Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

NEGOCIANDO CON DIABLOS EN IRÁN, RUSIA Y CUBA ( I )

¿SENTIDO COMÚN, REALPOLITIK O APACIGUAMIENTO?

 

Bueno, después de 20 meses de negociaciones con Irán, la pasada semana el presidente de Estados Unidos anunció con regocijo y su acostumbrada arrogancia que su administración había llegado a un ¿qué?  La palabra en inglés es framework, la cual tiene varias traducciones como esquema, estructura o armazón. Supuestamente, se acordó un posible esquema para firmar un posible acuerdo a fines de junio, para evitar que Irán desarrolle armas nucleares.  En verdad, se acordó… NADA. Pero como es el tema de mayor actualidad, y como hace días escribí sobre la posibilidad de un ataque de Israel a Irán, este parece ser un momento oportuno para exponer ciertas ideas sobre el arte de la negociación.

 

Se dice que la política es el arte de lo posible. Pero más bien los resultados políticos de una buena negociación son el arte de lo posible. Idealmente, se debe negociar desde la posición más fuerte posible, porque así todo se facilita; pero no siempre se puede negociar bajo esas condiciones favorables. Por otro lado, negociar bajo condiciones de cierta debilidad y conducir esas negociaciones exitosamente, eso si es arte. De todas maneras, existen ciertos principios para negociar con éxito. Como ha señalado el destacado historiador y escritor español, Dr. César Vidal (doctorados en historia, teología y leyes), quien ahora vive entre nosotros en el sur de la Florida, lo primero y más importante en cualquier negociación es que las dos partes estén dispuestas a lograr algún acuerdo. Es decir, si únicamente una de las partes está interesada en negociar un acuerdo y la otra solo quiere ganar tiempo sin intención alguna de llegar a nada, entonces no tiene sentido ni siquiera comenzar.

 

Eso es exactamente lo que sucedió, por ejemplo, en los muchos intentos a través de medio siglo de negociar algún acuerdo entre Cuba y Estados Unidos. Las distintas administraciones americanas bajo once presidentes desde 1959 (excepto la de Reagan, que limitó -con éxito- los contactos con Cuba para lograr ciertos acuerdos migratorios favorables a EEUU) han tratado inútilmente de lograr un acercamiento con el régimen castrista. Pero a Cuba nunca le ha interesado tal cosa, ya que la razón de ser del régimen es (y necesita ser) un enfrentamiento continuo contra EEUU. Por consiguiente, como no se puede negociar, ni siquiera dialogar, con alguien que NO está interesado en hacerlo, todos esos intentos han fracasado.

 

Otro importante principio para negociar exitosamente es tener intenciones claras y bien definidas y metas específicas a lograr, al igual que tener la mejor información posible  sobre el adversario. Es obvio que las dos partes no pueden salir airosas, pero es posible que ambas partes logren ciertas metas y queden relativamente complacidas. La paciencia y la perseverancia son de gran importancia, por supuesto, lo mismo que saber cuándo se debe pausar, o hasta abandonar, aunque sea temporalmente, las negociaciones. La ideología debe quedar en segundo plano en cualquier negociación política. Esto no quiere decir que los principios de cada parte no deban definir el marco dentro del cual cada parte negocia, pero siempre se van a presentar situaciones irreconciliables durante una negociación. Entonces hay que mostrar cierta flexibilidad para poder continuar. Sin embargo, hasta cierto límite nada más, ya que principios básicos no pueden ni deben ser comprometidos.  Por eso hay que saber también hasta donde se puede llegar y si las posiciones no se pueden conciliar, entonces hay que saber terminar la negociación. Eso también es parte del arte de negociar.

 

A manera de ilustración, relato un anécdota verdadera de mi padre. A los 27 años, mi padre, Diego Trinidad Valdés, tomó la dirección de la empresa fundada por su padre Diego Trinidad Velasco y su tío Ramón, Trinidad y Hermano, en Ranchuelo, Cuba, en 1905. Al principio fue una fábrica de tabacos hechos a mano (los dos hermanos eran enrolladores), pero desde 1921 se convirtió en una fábrica de cigarrillos que eventualmente fue la mayor de Cuba. Era una empresa millonaria, y mi padre nunca recibió mucha educación formal, aunque tenía experiencia práctica trabajando en la fábrica desde los 16 años. También, por varias razones que no son pertinentes, el sindicato de trabajadores de Trinidad y Hermano siempre estuvo controlado por los comunistas, siendo Ranchuelo uno de los tres grandes centros comunistas en Cuba junto con Manzanillo y Yaguajay.

 

En la primera reunión de mi padre con los líderes comunistas del sindicato, estos presentaron una lista de diez demandas a considerar. Mi padre, quien se consideraba un hombre justo -y lo fue- al revisarla decidió que tres de ellas eran aceptables y serían concedidas. Pero las otras siete las rechazó categóricamente. ¿Que sucedió? Terminó, al cabo de unas horas, concediendo dos más de las restantes, aunque se había prometido que solo concedería las primeras tres. Pero aprendió la lección para el resto de su vida:  siempre, desde ese momento, rechazó todas las demandas inicialmente. Aprendió el arte de negociar y nunca lo olvidó. 

 

Fue, desde entonces, un gran negociador, hasta el punto que las relaciones laborales entre la administración y el sindicato fueron relativamente cordiales hasta 1959; la empresa pagaba los mejores sueldos en Cuba; y algunos “logros” sociales aprobados como ley por el gobierno nacional, como las 40 horas de trabajo semanal, Trinidad y Hermano las había concedido mucho antes (es más, los obreros trabajaban 40 horas y cobraban por 48). Además, fue la primera empresa en Cuba que concedió a los trabajadores la participación en las utilidades. La anécdota es importante, como se verá más adelante, por el enorme contraste con la posición negociadora de la presente administración.

 

Muchos piensan que Estados Unidos no ha producido buenos negociadores y diplomáticos en su historia. Esto es falso. En realidad EEUU ha producido grandes diplomáticos y algunas de las negociaciones que estos han realizado han sido magistrales y han traído grandes beneficios a la nación. Para comenzar, antes de ser una nación independiente, Benjamin Franklin negoció -siempre en condiciones de inferioridad-exitosamente con Francia, primero una gran ayuda financiera, y segundo, el reconocimiento de los Estados Unidos como beligerante en su guerra de independencia contra Gran Bretaña. Esto condujo a una alianza formal entre Francia y EEUU (cuando entonces eran Estados independientes unidos en una Confederación gobernada por el Congreso Continental) que eventualmente resultó en la independencia americana.  Franklin además negoció, junto con John Adams, Henry Laurens y John Jay, el Tratado de París, el cual logró la independencia de EEUU bajo condiciones enormemente favorables a la nueva nación. Otra vez, bajo condiciones de relativa debilidad en comparación con Gran Bretaña, la nación más poderosa del mundo en 1783.

 

Para no ahondar mucho en la historia de la diplomacia americana, se pueden mencionar tres casos adicionales que produjeron casi increíbles éxitos diplomáticos. Primero, la compra del territorio de la Louisiana a Francia en 1803, durante la presidencia de Thomas Jefferson. Francia estaba gobernada por Napoleón Bonaparte y estaba involucrada en una cruenta guerra en Haití, colonia francesa rebelada y luchando también por su independencia. Pero Francia era, comparativamente, la segunda potencia mundial, mientras que EEUU era una pequeña y pobre nueva república, la primera y la única en aquel mundo gobernado por reyes absolutos. Sin embargo, los diplomáticos americanos Robert Livingston y James Monroe condujeron una negociación que dobló el territorio americano (el territorio comprado alcanzaba 828,000 millas cuadradas) por 50 millones de francos, equivalentes a $11’250,000 USD y la cancelación de las deudas de EEUU a Francia como resultado de la Guerra de Independencia Americana, otros 18 millones de francos ($3’700,000 USD). Ajustado por inflación en dólares del 2014, EEUU pagó a Francia el equivalente a $236’000,000 USD, o 42 centavos por cada acre del gigantesco territorio.

 

El segundo episodio fue la formulación de la declaración conocida como Doctrina de Monroe porque se enunció durante la primera administración del Presidente James Monroe en 1823. Pero su verdadero autor fue el Secretario de Estado John Quincy Adams, quizás el mejor de todos los diplomáticos americanos en la historia. El Secretario de Asuntos Externos británico George Canning (otro gran diplomático en su tiempo) propuso al Presidente Monroe que la declaración se hiciera conjuntamente con Gran Bretaña, pero Adams convenció a Monroe que él la hiciera solo para mayor efecto, como resultó ser. Una advertencia a las potencias europeas de que no se atrevieran a intervenir (más bien a tratar de recolonizar sus colonias perdidas en Suramérica, en el caso de España, pero Francia presentaba peligro también), la Doctrina fue enormemente exitosa por largo tiempo, ya que de hecho evitó alguna intervención europea en este continente hasta que Francia, aprovechando la Guerra Civil en EEUU, invadió a México en 1862.  Monroe y Adams lograron que la Marina británica, la más poderosa del mundo, sirviera para “garantizar” la aplicación de la Doctrina. EEUU ganó todo a cambio de nada, pues Gran Bretaña ni fue mencionada en el documento. Un tremendo triunfo diplomático americano negociando casi sin cartas con la más poderosa de las naciones europeas.

 

El tercero episodio fue la compra de Alaska a Rusia en 1867. Bajo la administración del Presidente Andrew Johnson, sucesor del asesinado Abraham Lincoln poco después de terminada la sangrienta Guerra Civil americana, las negociaciones fueron conducidas en Washington directamente por el Secretario de Estado William Seward. Rusia era gobernada por el Zar Alexander II y aunque temía la posibilidad de que Gran Bretaña se apoderara del enorme, poco poblado y peor defendido territorio, como nación era más importante y poderosa que EEUU, que estaba casi arruinado después de la Guerra Civil. Pero una vez más, la hábil diplomacia de Seward resultó en la adquisición de un territorio de 586,421 millas cuadradas, el doble del Estado de Texas, a un costo de $7’200,000 USD. Aunque la compra fue ridiculizada como la Tontería de Seward (Seward’s Folly), 30 años más tarde se descubrió oro en el Yukón y Alaska se pagó a si misma 50 veces.  Además, EEUU se libró de un potencial enemigo -Rusia- en el norte del continente americano.  En 1968 se descubrieron grandes yacimientos de petróleo en Alaska, que por un tiempo produjeron 2.2 millones de barriles de petróleo diarios a la economía de EEUU. Alaska todavía tiene reservas casi seguras de un trillón (en inglés) de barriles de petróleo (1’000,000,000) y más de 6 trillones cúbicos de gas natural. ¡No fue tan grande la Tontería de Seward!

 

Pero en el siglo 20 la diplomacia americana no ha sido remotamente tan exitosa. Después de la Primera Guerra Mundial el Presidente Woodrow Wilson fracasó rotundamente, primero en negociar condiciones favorables con los líderes europeos aliados, sobre todo Gran Bretaña y Francia, que resultaron en el terrible Tratado de Versalles. Segundo, fracasó también en lograr la ratificación del Senado americano del Tratado de Versalles (por su gran culpa y torpeza al no incluir a líderes republicanos en las negociaciones en París). Es de notar que EEUU bajo Wilson en 1919 era ya la nación más poderosa y más rica del mundo, pero Wilson desperdició esas ventajas y el resultado de su diplomacia personal ha sido fuertemente condenado por muchos historiadores. En este caso, negociar con fortaleza sirvió de nada. 

 

Pero Wilson, por otro lado, basando su “diplomacia” (si es que se le puede llamar tal cosa a su manera de negociar) en principios morales, cambió radicalmente la diplomacia americana y hasta le dio su nombre a ese tipo de negociación basado en la moralidad y en el involucramiento en Europa: “Wilsonianismo”.  También es conocida esta “diplomacia” como internacionalismo, más que nada como contraste a la diplomacia tradicional de evitar mezclarse en Europa y sus luchas internas. Los internacionalistas, quienes dominaron la diplomacia americana durante casi todo el siglo 20, se refieren a la diplomacia tradicional practicada por casi todas las administraciones americanas desde George Washington en 1788 como “aislacionismo”, lo cual por supuesto no es ni nunca fue. Ni siquiera durante los años 1920s, cuando EEUU básicamente se dedicó a disfrutar la gran prosperidad interna producida por políticas que enfatizaban la libertad individual y empresarial, mientras sus diplomáticos no se ocupaban mucho de los problemas en el resto del mundo, se puede decir que esa diplomacia era aislacionista. Simplemente NO era intervencionista, lo cual es muy distinto.

 

Hasta entonces, la diplomacia americana se había basado, primero en el mensaje de despedida del Presidente George Washington en 1796 (mejor formulado años después precisamente por John Quincy Adams). EEUU no debía inmiscuirse en los asuntos de Europa y debía evitar todo tipo de alianzas y de compromisos con otras naciones. La nueva república americana sería siempre el gran modelo para el resto del mundo, pero su liderazgo y su influencia serían solo el ejemplo y nada más.

 

Hacia fines del siglo 19, con EEUU convertido en una gran y poderosa nación, sobre todo económicamente, cambió su diplomacia en algo, basándola en lo que se conoció más tarde como Diplomacia del Dólar. Es decir, relaciones principalmente comerciales e inversiones privadas en otros países, lo cual le daba al gobierno, potencialmente, una gran influencia, donde los grandes capitales americanos a veces llegaban a dominar pequeñas naciones, sobre todo en Centro y Sur América. Pero EEUU todavía evitaba involucrarse en los asuntos de naciones extranjeras.

 

La presidencia de Theodore Roosevelt y la Guerra Hispano-Americana en Cuba y las Filipinas cambió eso para siempre. Primero, bajo la administración del Presidente William McKinley, de la cual Theodore Roosevelt era Vice Presidente, EEUU le declaró la guerra a España en 1898, invadió colonias españolas en Cuba, Filipinas y Puerto Rico (donde permanece hasta el presente) y gobernó Filipinas como colonia hasta 1946, peleando adicionalmente una sangrienta guerra contra los independentistas filipinos.

 

Solo a Cuba se le otorgó la independencia en 1902. Varios años después, Roosevelt, ya presidente desde el asesinato de McKinley en 1901, intervino en Panamá para lograr construir el Canal cuando Colombia, de la cual Panamá era una provincia en 1903, exigió dinero adicional para la construcción del Canal. EEUU bloqueó las costas panameñas con algunos destroyers para evitar que Colombia sofocara una “rebelión” artificialmente creada en Panamá. El gobierno de Roosevelt reconoció diplomáticamente la independencia de la nueva nación de Panamá y el Canal se construyó finalmente en 1914.

 

Roosevelt “modificó” la Doctrina de Monroe con lo que se conoció como el Corolario a la Doctrina. Esa nueva Declaración básicamente permitía a EEUU intervenir en el Caribe por casi cualquier razón. Nada en el Derecho Internacional permitía esto. Excepto el poder militar y económico de EEUU, el cual utilizó para intervenir en varios países como República Dominicana, Haití, Cuba, Nicaragua y México (bajo Wilson varias veces). Por otro lado, el Corolario sirvió para disuadir a varias potencias europeas de posibles intromisiones en el Caribe, notablemente en Venezuela, donde por no pagar sus deudas a Gran Bretaña y Alemania, estas naciones cañonearon a La Guaira y amenazaron con intervenir. EEUU utilizó hábilmente una mezcla de diplomacia con poderío naval y se evitaron conflictos. Pero  la diplomacia idealista de Washington y John Quincy Adams había quedado atrás. Para siempre. 

 

En el resto del siglo 20, la diplomacia americana fue internacionalista, intervencionista, y después de 1945, estuvo dedicada a contener el expansionismo soviético. Pero esta diplomacia de “contención” (inventada por el funcionario George Kennan y su famoso “cable largo” desde Moscú en 1947, que proponía “contener” las políticas agresivas y expansivas de Stalin) fue defensiva y reactiva. Hasta la administración de Ronald Reagan en 1981.

 

Años después, finalizando la Segunda Guerra Mundial, el entonces Presidente americano Franklin Roosevelt condujo pésimas negociaciones con el dictador soviético Iosif Stalin que resultaron, después de las reuniones en Teherán y en Yalta, en la dominación por la Unión Soviética de Europa Oriental, incluyendo Polonia, país por cuya independencia se desató la guerra en primer lugar. Es verdad que en Yalta el Ejército Rojo controlaba casi todo el territorio europeo donde el comunismo fue implantado. Pero EEUU y Gran Bretaña todavía tenían un poderío militar, y sobre todo económico, que permitía negociar con ciertas ventajas. 

 

Además, en Teherán dos años antes, en 1943, las tropas soviéticas no controlaban ni la mitad del territorio que dominaban en 1945 cuando Yalta. Los aliados tenían una posición mucho más fuerte y ventajosa, pero una vez más, el Presidente Roosevelt, empecinado en conducir las negociaciones personalmente (ya estaba muy enfermo, además) y convencido de que haciendo concesiones innecesarias a Stalin conseguiría una mejor relación futura con el dictador soviético, logró resultados muy desfavorables para EEUU. La penetración comunista tanto en el gobierno de Roosevelt como en los equipos diplomáticos que negociaron en Teherán y Yalta fue muy grande y produjo nefastas consecuencias. Pero aún así, con buenos negociadores se podían haber logrado mucho mejores resultados.

 

Desde la administración del Presidente Truman hasta 1981, EEUU contó con diplomáticos bastante mediocres y las negociaciones importantes básicamente fueron con la Unión Soviética para tratar de limitar las armas nucleares. Sin embargo, hubo una serie de graves errores en el intervalo, entre los cuales quizás el peor fue el del Secretario de Estado Dean Acheson en 1950, cuando en un discurso dejó fuera gratuitamente a Corea del Sur de lo que llamó el “perímetro defensivo” de EEUU. Muchos historiadores consideran que esta torpe declaración animó al dictador comunista de Corea del Norte Kim Il-sung y a su patrocinador soviético Stalin, para invadir Corea del Sur y provocar una cruenta guerra que duró tres años, costó la muerte de más de 36,000 soldados americanos (y casi 180,000 soldados aliados), y terminó como comenzó: status quo ante.

Pero fue la primera guerra peleada por EEUU que no resultó en una clara victoria.  Pasaría casi medio siglo antes que las fuerzas militares americanas ganaran otra guerra.

 

Durante la administración de John Kennedy, se produjo otra desastrosa negociación para terminar y resolver de una forma pacífica la Crisis de los Cohetes en Cuba en octubre de 1962. La verdad es que la Crisis ni terminó en octubre de 1962, ni se “resolvió” de ninguna manera por la negociación entre el equipo diplomático del Presidente Kennedy y el soviético bajo Nikita Khrushchev, aunque solo se produjo la muerte del piloto americano Rudolph Anderson cuando el avión espía U-2 que volaba sobre Cuba fue derribado por un cohete SAM de tierra a aire el 27 de octubre de 1962, un día antes que la Crisis “terminara”. 

 

El resultado de la “negociación” fue el retiro de los cohetes nucleares soviéticos de Cuba, a cambio del retiro de cohetes Júpiter americanos de bases en Turquía (aunque eso no se reveló por varios meses por razones políticas), el levantamiento de la “cuarentena” naval (en realidad un bloqueo, acto de guerra ante el Derecho Internacional) y económica que EEUU había impuesto contra Cuba para forzar el retiro de los cohetes soviéticos el 22 de octubre, y lo más importante: una promesa de EEUU de no invadir a Cuba para derrocar el régimen  de Fidel Castro. Esa vaga promesa de no invadir quedó nula poco después del “final” de la Crisis cuando no se cumplió la condición de inspeccionar en Cuba el retiro de todos los cohetes (Castro no lo permitió), pero de eso nadie se enteró. Aunque no hubo ningún acuerdo legal, la promesa de EEUU de no invadir a Cuba se ha mantenido desde entonces. 

 

No solo eso, sino que la Marina americana (y la británica) han evitado también desde entonces algún ataque a Cuba por fuerzas anticastristas, de hecho protegiendo al régimen dictatorial en el poder en Cuba desde 1959. En 1970 se modificó el “entendimiento” entre Kennedy y Khrushchev por escrito, añadiendo la prohibición de submarinos nucleares soviéticos en Cuba, pero garantizando formalmente que EEUU no invadiría a Cuba. El acuerdo nunca se ha publicado y se desconoce si otras condiciones fueron incluidas. Una vez más, EEUU, con una superioridad militar abrumadora sobre la Unión Soviética en 1962, al parecer concedió mucho a cambio de muy poco. Ese ha sido, lamentablemente, el modus operandi de la diplomacia americana excepto durante la administración del Presidente Ronald Reagan entre 1981 y 1989.

 

El diplomático más prominente del último medio siglo en EEUU ha sido indudablemente Henry Kissinger. Kissinger se hizo famoso, por supuesto, con las negociaciones que resultaron en una “apertura” y eventual restablecimiento de relaciones diplomáticas con China comunista en 1972. Kissinger, además, formuló una nueva diplomacia americana basada no en principios morales ni en idealismo, sino en lo que se conoce como Realpolitik

 

Aunque la verdad es que Kissinger es infinitamente mejor como historiador de la diplomacia que como diplomático y negociador en la práctica. En primer lugar, Mao Zedond y Chou Enlai fueron los que iniciaron los contactos y no Kissinger. Segundo, cuando Kissinger visitó Pekín secretamente en julio de 1971 para preparar el encuentro entre Mao y Nixon, le ofreció una serie de concesiones importantes a Mao a cambio de nada, incluyendo el abandono diplomático de Taiwán y reconocimiento de China comunista, además de ayuda económica y de revelar secretos estratégicos americanos, especialmente ciertas conversaciones con la Unión Soviética concernientes a China.  Kissinger hasta prometió -a cambio de nada, hay que repetir- abandonar a Vietnam unilateralmente si no se conseguía un acuerdo con el Norte, y retirar las tropas americanas de Corea.  Tercero, las minutas de las conversaciones entre los líderes chinos por un lado y Kissinger y el Presidente Richard Nixon por el otro, NO fueron inicialmente  traducidas al inglés literalmente. Esto se hizo a propósito, para no mostrar la pobre actuación americana. Las minutas en chino fueron traducidas años después por los autores de la mejor biografía de Mao (The Unknown Story of Mao, de Jung Chang y Jon Halliday) en el 2005.  En esas minutas, las que revelan la verdad, tanto Nixon como Kissinger salen muy mal parados.

 

Ahora se sabe por qué no fueron bien traducidas al inglés. Los negociadores americanos muestran una actitud servil y sumisa ante los chinos. Desesperados por lograr un buen resultado, hicieron concesiones completamente innecesarias. No conocían (pero los buenos diplomáticos y negociadores deben estar bien informados siempre) las condiciones precarias de la economía china, y no sabían que eran los chinos los que estaban desesperados por simplemente lograr un acercamiento y nada más. Mao continuamente menospreció a Kissinger ante Nixon (quien posiblemente lo disfrutó) y rehusó entrar en discusiones detalladas con ninguno de los dos americanos. Pero sobre todo Chou Enlai, quien ya estaba enfermo de cáncer, jugó sus cartas menos valiosas con una habilidad tal, que consiguió mucho más que lo que sus posibilidades merecían, gracias a la mala actuación por parte de Nixon y Kissinger.

 

El resultado de estas negociaciones ha pasado a la historia como un gran triunfo para EEUU y personalmente para Nixon y Kissinger. En definitiva, se puede decir que Kissinger consiguió en buena parte su cometido: lograr un contrapeso en las relaciones entre EEUU y la Unión Soviética y posicionar a China como un tercer jugador en el ajedrez geopolítico de la era. En ese sentido, sus negociaciones fueron exitosas. Pero como negociador, su actuación deja mucho que desear. Hacer concesiones innecesarias y unilaterales a cambio de nada no es negociar, es simplemente conceder y claudicar. La opinión de los que conocen mejor esas negociaciones de hace 53 años es que EEUU podía haber logrado muchas, muchas más ventajas, a cambio de muchas menos concesiones.

 

La actuación de Kissinger en las negociaciones que pusieron fin (temporalmente) a la  larga guerra en Vietnam y trajeron a miles de tropas americanas y cientos de prisioneros de regreso a EEUU, fue mucho mejor. Si valió un Premio Nobel de la Paz (junto con el vietnamés Le Duc Tho) a Kissinger en 1973 es debatible, porque aunque Kissinger negoció más hábilmente, el resultado final no fue favorable ni para EEUU ni mucho menos para la República de Vietnam del Sur. Dos años después, las tropas comunistas del Viet Cong conquistaron a Vietnam del Sur después de casi 30 años de lucha.

 

Claro que lo negociado por Kissinger (los Acuerdos NO fueron ratificados por el Senado americano) en París en 1973 en buena parte no fue apoyado por el Congreso y muchos de los acuerdos fueron violados por Vietnam del Norte. Kissinger utilizó todas las ventajas americanas, incluyendo no solo el poderío militar y económico de EEUU, sino amenazas directas al régimen comunista de Vietnam del Norte de bombardear Hanoi y minar el puerto de Haiphong, por donde llegaban todos los suministros rusos al Norte, para lograr que los comunistas vietnameses se sentaran a negociar y luego accedieran a verdaderos acuerdos capaces de ser verificados.  Pero reconociendo la mejor actuación de Kissinger, el resultado de las negociaciones tiene que ser considerado como un fracaso por lo sucedido en 1975. Además, el juicio de la historia es que EEUU, de hecho, perdió la guerra (aunque así no fuera), la primera vez que esto sucedió en la historia americana.

 

El peor legado de Kissinger, sin embargo, fue algo mucho más funesto, y nada tiene que ver ni con China ni con Vietnam. Fue la nueva política que inició hacia la Unión Soviética, conocida como détente. Es una palabra francesa que significa, literalmente, relajamiento, especialmente de las tensiones entre naciones. En el caso de las relaciones de EEUU con la URSS, esto significó algo muy diferente a lo que Kissinger prometía y como esa nueva política era percibida por el público americano. Kissinger, según el Almirante Elmo Zumwalt, Jefe de Operaciones de la Marina bajo el Presidente Nixon en 1970, se había convencido que EEUU era una nación en decadencia y que el triunfo de la URSS era inevitable, por lo que su deber debía ser conseguir las mejores condiciones mientras la historia corría su curso. 

 

Kissinger siempre negó esto, pero hay evidencia independiente de que esos eran sus sentimientos. Por esa razón, para Kissinger su concepto de la política de détente era casi teológico. Su concepto no solo era de un relajamiento de tensiones con la URSS, sino que se había convencido de que un acercamiento con los soviéticos a base de relaciones comerciales casi ilimitadas, incluyendo el compartir los adelantos tecnológicos americanos, crearía una dependencia en la URSS que eventualmente transformaría y moderaría su agresividad y sus tendencias expansionistas, ganando así más tiempo para la supervivencia de Occidente.

 

Pero ese enfáticamente NO era el concepto de Ronald Reagan, quien en el 1976 estuvo muy cerca de ganarle la nominación republicana al Presidente Gerald Ford, precisamente por sus diferencias sobre la política de détente. Para Reagan, según su primer Asesor de Seguridad Nacional Richard Allen, a quien se lo confesó en una conversación privada en 1977 poco después de la elección de Jimmy Carter como presidente en 1976, su teoría de la Guerra Fría era esta: “Nosotros ganamos y ellos pierden”. Reagan sabía que muchos de sus críticos lo consideraban “simplista”, pero para él, de hecho SÍ habían respuestas simples para problemas complejos, y su concepto de las relaciones con los soviéticos era una de esas respuestas simples. 

 

La diplomacia americana durante su administración tuvo un cambio dramático. No más détente tipo Kissinger, no más contención tipo Kennan. En su lugar, la política de su administración sería de firmeza y claridad moral, respaldada por un establecimiento militar fuerte y una economía próspera. De esa manera, Reagan planeaba derrotar a la URSS y terminar la Guerra Fría. Su equipo de diplomáticos, que incluía muchos demócratas desilusionados, negoció brillantemente para no solo limitar, sino eventualmente eliminar las armas nucleares y para conseguir el final de la Guerra Fría.

 

Pero antes, fue necesario poner en orden la economía de EEUU y reconstruir el poderío  militar americano.  Además, tomó un nuevo líder del otro lado, de la URSS, que estuviera verdadera y honestamente interesado en negociar acuerdos mutuos. Ese fue Mikhail Gorbachev, quien asumió el poder en 1985.

 

Reagan resistió todas las presiones para una reunión cumbre hasta que las condiciones adecuadas estuvieran presentes. Cuando Gorbachev se convenció que Reagan estaba dedicado a ganar la carrera armamentista y a llevar a la bancarrota a la URSS si trataba de competir, sobre todo después que propuso el programa de la llamada Iniciativa Estratégica de Defensa en 1983, Gorbachev negoció de buena fe y lo más importante: decidió permitir las inspecciones en territorio soviético para garantizar la eliminación de las armas nucleares que se había acordado entre los diplomáticos de ambas naciones.  Solo así se lograron acuerdos verificables, solo así se llegaron a eliminar miles de armas nucleares. Solo así se terminó la Guerra Fría, ya que Gorbachev, en su afán de reestructurar y reformar el sistema comunista en la Unión Soviética, terminó, irónicamente, provocando su destrucción final.

 

Todo esto nos trae al presente y a la diplomacia de la administración en el poder en Washington desde el 2009. Pero antes, es necesario hacer un breve recuento de la formación del Presidente Barack Obama. Eso en sí explica mucho, aunque no todo, lo sucedido en política externa americana en los seis años pasados. Primeramente, desde muy joven, el niño, quien había sido abandonado por su padre africano (nacido en Kenya) y quien vivía con sus abuelos maternos en Hawai, creció bajo una influencia tremenda del comunista Frank Marshall Davis, íntimo amigo de su abuelo Stanley Dunham.  Dunham llevaba al niño a visitar a Davis casi todos los días desde 1970, cuando Barack tenía solo nueve años, hasta que se fue a estudiar a Occidental College en California en 1979. Como bien se sabe, esa edad en un niño es la más susceptible, y las largas conversaciones entre los tres tenían un gran contenido ideológico, es decir, comunista, ya que Davis era miembro del Partido desde 1946 (carnet #47544).

 

En sus años universitarios, primero en Occidental, luego en la Universidad de Columbia en New York, y finalmente en Harvard, donde se graduó de abogado en 1991, el futuro presidente continuamente, por su propia admisión, se reunió con los elementos más radicales, especialmente negros americanos y muchos estudiantes extranjeros “anti-imperialistas”. Su trayectoria académica nunca se ha revelado, ni siquiera sus calificaciones. Cuando se mudó a Chicago poco después, fue lecturer (conferencista) en Derecho Constitucional en la Universidad de Chicago. Este es el cargo más inferior en una institución universitaria y de ninguna manera se puede describir su posición como la de profesor, además de que el curso que enseñaba era de clases de 45 minutos una vez a la semana. 

 

Dos años más tarde, en 1993, comenzó su trabajo como Organizador Comunitario en Chicago, y su aprendizaje de las doctrinas de Saul Alinsky. Alinsky, un sociólogo reconocido como el fundador del movimiento de organizaciones comunitarias y escritor de dos libros ultra radicales, Reveille for Radicals (1946) y Rules for Radicals (1971), se consideraba demasiado independiente para ser miembro del Partido Comunista, al que consideraba “irrelevante”, pero necesario como aliado para lograr sus propósitos. No es necesario describir su filosofía política, porque más bien sus “reglas” para radicales son tácticas para desestabilizar la sociedad y para crear nuevas organizaciones sociales. Solo que estas no son quimeras ni utopías, sino que pueden ser logradas y de hecho, algunas han sido logradas desde el 2009. Curiosamente, aunque el presidente nunca lo conoció personalmente, Alinsky SÍ conoció al sucesor de la maquinaria de Al Capone en los años 1930s en Chicago, Frank Nitti.  Alinsky fue amigo de Nitti y trabajó para el gangster por un tiempo, considerando que la sociedad capitalista era la culpable del crimen organizado y de la criminalidad en general.  Como buen hombre de la izquierda, Alinsky no creía en la responsabilidad individual.

 

Barack conoció a su futura esposa Michelle Robinson cuando los dos trabajaban en la firma legal Sidley Austin en Chicago, caracterizada por defender a los elementos más radicales de Chicago. Los dos fueron casados en la Iglesia Trinity United Church of Christ por el Pastor Jeremiah Wright, quien también bautizó a sus dos hijas. Wright es un virulento anti-americanista y exponente de la Teología de Liberación, una semi-religión marxistoide inventada por el sacerdote renegado peruano Gustavo Gutiérrez en los años 1950s. El matrimonio fue miembro de la Iglesia Trinity por más de veinte años, durante los cuales, aunque el presidente lo ha negado, deben haber escuchado las prédicas antiamericanas de Wright y su intenso odio racial. Para completar su formación ultrarradical, el presidente viajó a Kenya en busca de sus “raíces” en 1988, donde lloró desconsoladamente frente a la tumba de su padre (según su propio libro), un economista marxista fracasado, casado con tres mujeres a la vez y abusador de sus esposas e hijos, quien murió en un accidente automovilístico en 1982 cuando conducía en un estado de ebriedad total. Ç

 

Pero su hijo y futuro presidente aprendió el odio extremo de su padre contra el colonialismo, y por ende, hacia Estados Unidos, a pesar de que estudió en este país con una beca concedida por la administración del Presidente Kennedy. A su regreso a Chicago, Barack decidió que una carrera política era mejor que ser organizador comunitario, y anunció sus planes desde la casa del antiguo terrorista Bill Ayres y su esposa Bernardine Dorhn, quienes fueron acusados de cometer serios crímenes violentos en el pasado, incluyendo la colocación de bombas y la participación en asesinatos de policías. Pero el presidente, aunque conoció al matrimonio por varios años y compartió con Ayres en las juntas directivas de varias fundaciones izquierdistas en Chicago, siempre ha dicho que solo eran amigos casuales y que cuando el matrimonio fue acusado de terrorismo, él era un niño.

 

Esa es, entonces, la formación educativa y cultural del presidente de Estados Unidos, y  aunque todo esto es muy conocido, fue electo presidente dos veces y la enorme cantidad de sus seguidores simplemente no le dan mucha importancia a su radicalismo extremo. Pero su formación y sus relaciones radicales en el pasado no son suficientes para explicar la política externa de su administración, la cual es una desviación total de toda la diplomacia americana en la historia. Tanto durante la campaña para conseguir la nominación del Partido Demócrata como durante la campaña presidencial, el Senador Obama anunció su intención de abrir nuevos caminos en política externa, incluyendo reunirse y conversar, incondicionalmente, con enemigos de EEUU como el Ayatollah Khamenei de Irán y los presidentes Raúl Castro de Cuba y Hugo Chávez de Venezuela.

 

Fue ridiculizado por Hillary Clinton y luego por el candidato republicano John McCain por estas intenciones, pero a los votantes aparentemente no les importó. Una vez siendo presidente, lo anunciado se hizo realidad, aunque primero el nuevo presidente se lanzó en una gira de disculpas por medio mundo, especialmente el mundo islámico, por las terribles políticas de previos presidentes, no solo George Bush hijo, que tanto daño le habían hecho al resto del planeta. De paso anunció un reset (reinicio) en la política americana hacia Rusia, lo cual significaría cambios drásticos en las políticas de cuatro presidentes anteriores, incluyendo uno de su Partido, Bill Clinton.

 

Pero ahora se conoce bien la razón teórica de la nueva diplomacia del presidente.  Veamos. Resulta que desde probablemente al menos el 2008, el futuro presidente conoció a un profesor de la Universidad de Georgetown llamado Richard Kupchan, quien había sido miembro de la Consejo Nacional de Seguridad (NSC) durante de la administración del Presidente Clinton. Kupchan se convirtió en asesor del Senador Obama desde la campaña del 2008 y ahora también es miembro del NSC como Director de Asuntos Europeos del Consejo.

 

En el 2010, Kupchan publicó un libro titulado How Enemies Become Friends: The Sources of Stable Peace (Como los Enemigos se convierten en Amigos: Las Bases de una Paz Estable). Las teorías que propone el profesor forman la base de toda la política externa de esta administración, desde sus intentos de un reset con Rusia a su nueva apertura hacia Cuba y, sobre todo, a las negociaciones con Irán para evitar que la República Islámica adquiera armas nucleares.

 

¿Que propone el libro de Kupchan? Como mejor lo resumió Carlos Alberto Montaner en su artículo del 12 de abril, los enemigos se convierten en amigos haciéndoles grandes concesiones unilaterales, no exigiendo ni esperando nada a cambio, cancelando toda conducta hostil, o que siquiera se pueda percibir como tal, y no tratando bajo ningún concepto, de cambiar la naturaleza de esos gobiernos adversarios. Vale la pena citar como Montaner continua: “Es el entierro de la tradicional lógica diplomática que prescribe zanahorias para los amigos y aliados, palos para los enemigos y nada para los indiferentes. Es el fin de la diplomacia activa, desarrollada tras la terminación de la Segunda Guerra, encaminada a tratar de convertir al mundo en un lugar pacífico y próspero, dominado por regímenes democráticos en el que se respeten la economía de mercado, los derechos humanos y las libertades”. Como se puede ver claramente, el presidente ha seguido las teorías del profesor Kupchan al pie de la letra en la manera que ha desarrollado toda su política externa. Y como titula Montaner su artículo, este es “El Gurú de Obama y un mundo sin cabeza”. Exactamente.

 

Por cierto, es muy recomendable leer todo el artículo de Carlos Alberto Montaner para entender todavía mejor lo que este cambio drástico, este rompimiento completo con la diplomacia americana tradicional, ya sea idealista, aislacionista o internacionalista, representa para EEUU y para el resto del mundo. Las consecuencias ya son malas -y pueden ser aún peores de lo que pocos se imaginan. Reparar el daño, si es enteramente posible hacerlo después de que esta administración deje el poder, será muy difícil.

 

También es importante leer otro artículo que me enteró a mí (y a Montaner cuando le pasé la información hace unos días) de la existencia de este profesor y de su libro que ha sido la Nueva Biblia y el Plano de Construcción del presidente en la conducta de su política externa. Escrito por el también profesor de la Universidad de Georgetown y Director de Política del Jewish Policy Center Gabriel Scheinmann y titulado A Blueprint for Failure: How enemies become friends - and vice versa (Un Proyecto para el Fracaso: Como los enemigos se hacen amigos - y viceversa), Scheinmann ilustra como el presidente ha seguido las instrucciones de Kupchan en Rusia, en Irán, en Cuba, en China, en Siria, en Israel. En fin, como el gran desastre que ha sido la política externa de la administración desde el 2009 se ha basado en el libro de Kupchan y el daño enorme que estas disparatadas políticas han causado a EEUU y al mundo.

 

(Continuará)