criterios de cada quien, y de las posiciones políticas y legales que pueda sustentar con todo su derecho cada cubano, si no se logra crear en Cuba las bases para un verdadero Estado de Derecho seremos derrotados nuevamente por la vida: parece elemental que dos revoluciones en una misma vida son demasiado para cualquiera, y los cubanos deberíamos estar hastiados de intentarlo siempre por la fuerza para terminar en callejones sin salida.

La violencia como opción a lo largo de nuestra historia

A lo largo de nuestra historia en los últimos dos siglos ha habido diversos intentos reformistas, autonomistas, anexionistas, que siempre recibieron desprecio en mayor o menor medida de parte de las posiciones más radicales, representadas en tiempos de la colonia por el abolicionismo y el independentismo, y después de 1902 por los “revolucionarios” de todo tipo, incluyendo en este grupo a los insurreccionalistas, anarquistas, socialistas, abecedarios, guiteristas, “sargentos”, “rebeldes”, miembros del 26 de Julio, miembros del Directorio, “auténticos” (de la OA, no del PRC), y todos los que veían las soluciones de nuestra nación a través de la lucha armada, y miraban de soslayo a todos los “dialoguistas”, políticos “tradicionales”, buscadores de consensos, constitucionalistas,  y demás.

Esta realidad ha sido válida tanto en los 56 años que se vivieron de república independiente como en los 53 que han transcurrido hasta el momento bajo el totalitarismo, y se repite inexorablemente, simplemente con ligeras variaciones de matices de acuerdo a las condiciones y posibilidades de cada momento histórico.

Y, aunque sería un ejercicio de historia plausible, acaso la vía del autonomismo nos hubiera llevado por un camino más sensato, dando tiempo a que madurase el funcionamiento de una sociedad democrática. No sin razón, el mismo José Martí precipitaría el levantamiento armado de 1895, temeroso de que el autonomismo se transformase en la opción para salir del control colonial.

Algo parecido sucedió a fines de 1958, cuando Fidel Castro y los “revolucionarios” de otras organizaciones se negaron a participar en las elecciones, y cuando rechazaron negociar con el presidente electo Andrés Rivero Agüero luego de que ocupase la primera magistratura el 24 de febrero de 1959.

Dentro del país, el enfrentamiento armado violento frente al totalitarismo se desarrolló en los primeros años de la revolución castrista en el poder, tanto en las ciudades como en las montañas, básicamente en la sierra de El Escambray, y fue aplastado a sangre y fuego tras centenares de muertos en combate, infinidad de fusilados, y condenas a largas penas de prisión.

Desde el exterior, la invasión de Bahía de Cochinos-Playa Girón fue el mayor intento de acción armada contra el castrismo, apoyado (a regañadientes, finalmente) por Estados Unidos, pero fue aplastado en menos de setenta y dos horas. Las acciones armadas posteriores desde el exterior, fundamentalmente infiltraciones y ataques comandos con el sostén de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), fueron cada vez más esporádicos, y ante la intención de Estados Unidos de no permitir este tipo de acciones desde su territorio, fueron eliminadas totalmente, quedando algunos grupos de cubanos actuando “por la libre” y fuera de la ley, hasta desaparecer completamente. Hoy por hoy, no existen opciones violentas desde el exterior frente al castrismo, y ningún país está dispuesto a facilitar su territorio para actividades de este tipo.

Como hemos visto, muchos cubanos, en sentido general, se han inclinado a lo largo de la historia hacia las soluciones radicales y violentas, considerando que cualquier otra vía para buscar remedios o salidas a las aspiraciones populares no eran más que pérdida de tiempo. Enfoques como éste se manifestaron en el siglo XIX, el XX y en el XXI, aunque cada vez reflejan más la frustración de la larga noche que opciones reales de actuación.

La “vía revolucionaria” para solucionar los temas políticos, como condición sine qua non en nuestra historia, se mezcla con la también “intransigencia nacional”, que hunde sus raíces a partir de que Diego Velázquez fundara la villa de Baracoa. Es conocida la práctica en la Isla, durante toda su vida colonial, de hacer caso omiso a las regulaciones procedentes de la corte madrileña. Fue notoria la tozudez de la aristocracia colonial criolla de no buscar la independencia ante una nueva Haití. Raya la esquizofrenia la política española de “hasta el último soldado y la última peseta” por impedir la independencia de la Isla.

Es legendaria la intransigencia entre los partidos, grupos políticos, tendencias y personalidades entre los conquistadores, los “indianos”, los jefes insurreccionales de las guerras independentistas, los “alzamientos armados” en la República, las vendettas entre las organizaciones revolucionarias, entre los grupos políticos del exilio, entre los opositores actuales de intra-muros.  

Todo ello se corona con el ingrediente del “caudillismo”, única fórmula en la cual se estructuran y organizan hasta hoy día todas las entidades políticas entre cubanos, ya sea en la colonia, la república, el castrismo, el exilio y la oposición interna. Siempre un caudillo por encima de una institución política.

Es a partir de estos tres elementos: 1) la solución de todo hecho político por la vía violenta, 2) la intransigencia y 3) el caudillismo, que el hecho democrático en Cuba no ha podido cuajar. De ahí que si bien la Isla mostró en el siglo XIX colonial una bonanza de riqueza, y en su hecho republicano del siglo XX una economía en vías de desarrollo, tales logros no tienen su contraparte en el real de lo político.

Si bien la clase empresarial cubana siempre ha mostrado su capacidad creadora, como fue en la colonia, la república y en el exilio, al mismo tiempo su casta política ha sido notoria por su incultura, su anti-humanismo, su intransigencia y su inmadurez democrática.

Es tal vez el triste destino de los cubanos, o quizás la oportunidad de buscar y encontrar soluciones al drama nacional que no desemboquen en la explosión violenta, la sangre y el fuego que no solamente no han resuelto los problemas, sino que constituyen un círculo cerrado donde al poco tiempo es necesario regresar al punto de partida.

La definición de quiénes deben ser “los cubanos”

Y cuando decimos que “los cubanos” tenemos que resolver este dilema hay que pensar en todos los cubanos, tanto los que viven en la Isla como los que viven fuera. ¿O no? Para algunos esta pregunta no vale ni siquiera la pena formularla, pero para otros las cosas no son tan sencillas. Y aquí tenemos un primer problema a dilucidar, pues aparentemente no hay criterio unánime sobre el tema.

Para el régimen totalitario en La Habana, los “cubanos” no se definen como los que nacieron en la Isla, sino los “revolucionarios”, los que apoyan a “la revolución”, y últimamente también, por consideraciones absolutamente oportunistas, los que llama “emigrados respetuosos”, y que en general, con independencia de su historia y actitudes anteriores, no tienen discrepancias fundamentales con el régimen de La Habana, y son hasta recibidos con deferencia en la oficina de intereses de Cuba en Washington. Por otra parte, desde una perspectiva opositora, para el “Proyecto Varela”, presentado a la Asamblea Nacional del Poder Popular en 2002, los exiliados (o emigrados) quedaban fuera de los planes y derechos inmediatos para los cubanos, principalmente en el derecho al voto, lo que no cayó nada bien ante una parte del exilio más beligerante.

Para una parte del exilio, cubanos son todos los nacidos en Cuba, independientemente de donde vivan y su actitud ante el régimen totalitario. Entre los disidentes en la Isla, no hay definiciones absolutas e inequívocas sobre este tema, y algunos grupos ni siquiera se han pronunciado sobre este asunto. Para los más “firmes” del exilio, el concepto de “cubanos” abarca a los que viven fuera del país y dentro de la Isla, pero no incluye determinados derechos para los militantes del partido comunista, oficiales de las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior, y a veces hasta ni a los “comprometidos” con la dictadura, en un concepto tan difuso que podría abarcar hasta millones de cubanos si se incluyera en esta categoría, por ejemplo, a los miembros de los Comités de Defensa de la Revolución.

Así las cosas, hay dos preguntas que no pueden soslayarse desde el mismo comienzo del análisis;

1) Una de ellas es: ¿quién tiene razón en este debate, es decir, quiénes deben considerarse cubanos a los efectos de definir el futuro de nuestra nación? Y hay otra pregunta más, muy estrechamente relacionada con la anterior:

2) ¿Esas definiciones sobre el futuro de la nación cubana deben corresponder solamente a quienes vivan en la Isla y han mantenido la ciudadanía cubana, o todos los nacidos en Cuba tienen derecho a decidir sobre ese tema, independientemente de que hayan adoptado una ciudadanía extranjera, por lo que, de acuerdo a la Constitución vigente, han perdido la ciudadanía cubana?

Y se trata de más de un millón de cubanos que a lo largo de más de medio siglo han decidido adoptar otra ciudadanía, principal y mayoritariamente la americana. Y más recientemente, ¿los cubanos, fundamentalmente los que viven en Cuba, acogidos a la llamada “ley de nietos” española, que con esta ley se han convertido en ciudadanos españoles, pierden sus derechos a participar en las definiciones del futuro de la nación cubana?

Como las leyes vigentes en Cuba no reconocen la doble nacionalidad -a pesar de la leonina exigencia de que los nacidos en Cuba que residen en el extranjero solamente reciben el permiso de visitar su propio país si viajan con pasaporte cubano- hay que definir lo siguiente: ¿los nacidos en Cuba que hayan adoptado otra ciudadanía serán considerados ciudadanos cubanos en Cuba, o no? Y en dependencia de esa respuesta, naturalmente, será el derecho que se les reconozca a participar con todas las prerrogativas en los grandes debates constitucionales de la nación.

Este fue un tema central, el de la doble ciudadanía, en muchos de los países del ex bloque soviético que atravesaron la transición, pues se debatía el derecho de las segundas y terceras generaciones de nacionales en exilio, y el de las minorías nacionales en cada uno de los países. En el caso de Armenia, el exilio armenio estadounidense quedó excluido debido a su intención de acaparar el hecho democrático armenio. Y aún se presencia el debate de China ante Taiwán y frente a la enorme diáspora china en todo el sudeste asiático.

Tal vez bastaría con una modificación constitucional que no retire automáticamente la ciudadanía cubana a los nacidos en Cuba que disfrutan de otra ciudadanía en estos momentos. Sin embargo, ¿quién y cómo establecería esa modificación constitucional? Y además, ¿debería hacerse por consenso o por decreto? Si fuera por consenso, ¿cómo se establece tal consenso? Y si fuera por decreto ¿qué gobierno legítimo podría decretar sobre este tema? No son nada fáciles los dilemas que tenemos por delante.

Y esto nos hace pasar muy de cerca con otro problema peliagudo, complejo, y generador de innumerables interpretaciones y pasiones: ¿tenemos condiciones reales para comenzar de inmediato con una democracia “el día después” de la caída del totalitarismo, o no nos quedará más remedio que experimentar con un proceso de “dictablanda”, es decir, con un gobierno con suficiente poder autoritario para establecer determinadas regulaciones que impidan el caos, aunque tenga que ser a la vez respetuoso de determinadas instituciones del Estado de derecho, en lo que se crean las condiciones para un funcionamiento pleno de la democracia en el país?

¿Estaremos en condiciones reales de una verdadera separación de poderes en los inicios de nuestra transición, o deberán mantenerse bajo una misma autoridad los poderes ejecutivo y legislativo, para poder desembarazarnos del marasmo post-comunista, aunque el poder judicial pueda gozar de determinada independencia? Y aun así, ¿quiénes deberían integrar ese poder judicial post-totalitario, y quién debería nombrarlos, y en base a qué criterios?

Disyuntivas complejas y complicadas, donde en determinados momentos lo heurístico pude pesar más que lo lógico o lo mecánico. Al menos, podría pensarse que hay algo en lo que, para comenzar, casi todos los cubanos podríamos estar de acuerdo ante todas estas interrogantes: y es en que no se trata de un dilema sencillo o elemental, sino más bien todo lo contrario, un problema bastante complejo y peliagudo. Pero no hay que desesperarse demasiado ante esta realidad, porque ésta es solamente una de las tantas herencias envenenadas que recibiremos del totalitarismo.

El proceso que culminó con la Constitución de 1940

Algunos compatriotas ven el vaso medio vacío, y consideran que debemos enfrentar una tarea monumental que solamente podrán culminar generaciones posteriores, porque las actuales han sucumbido al borrado cívico provocado por el totalitarismo, o porque el exilio ha alejado físicamente a los cubanos de su patria por tanto tiempo que ya no tiene sentido pretender comenzar de nuevo en la Isla.

Otros lo ven medio lleno, y son muy optimistas en cuanto a que la reconstrucción nacional resultará una tarea (en términos históricos) relativamente breve, incluida la socio-sicológica, y señalan, no sin razón, que ya en dos ocasiones, al terminar la Guerra de Independencia en 1898, y tras la caída de la dictadura de Gerardo Machado en 1933, el país se encontraba desvastado, y sin embargo fue capaz de resurgir de sus cenizas en plazos insignificantemente breves.

Este optimista criterio resulta atractivo, pero no se puede olvidar que tanto en 1898 como en 1933 los nuevos poderes resultantes recibieron determinadas instituciones estatales establecidas y que funcionaban mejor o peor, pero tras la larga noche del totalitarismo las instituciones oficiales que se recibirán serán una caricatura de una verdadera administración pública, cargadas de enfoques ideológicos y clientelismo partidista, sin el más mínimo respeto por la legalidad y la meritocracia, y la sociedad civil cubana post-totalitaria sin dudas resultará una fantasía cargada de deseos más que una deteriorada realidad, que habrá que comenzar a reconstruir urgentemente desde bases muy endebles.

Para algunos cubanos, hay una solución inmediata que ven relativamente sencilla y fácil: restablecer la Constitución de 1940, y a partir de ahí realizar todas las adecuaciones que resulten imprescindibles para traer al presente un documento elaborado hace ya setenta y dos años. Tal tarea no asusta a quienes piensan que la Constitución de Estados Unidos tiene más de doscientos años y con menos de dos decenas de enmiendas posteriores sigue siendo un instrumento totalmente efectivo y práctico para esa nación, o que Inglaterra no cuenta con una Constitución escrita y sin embargo resulta la democracia más antigua y longeva del planeta.

Naturalmente, esas referencias a las constituciones de Estados Unidos e Inglaterra son exactas y están fundamentadas. La dificultad en el caso cubano consiste en que ni ingleses ni estadounidenses cuentan con regulaciones constitucionales tan estrictas como las que existen en esa Constitución cubana de 1940, que definen, por ejemplo, cuánto dinero se debe destinar para pagar el sueldo de los maestros en las escuelas públicas del país, o establecen que todos los cargos públicos son incompatibles con el de congresista, con excepción del de profesor de la Universidad de La Habana (en aquel momento no existía más ninguna universidad en el país), ni tampoco esas constituciones extranjeras establecen regulaciones que tranquilamente podrían ser consideradas “socialistas” o muy cercanas a esta ideología en el pensamiento político contemporáneo.

La Constitución de 1940 fue producto de un consenso ejemplar establecido en la Asamblea Constituyente de 1939 como nunca antes ni después se logró en la nación cubana, y los constituyentes electos por el voto popular fueron capaces de intercambiar criterios y proponer alternativas, en ocasiones divergentes y totalmente encontradas, sin insultos ni amenazas, burlas ni descalificaciones, sino con ingenio, paciencia y talento, en una Asamblea Constituyente donde se sentaron a la vez Blas Roca y Santiago Rey, Orestes Ferrara y Carlos Prío Socarrás, Carlos Márquez Sterling y Emilio “Millo” Ochoa, Ramón Grau San Martín y Pelayo Cuervo Navarro, Rafael Guás Inclán y Jorge Mañach, Alfredo Hornedo y Joaquín Martínez Saenz, Eusebio Mujal Barniol y Eduardo R Chibás, Juan Marinello y Emilio Núñez Portuondo, César Casas y Romárico Cordero, José Manuel Cortina y José A. Fernández de Castro, y muchos otros cubanos más, todos muy orgullosos de su papel y su tarea, y todos con la legitimidad de haber sido electos por el voto popular.

Lograron aprobarla finalmente el día primero de julio de 1940 en el poblado camagüeyano de Guáimaro, en homenaje a la primera Constitución de la República en Armas, y quedó promulgada por el Presidente de la Convención Constituyente en la escalinata del Capitolio Nacional, en La Habana, el día 5 de julio de 1940, para que entrara en vigor en su totalidad el día 10 de octubre de 1940. Nunca más los cubanos vivieron un proceso tan sublime de su joven y vilipendiada democracia.

No por gusto el régimen totalitario se ha empeñado a fondo en que las nuevas generaciones de cubanos no conozcan los detalles del proceso de la Asamblea Constituyente, desde las elecciones para seleccionar a los delegados, pasando por las discusiones detalladas durante muchas semanas, desde noviembre de 1939 hasta la proclamación de la Constitución, ni los detalles de las elecciones generales en junio de 1940, donde los candidatos comunistas obtuvieron ridículos resultados comparados con el resto de los candidatos, logrando solamente diez representantes a la Cámara en todo el país. Cómo detalle, sépase que el candidato a alcalde de La Habana en esas elecciones, Juan Marinello Vidaurreta, recibió algo más de 4,000 votos, siendo el candidato menos votado, mientras el alcalde electo recibió más de 90,000 votos.

Para esa ingente tarea de desarrollar la Constitución de 1940 y las resultantes elecciones democráticas no fue necesario importar suizos, australianos o noruegos. Bastó que los cubanos, como nación, reconocieran que ni la fuerza frente a los demás era una solución aceptable, ni tenía sentido pretender la victoria de un grupo determinado desconociendo a todos los demás, cuando resultaba mucho más inteligente y práctico buscar y lograr un consenso donde todos no tuvieran reparos en aceptar los criterios de los demás en la medida que los demás fueran capaces de aceptar los suyos, y que el resultado fuera un criterio consensuado común donde el beneficiario fundamental no fuera un grupo o una cofradía, o personas aisladas, sino la nación en su conjunto.

Aprendieron a preguntarse no quién era quien tenía la razón, sino qué era lo más razonable para el bienestar de la nación cubana. Tal grandeza, honestidad y altruismo colectivos, lamentablemente, tiene carácter excepcional en nuestra historia, y nunca más se ha podido repetir un proceso de tal magnitud. Lo que lejos de desalentarnos, debería ser visto como un gigantesco reto que tenemos por delante para la próxima constitución verdaderamente democrática que rija los destinos de la nación cubana.

Tal maravilla, casi paradisíaca, sucedió solamente una vez en nuestra historia, como ya dijimos, y no duró más de doce años, para colmo: parecía tal vez demasiado bello para ser cierto, así que nos encargamos de echarla abajo y desnaturalizar su propósito. A pesar de que la “democracia” establecida por la Constitución de 1940 tuvo que convivir con gangsterismo, latrocinio, corrupción y malversación en gran escala, al menos cada cuatro años se celebraron elecciones relativamente libres y honestas (1940, 1944 y 1948) y los cubanos podían expresar sus preferencias electorales en las urnas, dentro de un circunstancial respeto a los resultados, o al menos una relativamente elegante manera de cometer los fraudes y los pucherazos.

De lo sublime a lo ridículo

Todo eso se fue al piso el diez de marzo de 1952, cuando un golpe de estado lanzó por la borda la entonces excelente constitución cubana de 1940, porque uno de los candidatos que en esos momentos menos oportunidades mostraba en las encuestas de preferencia electoral para las elecciones de junio de 1952, se hizo cargo del gobierno violentando los mecanismos establecidos, desconociendo esa misma Constitución que durante su anterior período de hombre fuerte había contribuido decisivamente no solo a que se pudiera materializar, sino que la había respetado significativamente durante su mandato presidencial electo en 1940, y había asegurado un cambio y transmisión de poderes limpio y ejemplar al candidato opositor en 1944, frente a la intención de algunos de sus correligionarios y colaboradores de desconocer las urnas y violentar los resultados.

A pesar del golpista recurrente haber posteriormente restaurado el 24 de febrero de 1955 tal constitución profanada, al asumir un período “democrático” después de las dudosas elecciones de noviembre de 1954, que correría del 24 de febrero de 1955 a igual fecha de 1959, lamentablemente ya el mal estaba hecho: como la virginidad, que una vez perdida no puede recuperarse jamás, lo mismo sucedió con la Constitución de 1940: una vez violada en marzo de 1952, el hecho de querer restaurarla era casi como pretender maquillar a una momia o bailar con ella.

Tan poco quedaba por hacer que Fidel Castro mantuvo durante 1955, 1956, 1957 y 1958 -desde la prisión, el exilio o la Sierra Maestra- su absolutamente demagógica promesa de luchar por la “restauración” de una Constitución de 1940 que ya había sido “restaurada” en febrero de 1955 por quien mismo la violó en 1952.

Fulgencio Batista y Fidel Castro, como quiera que se desee presentarlos, y con independencia de las valoraciones y juicios que se puedan sostener sobre cada uno de ellos, fueron los dos grandes violadores de aquella Constitución de 1940: el primero con el golpe de estado “marzista” y los “Estatutos Constitucionales” de abril de 1952, y el segundo con su “revolución popular” y la Ley Fundamental de la República de Cuba del 7 de Febrero de 1959, que en realidad desconocía la Constitución vigente. Ambos, de una manera o la otra, se burlaron del civismo y la grandeza de los constituyentes de 1940, y de los sueños y las esperanzas de los cubanos, y se apropiaron de la República para sus fines personales, el primero por casi siete años, el segundo por casi medio siglo.

Ver a Fidel Castro y a lo sucedido en Cuba en las últimas cinco décadas como algo excepcional es desconocer la historia de la Isla desde su colonización, el caudillismo como rectoría política, y el carácter nacional que nunca llegó a cuajar. La auto-suficiencia individual, a partir de una abismal ignorancia cultural como nación, es un mal nacional reconocido por quienes se han adentrado en descifrar al “cubano”. Fidel Castro es la quintaesencia de esa fobia de precocidad nuestra de vernos y ver lo cubano desde un ángulo hipertrofiado y “excepcional” en cuanto a relevancia social-personal o estatal-internacional. Fidel Castro no es más que el producto de nuestra iliterata inmadurez.

De tal forma, la República que habría que restaurar después de la larga noche del totalitarismo, cualquiera que sea esa república que nacerá de la voluntad de todos los cubanos, parece que no debería ser caminando hacia atrás, hacia la de 1958 ni la de 1952, y ni siquiera la de 1948 o 1944 con todos sus gangsters, pistoleros, malversadores, corruptos y ladrones, sino la del mejor espíritu de la Constituyente de 1940, donde los mejores representantes de la voluntad de los cubanos supieron poner a un lado egos y ambiciones personales para dotar a la nación de un instrumento jurídico capaz de enrumbar al país por los caminos de la democracia, la prosperidad y el progreso.

¿Qué fue, entonces, lo que no previeron esos brillantísimos cubanos? Indudablemente, se les escapó la previsión de mecanismos realistas y efectivos para impedir que algún cubano “iluminado”, cualquier caudillo de barrio o guapetón de a la vuelta de la esquina, inconforme por cualquier razón con la marcha y los designios de un sistema democrático, pudiera pretender forzar el sistema y violentarlo, mediante la fuerza y la coacción.

Se dice, aunque es algo que merece investigación histórica más profunda y que no puede descartarse a priori, que el gobierno del presidente Carlos Prío no resistió el golpe de Batista, pudiendo hacerlo razonablemente (los mandos militares apoyaron al presidente constitucional, y “el hombre” solamente controlaba el campamento de Columbia en un primer momento), por temor a que los “ortodoxos”, punteros en todas las encuestas de preferencias electorales, cumplieran su promesa de llevar a los tribunales cubanos a todos los corruptos y malversadores de los dos gobiernos “auténticos” desde 1944 a 1952, que no eran pocos, comenzando por el propio Presidente de la República y muchos de sus familiares y sus ministros.

Las relaciones Cuba-Estados Unidos

Y entonces, aunque parezca una herejía de leso patriotismo lo que vamos a decir ahora, habría que preguntarse -y dejemos a un lado la hipocresía y el rasgado de vestiduras, así como todo lo “políticamente correcto”- si después de todo esos “yanquis” con los que compartimos, como tantos pueblos en el mundo, esa enfermiza relación de amor-odio, rechazo-envidia, go-home-come-home, no estaban tan desacertados ni eran tan malignos cuando consideraron que nosotros los cubanos, como nación emergente en 1902, necesitaríamos tener una Enmienda en la Constitución de 1901 que proclamaba nuestra independencia, que les permitiera, cuando fuera necesario, intervenir en nuestros asuntos internos para evitar males mayores, o disfrutar al menos de esa amenaza de intervención para hacernos razonar un poco menos apasionadamente y sin “acelerarnos” demasiado.

Sí, sí, griten cuanto quieran, argumenten todo lo que quieran, o hasta insulten si se sienten mejor pidiendo la cabeza del mensajero que viene con las malas nuevas, pero traten de responder fríamente esta pregunta: si Estados Unidos hubiera intervenido en Cuba para retrotraer tanto el golpe de estado de Batista como la “revolución” de Fidel Castro, ¿qué hubiera sido de nuestro país en el año 2012?

Imposible saberlo, claro está, pero al menos podemos estar muy seguros de que algunas situaciones no hubieran sucedido: podemos pensar que ni el marabú hubiera invadido la mitad de las tierras cultivables de Cuba, ni habría que importar café, ni casi dos millones de cubanos vivirían en el extranjero, ni la deuda del país fuera la mayor per-cápita en el mundo, ni hicieran falta 200 prisiones en la Isla, ni los cubanos, aun los más pobres, no sabrían lo que es un mango filipino, un anón, una guanábana, una “frita”, un “pan con timba” o un “rompequijá”.

Eso demuestra la ineptitud del democratismo cubano, incapaz de resolver por sí mismo sus problemas internos. Y afirma la apreciación proveniente de casi todos nuestros insignes patriotas del siglo XIX, y de los cubanos actuales, del necesario rol interventor de Estados Unidos, al punto de calificar como “traición” cuando ello no ha sucedido o no se efectúa.

Es posible extraer alguna lógica de esa sucesión de conflictos, destrucción, reconstrucción, desaparición de antiguos valores, y emergencia de nuevos valores que marcan la Isla a partir de 1959. Es posible achacarlo a la locura e insensatez de los caudillos de turno, y que no logremos descubrir los “planos secretos” de la naturaleza socio-económica de la Isla, de explicarnos el sentido desencontrado de las acciones de los cubanos.

El factor de más peso en el desvío de nuestra historia, desde el siglo XIX, no ha sido propiamente la preponderancia democrática, sino la inacabada formación de la nacionalidad, la falta de virtudes cívicas y administrativas ante la avalancha de eruditos-agitadores que nos han convocado a exaltar la patria obsesiva con sus revoluciones y la histeria nacional-patriotera, y lo siguen haciendo en la actualidad.

La fruta ¿madura?

Entonces, ¿tenemos una maldición los cubanos que nos impide ser independientes o poder labrar nuestro propio destino sin interferencias extranjeras? ¿Es que acaso esa doctrina de la “fruta madura” desarrollada y sustentada por “el imperialismo” tiene algún sentido?

Naturalmente, la respuesta más decente y emocional debería ser, de inmediato: “no, claro que no tiene por qué ser así”. Y con eso todos podemos terminar felices como lombrices y contentos como esperpentos, aunque lo que estemos diciendo se encuentre demasiado lejos de la realidad.

Sin embargo, entonces sería muy legítimo preguntarse, en un plano racional: ¿si no tiene por qué ser así, por qué es que ha sido precisamente así durante casi cinco siglos, y mucho más durante la etapa de Cuba como nación independiente, casi siglo y medio aproximadamente desde el inicio de nuestras guerras de independencia?

Y aquí, hay que confesarlo, las cosas se complican. Durante cerca de cuatro siglos el destino de Cuba estuvo uncido al de España, al ser su colonia más rebelde, pero a la vez la más querida, ese archipiélago al que los españoles se empeñaron en considerar una isla, a la que estuvieron dispuestos a defender hasta el último soldado y la última peseta, y por la que fueron capaces, para recuperar su capital, La Habana, de entregar a Inglaterra toda la península de La Florida en 1763.

Posteriormente, Cuba lo estuvo a Estados Unidos, al menos durante medio siglo, con o sin Enmienda Platt, pero independientemente de las unciones legales y las obligaciones jurídicas, fueron muy fuertes las dependencias psicológicas, que no desaparecieron con la supuesta “revolución”. Todavía hoy muchos cubanos dentro de la Isla llaman “frigidaire” a los refrigeradores, todos dicen “parqueo” y “parquear” (que viene de “parking”) en vez de estacionar, están al día en el “hit parade” de la música americana y las películas que ganan los premios Oscar, y a pesar de los esfuerzos y la propaganda de la dictadura, ni el viejo Din Jotavich ni los “muñequitos” rusos tienen más aceptación entre la población que Mickey Mouse o Supermán. Si Elpidio Valdés es popular en la Cuba castrista es porque resulta una versión cubana de los héroes de los “muñequitos” americanos, no una copia del peor entretenimiento soviético.

Con el castrismo, a partir de 1959, Cuba se separó de los Estados Unidos solamente para pasar a ser dependiente (en realidad colonia) de la Unión Soviética (URSS). Después del “desmerengamiento socialista” europeo entre 1989 y 1991, y tras años de futuro incierto, infinitas penurias y subsistencia precaria de la población en la década de los noventa del siglo pasado bajo el eufemístico nombre de “período especial”, a partir de 1998 la nación fue llevada a depender entonces del caudillo de Venezuela, del ALBA y de la solidaridad “bolivariana”, todo lo cual entró en ascuas a la vez, porque es lo mismo, tras conocerse públicamente del cáncer de Hugo Chávez, desde el 2011 hasta nuestros días, y que aparentemente está resultando algo mucho más grave y complicado que lo que reconoce la propaganda oficial, tanto en La Habana como en Caracas.

Ante todas estas realidades, ¿deberíamos los cubanos permitir que nuestro futuro dependiera exclusivamente de lo que se pueda pensar sobre ello en Caracas, Miami, Madrid, Moscú, Beijing, Hanoi, o cualquier otro lugar? Naturalmente que no. Esta es una respuesta no solo obligada, sino, además, sensata.

De acuerdo, pero entonces, ¿cuál es la propuesta que podemos esperar desde el interior de la nación cubana, y no solamente desde el interior de la isla de Cuba?

Y en estos momentos, aunque nos duela, tenemos que reconocer que no tenemos ninguna, al menos ninguna claramente definida. Así, tristemente, y por mucho que nos lacere, hay que aceptar que no tenemos desde dentro de la Isla ni desde el exilio no ya una respuesta aceptable, sino, simplemente, ninguna propuesta sensata ni ampliamente aceptada de solución, que pueda dar respuesta a nuestras realidades, más allá de formulaciones generales y declaraciones grandilocuentes.

Los lectores podrían preguntarse, y con razón: ¿pero bueno, todo este extenso documento alrededor de la democracia en Cuba, publicado en seis partes, para llegar ahora a esta conclusión, que no nos da una respuesta definitiva? Podrá interpretarse de diferentes maneras: puede parece frustrante que no haya una respuesta exacta, definida y completa ante esta problemática, o puede parecer sensato que sea más honesto decir que no se vislumbra una respuesta definida que pretender ser “servidor de pasado en copa nueva”, como dice el trovador que no cuenta con demasiadas simpatías en Miami.

Parece que llegamos a un pozo sin fondo, o a un círculo vicioso, difícil de ser quebrado. Tal vez en última instancia, al final de este trabajo, no cabe aventurar una respuesta al problema. Pensamos que para descifrar la historia política cubana tendríamos que realizar demasiadas interpretaciones, principalmente podríamos dejarnos llevar por tendencias economicistas, o considerar que el trasunto político cubano es de tipo bio-evolutivo, a lo Charles Darwin. Pese a que cualquiera de estas dos ideas nos fascinan, si lo hiciéramos de esa manera seríamos analistas intuitivos más que racionales.

Es que quizás no halla un solo camino, y en algún momento tendremos que retomar los versos del poeta español:

“Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar”.

Allá quien desee ver la falta de respuesta como un fracaso. Desde nuestra sencilla y humilde percepción, para llegar a las respuestas adecuadas es necesario partir de las preguntas correctas.

Y en esto, al menos, creemos que hemos podido contribuir con determinadas preguntas adecuadas.

Hay quienes se conforman con pretender que conocen las respuestas cuando ni siquiera han escuchado ni están claras las preguntas.

Nosotros no aspiramos a tanto.