Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

Un viaje por las bibliotecas independientes

 

Frank Correa, en Primavera Digital

 

En Cuba ha ocurrido un suceso sui géneris nunca visto en ningún otro país del extinto campo socialista: el movimiento de periodistas y bibliotecarios independientes, cientos de personas formadas no en escuelas ni academias, sino en prisiones y estaciones de policía, detenidos y encausados por desempeñar el oficio de informar y prestar libros, perseguidos en la calle mientras buscaban los libros, o las noticias, ciudadanos de los más variados orígenes que han logrado armar en sus viviendas un sitio para exhibir y prestar textos, sobre todos los llamados “libros prohibidos”, perseguidos con saña por la policía política.

 

Para desmoralizarlos el gobierno los acusa de mercenarios al servicio de una potencia extranjera, Estados Unidos, pero tras el reciente anuncio del restablecimiento de las relaciones de Cuba con el país del norte luego de 55 años de litigio, se abre un nuevo escenario para los bibliotecarios y periodistas independientes, también para el resto de la incipiente sociedad civil, un escenario complejo y desconocido hasta ahora, que exigirá el doble del empeño.

 

Las bibliotecas independientes en Cuba cuentan ya con veinte años de fundadas. Su historia de lucha por restablecer la democracia se remonta a mediados de los noventa, teniendo como punto culminante el año 2006, cuando más de un centenar de bibliotecas se contaron en toda la isla.

 

Pero en enero del 2015 solo quedaban 19 bibliotecas funcionando. Para conocer en detalle qué sucedía decidí emprender un viaje de un lado al otro de la isla y realizar una investigación objetiva sobre el asunto.

 

Con el dinero justo para la empresa, salí a media mañana en una Yutong, de la terminal de ómnibus nacionales. Iba releyendo a Hemingway, en su crónica sobre los precios del afeitado en Chicago, pronto estuvimos volando por la autopista nacional rumbo a Los Arabos, primera escala del trayecto.

 

Luego de cuatro horas de viaje, me bajé en el crucero del ferrocarril y revisé la dirección en la lista que me dio Alejandro en La Habana. La biblioteca no quedaba lejos. Fui caminando por una calle polvorienta y vacía bajo un fuerte sol, y llegué hasta muy cerca, pero no pude contactarlos de inmediato, en aquel momento un operativo policial los tenía cercados, porque junto a una docena de disidentes más realizaban un conversatorio sobre el libro Archipiélago Gulag, del escritor ruso premio Nobel Alexander Solzhenitsin. Según los jefes del operativo para protegerlos del pueblo enardecido, pero su verdadero objetivo era impedir que más personas se sumaran.

 

Luego de varias horas esperando sentado en un contén, al fin se marchó el operativo tras la salida del último disidente, entonces pude llegar a la casa, pequeña, de madera con techo de zinc y solo dos habitaciones, una para el matrimonio, la otra para sus hijos y los libros. Enseguida la mujer montó el tacho y coló un café. También me brindó cigarros.

Su esposo me explicó que el conversatorio era una actividad del Plan de Trabajo, para comentar libros prohibidos por el gobierno. Reiteró su criterio de la similitud del libro de Solzhenitsin con la situación actual, “en este gran Gulag que nos oprime, rodeado por las malditas circunstancias del agua por todos lados”.

 

Su biblioteca se llamaba Virgilio Piñera, en honor a ese grande de las letras cubanas. El hombre a cada rato lo recordaba con frases y poses que escenificaba muy bien, sobre todo en el famoso Encuentro de Fidel con los intelectuales, en 1960, cuando Virgilio se paró frente al Comandante y le dijo:

 

-Tengo miedo… mucho miedo…

 

“De los fundadores de las bibliotecas independientes quedamos muy pocos”, dijo la mujer, “algunos partieron al exilio, otros se desencantaron por la poca atención y la falta de recursos y ya no trabajan como antes. Solo los que de verdad tenemos fe en el triunfo continuamos, ¡ah… y los nuevos que se suman!”.

 

-La Seguridad del Estado hace un cierre de calle cada vez que nos reunimos -dijo el hombre, de pie frente a mí, con el libro de Solzhenitsin en la mano. Nosotros no ponemos bombas, lo único que hacemos es hablar de libros, recitar poemas, conversar de política, y eso les molesta, no lo permiten, nos cercan, nos acosan. Cuando prestamos un libro la persona tiene que sacarlo bajo la camisa, o envuelto en una revista Bohemia. Si lo cogen se lo quitan. Así hemos perdidos muchos libros. Como buen bibliotecario me duele, porque soy un recuperador de libros nato, ninguno se me pierde, pero esos jamás los recuperaré.

 

La mujer me preparó un pan con huevo frito y un batido de plátanos, mientras me describía sus actividades con niños y me mostraba las fotos en su laptop. “Queremos llegar a la comunidad, visitar viviendas, llevarle bibliografía y esperanzas”.

 

Por ella supe que en la provincia Matanzas existieron en su mejor momento hasta veinte bibliotecas independientes, pero ahora trabajando quedaban ellos y la gente de Jovellanos y Perico, que estaban también sin recursos. Me mostró el inventario de libros y el Control de entrada y salida. Y un logotipo de su biblioteca con la cara de un Virgilio desvalido, posiblemente el de Aire frío.

 

Estaba segura que tarde o temprano las cosas debían cambiar en el país y antes de marcharme me obsequió los dos últimos premios Novelas de Gavetas Franz Kafka, un concurso organizado por la República checa para escritores cubanos no publicados en la isla. Le di las gracias, guardé las novelas en la mochila.

 

El matrimonio me acompañó hasta la autopista, donde me recogió un auto estatal que iba hasta el próximo punto del camino: Santa Clara. Era un funcionario con su chofer, regresando insatisfecho de una reunión en La Habana. Escuché desde el asiento trasero su análisis sobre las múltiples fallas del sistema, algunas que conocía y otras que me descubrió, hasta que fue copado por un silencio abismal, roto solamente por los baches de la vía, que lo hacían rechistar y quejarse.

 

Se hizo de noche. Vi desplegarse ante mis ojos toda la provincia Villa Clara, con sus tristes luces y suaves planicies y los embalses de agua reflejando la luna y comprendí la soledad de estos bibliotecarios, que luchaban solos contra una montaña. Íbamos a cien kilómetros por una recta, cruzando pueblos dormidos, con poco tráfico, llegamos a media noche.

 

Por suerte los bibliotecarios vivían cerca de la autopista. Se pusieron muy contentos porque alguien de la Coordinadora Nacional al fin se acordara de ellos. “Una visita de La Habana es lo que esperábamos hace rato. Y nunca se cumplía. Ahora sí que estamos comunicados”.

 

La bibliotecaria se llamaba Ercilia. Me sirvió arroz con picadillo y refresco instantáneo. Comí en silencio, sin decirle que no pertenecía a la Coordinadora Nacional, que era un periodista independiente en un viaje loco por cuenta propia investigando sobre las bibliotecas independientes.

 

El hermano de Ercilia había purgado una condena de cinco años en la prisión de Taco Taco, por fundar con su hermana aquella biblioteca. Su diploma Prisionero de conciencia otorgado por Amnistía Internacional lo mostraba como el objeto de mayor valor de la casa. También me enseñó sus encías sin dientes, debido a la mala alimentación en la prisión, donde adquirió también reumatismo provocado por la humedad, epilepsia y problemas cardíacos.

 

Prometieron llevarme al otro día a visitar al legendario Coco Fariñas. Asentí. Pero esa noche, mientras dormía en un catre en la sala, bañado por los haces de luna que entraban por las rendijas del techo, soñé que me reencontraba con Fariñas en su casa del barrio La Chirusa y el disidente gratificaba mi autoría en la propuesta de la Agenda para la Transición en su nominación al premio Sajarov, que finalmente ganó., y también por escribir en los días de su famosa huelga de hambre aquel poema épico: ¡Ahí viene el Coco…! Y mientras conversábamos de esos temas y de cómo discurría entre bambalinas la normalización de las relaciones Cuba-Estados Unidos, oficiales de la Seguridad del Estado irrumpieron en el lugar y cargó con nosotros.

 

Era un sueño extraño, con tonalidades grises. Me quitaron el teléfono, la grabadora, la libreta de notas. Me esposaron dentro de un patrullero. Mientras al Coco su médico lo llevaba en brazos desmadejado, igual que en la foto que sacó El Nuevo Herald y recorrió el mundo, que los críticos compararon con La piedad.

 

Al despertarme por la mañana anuncié a los hermanos mi cambio de planes. Tenía un trabajo que hacer y no podía salirme de la estrategia. Cualquier desliz puede echarlo a perder. Les tomé fotos junto a sus libros y al logotipo y nos tomamos un café carretero pasado de azúcar. Me despedí con un largo abrazo, deseándoles suerte.

 

En la estrategia que tracé para mi viaje contemplaba no usar siempre la misma vía. Atravesé la ciudad hasta la estación de trenes, muy bulliciosa a esa hora, y sucia, con vendedores ambulantes pregonando toda clase de productos y trenes con paradas de diez minutos.

 

No quedaban boletos. Logré convencer con cien pesos a la ferromoza del último coche, para que me dejara viajar en la plataforma. El vaivén acompasado del largo y viejo tren me recordó todos los trenes en que había montado en mi vida y los libros que había leído en esos viajes. Saqué una de las novelas premio Kafka. De casualidad comenzaba con la escena de un tren parecido a aquel, viejo y cansado hasta los huesos, colmado de angustias y listo para el desguazadero. Con setecientas almas arropadas de penurias en sus asientos y un periodista de polizonte en la plataforma del último vagón, leyéndolos.

 

Guardé el libro. Saqué la libreta y el lápiz. Formé dos columnas en una hoja en blanco. Una para los objetivos cumplidos, otra para los que faltaban. También redacté las primeras oraciones del reportaje, pero los bandazos del tren me hicieron desistir, dejé la libreta en la mochila y “disfrute” del viaje, atenazado por la peste a orine que salía del baño, sin agua ni electricidad, y el polvo acumulado por años.

 

En Camagüey resultó muy difícil encontrar la biblioteca Antonio Maceo. Nadie la conocía. Y cuando les explicaba que era una biblioteca independiente, el miedo los encogía y me abandonaban. Llamé por teléfono a Alejandro, en La Habana. Me dio el número de teléfono de la bibliotecaria.

 

Me senté en un parque a esperar y al poco rato me recogió un muchacho en bicicleta, me llevó montado en la parrilla hasta un pasaje en un barrio apartado. Era un apartamento sumamente pequeño, sin embargo resultó la librería más grande que he visto dentro de una casa, con magníficos libros y estibas hasta el techo de periódicos y revistas.

 

La directora era una joven con mucha prestancia, que estudiaba periodismo en la universidad de Camagüey y había heredado aquella biblioteca de su padre, que había muerto y era un bibliotecario de los primeros. Quería continuar su legado. Pero confesó que había tenido que bajar el perfil debido al asedio de la DSE, que ahuyentaba a los lectores con los cierres de calle y los cercos a las actividades. “Ser bibliotecaria independiente pone en riesgo mi permanencia en el centro de altos estudios, donde hay que ser obligatoriamente revolucionario. Pienso terminar la carrera para entonces sacar a la luz todos mis proyectos”.

 

Tomé fotos de aquella belleza de libros y me despedí dándole un beso, y un abrazo largo. Ver una joven con aspiraciones de continuar la obra de los viejos bibliotecarios independientes, daba ganas de seguir adelante, y volví al camino. Bien entrada la noche estuve de nuevo en la autopista, donde encontré mucha gente haciendo auto stop. Parecían zombis encogidos en sus figuras oscuras junto a sus bultos. En una guarapera que trabajaba las 24 horas me hidraté hasta los huesos y renové fuerzas, para conseguir a eso de las dos subir a una rastra de barandas bajas, que aminoró la marcha para que los hombres que pudieran subir pagaran cincuenta pesos hasta La Tunas.

 

Hacía frío arriba y nos tapamos con la lona de la carga, pero luego comenzó a lloviznar y tuvimos que construirnos una especie de casa de campaña alzada por decenas de brazos, donde nos apiñamos como ratas hasta que cesó el temporal y entonces nos secamos con el frío aire de la carretera.

 

Llegamos a Las Tunas de mañana. Visité la biblioteca Juan Gualberto Gómez, donde radicaba el Coordinador provincial llamado Daniel, que me brindó de lo poco que tenía, mientras me mostraba la lista de bibliotecas de Puerto Padre, Banes, Amancio, Gibara y Velazco, que habían dejado de prestar servicios por falta de recursos, por el hostigamiento de la policía y por el asilo político de los bibliotecarios.

 

Me bañé y me puse una camisa limpia. Tomé fotos, firmé su Libro de visitantes y me despedí dándole las gracias por recibirme. Otra vez fui a la autopista, otro camión de carga, el aire batiendo mi rostro a cien kilómetros, viendo pasar los campos de Cuba ante mi vista con el sol en lo alto, carteles anunciando pueblos: Bayamo, Jiguaní, Cauto Cristo, Contramaestre, y consignas revolucionarias: El socialismo es invencible. Estamos en el momento decisivo. Ahora somos más fuertes que nunca.

 

El próximo punto del viaje era Palma Soriano. Alquilé un coche de caballos que me llevó hasta la dirección que le dije: Calle Paquito Borrero entre Remus y 24 de febrero, donde radicaba la Biblioteca Comunitaria Hubert Matos, en honor al comandante guerrillero que renunció a la gloria oficial, al denunciar el irremediable camino que tomaba la revolución: el comunismo.

 

Su director era un joven llamado Michel Figueredo, que me contó en detalles lo difícil que resultaba ser bibliotecario independiente allí, y los trabajos que había pasado para convencer a su familia que lo dejaran levantar la biblioteca.

 

-Tienen mucho miedo, pánico, aquí la represión contra los disidentes es total. Ya tu sabes, aquí están la UNPACU y Las damas de blanco. La verdadera línea dura de la oposición.

 

Estuve con él hasta el mediodía. Sancochó plátanos burros, llamados en Palma Soriano cambutes, y para acompañarlos su tía nos obsequió tres huevos de una gallina que había empollado en el patio y Michel hizo una tortilla grande que llamó “tortilla a la tía” y comimos mientras conversábamos.

 

Cuando salí de casa de Michel descubrí que ya estaba chequeado. Atravesé Palma Soriano hasta la terminal de ómnibus, seguido en todo el trayecto por un joven de pulóver a rayas, que disimuló muy bien su trabajo hasta descubrir que lo había detectado, entonces cambiaron el chequeo con otro oficial, que me siguió hasta la estación.

 

Miré el anuncio de salidas. Guantánamo, la provincia que faltaba en mi plan, no salía hasta las cuatro, donde seguro ya estarían esperándome al bajar del ómnibus, con el consabido “por favor acompáñenos…”, me conducirían a la Unidad de Operaciones Especiales, en Monte Sano, con interrogatorios de una semana con preguntas repetitivas centradas en: ¿por qué de su extraño viaje? Los Arabos, Santa Clara, Camagüey, Las Tunas, Palma Soriano… ¿ha tenido contactos con algún miembro de la UNPACU? ¿Conoce usted a José Daniel Ferrer? ¿Trae volantes? ¿Qué hacía en casa de Michel Figueredo, hermano de una Dama de blanco?

 

De repente la providencia puso ante mí una Yutong vacía que iba para La Habana y sin pensarlo subí y me senté en el último asiento. Mientras pagaba el boleto al conductor el ómnibus se puso en marcha y vi abajo a la persona que me seguía, comunicándose nerviosos por un celular, mientras corría junto al ómnibus tratando de localizar el asiento en que viajaba.

 

Cuando estuve otra vez en la autopista, de regreso a casa, me reí de las cosas que me ocurrían. Quise leer algo pero no pude. Me dormí en el trayecto hasta La Habana. El viaje había sido rápido. Aún me quedaba tiempo para entrevistar al Coordinador Nacional, y visitar una biblioteca que me faltaba.

 

Era la biblioteca comunitaria Juan Francisco Manzano, situada en 228, número 306A, en Jaimanitas. Su directora, Yunia Figueredo, tataranieta del patriota Perucho Figueredo, el patriota que sobre la montura de su caballo escribió las notas de nuestro himno nacional, me contó que por su casa pasaban todos los días una docena de jaimanitenses en busca de periódicos, libros, y revistas. Y además tenía un taller de pintura infantil y había logrado conseguir bibliografía especializada sobre el tema de Prevención Social, que repartía de manera gratuita por los barrios marginales.

 

-Me di cuenta del alto número de jóvenes embarazadas en esos barrios, sin ninguna preparación para enfrentar las distintas etapas del embarazo. Comencé a bajar de Internet toda la información posible sobre temas como Parto, Nutrición, Lactancia, Consejos útiles para madres primerizas, y también libros de Cómo prevenir un embarazo precoz, o Cómo utilizar sanamente el tiempo libre. Hemos entregado cientos de esas bibliografías, por lo menos a cincuenta jóvenes en edades entre 13 y 17 años. Y hemos logrado involucrar a las familias, un paso sumamente importante.

 

Yunia me contó una historia, que me aleccionó sobre la incidencia de una biblioteca en su entorno social. Sucedió con su vecino José, pintor frustrado de Jaimanitas que le agradece todos los días por salvarle la vida.

 

A José se le rompió el televisor y no encontró piezas en el taller. Arreglarlo le costaba igual que comprar uno nuevo, pero no tenía un centavo, lo que pinta apenas le alcanza para comer y buscar bebida, su válvula de escape para el ostracismo en que vive, por su frustración de no poder realizar sus grandes proyectos: Dios barriendo la calle y La partición del mundo, y José ha tenido que especializarse como pintor de brocha gorda.

 

Pero aquel día sin televisor se vio tan desprovisto, que pensó que en suicidarse. Recuerda que había una soga en un rincón y aunque en la casa no había vigas, si se esmeraba podía conseguir algo de qué colgarse. Dice que aún le suena en el oído que la idea lo espantó, y se sacudió, y dijo que iba a vivir, pero no tenía bebida, y su otra válvula de escape era el televisor, donde se imbuía en el fútbol, en las películas americanas, o en cualquier otra película que valiera la pena, y si estaba mala cambiaba el canal para Multivisión y se refugiaba con los animales en la selva del Serengueti, y se imaginaba un animal más pastando libre… o se deleitaba con las reposiciones de Tras la huella, el policíaco cubano, donde jugaba en su imaginación ser el delincuente, el rico, el corrupto, y a veces el policía recto y pulcro libre de todo delito.

 

Las novelas brasileñas le encantaban, decía que le enseñaban Brasil y su gente, y qué decir del DVD, inservible ahora sin televisor, el paquete, los Casos Cerrados, los Sábados Gigantes, el show de Alexis, las películas combos, pero todo eso se había ido al demonio con el clic que hizo el televisor cuando se rompió y ahora solo quedaba la soledad del cuarto, la penumbra y la soga en el rincón. Entonces recordó que solo una cosa podía suplir el encanto audiovisual roto: los libros. Y una extraña visión de luz le trajo a la mente a Yunia, una mujer que sacrificó su habitación y se fue a dormir a la sala con sus dos hijas, para levantar una biblioteca comunitaria en ese sitio, tal vez sin proponérselo para salvar a Joseses perdidos en esta gran desolación espiritual llamada Cuba.

 

-Cuando estuve frente a los libros me sentí salvado. Comencé fuerte, con El ingenioso hidalgo, y fui otra vez aquel Alonso Quijano de niño luchando contra los molinos de viento. Después leí a Vargas Llosa, y luego En el camino, de Keruac, Ragtime, de Doctorow y Autobiografía de Malcom X. Con Hemingway me di el verdadero gusto y luego me leí de un tirón Como llegó la noche, de Hubert Matos, el libro de Benigno, Norberto Fuentes… Seguí con Tom Wolfe, con Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, que me hizo recordar mi niñez y mis brujos, y después repasé la literatura rusa, la española y la francesa. Devoré la mitad de los libros que había allí y dejé una reserva para después, porque encontré muchos Nuevos Heralds y El país, que describían el mundo cómo era. Luego encontré lo mejor, las biografías de Aníbal, Alejandro Magno, Julio César, Martín Luther King, Kennedy… no necesito el televisor, ni me voy a suicidar. Y todo gracias a la bibliotecaria que vive al doblar de la esquina. La entrevista con Alejandro García, Coordinador Nacional de las Bibliotecas Comunitarias, fue en su pequeño apartamento en Centro Habana. Le conté que en mi recorrido había conocido gente buena, que a pesar de vivir de manera muy modesta sentían orgullo de su labor de bibliotecarios.

 

-Alejandro, ¿cómo nacen las Bibliotecas Comunitarias?

 

-Muchos activistas de Derechos Humanos han ejercido la noble profesión de bibliotecarios, y varios han sido los proyectos que pudieran mencionarse, desde Humberto Colás y Gisela Sablón, hasta las Bibliotecas Cívicas que fundó la hoy exiliada Omayda Padrón. Pero con las nuevas relaciones Cuba-Estados Unidos a la vista y constituir las bibliotecas independientes uno de los 12 puntos acotados por el presidente Barak Obama para desbrozar el camino hacia la democracia en Cuba, ahora hay que trabajar más unidos. Las Bibliotecas Comunitarias son una continuidad del trabajo que ha venido realizándose por años, con el objetivo de romper la censura oficial que existe contra un tipo de literatura que el gobierno denomina subversiva, que no son otra cosa que patrimonios de la literatura universal. Su prohibición es una violación de los principios básicos de las naciones.

 

-¿Quiénes componen el ejecutivo de Bibliotecas Comunitarias?

 

-No existirá más el cargo de Coordinador Nacional, no habrá centralización de jefatura. La dirección estará colegiada por cuatro Coordinadores que dividirán sus funciones en las diferentes zonas del país donde existen bibliotecas. Lo componen Yunia Figueredo, Nuria de la Caridad de La Vega, Adalberto Blanco y un servidor. Hasta ahora tenemos 19 bibliotecas activadas que nos seguirán en el nuevo proyecto, pero sabemos de otras que ya quieren contactarnos para alistarse también y rehacer el trabajo perdido.

 

-¿Qué pasará con las bibliotecas que no se incorporen?

 

-Ahora existe cierta incomunicación con muchos bibliotecarios, pero nuestras puertas siempre estarán abiertas para todos. Con las Bibliotecas Comunitarias pensamos lograr una diversidad temática y no reducirla solamente al préstamo de libros. Queremos llegar a lo profundo de la comunidad, trabajar con embarazadas, minusválidos, alcohólicos, familias disfuncionales, ancianos y niños. Pensamos impartir talleres de preparación para bibliotecarios, para que puedan acometer las esferas de trabajo y estamos seguros que nuestra labor, tan necesaria en los nuevos tiempos, será un éxito.

 

En aquel momento una fuerte explosión retumbó la casa y corrimos a la cocina, donde encontramos la cafetera reventada sobre el fogón, achicharrada, envuelta en llamas. Con la conversación Alejandro la había olvidado y ahora no teníamos ni cafetera ni café y nos reímos largamente del susto y de las cosas que nos sucedían a los cubanos.

 

Antes de marcharme, descubro en un estante un libro, que he estado buscando durante mucho tiempo. Alejandro me lo presta. No sin antes anotarme en la Lista negra y recordarme que debo devolverlo en una semana, de lo contrario tengo que renovar la solicitud. O tendrá que salir a buscarme.