Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

RULETA RUSA

 

Este material lo escribí originalmente en abril, pero nunca se ha publicado. Como llevo muchos años escribiendo algo en cada aniversario de la Crisis, aprovecho ahora, en uno más, para publicarlo después de actualizarlo. Me parece que debe ser muy útil a todos los interesados en el tema, porque es un análisis nuevo y porque incluye todo lo mejor publicado sobre el tema, especialmente desde el 2005.

 

Cada vez que los historiadores que llevamos décadas (en mi caso 45 años) investigando y escribiendo sobre la Crisis de los Cohetes en Cuba de mayo a diciembre de 1962, pensamos que ya todo se ha revelado, aparece un libro nuevo sobre un tema no muy explorado, nuevas investigaciones o idealmente, nuevas revelaciones sobre la Crisis. Pero en realidad, todavía queda mucho que descubrir y mucha documentación aún clasificada. No solo en los archivos del gobierno de Estados Unidos, sino también de Rusia y otros antiguos países dominados por comunistas. Inclusive falta lo que hay en los archivos de Cuba, los únicos que nunca se han abierto ni para un vistazo.

 

Hace algunas semanas, un buen amigo argentino me pidió que leyera y escribiera una corta crítica sobre un trabajo publicado en Buenos Aires el pasado 24 de octubre por un profesor en sesión privada de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. (Omito el nombre del profesor a petición de mi amigo). El ensayo, titulado “Octubre de 1962: Los Misiles de la Discordia”, es un buen resumen narrativo sobre un tema que supongo no es muy conocido en Argentina. Pero aprovecho la oportunidad para además hacer algunos comentarios adicionales sobre un importante libro publicado a finales del 2012, Blind Over Cuba: The Photo Gap and the Missile Crisis, por David M. Barrett y Max Holland.

 

También quiero comentar sobre un importante artículo del mejor investigador sobre la Crisis desde hace tiempo, Michael Dobbs, publicado en la revista Smithsonian en Octubre del 2012. Lo que sigue es un nuevo análisis de la Crisis y todo lo publicado en los últimos diez años. Al final ofrezco una lista de varios importantes libros que se han escrito desde el 2005, y los cuales han cambiado bastante las interpretaciones sobre lo ocurrido en Cuba entre mayo y diciembre de 1962.

 

Primero el ensayo del profesor argentino. En términos generales es una narrativa interesante, informativa y objetiva; cubre lo sucedido de una manera sucinta y ofrece mucha información para los neófitos en un ensayo relativamente breve. Pero tiene un defecto fatal: está basado en información de más de 25 años. Esto hace que aunque la materia que cubre es verídica, por otro lado hay una gran cantidad de información que ha sido revelada, sobre todo desde el 2005, de la cual quien lea “Los Misiles de la Discordia” nunca se puede enterar.

 

Específicamente, el profesor se basa en casi todo lo cubierto en su ensayo en dos libros, publicados entre 1987 y 1993, que cubrieron varias conferencias celebradas en Hawks Cay, Florida y Cambridge, Massachussets (1987); Moscú, Rusia (1989); Antigua (1991); y La Habana (1992). Muchos de los participantes tuvieron importantes papeles protagonistas en la Crisis. Estos libros fueron: On the Brink: Americans and Soviets Reexamine the Cuban Missile Crisis (1989), por James G. Blight y David Welch; y Cuba on the Brink: Castro, the Missile Crisis and the Soviet Collapse (1993), por James G. Blight, Bruce J. Allyn y David Welch. Algunas de las figuras que participaron en las varias conferencias fueron los ex Secretarios de Defensa y Estado americanos Robert McNamara y Dean Rusk, y el líder cubano Fidel Castro.  Los principales en el drama, el presidente John Kennedy y su hermano Robert, Fiscal General de EEUU entonces y Nikita Khrushchev, Premier de la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), estaban muertos, aunque Robert Kennedy estuvo presente “en espíritu” ya que su memoria “13 Días” (1999) fue utilizada por el autor sin citarla.

 

Basar un ensayo tan amplio en tan pocas fuentes (y tan poco confiables) es riesgoso, y el profesor desafortunadamente cae en esa trampa y comete serios errores -no de facto, necesariamente- sino de omisión. En primer lugar, este tipo de reuniones produce pocos nuevos datos; los participantes a veces actúan más como “celebridades” que como testigos. Segundo, usualmente se aprende poco, solo se cubre territorio conocido (aunque en la reunión de Hawks Cay, Dean Rusk reveló algo hasta entonces secreto: que Kennedy tenía preparado a un antiguo funcionario de la ONU para que propusiera el intercambio de cohetes en Cuba por los instalados en Turquía si la URSS no aceptaba su propuesta; pero no fue necesario).

 

Finalmente, ocasionalmente los participantes tratan de cambiar los hechos y sobre todo, lo que dijeron y lo que hicieron durante los eventos. Esto sucedió varias veces con McNamara, quien padeció siempre de una memoria muy selectiva cuando describía lo sucedido durante la Crisis. Por ejemplo, el profesor cita a McNamara diciendo que el Almirante Denison había prohibido a los barcos americanos utilizar cohetes Honest John (tácticos) con capacidad nuclear. Eso no es cierto. Denison de hecho SÍ tenía la autoridad -sin contar con McNamara- de usar cohetes nucleares tácticos, y nunca prohibió su uso, en buena parte porque la Marina de EEUU no sabía que los cuatro submarinos rusos que merodeaban en aguas caribeñas estaban armados con un torpedo nuclear cada uno (y uno de ellos estuvo muy cerca de dispararlo).

 

Otros participantes, como los generales Smith (EEUU) y Gribkov (URSS), no contribuyeron mucho en las discusiones, pero luego escribieron un excelente libro sobre la Crisis, Operation Anadyr (1994). Y claro, en la conferencia de La Habana, la “estrella” fue el mismo Fidel Castro. Pero como siempre fue su costumbre, ofreció varias versiones de los hechos, que estaban en conflicto con lo que había dicho en otras ocasiones. específicamente sobre sus motivaciones en permitir la instalación de los cohetes en Cuba y su famosa carta a Khrushchev, conocida como la “carta del Armagedón”, donde sugería al líder soviético que lanzara sus cohetes nucleares intercontinentales contra EEUU si se producía una invasión en Cuba por los americanos. 

 

Como se puede ver, este es un peligro cierto: que algunos participantes tergiversen la historia. Más adelante ofreceré evidencia de cómo casi todos los participantes en la Crisis del lado de EEUU cambiaron, algunas veces radicalmente, lo que hablaron y escribieron sobre sus actuaciones durante la Crisis, sobre todo los que fueron parte del Excom en Washington. Claro que los autores de estos dos libros en que el profesor basa tanto de su relato no solo citaron a los participantes, sino que ofrecieron buenos análisis y comentarios, pero el problema es que el profesor acaba de escribir su ensayo hace seis meses y no sabemos por qué ignora toda la documentación que ha aparecido desde 1994, sobre todo varios magníficos libros que han sido publicados especialmente desde el 2005.

 

Pero vamos ahora al gran libro Blind Over Cuba. Aquí se cubre una de las grandes omisiones de la Crisis, algo de suma importancia, pero hasta el año pasado, casi totalmente ignorado. Sin embargo -y por eso titulo este artículo “Ruleta Rusa”- en verdad, debido a los 39 días en que los aviones de reconocimiento U-2 NO volaron sobre Cuba desde septiembre 3 hasta octubre 12 de 1962, la Crisis pudiera haber terminado de una manera muy distinta y desastrosa para EEUU. 

 

Primero unas palabras sobre los autores. No conozco a Holland, pero es un buen investigador sobre asuntos del Internet y un experto en inteligencia. A Barrett sí lo conozco bien. Fue instrumental en lograr que se desclasificara el Volumen III de la Historia Oficial de la CIA escrita por Jack Pfeiffer entre 1979 y 1984. Pfeiffer pasó 10 años tratando de publicar los cuatro volúmenes, pero la CIA le ganó la batalla legal.  Después de la muerte de Pfeiffer, Barrett demandó a la CIA bajo la Ley de Libertad de Información (Freedom of Information Act), ganó el caso y logró que el Volumen III se publicara en su página de internet. Barrett me pasó el Volumen III hace más de cinco años y me envió las notas al pié a su costo (no estaban incluidas en el Volumen III que publicó en su website). En el 2012, se han publicado los volúmenes I y II; solo el IV queda clasificado. Barrett es un gran investigador y un magnífico historiador, profesor de la Universidad de Villanova y autor de otro importantísimo libro, The CIA and Congress: The Untold Story from Truman to Kennedy (2005).

 

En resumen, esto fue lo sucedido: desde agosto de 1961 la CIA llevaba volando dos veces sobre Cuba cada mes. Aunque el vuelo del 5 de agosto de 1962 no descubrió presencia de cohetes en Cuba (por unos días), John McCone, el nuevo Director de la CIA (republicano conservador), quien había substituido al legendario Allen Dulles después del fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos, por el cual la CIA -y Dulles- fueron culpados (cuando Kennedy fue el verdadero responsable), tenía sospechas desde el 10 de agosto, por otras razones, de que la URSS estaba planeando introducir cohetes en la isla, pero por la nubosidad sobre Cuba, el segundo vuelo del mes no se realizó hasta el 29. McCone, mientras tanto, estaba de viaje de luna de miel en Francia desde el 23 de agosto, pero mantenía sus sospechas y era informado de lo que sucedía.

 

Cuando McCone se enteró del descubrimiento de una posible base de SAM (misiles antiaéreos) en el occidente de Cuba el 29, (se descubrieron ocho bases), se alarmó aún más, pues estaba convencido de que la única razón de Moscú en instalar bases de SAM en Cuba era para proteger otras bases de cohetes estratégicos que seguirían a los tácticos SAM poco después. Pero lejos de iniciar ninguna acción, Kennedy ordenó que todo se mantuviera en secreto (se reveló a la prensa el 4 de septiembre).

 

Nada se hizo hasta el 10 de septiembre. Ese día, en una reunión en la oficina del Asesor de Seguridad Nacional McGeorge Bundy, en la que estaban presentes Dean Rusk, Robert Kennedy, el General Pat Carter, Subdirector de la CIA y otros analistas, se decidió cancelar los vuelos de septiembre indefinidamente. Al final, por mediación de Rusk, se permitieron los vuelos, pero no sobre la isla, sino en la periferia. Así se llegó al famoso vuelo del 12 de octubre, cuando se descubrieron emplazamientos de cohetes estratégicos de mediano alcance. 

 

Este fue la casi fatídica ruleta rusa que jugó la administración del Presidente Kennedy con el mundo.  Porque se piensa que los primeros cohetes estratégicos llegaron a Cuba entre el 15 y el 17 de septiembre, y si su descubrimiento se demora unos días más, hubieran estado operacionales. Entonces, nadie sabe lo que hubiera sucedido. Pero el peligro de -al menos- un accidente nuclear, si no una guerra en si, de seguro que habría aumentado considerablemente.

 

¿Por qué se tomó esta casi suicida decisión el 10 de septiembre? Es en verdad muy difícil de explicar, pero básicamente la razón aludida por Rusk y Bundy fue el temor al derribo de un U-2 sobre Cuba. El 30 de agosto, un U-2 se había desviado y había violado el espacio aéreo ruso por varios minutos, lo que produjo una airada protesta del Kremlin. El 8 de septiembre, otro U-2 procedente de Taiwán se había “perdido” sobre China (nunca se supo qué sucedió). De manera que Rusk y Bundy decidieron -y Kennedy lo aprobó- que el peligro de un derribo era mucho peor que no volar sobre Cuba después que se habían descubierto ocho bases de SAM en el occidente de la isla el 29 de agosto.  Además, esto hay que ponerlo en el contexto de la política americana hacia la URSS durante todo el verano de 1961.

 

Kennedy, desde la desastrosa reunión con Khrushchev en Viena en junio de 1961, donde según sus propias palabras, el líder ruso le había dado una “paliza” (a beating, en sentido figurado, naturalmente) y según Khrushchev, él le “había tomado la medida al joven presidente” (a quien consideró desde entonces como un hombre débil e indeciso), había implementado una serie de medidas que hicieron su posición, vis-a-vis Khrushchev, mucho más fuerte.

 

Sin embargo, inexplicablemente, durante ese verano, cuando la intervención masiva de la URSS en Cuba (tropas y equipos, incluyendo aviones y grandes cantidades de armamentos) se hizo realidad, y cuando comenzaron los rumores, primero por parte de reportes de refugiados cubanos, luego con acusaciones de congresistas al respecto, el presidente americano decidió confiar en las intenciones “pacíficas” de Khrushvhev.

 

El Premier soviético le había pedido, como parte del camuflaje de la Operación Anadyr, que EEUU cesara los vuelos de reconocimiento para evitar “incidentes” (los vuelos de bajo nivel se redujeron, pero no se cancelaron; de manera que la administración sabía bien lo que sucedía). A cambio, le prometió a Kennedy que las armas introducidas en Cuba eran solamente “defensivas” y que no haría nada antes de las elecciones al Congreso en noviembre que pudiera “abochornar” al presidente. Kennedy lo creyó, y el resto, como dice la expresión, “es historia”.

 

El Director de la CIA John McCone regresó desde Francia a Washington a fines de septiembre, y aunque no se sabe exactamente cuando se enteró de la decisión de no permitir los vuelos de U-2 sobre Cuba del 10 de septiembre, poco después logró convencer a Kennedy de reanudar los vuelos, y el 12 de octubre se descubrió la presencia de cohetes de medio alcance en varios puntos de Cuba.

 

Después de eso, comenzó propiamente la Crisis de los Cohetes. Pero McCone, a pesar de que gracias a su intervención se hizo el descubrimiento de los cohetes ofensivos rusos el 12 de octubre, nunca recibió agradecimiento alguno de Kennedy y sus asesores. Al contrario, desde entonces lo consideraron un adversario, un “verdadero bastardo” (a real bastard), en palabras del mismo presidente en una conversación (grabada) con su hermano Robert en la Casa Blanca el 4 de marzo de 1963.

 

El libro Blind Over Cuba describe en detalle todo el proceso de lo conocido como “la brecha de las fotos”, pero además, en la segunda parte, cubre las cuatro investigaciones que se condujeron entre noviembre de 1962 y marzo de 1963, tres por la CIA y otras organizaciones del Ejecutivo, la cuarta por un Comité del Senado. Los resultados de todas estas investigaciones y reportes, en general muy críticas de la administración, no se revelaron hasta 40 años después. Todavía quedan muchas partes clasificadas. (¿Nos enteraremos algún día de todo lo ocurrido durante la Crisis?)

 

Pero lo más importante del libro es que destruye, 40 años después, el mito de que la “brecha de las fotos” fue causada por el clima, por la nubosidad sobre Cuba en esos casi fatales 39 días. Este fue un mito deliberadamente creado por los hermanos Kennedy y sus apologistas, que escribieron la “historia oficial” desde entonces. Al contrario, los autores demuestran, concluyentemente, que los 39 días sin vuelos de U-2 sobre Cuba fueron estrictamente debidos a la política de “no ver y no oír” de la administración; a la política de ignorar la actividades de la URSS en Cuba durante ese verano de 1962; la política de negligencia casi criminal que permitió la introducción de cohetes nucleares estratégicos a 90 millas de las costas americanas.

 

La última parte del libro, a manera de un Apéndice final, es en mi opinión lo mejor: una historiografía de la “brecha de las fotos”, pero en realidad, una historiografía de la Crisis de los Cohetes en su totalidad. Aquí se encuentran todos los libros importantes publicados sobre este controvertido tema, muy especialmente los que han aparecido en la última década, los que han cambiado drásticamente la perspectiva de la Crisis y han producido nuevas interpretaciones que en verdad enseñan que esta no fue la Hora más Grande de Kennedy ni su Apoteosis. No, lejos de eso.  Fue otra demostración de cómo un presidente mediocre en toda la extensión de la palabra, simplemente porque fue asesinado en su apogeo y porque sus apologistas quisieron -y consiguieron- crear a su alrededor el Mito de Camelot, puso al mundo al borde del abismo por su ineptitud y por su falso orgullo.

 

Para resumir, la Crisis de los Cohetes en Cuba comenzó, como propiamente describe el profesor, en abril de 1962, cuando Nikita Khrushchev, probablemente en su afán de emparejar de la manera más rápida y económica el balance en cohetería nuclear intercontinental entre EEUU y la URSS, ideó la introducción de cohetes estratégicos en Cuba. La fuente citada por el profesor también es correcta: el gran historiador ruso, el General Dmitri Volkogonov, fue quien primero documentó la conversación entre Khrushchev y el Mariscal Rodion Malinovsky, Ministro de Defensa, en su residencia de verano en Sochi, en la costa del Mar Negro, donde el líder ruso le pregunta al Ministro sobre la posibilidad de introducir cohetes ofensivos en Cuba. 

 

Días después, durante tres reuniones en el Kremlim a fines de mayo, el Politburo unánimemente, aprueba el proyecto, Operación Anadyr (por un río de Siberia) y se decide enviar a una delegación rusa a Cuba para buscar la aprobación de Fidel Castro. Castro consultó solo con su hermano Raúl, Ernesto “Ché” Guevara, el presidente cubano Osvaldo Dorticós y Ramiro Valdés, y al día siguiente, dio su consentimiento.

 

¿Por qué lo hizo?  No se puede confiar en sus palabras, puesto que ha ofrecido varias versiones, algunas de las cuales lo hacen lucir como un gran estratega, lo que en aquellos tiempos no era. Probablemente creyó en Khrushchev, su mentor y protector, y sus promesas de protección contra una invasión americana, confiando en los alardes del poderío atómico ruso que el líder ruso no se cansaba de propagar. 

 

Algunos piensan que Castro sabía la inferioridad de la URSS ante EEUU en cohetería nuclear (Brian Latell, por ejemplo); pero yo estoy convencido que Castro definitivamente creyó a Khrushchev. Sin embargo, Castro propuso a la URSS firmar un tratado de defensa mutua y hacerlo público. Era lo lógico, y Cuba tenía todo el derecho de hacerlo de acuerdo con las normas internacionales. Pero Khrushchev se negó. ¿Por qué? Porque su plan dependía del secreto y de la sorpresa. Era nada menos que una atrevida gran apuesta para ganar la guerra fría.

 

La Operación Anadyr consistía de tres partes. La primera era introducir los cohetes en Cuba mediante una gigantesca operación encubierta que eventualmente llevaría a la isla a más de 50,000 tropas rusas, cientos de toneladas de equipos militares, incluyendo aviones -de ataque y bombarderos-, cohetes nucleares tácticos, cuatro submarinos, y por supuesto, los cohetes estratégicos de intermedio y medio alcance. 

 

Una vez que los cohetes estratégicos estuvieran instalados y operacionales, poco después de la elección Congresional en noviembre, la segunda parte contemplaba el viaje de Khrushchev a Cuba para entonces firmar un tratado de defensa mutua con Cuba. La tercera parte llevaría a Khrushchev a la ONU en New York, para anunciar la presencia de los cohetes en Cuba y el tratado recién firmado entre los dos países, y exigir la retirada de las tropas aliadas de Berlín.

 

Ese era el objetivo final: Berlín. Todo estaba basado en el convencimiento absoluto de Khrushchev de que el presidente Kennedy aceptaría los hechos consumados, y por su falta de carácter y debilidad negociaría la rendición de Occidente al Comunismo Internacional, el sueño dorado de Lenin y Stalin hecho por fin realidad. Por esa increíble fantasía, Khrushchev se lo jugó todo. Perdió, pero con esa insensata apuesta puso al mundo en el mayor peligro de destrucción en la historia.

 

No es necesario relatar los hechos de la Crisis; son muy conocidos y aquí no hay nada nuevo que se pueda aportar. Pero dos asuntos adicionales mencionaré a petición de otro amigo. Uno es todavía controversial y falsificado; el otro, casi desconocido e ignorado.

 

Primero, el derribo del U-2 americano en la mañana del sábado 28 de octubre, llamado desde entonces “el sábado negro”. ¿Quién ordenó el derribo? Ciertamente no Castro, como algunos todavía mantienen. Uno de sus más íntimos colaboradores, Carlos Franqui, me dijo en una entrevista en Puerto Rico hace varios años que Fidel Castro mismo había oprimido el botón que lanzó el cohete SAM que derribó al U-2. Otros propagan que Castro dio la orden a la batería de SAM cerca de Banes, en la provincia de Oriente, para que disparara.

 

Las dos versiones son falsas. Castro no podía oprimir ningún botón; estaba en La Habana, a cientos de kilómetros de Banes. Tampoco dio la orden; no tenía autoridad para hacerlo. Los rusos tenían el control absoluto de las baterías de SAM.  Pero esa mañana Castro se apareció en el cuartel general de los rusos en El Chico, cerca de La Habana, enfurecido por los continuos vuelos de reconocimiento casi a ras de tierra por aviones americanos sobre las bases de cohetes estratégicos (no los vuelos de los U-2, los cuales bien sabía que nada podía hacer para evitarlos) y ordenó a las baterías antiaéreas cubanas disparar sobre estos rápidos aviones de reconocimiento (así se hizo, pero cuando se ordenaba disparar, ya los aviones habían pasado). 

 

Los rusos, sobre todo el General Pliyev, jefe de todas las tropas rusas en Cuba, quedaron muy impresionados por el fervor “socialista” de Castro y a la vez estaban abochornados porque los cubanos tenían órdenes de disparar, pero los rusos nada hacían para evitar los vuelos de U-2.  Pliyev decidió que derribaría el próximo U-2 que volara sobre Cuba, y así lo informó a Moscú. Una hora después, se presentó la oportunidad. Pero Pliyev había desaparecido del cuartel. Dos generales subalternos, Grechko y Garbuz, dieron la orden conjuntamente, pues el U-2 estaba al salir del espacio aéreo cubano. Pliyev aprobó la orden y defendió a los generales ante la ira de Moscú (ese derribo casi provoca un ataque americano a Cuba). Nunca fueron sancionados.

 

El otro asunto fue el reclutamiento de cubanos exiliados para que se enlistaran en el ejército americano después del fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos. ¿Por qué se hizo? ¿Cueles fueron las razones de Kennedy para ordenarlo?  Al parecer, o al menos eso le hicieron creer a varios líderes de la Brigada 2506 como San Román, Oliva y Ruiz Williams (todos confidentes de Robert Kennedy), serían utilizados como parte de una nueva invasión americana a Cuba. Existía un plan para una invasión de tropas americanas a Cuba, el cual fue preparado en detalle por el Pentágono (no la CIA), esta vez por órdenes directas del presidente. El plan todavía existe, aunque nunca se implementó, y es muy dudoso que Kennedy hubiera ordenado ponerlo en acción. Quizás esos cubanos que se enlistaron tomarían parte en una nueva y futura invasión. Se les hizo creer eso a algunos. Quizás serían utilizados para mantener el orden después de una exitosa invasión americana a Cuba. No lo sabemos; fue otro de los misterios que se llevó Kennedy a la tumba. 

 

En mi opinión, fue una pantalla, para hacer parecer que algo se planeaba contra Castro.  Pero por otro lado, no que para esto se utilizaran a esos cubanos reclutados en el ejército americano necesariamente, de hecho SÍ había planes contra Castro. Los hermanos Kennedy tenían todas las intenciones de vengarse de Castro; era algo personal, debido al fracaso de la invasión. Esos planes produjeron la Operación Mangosta (Mongoose), dirigida por el mismo Robert Kennedy.  Infiltraciones, sabotajes, ataques a instalaciones costeras cubanas… y planes para asesinar a Castro.

 

De esos planes, el último, utilizando al doble agente Rolando Cubela para asesinar a Castro, puede haber provocado directamente el asesinato de Kennedy. Hay evidencia conclusiva de que al menos tres agentes de la DGI cubana estaban presentes en Dallas el 22 de noviembre de 1963 y de que ellos estuvieron íntimamente involucrados en el asesinato del presidente. El mismo 22 de noviembre, un enviado directo de Robert Kennedy, el agente de la CIA Desmond Fitzgerald, se estaba reuniendo con Cubela en París en el momento que Kennedy era mortalmente herido por disparos de Oswald y quizás de agentes de la DGI.

 

El artículo de Michael Dobbs es sumamente importante por las posibles implicaciones y por como toda la historia de la Crisis pudo haber cambiado. Dobbs, quien como dije antes se ha convertido en el mejor investigador de la Crisis, mientras investigaba en los archivos del gobierno para escribir su gran libro One Minute to Midnight (2009), descubrió una enorme cantidad de rollos de películas tomadas a baja altura sobre Cuba por aviones Crusader de la Marina y otros interceptores de la Fuerza Aérea, desde octubre 23. 

 

A diferencia de las fotos de los U-2, estas fotos tomadas a baja altura tenían una definición mucho mayor y se podía notar, casi a simple vista, detalles que con las fotos de los U-2 no era posible definir bien. Estos jets volaban tan bajo como a 100 pies de la superficie, y solo tenían entre 3 y 5 segundos para fotografiar las instalaciones de cohetes, sobre todo en el occidente de Cuba. Estos vuelos se conocieron como Operation Blue Moon. Cuando Dobbs descubrió por accidente la existencia de estas películas, pensó que todo el material estaba aún clasificado. Pero gracias al analista Dino Brugioni de la CIA (quien también escribió un gran libro sobre la Crisis, Eyeball to Eyeball, mencionado más adelante), Dobbs se enteró que todo el material de Blue Moon estaba en el Archivo Nacional. Las películas NO estaban clasificadas, pero nadie las había examinado hasta entonces.

 

¿Cuál es la importancia de este material? Dobbs descubrió que la CIA nunca logró encontrar dónde estaban las cabezas nucleares de los cohetes de medio alcance (las de los cohetes de alcance intermedio nunca llegaron a Cuba antes de la resolución de la Crisis).  Los analistas pensaban que estaban bajo gran vigilancia en el puerto de Mariel. En realidad, estaban en Bejucal, y fueron “descubiertas” por Dobbs después de examinar películas tomadas por los rusos y después de entrevistar antiguos militares soviéticos.

 

Pero esto sucedió años después. Es decir, la CIA nunca descubrió la presencia de las cabezas nucleares en Bejucal (también la CIA ignoraba el emplazamiento de los cohetes tácticos FRK). Consecuentemente, cada vez que el Presidente Kennedy preguntaba a los militares si era posible destruir todos los cohetes y todas las cabezas nucleares en una serie de bombardeos, la respuesta siempre era la misma: No todo, quizás hasta un 90%, pero esto de acuerdo a la información que existía. Si sabían donde encontrarlas, podían destruir hasta un 90%. Pero ¿y las que NO podían encontrar? 

 

Esa fue la razón por la cual Kennedy decidió no aprobar ningún bombardeo. Pero, especula Dobbs, si se hubiera descubierto con un buen grado de seguridad donde estaban todos los cohetes y todas las cabezas nucleares, entonces hubiera sido casi imposible para Kennedy no dar la orden de bombardear las bases en Cuba. La presión de los militares y de los líderes de Congreso, especialmente de Demócratas como el poderoso Senador Russell de Georgia, quizás hubiera sido insoportable y el presidente hubiera cedido.

 

Una vez más ¿y eso que? Bueno, ni la CIA ni los militares conocían la presencia de armas nucleares tácticas en Cuba (lo supieron a última hora, pero ni siquiera entonces se enteraron del emplazamiento de los cohetes FRK, que también tenían cabezas nucleares y que estaban bajo el control de personal soviético sobre el terreno). A pesar que existía la orden de no usar esas armas nucleares tácticas sin previa autorización de Moscú, varios generales y coroneles soviéticos han declarado que, definitivamente, ellos hubieran autorizado el uso de armas nucleares tácticas en caso de una invasión americana a Cuba. Eso casi seguramente hubiera provocado una guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Como mínimo, Cuba hubiera sido devastada, pero la primera víctima hubiera sido la Base Naval de Guantánamo. Eso en si, probablemente, hubiera provocado una confrontación entre las dos superpotencias.

 

El material recientemente revelado -en los últimos ocho años- tiene que ver con las motivaciones de Khrushchev, la resolución de la Crisis, y el peligro que el mundo corrió.  Sobre estos temas, el libro esencial es Khrushchev’s Cold War, por Aleksandr Fursenko y Timothy Naftali, publicado en el 2005 (la narrativa clásica de la Crisis está también escrita por estos grandes autores, One Hell of a Gamble (1997). En este libro del 2005, los autores revelan las discusiones en el Kremlin antes, durante y al final de la Crisis.  Son los únicos (y los primeros) que tuvieron acceso a cientos de los archivos de la Oficina de la Federación Rusa en el 2003 y, además, a las notas taquigráficas y a las minutas de la reuniones en el Kremlin catalogadas (y parcialmente tomadas por él mismo como taquígrafo oficial) por el General Vladimir Malin. 

 

Basados en esa documentación, Fursenko y Naftali son los únicos que comparten mis ideas sobre la motivación principal de Khrushchev en colocar los cohetes en Cuba: alcanzar la paridad nuclear con EEUU y chantajear al presidente Kennedy para ganar la guerra fría. Muchos otros consideran (como Dobbs) que éstas fueron motivaciones importantes, pero no las únicas. Nosotros no opinamos tampoco que fueron las únicas, pero sí las principales. Definitivamente, no creemos en la justificación de Khrushchev cuando se vio obligado a retirar los cohetes de Cuba: que todo había sido por garantizar la existencia permanente de la revolución cubana, lo que según él, se había conseguido.  Pero esto es demostrablemente falso, como se verá enseguida.

 

Las otras dos grandes narrativas sobre la Crisis (en su totalidad) son Defcon-2, por Norman Polmar y John D. Gresham (2006), y la mejor en mi opinión (y la más reciente), One Minute to Midnight, por Michael Dobbs (2008). Dobbs cubre en exquisito detalle, casi hora por hora, los sucesos entre octubre 16 y 28, todo lo ocurrido en Washington, Moscú y La Habana en esos días aciagos. Pero, además, revela por primera vez algunos de los grandes peligros y la existencia de los cohetes tácticos FRK con cabezas nucleares.  Uno de ellos, emplazado en Mayarí Arriba, podía haber destruido la Base de Guantánamo en dos minutos en caso de una invasión americana, lo cual nunca se descubrió hasta que Dobbs lo reveló en su libro.

 

Dos otros importantes libros (uno publicado hace meses) exploran temas poco conocidos de la Crisis, como los “otros” cohetes, los emplazados en Turquía; y los días siguientes a la “resolución”, incluyendo el verdadero final de la Crisis.  Estos son, The Other Missiles of October, por Philip Nash (1997) y The Fourteenth Day, por David G. Coleman (2012). 

 

Nash describe la historia de los cohetes Júpiter emplazados en Turquía (y en Italia e Inglaterra) en 1962, desde el comienzo de este proyecto en 1957. La importancia de este libro es que, en definitiva, la Crisis se resolvió con el intercambio de los cohetes en Cuba por los Júpiter en Turquía, y Nash ofrece el único relato completo sobre esto. Coleman cubre algo todavía menos conocido: lo sucedido después del 28 de octubre, cuando la Crisis supuestamente terminó. Pero no fue así; duró un mes más, hasta que los bombarderos IL-28 fueron retirados de Cuba a fines de diciembre de 1962.  La importancia de este interesante relato es que todavía en esos días hubo gran peligro y todos los acuerdos tomados pudieron haberse anulado.

 

Tres libros más deben ser mencionados. No son historias completas de la Crisis, pero se refieren a partes importantes. Uno es un clásico, Eyeball to Eyeball, por Dino A. Brugioni (1990). Aunque se subtitula The Inside Story of the Cuban Missile Crisis, en verdad es un recuento de como se descubrieron los cohetes en Cuba y como se analizaron las fotos.  Brugioni fue uno de los principales analistas fotográficos de la CIA y estuvo muy involucrado en el desarrollo de los U-2 y los satélites espías, de manera que sus experiencias son invaluables.

 

Además, el título se refiere a la famosa frase de Dean Rusk cuando los barcos rusos pararon en el mar después que la “Cuarentena” fue anunciada por Kennedy el 22 de octubre: “Los dos tipos estaban mirándose a los ojos (eyeball to eyeball) y creo que el otro pestañeó”. Brugioni también fue el primero que mencionó la “brecha de las fotos”, pero pocos le prestaron atención entonces, y cuando escribió su libro había todavía mucho material sobre la Crisis clasificado como secreto, pero le dio el merecido crédito a los “héroes ignorados” de la Crisis, los analistas fotográficos de la CIA. Sin ellos, los cohetes estratégicos no se hubieran identificado. 

 

 El libro October Fury, por Peter A. Huchthausen, capitán retirado de la Marina quien estuvo a bordo del destroyer Blandy durante la Crisis, relata algo muy poco conocido: la odisea de los cuatro submarinos rusos en el Caribe y los barcos americanos que los estuvieron “cazando” en la superficie.

 

Cuando uno de los submarinos, el U-59, capitaneado por Valentin Savitsky, era acosado por el Blandy, y Savitsky, desesperado por la falta de oxígeno y el calor insoportable (temperaturas de más de 120 grados F dentro del submarino), el Capitán estuvo a punto de disparar el torpedo con cabeza nuclear a bordo. Cargas de profundidad fueron lanzadas por el Blandy, y Savitsky estaba convencido que lo estaban atacando. Como los comandantes de submarinos tenían autorización de usar los torpedos nucleares en caso de ataque, esto hubiera destruido (si funcionaba, algo improbable) a un grupo completo de barcos americanos en un área de millas a la redonda. Casi seguro que hubiera resultado en un ataque nuclear vengativo americano contra Rusia: la Tercera Guerra Mundial, la Final. 

 

Huchthausen también cuenta sobre el programa de submarinos rusos, como los nucleares, que estaban incluidos en la Operación Anadyr. No pudieron ser utilizados debido a que eran un peligro, porque sus reactores se recalentaban demasiado. Por eso los más lentos submarinos de petróleo tuvieron que ir al Caribe a “proteger” a la Armada soviética. Pero los protectores resultaron los cazados, ya que fueron descubiertos por la Marina casi al llegar al Caribe. La actuación heroica de la Marina americana, quizás quien mejor actuó durante la Crisis, queda bien descrita en este libro, al igual que otro famoso episodio cuando McNamara fue expulsado del cuartel general naval en Washington por el Almirante Anderson, Jefe de la Marina, cuando trató de inmiscuirse demasiado en las operaciones.

 

Finalmente, otro libro valioso que narra las experiencias de un alto funcionario del Departamento de Estado, Reflections on the Cuban Missile Crisis, por Raymond L. Garthoff (1989), es de suma importancia. Aquí se encuentra por primera vez el verdadero final de la Crisis -ocho años después, en 1970.

 

Como ya es bien conocido, el “entendimiento” entre Kennedy y Khrushchev que supuestamente terminó con la Crisis (pero que en verdad no fue como se cree) fue un simple intercambio de cartas entre los dos líderes el 26 y 27 de octubre. Siempre se ha pensado que el “acuerdo” (nunca fue tal cosa) era a base de la retirada de los cohetes de Cuba a cambio de una promesa de Kennedy de que EEUU no invadiría a Cuba.

 

Pero esto estaba basado en que los americanos pudieran verificar la retirada de los cohetes, que pudieran conducir una inspección en Cuba. Fidel Castro prohibió absolutamente tal inspección, ni siquiera por la ONU. De manera que el “entendimiento”, desde el principio, quedó invalidado. Los rusos lo sabían, los cubanos, no. Nunca se hizo público este hecho. Simplemente, todos asumieron que en realidad existía la promesa de no invasión. Como en definitiva se ha mantenido desde 1962, todavía muchos creen que está en vigor y que es válida. 

 

Nada de eso. Garthoff relata lo ocurrido cuando el “entendimiento” Kennedy-Khrushchev se modificó y se puso por escrito: un verdadero acuerdo oficial, aunque ni fue anunciado, ni se ha revelado -todavía está clasificado como secreto. Esto sucedió en 1970, cuando la “mini-crisis” creada al tratar la URSS de construir una base de submarinos nucleares en Cienfuegos, Cuba.

 

El Asesor de Seguridad Nacional del Presidente Nixon, Henry Kissinger, al darse cuenta que el famoso “entendimiento” de 1962 era nulo e inaplicable, acordó con el embajador soviético en Washington, Anatoly Dobrynin, revisar el “entendimiento” de la manera siguiente: se prohibía a la URSS introducir submarinos nucleares en Cuba, además de cohetes. A cambio, EEUU prometía, por escrito, no invadir a Cuba. Este es el verdadero pacto entre los dos países, algo que nunca se aprobó por el Congreso y algo que ya no puede ser aplicado, puesto que una de las dos partes, la URSS, dejó de existir como nación en 1991. 

 

Garthoff revela esto en su libro y nadie le prestó mucha atención cuando fue publicado en 1989. Ese fue el final de la Crisis de los Cohetes en Cuba, no en octubre, ni en diciembre de 1962, sino en octubre de 1970. Y ahora se sabe que SÍ hubo un acuerdo real -y por escrito- de una promesa de no invasión. Pero nunca se ha revelado, y han pasado 43 años.  Repito entonces ¿alguna vez sabremos la verdad de todo lo sucedido y del final de la Crisis?

 

Finalmente, hay que considerar la trilogía de libros escritos por Sheldon Stern. Stern, un historiador eminente, fue quien primero oyó, examinó y catalogó las famosas grabaciones de los años de Kennedy (Kennedy Tapes). Entre 1977 y el 2000 fue Historiador Oficial de la Biblioteca Kennedy en Boston. Sus tres libros son: John F. Kennedy and the Secret Cuban Missile Crisis Meetings (2003); The Week the World Stood Still (2005); y The Cuban Missile Crisis in American Memory (2012).

 

En el ultimo, publicado el año pasado, Stern destruye TODOS los mitos restantes sobre la Crisis, especialmente sobre la actuación de los que participaron en las deliberaciones del ExCom en Washington durante los días críticos de la Crisis. Lo que allí dijeron y lo que después escribieron y declararon. Aquí todos salen muy mal parados, excepto el Presidente Kennedy y el Secretario Rusk. Stern -y ese es su único problema- es un gran admirador del presidente y considera que su actuación durante la Crisis fue ejemplar. Con Rusk es simplemente justo. Rusk, como era su personalidad, fue prudente y nunca habló demasiado, ni entonces ni después. Eso no quiere decir que sus consejos fueron particularmente buenos, pero no trató de tergiversar los hechos ni de falsificar la historia, como hicieron todos los demás, especialmente Robert Kennedy y McNamara.

 

Estos libros de Stern, pero muy particularmente The Cuban Missile Crisis in American Memory, deben ser consultados por todos los que quieren en verdad entender lo sucedido, sobre todo de parte de los americanos en esas famosas reuniones en Washington entre octubre 16 y 29 de 1962.  El profesor argentino se beneficiaría mucho en leer los libros de Stern y todos los demás que menciono. De esa manera, quizás pudiera escribir una continuación bien documentada y revisada de su ensayo “Los Misiles de la Discordia” del pasado año.

 

Para terminar este largo trabajo, debo mencionar algo dejando la modestia aparte.  Aunque soy un historiador profesional y llevo 45 años investigando y escribiendo sobre la invasión de Bahía de Cochinos y la Crisis de los Cohetes, en mi opinión los dos sucesos más importantes en Cuba en todos los tiempos, nunca he consultado fuentes originales sobre estos temas, excepto los documentos del archivo del Departamento de Estado (Foreign Relations of the United States) y he conocido y entrevistado a solo unos cuantos actores participantes en estos episodios. 

 

Sin embargo, puedo decir con toda confianza que mi capítulo sobre la Crisis de los Cohetes publicado en el libro (2011) El ocaso del régimen que destruyó a Cuba (con otros tres autores, Efrén Córdova como editor, Juan Benemelis y Miguel Castillo) es lo mejor escrito en español sobre la Crisis. Sin comparación. Ningún autor en español ha leído o siquiera conoce bien las fuentes, sobre todo las rusas, como yo. Si mis artículos y capítulos -pues tengo cientos de páginas escritas sobre ambos temas- tienen la calidad literaria esperada en algo definitivo sobre algún tema, es algo para que lo juzguen otros, pero las investigaciones y los conocimientos aportados no son igualados por nadie en nuestro idioma.

 

La Crisis de los Cohetes en Cuba, que en realidad se produjo a través de ocho meses -de mayo a diciembre de 1962- en mi opinión es el evento más importante del Siglo XX. No solo fue el momento de mayor peligro para el mundo, cuando en verdad enfrentamos la posible destrucción del planeta, sino que también fue de gran importancia por muchas otras razones. Fue el episodio que definió la Guerra Fría y que cambió para siempre la relación entre EEUU y la URSS.

 

Le costó su posición a Nikita Khrushchev como líder de la URSS. Nos trajo la carrera armamentista, que tanto daño hizo al mundo y tanto peligro y malgasto de recursos produjo en 46 años de Guerra Fría. Creó las condiciones y causó, al menos indirectamente, la elección de Ronald Reagan como Presidente de EEUU en 1980 y la selección del gran Papa Juan Pablo II en 1978. Finalmente, aunque indirectamente, produjo la caída y desaparición de la URSS en 1991 y del movimiento comunista internacional también en 1991. El comunismo internacional resultó en la muerte de casi 200 millones de seres humanos en 74 años. Eso en si fue lo más trascendental del Siglo XX. De manera que, , la Crisis de los Cohetes FUE el evento del Siglo.

 

Nota final. Quienes quieran leer mi capítulo sobre la Crisis pero no deseen comprar el libro donde aparece, “El ocaso del régimen que destruyó a Cuba”, (se puede obtener en Amazon.com), si me escriben a dtrinidad3@comcast.net, con gusto se los envío. Tiene unas 50 páginas de extensión, pero toda la información para quien quiera conocer a fondo este tema puede ser encontrada en ese capítulo, con todas las referencias, por supuesto.