Cubanálisis El Think-Tank   

       

                 Eugenio Yáñez y Juan Benemelis

VIVA LA DEMOCRACIA, ¿PERO CUÁL? ( I I I )

La democracia de los conceptos y los muchos conceptos de democracia

La abundancia material en una parte del mundo que impone su cultura al resto del planeta, es decir, el núcleo de los países desarrollados que se ha dado en llamar G-8, no sólo ha prefijado nuestras necesidades extra-biológicas (de supervivencia) sino que ha traído como contraparte una rigidez de los mecanismos de búsqueda de una nueva dirección a la existencia humana, de la forma rapaz en que aún está organizada la economía planetaria, la tendencia a la coacción institucional hacia los agentes de transformación, incluso en las democracias, y la paralización de la conciencia en arquetipos mecanicistas.

El inmovilismo no es necesariamente exclusivo del totalitarismo, aunque es donde se expresa mucho más cómoda y fácilmente, sino la condición “natural” del “orden establecido”, cualquiera que sea. Ha sido debatible, pero no deja de tener un ángulo lógico, que el totalitarismo (de cualquier vertiente) ha sido y es un producto de la Revolución Industrial. El aspecto discutible parte del hecho histórico del totalitarismo tanto en la Antigüedad como en el Medioevo euro-islámico. Podría decirse que en la época moderna, la estructuración de la producción en gran escala, en establecimientos fabriles y agrícolas, facilitó su implantación.

El automatismo y uniformismo de la sociedad industrial (caricaturizado hasta el extremo genial y jocoso por Charles Chaplin en la película “Tiempos Modernos”), con sus tergiversados valores acerca de la liberación humana e institucional, bloquea cualquier alternativa válida que busque transcenderla. Basta ver de cerca una línea de ensamblaje en una fábrica de automóviles -aun las robotizadas- o el trabajo de las cajeras en un supermercado de Estados Unidos, para darse cuenta que esa llamada liberación humana e institucional necesita mucho más que una relativa abundancia material o un automóvil propio esperando al empleado en el parqueo de su centro de trabajo.

Lo cual no quiere decir, ni de broma, que el “escape” a esa alienación o a esa angustia cuasi kafkiana lo haya descubierto “el joven” Marx en sus escritos o Che Guevara en sus aventuras. Ni tampoco que el camino sea el mismo en Massachussets que en Tiflis, Valparaíso o Tombuctú. Ni tampoco dudamos de la superioridad civilizadora del capitalismo contemporáneo sobre cualquier otro sistema, sobre todo cuando se conjuga con la democracia política. 

No existe algo como un orden científico puramente racional, ni siquiera en las ciencias puras o la más excelsa tecnología, pues la racionalidad tecnológica es un proceso político donde la razón como pensamiento conceptual y forma de conducta se supone que tiene que ser y es necesariamente un mecanismo de control y dominación. Si se ha demostrado que las matemáticas no son exactas, y la física no da pie con bola en el mundo cuántico, ¿cómo es posible que consideremos cualquier modelo económico u orden social (incluso el democrático y la economía de mercado) como el “perfecto”, si la naturaleza no lo es, y el humano está muy lejos de ser una especie “modelo”?

Es una falacia considerar que la etapa tecnológica por sí sola trae aparejada la generalización de la libertad, y que ello la diferencia de la era pre-tecnológica. La ex República Democrática Alemana (RDA), puntera tecnológica no solamente de la materialización del “socialismo real”, se caracterizó también, sin embargo, por un sofisticado nivel de coacción y una maquinaria represiva impresionante, encarnada en su perfección por la STASSI, que nada tenía que ver con las libertades humanas, sino precisamente con todo lo contrario. La única diferencia de fondo entre la GESTAPO hitleriana y la STASSI del comunismo este-alemán radicaba en que esta última era mucho más sofisticada y tenía menos límites morales, si es que tenía alguno.

En ambas fases del desarrollo social, tanto en la industrial y la informativa, como antes en la agraria pre-industrial, la sociedad se organiza de forma tal que, pese a ser superior en términos generales respecto a las sociedades pre-industriales, el disfrute de la libertad no deja de ser también elitista; aunque de manera indirecta, el pensamiento se ajusta a las reglas del control y la dominación, y el libre albedrío de las masas no adquiere su total implementación: se altera sólo en la forma.  

Los grandes conglomerados, independientemente de donde se encuentren y la época de que se trate, están despojados de una verdadera existencia humana libre. En los aspectos esenciales, no hay demasiadas diferencias entre New York, Shangai, Sao Paulo o Lagos. “Liberté, Egalité, Fraternité” sigue siendo un bello postulado, pero no una realidad masiva en nuestro planeta todavía, ni tras lo que fue el “telón de hierro” ni en el “mundo libre”. 

En el estadio preindustrial de tipo feudal o burocrático-militar se redistribuyen los magros productos de su economía en una forma que siempre es más convuls­iva y alienante que la tecnológica, con su franja de beneficios y beneficiados más amplia. Naturalmente que hay diferencias, y nadie en su sano juicio discute que las formas de subyugación pre-tecnológicas y tecnológicas sean diferentes, pero en realidad lo son sólo en el procedimiento de la subordinación y no en la esencia: aquella es física, ésta es de tiempo.

La razón de la fuerza y la fuerza de la razón

Nuestra civilización en su conjunto sigue siendo aún aquella de la dominación y la fuerza, y la razón del pensamiento sigue respondiendo a la supremacía grupal (sea por razas, naciones o intereses políticos), y a la protección de las ordenanzas sociales establecidas en su momento, y no necesariamente a lo puramente “lógico” o racional, y mucho menos a lo que utópicamente podría considerarse “justo”.

Al disponer de la naturaleza como objeto de elaboración, el racionalismo tecnológico expresado en las sociedades capitalistas occidentales y Japón, y que comienza a expresarse también en la China contemporánea de las sorpresas y los gatos sin color, establece el andamiaje social por donde se verá encauzado inexorablemente el individuo, ofreciendo un abanico de opciones específicas, pero limitadas por estar gestadas y enmarcadas por su estructura mercantil, fijando cuáles son las necesidades y las apetencias “aceptables” y “razonables”, y por lo tanto las aceptadas y razonadas, designando los límites de acceso a los bienes, indicando el marco ético de los valores espirituales, donde el pensamiento y los símbolos están súper-impuestos y siempre en última instancia en función de actividades económicas.

Podrá pensarse que Marx tenía razón en estos aspectos y que “revolucionó” el pensamiento social en este sentido, pero eso solo sería válido decirlo si se parte de una pretendida “cultura occidental” y se intenta desconocer que varios siglos antes, y con un lenguaje mucho menos sofisticado, lo expresó Ibn Jaldún durante sus periplos por el desértico norte africano. Tal vez si el ilustre filósofo francés Jean Paul Sartre hubiera podido leerse a Ibn Jaldún no hubiera sido tan condescendiente con el “materialismo histórico” marxista como lo fue en los años sesenta del siglo pasado, de haber sabido que no traía nada nuevo bajo el Sol, más allá de sus errores.

Reinamos sobre una población de máquinas que conquista de forma avasallante a la naturaleza, a la vez que cada vez la pone más en peligro, y somete a esquemas de servidumbres, mucho más sofisticados que los anteriores, pero servidumbres al fin, a otros humanos. Podría decirse que la mecanización ha implicado una invalidación de su premisa, la individualidad, sostenida por un puritanismo religioso, que tiene al trabajo como una actividad moralizador­a y deber insoslayable, teniendo como base, en última instancia, el pecado original y el “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Aquello de que “el que no trabaja no come” no fue original de Vladimir I. Lenin ni mucho menos, aunque siempre le gustó mucho más que las versiones originales a los “camaradas” en el poder, en cualquier país donde lo alcanzaron.

Los ideólogos y filósofos que promovieron las revoluciones y los estados modernos, como François-Marie Arouet de Voltaire, Jean Jacques Rousseau, John Locke, el Barón de Montesquieu, y otros, realizaron una simbiosis que entonces parecía la perfección, aunque históricamente resultaría desacertada, entre la razón y la libertad, en función de sus visiones e intereses como grupos sociales, y se aferraron a ver el progreso tecnológico como único instrumento para obtenerla. Ello no niega que el progreso tecnológico puro, ha sido progresivamente un liberador del humano ante su medio planetario, pero no puede proclamarse la victoria total tecnológica liberadora del humano. Aún ello está muy lejos de lograrse.

Aún arrastramos principios y mecanismos obsoletos, como el concepto de partido político y de clase social, que serán una renovación de las nociones corporativas anteriores quebradas por la revolución industr­ial, donde su pregonada pero nunca cumplida misión histórica rememora la mística profética judeo-cristiana. Nuestra sociedad informativa digital, en especial de las democracias, requiere de nuevos instrumentos sociales-gubernativos-electivos, capaces de reflejar la opinión y selección directa individual, en cuanto a las leyes, regulaciones, cargos gubernamentales, y demás.   

Se da la posibilidad de excluir lo que define a la sociedad tecnológica, ejemplificada en el concepto jacobino, donde una minoría se abroga el derecho a sustituir justificadamente a un pueblo inmaduro para establecer el reino de la razón y la justicia, donde su papel social es conceptualizado en términos de poder político, cuyo ejercicio moldea la sociedad. Salvando el aspecto represor, ¿Qué diferencia existe entre este concepto “burgués” y el derecho que se abroga una supuesta vanguardia de sustituir a las masas para establecer el paraíso del proletariado, el reino de los humildes, por los humildes y para los humildes, conceptualizado en el estado totalitario comunista en cualquiera de sus versiones y sin que cambie su esencia para nada cualquier “reestructuración” y “actualización” del modelo que se pretenda?

La teoría de la revolución pasa por alto los aspectos más importantes de la vida social: supone festinadamente que no necesitamos buenos individuos sino buenas instituciones, y más que individuos educados, “masas” educadas y disciplinadas, y “cuadros” apropiados para dirigirlas. Su absoluto fracaso se demuestra en la actualidad con los dirigentes del castrismo, supuestamente la representación de “el hombre nuevo”, devenido en un corrupto aferrado por la fuerza al poder.

Sólo hay dos tipos de instituciones gubernamentales

Sólo hay dos tipos de instituciones gubernamentales, independientemente del nombre con que se pretenda llamarlas o de las justificaciones jurídicas que se busquen para legitimarlas: las que permiten un cambio de gobierno sin violencia y con determinada periodicidad, y las que no lo permiten. Son las instituciones que se han denominado democráticas, a pesar de las deficiencias que se le puedan señalar, quienes permiten a los gobernados ejercer cierto control efectivo sobre los gobernantes, obligando a los malos gobernantes a hacer lo que los gobernados consideren de su interés, aunque en ocasiones la demagogia, el populismo, o ambas cosas a la vez, lleven a pueblos a apoyar a malos gobernantes, aunque esto, afortunadamente, no es eterno.

Todo lo demás que se pretenda argumentar sobre este tema no son más que sofismas, trabalenguas y diversionismo: no es problema de izquierdas o derechas, liberalismo o socialismo, presidencialismo o parlamentarismo, monarquía o república, sino pura y simplemente de que los gobernados den el consentimiento a los gobernantes para gobernar durante un determinado período, con la obligación de someterse a la voluntad de los electores cuando ese período termina.

No creemos necesario discutir términos y seudo-problemas tales como el significado verdadero o esencial de “democracia”, que ya eso se ha hecho sobradamente en todo el mundo durante mucho tiempo, y bastantes crímenes se han cometido en su nombre, escondiendo en el fondo métodos no democráticos. El nombre no importa para qué tipo de gobierno; lo esencial es que cualquier gobierno, cuando sea inefectivo, o cuando se cumpla el período predeterminado que se le ha claramente señalado, pueda ser desplazado sin violencia; lo esencial del verdadero problema es la distinción entre los dos tipos de instituciones. Todo lo demás es paisaje.

Los castristas, y la izquierda chic internacional nunca piensa en términos de individuos e instituciones, sino de “clases”, “intereses económicos”, “pueblos”, etcétera. Pero las clases y los pueblos nunca gobiernan, como no gobiernan las naciones. Los gobernantes son siempre individuos, no importa la clase a la que pertenezcan o de la que provengan: una vez que son gobernantes pertenecen a la clase gobernante. Marx, Engels, Lenin, Fidel Castro, Che Guevara, Raúl Castro, ninguno de ellos provenía de la “clase obrera” ni del “campesinado”, pero se abrogaron a sí mismos y muy graciosamente su representación, como los verdaderos intérpretes y defensores de “sus intereses”.

Fidel Castro demostró que el principio utilitarista de la “mayor felicidad” resultó una conveniente excusa para una dictadura totalitaria. Así lo hicieron Lenin, Hitler, Mussolini, Juan Domingo Perón, Hugo Chávez. Lo necesario para poder escapar en Cuba de esa trampa de más de medio siglo es saber reemplazar esta utopía por un principio mucho más modesto, preciso y realista: que la lucha contra la miseria y por la igualdad de oportunidades sea un objetivo de la política pública y de políticos aceptados y consentidos por los gobernados a través de elecciones libres y directas, y con predeterminada periodicidad, y de esta manera el incremento de la felicidad quedará en manos del individuo, sin tener necesidad de caudillos iluminados.

La individualidad, al menos en el mundo occidental, está sostenida en estos tiempos por un puritanismo procedente de la vertiente religiosa, que concibe al trabajo como ocupación moralizadora (esa moral protestante magistralmente definida por Max Weber y que no se aplica automáticamente en el mundo latino) y deber insoslayable (basado en última instancia en el mensaje bíblico, que ya hemos mencionado). Si bien ello resultó superior a los países eminentemente agrarios-comerciales, y aún lo es comparado con casi todo el resto del planeta, no deja de estar inmersa en regulaciones municipales, condales, estatales e internacionales, que indudablemente requieren la cesión de una porción de las libertades individuales.

La vida humana moderna se divide en tres fases: (1) preparación educacional y social para el trabajo, (2) cada vez más largo período de ocupación productiva fabril y reproductivo familiar y (3) la etapa que se inicia con el desahucio individual del aparato productivo y del marco público, y se espera resignadamente la muerte biológica, proceso que en dependencia de los recursos de cada país, los acumulados durante la vida por cada quien, y los apoyos reales y prácticos de los gobiernos y las sociedades a “la tercera edad”, resulta más o menos aceptable y digno.

Si bien una mayor porción de la sociedad, comparado a épocas pasadas, escapa a esta trampa total, aún resulta una minoría la que logra espacio en la elite que disfruta autoridad política o económica, o bien se aventura en la creación espiritual.

El concepto de partido político y clase social será una renovación de las nociones corporativas feudales quebradas por la revolución industrial, como ya hemos mencionado anteriormente. Esta pregonada misión histórica de los partidos y vanguardias ideológicas rememora la mística profética. Si donde cohabitan diferentes partidos esa imagen es clara, cuando existe solamente un partido único la imagen se hace más aburrida e insoportable que nunca. Nada más parecido a la narrativa judeocristiana que las permanentes promesas de paraísos, sociedades perfectas y hombres nuevos (¿es que no habrá nunca mujeres nuevas?) que nos regalan continuamente los aparatos ideológicos de las “vanguardias de la clase obrera”.

Los intereses de la élite gobernante se presentan como los intereses de la nación: “nuestro pueblo no está dispuesto a…” cuando es la élite la que no está dispuesta a… “Mis electores quisieran saber”, cuando es el señor diputado o congresista el que quisiera saber. Los peligros de la élite se expresan como los peligros de la nación: “los imperialistas nos quieren destruir”, como si quisieran destruir a la nación completa; o “estamos al borde del precipicio y caeremos en él si no cambiamos”, como si fuera a caer algo más que la camarilla dirigente.

Las políticas creadas por la camarilla se presentan como nacionales o populares: “lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es…”, como si no se tratara de un choque de la dirigencia totalitaria con “los imperialistas” o como si éstos tuvieran algo que perdonarle a la población, “la mafia de Miami pretende quitarle a los cubanos…”, como si quedara alguna cosa que la mafia del Palacio de la Revolución no le haya quitado ya a los cubanos. Por otra parte, se tremendiza la caída de los detentadores del poder como si fuera la caída del cielo o de la nación: “después de mí, el diluvio”, “si la revolución fuera derrotada…”, “como si no valiera la pena que el mundo se hundiera antes que vivir en la mentira”.

Sin embargo, la vida nos enseña otra cosa. Cada cuatro años hay que reelegir al presidente en Estados Unidos o elegir un nuevo, y eso sucede desde hace más de dos siglos sin que nunca haya dejado de salir el sol. Inglaterra es una muy sólida democracia moderna que sin embargo tiene una vetusta monarquía pero no una constitución escrita, y no por eso en Londres deja de llover. Un primer ministro de una nación escandinava no tiene mucho más poder que un director de una empresa privada, y posiblemente disfrute de menos privilegios, sin que sus pueblos piensen en “emigrar” a la busca de mejores condiciones de vida. Treinta y tres naciones “socialistas”, de las treinta y cinco que existieron en el siglo XX, lograron sacudirse de tal tragedia, y a cada una le va mejor o peor, pero en ninguna de ellas se ha producido el diluvio universal ni el Armagedón.

Todo el ordenamiento vigente del Estado-nación de soberanía absoluta heredada de los siglos europeos XVI y XVII está en desuso en un mundo que ya hace mucho tiempo que no es euro-centrista. Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, son en cierto sentido (por una relativa herencia fundacional) parte de esa cultura euro-centrista, aunque no sean naciones geográficamente europeas, pero eso no vale para Japón, China, India, Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Nigeria, Sudáfrica, Irán, Qatar, y mucho menos para los países menos desarrollados del “tercer mundo” o los del “cuarto mundo” que no se menciona, pero existe, y muy real. No resulta descabellado pensar que ese hegemónico ordenamiento euro-centrista tienda a desaparecer: la pregunta ahora ya no es si desaparecerá, sino cuándo. La expansión social y económica ha significado, hasta el momento, expropiar territorios de otros, y la solidaridad humana se ha asentado en perfiles raciales, culturales y de proximidad física. Cada vez es más difícil continuarla de esa forma.

La soberanía nacional en tiempos de globalización y sociedad de información se ve erosionada por la tecnología y por el poder creciente de las entidades supra-nacionales de tipo políticas, militares y económicas. Cada vez van teniendo más peso e importancia práctica en la vida de las personas los gobiernos locales y las agrupaciones supranacionales que los “Estados nacionales” que hemos conocido en los últimos cinco siglos en la cultura “occidental”, como ya lo habían anticipado hace más de dos décadas Alvin Tofler y Peter Drucker. Tanto la democracia representativa, sea presidencialista o parlamentaria, como los sistemas totalitarios, las monarquías y las tiranías, han sido la respuesta de las élites desde el poder a la limitación de desplazamiento del individuo en la era del transporte animal y de sus conocimientos limitados, o del transporte mecánico, pero con rémoras de la etapa anterior. El poder del gobierno se supone que emana del pueblo, pero sin embargo, ese mismo poder del gobierno le impide el ejercicio de elección y sólo le permite la soberanía por delegación, con fines muy específicos, dictando y gobernando en su representación. Da igual si hablamos de parlamentarios ingleses que de diputados al Soviet Supremo.

En la sociedad tecnológica el concepto de elección democrática se define en términos de selección de candidatos impuestos y limitados que entran en competencia para funciones públicas, pero donde el electorado, en términos realistas, es “persuadido” por los símbolos y lenguaje, y no ejerce el control terminante de la representación. En no pocas ocasiones el voto del ciudadano se dirige más hacia el más carismático en vez del más capaz, y en otras circunstancias funciona en sentido negativo, como voto de castigo, y no se entrega al mejor, sino al “menos malo”. Y uno de los “candidatos” más votados muchas veces es la abstención, manera del elector de expresar que ninguno de los aspirantes lo motiva ni lo convence suficientemente.

Realmente, en ambas fases, pre y post-industrial, la sociedad se organiza de forma tal que el disfrute de la libertad es exclusivo y limitado, y estrechamente relacionado con el verdadero poder adquisitivo, la fama creativa o militar y las posiciones de poder, donde los cada vez más espaciosos conglomerados humanos están despojados de una existencia libre. Encontrar bolsones de libertad individual en Addis-Abeba (Etiopía), Bombay (India), El Cairo (Egipto), Lima (Perú), Netzahualcoyo (México DF), o Soweto (Sur África) no es nada fácil, no importa lo que declaren los gobernantes cuando hablan en Naciones Unidas o por televisión.

El ejercicio del libre albedrío político del individuo común queda reducido a la opción de escoger -o en muchas ocasiones de votar en contra de- candidatos u ordenanzas originados en el cuadro establecido, y sobre los que no se tendrá ninguna dirección o control después que sean elegidos, a menos, en el mejor de los casos, que cometan iniquidades, transgresiones o delitos de tal magnitud que no puedan dejarse pasar, y aun así no siempre se les puede imponer el castigo que merezcan. Aunque, de nuevo, se supone que el poder de la élite emana del pueblo, esta élite, sin embargo, le impide a ese pueblo el ejercicio de elección, y sólo le permite soberanía por delegación, con fines muy específicos, dictando y gobernando en su representación.

En Chile o en Finlandia, en Estados Unidos o en Japón, en Marruecos o en Canadá. Esa realidad, supuestamente, fue lo que pretendió modificar el libio Muamar el Khadafi con su Jamahirya Árabe Popular Socialista, que en la práctica no fue más que una satrapía-manicomio, laguna petrolera sin ningún rastro de un Estado de derecho, o el sueño difuso e incoherente de un trasnochado Hugo Chávez con su socialismo del siglo XXI, que ni él mismo puede explicar, y que no resulta para nada diferente a cualquier caudillismo populista latinoamericano.

Hay muy diversos medios por los cuales la opinión pública queda moldeada y condicionada: los medios masivos de comunicación (que más exactamente deberían llamarse de transmisión de información, porque a pesar de los comentarios que desde fechas relativamente recientes se permiten en mucha prensa digital, generalmente el movimiento de información resulta unidireccional), las ideologías grupales, la “cultura” establecida, o la devoción religiosa. La pauta tecnológica que asumen los medios de prensa tradicionales y digitales establece un molde dominante sobre los símbolos del pensamiento social; construyen sistemáticamente, con un lenguaje acrítico, una funcionalidad vacía de cualquier evaluación cognoscitiva. Lo importante es lograr lectores, oyentes, televidentes: “ratings” y “hits”, y gracias a eso, ingresos, mientras más mejor. Y si, además, hay premios y reconocimientos, y acceso a las élites, pues mucho mejor.

Los fundamentos de la libertad

Así, los fundamentos de la libertad se hallan tergiversados por esa propia libertad; la libertad de prensa permite expresar libremente las ideas y propuestas sin temor a represalias, pero también da cabida a barbaridades lingüísticas, falsedades, falta de ética y estupideces. La imposición de necesidades espirituales y de consumo, verdadera o falsamente sublimadas, está protegida por la ignorancia, cada vez mayor y más masiva en la sociedad “del conocimiento”, el fatalismo de una realidad que no controlamos, la estructura del estado-nación, los juicios de soberanía política.

La supuesta “cultura” a que pertenecemos, y la insensatez llamada nacionalidad, -cuya aberración más acabada es el nacionalismo extremo que expresa claramente un Evo Morales con su Pacha Mama y la sublimación de la cultura precolombina, de cinco mil años de duración exactamente, ni uno más ni uno menos- que mantienen embargadas la eventualidad de modelar una escala de valores humanos diferentes y modernos, y acorde con ello la reorganización de los recursos materiales e intelectuales planetarios en favor de toda la humanidad y de su futuro, pero sin el tremendismo catastrófico, oportunismo, demagogia o politiquería barata estilo Fidel Castro y sus “reflexiones”, que tanto la izquierda carnicera como la caviar, y hasta algunos trasnochados de derecha, consideran genialidades y excelentes muestras del pensamiento de un líder visionario.

El sistema industrial eliminó la familia extendida como unidad productiva, transformando el papel que jugó en las sociedades agrarias, y consolidó la familia nuclear, mucho menor, aunque a la vez más calificada, y multiplicada en miles y millones de núcleos familiares diferentes con la masividad de la producción industrial y las mega-ciudades de nuestros días, pero sobre todo en el llamado Tercer Mundo. Para la sociedad industrial menos desarrollada sólo contaba el padre como asalariado: la madre e hijos eran elementos incidentales. Si bien la familia perdió su gestión productiva, retuvo su función como agente de procreación y, muy importante, como apoyo emocional, y amplió su función como unidad consumidora.

El conglomerado hogareño, más que el individual, es aún el coro céntrico de la economía de consumo: la casa, el automóvil, la computadora, el celular, los efectos electro-domésticos, la adquisición de alimentos. Pero las nuevas realidades no permiten limitarse al salario del patriarca, y da espacio al trabajo femenino y de los hijos en edad laboral, así como a los núcleos familiares de un solo miembro: si este modelo “clásico” de familia cesa como singularidad donde se juntan más de un salario, las secuelas en la economía y en el status de clase serían devastadoras. En realidad, ya lo van siendo, aunque no nos demos cuenta.

El individuo resguardado en su edificio de apartamentos o su casa, con una cuenta bancaria privada y una conexión de internet para establecer múltiples interconexiones y resolver múltiples problemas, se siente poderoso y a salvo de las miradas indiscretas, aunque en realidad va siendo cada vez más visible a la sociedad, ante el escrutinio de un mundo interconectado electrónicamente. Pero la ausencia de privacidad ha sido una constante a lo largo de la historia humana.

En lugar de discutir sobre la “naturaleza” de la ética o sobre el bien máximo, y otros temas de ese corte que ya resultan desfasados históricamente, se debe pensar muy seriamente acerca de esas fundamentales cuestiones éticas y políticas que plantean que la libertad política es imposible sin la igualdad ante la ley, o que el desarrollo de la economía garantizará automáticamente, más tarde o más temprano, el desarrollo de la democracia y las libertades individuales.

La gran ironía de la historia, y lo que demuestra lo falso de las teorías conspiracionales, de clase, y de malvados monopolios imperialistas, es que en el caso de los marxistas, y de los “revolucionarios progresistas” casi siempre compañeros de viaje de “los duros”, enfrentados a la realidad incuestionable del fracaso general de las sociedades que han querido remodelar, sólo les queda recomenzar de nuevo el lento proceso de la evolución humana, para llegar a la civilización del capitalismo que destruyeron, desarrollarlo, y entonces pensar si sería posible un socialismo, algún tipo de socialismo, prácticamente cualquiera, y si vale la pena y si pudiera resultar mejor que ese capitalismo desarrollado.

Pero ojo, no porque lo quieran “los duros”: tendrían que someterse a las urnas y ganarse el derecho al experimento apoyados por el voto popular en elecciones verdaderamente libres, justas y competitivas. De lo contrario, todo sería la misma mierda que hasta ahora.

Si el ser humano del siglo XXI combina su actual irracionalidad, proveniente de las sociedades primitivas, con el frío cálculo financiero y la centralización del poder, y no es capaz de crecer como ser humano y como espiritualidad a la vez, ese homo industrial, en posesión de un dominio científico y tecnológico descomunal, no cambiará el sino cruel de nuestra civilización.

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Sin embargo, no pretendamos ser tan generalizadores y abstractos para referirnos al planeta y a la civilización humana en su totalidad y a lo largo de la historia, y limitémonos a deliberar (ya no nos gusta tanto utilizar el verbo “reflexionar”, se imaginarán por qué) cómo debería y cómo podría ser la organización política de la Cuba que deseamos, y que será necesario construir ¿desde cero? a partir de “el día después”, cuando finalice la pesadilla totalitaria de más de medio siglo.

Lo cual no puede estar limitado a lo que pensemos nosotros dos. Por lo tanto, invitamos a nuestros lectores a ofrecer ideas y sugerencias que consideren convenientes y oportunas sobre el tema, sin preocuparse para nada si estamos de acuerdo o no con lo que propongan, pues todos los criterios son legítimos.

Para evitar que algún lector vaya a sentirse presionado si le interesa el tema y decide participar, esta vez no exigiremos que se identifique con su nombre real, como hacemos en el caso de las contribuciones para publicar en El Think-Tank. Más bien, al contrario, a no ser que el lector solicite que se publique su nombre, utilizaremos las ideas más que las identificaciones, aunque dejando muy claro cuando son aportes de los lectores: no pretendemos apropiarnos de nada que no nos corresponda.

Para hacernos llegar criterios y opiniones es muy fácil, simplemente escribiendo a: correo@cubanalisis.com.

La próxima semana no publicaremos la cuarta parte y final de este trabajo, sino lo haremos en dos semanas, para dar tiempo a que puedan llegar criterios de lectores interesados en participar en este análisis. Están todos invitados.

(continuará)