Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

La Mano Muerta, el Dossier “Despedida” y el verdadero fin de la Guerra Fría

 

El 19 de agosto de 1989, el Muro de Berlín fue derribado. El 3 de diciembre de 1989, en una reunión en Malta entre el Presidente de la Unión Soviética Mikhail Gorbachev y el Presidente de Estados Unidos George Bush padre, ambos anunciaron el fin de la Guerra Fría. El 25 de diciembre de 1991, el Presidente Gorbachev llamó al Presidente Bush para felicitarlo por Navidad, informarle que había renunciado a la presidencia de la Unión Soviética y que el Estado Soviético había sido disuelto.

 

Es decir, entre agosto de 1989 y diciembre de 1991 la Guerra Fría terminó oficialmente.  No hubo ninguna celebración. Nadie, especialmente la administración del Presidente Bush padre, declaró lo que todo el mundo sabía: Estados Unidos había ganado la batalla de casi medio siglo a la Unión Soviética; una guerra que no fue tan “fría”. Así ha pasado a la historia. Pero como tantos hechos históricos, la verdad no es tan fácil. La Guerra Fría NO terminó entre 1989 y 1991, pero EEUU la ganó decisivamente. Las preguntas deben ser entonces: ¿que pasó, por qué pasó y cuándo (lo menos importante) pasó?  Veamos.

 

Los dos casos a los que se refiere el título de este ensayo son muy poco conocidos. Pero los dos fueron cruciales en el curso de la Guerra Fría y en su final.  Uno de ellos fue una operación militar que todavía permanece viable, más de 25 años después de “oficialmente” terminada la Guerra Fría. El otro fue posiblemente el caso de espionaje más importante en el siglo 20, o al menos así lo describió el Presidente Ronald Reagan.

 

Primero consideraremos lo conocido como la “Mano Muerta”. Esta básicamente, fue (es) una operación creada en la desaparecida Unión Soviética en 1982 por altos líderes militares soviéticos. Consistía en un sistema controlado por computadoras desde una burbuja de concreto enterrada en algún lugar secreto cerca de Moscú (no en el Kremlin) que permitía automáticamente a las computadoras lanzar cohetes intercontinentales contra EEUU aún después de que un primer ataque americano destruyera gran parte de Moscú (y de Rusia) y matara a los líderes políticos soviéticos, incluyendo a Leonid Brezhnev y al resto del Politburó. Es decir, era una máquina de destrucción y venganza en respuesta a un primer ataque sorpresivo de EEUU que lograría un contragolpe nuclear aunque los líderes ya estuvieran muertos.

 

La Guerra Fría se calienta

 

Pero antes de continuar, es necesario un breve resumen de la Guerra Fría y la carrera  armamentista nuclear hasta esa fecha. A finales de 1960, cuando Eisenhower todavía era presidente, se implementó en EEUU un sistema para un ataque nuclear masivo contra la Unión Soviética. Era conocido como Single Integrated Operation Plan (SIOP), Plan Individual de Operación Integrada, en español. SIOP contemplaba un ataque de toda la fuerza estratégica nuclear de EEUU contra la URSS, China y los llamados “estados satélites” de Europa Oriental; un total entonces de 3,500 armas nucleares lanzadas por cohetes intercontinentales, cohetes Polaris lanzados por submarinos y bombarderos de largo alcance.

 

Cuando el Presidente Eisenhower fue primeramente informado en noviembre de 1960, dijo que el plan “lo asustaba como el Diablo” y su Asesor de Ciencia George Kristiakowsky consideró que de implementarse produciría resultados “innecesarios, indeseables y excesivos”. Pero ese fue el plan de ataque nuclear americano desde 1960 hasta el final de la Guerra Fría, y todos los presidentes, desde Eisenhower a George Bush padre, quedaban horrorizados cada vez que eran informados. El estimado de muertes en la URSS sería el 54% de la población. En 1961 causaría 108 millones de muertos y 80 millones adicionales en China. Todavía en 1972, el Estado Mayor Conjunto soviético estimó que un primer ataque americano causaría 80 millones de muertes y destruiría el 85% de las industrias en la URSS.

 

Como es conocido, la primera gran amenaza de una guerra nuclear entre EEUU y la URSS se produjo en octubre de 1962 durante la Crisis de los Cohetes en Cuba. El resultado de la Crisis, es decir, la retirada de los cohetes soviéticos de Cuba, fue considerado por los altos mandos militares en la URSS como una insoportable humillación. En 1962 EEUU tenía una superioridad nuclear enorme sobre la URSS, y desde entonces los soviéticos decidieron cambiar la situación. Fue el principio de la carrera armamentista entre los dos países. Para los años 1970s, la URSS había conseguido al menos una igualdad numérica en armamentos nucleares. El costo para la URSS había sido ruinoso, pero nunca más sufrirían otra humillación como la de 1962 en Cuba. Ambas naciones tenían la capacidad de destruir el mundo entero varias veces en una guerra nuclear.

 

El Presidente Kennedy decidió que el riesgo de guerra era intolerable después de la Crisis, y las relaciones entre los dos países mejoraron, lográndose firmar un Tratado para limitar las pruebas nucleares en la atmósfera en 1963. Kennedy y el Premier Nikita Khrushchev comprendieron que nadie podía ganar una guerra nuclear. Los dos líderes, sin embargo, tenían conceptos distintos de como mantener relaciones pacíficas. Para Khrushchev, era la política de “coexistencia pacífica” y apoyo a movimientos de “liberación nacional” en el Tercer Mundo. Para Kennedy era cuestión de negociar acuerdos que controlaran las armas nucleares y evitaran la expansión soviética en el resto del mundo, además de implementar programas de ayuda económica y social como la Alianza para el Progreso y los Cuerpos de Paz (organización de jóvenes voluntarios para ayudar a países subdesarrollados). Pero al final de 1964 los dos líderes ya no estaban en el poder -Kennedy asesinado (con la posible complicidad del régimen castrista y la KGB) y Khrushchev depuesto- y la guerra en Vietnam comenzaba a recrudecerse, mientras que los militares soviéticos procedían a toda máquina con un programa para lograr la igualdad nuclear con EEUU. Alcanzar la paz estaba tan lejos como siempre.

 

Los nuevos líderes, el Presidente Richard Nixon y el Premier Leonid Brezhnev [Lyndon Johnson se mantuvo muy ocupado con la guerra en Vietnam y los programas domésticos de su Great Society (Gran Sociedad)], surgieron en el 1968 (Brezhnev desde el derrocamiento de Khrushchev en 1964, pero compartía el poder con otros miembros del Politburó), elaboraron una nueva política: la détente (distensión).

 

Concebida por el Asesor de Seguridad Nacional de Nixon, Henry Kissinger, esta nueva política estaba diseñada para mantener relaciones pacíficas entre las dos naciones, pero las intenciones de cada una eran otra vez muy distintas. Para EEUU, détente significaba  involucrar y comprometer a la URSS en relaciones comerciales cada vez más complejas con Occidente, integrar a los soviéticos en el sistema financiero internacional y  brindarle acceso a créditos y la más adelantada tecnología que EEUU y Europa podían ofrecer.  De esa manera, Kissinger y Nixon pretendían “domesticar” a la URSS y hacerla tan dependiente de Occidente que eventualmente se convertiría en un país “normal” y renunciaría a sus tendencias expansionistas y agresivas. 

 

Para la URSS, détente significaba algo enteramente diferente: continuar con las lecciones de Lenin (y de Clausewitz): ganar la guerra a Occidente por medios pacíficos -pero ganar. Una vez más, la búsqueda de una paz permanente entre los dos campos continuaba siendo solo una ilusión.

 

Sin embargo, a los soviéticos el tiempo los favorecía y la política de détente era su aliada. En realidad, détente, el engendro de Kissinger había sido un desastre. No solo eso: hacia 1980 se había convertido en un grave peligro para EEUU y para el resto de Occidente, y probablemente había contribuido a prolongar la Guerra Fría por otra década. Pero para la URSS, especialmente para su aparato de inteligencia, “el mundo iba por nuestro camino” y la batalla por el Tercer Mundo, la gran estrategia de la KGB para lograr el sueño dorado de Lenin y Stalin, estaba al alcance.

 

Hasta que la elección de Ronald Reagan como presidente de EEUU en 1980 lo cambió todo. Pero ahora debemos regresar al principio de este trabajo y pasar al año crucial de 1981, un año antes de la introducción de la “Mano Muerta”, pero el año que también se puede marcar como el principio del fin de la Unión Soviética y del comunismo internacional, año en que el Dossier “Despedida” fue entregado a Reagan por el nuevo presidente socialista francés François Miterrand, año en que el mundo dio la vuelta y comenzó a ir por nuestro camino, por el camino del triunfo de la libertad.

 

La Mano Muerta

 

A fines de 1979 dos eventos presagiaron y contribuyeron a la destrucción de la presidencia de Jimmy Carter. Primero el triunfo de la revolución islámica en Irán, pero específicamente la toma de la embajada de EEUU en Teherán y el secuestro de 52 rehenes americanos, que estuvieron cautivos 444 días. Segundo, la invasión de Afganistán por tropas soviéticas.

 

Carter, quien años atrás había lamentado públicamente el temor innecesario de los americanos al comunismo, al parecer sufrió una gran decepción cuando los comunistas soviéticos no se adaptaron a sus absurdas ideas sobre la amenaza comunista. La futilidad y la ineptitud de sus políticas, que en buena parte causaron directamente la revolución islámica (al igual que la revolución Sandinista en Nicaragua, también en 1979), se reflejaron en el fracasado intento de rescatar a los rehenes en Irán en abril de 1980, cuando varios helicópteros americanos fueron destruidos en el desierto de Irán.

 

Pero también a principios de 1980 Carter tomó dos medidas que alarmaron mucho a los dirigentes soviéticos y llevaron a la URSS a crear el mecanismo de la Mano Muerta. La directiva 58 tomó medidas para proteger al presidente y al gabinete americano de un ataque nuclear. La directiva 59 incluyó específicamente a los líderes del Kremlin como blanco de un ataque nuclear de EEUU contra la URSS. Cuando se reveló, a propósito,  alarmó sumamente a Brezhnev en Moscú. La Mano Muerta se creó en respuesta, ya que los soviéticos sabían bien que difícilmente podían sobrevivir a un ataque nuclear americano, sobre todo uno sorpresivo. Si ahora los líderes serían eliminados de entrada, al menos con la Mano Muerta lograrían una venganza aún desde la tumba.

 

El sistema se finalizó en 1982, ya durante la presidencia de Reagan, cuando la KGB estaba más convencida que nunca que EEUU, bajo este nuevo presidente, se preparaba para un primer ataque nuclear contra la URSS. Una computadora lanzaría los cohetes intercontinentales y submarinos soviéticos que sobrevivieran un primer ataque nuclear.  Pero esto se consideró sumamente peligroso casi enseguida, y fue modificado con precauciones adicionales para evitar un ataque soviético por error en 1984 (el cual estuvo a punto de ocurrir en 1983). La modificación principal fue la inclusión de un pequeño grupo de especialistas militares que se refugiarían en una burbuja de concreto enterrada en un bunker en un lugar secreto. Entre ese grupo y las computadoras, una respuesta a cualquier ataque americano de sorpresa, no importa cual devastador, podría vengar a la URSS aunque fuera destruida.

 

La importancia de la Mano Muerta no es en si lo que significó, aunque naturalmente es algo poco conocido, sino las varias ramificaciones que tuvo y como afectó la Guerra Fría.

 

El año pasado el nuevo dictador de Rusia, Vladimir Putin (si, ya se que fue electo y que es enormemente popular, pero es de hecho un dictador, y su última elección en el 2009 fue completamente fraudulenta) “resucitó” el programa, al menos para consumo público -doméstico y externo. De manera que por eso nada más vale la pena considerar el tema.

 

Primero por el grave peligro que significó poner una computadora a cargo de un posible ataque nuclear. En la noche del 26 de septiembre de 1983, comenzando a las 7pm, los radares y el sistema de vigilancia de satélites conocido como Oko (ojo en ruso) detectaron -erróneamente, ¡tres veces!- lanzamientos de cohetes intercontinentales provenientes de EEUU. La última vez, a las 12:15am, en el centro supersecreto de Serpukhov, al sur de Moscú, se encendió un letrero de advertencia en rojo con el mensaje: launch (iniciar lanzamiento). 

 

Afortunadamente, el Teniente Coronel Stanislay Petrov, un ingeniero militar especialista en algoritmos de combate con 26 años de experiencia, estaba a cargo del centro esa noche. Petrov ya había cancelado las advertencias las dos primeras veces en la noche.  Esta tercera vez, los paneles de advertencia aseguraban que la advertencia era “altamente confiable” -la primera vez que eso sucedía. Pero aunque muy sorprendido por la orden emitida por las computadoras de lanzar un ataque soviético en respuesta a un ataque americano inexistente, Petrov anuló la orden a los pocos minutos. Sospechaba que algo estaba funcionando mal después de haberse asegurado completamente que las señales de un ataque americano eran erróneas. 

 

Pero no estaba absolutamente seguro. Confió en su intuición guiado por su experiencia.  En efecto, fue un error técnico, pero quizás alguien distinto hubiera tomado otra decisión.  Esa noche el mundo se salvó -una vez más de las tantas veces que estuvo al borde de una conflagración nuclear. Quizás una intervención divina guió a Petrov esa noche. Los jefes militares soviéticos decidieron que el riesgo de dejar la decisión a las computadoras era demasiado alto, y las modificaciones a la Mano Muerta se adoptaron poco después.

 

En segundo lugar, la Mano Muerta probablemente contribuyó al aceleramiento de la carrera armamentista. Los soviéticos, naturalmente, no se resignaban sabiendo que un ataque sorpresivo de EEUU a la URSS sería vengado aún después de que los líderes fueran vaporizados. Para ellos era mucho más importante asegurarse que su superioridad nuclear frenaría un ataque americano. Al parecer, no muchos de ellos después de Khrushchev creían que EEUU nunca los atacaría primero. Por lo mismo, aprovechando la distracción de la guerra en Vietnam y la nueva política de détente, continuaron a toda marcha construyendo un enorme arsenal militar, tanto nuclear como convencional.

 

Finalmente, de cierta manera, la Mano Muerta se extendió al desarrollo de armas biológicas y químicas, mucho más difíciles de detectar y potencialmente tan dañinas como las armas nucleares. No existió un mecanismo parecido, es decir, controlado por computadoras, para el programa de este tipo de armamentos.  Sin embargo, la mentalidad de planear un ataque para de cualquier forma destruir a EEUU, siempre estuvo presente en los líderes políticos y militares de la URSS.

 

Las armas nucleares, químicas, biológicas y convencionales que poseían siempre estuvieron diseñadas para ser utilizadas, eran armas ofensivas, para conquistar, no para defenderse. Por eso es muy importante tener bien claro que moralmente NO fuimos iguales nunca. El comunismo internacional, desde su implantación en Rusia en 1918 por Lenin, admitido abiertamente por él y todos los demás líderes que lo siguieron, fue un sistema ateo, amoral, capaz de lo que fuera para conseguir sus fines de dominar el mundo. El fin siempre justificó los medios.

 

Además -y esto lo creían todos firmemente, al menos por las primeras décadas- el sistema ideado por Karl Marx era científico y la historia estaba destinada a terminar en el comunismo, en la utopia de crear el Paraíso Terrenal. Todo estaba permitido.  Incluyendo un ataque nuclear por sorpresa. La única razón por la que no lo hicieron fue porque siempre supieron muy bien que serían destruidos, y para ellos morir no era una opción.  Después de todo, a pesar de ser fanáticos políticos, eran seres racionales.

 

Pero con armas biológicas y químicas SÍ era posible atacar a EEUU en cualquier momento, sobre todo cuando un ataque de ese tipo sería muy difícil de detectar y de probar que provenía de la URSS. Al final, los científicos y militares soviéticos habían diseñado armas biológicas capaces de ser colocadas no solo en cohetes intercontinentales (ICBM), sino también cruceros (cruise missiles). Estos cohetes son prácticamente indetectables por algún radar. Y los líderes soviéticos planeaban utilizarlos si creían que podían dar el primer golpe. Las armas nucleares no eran ya imprescindibles para ganar una guerra a EEUU.

 

Por esa razón, primordialmente, los programas soviéticos de armas biológicas y químicas llegaron a convertirse en un peligro tan grave como los cohetes nucleares, especialmente porque nunca los suprimieron. A solo unos meses de firmar la Convención de Armas Biológicas y Tóxicas (CABT) en Ginebra, Suiza (junto con más de 70 otras naciones), acuerdo propuesto por el Presidente Nixon prohibiendo la producción de estas armas en 1972, pero que entró en vigor en 1975, Brezhnev ordenó que las armas biológicas/químicas se continuaran produciendo.

 

¿Por que? Porque los líderes soviéticos -sin ninguna evidencia- decidieron que EEUU no respetaría el Tratado. Por consiguiente, la URSS tampoco lo haría. Nunca lo hicieron desde entonces. Entre 1975 y 1991 la URSS construyó secretamente el programa de armas biológicas/químicas más grande del mundo, sin comparación. En esos años -y después- ocurrieron cientos de serios accidentes en todo el territorio soviético, produciendo miles de muertes y poniendo en peligro a buena parte de los vecinos de la URSS.

 

En uno de los más conocidos -y más infames- de estos accidentes en 1972 (todavía hasta hoy negado por el régimen de turno, desde Gorbachev, pasando por Yeltsin, y terminando con Putin), ocurrido en la ciudad llamada entonces Sverdlovsk (y ahora de nuevo Yekateringburg), lugar en los Montes Urales donde los bolcheviques, por órdenes directas de Lenin, asesinaron a toda la familia del Zar Alexander, y donde nació Boris Yeltsin en 1931, murieron más de 100 personas cuando en una fábrica para producir antrax militarizado (para utilizar la mortífera bacteria como arma biológica), muy cerca de la ciudad, uno de los tanques donde almacenaban la bacteria en polvo, se quebró. La bacteria en polvo se diseminó sobre la ciudad y cada día enfermos llegaban -y morían- en los hospitales de la ciudad (hoy en día todavía la quinta más poblada de Rusia con 5 millones de habitantes). 

 

Pero los funcionarios a cargo culparon por las muertes, falsamente, a una carne de res contaminada. Mikhail Gorbachev, quien tanto contribuyó a terminar la Guerra Fría, sin embargo aprobó hasta el final la continua violación de CABT, aún después de prometerle al Presidente George Bush padre que el programa había terminado. Su sucesor, Boris Yeltsin, trató de frenar el programa de armas tóxicas, ordenando  directamente tres veces a los generales a cargo del programa que lo terminaran de una vez por todas. Las tres veces fue desobedecido. Putin, por supuesto, ha continuado el programa, al igual que ha revivido y probablemente modernizado la Mano Muerta.

 

Como se ha mencionado antes, la elección de Ronald Reagan en 1980 lo cambió todo.  Años de políticas que por bien intencionadas que fueran, de hecho habían producido no solo una situación de igualdad nuclear entre las dos superpotencias, sino que además habían creado una inercia, una situación de gran inseguridad y malestar (malaise, como le llamó el Presidente Carter) en el pueblo americano. Para muchos, la política de détente no había sido más que una de apaciguamiento. Era innegable que la URSS y sus aliados y satélites había avanzado políticamente desde 1962 y el retiro de los cohetes soviéticos de Cuba.

 

Bajo la presidencia de Carter la URSS había invadido Afganistán, Nicaragua estaba en manos de los Sandinistas aliados con Cuba, Centro América estaba en peligro de ser subvertida por guerrillas apoyadas por Cuba y la URSS, Irán estaba bajo control de extremistas islámicos, y Cuba tenía más de 50,000 tropas en África.

 

Aquí en EEUU, la situación era peor. El llamado “índice de miseria” (suma de tasas de inflación, interés y desempleo) alcanzaba bajo Carter más del 20%, la mayor cifra desde la Segunda Guerra Mundial. Además, el efecto de la derrota en Vietnam y del escándalo de Watergate, que terminó con la renuncia de Richard Nixon, también habían contribuido mucho a que una gran cantidad de americanos vivieran desesperanzados, con poca confianza en el futuro.

 

Reagan llegó a la presidencia no solo con una idea bien definida respecto a la URSS y la Guerra Fría (“Nosotros ganamos; ellos pierden”), sino que en sus dos primeros años, formuló -en una serie de directivas presidenciales- políticas específicas para derrotar la subversión cubano/soviética en Centro América y para ganar la Guerra Fría.

 

El Dossier “Despedida”

 

Pero poco fue más importante en ese proceso que el Dossier “Despedida”. ¿Que fue esto? Pasemos al 20 de Julio de 1981.  El socialista François Mitterrand había sido electo presidente de Francia en mayo de ese año. El Departamento de Estado americano y gran parte de los medios informativos, junto con muchos líderes de Occidente, estaban sumamente preocupados. Mas no el Asesor de Seguridad Nacional del presidente, Richard Allen, quien conocía bien a Mitterrand. Cuando los dos nuevos presidentes se encontraron en la Cumbre Económica de Quebec el 20 de Julio, Mitterrand tenía una gran sorpresa para Reagan: el Dossier “Despedida” (Farewell Dossier).

 

Así se le llamó a la información que el espía soviético posiblemente más importante de la Guerra Fría, el Coronel de la KGB Vladimir Vetrov, le proporcionó a la agencia de contraespionaje francesa DST entre 1980 y 1982.

 

¿Quien fue Vetrov y como se convirtió en un espía tan importante? En cualquier otro país occidental, el joven Vladimir Vetrov podia -por sus méritos- haber alcanzado altas posiciones socio-económicas. Pero no en la Unión Soviética, ese falso Paraíso de los Trabajadores donde la igualdad supuestamente imperaba. En realidad, la URSS en los años 1950s se asemejaba más a la Francia prerrevolucionaria de los 1760s bajo el Rey Luis 15, donde las posiciones sociales dependían enteramente de las conexiones políticas.

 

Vetrov provenía de una familia humilde sin conexiones algunas. Pero sus talentos -una gran inteligencia sobre todo en matemáticas y una excepcional capacidad atlética- lo llevaron a ser admitido, por sus méritos, al Instituto Bauman de Moscú, la escuela de ingeniería más prestigiosa de la URSS. Pero luego de graduarse con honores en 1957 como ingeniero mecánico, sin conexiones políticas, solo consiguió trabajo en una fábrica de calculadoras.

 

Sin embargo, gracias a sus proezas atléticas (campeón juvenil de carreras cortas) fue invitado a jugar con el equipo de futbol Dynamo del Ministerio del Interior y la KGB.  De esa manera llamó la atención de algún dirigente de la KGB y fue reclutado, aunque al principio no como agente de inteligencia. En ese tiempo conoció a su futura esposa Svetlana, de una familia ligeramente más prominente, pero muy atractiva y muy atlética (también corredora con condiciones olímpicas). Se casaron a fines de 1957 y ella se graduó de maestra en 1961. Vladimir siguió progresando en la KGB y finalmente en 1965 fue enviado a París como miembro de la delegación soviética del Ministerio de Comercio Exterior. Así comenzó su carrera como espía industrial.

 

En los cinco años que la pareja Vetrov vivió en París, Vladimir reclutó a varios personajes en la industria francesa como agentes de la KGB, mientras que tanto él como Svetlana vivían una vida social envidiable, relacionándose con gente importante, con acceso a un carro personal y disfrutando los beneficios de una sociedad rica y abierta.

 

Pero a la vez atrajo la atención de la agencia de contrainteligencia francesa DST (no la más conocida agencia de inteligencia SDECE), que lo trató de reclutar sin éxito. Pero Vetrov conoció a varios altos funcionarios que años más tarde le serían muy útiles. Además, gracias a su posición, el matrimonio podía comprar productos y artículos personales de lujo a grandes descuentos. Es posible que Vetrov haya recibido “regalos” de altos funcionarios industriales y hasta que haya invertido algún dinero en Francia.

 

Eventualmente los Vetrov regresaron a la URSS en 1970, acostumbrados a la buena vida y muy bien recibidos. Pero pronto Vladimir tuvo que enfrentar la triste realidad: sin “padrinos” influyentes, su progreso en la KGB había llegado a su límite. Esto fue algo enormemente frustrante para él y como un denominador común para otros funcionarios de la KGB sin conexiones políticas. Por ejemplo, el famoso espía nuclear Oleg Penkovsky, quien informó a EEUU (por medio de sus “controladores” británicos, quienes lo reclutaron) de las verdaderas condiciones militares de la URSS, sobre todo en cohetería intercontinental, que tanto ayudaron durante la Crisis de los Cohetes en octubre de 1962, enfrentó condiciones parecidas.

 

En el caso de Penkovsky, también Coronel de la KGB, su problema fue que su padre había sido oficial del Ejército Blanco que peleó contra los bolcheviques en la  guerra civil rusa durante la revolución en 1920. Esto lo condenó a nunca poder llegar a ser General, pues los líderes de la KGB no podían perdonar esa “ofensa” de su padre, y lo llevó a convertirse en espía contra la URSS.

 

Al Vetrov convencerse de que nunca, a pesar de una vida muy cómoda en Rusia, podría ascender a los más altos niveles, finalmente también lo inclinó a ser espía de los franceses, por su odio terrible a la KGB (pero, extrañamente, NO a la URSS ni al sistema comunista).

 

Pero eso se demoró unos años, y la KGB planeaba enviarlo de nuevo a Francia como Cónsul en Marsella, pero el gobierno francés, sospechando -con razón- que Vetrov era un agente de la KGB y no un miembro del Ministerio de Comercio Exterior, le negó la visa en 1972.

 

Como la KGB todavía lo consideraba un oficial muy prometedor, en 1974 fue enviado a Montreal, como ingeniero jefe de la delegación comercial soviética en Canadá. Allí empezó el principio del fin, por un incidente menor de un robo de joyas de Svetlana.  Eventualmente los dos fueron trasladados a Moscú y nunca más pudieron viajar al exterior. 

 

Ahora Vetrov era tierra fértil para ser reclutado, y así resultó, aunque fue Vetrov quien, mediante sus antiguos contactos comerciales en Francia, dio el primer paso. Para entonces también había comenzado a beber excesivamente y a tener problemas maritales con Svetlana, además de ver bloqueado su porvenir en la KGB y de no poder disfrutar de la buena vida en Occidente al prohibírsele viajar al exterior.

 

Al poco tiempo, gracias a su amistad con un empresario francés que a su vez tenía buenas relaciones con la DST, Vetrov comenzó a pasar documentos secretos a un agente francés en Moscú en 1981. En poco menos de un año, Vetrov entregó más de 4,000 documentos secretos y reveló la identidad de más de 200 agentes de la KGB en los principales “centros” (rezidenturas) de occidente. Pero eso fue lo de menos. Ahora veamos como esa “bomba” informativa afectó la Guerra Fría y como aceleró su final.

 

Primero es necesario volver a 1970.  Ese año, Yuri Andropov, Director de la KGB desde 1967, ideó lo que se conoció como “Línea X” bajo el nuevo Directorado T de inteligencia industrial de la KGB. Andropov conocía bien el lamentable estado de la economía soviética y también sabía que cada vez los soviéticos quedaban más atrás que EEUU, sobre todo en tecnología.

 

Línea X fue el plan para robar esa tecnología a Occidente, sobre todo a EEUU.  Andropov nunca imaginó el gran éxito de esta operación entre 1970 y 1980 y cómo ayudó a los soviéticos a emparejarse con Occidente, sobre todo en la industria armamentista.

 

Pero Linea X fue más, mucho más. Empezó con el robo de tecnología, pero con el tiempo se extendió a comprar esa tecnología a espías industriales en Occidente, a conseguir créditos bancarios, a lograr comprar enormes cantidades de trigo -a crédito- para alimentar al pueblo ruso. Terminó convirtiendo a Occidente, sobre todo EEUU, en un gigantesco departamento de Investigaciones y Desarrollo (Research and Development) de la URSS sin costo alguno. Todo gracias a la fatídica política de détente inventada por Henry Kissinger. Esta realidad fue la que el Dossier Despedida reveló a Reagan en 1981.

       

¿Que hacer?  La primera reacción, después de la enorme sorpresa, fue la de ponerle fin al programa de Línea X.  Eso fue lo que el Director de la CIA William Casey y los expertos de la CIA, Departamento de Defensa y NSA recomendaron. Pero afortunadamente, un genio, el  analista Gus Weiss, colega de ese otro genio visionario que fue Herman Kahn, desde los 1960s, quien estaba de nuevo en el gobierno, ahora como asesor en la Casa Blanca, opinó que no, que lo mejor era hacer nada y engañar a los soviéticos, lo cual se hizo con el apoyo entusiasta del Presidente Reagan.

 

Weiss, con varios títulos universitarios, incluyendo un doctorado en economía, sospechaba de esta gigantesca operación que fue el programa Línea X desde 1972. Un grupo de colegas formaron la American Tradecraft Society en 1975 para bloquear en lo posible estas actividades, pero no fue hasta que Mitterrand le entregó el Farewell Dossier a Reagan que entendieron la envergadura de Línea X y pudieron hacer algo al respecto.

 

La CIA, FBI y el Departamento de Defensa cooperaron en una contra-operación para que una gran cantidad de la tecnología codiciada por los soviéticos, especialmente en computadoras y mini electrónica, se les vendió o se les permitió adquirir ilegalmente con pequeñas alteraciones o con defectos que al cierto tiempo de ser instalados, fallaban, a veces con resultados catastróficos. El caso más célebre, aunque todavía poco conocido, fue una explosión gigantesca en el viaducto que se construía en Siberia, en diciembre de 1983 en el enorme campo de gas natural de Urengoi, para eventualmente llevar gas natural a Europa.

 

La explosión fue tan colosal que se pudo ver desde el espacio y el jefe de inteligencia de la Fuerza Aérea americana pensó que había sido una explosión nuclear de tres kilotones.  No se sabe cuantos murieron, porque los soviéticos nunca siquiera admitieron que la explosión fue causada por computadoras defectuosas, alteradas para aumentar la presión dentro del viaducto hasta que estallara. Pero el hecho cierto es que gracias al contra-proyecto de Weiss y compañía, el viaducto se demoró diez años más en completarse, ya cuando la URSS había desaparecido.

 

El Farewell Dossier y la información que el Coronel Vetrov proporcionó definitivamente aceleró el final de la Guerra Fría por una serie de razones. Primero, por supuesto, los espías soviéticos no pudieron seguir robando tecnología occidental. Segundo, como se ha mencionado, al menos 200 espías colocados en posiciones importantes en EEUU y Europa fueron arrestados o expulsados. Pero mucho más importante, lo que ya habían robado o comprado ilegalmente, en muchos casos tecnología instalada a través de la URSS, de pronto temían que estuviera alterado o defectuoso. 

 

Los soviéticos no tenían confianza en utilizar mucha de la tecnología ya adquirida, inclusive componentes de los cohetes intercontinentales. Eso atrasó muchos proyectos en la URSS y causó que quedaran de nuevo muy atrás de EEUU en tecnología, sobre todo en computadoras. Weiss estimó mucho después que quizás los puso diez años detrás de EEUU.  Junto con todas las demás presiones adicionales que la administración de Reagan puso en práctica, especialmente desde 1983, el fin del Imperio Soviético llegó mucho antes gracias a Petrov y el Farewell Dossier.

 

(continuará)