Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

VIAJE AL REINO HERMÉTICO

 

Una periodista retrata desde dentro al régimen de Kim Jong Un

Ha pasado una semana infiltrada en el país del último villano

Sus súbditos no hablan de él con cariño

 

Berta Herrero, en El Mundo, España

 

I

 La élite roja de Corea del Norte

 

Una hilera de teléfonos móviles cruza la calle sin prestar atención al motor del Hyundai que ruge para que apuren el paso. Pegados a ellos marchan, con la mirada fija en sus pantallas, decenas de cuerpos enjutos envueltos en camisas blancas y pantalones de pinzas. Cuando llegan al otro lado de la acera, una agente de tráfico gira con rapidez sobre sus talones e indica al vehículo que prosiga su camino. La jornada laboral ha tocado a su fin y, con ella, un día más en la vida de los habitantes del Pyongyang de Kim Jong-un.

 

No hay toque de queda declarado, pero tampoco demasiado que hacer en el tiempo libre, por lo que se resignan a volver ordenadamente a sus barrios. Los colegiales, antes de poder ir a jugar, cumplen con su deber de homenajear los cuadros de dos muertos que en vida condenaron a sus padres a tener que repartirse la pobreza propia de un país aislado del resto de la humanidad.

 

Con su pañuelito rojo al cuello -que ya desde temprana edad identifica a los niños como miembros de la revolución que dice seguir llevando a cabo el partido único-, forman filas a lo largo de la plaza central y dedican alabanzas a Kim Il-sung y Kim Jong-il.

 

Desde el fallecimiento de este último en 2011, los vecinos de la capital de Corea del Norte no sólo tienen que alabar a un dictador, sino a dos. También son dos las caras de muertos que deben relucir en el pin que llevan a la altura del corazón.

 

Todo parece seguir igual, pero es mucho lo que ha cambiado en su cotidianidad desde que Kim III heredó la corona de la única monarquía comunista del planeta. El nuevo líder -que no ha logrado ganarse aún este título y ha de conformarse con el de Mariscal- sigue obligándoles a vivir incomunicados con el exterior.

 

Sin embargo, las decisiones que ha tomado en sus primeros años de mandato han querido acercar a Pyongyang a las capitales más avanzadas, reservando sólo para ella un progreso que niega al resto del país. De entrada, a sus vecinos les ha permitido parecerse también a los habitantes de éstas y les ha regalado un smartphone. Gracias a estos aparatos, la voz que pronuncia sin descanso consignas revolucionarias por los altavoces instalados en cada rincón no tiene que esforzarse para ser oída: en el país más hermético del mundo las conversaciones también han pasado a ser escritas.

 

"¡Bienvenidos a la República Popular Democrática de Corea!", exclama la señorita Yon por el micrófono del autobús que impide a los extranjeros entrar en contacto con los trabajadores que abarrotan las calles. Ella, una funcionaria que estudió inglés en la universidad, será la encargada, junto a la señorita Min, de pastorear al grupo por el sendero que el Ministerio de Turismo ha diseñado cuidadosamente para que no vean más de lo que resulta aceptable mostrar.

 

La misión de cada una es velar por que la otra no le cuente a sus clientes nada que el régimen estime que no debe saberse. También han de evitar que fotografíen los lugares no permitidos -el 90% del itinerario- y que intenten hablar con ciudadanos de a pie.

 

Los 'regalos' de Kim III, "el generoso". "Les pedimos disculpas por el tráfico. Es hora punta y cada vez hay más coches en nuestra próspera ciudad", se presenta la señorita Min. Más y más coches del fabricante oficial, pero también los últimos modelos de alta gama de marcas extranjeras. La élite roja ya no se avergüenza de pasear sus privilegios ante los ojos de los empleados de la construcción y la industria, que han de conformarse con regresar a casa amontonados en la parte de atrás de algún camión.

 

A ojos del pueblo no es, sin embargo, una élite la que conduce los automóviles: "Nuestro Mariscal es generoso y obsequia con un coche a quienes trabajan muy duro por la República, como los militares, los grandes deportistas o los cantantes", explica, orgullosa, la señorita Min, ajena al revuelo que su concepto de meritocracia genera entre los extranjeros.

 

Olvida puntualizar que las norcoreanas no pueden conducir y, hasta hace bien poco, tenían prohibido llevar pantalones. "La presión popular hizo que Kim Jong-un tuviera que eliminar esa norma", indica A., una suerte de intermediario entre los visitantes y las guías-espía, cuya confianza ha conseguido a base de contratar con ellas decenas de tours por el museo vivo del comunismo.

 

Lo que sí les está permitido a las mujeres es regular el tráfico, y para delicia de algunos aún lo hacen en falda. Aunque les ha salido un inesperado competidor: el semáforo. Éste se ha instalado en muchas avenidas para organizar no sólo a los Hyundai, Audi o Mercedes que circulan por ellas, sino también a las decenas de coloridos taxis que ya operan en la capital de manera privada.

 

El capricho acuático

 

Y es que hacer dinero ya no está tan mal visto en un Pyongyang cada vez menos gris. En especial si es a costa de los turistas. Una de las visitas que están obligados a hacer durante su estancia en la capital es la del parque acuático Munsu, un capricho personal de Kim III... a 15 euros la entrada. "Si el Gobierno tiene todo un ministerio dedicado a atraer turistas es para obtener divisas -comenta por lo bajo A.-. Con ellas importa frigoríficos, televisores y otros objetos 'de lujo' que es difícil obtener aquí". Muchos de estos artículos entran por la frontera con China, en acciones de contrabando más o menos rudimentarias.

 

Los pocos miembros de la élite que obtienen permiso para salir a hacer negocios al otro lado del río Yalu regresan en el Pyongyang Exprés cargados de cajas de electrodomésticos y de bolsas repletas de alimentos. Por los vagones de este tren pasean también las largas piernas de las doncellas de la corte, que comparten con sus vecinas de Corea del Sur la obsesión por lucir un rostro extremadamente blanco y el gusto por los bolsos de Prada.

 

Ajenos al estraperlo con el que se enriquecen quienes manejan los hilos del último sistema del mundo oficialmente libre de consumismo, varios jubilados que han dedicado sus vidas a levantarlo se conforman con aliviar sus encorvadas espaldas con el masaje de los chorros de la zona termal del parque. No caben en sí de gozo escuchando las carcajadas de sus nietos, que disfrutan tirándose por toboganes con forma de seta o de flor. El Mariscal "regaló al pueblo coreano" este inmenso recreativo "para premiar su esfuerzo", cuenta la señorita Min.

 

Pero no es un regalo que todos puedan disfrutar: sólo tienen derecho a pasar un día en el parque los ciudadanos de Pyongyang que reciban un cupón en su unidad de trabajo -en dos años a ninguna de las dos guías-espía les ha tocado, según reconocen- o los pocos privilegiados que puedan pagar unos 3 euros. Las grandes pistas acuáticas están abarrotadas de sonrisas. Bañadores de todas las formas y colores sorprenden a los viajeros, acostumbrados a las monótonas prendas de tonos grisáceos y corte recto que aún predominan en las calles. Eso sí: no se ve ni un solo bikini ni semejante atrevimiento occidental.

 

En este oasis de alegría, Kim Jong-un consigue imprimir en las mentes de sus súbditos más afortunados una idea que hace pocos años ni los propios funcionarios del Ministerio de Turismo se creían: que viven en el país más feliz del mundo. Pero la realidad, ajena a aquellos que se han ganado el derecho a ser felices por un día y sólo denunciada por turistas quejicas, es que tras soportar media hora de cola para escalar hasta el comienzo del tobogán más alto, es posible que quede inutilizable porque deje de correr el agua. ¡Qué cruel ironía fue construir un parque acuático en un país que, azotado hoy por la peor sequía en 100 años, depende de la ayuda humanitaria para dar de comer y de beber a más de la mitad de su pueblo!

 

No lejos de Munsu se encuentra el parque de atracciones Kaesong, cuyas montañas rusas se encienden y apagan al capricho de los constantes cortes de luz que ponen en jaque a la red eléctrica de Pyongyang. Aunque no tiene puertas, los norcoreanos saben que sólo pueden entrar si poseen el codiciado cupón o pagando otros 3 euros (35 para los extranjeros).

 

Por suerte, algunos jóvenes no necesitan de un espejismo de felicidad para divertirse. Les basta con un balón de fútbol. Un puñado de atléticos muchachos improvisa un partido con un mural del Partido de los Trabajadores como telón de fondo. El más alto de todos marca de cabeza un gol. Sus compañeros de equipo se acercan a felicitarle, pero él no lo celebra. No vaya a ser que la hoz, el pincel y el martillo cobren vida y le acusen de individualismo.

 

A pocos metros de ellos pasa pedaleando enérgicamente una chica que sujeta el manillar de la bici con una mano y con otra, el teléfono móvil. "¡Miren, miren!", la señala la señorita Yon, queriendo que los turistas reparen en el nuevo carril-bici que discurre por las principales vías urbanas. "Este es otro de los regalos que el Mariscal ha hecho a las gentes coreanas", explica.

 

Ni libres ni iguales

 

Pero la generosidad de Kim-iI sólo le ha valido una estatua -frente a las más de 30.000 de su abuelo repartidas por todo el país- de la que él mismo se avergüenza, como se puede intuir por la prohibición de que sea fotografiada. Quizás porque está elaborada con un material que se asemeja a la plastilina y le representa a tamaño real -barriga incluida-, con una sombrilla y un balón de playa.

 

A pesar de sus juegos nucleares, sus súbditos saben que carece de experiencia militar y no le toman en serio. Cuando hablan de él, no lo hacen ni con un ápice del cariño que sentían por su abuelo, o incluso por su padre, a los que sí que llamaban Líderes.

 

Sólo le quieren por sus regalos. El aparente halo de modernidad que envuelve el Pyongyang de Kim Jong-un no ha hecho a sus ciudadanos ni más libres ni más iguales, sino todo lo contrario. Nadie puede escapar de la música revolucionaria que ha de sacar de la cama a los 25 millones de coreanos llamados a poner en funcionamiento, día tras día, la gran máquina comunista. Las consignas que lanzan los altavoces coinciden con las de los pósteres que decoran los murales pintados en cada calle. Uno dice: "¡Convirtamos la nuestra en la nación más poderosa del mundo, tal y como deseaban los grandes camaradas Kim Il-sung y Kim Jong-il!".

 

No parece que su enérgico mensaje contagie a las decenas de soldados, estudiantes y mujeres que esperan, cabizbajos, el autobús en un suburbio de Pyongyang. Muchos optan por hacerlo sentados en la acera. Es como si les faltasen fuerzas, incluso a los militares que están llamados a proteger una Corea que aún está técnicamente en guerra con su vecina del Sur. A duras penas sus delgados brazos consiguen llenar las mangas de un uniforme demasiado grande.

 

"¿Cómo adquieren aquí los alimentos, la ropa y demás bienes, señorita Yon?", pregunta un turista. "¡Oh! No tenemos que pagar nada, todo nos lo da nuestro Gobierno", se limita a contestar. Y prosigue: "Por ejemplo, a mi familia le corresponden 500 gramos de arroz diarios, además de un poco de pollo, de kimchi (plato típico de verdura)...".

 

Tiene marido y un hijo pequeño. Parece sentirse incómoda hablando de comida, así que redirige la conversación hacia su smartphone. Abre la versión norcoreana de WhatsApp y muestra a sus clientes un extenso catálogo de coloridos iconos. "En Corea se fabrican muy buenos móviles, siguiendo las instrucciones de Kim Jong-un. Nuestro Mariscal visitó hace poco una fábrica y dio consejos a los ingenieros para mejorar su calidad", cuenta.

 

Sin duda, una de las costumbres que Kim III ha heredado de sus antecesores es la de atribuirse cualidades en todos los campos del saber; luego, la propaganda se ocupa de que todo lo que se produce en el país parezca tocado por su dedo divino.

 

Desde que el pequeño de la dinastía ejerce el poder, se ha disparado el número de terminales conectados a la intranet -que no internet- de su reino, y ésta se ha convertido en el tentáculo más potente del Gran Hermano que vigila a todos sus súbditos.

 

La CIA estima que en Corea del Norte hay 2,8 millones de teléfonos móviles, prácticamente la misma cifra que ciudadanos censados en su capital. Una jardinera sujeta uno de ellos con una mano y con la otra maneja un cortacésped eléctrico. Se esfuerza por que ni una sola mala hierba crezca en los alrededores de Mansudae, el enclave más solemne de la república fundada por Kim Il-sung.

 

Hace cuatro años, cuando falleció su hijo, decenas de trabajadores tuvieron que acatar los delirios megalómanos de la monarquía y mover su gigantesca estatua de bronce a un lado para hacer sitio a una de proporciones similares hecha a imagen y semejanza de Kim Jong-il. Muchas personas hacen cola para inclinarse ante ellos. Dos niñitas, vestidas con el uniforme del colegio, se divierten barriendo con escobas las escaleras que llevan hacia las colosales figuras. Un turista se acerca a ellas para preguntarles por qué.

 

Pero antes de que pueda abrir la boca, la señorita Yon le recrimina que se haya separado dos metros del grupo. No puede permitir que un extranjero se salte la regla de oro -impronunciable, pero inquebrantable- del Ministerio de Turismo: está prohibido intentar hablar con cualquier ciudadano de a pie.

 

"Por favor, nos ponemos en fila y hacemos todos a la vez una respetuosa reverencia ante nuestros Queridos Líderes", indica a sus clientes la señorita Min, irritada. Vigila por el rabillo del ojo que ninguno ose no bajar la cabeza ante los dictadores. Sólo cuando da por buena la muestra deja a sus clientes regresar al autobús.

 

Casi se ríe en la cara de uno que le pregunta si pueden dar un paseo a pie. Por nada del mundo se arriesgaría a permitirlo y que alguno aprovechara para intentar entrar en cualquier tienda con el objetivo de descubrir si sus estanterías están vacías o llenas, algo que es imposible vislumbrar desde la calzada debido a la penumbra en la que permanecen.

 

Confinados de nuevo en el autobús que les lleva -quieran o no- en esta ocasión a la Gran Casa del Pueblo para el Estudio, los forasteros reparan en lo que parece una valla publicitaria. "¿Es eso un anuncio?", pregunta uno. "¡Sí! Hay varios en Pyongyang. Informa de que se está construyendo un complejo de viviendas que será entregado al pueblo el año próximo, en el 105", sonríe la señorita Yon.

 

En Norcorea, la historia arranca con el nacimiento de Kim Il-sung, en 1912. Considerado padre de la patria y Líder Eterno, sigue condicionando su destino después de muerto. No ha dejado de ser obligatorio que su retrato presida, con el de su hijo, tanto los espacios públicos como las casas privadas, ésas que el Gobierno da "gratis" a todos los trabajadores, según expresa la señorita Min: "Aquí todos somos iguales y no tenemos que pagar ni para ir al hospital, ni por recibir educación, ni para acceder a una casa. ¡Todo nos lo da el Estado!".

 

Sin embargo, las grúas que pretenden hacer a los nuevos bloques blancos tocar el cielo no consiguen tapar el argumento visual que prueba que ni siquiera en la Corea comunista la igualdad ha conseguido ser más que una utopía: chabolas. En el margen del río Taedong, en pleno corazón de Pyongyang, se amontonan rudimentarias construcciones cubiertas por láminas de metal que sirven de hogar a hombres con la piel ajada por el sol y las clavículas demasiado pronunciadas como para poder ocultarlas bajo las ennegrecidas camisetas que visten.

 

No parece probable que estos ciudadanos de segunda tengan acceso a la Gran Casa del Pueblo para el Estudio, a pesar de que la señorita Min cuenta que su "querido líder Kim Il-sung" mandó construirla para que pudiera venir cualquier persona interesada en aprender otra lengua o en instruirse en la música, el arte o la ciencia". Por su escalinata de mármol sólo suben y bajan hombres con las camisas perfectamente planchadas y mujeres que lucen tupés más altos que sus tacones. Y algunas ya prefieren chatear con sus móviles en lugar de leer el periódico único, expuesto en un panel.

 

Pero antes de que los forasteros puedan pararse a pensar si el centro estará reservado a una minoría selecta, el director les invita a mirar por una puerta. Las suyas se cruzan con las atentas miradas de Kim Il-sung y Kim Jong-il, cuyos retratos presiden un aula abarrotada de aparatos de música que en Occidente serían llamados vintage.

 

Pero lo que desconcierta al grupo es la inconfundible melodía que sale de uno de ellos. Es Yellow submarine. ¿Qué ocurre en Corea del Norte para que ahora se aprenda inglés al ritmo de The Beatles? ¿Está empezando el Reino Hermético a abrirse al mundo? Para cualquier extranjero sería un sueño poder preguntárselo a quienes pasean por el nuevo Pyongyang, pero se expondría a que le acusaran de espía o de periodista encubierto. Al fin y al cabo, sabe que los ciudadanos tampoco podrían contestarle, y menos con la verdad. Aunque la música suene cada vez mejor, la letra de las canciones norcoreanas sigue estando escrita con la sangre de los que han osado plantarle cara a una dictadura que dura ya 67 años.

 

'Un lugar como ningún otro' (por David Jiménez)

 

Las sirenas suenan puntuales poco antes del amanecer y una voz chillona se cuela en los dormitorios a través de los altavoces apostados en cada bloque de viviendas. "¡La revolución es un deber diario!", "Seamos fieles al Gran Líder", "¡Construyamos un Estado Socialista poderoso!". Un nuevo día ha comenzado en Corea del Norte, el calendario marca el año 92 de la era revolucionaria y el país sigue oficialmente presidido por el Líder Eterno Kim Il Sung, muerto desde hace ocho años. Pyongyang se va llenando de figuras tristes. Caminan en silencio hacia las ruinosas fábricas que se levantan en los alrededores de la capital del último Estado estalinista puro del mundo. (...) "Bienvenido a un lugar como ningún otro", dicen el señor Pak y la señorita Sim. Él es un militar retirado y ella una joven ex bailarina cuya carrera se vio truncada por una lesión. Los dos, oficialmente guías gubernamentales, forman parte del Ejército de espías destinados a controlar a los escasos extranjeros que entran en la más surrealista y despótica dictadura del mundo. (...) Sus habitantes viven aislados, internet no existe y tener fax está penado con la cárcel. Los gulags están repletos de quienes han sido descubiertos tratando de abandonar el paraíso marxista de los Kim. (...) El señor Pak me informa de que la primera visita, quiera o no, me llevará a la inmensa estatua de bronce del Gran Líder, ante la que todos los que entran en el país deben hacer una reverencia y depositar flores.

(Extracto de la crónica 'Corea es un manicomio' del 8 de diciembre de 2002).

 

Prohibido sacar fotografías

 

En Corea del Norte está prohibido pensar, opinar y preguntar más de la cuenta. Ejercer el periodismo entre sus fronteras es, de por sí, un crimen equiparable al de espionaje y, por tanto, puede ser duramente castigado. La autora de este reportaje entró al país más aislado del mundo bajo la identidad de estudiante de Relaciones Internacionales el pasado mes de julio. Consiguió retratar atisbos de la realidad cotidiana de los norcoreanos tomando fotografías prohibidas a través de su teléfono móvil, aun exponiéndose a ser denunciada por las dos guías que la acompañaron durante todo el viaje. Para que su pasaporte le fuera devuelto, la periodista tuvo que pasar la inspección habitual en la aduana, que consiste en intentar evitar que los visitantes saquen de Corea del Norte nada que pueda documentar la realidad del país de Kim Jong Un, en especial fotografías. La llevan a cabo militares expertos en analizar todo tipo de aparatos electrónicos. Sin embargo, para cuando ella llegó a la frontera, en la carpeta de imágenes de su dispositivo ya no quedaba ninguna fotografía que pudiera haber hecho intuir a los soldados que habían permitido a una periodista merodear por el dictatorial Reino Hermético.

 

 

II

Una sociedad orwelliana

 

Corea del Norte: un país de familias 'perfectas'

 

Imagínese un país en el que las flores no marchitan, los coches no hacen sonar su claxon y ni un solo papel ensucia las calles. Ahora, imagínese que este país está habitado por hombres que no rechistan cuando llega la hora de ir a trabajar, mujeres que visten faldas por debajo de la rodilla y melenas por encima del hombro y niños acostumbrados a cambiar el lápiz por la escoba al término de la jornada escolar.

 

Quizás no le haya dado tiempo siquiera a su imaginación para que determine si es posible que exista un país así, pero aguarde. Deje que añada que en dicho país no hay gordos, ni ciegos ni sordos. Tampoco hay gays ni divorciados.

 

Llegado a este punto, ¿se le hace imposible imaginar un país así? Pues a Kim Jong-un no. Tampoco a su padre, ni a su abuelo antes que él. A la única dinastía comunista hereditaria del planeta lleva casi 70 años antojándosele muy posible. Tanto, que ha encomendado a sus 25 millones de súbditos la obligada tarea de hacer realidad esta 'sociedad perfecta'. Y se han asegurado de que no se desvíen de su objetivo haciendo pertenecer a todos y cada uno de ellos al Partido único, que llaman el de los Trabajadores, pero que bien podría haber sido nombrado Ingsoc en honor a la 'orweliana' estructura que reproduce.

 

"Al acabar el colegio, llega el momento de cambiar el pañuelito rojo por la honorable insignia, que simboliza que todas las gentes coreanas llevamos a nuestros 'Queridos Líderes' en el corazón. Entonces, entramos a formar parte de la Liga Juvenil, hasta que nos casamos...".

 

La voz de la señorita Min se quiebra cuando habla de matrimonio. A sus casi 30 años, aún no está casada y, por tanto, no ha podido entrar a formar parte de la Liga de Mujeres, de manera que todavía no es 'útil' a ojos del Partido. "El deber de toda mujer coreana es trabajar duro y formar una familia para asegurar el porvenir de nuestra gran nación", explica. La guía aún vive en casa de sus padres, ya que en el reino comunista a las mujeres no les es posible acceder a una vivienda, como ella misma reconoce: "Cuando una pareja se casa, el Gobierno provee al hombre de un hogar en el que criar a sus hijos junto a su mujer".

 

"Sí quiero, Querido Líder"

 

Es domingo y brilla el sol en Kaesong, la última ciudad de Corea de Norte antes de llegar a la frontera con su hermana del Sur. Los norcoreanos están particularmente orgullosos de "haberla liberado del imperialismo estadounidense" durante la Guerra de Corea, porque de sus tierras es originario el ginseng, una raíz a la que atribuyen el don de la fertilidad. "Aquí tomamos mucho ginseng para que vengan muchos hijos", explica la señorita Yon, que ya ha traído uno al mundo; sus suegros, dice, le han pedido que tenga "muchos más con los que honrar a la patria".

 

Cuenta la guía que "cuando una mujer tiene mellizos o trillizos, el Líder la visita y provee a la familia de regalos: anillos de oro, navajas de plata y una casa grande". Quizás, en tales presentes esté pensando la pareja que acaba de contraer matrimonio ante la gigantesca estatua de Kim Il-sung ubicada en la colina más alta de la ciudad. El hombre, que luce en la solapa de su chaqueta de traje el pin con la cara del Líder eterno y de su hijo -elevado a los altares tras su muerte-, posa junto a su mujer (ataviada con el vestido tradicional coreano) ante la cámara de uno de los pocos invitados al enlace.

 

Una "frase célebre" de Kim Jong-il rescatada por la señorita Min -"La fidelidad al Líder debe ser parte de la convicción, la conciencia, la moral y la vida"- le sirve para explicar a los extranjeros por qué los norcoreanos han de jurarse amor eterno ante la estatua del Presidente Eterno. En el país comunista, su muerto más ilustre ha sustituido al de la tradición occidental, haciendo de su ideología, llamada Juche, la religión oficial.

 

Sin embargo, la guía niega que en Corea del Norte no haya libertad religiosa: "Tenemos pequeños grupos budistas, también cristianos, y cada persona es libre de profesar su fe". Y es cierto que en uno de los edificios más antiguos de Pyongyang asoma tímidamente una cruz. Pero puede que a los visitantes a los que, durante el control de entrada al país, unos militares les indicaron abiertamente que no podrían acceder hasta que se hubieran asegurado de que no llevaban "texto religioso alguno", no les resulte fácil creerla. En todo caso, los niños que nacen en Corea del Norte no tienen vacaciones de Navidad, pero sí "de invierno", en las que reciben "los regalos de amor" que mandan para ellos los Queridos Líderes, según relata la señorita Yon.

 

Son los mismos niños que mantienen limpias las calles de las ciudades norcoreanas con sus escobitas, que pasean cada día después de clase. Y cuyos padres aprovechan los días festivos para regar las plantas de los parques públicos y pintar, brocha en mano, las jardineras que decoran las principales avenidas.

 

Por estas avenidas transitan cada día cientos de personas que parecen vestidas por el mismo sastre: camisa clara y pantalón oscuro o traje grisáceo para los hombres y también camisa clara y falda oscura para las mujeres. Ni prendas escotadas o demasiado cortas, ni peinados extravagantes -el pelo cortado justo por debajo de las orejas para los jóvenes y recogido en una coleta o suelto a la altura de los hombros para las mujeres y, en ningún caso, teñido-, aunque en verano algunas se atreven con los tonos pastel y sustituyen los vestidos de corte recto por otros con volantes y puntillas.

 

Parecen, también, educadas por el mismo maestro: ninguna corre, grita o increpa a otra porque "los valores cívicos son muy importantes en la sociedad coreana", explica la guía.

 

Un país 'libre' de divorciados y gays

 

Entre los valores de esa sociedad no se contemplan, a juzgar por la cara de estupefacción de la señorita Min ante la pregunta de un turista, los derechos de los homosexuales: "¿Hay gays en Corea del Norte?" Rápidamente, la funcionaria responde que "no", que "no hay ninguno", y no sale de su asombro cuando su interlocutor le explica que, en sus país, conoce a muchos homosexuales.

 

Sin embargo, le sorprende respondiendo que ella también conoce a uno: "En un grupo de extranjeros que guié hace algún tiempo había un chico que tenía que entrar al baño femenino porque decía que era una chica", relata, sin saber siquiera que está describiendo a un transexual, palabra que reconoce no haber escuchado jamás. Y es que los extranjeros sólo pueden venir al 'Reino Hermético' para hacer tours guiados o actividades de negocios puntuales, y siempre bajo estrictos controles de permanencia en el país.

 

Las propias funcionarias del Ministerio de Turismo no conocen ningún caso de matrimonio mixto. La inexistencia de éstos y la imposibilidad de que los ciudadanos puedan salir de Corea del Norte sin fecha de vuelta han contribuido a hacer de la suya la raza más pura sobre la Tierra.

 

La CIA, uno de los pocos organismos que, junto a los servicios de información surcoreanos y las diferentes agencias de Naciones Unidas publica datos del país, describe a la sociedad norcoreana como "racialmente homogénea". El caminante que recorra sus ciudades no se encontrará en sus calles con ninguna persona de rasgos nórdicos, caribeños o mediterráneos. Tampoco con ninguna persona con deficiencias físicas o mentales o con problemas de sobrepeso. La guía explica que los minusválidos "viven en centros donde reciben todos los cuidados que necesitan"...

 

Y la delgadez de la mayoría de sus ciudadanos hace pensar que el único gordo que hay es su presidente, Kim Jong-un. El mismo que, aun siendo hijo de la tercera esposa de un dictador, encabeza un régimen que no contempla el divorcio. Cuenta la señorita Yon que "los coreanos no nos divorciamos, porque... ¿Qué sería de nuestros hijos si lo hiciéramos? Los niños merecen tener un padre y una madre, y por ello no hay razón para estar separados. Un hombre y una mujer unidos en matrimonio deben estar juntos".

 

No tiene más remedio que omitir el detalle de que una mujer sola no podría acceder a una casa, al igual que tantos otros que soslayen a la imagen de una 'sociedad perfecta', si no quiere arriesgarse a que sus palabras sean oídas por algún otro miembro del Partido único, es decir, por cualquier otro habitante de Corea del Norte, obligado a velar porque no se rompa la armonía que aparenta el país más aislado del mundo.

 

 

III

Las castas de Corea del Norte

 

Los intocables del 'Pyongyang Exprés'

 

¡Viajeros al tren!", llama un revisor a las personas que se aglomeran en el andén. Lo hacen en pequeños grupos, separadas por la línea imaginaria que se dibuja entre las que lucen un pin rojo en la solapa de sus chaquetas y las que no lo hacen. Los primeros forman parte de la élite del régimen norcoreano y van cargados de televisiones de plasma, ollas eléctricas y cajas de comida. Los segundos son turistas que han conseguido obtener el permiso de éste para penetrar en sus fronteras.

 

Todos esperan un tren al que, para subirse, es necesario tener billete de vuelta: el Pyongyang Exprés. Los raíles por los que discurre comunican la capital de Corea del Norte con Dandong, la ciudad china que se erige al otro lado de la frontera natural que marca el río Yalu. Estos simbolizan la vía de escape para las pocas familias que, a lo largo de varias generaciones, han sabido ganarse el favor de la monarquía de los Kim, que les ha permitido pertenecer a la clase privilegiada de la sociedad comunista. No solo disfrutan de un mejor acceso a los alimentos y a la vivienda, sino también de mayores libertades. Y lo que verdaderamente les diferencia del resto es que están autorizados salir del país.

 

Un miembro de estas familias "intocables" que viaja en el tren es Jae, un joven de 18 años que, a pesar de ser de Pyongyang, estudia inglés en la universidad china más cercana a Corea del Norte, la de Liaoning.

 

Dice volver a su ciudad natal para "disfrutar de las vacaciones de verano" junto a su familia y amigos, pero los guías extranjeros que visitan el Reino Hermético con frecuencia afirman que los "pocos" autorizados a salir de él "han de regresar a él con la regularidad que les marque el Gobierno".

 

"De mayor quiero ser director de una empresa de coches deportivos", cuenta Jae, con una sonrisa de oreja a oreja. El hecho de vivir en territorio chino le permite mantenerse al día de las últimas noticias futboleras. Su jugador favorito es Iker Casillas, que "acaba de dejar el Real Madrid", según él mismo cuenta a los turistas.

 

El Pyongyang Exprés es de los pocos lugares donde los norcoreanos pueden escapar del Gran Hermano que, por orden del presidente Kim Jong-un, les vigila. La hermana de Jae -que estudia Dirección y Gestión de Empresas, también en China- lo sabe y aprovecha para unirse a la charla con los extranjeros.

 

Les cuenta que su madre estudió en Alemania (República Democrática) en los 80 y que ha viajado por Europa. Lo hizo junto a su padre, antes de que ambos entraran al servicio del Gobierno norcoreano. Su estatus ha permitido que sus hijos hablen con fluidez tres idiomas (coreano, chino e inglés) y que tengan grandes aspiraciones. "A mí también me gustaría viajar a Europa algún día", dice la joven.

 

Por el momento, tanto ella como su hermano tienen que conformarse con unas vacaciones estivales en la capital roja. Pero parece que aún no tienen planes. ¿Qué harás cuando llegues a Pyongyang?, pregunta un turista a Jae. "Mmmm... no estoy seguro", titubea éste. ¿Tienes amigos allí?, continúa el forastero. "Sí, claro. Todos mis amigos viven y estudian en Pyongyang", le responde el joven. ¿Y qué hacéis para divertiros? "Mmmm... no estoy seguro".Viéndose en un apuro, el joven lanza una mirada de auxilio hacia su madre, que no le quita el ojo de encima desde el compartimento en el que viaja la familia. Ésta acude en su rescate y, dedicando una sonrisa a sus interlocutores, pone fin a la entrevista.

 

Los niños que sueñan con conocer París

Los privilegiados van al colegio, el resto a cultivar las tierras

 

Un grupo de hombres recorre en bici los 30 kilómetros de carretera parcheada que comunican Pyongsong con Pyongyang. Sólo un par de camionetas, cargadas de trabajadores que parten hacia la capital para cumplir con su jornada laboral, les sirven de compañía. Por ésta transitan también, de manera ocasional, los autobuses que llevan a los turistas a conocer de primera mano el sistema educativo de Corea del Norte.

 

Se dirigen a la Escuela Media Número 1 Kim Jong-suk, nombrada en honor a la primera esposa del dictador Kim Il-sung y madre de su hijo, el también dictador Kim Jong-il (y, por extensión, "Madre de la patria", como la define la guía designada por el Ministerio de Turismo para vigilar a los forasteros que la visitan). Durante el trayecto, ésta informa a sus clientes de que su país "goza de una educación de calidad, gratuita y obligatoria para todos los niños desde los 6 hasta los 17 años".

 

Los turistas que se disponen a conocer de primera mano este sistema educativo -diseñado siguiendo Juche, la filosofía sobre la que Kim Il-sung sentó las bases de su revolución y de un Estado aislado del resto del mundo- se preguntan si los niños que corretean entre las densas plantaciones que rodean Pyongsong en horas de clase también tienen acceso a él. Algunos cargan a su espalda útiles de arar, mientras que otros se limitan a acompañar a los campesinos que guían convoyes de escuálidos bueyes por un camino agrícola.

 

Caramelos sí, cuadernos no

 

En la misma puerta de la Escuela Media Número 1 Kim Jong-suk recibe a los extranjeros su junta directiva, para conducirles directamente a una clase de inglés. Presidida por los eternamente vigilantes retratos de los "Queridos Líderes", en su estrado destaca una pizarra electrónica. Con ella un hombre menudo, enfundado en un traje gris sobre el que destacan el obligado pin rojo y una corbata lila, explica a un grupo de adolescentes los diferentes tiempos verbales de la lengua de Shakespeare.

 

Todos ellos se ponen en pie a la vez para dar la bienvenida a los turistas, a quienes el profesor invita a contestar a las preguntas de sus alumnos. Cómo es el clima en sus países, qué hacen en su tiempo libre o cuál es el plato favorito son algunas de las cuestiones que les lanzan, para la tranquilidad de los directivos apostados en las puertas de la clase.

 

De repente, ésta se ve interrumpida por la pregunta que lanza, saltándose el turno de intervención, uno de los niños: "¿Cómo es París? Por favor, ¿puede contarme cómo es París?". El brillo de sus ojos implora a un turista que describa la Ciudad de la Luz ante los pequeños súbditos de un tirano que les prohíbe salir de un país autárquico; que se asegura de que nunca lleguen a conocer las calles de París.

 

Antes de que pueda contar su experiencia en la capital francesa, el profesor invita al forastero a abandonar la geografía y pasar a las matemáticas. Éste escribe en la pizarra una larga ecuación; según dice, pensada para ser resuelta por universitarios. La mayoría de los niños tarda menos de un minuto en alzar la mano para ofrecerle la respuesta. Correcta.

 

Para agradecerles su tiempo, los turistas regalan a los niños bolsas de gominolas... y cuadernos envueltos en papel de regalo. A medida que los reparten, se levanta una ola de murmullos entre los directivos del centro, que llaman la atención a la guía del grupo. Tras cruzar dos frases con ellos, ésta se dirige apresuradamente a sus clientes y les indica que han de abandonar el aula "rápido, o no habrá tiempo para terminar la visita".

 

El grupo de extranjeros es echado de la clase antes de que a los niños les dé tiempo siuiera a abrir sus nuevos cuadernos. "¡No deberían haber repartido regalos sin consultarme!", regaña a sus clientes la señorita Yon, con el rostro encendido por la presión. Estos no entienden su enfado.

 

Esa noche, una vez han sido devueltos a su hotel, el intermediario -que se ha ganado la confianza de la guía tras programar con ella más de diez viajes- les comunica que fue instada a cortar su encuentro con los niños cuando los directivos vieron que les entregaban cuadernos envueltos "porque no habían podido verificar de antemano que no llevaran nada escrito entre sus páginas".

 

Y es que quién sabe lo que ocurriría si el niño que sueña con conocer París encontrara en ellas algún mensaje que le hiciera plantearse por qué él, al contrario que los turistas que le visitan, nunca podrá observar la Ciudad de la Luz desde lo alto de la Torre Eiffel.

 

 

IV

 Un cupón para la felicidad

 

Bienvenidos a 'Kimlandia'

 

El Mariscal 'ha regalado' al pueblo un parque acuático y otro de atracciones en la nueva zona modernizada de Pyongyang. Es un oasis de felicidad en medio de un desierto habitado por millones de personas que precisan de la ayuda humanitaria para sobrevivir. Y aunque todas sueñan con entrar algún día en él, el régimen comunista que les ha condenado a repartirse la pobreza no ha levantado puertas que se lo impidan. En realidad, ni siquiera ha dispuesto tornos o taquillas que controlen el acceso.

 

Pero la mirada de un niño que deambula por sus alrededores, solo, advierte de que no todos los que caminan por la capital de Corea del Norte pueden disfrutar de esto que Kim Jong-un reserva para unos pocos privilegiados: un parque de atracciones. En su interior les da derecho a hacer realidad, durante un día, el eslogan que la propaganda oficial intenta imprimir en sus mentes: que viven en el país más feliz del mundo.

 

El pequeño, que lleva una suerte de babuchas por todo calzado y cuya piel y ropas están ennegrecidas, contempla maravillado cómo la lanzadera acerca a otros de su misma edad -pero vestidos con camisetitas de mil colores, y algunos luciendo, incluso, gorras de Mickey Mouse- al cielo.

 

El grupo de turistas que no necesitará hacer cola para montarse en esa lanzadera, ni tampoco en los coches de choque o en la montaña rusa, pasa a su lado sin reparar en su presencia. No así sus guías-espía, cuyas alarmas saltan al ver la suciedad que envuelve al niño y comprobar que ningún adulto parece ocuparse de él. Inquietas, le hacen señas para que se aleje rápido de los extranjeros. Y es que en el Reino Hermético hay una línea invisible que impide a la mayoría de sus súbditos acariciar la utopía que su monarca reserva para sus cortesanos más leales.

 

Los hijos de éstos son los que corren por el recinto portando polos de helado en la mano e inmensas sonrisas en el rostro. Tanto ellos como el resto de los miembros de su familia han podido entrar gracias a un "cupón que los jefes de las unidades de trabajo regalan a sus mejores trabajadores", explica la guía. "O pagando unos tres euros" -añade-, algo sólo al alcance de las élites de un país en el que un trabajador medio sobrevive con unos 4,4 euros al día (según los últimos datos disponibles, en este caso estimados por la CIA).

 

Y lo que sigue contando hace intuir que no es habitual recibir estos cupones: "La única vez que vine fue cuando a mi marido le dieron un cupón en el trabajo, hace dos años". Añade, no obstante, que "los turistas pueden acceder pagando la entrada". Por cada una, el Ministerio de Turismo norcoreano se lleva 35 euros en efectivo. Quizás, el pagar este precio es lo que otorga condiciones 'VIP' a los extranjeros, entre las que se encuentra la puesta en funcionamiento, siguiendo sus caprichos, de las atracciones que permanecen apagadas -los cortes de luz ponen en jaque la red eléctrica del complejo cada pocas horas y obligan a que no puedan coincidir todas encendidas-. Por suerte, los norcoreanos que abarrotan el parque no precisan sólo de las atracciones para divertirse. A la mayoría le basta con disfrutar de la "comida occidental" que se sirve en la hamburguesería del reciento, capturar el momento con su smartphone o bailar las populares canciones de Arirang en corros improvisados.

 

Un parque acuático que se queda sin agua

 

El verano coincide en Corea del Norte con la temporada de lluvias. Por esa razón, el parque acuático Munsu, inaugurado en 2013 en una de las zonas renovadas de Pyongyang, tiene la mitad de su superficie cubierta. "Kim Jong-un se encargó personalmente de diseñarlo, pues es un regalo que quiso hacer al pueblo de Corea en recompensa por su esfuerzo", cuenta la guía, omitiendo que a él sólo es posible acceder, también, mediante un cupón.

 

Corre el mes de julio y el reloj no ha marcado aún las diez de la mañana; pero los toboganes, las piscinas interior y exterior, el gimnasio, la pista de baloncesto, los restaurantes, la peluquería, el centro de masajes y los vestuarios del parque ya están llenos.

 

Grupos de madres bañan a sus hijos en piscinas repletas de toboganes-laberinto y fuentes con forma de flor. Los jóvenes estudiantes que también disfrutan de sus vacaciones de verano en el parque hacen 'running' en las cintas del gimnasio, aún con el bañador empapado; o se tiran en parejas con flotadores dobles por los numerosos toboganes, al cual más alto.

 

Las risas de estos chicos, sin embargo, llaman menos la atención que los trajes de baño de las chicas, quienes se mueven por el recinto casi en silencio. Todas cubren su cabello con gorros y visten bañadores de una sola pieza, adornados con pececitos, burbujas o florecillas de tonos vivos. No existe ni un solo bikini, trikini o tanga brasileño que pudiera atraer la mirada de los hombres jubilados, que se conforman con relajarse en las piscinas de chorros. No esconden las marcas de la camisa que décadas de trabajo a la intemperie han grabado en su piel.

 

Y no son ellos, ni tampoco los adolescentes que hacen colas de más de media hora en las escaleras de los toboganes de mayor pendiente, los que se quejan cuando los frecuentes cortes de agua que sufre Pyongyang los dejan inutilizables, haciendo que su espera haya sido en vano. Al fin y al cabo, son conscientes de que viven en un país azotado por la sequía... y el cupón sólo les permite ser felices por un día.

 

 

V

 A la búsqueda de divisas

 

Corea del Norte, hacia el capitalismo rojo

 

Un hombre envuelto en cuerdas hace malabares para colocar la última letra del cartel de un nuevo restaurante de Pyongyang. Anuncia la primera pizzería de Corea del Norte. En sus puertas se congregan varios extranjeros, conducidos allí por sus guías para que prueben "la pizza norcoreana, elaborada por expertos que viajaron hasta Italia para instruirse en su cocina".

 

Cuenta una de ellas que "a los norcoreanos nos encanta la pizza", y por eso "nuestro Mariscal quiso que se pudiera comer en la capital". Sin embargo, en el establecimiento decorado por lucecillas de neón -que no por los tradicionales manteles de cuadros italianos-, no hay un solo vecino de la ciudad. Sus únicos clientes, que pagan religiosamente cada pizza a 12 euros y cada cerveza o lata de Coca-Cola importada de China a cinco, son europeos y egipcios.

 

Lo mismo ocurre en los demás restaurantes y tiendas que pueden visitar -y que sólo comercializan bienes importados y souvenirs-, donde nunca coinciden con locales. La guía lo argumenta diciendo: "Los norcoreanos preferimos el producto nacional". Razón por la que "a la gente le gusta más ir a las terracitas de los barrios".

 

En efecto, cada tarde muchas familias se congregan en las que han aflorado en los últimos años en los suburbios de la capital. No obstante, omite que a los turistas les está prohibido caminar por sus calles. Al mirar al grupo de Egipto que les acompaña en la pizzería, encuentra la excusa para cambiar de tema: "últimamente se ven muchos egipcios por Pyongyang".

 

Y no es para menos. Su afluencia quizás tenga que ver con la gran pirámide que lleva décadas ostentando el título de edificio más alto de la capital del reino de los Kim, pero cuya construcción aún no ha concluido. Cuando abra sus puertas, será el Hotel Ryugyong. Por el momento, se intenta terminar con inversión del grupo egipcio Orascom -hoy Global Telecom Holding-, adjudicatario también, junto a Koryolink -de titularidad estatal-, de la única red de telecomunicaciones del país.

 

Su servicio 3G es usado tanto por locales como por los pocos extranjeros que residen en Pyongyang, pero de diferente manera. Mientras que los últimos pueden acceder a internet incluso con menos restricciones que en la vecina China -pagando un alto precio por una oferta de datos muy limitada-, los norcoreanos sólo pueden conectarse a una suerte de intranet diseñada siguiendo el dictado del Gobierno y sometida a su control.

 

Y es que, aunque por las calles de Pyongyang se ven cada día más marcas extranjeras -en especial coches Hyundai, Audi y Mercedes-, los 2,8 millones de smartphones que poseen sus ciudadanos han sido confeccionados por el fabricante nacional único, a cuyos ingenieros "nuestro Mariscal dio consejos para que mejoraran su diseño", explica una guía.

 

Kim Jong-un, con la esperanza en el ladrillo

 

Esta influencia del Estado, palpable en todos los niveles de la economía, es la que razón por la que el profesor Andrei Lankov, autor de varios libros sobre Corea del Norte, entiende que las reformas que intenta Kim Jong-un "no pueden funcionar en un país donde un viaje de negocios requiere semanas de espera para obtener un visado y donde el ascenso de los trabajadores no está determinado por su eficacia, sino por sus demostraciones de lealtad política".

 

Y aún así, la economía norcoreana crece. Según datos del Banco de Corea (del Sur), el Producto Interior Bruto aumentó un 1% en 2014. Sin embargo, lo hizo una décima menos que el año anterior y dos que en 2013. El último informe de este mismo organismo muestra que, mientras el sector primario del país comunista está sufriendo una desaceleración con respecto a años anteriores, los servicios y la construcción lideran la senda del crecimiento.

 

Precisamente, de la construcción habla Naciones Unidas en su último informe sobre Corea del Norte. La sitúa también como sector prioritario para Kim Jong-un, que "busca oportunidades de subcontratas en grandes proyectos en el extranjero". Pero advierte de que "las ganancias de los trabajadores al realizarlos acaban mayoritariamente en las arcas del Gobierno".

 

El ejemplo de sus 'hermanos socialistas'

 

Cuando se habla del comunismo de Corea del Norte, muchos son los economistas que apuntan a una posible apertura al capitalismo al estilo de los experimentos realizados por China o Vietnam.

 

Malcolm Warner, investigador de la Universidad de Cambridge, explica que si bien Norcorea "ha empezado a aprender de sus 'hermanos socialistas' abriendo parques industriales y pequeñas zonas económicas especiales -la última, la Zona Económica Especial de Sinuiju, situada en la frontera con China-, el conjunto de sus iniciativas de reforma económica no han resultado, hasta la fecha, muy exitosas". Ello ha sido debido, según Warner, a "la falta de inversión extranjera y de 'know-how' tecnológico, así como a las tensiones que se suceden de tanto en tanto entre el Norte y el Sur" de la Península coreana.

 

Por su parte, Lankov explica con otro argumento las reticencias de Norcorea a abrirse al capitalismo: "mientras que los altos cargos chinos usaron las reformas para enriquecerse, la situación de las élites norcoreanas es diferente". Los miembros de éstas, a su juicio, "tienen pocas oportunidades de convertirse en capitalistas de éxito si el sistema cae, ya que muy probablemente los puestos de relevancia en una nueva economía serían ocupados por surcoreanos -ejecutivos y emprendedores que hablan su mismo idioma, pero con el capital, la experiencia y, quizás, el apoyo político necesario-".

 

Dictadura y surf para atraer a los turistas

 

Todas estas dificultades son las que quizás llevan a Kim Jong-un a lanzarse a la caza de divisas extranjeras... y mejor en efectivo, algo que en el corto plazo sólo pueden darle los turistas.

 

Por eso, desde que heredó de su padre el bastón de mando, el régimen norcoreano se ha concentrado en construir lugares de recreo que les atraigan. A su vez, estas le sirven al Mariscal para ganarse la lealtad de la élite roja. Una pista de hielo al aire libre, una estación de esquí, un centro de wellness o el parque acuático Munsu son algunas de las obras estrella con que Kim III ha intentado contentarlas en su primeros años de reinado.

 

El Ministerio de Turismo las usa, además, para dar al resto del mundo una imagen de prosperidad, e invita a los turistas que visitan Corea del Norte a que las conozcan. Mejor dicho, una vez allí prácticamente les obliga a hacerlo, y además pagando entradas en 'cash'.

 

Últimamente viene ofertando también 'packs' que pretenden atraer a los apasionados del deporte. Por ejemplo los 'runners' pueden participar -únicamente en grupos- desde hace dos años en el Maratón de Pyongyang, que se celebra en abril, durante la semana de celebraciones que conmemoran el nacimiento del Líder Eterno, Kim Il-sung.

 

En 2013, en el marco de ésta tuvo lugar además un torneo de golf amateur para extranjeros, a 999 euros los tres días que duró. Y este verano, como novedad, por 2.474 euros es posible pasar ocho días haciendo surf en playas vírgenes como las de Sijung o Hamhung.

 

Pero, a pesar de la ampliación de la oferta, la imagen de los hoteles norcoreanos hoy es todavía la de plantas y más plantas de habitaciones vacías, restaurantes con escasez de productos frescos y ventanas selladas y puertas vigiladas para que los turistas no puedan abandonarlos por las noches.

 

Es la propia situación dictatorial del país (inaudita en el mundo) la que atrae a la mayoría de ellos. Son conscientes de que, en cuanto pongan un pie en la tierra de los Kim, se cansarán de hacer reverencias ante sus estatuas y de hacer por no llevar la contraria a sus guías, que por norma han de ejercer como transmisores de la propaganda oficial. En este marco, las propias gentes norcoreanas son un reclamo turístico que contemplan todos los tours, en los que se incluyen visitas a escuelas, hospitales o lugares de recreo donde se muestra la cara más amable del régimen.

 

La 'revolución' de las amas de casa

 

Pero los euros, dólares y renminbis que los extranjeros pagan en tiendas, hoteles y restaurantes dependientes del Ministerio de Turismo no se traducen en cambios en la vida del norcoreano medio, ese que alimenta a su familia con el límite que impone una cartilla de racionamiento y que hasta hace una década no podía comprar en mercados por considerarse ilegales.

 

"Este año, decenas de amas de casa llevaron a cabo una revuelta en varios mercados, en protesta por la imposibilidad de adquirir alimentos con el escaso sueldo fijado por el Gobierno", cuenta A., un intermediario que ha sabido ganarse la confianza de varios funcionarios norcoreanos a lo largo de sus más de 10 viajes por el Reino Hermético.

 

"Noticias de este tipo nunca transcienden sus fronteras, pero ello no significa que no ocurran", explica, añadiendo que "el hecho de que la mayoría de los detractores que han conseguido escapar y que viven ahora en Corea del Sur se las ingenian para comunicarse con sus familiares del Norte está despertando la conciencia de muchos".

 

Este año ha sido también el primero desde la fundación de la República Popular Democrática de Corea que no se han celebrado los Juegos Arirang, el mayor espectáculo gimnástico del mundo -así reconocido por el Libro Guinness de los Récords-. La razón, según una guía, es que "nuestro Mariscal quiere que los jóvenes dediquen más horas a estudiar para que en el futuro puedan seguir haciendo de la nuestra una gran nación".

 

Pero lo cierto es que las sanciones impuestas por gran parte de la comunidad internacional sobre el país comunista podrían haber obligado a Kim III a recortar gastos. Y no ha tenido miramientos a la hora de hacerlo con las tradiciones heredadas de su padre y de su abuelo; al igual que tampoco parpadeó cuando mandó ejecutar, en el marco de una renovación de la cúpula afín a sus antecesores, a su tío Jang Song Thaek, hasta entonces, segundo hombre más poderoso del país.

 

La purga le permitió poner a miembros de su confianza al mando de los diferentes órganos del Partido. Y es que si hay algo que inquieta a Kim Jong-un es que queden dudas de que quien manda hoy en Corea del Norte es él (y sólo él).

 

 

VI

Una sociedad militarizada

 

El día en que Pyongyang brilla

 

Nunca hubo tantos colores en el cielo de Pyongyang. Durante unos 13 minutos que supieron a poco, la oscuridad que envuelve cada noche la capital de Corea del Norte se tornó de verde, de azul, de rojo e incluso del color del oro. Un espectáculo de fuegos artificiales ponía fin a las celebraciones del Día de la Victoria, fecha en la que Corea del Norte conmemora el "triunfo" de su Ejército popular sobre "el imperialismo estadounidense" en 1953, según explica una guía del Ministerio de Turismo.

 

No habían dado las 7.00 de la mañana del 27 de julio cuando miles de colegiales formaban interminables filas rodeando los cientos de murales de los Líderes desplegados por toda la ciudad para depositar ante ellos ramos de flores.

 

Mientras algunas familias paseaban sus trajes de domingo y comían pasteles de arroz por las calles del centro, muchos hombres y mujeres se enfundaban pantalones camperos y guantes de plástico. Brocha en mano, se afanaban por blanquear las jardineras de las avenidas por las que discurrían hileras de turistas a los que sus guías explicaban que "aprovechan los días festivos para mantener limpio nuestro país".

 

Al caer el sol, suenan por los altavoces oficiales las canciones de Arirang, cuyas letras celebran la grandiosidad de los Líderes Eternos y la valentía del Ejército Rojo. Son una llamada a los jóvenes para que acudan a tomar parte en la Danza de las Masas. En perfecta sincronía, muchachas ataviadas con vestidos que aglutinan todos los colores del arco iris se mueven hacia la derecha, mientras los muchachos avanzan a la izquierda; retroceden, toman la mano de su pareja, dan unas palmadas y vuelven a empezar.

 

El odio a Estados Unidos se paga en dólares

 

El Día de la Victoria es, junto al aniversario del nacimiento de Kim Il-sung, la fiesta nacional más grande del reino comunista, en el que "el destino del ejército implica el destino del Partido, el Estado y el pueblo", según reza uno de los pilares de su política central: Songun.

 

Desarrollada desde la fundación del Estado, implica priorizar los asuntos militares por encima de cualesquiera otros que atañan a la ciudadanía. Para justificar su importancia, el régimen se encarga de que todo norcoreano aprenda, ya desde la escuela, que su nación está amenazada por "los imperialistas de Estados Unidos".

 

Así se refiere al país americano la teniente coronel que guía a los extranjeros por el Museo de la Guerra, una suerte de parque temático del conflicto renovado siguiendo los designios de Kim Jong-un. Sin haber escatimado en gastos, a lo largo de sus tres plantas se explica "la verdad" de la Guerra de Corea mediante recreaciones de escenarios de batalla -con sonido de cañones y desgarradores gritos de fondo- decorados con muñecos de cera que reproducen fielmente el físico de las personas a las que representan, cuyos nombres y apellidos aparecen detallados-.

 

Lejos de las fotografías anónimas que demuestran los horrores a los que fueron sometidos los coreanos entre 1950 y 1953, estos muñecos emulan a soldados estadounidenses que intervinieron en la contienda. Sus cadáveres, devorados por robóticos cuervos, yacen entre las tumbas de un cementerio. El realismo de las escenas no tiene nada que envidiar al que desprenden los tanques y aviones de combate originales expuestos alrededor de la joya de la colección: 'Pueblo', un buque de guerra estadounidense capturado por el Ejército Popular durante la contienda y hoy varado en el río que atraviesa Pyongyang.

 

Tras haber conocido "la verdad" del conflicto que acabó con la vida de 1,2 millones de personas -según las cifras que arrojan los últimos estudios de la guerra-, los visitantes serán conducidos a alguna de las tiendas de 'souvenirs' de Pyongyang. Allí serán invitados a comprar pósteres, camisetas, postales y cuadros que muestran, entre otras creaciones artísticas, una gran mano aplastando un misil con la bandera estadounidense y con el lema "¡Destruyamos a Estados Unidos". Y la cajera les pedirá, gentilmente, que los paguen en dólares.

 

Sentimientos encontrados más allá de la mesa de negociaciones

 

Escasas tres horas de viaje por una tortuosa carretera adornada a cada pocos kilómetros con puestos militares de control separan la capital de Corea del Norte de la frontera con Corea del Sur. Sin embargo, son 70 años los años que han hecho divergir a las sociedades de ambos países. La del Norte, comunista; la del Sur, capitalista.

 

A uno y otro lado del Paralelo 38, los dirigentes de ambas -fuertemente militarizadas- abordan cada pocos años la situación. Y más allá de la mesa de negociaciones que comparten en la Zona Desmilitarizada, muchos ciudadanos de las dos Coreas miran al futuro con esperanza.

 

"Nuestros hermanos del Norte son iguales que nosotros y han tenido que trabajar mucho para sobrevivir estos años. Si sus gobernantes dejaran de amenazarnos, seguro que podríamos convivir todos", cuenta un trabajador de la surcoreana Samsung. En la misma línea, pero con distintas condiciones, se expresa una guía turística norcoreana: "Nuestros hermanos en el Sur han desarrollado una economía fuerte, pero lo han hecho con la ayuda de Estados Unidos. Si los imperialistas devolvieran la soberanía al pueblo, seguro que podríamos volver a formar todos una gran nación".

 

En las librerías de Corea del Norte, repletas de obras de Kim Il-sung, Kim Jong-il, Kim Jong-un y diversos altos cargos del Partido único, destaca un solo autor surcoreano. Es el diplomático Channing Liem, que quizás se ha ganó un hueco en sus estanterías cuando manifestó, en unas líneas, el sentir de millones de coreanos a uno y otro lado de la última frontera de la Guerra Fría: "Que haya una paz en Corea, no una fácil tregua. Que Corea se vea libre de tropas extranjeras y de armas nucleares. Que se reduzca su ejército al mínimo nivel suficiente para la defensa. Que sea reunificada como una sola nación en paz y amistad con todas las naciones, incluyendo a Estados Unidos. Que nunca se produzca otra Guerra de Corea".

 

 

VII

Cinco cosas de Corea del Norte que no podrás saber ni viajando allí

 

Lo que oculta Kim Jong-un

 

Los 'Líderes Eternos' de Corea del Norte, Kim Il-sung y Kim Jong-il, no dudaron en servirse de los órganos de propaganda del Partido único para atribuirse cualidades sobrehumanas. Pero si hay un 'Kim' que posea una habilidad verdaderamente mágica, ése es Kim Jong-un: la de aparecer y desaparecer.

 

Dónde vive el Mariscal

 

Nadie sabe a qué eventos asistirá ni a qué se dedica cuando la cadena única ha de tapar con imágenes de archivo sus prolongadas ausencias. "¡Todo son sorpresas en los días festivos!", cuenta una funcionaria del Ministerio de Turismo. "Ni siquiera nosotros sabemos si el Mariscal aparecerá en algún acto. Nunca lo anuncia con antelación porque los enemigos podrían aprovechar para atentar contra él", explica.

 

"Cualquier información sobre su vida serviría a Estados Unidos para atacarle", prosigue la guía. Por eso, en Pyongyang no existe ni una 'Moncloa' ni un 'número 10 de Downing Street'. A ningún lugar podría acudir la ciudadanía para pedir cuentas a quien decide sobre su destino. "Nadie sabe dónde vive Kim Jong-un", indica la funcionaria; "se dice que en edificios del Partido, pero su ubicación ha de ser un secreto. Debe protegerse".

 

La puesta en escena de Pyongyang

 

Pero la vida del Mariscal no es el único secreto que encierra el Reino hermético. Las propias calles de su capital bien podrían ser la puesta en escena de una obra cuidadosamente diseñada. A uno y otro lado de la calzada, sólo se muestran fachadas con terrazas que están coloreadas por innumerables macetas y ventanas embellecidas por cortinas blancas. Sin embargo, tras ellas se abren paso montañas de escombros y casitas diminutas que muchos llamarían chabolas.

 

Éstas sólo son visibles al visitante que afine la mirada durante los pocos segundos que paran los autobuses en los que, a la fuerza, ha de transportarse. Se pueden apreciar al fondo de los caminos de tierra que discurren entre los edificios de los suburbios, cuyas paredes no son lo suficientemente largas como para ocultar la vida que se desarrolla cada día tras el decorado.

 

Las que sí que consiguen pasar desapercibidas ante el forastero son las tiendas para ciudadanos locales. La entrada no les está permitida y las guías-espía procuran no pasar cerca de ellas. La mayoría de los establecimientos están sumidos en penumbra incluso en los días soleados, por lo que se antoja imposible dirimir si sus estanterías se encuentran vacías o llenas.

 

El botones itinerante

 

Y más que penumbra es oscuridad lo que envuelve Pyongyang cada noche. Las luces que brillan en su cielo se pueden contar con los dedos de las manos. Pero no tan fácil es contar los pisos del Hotel Internacional Yanggakdo, el "más lujoso" de Corea del Norte, según el Ministerio de Turismo. En él son recluidos los extranjeros desde que se pone el sol hasta que vuelve a salir. Les está prohibido salir, por lo que se les hace imposible ver qué hacen los norcoreanos al salir del trabajo.

 

Así, les sobra el tiempo para preguntarse qué hay en el quinto piso del hotel. Por sus ascensores se puede acceder desde la planta baja hasta la 43... con la excepción del número 5. Éste no aparece en los paneles de llamada y las puertas que llevan a las escaleras tanto desde el piso cuarto como desde el sexto están selladas. "En la quinta planta hay oficinas", dice una de las recepcionistas a los turistas más curiosos, que no se conforman con su respuesta y preguntan también a una camarera. "La quinta planta está reservada para los trabajadores que viven lejos del hotel", cuenta ésta.

 

Sin resolver su duda, algunos harán la maleta para trasladarse a otro hotel. Allí, además de un fuerte olor a cerrado, les recibirá el mismo botones que les ha estado dando los buenos días y las buenas noches durante la última semana. Y pensarán, a pesar de que su guía insista en que "la jornada laboral es de ocho horas para todos los norcoreanos", que aquel hombre lleva días atrapado en esa chaqueta oscura rematada por puños dorados.

 

¿Las castas o la casta?

 

La igualdad de todos los ciudadanos es la base sobre la que se levanta el régimen comunista. Sin embargo, el Partido único ha establecido cuatro roles que determinan el nivel de cada uno en la sociedad: campesinos, obreros, militares e intelectuales.

 

Pero el factor que verdaderamente aleja a "la casta" comunista es el geográfico. Para ella está reservada la capital del reino de los Kim, donde se concentra la mayor parte de la inversión estatal. Miles de niños vestidos de uniforme recorren de lunes a sábado sus calles a la entrada y a la salida del colegio. A la misma vez, muchos pequeños de las zonas rurales -sin uniforme- pueden ser vistos, mañana y tarde, entre pastos y arrozales.

 

Tres caras no caben en el corazón

 

Son los padres de estos pequeños los únicos que se libran de lucir el pin reglamentario con las caras de Kim Il-sung y Kim Jong-il. "Nuestros Líderes recomendaron a quienes realizan trabajos físicos que los dejaran en casa para no perderlos", explica la guía, subrayando que "ningún coreano lo pierde, ya que en realidad no lo lleva en la camisa, sino en el corazón".

 

Pero tras casi cuatro años de reinado, en Corea del Norte no hay ni pines ni cuadros que honren a Kim Jong-un. Aunque su foto copa cada día la portada del periódico único, sus súbditos ni siquiera se refieren a él como 'Líder'. Es difícil encontrar en las descripciones que de él hacen el cariño con el que recuerdan a su abuelo, o incluso a su padre. ¿Llorarían si se muriera? "¡Oh! Ni lo mencione. ¡Larga vida a nuestro Mariscal!", exclama una guía, bien conocedora de que, en sus dominios, hasta las paredes tienen oídos.