Cubanálisis El Think-Tank   

       

                 Eugenio Yáñez y Juan Benemelis

VIVA LA DEMOCRACIA, ¿PERO CUÁL? ( V )

Preparando el post-castrismo

En los últimos años se han manifestado dos visiones de la relación existente entre cultura política y democratización en la Isla. De acuerdo con la primera, la cultura política estilo a la que tuvo lugar durante la Republica, con la que simpatiza el exilio más vetusto y una parte de la oposición interna más vinculada a tal exilio, que ven todas las soluciones por este camino, está llamada a generar obstáculos a la democratización, en la medida en que contribuye a una eventual involución.

Conforme a la segunda visión, que se inclina hacia una visión idealista de un perfecto socialismo escandinavo, se le considera portadora de los defectos de la larga decadencia de los regímenes burocráticos comunistas, pero intenta buscar soluciones que no pongan en entredicho los “logros” de la revolución, básicamente en la salud pública y la educación.

Aunque la población manifiesta una reacción común ante el régimen -un rechazo mucho más instintivo e intuitivo que razonado y elaborado-, entre los grupos de oposición existen diferencias profundas relacionadas con la religión, la sociedad, la raza, las personalidades, las corrientes filosóficas, y el grado de relación o no con la etapa comunista. De ahí que una victoria mancomunada de los diversos movimientos podría implicar el inicio de los conflictos que el pluralismo conlleva. Lo cual, a pesar de todo, sería mucho más positivo y conveniente que la imposición por la fuerza de un único grupo por sobre todos los demás.

Las divisiones dentro de la élite comunista gobernante en el ex bloque soviético permitieron que sectores de la sociedad civil participasen en un proceso de negociación política, como resultado de un pacto entre el gobierno y la oposición. Pero ello no se ha dado en el caso cubano, a partir de la sempiterna posición de Fidel Castro de desacreditar todo pensamiento diferente como “mercenario” o “lacayo del imperialismo”, deslegitimando toda oposición o disidencia, tanto de “adentro” como de “afuera” de su círculo cerrado.

Los factores internacionales son adversos para el camino chino en Cuba, y muy particularmente teniendo en cuenta que no es lo mismo ese “modelo” al otro lado del mundo, y en una gigantesca nación, que en una pequeña Isla en pleno traspatio -¿o patio?- de Estados Unidos. Además, el modelo chino requiere tiempo y la confianza del campesinado, así como de un Deng Xiaoping que en Cuba no se vislumbra todavía, y el aporte de los “chinos de ultramar”, escenario muy lejano hasta estos momentos para Cuba, dado el trato y el enfoque del régimen hacia los cubanos en el exterior, que aunque hayan pasado poco a poco de “gusanos” a “comunidad”, posteriormente a “escoria”, después a “emigrantes” en abstracto, y recientemente a “emigrantes respetuosos”, todavía son vistos con recelo por la élite militar, que no simpatiza con su participación en el proceso cubano más allá de que aporten recursos sin exigir nada a cambio. En lo interno la situación se mostrará caótica.

Por otra parte, el exilio cubano y la disidencia interna van a ser factores políticos de peso frente al futuro gobierno de Cuba, pero no son vistos todavía como eventuales “contrapartes” para ningún tipo de negociación, ni siquiera de las más elementales. La Iglesia Católica, en los últimos dos años, ha logrado avances en este sentido, al participar frente al régimen en el proceso que condujo a la excarcelación de más de un centenar de prisioneros políticos, casi todos los cuales partieron al destierro junto a sus familiares.

Este relativo éxito de la Iglesia, de hecho el único logro evidente y publicitado nacional e internacionalmente de la sociedad civil cubana en más de medio siglo, unido al no menos significativo de lograr la realización de dos visitas papales en un plazo de catorce años a la nación latinoamericana menos católica del continente, ha proyectado el papel de la Iglesia como factor de facilitación política y social y de mecanismos de encaminar consensos, que le está llevando a tener un papel no solamente mucho más visible en una eventual solución del drama cubano, sino también un reconocimiento internacional por su actividad.

Pugnas y pujas

Sin embargo, una parte significativa del exilio, y disidentes dentro del país que han sabido ganarse un prestigio y reconocimiento por su actividad, no comparten el enfoque de la jerarquía de la Iglesia Católica, o al menos de su más alta representación, el Cardenal, por algunas posiciones contradictorias de esa máxima jerarquía cardenalicia, o al menos que son percibidas así por muchos cubanos tanto dentro como fuera de la Isla. En cierto sentido, el Cardenal actúa, dicho esto con todo el respeto, con la misma doble visión -doble moral- con que lo hace Mariela Castro en el tema de la educación sexual.

Mariela Castro proclama la necesidad de la tolerancia y la no exclusión en materia sexual, pero ignora el derecho a la diversidad en temas políticos y sociales, y apoya el discurso político del régimen, que excluye a todos quienes piensen diferente, por considerarlos, sin excepción, como “contrarrevolucionarios”, “mercenarios” o “asalariados del imperio”. El cardenal, por su parte, habla de consensos, reconciliación y amor, al mismo tiempo que lanza sus fuegos contra disidentes que ocupan pacíficamente una iglesia o quienes se expresan abiertamente en contra del gobierno, y las publicaciones de la iglesia pretenden excluir, de hecho, a quienes no acepten el papel protagónico e incuestionable de la Iglesia.

No se trata de que deba apoyar la ocupación de una o varias iglesias, incluso ni siquiera que intente que sean desalojadas por las fuerzas policiales sin el uso de la fuerza -el Cardenal no dispone de fuerzas propias para hacer desalojar la iglesia- sino de que no lance ataques desafortunados sobre los participantes en el hecho muy parecidos a los que lanza el régimen en situaciones similares. ¿Era necesario llegar a esa peculiar coincidencia para expresar rechazo a la ocupación pacífica de esas iglesias?

Sin embargo, en un nuevo giro de los acontecimientos, que demuestra los muchos escenarios con que sabe y suele trabajar la iglesia, el vocero del Arzobispado acaba de declarar que el régimen debería “prestar mayor atención a las minorías, sean políticas, culturales o religiosas, no ignorarlas y garantizarles sus derechos”, lo que es una posición radicalmente diferente a la manifestada hasta ahora.

A la vez, y repartiendo una de cal y otra de arena, en las mismas declaraciones se pide al gobierno de Raúl Castro “continuar de modo aún más decidido las reformas (económicas), cada vez con más transparencia y haciendo partícipes a los ciudadanos de las metas concebidas”, y a los opositores que “asuman en toda su magnitud y alcance la acción pacífica, que implica también abandonar la violencia verbal, la descalificación y el desprecio”. Además, muy crípticamente, válido para cualquier tipo de lectura que se pretenda, se les pide que “actúen siempre con transparencia y absoluta independencia”.

Sin dudas, la iglesia introduce elementos nuevos en el escenario cubano, para los cuales ni el régimen, ni los opositores, ni el exilio, y quizás hasta ni el gobierno de los Estados Unidos, están preparados. Es de esperar ver dentro de poco divisiones en la oposición interna y en el exilio con relación a la respuesta que merecería ese nuevo e inesperado enfoque de la iglesia católica, aunque las divisiones dentro del régimen, que de seguro existen, no podrán ser vistas tan fácilmente debido a su absoluta falta de transparencia, porque lo que no tendría sentido es que ninguno de los que deben ser protagonistas en este complejo escenario dejara pasar la oportunidad.

El reciclaje y la “nueva clase”

En el plano económico interno, no puede olvidarse que no hay recursos inmediatos para hacer competitiva la producción en el mercado mundial, y los niveles de compra de petróleo serán muy bajos si habría que depender de los recursos propios por alguna modificación de los escenarios de petróleo subsidiado que se recibe de Venezuela, más aún después del frustrante resultado para el régimen de la primera exploración de la plataforma de Repsol en aguas ultra-profundas del Golfo de México. Ese aspecto de la dependencia y disponibilidad de petróleo dependerá, además, de la evolución de la salud de Hugo Chávez y de las pugnas por el poder en Venezuela en los próximos meses,

Al limitar la exclusividad y privilegios económicos a la “nueva clase” es visible un conflicto entre los gestores surgidos de la nomenklatura y los de la sociedad civil. La comparecencia de una clase media empresarial -no vinculada con el régimen- presentará serias dificultades al hecho democrático y a la transición en sí misma. El carácter monopólico de esta economía ha contribuido a enriquecer hasta ahora a una nomenklatura portadora de un discurso anticapitalista, pero habría que ver hasta qué punto este nuevo grupo será enemigo de la libre competencia que la puede sacar del juego. Y el sentido común nos dice que, si le puede sacar del juego, ese grupo no verá con buenos ojos una limpia competencia, y hará todo lo posible por enturbiarla a lo Putin.

El inicio de la transición en Cuba, con una herencia económica y social funesta, no es el único problema, aunque sea uno muy complicado. Todo indica que la casta de directores empresariales y funcionarios estatales medios permanecerá en las burocracias estatales y empresas, como mismo ha sido en todos los países que han comenzado su camino hacia la transición post-comunista. La transformación al capitalismo democrático puede comenzar y comienza con ataduras políticas si gran parte de esta nomenklatura comunista trae consigo sus divisiones en grupos y clanes con programas políticos diferentes. Sin embargo, no hay garantías de que esto no sea lo que suceda, puesto que sería lo más “natural” en esta situación.

 

A medida que la nomenklatura comience a apropiarse de las empresas -por el camino que sea- , desaparecerá la base que sostiene el argumento de que el Estado-propietario es la suprema encarnación del interés nacional. La sucesión será un proceso que justificaría y garantizaría el poder de un grupo de militares y políticos mafiosos, que resultarán de una forma u otra la suma de ellos mismos y de sus circunstancias, para decirlo con lenguaje de Ortega y Gasset.

La desaparición del socialismo cubano -la definitiva y “oficial”, porque de hecho ya no existe hace mucho tiempo- responderá al fracaso de todas las reformas e intentos de superar el estancamiento económico y por fabricarle un rostro político democrático al abandono de los “logros” y las políticas populistas de “Papá-Estado”. Pero todas las décadas de comunismo puro y duro vivido en Cuba no alterarán el carácter nacional, el regional, el desbalance de desarrollo entre la capital y el interior, ni los conflictos raciales.

Las jóvenes generaciones cubanas tal vez no lo saben ahora en estos momentos, pero tendrán que aprender en la lucha por la vida que para el éxito de las reformas económicas se necesita más tarde o más temprano una práctica democrática, que no necesariamente comenzará a un 100% pura, pero que tendrá que tender a ello en la medida de las posibilidades, aunque de momento haya que aceptar situaciones de consenso para evitar la parálisis del país.

Tareas para quienes vengan detrás

Es debatible si la nueva élite profundizaría la actual imbricación de las fuerzas armadas en el manejo de la economía, como ha venido practicando hasta ahora y como se ha hecho en China, facilitando el enriquecimiento de los mandos militares, necesario en un régimen de fuerza, o si se seguirá llevando a una disimulada “vida civil” a la tecnocracia militar, que siempre se mantendría en la reserva, “por si acaso”. Hasta ahora, la élite se ha dedicado a transferir la propiedad estatal a manos suyas. Por eso, sin haberse aún declarado reformista y con una inexistente sociedad civil, Cuba puede enfilar hacia el autoritarismo típico de los países latinoamericanos, con independencia del alcance y las limitaciones de las eventuales reformas y aperturas económicas.

¿Será capaz el entramado político y gerencial postcastrista de hacer frente, con tolerancia y flexibilidad, a las reivindicaciones sindicales y obreras, ignoradas por el castrismo y el neocastrismo por más de medio siglo? ¿A qué compromiso llegará con la descomunal crisis de la salud? ¿Insistirán en la socialización de la medicina -en el estilo comunista o el socialdemócrata europeo- o darán paso a la privatización masiva del sector? ¿Mirarán hacia la salomónica solución que implementó nuestra vieja republica en ese campo?

¿Cómo se balancearán en la educación y los deportes los extremos de rentabilidad pura por un lado, y carga estatal por otro? ¿Se seguirán viendo como “derecho del pueblo” o habrá que dar paso a una enseñanza pública y privada, y a la admisión de la práctica profesional del deporte, dentro y fuera del país, sin considerar a esos deportistas “desertores” y negarles el reconocimiento de la población y su derecho a regresar al país cuando deseen, como es habitual en todas partes?

¿Se consumará el arbitrario despido masivo de mujeres en las industrias en pos de rentabilidad, cuando ellas componen el quórum primordial de la fuerza técnica? ¿Existirá la vista gorda en la prostitución, en aras de amparar el lucrativo turismo sexual?

¿Se mantendrá la actual composición racial en la estructura de poder político y económico, o se dará paso a estructuras y balances que reflejen las nuevas realidades, nunca reconocidas por el castrismo?

¿Se desplegará una estrategia real de protección a los cuentapropistas y cooperativistas para transformarlos en la columna vertebral de un verdadero salto en la producción, el consumo y los servicios, o seguirán rumiando con los remedios macroeconómicos, y aceptando la participación privada y cooperativa solamente como un mal necesario e inevitable, al que hay que asfixiar con impuestos y regulaciones aplastantes? ¿Habrá reparto de tierra en usufructo a lo Deng Xiaoping, o seguirá siendo a lo Raúl Castro?

En muchos países del ex bloque soviético, los opositores al comunismo, ya en el poder, se han inclinado por un régimen presidencial fuerte, casi absolutista y que ha sofocado al poder legislativo y dificultado el funcionamiento de una verdadera separación de poderes, base fundamental para un verdadero Estado de derecho.

Pero la instalación de regímenes autoritarios y personalistas coloca al Estado en una situación de crisis constante de legitimidad, y mucho más a un estado que no sea el resultado de un proceso electoral limpio y transparente que refleje la voluntad popular, aunque esa voluntad esté atomizada en infinidad de partidos, grupos y coaliciones.

Si bien es cierto que no constan las reformas económicas, previas a la caída del comunismo, que en los casos de Georgia, Polonia o Hungría facilitaron la transición hacia una economía de mercado, en Cuba la ideologización de las masas es irrisoria, la crisis económica es congénita, el exilio vinculado familiarmente a la Isla es trascendental para el futuro desde el punto de vista económico, el modelo castrista va muriendo sin instituciones a pesar de los esfuerzos de Raúl Castro por resucitarlas, y el rechazo popular al régimen es general, aunque no se sepa exactamente lo que se desea como substituto.

Por ello, el experimento socialista cubano no ha coagulado, a pesar de todos los años transcurridos, como para mantenerse cuando se produzca la desaparición política de Fidel y Raúl Castro.

Fragmentación de los protagonistas

El régimen de sucesión que trascienda a Raúl Castro, quienesquiera que sean los que se hagan cargo de las riendas del poder, será en extremo inestable y con un gran componente de volatilidad político-social, con evidente peligro de degenerar en la violencia política grupal, y estallidos sociales que podrían llegar a ser de gran envergadura. De este modo, Cuba continuaría siendo un problema interno de la política norteamericana.

Bajo ese nuevo poder tendrá lugar un lógico incremento de la oposición política de grupos de poder interno, que presionarían en varias direcciones, una de ellas la democratización política, pero no la única: las tendencias hacia una “dictablanda”, no tan brutal como el totalitarismo, pero con fuertes elementos de típico autoritarismo caudillista latinoamericano, no solamente tendrían aceptación, sino que en aras del “orden” y la “estabilidad” podrían incluso superar a las tendencias a la verdadera democracia.

Democracia de la que los cubanos que residen en la Isla, después de más de medio siglo ajenos a esa realidad, conocen muy poco, si es que conocen algo, y los cubanos del exilio, quizás mucho más experimentados en el funcionamiento democrático, no conocen demasiado de las realidades internas de un país que algunos de ellos abandonaron hace más de medio siglo.

Pese a todas las sendas por las que se transite, Cuba concluirá en un sistema democrático, cuyas características (neo-liberal, social-demócrata, economía mixta, sistema parlamentario, congresista, presidencialista, transición de terapia de shock estilo Polonia, economía dual estatal y privada a lo China, privatización paulatina a lo vietnamita, énfasis en las libertades individuales a lo checos, o en la eficiencia a lo húngaro, o de mentiritas como en Ucrania o Rusia, o “anexionista” a lo alemán) dependerán de las corrientes de reformas en la élite, conjuntamente con las de la sociedad civil, que se transformarán en partidos políticos, de los que en los primeros momentos veremos una infinidad tal que será difícil poder recordarlos a todos: no hay que sorprenderse de esta realidad, que ya se vive entre los opositores dentro de la Isla y en el exilio, en ocasiones por la “lógica” del pluralismo democrático, en ocasiones por miserias humanas de las ambiciones personales y los afanes de protagonismo.

Entonces, para legitimarse políticamente ante la ciudadanía, se vislumbra que ese nuevo poder, cualquiera que sea, querrá, al menos, adquirir cierta legitimidad económica, lo que en la realidad cubana actual se tiene que expresar antes que todo y lo más rápidamente posible en arroz, frijoles, carnes, aves, pescados, viandas, vegetales, frutas, dulces y café para la población, sin interesar de momento lo más o menos “saludable” de esas comidas o su contenido de azúcares y colesterol.

Después esa situación evolucionará de acuerdo a los conocimientos de la ciencia moderna, como en todos los países, y tal vez hasta haya espacio para esos “expertos” despistados que sueñan con convertir a Cuba inmediatamente en una nación absoluta y totalmente “ecológica” y “orgánica”, sin utilización de pesticidas y fertilizantes para la producción de alimentos, pero eso sería después que se eliminen las carencias elementales de más de medio siglo, que aunque no hacen llegar al país a la desnutrición, le sitúan a distancias siderales de lo que podría ser el verdadero consumo en Cuba con una agricultura que funcione, simplemente, de manera libre y sin interferencias del Estado.

Sin embargo, el nudo central será reconsiderar los procedimientos represivos, restaurar los valores humanos en la esfera del derecho y de las libertades individuales. Algo que se le fue de la mano a Gorbachev y que actualmente ya tiene recapacitando a las dirigencias china y vietnamita, para poder sostener el impetuoso crecimiento económico.

Las organizaciones políticas y grupos cívico-sociales que se conformen a partir de los elementos propugnadores del continuismo y los ex nomenklaturistas, por disponer ya de vínculos clientelares en el poder, información y experiencia, podrían resultar una fuerza electoral, si las diferentes variantes políticas y doctrinales del arcoíris democrático se mantienen altamente fragmentadas.

Es menester que la estructuración de los partidos y organizaciones cívicas respondan a programas y filosofías políticas y sociales, y no a la lealtad grupal, clientelar, con una figura caudillista, pero no hay garantías de que vaya a suceder de esta manera. Existe un profundo estudio de estas realidades y retos en las transiciones post-comunistas y su eventual expresión en las realidades cubanas por el Dr. José Azel, profesor del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami, titulado “Mañana in Cuba”, cuya versión en español no debe demorar en aparecer publicada.

Ello tiene lugar por la debilidad que entroniza la falta de “cultura del compromiso”, la escasa propensión que los dirigentes políticos cubanos muestran en la tolerancia de una oposición en sus organizaciones, y hasta de pensamientos disidentes que no lleguen a la oposición, de manera nada diferente, salvando las distancias, claro está, de los rechazos que propugnaban Stalin, Fidel Castro, Kim Il Sung o Mao Zedong a todos aquellos que no les admiraban incondicionalmente; la extrema personalización por falta de cultura política y partidaria; la precaria institucionalización de la nación; la atomización de la sociedad civil y su poca fortaleza; y la preponderancia de formas burocráticas de organización y actuación.

La transición en Cuba

 

La transición cubana resultará una interacción entre los grupos opositores actuales que pugnan por eliminar el comunismo, los nuevos partidos y la tecno-burocracia reconvertida en gerencia empresarial. La eventual participación del exilio, como entidad, será extremadamente limitada, aunque como individualidades no tendría que ser necesariamente rechazada, y posiblemente no lo sea.

 

Por eso será un proceso que tratará la democratización como una contingencia llena de incertidumbres, en el que ninguno de los participantes, aunque se lo crea, tendrá la respuesta necesaria para cado uno de los retos e interrogantes, y de nada serviría en esos momentos el conocimiento de cómo lo hicieron en Albania o Kazajstán.

 

El hundimiento del régimen burocrático comunista podría tener como uno de sus primeros efectos una rápida proliferación de partidos, muchos de los cuales serán la remodelación de grupos pre-modernos con escaso conocimiento de la democracia liberal. Por tal razón habría que evitar aquellas disputas domésticas revanchistas que pueden hacer perder mucho tiempo y esfuerzo, pero tampoco podemos tener garantías de que la sensatez, el pragmatismo y la realpolitik se puedan imponer a las pasiones y los egos cubanos durante esa extensa “temporada política de huracanes” que se extiende en la Isla desde el primero de enero hasta el treinta y uno de diciembre de cada año.

Se impondrá la división que hoy se enarbola, entre los valores cristianos y nacionalistas, por un lado, y las posiciones más seculares por el otro, acaso sumada la de orden territorial, entre la capital y las provincias, en cierto sentido un remedo del feudalismo y el caudillismo del que no nos hemos despojado todavía: al fin y al cabo, la región de Banes y las provincias orientales han influido decisivamente en los últimos sesenta años de nuestra historia, mucho más que otras.

Pero, con el devenir del tiempo deben reaparecer perfiles más ajustados al eje liberal-conservador. Sin una fuerte tradición en nuestro país, las posiciones conservadoras podrían encontrarse muy divididas y las liberales con mayor capacidad para configurar frentes comunes; pero en cierto sentido ambos pensamientos serán influenciados por determinadas tendencias de la socialdemocracia liberal y verdaderamente democrática, lo que no sería una novedad para Cuba después de haber vivido el proceso de “la revolución del 33” y la Constitución de 1940, aunque tal vez para ello deban pasar bastantes años.

También existirán, aunque a muchos no les guste, una línea continuista representada por la nomenklatura comunista reciclada, así como la de los ultra-nacionalistas, y la de grupos de tendencia y preferencia “nostálgica-revolucionaria”, pero pretender excluirlas por decreto sería una muestra perfecta de intolerancia y totalitarismo que se supone estaríamos dejando atrás.

 

La propiedad privada, las relaciones mercantiles y las elecciones, por sí solas, no garantizan el pleno ejercicio democrático, sin una verdadera separación de poderes, un Estado de derecho, una transparencia amplia y una obligación de rendición de cuentas periódicamente ante los electores, así como la obligación de someterse al voto y la voluntad popular cada ciertos períodos constitucionalmente determinados con anticipación.

 

Nuestra transición podría entrar en un callejón sin salida de darse el caso de estructuras autoritarias, minorías acaparadoras del patrimonio económico, y niveles de vida y consumo deprimidos, que llevarían a una división social y una exclusión masiva que desembocaría en cruentos conflictos en toda la nación. Es necesario entender, reconocer y aceptar que el ejemplo de las transiciones post-comunistas en todas partes ha demostrado que cuando las reformas sistémicas se llevan a cabo, las élites previas se hallan en mejores posiciones que el ciudadano corriente para aprovecharse de la transición.

 

En cierto sentido, eso es parte del precio para retornar a la libertad y el Estado de derecho, aunque muchos que nacieron después del ocaso de nuestra democracia se preguntarán, con razón, por qué deberían ellos pagar por faltas que cometieron otros antes que ellos hubieran nacido. En cierto sentido, es como la deuda de la nación creada por la dictadura, y que deberán pagar los cubanos que aun no han nacido. Vastos segmentos de la rancia nomenklatura comunista, evangelizados en el nacionalismo, la socialdemocracia, o hasta en el más repugnante oportunismo, tratarán de rehabilitar su capital político, entroncando sus incentivos y su propia conservación con el éxito del mercado.

 

Un sector importante de la nomenclatura que dirigía ministerios, órganos planificadores y grandes empresas estatales buscará reconvertirse en parte de nuevas clases dominantes. Tales partidos, bajo la cándida promesa de retornar al Estado benefactor, a ese Papá-Estado que se rechaza y se añora, en una especie de inexplicable relación de amor-odio o síndrome de Estocolmo colectivo-nacional, podrían recibir el apoyo de una parte del electorado, y en ocasiones hasta de la mayoría, inconforme con las crisis que se presentarán.

 

Más de veinte años después de la desaparición de la Unión Soviética, el Partido Comunista ruso se mantiene como fuerza electoral de importancia y gana adeptos continuamente. Lo mismo puede verse en otros países que escaparon del “socialismo real”, donde las viejas fuerzas se van recomponiendo y resurgiendo, tal vez no hasta los extremos de resultar un peligro para la democracia, pero si como alternativas de gobierno nostálgico o hasta demasiado “socialdemócratas”, en el sentido de enfatizar más en lo “social” que en lo “demócrata”.

 

Los problemas económicos y políticos que presente la transición pueden ser explotados por estos comunistas reciclados, quienes argumentarán contra el capitalismo “puro y duro”, “salvaje y crudo”, engendro de gangsterismo, el desempleo, la inflación, la disparidad de ingresos, y el peligro de desatender la educación, la salud pública y las pensiones. Y, aunque sepamos quienes son estos reciclados y lo que pretenderían realmente si pudieran, habría que reconocer que el fracaso de una transición a la democracia les crea el caldo de cultivo ideal para que prosperen y ganen adeptos, sea por frustración, candidez, rencores o convicciones.

 

En los procesos de transición en curso se ha configurado una nueva clase dirigente en la que se dan cita dos comunidades; si la primera presenta un cariz tecnocrático, la otra responde a un perfil “politocrático”, donde sus filas se nutren de intelectuales en una proporción muy superior a las politocracias de los sistemas democráticos.

Como acertadamente ha enjuiciado Juan Antonio Blanco:

“La transición de la sociedad cubana dará inicio a una nueva historia local de corta o mediana duración, que estará enmarcada y condicionada por los procesos de transformaciones radicales globales signadas por la transición planetaria de la Civilización Industrial a la de la Información. Al igual que hace dos siglos a las clases vivas de la nación se les presentó el desafío  -vislumbrado por Arango y Parreño y la Sociedad de Amigos del País- de cómo insertarse competitivamente en el nuevo proceso civilizatorio y en la arquitectura geopolítica entonces incipientes, a la clase política cubana que emerja de esta transición local le corresponderá encontrar el modo más sabio de insertarnos favorablemente en el nuevo tránsito civilizatorio mundial con el que ahora se abre un proceso histórico de larga duración para la humanidad. Y tiene que encontrar el modo de hacerlo dentro de las realidades geopolíticas del mundo actual y partiendo de una ambigua herencia”. (Juan A. Blanco. Pensando las Cubas posibles. Reproducido en Cubanálisis-El Think-Tank en noviembre 13, 2006).

Sin embargo, el grupo de mayor peso se sigue configurando con los directivos de empresas provenientes del viejo régimen comunista. Son estos últimos los que, reciclados, se han erigido en los triunfadores de los procesos de transición contemporáneos, y no todos, necesariamente, son malversadores o corruptos.

 

Y tampoco debe olvidarse que en Cuba, aunque aplastados por el sistema y la centralización absoluta, hay personas brillantes en el gobierno y las empresas que, en condiciones de verdadera libertad y democracia, podrían resultar exitosos y aportar significativamente al desarrollo y el progreso del país.

 

Este reciclaje de militantes de la casta rectora proveniente de las sociedades comunistas, en miembros y fundadores de nuevas organizaciones políticas y económicas de la transición, podría ser factible por hallarse estos -parapetados en los aparatos económicos y políticos- en una mucho mejor ubicación que la oposición, la disidencia y los exiliados, así como por la debilidad inicial que presentarán las fuerzas democráticas emergentes. Es cierto que los técnicos y profesionales buscarán a ultranza la transición sistémica, pero, desmoronados los modelos soviéticos, la línea continuista representada por la nomenklatura en estado puro está en bancarrota, pero en sus variantes camaleónicas ha logrado no solamente subsistir, sino también prosperar. Es desagradable tener que mencionarlo y reconocerlo, pero matar al mensajero de estas malas nuevas no es ni inteligente ni útil.

La formación apresurada de “partidos” en ausencia de una poderosa sociedad civil, y de una preparación democrática, de un programa político, económico y social, se manifestará negativamente en las primeras elecciones realmente multipartidistas que se celebren, en la poca disciplina dentro de los primeros bloques legislativos, puesto que los diputados no siempre seguirán las recomendaciones de voto de sus organizaciones, sino el de sus grupúsculos ajenos a sus partidos, o hasta sus criterios absolutamente personales y enfoques políticos o de votación “a mi manera”, sustrayéndose a las normas aprobadas por los partidos en cuyas listas fueron elegidos. Por eso, los partidos deben luchar, desde ya, por reafirmarse como la principal de las instancias futuras de cuantas desarrollen su actividad en los órganos legislativos de cualquier nivel.

La propensión a la fragmentación en nuestro medio puede verse acelerada por una paralela inclinación a la escisión, que si ha sido la norma en las transiciones post-comunistas también lo han sido desde casi siempre en nuestra realidad contestataria, de la que han sido muy buen testimonio el exilio y la oposición interna, donde se multiplicarían los grupúsculos de minorías débiles, en los que predominan líneas de división muy difusas.

Los límites de la separación entre los distintos grupos políticos opositores cubanos y del exilio -y también en el gobierno, aunque ahí han sido menos visibles- han resultado casi inexistentes y, en un medio partidista, el cambio de un partido a otro, o de un grupo a otro dentro de un mismo partido, resultaría frecuente.

Pensando en todas estas realidades, es que debemos ahora pensar en como podemos imaginar la futura democracia post-totalitaria cubana, teniendo en cuenta nuestros múltiples intentos y fracasos durante dos siglos para establecer, mantener y desarrollar una verdadera democracia cubana.


                                                                                                                                                                          (continuará)