Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

La Mano Muerta, Dossier “Despedida”, y el fin real de la Guerra Fría – 2

 

Ahora llegamos a la parte final de este ensayo, a cómo y por qué terminó la Guerra Fría.

 

Como ya se ha descrito, no se puede poner este final ni siquiera en diciembre de 1991.  Nada más porque los proyectos de armas biológicas continuaron a toda máquina hasta al menos 1992 y casi seguro después, ya no hay una fecha conveniente para indicar el final.  Pero eso es lo de menos. Cómo y por qué es lo que importa.

 

Aquí es necesaria una nota de precaución. Para la Izquierda Eterna, la desaparición de la URSS y el comunismo internacional, tal como dijo el mismo Vladimir Putin en el 2005, fue la peor catástrofe geopolítica del siglo 20. Para la Izquierda Eterna es inaceptable, es increíble que la URSS ya no exista. Pero no queda más remedio que aceptar la realidad.  Claro que como dijo Inga (Ingrid Bergman) a Rick (Humphrey Bogart) al final de esa obra maestra que fue la película Casablanca, cuando se dio cuenta que las visas de salida para Lisboa estaban a su nombre y el de su esposo, pero no de Rick, como ella pensaba y esperaba: “¿Y nosotros qué?” Rick le contestó, “Nosotros siempre tendremos a París” (el breve tiempo en que se enamoraron antes que los Nazis invadieran y cuando ella pensaba que su esposo estaba muerto).

 

Para la Izquierda Eterna siempre estará presente, siempre le quedará la revolución cubana, ese epítome del bien común, ese gran ejemplo de lo mejor de la humanidad.  ¿Qué importa si todo ha sido la gran estafa, el engaño y el fracaso más grande del siglo?  Pero no para la Izquierda Eterna. Entonces, en el contexto de como y por qué la Guerra Fría terminó y la URSS perdió, hay que considerar que esa Izquierda Eterna de ninguna manera acepta, nunca lo aceptará, que la Guerra Fría terminó con la URSS más que nada gracias a las políticas implantadas por Ronald Reagan desde 1981. 

 

El papel de Mikhail Gorbachev

 

¿Como es posible aceptar que un “zopenco amable”, como le llamó Clark Clifford en 1981 (un prominente abogado de Washington que trabajó para cinco presidentes demócratas y terminó en desgracia por estar involucrado en el fraude gigante del Banco de Crédito y Comercio en 1991), haya sido responsable del final de la Guerra Fría, mucho menos de haberla ganado? Será imposible para la Izquierda Eterna aceptarlo, pero eso fue exactamente lo que sucedió.

 

Mucha gente inteligente y preparada, varios amigos inclusive, que NO se pueden describir como de izquierda, piensan que Reagan quizás tuvo algo que ver con el final de la Guerra Fría. Pero ¿el máximo responsable? Imposible. Pero cierto. La Izquierda Eterna -y muchos que no pertenecen a esa gran sociedad- prefieren pensar otras dos cosas.

 

Primero, que el comunismo estaba condenado a desaparecer, porque es un sistema que va contra la naturaleza humana. Sin duda.  Pero en Rusia duró al menos 70 años, a pesar de que ahora todos piensan que no podía ser. Además, como un dicho en la Cuba de antes, “los mangos no se caen solos”. Pero supongamos que efectivamente el sistema estaba condenado a desaparecer. Hacía falta empujarlo a su final, y ¿quien mejor que ese gran líder que fue Mikhail Gorbachev?

 

Ahora si tenemos a un buen principal responsable, alguien muy aceptable para los “ilustrados”. Una vez más: Gorbachev fue muy instrumental, sobre todo cuando al final se negó a utilizar la fuerza para evitar el derrumbe, lo que otro líder quizás no hubiera hecho. Pero lo que en verdad logró el gran Mikhail fue destruir a la URSS.

 

Además, nunca fue el propósito de Gorbachev acabar con la URSS o con el comunismo.  Todo lo contrario. Gorbachev siempre fue -y es- un comunista convencido. Lo que trató de hacer fue salvar al comunismo, modificándolo. Pero eso es imposible y Gorbachev nunca lo entendió.

 

Peor todavía para los que prefieren creer que Gorbachev fue el gran responsable del final de la Guerra Fría y de que se terminara pacíficamente -y esto es muy inconveniente.  Pero los hechos no mienten, y esos hechos indican que Gorbachev en sus primeros 15 meses en el poder, trató por todos los medios -antes de anunciar sus políticas de glasnot (apertura) y perestroika (restructuración)- e implementó la política de Uskorente (aceleración).

 

¿Como? Primero anunció públicamente que mantendría un firme control sobre el campo socialista en su primer discurso como Secretario General del Partido Comunista de la URSS. El gasto militar fue aumentado enormemente. Algunos países vecinos fueron directamente amenazados. La guerra en Afganistán fue intensificada. Invirtió millones de rublos en maquinaria pesada cuando la URSS estaba tratando por todos los medios de convertirse en una nación moderna, donde la tecnología y no la industria pesada dominaría (para eso se ideó Línea X).  Incrementó, como se ha mencionado, el programa de armas biológicas. La desinformación y la agitación-propaganda (agitprop) aumentaron cada día más. 

 

En fin, cuando se convenció que todo lo que intentó fracasó, cuando vio la realidad, que la URSS se desmoronaba económicamente, entonces, sin más remedio ya, trató de cambiar el sistema. Pero siempre para mejorarlo, nunca para convertir a la URSS en una república de leyes gobernada por su pueblo. Era demasiado tarde; pero no se debe olvidar que Gorbachev fue entrenado desde joven por Yuri Andropov para que fuera su sucesor y para que terminara la tarea de dominar al mundo.

 

El gran historiador post-comunista, el General Dmitri Volkogonov, Director del Instituto de Historia Militar en Moscú hasta 1991, y finalmente Asesor de Defensa de Boris Yeltsin, describió a Gorbachev como “el último leninista”, agregando que, tanto como Khrushchev, cometió el grave error de creer que el fracaso del sistema se debió a Stalin y a sus crímenes.

 

Pero ninguno de los dos reconoció que era el sistema mismo el que era un fracaso, porque estaba basado en las ideas falsas y antihumanas de Marx. Muchos de los más prominentes líderes soviéticos, como Alexander Yakovlev y Boris Yeltsin, comprendieron y aceptaron esta realidad para 1991. Pero NO Gorbachev. Por eso, pensar en Gorbachev como un “demócrata” (lo que quiera decir esa palabra, incluyendo lo que generalmente se acepta ahora) es risible.

 

La presidencia de Reagan

 

Ya se ha descrito cuál era el estado del mundo en 1981, cuando la desastrosa presidencia de Jimmy Carter llegó a su fin. ¿Quien era su sucesor, Ronald Reagan? Contrario a la imbécil descripción de Clark Clifford (en la que todavía millones creen firmemente), Reagan era un hombre sumamente inteligente.

 

Ningún presidente, con la posible excepción de Theodore Roosevelt (quien además escribió varios libros antes de ser presidente) llegó a Washington tan leído. Reagan no escribió ningún libro, pero si miles de artículos, incluyendo casi todos sus discursos a lo largo de su carrera. Era un negociador excepcional, gracias a su larga presidencia del Sindicato de Actores en Hollywood, cuando continuamente se enfrentó con gran éxito a los comunistas que trataban de controlar el sindicato.

 

Conocía intrínsecamente el sistema americano de libre empresa, por los años que trabajó como vocero y propagandista de General Electric, viajando por todo el país y relacionándose con gente trabajadora, pero también con los grandes empresarios.

 

Sobre todo, tenía ideas muy definidas sobre la Guerra Fría y la Unión Soviética, como se ha mencionado: “Nosotros ganamos; ellos pierden”. Y sabía exactamente cómo lograr la derrota de la URSS. Pero antes de implementar ninguna de sus ideas, había que componer la economía de EEUU, y esa fue la prioridad. Para 1983, todo estaba listo para comenzar la cruzada contra el comunismo.

 

Básicamente, el programa económico de Reagan tuvo cuatro partes. La primera y más importante fue reducir las tasas de impuestos sobre ingresos y sobre ganancias capitales. Lo segundo fue controlar la inflación, y para eso, en conjunto con el Presidente de la Reserva Federal Paul Volkner, hubo que controlar el dinero en circulación. A esas dos políticas se les denominó “economía del lado de la oferta” (supply side economics).

 

Además de eso, se trató (pero no se logró del todo) recortar el gasto público y reducir las regulaciones federales para liberalizar la economía. Esos cuatro “pilares” para 1983 tenían la economía en camino a una plena recuperación. No sin embargo antes de causar una profunda recesión en 1982 que tuvo costos políticos.

 

Esas políticas que sus oponentes burlonamente llamaron Reaganomics (y George Bush padre en la campaña para la nominación en 1980 llamó “voodoo economics”) fueron diseñadas por varios de los mejores economistas de aquel tiempo, como Robert Mundell, Arthur Laffer (inventor de la “Curva Laffer”), Marcus Fleming, Paul Craig Roberts y Milton Friedman, todos impulsados por Jude Wanniski, del Wall Street Journal (a Wanniski se le reconoce como quien primero llamó a esas políticas “Supply-Side Economics”). 

 

El Congresista Jack Kemp, de New York, y el Senador William Roth, de Delaware, fueron los principales autores de las grandes rebajas de impuestos aprobadas por el Congreso en 1981. A pesar de la recesión, el presidente Reagan se mantuvo firme, y sus políticas produjeron resultados impresionantes. Cuando dejó la Casa Blanca en enero de 1989 la economía había crecido en un promedio anual del 4.1%, se habían creado 35 millones de nuevos empleos (casi todos en la empresa privada) y había sido el periodo -en tiempos de paz- de mayor prosperidad en la historia de EEUU.

 

En los casos de Cuba y Nicaragua, sin embargo, no se esperó a que la economía mejorara. Reagan envió al General Vernon Walters a conversar directamente con Fidel Castro en marzo de 1982. El contenido de la entrevista nunca se ha revelado, pero de acuerdo con algunas fuentes, Walters le dejó bien claro a Castro que aunque EEUU no tenía planes hostiles contra su régimen, había condiciones. Especialmente, que Cuba dejara de apoyar las insurrecciones en Centro América y África. Castro al parecer accedió (aunque no del todo, pero Cuba estuvo más tranquila que nunca entre 1981 y 1989) y eso abrió el camino para algunos acuerdos migratorios, incluyendo el retorno de más de 1,000 criminales que llegaron a EEUU en el éxodo del Mariel en 1980.

 

Con Nicaragua, la política de la nueva administración si fue muy agresiva desde el principio. En marzo de 1982, Reagan aprobó planes autorizando a la CIA, con dinero y con armas, para actividades contrarrevolucionarias en Centro América.  Específicamente, el Director de la CIA William Casey escogió a Duane Clarridge, jefe de la división clandestina para Latinoamérica. Casey ordenó a Clarridge que en un par de meses recomendara qué hacer en Centro América.  El plan de Clarridge fue muy simple y lo que Casey quería oír: “hacerle la guerra a los Sandinistas en Nicaragua y matar cubanos”.

 

Básicamente eso fue lo que se hizo por ocho años, y a pesar de las críticas y de lo que degeneró en el escándalo conocido como Irán-Contra, el apoyo a las guerrillas anticomunistas en Centro América obligó a los Sandinistas a negociar una paz relativa, que eventualmente resultó en la elección de Violeta Chamorro y el fin (temporalmente, por desdicha) del régimen de Daniel Ortega.

 

La Directiva Presidencial de Seguridad Nacional 75 (NSDD 75)

 

Con la “madre patria” en la URSS los planes en firme comenzaron en enero de 1983 con la Directiva Presidencial de Seguridad Nacional 75 (NSDD 75, que ha sido desclasificada y se puede leer en internet y varias publicaciones). Ese fue el “plano de construcción” (blueprint) para ganar la Guerra Fría y derrotar a la URSS. Es muy largo y detallado -no hay espacio ni tiempo en este corto ensayo para describirla- pero este fue el principio del fin ahora admitido hasta por los opositores y detractores de Reagan.

 

Básicamente, NSDD 75 proponía revertir el expansionismo soviético y disminuir el poder de la élite gobernante. Las negociaciones para limitar los armamentos nucleares ya no serían lo principal en las relaciones entre EEUU y la URSS. Nuevas tecnologías militares se enfatizarían, y la exportación de tecnologías civiles se limitaría. Las relaciones económicas se subordinarían ahora a los fines estratégicos. Y la dominación comunista en Europa Oriental ya no sería aceptada.

 

Pero no fueron solo hechos, que son los que cuentan. Las palabras también son importantes, sobre todo cuando son verdaderas y se convierten en hechos. Ronald Reagan, desde su primera conferencia de prensa, en enero de 1981, sentó las pautas.

 

Respondiendo una pregunta del corresponsal de la cadena ABC Sam Donaldson sobre las intenciones a largo plazo de la URSS, Reagan recordó que todos los líderes soviéticos, incluyendo los presentes, mantenían su determinación de promover la revolución mundial que los llevara a implantar un estado comunista en el mundo entero. Y agregó las siguientes palabras que dejaron boquiabiertos a la concurrencia: Mientras sigan con esas intenciones a la vez declarando públicamente que la única moralidad que reconocen es la que promueve su causa, se reservan el derecho de cometer cualquier crimen, mentir, hacer trampas, para conseguir sus fines.

 

Cuando terminó la conferencia y caminaba acompañado de su Asesor de Seguridad Richard Allen y del nuevo Secretario de Estado Alexander Haig, quien le reclamaba por hablar de tal manera sobre los líderes soviéticos, Reagan se volvió hacia Allen y le preguntó: “¿Todo lo que dije no es la verdad? Para furia de Haig, Allen le contestó, “Absolutamente, Señor Presidente”.

 

Durante toda su presidencia, algunos de sus grandes discursos reafirmaron continuamente sus ideas y sus intenciones hacia la URSS. En uno memorable ante el Parlamento británico, en junio de 1982, parafraseando a Trotsky, Reagan declaró que la marcha de la libertad y la democracia dejarían al marxismo-leninismo en el basurero de la historia.  En el más famoso de todos, ante la Asociación Nacional de Evangélicos, en marzo de 1983, advirtió que se debía evitar la tentación de pensar que los dos lados (EEUU y URSS) tenían culpas iguales por la carrera armamentista, ignorando los hechos históricos y los impulsos agresivos de un Imperio del Mal.

 

Ese discurso sacudió a todos sus oponentes, incluyendo a los líderes soviéticos en el Kremlin. El famoso historiador americano Henry Steele Commager dijo poco después que el discurso había sido el peor en la historia de ningún presidente americano, agregando, “y yo los he leído todos”. Pero ese discurso definió la presidencia de Reagan y su misión. 

 

Años más tarde, el reconocido líder disidente judío Natan Sharansky, quien entonces estaba preso en uno de los calabozos del Gulag soviético, escribió en su libro The Case for Democracy que cuando los presos se enteraron del discurso, se comunicaban a través de las letrinas regocijados que por fin un líder americano dijera las verdades necesarias sobre la URSS ante el mundo.

 

El discurso quizás más recordado, sin embargo, fue cuando parado ante el Muro de Berlín el 12 de junio de 1987, dirigiéndose a Mikhail Gorbachev, lo exhortó a que derribara el muro. Vale la pena repetir sus cortas frases: “Secretario General Gorbachev, si usted busca la paz, si usted busca la prosperidad para la Unión Soviética y para Europa Oriental, si usted busca la liberalización, venga a esta puerta. Señor Gorbachev, abra esta puerta. ¡Señor Gorbachev, derribe este muro!”.

 

¿Pero cuales fueron las acciones que derrotaron a la URSS y terminaron con la Guerra Fría específicamente? De acuerdo con su segundo Asesor de Seguridad Nacional, quizás su único verdadero amigo, el Juez de California William Clark, la estrategia de Reagan para ganar la Guerra Fría consistía de cinco pilares: económico, político, militar, ideológico y moral. 

 

Los ideológicos y morales se han descrito bastante. El militar fue el primero que se puso en práctica con el programa masivo para reconstruir -y restablecer- la superioridad militar ante la URSS. Cuando esto se logró para 1987, entonces, y solo entonces, Reagan se sentó a negociar con Gorbachev desde una posición fuerte y probablemente de superioridad.

 

Todo el aparato militar se modernizó. Después de ocho años bajo Reagan el gasto militar aumentó el 43% sobre el máximo en el apogeo de la guerra en Vietnam. Surgieron varios importantes sistemas de armamentos, como el bombardero B-1 (y el B-2 Stealth), los nuevos cohetes intercontinentales MX, los cohetes de medio alcance Pershing II emplazados en Alemania entre 1984-85, la flota de submarinos nucleares, los nuevos portaviones, y aumentó el número de tropas. En fin, algo sin precedentes en tiempos de paz, pero completamente necesario para conseguir los objetivos de NSDD 75.

 

La guerra de las galaxias

 

Pero la culminación del elemento militar, el que irónicamente ni siquiera se implementó, fue el programa conocido como la Iniciativa Estratégica de Defensa (SDI), al que la prensa de inmediato bautizó como “la guerra de las galaxias” por la conocida película. Anunciado en marzo de 1983, las posibilidades de este programa atemorizaron tanto a la URSS (que llevaba años experimentando con esta tecnología futurista de láseres) que eventualmente, de acuerdo con varios generales soviéticos, fueron la causa final de la derrota en la Guerra Fría. Todos recordaban que en 1957 asombraron al mundo con el Sputnik.  Pero todos también recordaban que once años después los americanos estaban en la Luna, y el programa espacial Apolo y la tecnología que lo acompañó revolucionaron al mundo. Estaban seguros que la tecnología americana de nuevo los dejaría en el polvo con SDI. Por eso le temían.

 

En lo político se pueden destacar tres operaciones encubiertas. Probablemente la más importante fue la de apoyar -con millones de dólares, pero también con equipos como simples copiadoras y máquinas de fax, además de avanzadas computadoras- al sindicato de trabajadores polaco Solidaridad, después que se declaró la ley marcial en Polonia en 1981. Estas actividades secretas se llevaron a cabo conjuntamente con el Vaticano, y el Papa Juan Pablo II fue uno de los grandes aliados conque contó Reagan durante la Guerra Fría. Fuertes sanciones económicas no solo contra Polonia, sino contra la misma URSS por su apoyo a las medidas represivas del General Jaruzelski, debilitaron tremendamente a los dos países y contribuyeron mucho a la derrota final.

 

Los programas de Radio Libertad y Radio Europa Libre fueron muy influyentes, al igual que el nuevo programa de Radio Martí para informar a los cubanos bajo el castrismo. El contenido ideológico fue aumentado no solo para informar a los “pueblos cautivos” sino para animarlos, para que supieran que al fin una administración americana estaba de su parte.

 

En Afganistán, un programa masivo de ayuda a los muyajidines que peleaban contra los invasores soviéticos, organizado por la CIA con la cooperación de Pakistán, debilitó enormemente a los soviéticos, especialmente cuando la CIA comenzó a entregar cohetes antiaéreos Stinger, lanzados por solo un hombre. Estas armas devastaron los helicópteros soviéticos y fueron muy instrumentales en la retirada de la URSS de Afganistán.

 

Pero quizás lo más importante en el plano político fue la determinación mostrada por Reagan ante la campañas de propaganda y desinformación de la URSS para evitar el rearme americano y, sobre todo, el despliegue de los cohetes Pershing II en Alemania Occidental para contrarrestar los SS-20 soviéticos que amenazaban a toda Europa.

 

Desde la guerra en Vietnam no se producían  manifestaciones tan numerosas no solo en Europa, sino también en EEUU, a favor de “La Paz Mundial”. Pero para Reagan, quien después de decidir algo importante, muchas veces ideas que ya tenía desde mucho tiempo, no tuvieron efecto, nada lo apartó de su propósito. Ni siquiera la intervención personal de su hija Patti y de su adorada esposa Nancy. Las dos trataron de “suavizar” el mensaje del presidente y de influenciar su férrea determinación de enfrentarse a la URSS.

 

De nada sirvió. Reagan tenía una misión que para él era sagrada. Su fe en Dios era profunda, inculcada por su madre desde niño, aunque raramente la demostraba en público. Es más, estaba convencido que Dios lo había salvado del intento de asesinato del 30 de marzo de 1981 para que pudiera completar su tarea de derrotar a la URSS.

 

También se debe mencionar un accidente: la explosión del reactor nuclear de Chernobyl en Ucrania en 1986. Sus consecuencias políticas fueron extraordinariamente dañinas para la URSS. No sólo porque el régimen trató de encubrir el desastre (la nube nuclear se extendió a partes de Europa), sino porque se demostró una vez más la incapacidad del sistema, y sirvió para minar más todavía la confianza de Gorbachev en el futuro de la URSS.

 

Finalmente, en el plano económico, el “apretón” más grande fue con la cooperación del Rey Fahd de Arabia Saudita para bajar el precio del petróleo en el mercado mundial.  Combinado con el enorme gasto militar adicional ordenado por Gorbachev en sus primeros meses, para tratar de competir con EEUU, la pérdida de divisas por el bajo preció del petróleo, la mayor fuente de ingresos de la URSS, convenció a Gorbachev que era imposible continuar.

 

Es más, Reagan se lo dijo en su cara en la primera reunión en Ginebra en noviembre de 1985. “Ustedes no pueden ganar la carrera armamentista; no hay manera que puedan ganar”. Gorbachev lo consideró arrogancia -pero sabía que era la verdad. El alto funcionario del Departamento de Defensa Richard Perle admitió en una entrevista en el 2001 que “ciertamente era una guerra económica, aunque no lo podíamos admitir”.

 

Las sanciones económicas que a través de los ocho años de su administración Reagan impuso contra la URSS fueron continuas, sin tregua, casi desde el primer día, y en verdad, el “Imperio del Mal” no pudo competir en ningún plano. En buena parte como resultado del Dossier Despedida, las transacciones comerciales entre Europa y la URSS también fueron recortadas drásticamente.

 

Es bien conocida la frase que se le atribuye a Lenin, pero puede ser de Marx, de que “los capitalistas nos venderán las sogas con que los colgaremos a todos”.  Durante los años del détente esto era lo que sucedía, y Reagan le puso fin mayormente a ese comercio. Los europeos, incluyendo su gran aliada Margaret Thatcher de Gran Bretaña, protestaron vehementemente. Miembros de su gabinete también. El Secretario Haig lo hizo de manera tan indiscreta que fue obligado a renunciar. El nuevo Secretario de Estado George Schultz, un prestigioso economista que al principio no creía mucho en las ideas de Reagan, también protestó, pero en privado, y pronto acepto la decisión del presidente, quien simplemente declaró: “Ya se les pasará el ataque de histeria”. Así fue. La voluntad de Reagan era irresistible.

 

Cuando Gorbachev no pudo continuar intentándolo

 

Como se dice en ingles, el End Game (Final del Juego) de la Guerra Fría se produjo en Reykjavik durante la reunión Cumbre entre Reagan y Gorbachev en octubre 10 y 11 del 1986. Gorbachev llegó con un plan extraordinariamente audaz: nada menos que eliminar todas las armas nucleares de ambos bandos.

 

Esto tomó completamente por sorpresa a la delegación americana. Pero ese era el sueño de Ronald Reagan desde joven: terminar de una vez por todas con la amenaza de una guerra nuclear. Sin embargo, Gorbachev tenía una condición que para Reagan era imposible aceptar: eliminar también el programa de SDI. Tanto le temían a los potenciales resultados de ese programa los dirigentes soviéticos que Gorbachev y sus colegas creían firmemente que esa era la única manera de que la URSS sobreviviera económicamente.

 

Pero Reagan, una vez más, se mantuvo firme y no cedió. Fue una de sus decisiones más difíciles, y quizás personalmente la más amarga. Las críticas, no solo de la izquierda americana, sino hasta de algunos prominentes conservadores como William Buckley, el editor de la revista National Review y uno de los fundadores del movimiento conservador moderno en EEUU en 1960, fueron casi universales. Todos lo culpaban principalmente por la oportunidad perdida de eliminar casi todas las armas nucleares por su capricho, por su terquedad, de no abandonar el “sueño” de SDI.

 

Nadie entendió que no era capricho ni terquedad, ni tampoco SDI era un sueño, porque lo que contaba era el potencial del proyecto. Todo era parte de su plan maestro, y sin SDI nada podía funcionar. Además, Reagan sabía, gracias a Farewell, que la tecnología soviética no podía competir porque no solo estaba más atrasada, sino también defectuosa.

 

Reagan tuvo la razón otra vez, como se demostró cuando poco más de un año después, en diciembre de 1987, Gorbachev firmó en Washington el único tratado que físicamente eliminó una clase completa de armamentos nucleares: todos los cohetes de medio alcance en Europa fueron destruidos, cuatro veces más cohetes soviéticos que americanos. Y lo más importante: por primera vez, Gorbachev permitió inspecciones en la Unión Soviética. Aquella frase de Reagan que tanto repetía y que a Gorbachev tanto le molestaba, dovorey no provorey (confía pero verifica), por fin se cumplió. Reagan de nuevo había ganado por su firmeza y su voluntad de hierro.

 

La Guerra Fría se ganó, según muchos de los principales líderes políticos y militares soviéticos, como los Ministros del Exterior Gromyko y Bessmertnykh, el Embajador en EEUU Anatoly Dobrynin, y los altos militares Alexander Donsky, de las Fuerzas Estratégicas de Cohetes, y el Mariscal Akhromeyev (quien acompañó a Gorbachev en Reykjavik y lo convenció de que aceptara el tratado eliminando los cohetes intermedios), debido a la reunión en Reykjavik y al temor a SDI. 

 

Quizás el mayor elogio fue del Senador Ted Kennedy, quien dijo después de su muerte: “Reagan será honrado como el presidente que ganó la Guerra Fría”. El mismo Gorbachev, hablando ante el Politburó días antes de viajar a Reykjavik en octubre de 1986, así lo puso: “Si no llegamos a un acuerdo, seremos forzados [por SDI] a entrar en una carrera armamentista que perderemos, porque estamos al límite de nuestra capacidad”.

 

Que discuta la Izquierda Eterna con Gorbachev. Para la historia está bien claro como y por qué se terminó la Guerra Fría y quién fue el mayor responsable de ganarla. Se terminaría oficialmente algún tiempo después, durante la presidencia de George Bush padre, pero en Reykjavik, en octubre de 1987, Gorbachev de hecho se rindió.

 

En verdad, ese juicio fue enunciado por el más prestigioso de los historiadores de la Guerra Fría, John Lewis Gaddis, cuando enfáticamente escribió que SÍ, Reagan fue el mayor responsable de que EEUU ganara la Guerra Fría. De la misma forma, Henry Kissinger, quien por mucho tiempo menospreció a Reagan y sus ideas, al final reconoció, que SÍ, gracias a sus políticas, EEUU había ganado.

 

Al final, Reagan, quien nunca reclamó ningún crédito por ganar la Guerra Fría, lo puso mejor que nadie. En su discurso de despedida el 11 de enero de 1989, sus palabras finales fueron: “Tratamos de cambiar una nación y terminamos cambiando al mundo”. Dos años después, entregando la Medalla de la Libertad a Mikhail Gorbachev en la Biblioteca Presidencial Reagan en California, dijo: “Es verdad que la Guerra Fría terminó. La libertad ganó, como siempre supimos que sería”.

 

Fuentes importantes

 

Todo lo escrito en este ensayo  se puede comprobar ahora; toda la evidencia ya se ha publicado. Pero mi información viene también de cientos de libros y artículos leídos y estudiados en mi vida, sobre todo desde mediados de los 1980s. Hay varias fuentes importantes, sin embargo, que deben ser especialmente identificadas. Sobre el mecanismo de La Mano Muerta, el gran libro con ese título, The Dead Hand, de David Hoffman, publicado en el 2009, es el mejor, y es esencial también para conocer los planes de guerra biológica de la URSS que todavía existen ahora bajo Putin.

 

Otro libro escrito por el Coronel soviético que fue el segundo jefe de Biopreparat, el organismo soviético encargado del programa de armas biológicas en sus últimos cuatro años, de 1988 a 1992, Ken Alibek, titulado Biohazard (1999) es sumamente importante -y escalofriante. 

 

Sobre el Dossier Despedida, el mejor libro es Farewell: The Greatest Spy Story of the Twentieth Century, de Sergei Kostin y Eric Raynaud (2009). Pero es también muy informativo leer el corto panfleto escrito por el propio Gus Weiss, The Farewell Dossier: Duping the Soviets (2007). Weiss describe no solo lo que fue la operación soviética, sino la contraoperación americana dirigida por él, que fue tan crucial en llevar la Guerra Fría a su fin mucho más rápido.

 

Pero quien quiera conocer lo máximo sobre la Guerra Fría, su historia desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta 1991 -y después- debe leer The Fifty Year Wound: How America’s Cold War Victory Shapes Our World, de Derek Leebaert (2002). En mi opinión, este es el mejor libro sobre la Guerra Fría, el definitivo.

 

Sobre la guerra de Reagan contra el comunismo internacional, mi favorito es The Crusader, de Paul Kengor (2007). Kengor es de sus biógrafos quien mejor entiende el idealismo, el anticomunismo y el sentido de misión de Reagan. Por eso titula su libro El Cruzado, porque para el presidente, su misión más importante fue su Cruzada contra el comunismo. Y la ganó.

 

Para los interesados en consultar documentos originales, hay dos volúmenes recientes editados por Jason Saltoun-Ebin, titulados The Reagan Files. El primero se subtitula Inside the National Security Council. El segundo, The Untold Story of Reagan’s Top-Secret Efforts to Win the Cold WarEste segundo volumen contiene muchas de las más importantes reuniones que produjeron las decisiones que ganaron la Guerra Fría. Entre otras, se encuentra la reunión donde se creó el documento NSDD 75, el “plano” de las políticas que eventualmente trajeron la caída del comunismo (Capítulo 4, Febrero 25, 1983).

 

Una nota adicional sobre el libro Biohazard de Ken Alibek. Lo consulté, pero no lo terminé hasta el fin de semana pasado, después de completar el ensayo y haber tenido pesadillas la primera noche. Alibek desertó en 1992 -un año después de desaparecer como estado la Unión Soviética. Todavía entonces era subdirector de Biopreparat, el conglomerado “farmacéutico” ruso que siempre se ha dedicado a la investigación y fabricación, incluyendo militarización, de armas biológicas. Cuando su libro se publicó en 1999, Alibek había pasado tres años tratando de convencer -en vano- a científicos americanos de las actividades de Biopreparat.

 

El 1998 se enteró que uno de sus subalternos había logrado combinar los virus de la viruela y la peste bubónica en un supervirus completamente inmune y resistente a toda vacuna o antídoto.  Es el trabajo que Biopreparat venía haciendo por años, es decir, tratar de producir virus resistentes a todo ataque, incluyendo las vacunas existentes.

 

Peor y más grave que eso. Los técnicos de Biopreparat habían logrado compactar ciertos virus, incluyendo ántrax, para poderlos colocar en cápsulas en las cabezas de cohetes cruceros (cruise missiles). Estos misiles pueden llegar a velocidades de Mach 5 (cinbco veces la velocidad del sonido, 6,125 kilómetros por hora) y como vuelan por debajo de la cobertura de los mejores radares, son indetectables. No tienen un gran alcance, pero pueden ser lanzados desde aviones, barcos, submarinos y desde tierra.

 

Un cruise missile con ciertas armas biológicas lanzado contra, digamos, la ciudad de New York, con 8 millones de habitantes viviendo en la pequeña isla de Manhattan, puede matarlos a todos en días. Esto puede pasar ahora mismo, y nadie se enteraría qué pasó ni de dónde vino el ataque.

 

Esta es la amenaza que el programa de armas biológicas que todavía persigue la Rusia de Vladimir Putin representa para EEUU. Por eso es que la guerra de la barbarie contra la civilización no termina nunca, ni tampoco termina la guerra de la Izquierda Eterna contra la libertad.

 

PD. En 1981, en uno de sus viajes a la URSS, a Fidel Castro le dieron una gira intensiva de los programas de armas biológicas, incluyendo Biopreparat, en la URSS. Se entusiasmó tanto (en Cuba había una tremenda epidemia de dengue cuando aquello, 350,000 infectados) que pidió a los soviéticos que lo ayudaran a establecer un programa similar. Quizás vio el potencial de una incipiente industria farmacológica en Cuba. Pero indudablemente también vio el potencial de producir armas biológicas. Sabemos por diversas investigaciones que Cuba, de hecho, posee tal capacidad hace años. Alibek también fue contactado por representantes de Irán, Irak y Corea del Sur para que estableciera programas de armas biológicas en esos países, a lo cual se negó. En Cuba, tal como en Rusia, esos programas están vigentes en el presente.