Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

Una época no tan feliz

 

Luis Cino Álvarez, en Primavera Digital

 

Arroyo Naranjo, La Habana.- No acierto a comprender la añoranza de tantos cubanos por la década del 80. La única explicación que encuentro es aquello tan socorrido de que "cualquier tiempo pasado fue mejor": luego del Periodo Especial, y en medio del actual sálvese el que pueda, cualquier época en que se pudiera vivir de un salario parecería un paraíso.

 

Continuamente escucho a compatriotas, especialmente a comunistas que se desmerengaron -como diría el Comandante- por hambre en el Periodo Especial, que añoran los tiempos de las becas en Kiev, Kirguizia o Uzbekistán; los contratos del CAME para trabajar como semi-esclavos en Checoslovaquia o Alemania Oriental; los relojes Poljot, los radios VEF y Selena, las lavadoras Aurika, los tocadiscos Akkord y Melodyia, los Moskvich para los autorizados a comprarlos, el vodka Stolishnaya, los viajes-premios a la URSS del programa 9550, las latas de carne rusa y conservas búlgaras en los mostradores de los mercaditos paralelos.

 

En el número correspondiente a noviembre-diciembre de la revista La Gaceta de Cuba aparece un dossier titulado "La larga década de los 80". Más que nostálgico, resulta patético. Basta leer en la contraportada de la revista, el texto titulado "Recuerdos de una época feliz", en que se añora, por ejemplo:

 

"Tomar refresco de botella... Comer masarreales y galleticas dulce en la merienda escolar. Tomarse obligado la leche en el almuerzo de la primaria. Coger los juguetes básicos, no básicos y dirigidos por la libreta de la ropa. Comprar en los mercados paralelos y la casa de los caros. Buscar la carne de res cada nueve días en la carnicería. Dar la vuelta a Cuba por 250 pesos o viajar a los países socialistas por 1500... Ponerse los kicos plásticos, las camisas Yumuri o los abrigos soviéticos y búlgaros, llamados 24 por segundo, que tapaban cantidad. Leer Sputnik o Novedades de Moscú. Echarse el perfume Moscú Rojo... los televisores en blanco y negro... los cines de barrio con unas 12 horas de variada programación..."

 

¿Nos conformábamos entonces con tan poco? ¿O es que aprovechando las misérrimas existencias que llevamos hoy, nos quieren tender trampas, también en la memoria, para que por anticipado empecemos a sentir nostalgia por un sistema que lenta y dolorosamente se disuelve en el agua de borrajas de los Lineamientos y el capitalismo mercantilista de estado que se nos viene encima y que nos hace cada vez más menesterosos?

 

En los artículos del dossier de La Gaceta de Cuba se hace énfasis en la activa vida cultural de los años 80, el eventismo, los debates en el plano artístico donde se alcanzó, como escribe Félix Suazo, "el consenso respecto a que el arte debía jugar un papel distinto al prefijado por la política cultural del Estado". Pero en todos estos trabajos, lo que se deja traslucir es la suspicacia paranoica del régimen en aquellos años contra los creadores, a los que no les valió de mucho el empleo de un diluvio de símbolos, símiles y metáforas.

 

Recordemos como terminó la década del 80 para el arte cubano. Sí que fue una larga década si atendemos a la represión contra los artistas contestatarios, que no se limitó solo a clausurar exposiciones y performances. ¿Acaso ya se olvidó la brutal agresión de agentes del MININT mal disfrazados de civiles contra un grupo de intelectuales, entre los que se encontraba la poetisa Carilda Oliver, reunidos para una lectura de poemas en la Librería El Pensamiento, en Matanzas, en 1988? ¿Los papeles que le hicieron tragar a la poetisa María Elena Cruz Valera antes de bajarla a rastras por la escalera del edificio donde vivía en Alamar para llevársela detenida? ¿Las arremetidas policiales contra freakies y rockeros? ¿Las brigadas de porristas que vigilaban a los asistentes a los cines en que se proyectaba Alicia en el pueblo de Maravillas, aquella película de Daniel Díaz Torres que asustó tanto que faltó poco para que disolvieran el ICAIC?

 

Son pasmosos esos nostálgicos olvidadizos que lloran los años 80 como un paraíso perdido y no recuerdan que entonces, aunque no existía la dualidad monetaria, tampoco alcanzaban para mucho los salarios, la tenencia de dólares era un delito que se pagaba con años de cárcel; que la universidad era sólo para revolucionarios y que centenares de cubanos morían o quedaban mutilados en Angola para mayor gloria de nuestros napoleónicos dirigentes que jugaban a la guerra por control remoto.

 

Ni siquiera se enteraron esos nostálgicos de que se violaban los derechos humanos, que carecían de las mismas libertades que ahora carecen y que las cárceles, en condiciones aun más dantescas que hoy -lo cual es mucho decir- estaban llenas de presos políticos.

 

Si aquel hubiera sido un tiempo idílico, la embajada de Perú en La Habana no se hubiera repletado, hasta el tejado y la copa de los árboles, en solo horas, de personas que huían del paraíso revolucionario, ni varios millares se hubieran ido por el Mariel en menos de cuatro meses, a pesar de la barbarie desatada por las turbas azuzadas por el régimen.

 

De ningún modo pudo ser feliz una década que se inició con los fascistoides mítines de repudio de 1980 y concluyó con las purgas y juicios estalinistas y los fusilamientos de la Causa Uno de junio de 1989.

 

Fue una década que empezó mal, con un éxodo masivo, y terminó peor, donde quiera que ubiquemos su final, sea en la Causa Uno o si se quiere alargarla un par de años más, en 1991, cuando tras el derrumbe del socialismo real en Europa del Este, el fin del subsidio soviético lanzó a Cuba de cabeza a la peor crisis de su historia.

 

Pudiéramos acortar la década, y situar el principio de su final, allá por 1987, cuando el Comandante emprendió el camino diametralmente opuesto a la Perestroika en un llamado "proceso de rectificación de errores y tendencias negativas". Luego que el Máximo Líder anunció -para desconcierto de todos- "ahora sí vamos a construir el socialismo", empezaron a vaciarse los mostradores de las tiendas y los mercados, los salarios alcanzaron menos porque duplicaron las normas a los que trabajaban "vinculados" y "por ajuste", y la policía la emprendió contra "los macetas", "los merolicos", los artesanos de la Plaza de la Catedral y "los bandidos de Río Frío" de los mercados campesinos... Discúlpenme si abuso de los términos, palabrejas y motes fidelistas de la época, pero ya que estamos en plan nostálgico...

 

Más exacto sería ubicar el final de la década de los 80 en marzo de 1990, con el llamamiento al IV Congreso del Partido Comunista hecho por el general Raúl Castro, o en octubre de 1991, cuando dicho congreso, que fue justamente lo contrario de lo que se esperaba, defraudó todas las expectativas.

 

A menudo oigo a muchos castristas convencidos quejarse de todo lo que no pudo ser. Los oigo culpar al bloqueo norteamericano, a "los errores de los camaradas soviéticos", a Gorbachov, a los corruptos y los oportunistas... Es muy duro dar el brazo a torcer y reconocer que la vida entera se fue en un disparate, por muy histórico que haya sido. Saben que todo lo que no ha sido es resultante de lo que fue y del modo en que fue. Aquellas aguas trajeron este lodazal en que nos hundimos. De nada valen las añoranzas forzadas por una bisutería barata que hace mucho perdió el poco brillo que alguna vez tuvo.