Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

OSO DE CARTÓN: LA PRÓXIMA IMPLOSIÓN DE RUSIA

 

Desde los tiempos de los primeros zares, el gigantesco oso de Siberia era el símbolo del poder y sobre todo del expansionismo ruso. Ese oso siberiano llegó al apogeo de su poderío personificado en el más grande de todos los zares, el Zar Rojo, Josef Stalin.  De la misma manera, al final de la Segunda Guerra Mundial el Imperio de la Unión Soviética alcanzó su mayor extensión cuando el Ejército Rojo conquistó -y ocupó- a casi toda Europa Oriental.

 

Ninguno de los zares anteriores lograron esta enorme extensión del Imperio, a pesar de que ni siquiera Stalin pudo lograr el sueño dorado de todos los zares anteriores: la conquista de Constantinopla y el control de los estrechos que van del Mar Negro al Mediterráneo.  De los “zares” comunistas que siguieron a Stalin, Nikita Khrushchev trató de expandir el Imperio con las guerras de “liberación” en Centro y Sur América (al principio con ayuda de su “agente” Fidel Castro, quien luego continuó esas guerras por su cuenta), África y el sureste de Asia. Khrushchev, con su informal alianza con Cuba, introdujo cohetes nucleares en la isla en 1962 y puso al mundo al borde de una terrible guerra, pero Cuba, aunque quedó por muchos años dentro de la órbita soviética, sobre todo en términos económicos, nunca fue parte del Imperio soviético.

 

Bajo Leonid Brezhnev, se promulgó la “doctrina” que lleva su nombre, la cual pretendía garantizar la permanencia del Imperio prohibiendo que ninguna nación “socialista” podría abandonar la órbita soviética. En 1978 tropas soviéticas invadieron Afganistán y se mantuvieron en el país hasta que Mijail Gorbachev las retiró en 1989. Pero Afganistán nunca fue parte del Imperio tampoco, como no lo fue Nicaragua bajo los Sandinistas. De manera que para propósitos prácticos, la Unión Soviética en 1945 llegó a su mayor extensión. Sin embargo, bajo Brezhnev en la década de los 1970 y como consecuencia de la humillación sufrida cuando Khrushchev se vió obligado a retirar los cohetes de Cuba porque no contaba con el poder suficiente para enfrentar a Estados Unidos, la Unión Soviética aumentó progresivamente su poderío militar hasta inclusive superar en algunas categorías a EEUU (tropas, número total de cohetes -incluyendo intercontinentales y de medio alcance- y tanques). Pero nunca en tecnología, ni en número total de barcos de superficie, submarinos atómicos o cabezas nucleares y bombarderos de largo alcance.

 

Cuando el movimiento comunista internacional expiró en 1989 con la caída del Muro de Berlín y dos años después la misma Unión Soviética se disolvió, el Oso Ruso parecía finalmente descolmillado. Un desconocido burócrata represivo de la KGB, el Coronel Vladimir Putin, se lamentó amargamente de que la desaparición de la URSS había sido la mayor catástrofe del Siglo XX. Años después, el mismo Putin controlaría el destino de Rusia, y desde principios del 2014 tiene al mundo occidental en jaque. ¿Su proyecto? Resucitar el Imperio Ruso de los zares y recuperar las fronteras de la URSS en 1989. ¿Como sucedió todo esto en poco mas de veinte años? Todo comenzó cuando el antiguo alto dirigente del partido comunista de la URSS, Boris Yeltsin, ganó la primera elección libre en la historia rusa y se convirtió en Presidente de la Federación Rusa en 1996. Entre sus primeras decisiones estuvieron la ilegalización del partido comunista en Rusia y la confiscación de muchos de sus bienes. Yeltsin, quien tenía algunos instintos “democráticos”, abrió muchos de los archivos secretos de la antigua URSS, incluyendo algunos de la KGB por un corto tiempo. Mucho más importante, liberalizó en gran parte la sociedad y la economía rusa y millones de rusos se sintieron -y de hecho fueron- libres por primera vez en sus vidas.

 

Pero todo se llevó a cabo muy rápidamente y con mucho desorden. El resultado fue el caos. Entre las mafias ilegales que dominaban la economía de la URSS en sus últimos años y altos funcionarios de la KGB, incluyendo a Putin, en esos escasos 20 años, se perpetró en Rusia la transferencia de riqueza más grande de todos los tiempos. Fue, en palabras del autor David Satter, uno de los principales expertos en Rusia desde los 1990, el robo del siglo. La enorme mayoría del pueblo ruso perdió sus ahorros y sus pensiones, multi-billones de rublos que además fueron devaluados varias veces. El país se convirtió en un estado renegado, gobernado por rufianes, entre ellos Yeltsin.

 

Cuando en 1999 la debacle por la mala administración y corrupción masiva de Yeltsin y sus compinches llegó a límites insostenibles, el parlamento ruso (Duma) comenzó un proceso investigativo que estaba a punto de llevarlo a él, a su familia y a sus colaboradores, a la carcel. Para evitar ser enjuiciado, Yeltsin llegó a un acuerdo con Putin y su grupo de oligarcas mafiosos y ex funcionarios de la KGB por el cual, a cambio de una amnistía para todos sus secuaces, incluyéndolo a él, por supuesto, Yeltsin renunciaba a la presidencia de la Federación Rusa en favor de Putin, quien asumía la dirección del gobierno como primer ministro mientras se convocaban nuevas elecciones.  Putin ganó la elección presidencial del 2000, fue reelecto en el 2004, y por límite de términos pasó a ser primer ministro del 2008 al 2012, cuando nuevamente fue electo presidente. Muy probablemente seguirá dirigiendo, de una forma u otra, a la Federación Rusa hasta que muera.  Es, de hecho, un dictador vitalicio.

 

Desde el 2000, Putin logró desmantelar casi todas las reformas sociales y económicas implantadas por Yeltsin. Más que nada, suprimió, poco a poco, todas las libertades individuales que los rusos venían disfrutando casi desde tiempos de Gorbachev. No solo la libertad de expresión personal fue reprimida, sino también la libertad de prensa, hasta el punto que en el 2012 no quedaba ni una sola estación independiente de TV y muy pocos periódicos y revistas que no estuvieran bajo el control estatal.  Periodistas han sido exiliados, encarcelados y hasta asesinados en el afán del zar incipiente, Putin, de controlar toda libre expresión. 

 

Lo mismo ha ocurrido con la industria privada y con el comercio externo. Gigantescas compañías como Gazprom, en un tiempo la mayor exportadora de gas natural del mundo, y Yukos, la antigua compañía petrolera estatal soviética, las cuales fueron privatizadas desde los gobiernos de Yeltsin (pero quedaron en manos de antiguos funcionarios comunistas y algunos colaboradores de Yeltsin), ahora con Putin en control han sido -de hecho- estatizadas de nuevo, en el sentido que sus primeros dueños fueron substituidos -y son controlados- por Putin y su régimen. Es decir, los nuevos dueños de la economía “privada” rusa, son incondicionales del nuevo dictador. El regreso no ha sido al pasado comunista, sino al más antiguo pasado zarista. 

 

Putin

 

Con Putin en firme control de la Federación Rusa en todo sentido desde mediados de la década de los años 2000, algo ajeno a sus maquinaciones le dió inesperadamente un enorme respaldo: el precio del petróleo. Desde el 2003 los precios habían comenzado un lento aumento, el cual se incrementó en el 2005 y alcanzó la cifra inusitada de $147 el barril en agosto del 2005.  Desde entonces, el precio ha promediado alrededor de $100 el barril.  (Cada dólar de cambio en el precio de un barril de petróleo afecta el PIB de Rusia en 1 billón de dólares). Coincidentemente, con el final del comunismo y la Guerra Fría, Europa incautamente decidió ponerse bajo el control de Rusia en el suministro de gas natural. Los viaductos que el Presidente Ronald Reagan tanto trató de evitar que se completaran y pusieran a Europa bajo el dominio de la URSS, se completaron y desde 1991 el gas natural ruso comenzó a fluir a Europa.

 

El alto precio del petróleo y las exportaciones de gas natural a Europa le proporcionaron a Putin lo último que le faltaba para dominar a Rusia y comenzar sus planes futuros de expansión. Rusia se recuperó económicamente y el pueblo ruso vió sus posibilidades mejorar considerablemente. El apoyo popular a Putin aumentó consecuentemente, sin importar la pérdida de libertades que por tan corto tiempo había disfrutado el pueblo ruso. El Gran Oso Ruso parecía resucitar y estar más fuerte que nunca. Pero no, era solo un espejismo. Era, en verdad, un oso de cartón, ahora más que nunca. Y sus días estaban contados.  Aunque de momento el oso rugía fieramente. ¿Quien se le enfrentaría?

 

La primera vez que Putin se reunió con el Presidente George W Bush en junio del 2001, Bush hizo quizás el más estúpido y despreciable comentario de su carrera, cuando declaró en una conferencia de prensa que lo había mirado a los ojos y había percibido un sentido de su alma; se había convencido de que Putin era un hombre honesto y confiable, profundamente comprometido con los mejores intereses de su país.  Consideraba que era el principio de una relación muy constructiva.

 

Pero ninguna de esas “sensaciones” tan gratas se convirtieron en realidad durante los ocho años que Bush fue presidente. Primero vinieron las invasiones a Chechenia, en 1994 bajo el gobierno de Yeltsin. Después en 1999, ya con la colaboración y apoyo de Putin.  Finalmente en el 2005, la más sangrienta y esta con Putin firmemente en control del gobierno ruso. Bush se limitó a protestar. Enérgicamente, por supuesto. Pero palabras, solo palabras.

 

La peor fue la agresión contra Georgia, ya por varios años una nación independiente de la Federación Rusa. Putin, aprovechando la debilidad política de Bush y el principio de la precaria situación económica no solo de Estados Unidos, sino de la Unión Europea, para no mencionar que EEUU estaba en medio de una reñida campaña presidencial, por vez primera agredió a un país vecino, Georgia, en agosto del 2008. (Chechenia en 1999 era parte de Rusia). La reacción del Presidente Bush fue enérgica otra vez -pero solo fueron palabras.

 

Más tarde se conoció que Bush había enviado a Georgia las tropas especiales de ese país que habían contribuido al contingente de tropas de la OTAN peleando en Irak y Afganistán. Algunos teorizaron que eso había servido para “frenar” la agresión de Putin, pero una reacción tan limitada muy difícilmente sirvió para eso. Por qué Putin se conformó con “anexar” un par de pequeñas regiones de Georgia a Rusia, no se sabe.  Pero el precedente de la agresión había quedado sentado. Se repetiría unos años después en Ucrania.

 

Hubo una buena -y efímera- esperanza de frenar a Putin. Es fácil olvidar que el fin de semana antes del comienzo de la grave crisis financiera, a principios de septiembre del 2008, después que la Convención Republicana nominara a John McCain como candidato (y que McCain escogiera a la Gobernadora de Alaska, Sarah Palin, como candidata vicepresidencial), McCain estaba por delante del presunto candidato demócrata, Barack Obama, en casi todas las encuestas por 5 puntos.  Después de la debacle económica de septiembre, McCain, quien hasta suspendió su campaña por unos días, asustado de que la economía se fuera a pique, nunca se recuperó y fue derrotado en noviembre. 

 

A pesar de ser un pésimo candidato y a pesar de que sus asesores prohibieron a la popular Sarah Palin que siquiera mencionara las conexiones del candidato demócrata con una gran cantidad de extremistas radicales de la izquierda (incluyendo el Pastor y mentor de los Obama por 20 años, el odioso Jeremiah Wright y el comunista terrorista Bill Ayres y su esposa Bernardine Dohrn), McCain había tomado durante toda su carrera, y muy especialmente durante la campaña, posiciones muy fuertes ante las tendencias expansionistas de Vladimir Putin. McCain llegó hasta declarar que Putin estaba tratando de reestablecer el “imperio ruso” y parodiando el comentario de Bush en el 2001, dijo que cuando miraba a Putin a los ojos, solo veía tres letras: K G B. 

 

Recomendó sanciones contra Rusia cuando invadió Chechenia en 1994 y otra vez en 1999, ya bajo el primer gobierno de Putin. Y apoyó los planes de Bush de colocar cohetes de medio alcance en Polonia y la República Checa. En fin, sus posiciones eran mucho mas enérgicas que las de Bush, para no mencionar las del candidato demócrata, quien predicaba un “reinicio” (reset) en las relaciones entre Rusia y EEUU. Muy obviamente, Putin apostaba por una victoria del candidato del cambio y la esperanza, y temía la posible victoria de McCain, a quien conocía bien y seguramente respetaba.

 

Pero no pudo ser. McCain perdió y casi desde enero del 2009 una nueva política de “reset” con Rusia fue puesta en práctica. ¿Su primera manifestación?  La suspensión de los planes de colocar cohetes en Polonia y la República Checa para no “provocar” a Rusia y buscar mejores relaciones con Putin. El mensaje no podía ser mas claro. Putin lo captó perfectamente.

 

¿Quien es Vladimir Putin?  Sin entrar en análisis psicológicos, se puede decir que es un hombre inteligente y hábil, y parece ser un buen conocedor de la historia rusa y de su política externa. Ha probado ser un sagaz negociador y un gran estratega, quizás el mejor entre la presente cosecha de mediocridades que gobiernan la comunidad internacional.

 

Algo que Putin no es, sin embargo, como buen antiguo burócrata represivo, es un buen administrador.  Es un hombre sin capacidad empresarial y sin visión económica a largo plazo, excepto la explotación de los recursos naturales de Rusia, especialmente el petróleo y el gas natural. También es evidentemente un hombre extraordinariamente resentido, que odia a EEUU intensamente y que alberga sentimientos “revanchistas”. Obviamente McCain tenía razón: es un expansionista cuyas ilusiones son las de recrear un Nuevo Imperio Ruso.

 

Se ha preparado bien: desde el 2005, los gastos del presupuesto militar han aumentado en un 89% y los equipos militares y armamentos se han modernizado considerablemente.  Inclusive en cohetería, a corto plazo Rusia ha logrado buenos adelantos. A un enorme costo económico, por supuesto. Algo que es incosteable a largo plazo, pero todo esto nos trae al presente y a la situación en Ucrania.

 

Ucrania

 

Históricamente, Ucrania, que se conoció como el Principado de Kiev o el Rus de Kiev, antecede al Principado de Muscovy por al menos dos siglos, y entre los siglos X y XI fue el centro de la cultura eslava y el país más grande de Europa.

 

Pero eso es historia antigua, y en los últimos casi 400 años Ucrania ha sido parte del Imperio Zarista o del Imperio Comunista, o ha sido dominada política y económicamente por Rusia. Crimea, por donde empezaron los problemas actuales hace tres meses, siempre ha sido parte de Rusia. En esto no hay discusión. 

 

Pero en 1954, Nikita Khrushchev, que era ucraniano de nacimiento, decidió “regalarle” la península de Crimea a Ucrania. Claro que en 1954 Khrushchev, quien estaba convencido que la Unión Soviética “enterraría” a Estados Unidos en 20 años, creía firmemente que la Crimea y Ucrania siempre serían parte del Imperio Soviético y ese “regalo” fue un acto completamente simbólico. Por otro lado, Ucrania, como se ha mencionado, tiene su cultura antiquísima y su propio idioma, y aunque haya sido parte de Rusia se considera una nación independiente, sin importar la situación política de los cuatro siglos pasados.

 

Con la desintegración de la Unión Soviética, Ucrania, cuyo pueblo odia intensamente a los rusos, muy especialmente a los comunistas rusos, por los millones de ucranianos que Stalin exterminó -a propósito, como política de estado- en una hambruna artificialmente creada para someter a Ucrania y a sus campesinos a la primera gran colectivización de la agricultura soviética, recibió su nueva independencia en 1991 con enorme regocijo. 

 

Pero la transición de Ucrania a una economía de mercado libre y hacia una apertura política fue difícil. Como en Rusia, la corrupción y la antigua burocracia comunista crearon el caos, aunque no tan profundo como en Rusia. Después de varias elecciones presidenciales que resultaron en presidentes autoritarios y corruptos, en el 2004 se enfrentaron el Presidente Victor Yanukovich y el opositor Victor Yushchenko. Al parecer, Yanukovich ganó la reelección por un fraude masivo. Violentas protestas -la llamada Revolución Naranja- obligaron al gobierno a una segunda elección, ganada por Yushchenko.

 

Aliado con la popular Yulia Timochenko, quien fungió como Primer Ministro, Ucrania tenía esperanzas de mejorar su economía y lograr mayores libertades, pero desafortunadamente, poco cambió. Los mismos problemas de una corrupción endémica y los antiguos burócratas comunistas oponiéndose a todo tipo de reformas, terminaron por provocar una reacción que trajo a Yanukovich de nuevo al poder en Kiev. 

 

Hace tres años, Ucrania trató de acercarse a la Unión Europea, con ilusiones futuras de eventualmente entrar a formar parte de ella. Pero la UE dilató las negociaciones, y Putin, sabiendo la precaria situación económica en Ucrania, ofreció un préstamo de $12 billones en enero de este año.

 

La UE y Estados Unidos no ofrecieron nada. Pero como la mayoría popular favorecía un acercamiento con la UE, otra vez se provocaron protestas masivas en las que murieron más de 100 personas y resultaron en la destitución de Yanukovich -aliado de Putin- por el Parlamento Ucraniano. 

 

Los problemas presentes parten de ahí. Pero se debe destacar que en 1994 el nuevo gobierno de Ucrania independiente firmó un acuerdo con la Federación Rusa, entregando su armamento nuclear, el tercero más poderoso del mundo, a Rusia. Este acuerdo fue también firmado por EEUU y Gran Bretaña garantizando las fronteras de Ucrania, incluyendo la península de Crimea. La ilegal anexión de Crimea por Rusia es una violación de un tratado que garantizaba las fronteras de Ucrania y una plena violación del Derecho Internacional.

 

La violación de similares tratados internacionalmente garantizados provocó directamente las dos guerras mundiales. Pero naturalmente, ahora nadie quiere ir a la guerra por un pedazo de Ucrania, tal como dijo el Ministro del Exterior de Alemania en 1914 refiriéndose a Bélgica y sus fronteras garantizadas por un tratado internacional, que Inglaterra “no iría a la guerra por un pedazo de papel”. Eso a veces cuesta muy caro.  Pero, si un tratado como este se puede vulnerar impunemente ¿de que sirve ningún tratado vigente? ¿De que sirve el Derecho Internacional?

 

Putin sabe muy bien que la situación de Rusia es desesperada y le queda poco tiempo para tratar por todos los medios de posponer lo inevitable. Como se verá a continuación, la población de rusos étnicos está declinando hace años. Debido a la tasa de nacimiento negativa en Rusia, sobre todo de esa población étnica rusa, la única solución para detener esta despoblación es incorporando los 20 millones de rusos étnicos que viven en Ucrania, mayormente en su parte este y Crimea. Los rusos de Crimea ya los tienen, sin disparar un tiro. Ahora faltan los de Ucrania oriental. 

 

Por eso es que Putin está a punto de invadir el este de Ucrania. Sabe que es su única oportunidad, dado el momento de debilidad que enfrenta ante EEUU y la Unión Europea, combinado con el relativo poder de la Federación Rusa, tanto económico como militar.  En cinco años máximo, todo esto cambia, y la presente administración americana, quien único lo puede frenar -pero no tiene la más mínima voluntad de hacerlo- se termina en enero del 2017. No importa quien sea el próximo presidente americano, Putin nunca tendrá esta oportunidad. Por eso lo apuesta todo para invadir Ucrania oriental, ya que cuenta incondicionalmente con el millón de rusos étnicos residentes de Belarús, casi todavía parte de Rusia aunque nominalmente independiente, y casi otro millón de rusos étnicos residentes en Moldavia, otra república vecina incondicional. Con estos 22 millones de nuevos rusos étnicos, Putin planea la lenta recuperación de Rusia, una tarea muy improbable, para no decir imposible, ya que lo tiene prácticamente todo en su contra y no le queda mucho tiempo

 

LA IMPLOSIÓN

 

Ahora vienen las buenas noticias, por lo menos para Estados Unidos, la Unión Europea, y todos los que defendemos y apreciamos la libertad.  Pero antes de empezar lo que es en realidad el cuerpo de este ensayo, se debe aclarar que aquí no existe ningún ánimo contra el sufrido pueblo ruso. Cuando la Unión Soviética se desintegró en 1991, dos años después de la caída del comunismo internacional, muchos deseábamos intensamente que la nueva Rusia se reintegrara al mundo civilizado, después de 70 años de barbarie y opresión.  En definitiva, el sistema comunista le fue impuesto al pueblo ruso en 1917 por Lenin y sus bolcheviques. Pero todo lo que hicieron los líderes postcomunistas les salió mal y Rusia sufrió una debacle impensable por casi una década de transición hacia un sistema más abierto y libre. Cuando Vladimir Putin tomó el control de Rusia en el 2001, ya lo peor había pasado y todavía existía una buena posibilidad de realizar las esperanzas que tantos teníamos de que Rusia fuera una nación normal, que respetara el derecho internacional y estuviera integrada al mundo globalizado del Siglo XXI. Pero Putin tenía otros planes y nos defraudó.

 

Gorbachev morirá siendo un comunista convencido, pero trató de cambiar el sistema hacia algo mejor, y aunque no lo logró por ser imposible, al menos introdujo cambios que trajeron más libertad -y esperanza- a Rusia. Yeltsin fue un alto funcionario del Partido Comunista, pero se dio cuenta -antes que Gorbachev- que el comunismo no se podía cambiar y optó por renunciar al Partido y luchar por la libertad en Rusia. Lo logró en parte gracias a sus tendencias “democráticas” y fue el primer presidente libremente electo en la historia de Rusia. Los dos trataron, con buenas aunque equivocadas intenciones, de traer algo mejor a su patria. Pero Putin NO está hecho del mismo material humano.  Simplemente, no se le podía pedir a un burócrata represivo, a un antiguo Coronel de la KGB, que se convirtiera en un defensor de la libertad. Entonces, como Putin traicionó las esperanzas no solo del pueblo ruso, sino de todos los que queremos que la libertad y la justicia imperen en el mundo, ahora se merece lo que, inevitablemente, le espera.  Por eso lo que sigue constituye muy, muy buenas noticias.

 

Se dice que la demografía es destino. Y cuando las tendencias demográficas se manifiestan de una manera tal como ya llevan algunos años en Rusia, son generalmente irreversibles e inevitables. Rusia, la Rusia eslava que hace mil años surgió en Eurasia (el área desde Ucrania a la costa del Pacífico, pero sobre todo hasta los Montes Urales y el Cáucaso), está lentamente muriendo. ¿Por qué? Porque para una nación, el crecimiento de su población es absolutamente necesario para la sobrevivencia. Y en Rusia, la tasa de nacimientos es negativa desde al menos los 1970.

 

Los países necesitan 2.1 nacimientos de niños que sobrevivan por cada mujer para mantener una población estable. La tasa de nacimientos por mujer en Rusia hoy es 1.61, y entre el 2000 y el 2008, fue de 1.34. Ha mejorado ligeramente, pero hoy está en el lugar 178 en el mundo. En el 2014, la población de rusos étnicos es entre 135 y 142 millones.  Con esa tasa de nacimientos de 1.61, para el 2050, se calcula que en el mejor de los casos, la población de rusos étnicos sea de 107 millones, pero otros demógrafos, incluyendo el prominente ruso Anatoly Vishnevsky, calculan que puede ser tan baja con 90 millones. Eso no alcanza ni para poblar debidamente la Rusia Europea.

 

La otra parte de la tenaza que amenaza con extinguir a los rusos étnicos es la tasa de mortalidad. En los años de la Guerra Fría, el promedio de vida de todos los rusos era solo ligeramente más baja que en Estados Unidos. Desde la desintegración de la URSS, sobre todo entre 1989 y 1994, el promedio de vida de los hombres bajó 6.6 y el de las mujeres 3.3 años. En el 2004, Rusia estaba en el lugar 122 de expectativa de vida en el mundo; en el 2011, había bajado al número 144. Hoy en día, el promedio de vida en Rusia es de 70 años. Pero el promedio de vida de los hombres rusos étnicos es de 60 años. 

 

Hay muchas razones para esto, pero la principal es el altísimo alcoholismo en Rusia. El colapso de la familia rusa (el 60% de todos los matrimonios terminan en divorcio antes de 10 años) es otra causa, y la gigantesca tasa de abortos, la más alta en el mundo, es mucho peor. Además, existe en Rusia, a pesar de los esfuerzos para encubrirlo, una enorme epidemia de AIDS que el año pasado mató a mas de 100,000 rusos, cuando las muertes por AIDS en el resto del mundo se han reducido en una quinta parte en el mismo tiempo. En el 2014 se calcula que hay 2 millones de rusos con el virus HIV.  Finalmente, la emigración rusa es de entre 150,000 y 200,000 rusos anuales, y los que emigran son los más calificados. En los años de Putin, más de 2 millones de rusos han emigrado.

 

Pero los problemas de Putin no son solamente demográficos, aunque esos son los peores.  A pesar de que las autoridades lo ocultan, la amenaza islámica al régimen de Putin es mucho más seria que a todo Occidente. No solo tiene que lidiar con la interminable y mortífera guerra en Chechenia, sino que todas las antiguas ex-repúblicas soviéticas musulmanas asiáticas están en rebelión abierta contra sus gobiernos, y la población islámica de esos países se está trasladando a Rusia cada vez con mayor frecuencia. Casi todos los días se producen explosiones y actos terroristas a través de la Federación Rusa. Casi nunca son reportados por los medios de comunicación rusos, generalmente controlados por el régimen. Los pocos periodistas independientes que quedan son perseguidos, encarcelados y en muchos casos, asesinados. Además, la FSB, la policía secreta rusa que sustituyó a la KGB, ha sido acusada de poner bombas en algunos edificios en varias grandes ciudades, incluyendo Moscú, para hacer creer a los ciudadanos que son actos de terroristas islámicos. De esa manera, la represión es justificada. Pero todo es inútil. Por más represión, más actos terroristas, y esa espiral está cerca de llegar a los límites permisibles para que pueda existir orden en la sociedad.

 

El último eslabón de las amenazas internas a Rusia y su sobrevivencia futura es el control de su territorio noreste, la parte más grande y más rica del país. Siberia ocupa todo el noreste de la Federación Rusa (4 millones de millas cuadradas) y es el motor económico de la Rusia de Putin. Casi todas las reservas de petróleo y gas natural de la Federación se encuentran en Siberia. Pero en toda esa área, solo viven 25 millones de rusos. Y los problemas demográficos del resto de Rusia también existen en Siberia: baja natalidad, alta mortalidad y alta emigración.

 

Mucho peor para el futuro ruso es que, tal como ocurrió en Texas con los americanos cuando ese territorio era de México a mediados del siglo 19, cientos de miles de chinos están inmigrando a Siberia desde Manchuria y el noreste de China. En el 2006, 210,000 chinos se registraron como trabajadores inmigrantes en Siberia, diez veces más que en 1994. Los trabajadores ilegales probablemente alcanzan otros cientos de miles.

 

Sin embargo, Putin está cifrando muchas de sus políticas económicas en exportar petróleo y gas natural a China, para de cierta manera suplir la merma que prevé en las exportaciones a Europa. Esto es, por supuesto, enteramente posible. Pero al mismo tiempo, en un futuro no muy lejano, cuando la población china supere a la rusa en Siberia ¿quien controlará ese territorio y esas riquezas minerales? Esta es otra tendencia demográfica insuperable, y al parecer, Putin está ciego a eso. Pero no los chinos. En el 2011 China invirtió mas de $3 billones en proyectos energéticos y de agricultura en Siberia, tres veces más que las inversiones rusas, aunque muchos proyectos son en sociedad.  El futuro, una vez más, no es propicio para Rusia.

 

Ahora viene lo mejor -y lo peor para la Rusia de Putin. Las anexiones de Crimea y del este de Ucrania pueden estabilizar -por un tiempo- la lenta desaparición de los rusos étnicos. Las exportaciones de gas natural y petróleo a China ayudarán a Rusia en el plano económico -por un tiempo. Y las exportaciones de gas natural a Europa, lo que le da el poder y el control político a Putin sobre la Unión Europea por el momento, continuarán -por un tiempo.

 

Pero toda esta bonanza económica termina en tres años, cuando la presente administración en Washington deje el poder, no importa quien gane la elección presidencial del 2016. De hecho, las aventuras en Crimea y las amenazas a Ucrania ya les han costado a Rusia $51 billones en capital que ha salido del país en el primer cuarto de este año fiscal (enero-marzo). El Ministerio de Desarrollo Económico de Rusia, mientras tanto, proyecta una tasa de crecimiento económico de menos del 1% este año y el Banco Mundial proyecta una contracción de casi un 2% en la economía rusa en el 2014. Todo esto sin incluir el daño mínimo que hasta ahora ha causado las inefectivas sanciones económicas de la Unión Europea y EEUU por la anexión de Crimea. Pero esto puede cambiar drásticamente si se implantan sanciones más severas, lo cual es muy posible si Putin continua con sus políticas expansionistas, que no puede abandonar, de acuerdo con sus planes y con su agenda política.

 

¿Por qué le quedan solo tres años a Putin para terminar sus proyectos expansionistas?  Es el tiempo necesario para que las terminales de convertir y transportar gas natural licuado a Europa (incluyendo Ucrania, donde ya se planea una terminal en el Mar Negro) y a Japón se completen en Estados Unidos. Algunos permisos han sido aprobados; otros siguen demorados por políticas obstruccionistas de la administración. Pero, como se sabe, EEUU es ya el mayor productor de petróleo y gas natural en el mundo, en buena parte gracias a la tecnología de fraccionamiento hidráulico (fracking). En tres años, también se convertirá EEUU en el mayor exportador de los dos combustibles en el mundo. 

 

Es muy probable que muchas tierras federales, donde se encuentra la mayoría del petróleo y gas natural en el país, sobre todo en el oeste, se abran, por fin, a la explotación y extracción, comenzando en el 2017. Eso aumentará -y abaratará- el costo de producción de ambos combustibles en EEUU.  Debido a las ventajas tecnológicas de EEUU, Rusia no puede competir con el precio que las compañías de petróleo americanas le ofrecerán a Europa, a Japón y a China, a pesar de los viaductos que ya existen y a pesar de los mayores costos de transporte. 

 

¿Entonces que? ¿Como sobrevive Rusia económicamente cuando no pueda exportar tanto gas natural y petróleo, si eso constituye su único sustento económico? No puede. Por eso el final llega a más tardar en el 2020, pase lo que pase en los próximos tres años. Las ilusiones de convertir a Rusia en una gran potencia como en los tiempos de la URSS, terminarán de una vez por todas.

 

Putin entonces quizás pensará, muy amargamente, pero ya demasiado tarde, como lo hizo un frustrado libertador Simón Bolívar al final de sus días en 1829: “He arado en el mar”.

 

 

Nota Bibliográfica: Todos los datos contenidos en este ensayo provienen de las siguientes fuentes:

 

Dos libros del destacado investigador y periodista americano David Satter, Darkness at Dawn: The Rise of the Russian Criminal State (2004) y It Was a Long Time and It Never Happened Anyway: Russia and the Communist Past (2012).

 

Del libro Implosion: The End of Russia and What it Means for America (2013) de Ilan Berman, vice presidente del American Foreign Policy Council.

 

De los libros The Next 100 Years (2009) y The Next 10 Years (2012), de George Friedman, destacado analista geopolítico y presidente del Grupo Stratford, una compañía privada de inteligencia y pronosticos políticos.

 

Y de numerosos otros artículos publicados principalmente en el Wall Street Journal desde enero del 2014, escritos principalmente por Bret Stephens, Daniel Henninger y Peggy Noonan. y prominentemente Matthew Kaminski reportando desde Kiev. Henry Kissinger, Zbigniew Brzezeinski y Gary Kasparov también contribuyeron buenas ideas. Los comentarios de George Will, Britt Hume y Charles Krauthammer de Fox News, y especialmente el Teniente Coronel Ralph Peters, quien predijo, en varios programas de Fox News una semana antes de terminar las Olimpiadas de Sochi en Crimea, que Putin invadiría partes de Ucrania una vez terminados los juegos.

 

Todos estos libros y artículos incluyen una gran cantidad de datos de fuentes primarias que son, por supuesto, muy numerosos para incluirlos. Las conclusiones de Berman son que la Rusia de Putin se desintegrará tan temprano como el 2020. Extraordinariamente, Friedman, quien hace cinco años predijo casi todo lo que ocurre hoy en Rusia y en Ucrania, concluye que tal como el Imperio de los Zares se desintegró en 1917 y el Imperio Comunista desapareció en 1991, en el 2025 la infraestructura de Rusia, incluyendo su nuevo poderío militar, se desmoronará por tercera y quizás última vez.

 

Sin embargo, estas predicciones no quieren decir que Rusia dejará de existir; simplemente que la Rusia expansionista que Putin y sus colaboradores quieren recrear, no tiene la capacidad posible, ni económica ni militarmente, para seguir existiendo.

 

En realidad, Putin o sus sucesores solo tienen un camino: intentar nuevamente abrir la economía y liberalizar el sistema politico para hacerlo más inclusivo. Si insisten en mantener una economía centralizada y clientelista controlada por rufianes y con planes expansionistas, todo terminará en el caos de nuevo, o peor, en una guerra civil.

 

Yo me limito a analizar las tendencias demográficas, que definitivamente existen, y apoyado en mis conocimientos de política y de historia, concluyo que los expertos en que baso este ensayo tienen razón en sus predicciones.

 

Pero ya es bien sabido que el futuro no se puede predecir en un 100% de los casos. En poco tiempo se verá el final. Entonces quizás se reimprima aquel famoso libro del historiador ruso Andrei Amalrik escrito originalmente en 1970, Will the Soviet Union Survive Until 1984? -una parodia del famoso libro de George Orwell, 1984.

 

Excepto que ahora el título sería Will Rusia Survive Until 2020? Pronto tendremos la respuesta.