Cubanálisis El Think-Tank   

       

                 Eugenio Yáñez y Juan Benemelis

Viva la democracia, ¿pero cuál? ( I )

De la desigualdad de los orígenes a la estandarización de los resultados

Es casi un lugar común proclamar que deseamos la democracia para Cuba. Porque, aun quienes en La Habana desean y justifican la dictadura y el totalitarismo para el país, declararán que desean la democracia, no solamente porque eso sea lo “políticamente correcto” que hay que declarar, sino sencillamente porque decir lo contrario sería de absoluto mal gusto.

Sin embargo, y tratándose de cubanos esto no tiene por que sorprender: cada uno de los integrantes del debate, que son prácticamente todos los cubanos, en La Rampa o en la Calle Ocho, en el Palacio de Las Convenciones o en el Restaurant Versailles, en Placetas o Union City, en la Plaza de la Revolución o en el Paseo de La Castellana, tiene un concepto muy peculiar de lo que es la democracia y siempre, al final del día, la define a su manera, pero con la absoluta convicción de que esa es la única definición inteligente, y que todos los que tengan una opinión diferente estarán  totalmente equivocados.

De manera que mientras para algunos la expresión prístina de la democracia en Cuba sería la que se define en la Constitución de 1940, para otros esa definición más exacta y completa puede tomarse de “La Historia me absolverá”, mientras que para otros puntos de vista sería conveniente volver a inspirarse en la Constitución de 1901, o incluso en la de Guáimaro (1869). Sin embargo, con estos criterios, podría valer también preguntarse ¿por qué no los Estatutos Constitucionales tras el golpe de estado del 10 de marzo de 1952, o la actualización de la Constitución “Socialista” cubana?

El mundo del pensamiento marxista, a pesar de sus continuas y constantes referencias al pensamiento dialéctico, la evolución y todo lo demás, vive atrapado en un dilema conceptual: proclama una supuesta “democracia proletaria” que sería superior a la “burguesa”, con lo cual se niega conceptualmente a sí mismo.

Si la “democracia burguesa” es fruto del capitalismo, y el socialismo se establece por medio de la “dictadura del proletariado”, ¿por qué necesita ese supuesto socialismo totalitario presentarse como una sociedad democrática en el sentido “burgués” del término?

¿Por qué no se siente capaz de proclamar, sencillamente, que el socialismo estilo soviético, a pesar de todas las adecuaciones y “tropìcalizaciones” que se le incluyan, es una dictadura de la supuesta mayoría de la población, los obreros aliados a los campesinos, sobre el resto de la sociedad, y que no tiene nada de malo que así sea, pues se trata de la voluntad de la inmensa mayoría de la población sobre una exigua minoría?

Naturalmente, este razonamiento iría en contra de los principios de la “democracia burguesa” tal como fue concebida y es conocida en el mundo occidental, pero al fin y al cabo, ¿no se supone que se trata de “una nueva era en la historia de la humanidad”?

Si estos dilemas teóricos y conceptuales atenazaron a la flor y nata del pensamiento marxista y a sus más sólidos intelectuales en cualquier lugar -del Este y del Oeste- durante casi setenta y cinco años de vida del régimen soviético, más que atenazar, aplastan a unos supuestos “teóricos” del régimen castrista en La Habana (no hay ni puede haber demasiados teóricos serios en “el interior”, es decir, fuera de la capital del país: en estos aspectos, el sol siempre sale por La Habana).

Por eso, más que una supuesta “batalla de ideas” y un debate conceptual en serio para acabar de encontrar una verdadera fundamentación teórico-conceptual del complejo proceso que se lleva a cabo -y que está muy claro que puede ser cualquier cosa menos “socialismo”-, lo que se observa en la Isla continuamente, o en boca de los voceros autorizados a viajar al extranjero y expresar determinados criterios “críticos”, no es más que una cantinela permanente y poco original de supuestos “profundos pensadores” establecidos por decreto y con autorización partidista, sean históricas “vacas sagradas” o intelectuales orgánicos que cuentan con la bendición del aparato, que lo único que tienen en común, inconfundiblemente, todos, no importa su formación académica, su currículum, su edad, o sus cargos, es una demostrada habilidad para jugar continuamente con la cadena, pero nunca con el mono, ni de lejos.

Lamentablemente, desde la orilla contraria a las agrupaciones del régimen, a pesar de poderse contar con pensadores de suficiente talla para abordar estos conceptos en profundidad, en muchas ocasiones el esfuerzo se concentra en pelear a la riposta y denunciar las arbitrariedades y la maldad intrínseca del totalitarismo, pero se elabora poca teoría en cuanto a modelos conceptuales alternativos.

De manera que, al no ofrecerse proyectos alternativos originales, queda solamente la respuesta o el desprecio a lo que pueda elaborarse en La Habana -poco, nada nuevo ni con demasiado sentido práctico en función del desarrollo del país y la elevación del nivel de vida de la población. Y lo que es peor, frente a las pocas elaboraciones originales que puedan surgir a la palestra, se recurre muchas veces más al desprecio y la descalificación -matar al mensajero- que a la contraposición respetuosa de las ideas.

Y así llevamos más de medio siglo convencidos de que la otra parte -cualquiera que sea esa otra parte- está totalmente equivocada y que la razón pertenece a un grupo de iluminados, así proclamados por ellos mismos. Lo que no es más que una versión aparentemente “democrática”, pero intrínsecamente absurda y unilateral, pero con signo contrario, de aquella frase de Fidel Castro de que “el futuro pertenece por entero al socialismo”.

Sobre todo este dilema y sus consecuencias y derivaciones, pretendemos razonar de conjunto con nuestros lectores en este trabajo.

La cracia del demos

Queremos abordar brevemente dos teorías ingenuas de la sociedad, que todos los teóricos oficiales del régimen habanero proclaman.

La primera es la teoría de que la ideología marxista, o la del poder, presenta la conducta de conjuntos sociales tales como grupos, naciones, clases, sociedad. Estos conjuntos sociales son concebidos como objetos, al igual que los animales o las plantas.

Esta concepción es ingenua, pues pasa por alto el hecho de que estos supuestos conjuntos sociales son postulados de teorías populares, más que realidades; y que, si bien existen como multitud reunida, es totalmente falso que nombres como el de “la clase obrera cubana” o “la burguesía de la neo-colonia” representen a tales grupos reales, no más allá de lo que podría ser, por ejemplo, el grupo de “los que están esperando la guagua”, que aunque sea muy real y pueda palparse muy bien en determinado momento, se diluye en otras realidades antes de que pase un buen rato, sea porque el ómnibus llegó, o los que esperan se cansan y deciden caminar o buscar otra forma de moverse, o comienza un fuerte aguacero que obliga a buscar refugio.

Lo que representan esos conceptos maniqueos es una suposición ideal. Por consiguiente, la creencia en la existencia de tales “colectivismos ingenuos”, debe ser reemplazada por el análisis de los individuos y sus acciones y relaciones.

La prioridad de la pregunta sobre cómo deberíamos vivir se halla en manos de esquemas de gobiernos y modelos económicos. Queremos la libertad por la libertad y a través de cada circunstancia particular. Y al querer la libertad descubrimos que depende enteramente de la libertad de los otros, y que la libertad de los otros depende de la nuestra. Todos pueden estar de acuerdo, en cualquier lugar del mundo, en que una situación actual resulta insostenible y requiere cambios, pero cuando se trata de aplicar los cambios que se necesitan resulta que solamente nos parecen aceptables y positivos los que afectan a los otros y no a nosotros mismos. Lo que vale, claro está, simultáneamente, para todos y cada uno de nosotros.

Porque, en definitiva, y paradójicamente, la libertad individual, la nuestra y la de los demás, no es un asunto particular de cada uno, sino colectivo, o mucho más aun, social. Y mientras más libres se pueda ser, más asunto social resulta.

Así, esa falsa teoría habanera da origen a otra idea tan equivocada como la anterior: la teoría conspiracional, la idea de que todo lo que sucede en la sociedad, como la guerra, la desocupación, la miseria, las calamidades, y hasta las catástrofes naturales, son resultado del plan directo de individuos o grupos poderosos. La máxima expresión de esta posición son unas relativamente recientes “reflexiones” de Fidel Castro acusando a poderosos grupos conspiradores de orquestar el dominio mundial. Idea tan ridícula como su desmesurado ego.

Esta superstición primitiva, exacerbada al máximo por el totalitarismo tropical, es el resultado típico de la transformación de las supersticiones religiosas en ideas políticas en los actores políticos republicanos y los del castrismo.

William Hegel y Karl Marx reemplazaron la diosa Naturaleza por la diosa Historia, y nos impusieron las leyes de la historia, los poderes, fuerzas, tendencias, designios y planes de la historia, y la omnipotencia y omnisciencia del determinismo histórico. Pero lo que fuera elaborada teoría en esos pensadores germánicos terminó como parodia en la versión criolla de nuestros pensadores y nuestra élite urbana, blanca e inconsistentemente ecléctica, y, peor aún, como relajo sin base conceptual alguna en el aparato propagandístico del régimen, como fue mucho peor aun en su versión “sandinista” hace treinta años y en la actualidad en la “bolivariana”.

Establecer una línea ascendente histórica desde la “barbarie” hacia la “civilización”, suponiendo un “ascenso” desde la supuesta comunidad primitiva, pasando por todos los estadíos, para coronarnos en la democracia como la gubernabilidad suprema, es una construcción muy controversial.

Que el pensamiento de Hegel pudiera convertirse en fundamento filosófico del Estado alemán y el nazismo es una cosa muy diferente a que se pueda hacer lo mismo con Marx y Lenin en el Estado totalitario, pues al fin y al cabo con Hegel y Ludwig Feuerbach se trataría no solamente del fin de la filosofía clásica alemana, sino también del fin de toda la filosofía clásica, y en última instancia, del fin de la filosofía, casi-casi “el fin de la historia”. Pero ese enfoque marxista del propio marxismo, nunca aceptado y mucho menos intentado por los inmovilistas de la central moscovita, llevado hasta sus últimas consecuencias, resulta “revisionista” para todos los apparatchik, y mucho más en su versión tercermundista.

Ya la teoría en serio la vulgarizó demasiado Friedrich Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, pero no por eso ha dejado de repetirse la esencia de ese enfoque, y no solamente desde la extrema izquierda, como podría pensarse a priori con esos antecedentes. Porque, en definitiva, el euro-centrismo como ideología subyacente y subconsciente no es de izquierdas ni de derechas, sino de Europa y de la “civilización occidental”. Y su concepto de “democracia” no encaja ni tiene nada que ver con lo que no se considera la “civilización occidental”, pero tampoco en los países que si se consideran como parte de ese mundo occidental, pero que son en realidad del Tercer Mundo.

Quién tenga dudas de lo anterior, trate de explicar a un tuareg en el desierto del Sahara, a un bosquimano africano, a un autóctono de la Amazonia brasileña o a nómadas centroasiáticos o mongoles, los conceptos de democracia, multipartidismo, libertad de expresión o Estado de Derecho.

La teoría del derecho natural, o sea, los derechos imprescriptibles que ningún soberano, de ninguna manera, puede transgredir, -eso a que se hace referencia también como “verdades evidentes”- no se estableció ni con el capitalismo ni con la democracia, sino mucho antes. Al igual que la teoría del contrato suscripto entre los individuos y el soberano, que incluye cláusulas que ese soberano debe acatar.

Eso ya era práctica común -aunque no escrita- desde los tiempos de Sumer, de las civilizaciones mesopotámicas, de los imperios chinos, romano, bizantino, y de los califatos islámicos. Y también de los aztecas, los mayas y los incas, los malienses, los shongais y los ashantis. Porque, sin un “contrato” determinado, aunque se impusiera por la fuerza y estuviera establecido antes de nacer tanto el “contratista” como el “contratado”, era imposible gobernar.

En Inglaterra, el Alma Mater de la actual remodelación gubernamental-mercantil, esto sucedió recientemente (desde el punto de vista histórico), a partir de la burguesía y los disidentes religiosos contra la monarquía absoluta de los Estuardo de comienzos del siglo XVII, con su cuota de decapitaciones incluidas en uno y otro bando, y que no fueron pocas.

En tiempos de los romanos o de Carlomagno, del norafricano Masinisa, o del inca Manco Capac, el “Estado” eran unos pocos burócratas -tuertos en país de ciegos- con funciones muy concretas para ayudar al soberano a administrar su territorio y recolectar impuestos, nada más. Entonces esa burocracia se preocupaba, como ahora, de cuidar sus posiciones y defender los míseros privilegios que pudieran corresponderle, y trataba de resultar imprescindible al amo, pero no era capaz todavía de reproducir la necesidad de subsistencia de la burocracia misma, en la forma en que ha resultado posteriormente con la burocracia “ilustrada” al estilo de Max Weber.

El crecimiento del volumen y la imprescindibilidad del poder estatal se produjeron históricamente a partir del ejército y de las instituciones judiciales. Si el monarca limitaba y reducía poco a poco los juegos complejos de los poderes feudales, lo pudo hacer en su carác­ter de piedra angular de un Estado de justicia, redoblado por un sistema armado, asumiendo en ese Estado “central” funciones diversas que llevaban a cabo cada uno de los señores en sus feudos.

La práctica judicial fue la multiplicadora del poder real durante todo el Medioevo. Cuando a partir del siglo XVII, y sobre todo de principios del siglo XVIII, se desarrolló una nueva racionalidad guber­namental, la democracia mercantil, se hizo imprescindible el Derecho, que serviría de punto de apoyo a toda per­sona que quiera limitar la extensión indefinida de una razón de Estado que cobra cuerpo en un estado de policía.

Sin derecho mercantil no habría economía capaz de desarrollarse en los estados nacionales, y sin desarrollo de esa economía el poder del soberano quedaría en ascuas, suspendido en el aire, ante una población y unas “clases vivas” dispuestas a aceptar el papel regulador de ese soberano, pero no dispuestas a carecer de un aparato regulador que pusiera orden y concierto a sus actividades económicas. El soberano moderno no podría ser nunca más el Príncipe sin límites ni controles, propio de la era medieval.

Así que, más que rechazar el papel regulador del príncipe (o el tirano) y su burocracia, prácticamente lo exigían, para poder funcionar de manera adecuada, al menos para los estándares de la época.

La separación de la economía de la razón de Estado sobrevino con el surgimiento de los Estados nacionales europeos y la disolución progresiva del régimen feudal, donde el Estado del príncipe retenía el control de las actividades fundamentales relacionadas con gastos e ingresos, como el control aduanero, la tasación comercial, el peaje, la recaudación de impuestos, la renta del suelo, y demás.

Era el privilegio de la intervención y la regulación feudal y medieval, que pasó de ser casual a ser necesidad en la medida que los regímenes feudales se iban disolviendo con el avance de la historia y de la economía, mientras surgían y se fortalecían los Estados nacionales, fenómeno que se mantendría en toda la “civilización occidental” por varios siglos, a partir del XV, hasta que comenzara a desarrollarse el contrario hegeliano de tales estados, con la globalización, desde finales de las sociedades industriales y los comienzos de la sociedad informática global, en el tercer tercio del siglo XX.

El principio del máximo y el mínimo en el arte de gobernar, que introducen el mercantilismo y la economía política, sustituye la noción del equilibrio equitativo, de “justicia equitativa”, que antaño ordenaba exclusivamente la sabiduría del Príncipe o del Sultán. Esta cuestión de la autolimitación por el principio de la verdad resulta, tal vez, lo más formidable que la economía política introdujo en la presunción indefinida del Estado-policía.

Pero la humanidad vivió hasta hace solamente un par de siglos bajo mercados regulados y controlados, por una causa o la otra, sin dejar actuar de ninguna manera absoluta a esa mano invisible que tantas malas interpretaciones ha generado aliada con las emociones y el populismo. La necesidad de dejar actuar la “mano invisible” del mercado con la menor cantidad posible de intervenciones para que, justamente, pueda formular su verdad y proponerla como regla y norma a la práctica gubernamental, ese lugar ahora considerado de la verdad, no estaría en la cabeza de los economistas que aconsejaban a la monarquía o a la oligarquía militar, sino en el mercado.

Como mismo sucede ahora en los enfoques populistas o totalitarios, que resultan incapaces de comprender que algo que no puede entenderse, debido a su colosal complejidad, como es el mercado y las relaciones mercantiles que genera, casi comparable con la complejidad de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento -los caballos de batalla del “materialismo dialéctico” de Engels y los “manualistas” soviéticos, pero concepto y frase que Marx nunca utilizó, pues hablaba de dialéctica materialista como método de pensamiento, y no de materialismo dialéctico como cuerpo de conocimientos-, no puede ni podrá regularse jamás en todos sus detalles, y que ni los mejores talentos humanos ni las más potentes computadoras son capaces de acercarse a las complejidades y la velocidad con que funcionan las relaciones del mercado, y mucho más todavía en los tiempos de la sociedad informativa y la globalización, que aparecen ambas en el mismo momento histórico nunca por casualidad.

Digamos las cosas con mayor claridad: la aparición del “mercado mercantilista”, en el sentido muy general, fue menos justo que el “mercado feudal” que funcionó en el Medioevo y en los siglos XVI y XVII, que era esen­cialmente un lugar investido de una regla­mentación proliferante y estricta en cuanto a los objetos que debían llevarse a los mercados, al tipo de fabricación de esos objetos, al origen de los productos, los derechos que había que pagar, los procedimientos de venta, los precios fijados. En la práctica, nótese la paradoja, algo demasiado cercano a las absurdas regulaciones mercantiles establecidas en todas partes por el “socialismo real”.

Democracia, economía de mercado y comunismo

 

Si en algo nada tuvo que ver la teoría marxista fue con la toma del poder bolchevique en Rusia, la cual resultó una flagrante contradicción con lo proclamado por Marx y Engels. Vladimir I. Lenin, quien fue realmente el inventor del totalitarismo, nunca se apoyó en el “proletariado” y construyó un Partido para ejercer el poder supremo y como instrumento arquetípico para desbaratar la sociedad capitalista, un calco de la visión de la orden de los jesuitas extendida a escala internacional.

 

En buena teoría, realidades y conceptos, Vladimir Ilich fue el mayor y más inmoral e indecente de todos los “revisionistas” que en el mundo han sido, el asesino práctico del pensamiento marxista, y el que, sin embargo, logró pasar a la historia, o la historieta, del pensamiento político, como quien desenmascaró a los “revisionistas” que se agruparían en la II Internacional y darían nacimiento al verdadero socialismo democrático que dura hasta nuestros días, básicamente en Europa.

 

Esa cohorte leninista atrincherada en el Palacio de Invierno de Petrogrado introdujo la monstruosa noción de ortodoxia, y Moscú, como guardián titular del dogma, la pureza y los libros sagrados, devino en el peregrinaje de funcionarios ideológicos y políticos de todo el mundo, que aprendían cómo demonizar a los herejes.

La creencia en los dioses homéricos, cuyas conspiraciones eran las causantes de las vicisitudes de la guerra troyana, fue ocupada por la de los Sabios Ancianos de Sión, o por los capitalistas, o los imperialistas del Pentágono, o por el Kremlin y la Lubianka, y ¿por qué no? por el Vaticano. Siempre por personajes externos, nunca relacionados con las vicisitudes y errores propios, ¡no faltaba más!

De seguir la teoría conspiracional habría que afirmar que todos los sucesos, aun los que a primera vista no parecen deseados por nadie, son los resultados intencionales de las acciones de grupos y capillas interesadas en esos resultados; es seguir a pie juntillas la teoría marxista conspirativa vulgar de Marx, de los capos de la KGB, o del nacional-socialismo de Joseph Goebbels.

Mucho más que lo que lograra nunca ningún GOSPLAN ni ninguna JUCEPLAN en tiempos del “socialismo real”, que ni era socialista ni era real. Y esa regulación del “mercado feudal”, que ya iba dejando de serlo poco a poco, vigilaba que el precio de venta fijado en el mercado fuese un precio justo, y había mayor justicia distributiva asegurándose la ausencia de fraude, para proteger al comprador, fuese pobre o rico.

Pero a mediados del siglo XVIII, con su crecimiento y extensión, y sin introducir el factor tiempo en el análisis, se hizo “evidente” que el mercado ya no era un lugar de jurisdicción, y se dejó ver entonces como algo que debía obedecer a determinados mecanismos “naturales”, espontáneos, y así era a tal extremo que si se procuraba modificarlos sólo se lograba alterarlos y desnaturalizados.

Fue el origen de los fundamentos teóricos del “capitalismo salvaje” puro y duro, y del nacimiento de la “teoría económica”, por parte de Adam Smith y Jeremías Bentham, que por otra parte estableció que estos mecanismos, cuando se los deja actuar, permiten la formación de precios que se han llamado precio “natural”, y que los fisiócratas denominarían “buen precio”, pero siempre que se permitiera el tiempo necesario para el actuar de tales regulaciones.

Nacía la famosa teoría de que el carnicero se interesaba en vendernos carne para poder prosperar en su negocio, y no necesariamente porque ese señor se preocupara por nuestra alimentación. Elaboración conceptual tal vez aparentemente primitiva y sencilla, pero que tiene la peculiaridad de que no ha podido ser desmentida hasta la fecha.

Teoría que posteriormente los comunistas quisieron sustituir con la de que el Estado totalitario se hacía cargo no solamente de vendernos la carne, sino en qué cantidad, con qué calidad, con qué periodicidad, y a qué precio, y además preocuparse por nuestra alimentación, nuestra salud y nuestra felicidad, por lo mucho que nos quería como nuestro noble Papá-Estado, pero no para mantenerse y consolidarse a perpetuidad en el poder. Que la inmensa mayoría de los primeros secretarios se hayan mantenido en el poder hasta su muerte o su defenestración, como se decía en las películas, ¿es pura coincidencia?

Mientras el gobierno del príncipe, el monárquico, estaba obligado a aplicar la justicia económica, al estar su ámbito de influencia por sobre todas las personas y cosas, el gobierno democrático posterior no tendría tal responsabilidad, que pasaba al mercado, que supuestamente le exigiría una “conducta ética y moral” de justicia al comerciante.

La verdad de Perogrullo, la tesis más repetida y generalizada, no por certera, sino por torpeza, es que entonces el mercado, por consiguiente, haría que el gobierno fuese “un buen gobierno”, y no un gobierno que tendría que actuar obligatoriamente con justicia mercantil. Lo que se repite hasta nuestros días, tanto por todos los supuestos “neoliberales” tercermundistas como apología del mercado y la irresponsabilidad, como por politicastros que nunca ni siquiera se han leído a Adam Smith, Joseph Schumpeter, o Milton Friedman, pero se embelesan escuchando a Carlos Saúl Menen, Salinas de Gortari o Alberto Fujimori, politicastros muchos de ellos que se creen que el neoliberalismo conlleva la corrupción y el enriquecimiento ilícito impune. Y también por todos los anti-mercado, sean marxistas, trostkistas, libertarios, comunistas reciclados o en estado puro y sin bañarse, “bolivarianos”, montoneros, tupamaros, fanáticos de la Pacha Mama, populistas, demagogos, sandinistas, zapatistas, zapateristas, neocastristas, “liberales” estadounidenses, resentidos, ecologistas extremistas, o como quieran llamarse, para prometer un “mundo nuevo” y “reinventado” mucho mejor que el que tenemos

El acoplamiento de la razón del mercado con la razón del gobierno no implica que el mercado se constituya como causa de justicia, el cual automáticamente se corona de un gobierno obligado a la justicia. De la “justicia directa” se pasaría a la “justicia indirecta”.

 Lo que sucedió en esta historia de la aparición del mercado fue la creación de la jurisdicción mercantil independiente de la verificación estatal, que es sin dudas uno de los fenómenos fundamentales de la reciente historia del Occidente moderno. Aunque no necesariamente sea visto así ni se estudie de esa manera en los templos de las ciencias políticas de nuestro mundo “occidental y cristiano”, ni tampoco en todos los de las ciencias económicas “modernas”.

Mientras se siga creyendo en la visión euro-centrista de que Cartago tuvo que ser destruido por el peligro que representaba en esos momentos como ciudad-estado competidora, y no por el peligro potencial que representaría para toda Roma si fuera conquistado por el irreducible Masinisa que se imponía en el norte de África, o que el Imperio romano cayó por la invasión de los “bárbaros” y no por el excesivo papel regulador que fue estableciendo el estado sobre la economía, seguirán muchas personas graduándose de estudios de Historia sin conocer realmente todo lo que sucedió ni su por qué.

Y también seguirá repitiéndose desde este mismo origen del absurdo teórico de que, necesariamente, economía de mercado y gobierno democrático, o al menos no tiránico o dictatorial, tienen que ir de la mano, y que es imposible una sin el otro. Y su obligado corolario, de que cualquier reforma económica conlleva automáticamente reformas políticas. ¡Ay, Plaza Tien An Men, cuántas idioteces se repiten en tu nombre! Y no hay que comenzar a hablar ahora sofisticadamente de China, Vietnam o Singapur, porque ya Venustiano Carranza, Juan Vicente Gómez, Gerardo Machado, “Chapitas” Trujillo, los “gorilas” brasileños de los años sesenta y setenta del siglo pasado, Lew Kuang Yew en Singapur, y los herederos de Chiang Kai Shek en Taiwán, entre muchos otros, demostraron clara y extensamente que ambas cosas no necesariamente tienen que ir de la mano ni al mismo tiempo, aunque vayan derivando hacia ello en el largo plazo, momento en el que, según John Maynard Keynes, ya todos estaremos muertos.

Por supuesto que han existido conspiraciones, pero afirmar que son frecuentes y alteran el carácter de la vida social, impide que entendamos la naturaleza de los problemas presentes. Y en esta trampa se hallan tanto los apparatchiki cubanos como los analistas históricos de nuestro exilio. Las realidades tienen lugar haya o no haya conspiración.

La revolución de 1933 en Cuba no fue planificada en el State Department por Summer Wells, por Moscú, por la revolución mexicana, ni por el pipisigallo; la revolución de 1959 no fue un engendro tenebroso del Kremlin y la Komintern, como tampoco lo fue de Langley y del Departamento de Estado, ni de Ahmed Sukarno y sus afroasiáticos en Bandung, ni de Gamal Abdel Nasser, Josip Broz Tito, el Papa, Jawarahal Nehru, Herbert Matthews, o The New York Times. Ni siquiera el mismísimo Fidel Castro sabía al comenzar el rumbo que tomarían los acontecimientos.

Y esta observación nos brinda la oportunidad para discernir las repercusiones sociales inesperadas de las acciones humanas intencionales o no, como fue la de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952, la de Fidel Castro el 1 de enero de 1959, o la del papa Benedicto XVI en La Habana.

Sobre estos aspectos desarrollaremos los análisis en la segunda parte.

(continuará)