Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

NOTA DE CUBANÁLISIS-EL THINK-TANK:

Muy recientemente fue presentado al público el libro “La Izquierda Eterna: Ensayos sobre la Libertad”, de nuestro colaborador y prestigioso historiador Diego Trinidad, PhD. Presentamos a nuestros lectores el que el Dr. Trinidad considera en la Introducción de su libro como su ensayo “favorito”, titulado “La Izquierda Eterna y la Derecha que nunca existió”, escrito en 2011, pero que mantiene totalmente su actualidad y vigencia. Esperamos que nuestros lectores de Cubanálisis disfruten tanto de su agradable lectura como de sus profundas reflexiones, lo cual no implica que tengan que coincidir obligatoriamente con todas sus conclusiones.

 

LA IZQUIERDA ETERNA Y LA DERECHA QUE NUNCA EXISTIÓ

 

Desde que el comunismo internacional y su “madre patria”, la mal llamada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (siempre fue la Rusia Imperial de los zares, ahora colectivista y totalitaria) desaparecieron entre 1989 y 1991, muchos decidieron que las insidiosas doctrinas socialistas-comunistas habían muerto para siempre. Entre esos, quizás la gran mayoría (uno esperaría) consideró esa “muerte” con regocijo, aunque desafortunadamente otros la lamentaron. 

 

Un escritor -Francis Fukuyama- hasta se hizo famoso al  publicar un libro titulado “El Fin de la Historia” (¡la pretensión!), en el cual proclamaba el gran triunfo de lo que llamó la “Democracia Liberal” por los siglos de los siglos por venir (pero un tiempo después aclaró que por “Democracia Liberal” no quería decir el modelo americano de una república federal creado en EEUU con la Constitución de 1789, sino la “social-democracia” de la Unión Europea, mas conocida como… ¡el socialismo!).

 

Pero todos los que celebraron o lamentaron la “muerte” de esas malvadas y dañinas doctrinas de lo que yo desde ahora llamaré la Izquierda Eterna (tomando prestado parte de la Cuba Eterna de mi buen amigo Pepito Sánchez Boudy), lamentablemente se equivocaron.  La idea del socialismo es inmortal, es el vampiro Drácula verdadero. Peor, porque el legendario Drácula podía ser liquidado clavándole una estaca en el corazón, pero el socialismo-comunismo no puede ser destruido de ninguna manera, puesto que una idea, por mala que sea, mientras haya quien crea en ella, nunca muere. Pero ¿y la Derecha, esa gran enemiga de todos los “progresistas” del mundo?  Bien, gracias, ya que no existe ahora, ni nunca antes existió  en la historia. Veamos.

 

Como el cuento del huevo y la gallina ¿quién nació primero, la izquierda o el socialismo?  Fácil, la idea del socialismo surgió mucho antes que el concepto de la izquierda. La idea socialista es casi tan vieja como la humanidad, pero más concretamente se puede encontrar en la Grecia Antigua con filósofos como Zenón y los Estoicos, y más especícamente, en “La República” de Platón. Siglos después se encuentra presente en parte de las doctrinas cristianas y algunas enseñanzas de Jesús según ciertos evangelios, así como también en el cristianismo comunitario primitivo de aquellos tiempos.

 

Más adelante, en el siglo 16, surgen los primeros movimientos utópicos (recuérdese bien que todas las doctrinas socialistas son utópicas), que culminan con los libros “Utopía” (1515), de Thomas Moro), y “Nueva Atlántida” (1627) de Francis Bacon.  Pero es en el fatídico siglo 18 en que las ideas socialistas se encuentran con el concepto de la izquierda en la Revolución Francesa, aunque tienen sus orígenes comunes un poco antes con ese gran farsante y destructivo escritor suizo Jean Jacques Rousseau, el padre de todos los  totalitarismos colectivistas.

 

Rousseau popularizó lo que él llamó -sin realmente entenderlo, como no lo entiende nadie- Voluntad General, la cual contrapuso a los intereses particulares en la glorificación de la igualdad entre los seres humanos, que según el demente suizo todos nacían en la nobleza del salvajismo hasta que conocían la civilización, la cual los convertía en “malos” y en individuos (sarta de mentiras: al individuo lo crea Dios y naturalmente, precede a la sociedad, que se forma de individuos libremente unidos en beneficio común),  a los cuales había que “socializar” para lograr ese tan alabado concepto (todavía y siempre) del Bien Común. (Según la filósofa política Ayn Rand, el concepto “tribal” del Bien Común ha servido como la justificación moral de casi todas las tiranías de la historia). 

 

Estas ideas expresadas por Rousseau en sus varios libros fueron las precursoras de esa gigantesca calamidad que fue la Revolución Francesa, donde y cuando nace precisamente el concepto de la izquierda.  A propósito de Rousseau -quien además de ser un demente y un depravado sexual era, como casi todos los “intelectuales socialistas”, un parásito social que nunca trabajó y vivió de mujeres y amigos toda su vida- en una ocasión, después de publicar su libro “El Contrato Social”, por el que recibió un prestigioso premio, le envió una copia del libro a Voltaire, quien después de leerlo, le contestó:

 

“Monsieur, he recibido su nuevo libro contra la raza humana y le doy las gracias.  Nunca tanta habilidad se utilizó para hacernos lucir tan estúpidos. Uno anhela, después de leer su libro, poder caminar en cuatro patas. Pero como olvidé ese hábito hace mas de 60 años, tristemente creo que es una imposibilidad poder hacerlo de nuevo”.

 

Me parece que esta famosa carta describe bien al “Genio de Ginebra”. Lamentablemente, el daño que ha hecho en la historia no se puede borrar ridiculizándolo con la mejor sátira del mundo, ni aún escrita por el maestro Voltaire.

 

Durante las primeras deliberaciones de la Asamblea Nacional en París, Francia, en 1789, al principio de la Revolución Francesa, los delegados representando a la iglesia, la nobleza y el comercio, quienes apoyaban a la monarquía, fueron fortuitamente sentados a la derecha del presidente de la Asamblea, mientras aquellos que apoyaban a la Revolución se sentaron a la izquierda del presidente.

 

De ahí surge el concepto de la izquierda. Claro, cuando comenzaron los excesos del Terror con los Jacobinos, y Dantón, Marat y Robespierre llevaron a la guillotina a miles de inocentes, la izquierda, identificada con los elementos más “progresistas” de la sociedad, quedó también marcada para siempre por métodos terroristas para lograr y mantener el poder.

 

La izquierda tuvo hasta la mala suerte de ser identificada, desde tiempos bíblicos, con el infierno y el diablo. En un evangelio de Mateo (25:31-46), se dice esto de la izquierda: “Entonces él [Jesús] les dirá también a los de su izquierda [énfasis mío]: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”. 

 

Pero lejos de sucumbir, sucedió todo lo contrario: la izquierda se fortaleció más y más hasta que en el siglo 19 apareció Karl Marx. Pero antes de Marx, durante la Revolución Francesa surgieron especialmente dos figuras que ligaron a la izquierda con el socialismo desde entonces. Primero, Francois Noel Babeuf, un propagandista y panfletero semi-profesional quien durante la Revolución estuvo muy involucrado con la llamada “Conspiración de los Iguales”, la cual trató de derrocar al gobierno del Directorio en 1796. Babeuf fue arrestado y ejecutado después de un breve juicio en agosto de 1796.

 

Pero algunas de las ideas que promulgó quedaron tan vivas en la memoria de la izquierda contemporánea que pocos años después un “socialista” inglés llamado Goodwin Barmby, a quien se le atribuye haber inventado el término “comunista”, se identificó como “discípulo de Babeuf”. Babeuf fue unos de los primeros en predicar la redistribución de la riqueza y, más importante, de proponer y promulgar (lo cual le costó la vida mas que sus otras actividades sediciosas en 1796), el uso del terror como elemento de control político.  Según Babeuf, mucha sangre tenía que ser derramada para que la “revolución” triunfara. En el “Manifiesto de los Iguales”, escrito por otro de los miembros de la conspiración, Sylvain Marechal, Babeuf predijo que la Revolución Francesa había sido una precursora de otra revolución por venir que sería mucho mas grande y solemne, y sería la última revolución. Una buena profecía de la Revolución Bolchevique 120 años mas tarde. 

 

Claude-Henri de Rouvroy, Conde de Saint-Simon, llegó a la Revolución Francesa un poco tarde, después de pelear con distinción en la Revolución Americana. Durante el Terror, en 1793-94, fue arrestado por ser noble y asombrosamente escapó de la guillotina.  Quedó impresionado por sus experiencias y siempre se opuso a la violencia de que fue testigo y casi le cuesta la vida.  En 1802, comenzó a escribir una serie de libros en los que delineó una filosofía claramente identificada con los principios socialistas mas conocidos desde entonces, tales como la prédica de una sociedad sin clases gobernada por una élite de tecnócratas guiada por principios científicos que proveería trabajo justo para todos y ofrecería recompensas basadas en  méritos.

 

Se le considera el primer propulsor de la economía planificada, y después de su muerte sus discípulos juntaron sus ideas en la llamada “Doctrina de Saint-Simon”,  precursora del estado de bienestar  y considerada la primera exposición sistemática del socialismo industrial. Como se puede ver claramente, muchas de éstas ideas fueron adoptadas por Marx años después en el Manifiesto Comunista.

 

Pero los  principios no violentos de Saint-Simon dieron también lugar al movimiento socialdemócrata (léase socialismo europeo moderno) y a reformas sociales de la iglesia católica. En realidad, se puede resumir su influencia como pionera de los movimientos conocidos en conjunto como socialismo utópico, en los cuales fueron también muy importantes el filósofo francés Charles Fourier, y sobre todo el escocés Robert Owen, quien después de ganar una fortuna en sus plantas textileras de Escocia se trasladó a EEUU, y en el nuevo estado de Indiana fundó la primera comunidad  “perfecta”, llamada Nueva Armonía. Después de pocos años fracasó, como todas las demás que la siguieron, incluyendo la comunidad comunista La Reunión, fundada por Fourier cerca de la presente Dallas, Texas.

 

Desde el fin de las guerras napoleónicas y durante el resto del siglo 18, los movimientos socialistas fueron creciendo y fortaleciéndose. Durante el “año revolucionario” de 1848, cuando coincidentemente se publicó el Manifiesto Comunista por Marx y Engels, se produjeron varias revoluciones en Europa que tuvieron raíces socialistas, pero todas fueron aplastadas. Y varios filósofos alemanes románticos del siglo 19, además de Kant y sobre todo Hegel, fueron muy influyentes en el desarrollo de las ideas y doctrinas finalmente promulgadas por Marx.

 

Las diversas corrientes del movimiento anarquista (Kropotkin, Proudhon, Bakunin) también pertenecen enteramente a la Izquierda Eterna, a pesar de su total oposición al estado en cualquier forma. Fueron importantes y numerosas en las dos últimas décadas del siglo 19 y las dos primeras del siglo 20, y causaron estragos con su terrorismo de la “propaganda por el acto”. Pero se eclipsaron rápidamente, principalmente cuando sus líderes se dieron cuenta que la naturaleza del movimiento en sí nunca les permitiría alcanzar el poder (además, negaban siquiera querer conquistar el poder).

 

Mas como esto no es un estudio del socialismo, sino de lo que yo he llamado la Izquierda Eterna, que incluye a todos los movimientos socialistas, solo mencionaremos brevemente otro episodio más antes de llegar a Marx y Engels y pasar a la mal llamada Derecha. Me refiero a la Comuna de París, la primera vez que un movimiento de izquierda logró brevemente tomar y mantener el poder en París, aunque nunca se extendió al resto de Francia. La Comuna surgió después del sitio de París al final de la guerra franco-prusiana de 1870 y duró malamente dos meses, de marzo a mayo de 1871. 

 

Las medidas adoptadas por el gobierno de la Comuna son una amalgama de radicalismo anticlerical, progresismo-socialismo y nostalgia por la Revolución Francesa. Se adoptó el calendario de la Revolución y la bandera roja del socialismo, y se promulgó la separación de la iglesia y el estado, la remisión de rentas (quizás la medida mas radical y significativa, además de la más popular), la abolición del trabajo de noche en las panaderías de París, se pospusieron las deudas comerciales, se obligó a las casas de empeño a devolver herramientas y utensilios caseros valuados en menos de 20 francos a los trabajadores, y se otorgó el derecho a los trabajadores de posesionarse de empresas abandonadas por el dueño, pero se reconoció el derecho de compensación al dueño legal.

 

Nada del otro mundo, pero solo estuvieron dos meses en el poder. Sus dos errores colosales fueron no atacar y destruir las fuerzas de la oposición, concentradas en Versalles, a poco más de 20 millas de París, cuando estaban desorganizadas y mal dirigidas, y no se apoderaron del oro del Banco Nacional. Además, cuando se vieron perdidos, sus dirigentes ordenaron quemar París. Típico de las izquierdas: cuando no pueden ganar o no se pueden mantener en el poder, su tendencia es destruirlo todo.

 

Por eso, en gran parte, el final de la Comuna fue sangriento. Entre 20,000 y 40,000 comuneros fueron ejecutados en los meses después de su derrota. Pero hizo famoso a Karl Marx, hasta entonces un imperceptible zángano refugiado en los salones de lectura del Museo Británico. Marx escribió un panfleto titulado “La Guerra Civil en Francia”, que se considera tan influyente como el mismo Manifiesto Comunista, y desde la publicación del panfleto, Marx se convirtió de momento en el “Doctor Rojo del Terrorismo”.  Creó la leyenda heroica de los mártires del socialismo, y a pesar de que su nueva influencia causó divisiones en la primera Internacional Socialista, el número de sucursales de la Internacional aumentó a través de Europa. 

 

El conquistador de la Comuna, Adolph Thiers, proclamó anticipada y tontamente que “hemos salvado a Francia del anarquismo y nos hemos deshecho del socialismo”. No pudo equivocarse más. Marx mientras tanto predijo, con mas certeza, que “los trabajadores de París y la Comuna serán para siempre alabados como los heraldos de una nueva sociedad”.

 

De cumplir esa predicción se ocupó un ruso nacido en Siberia un año antes de la Comuna. Su nombre: Vladimir Ilich Ulianov, mas conocido por Lenin. Pero vamos ahora a Marx y al movimiento socialista internacional. Sin describir en detalle su desenvolvimiento, hay que destacar que aunque el Manifiesto Comunista no se hizo famoso en su tiempo (ni tampoco Marx), y aunque en verdad fue principalmente escrito por Friedrich Engels, el más íntimo colaborador y sustento económico de Marx casi toda su vida, el Manifiesto fue la Biblia de la nueva religión atea del comunismo, de la cual Marx fue su profeta. Como tracto político y panfleto propagandístico, el Manifiesto fue extraordinariamente efectivo. Sus frases y consignas sirvieron para inspirar a miles de “camaradas” en años por venir. Pero es todo una gran farsa y su contenido es una grotesca estupidez que puede ser destruido fácilmente usando la lógica del método socrático.

 

Pero ¿quien fue Marx?  Fue un judío renegado y un fracasado toda su vida. Un hombre que casi nunca trabajó (solo brevemente de corresponsal del New York Tribune en 1851, en la única profesión en que sirvió para algo), un verdadero parásito social que se dedicó a leer  y a escribir -bastante mal, por cierto- una buena parte de su vida, que vivió siempre de su familia y de los favores de Engels. Un hombre lleno de un odio feroz hacia todo el prójimo, un abusador de mujeres y de sus hijas, un racista abyecto, no solo hacia los negros (especialmente su yerno Pablo Lafargue -cubano- a quien llamaba a sus espaldas, “el negro de mierda”) sino hacia los judíos -sus ancestros. Un hombre moralmente reprensible, extraordinariamente sucio, un pésimo analista, plagiador y falsificador de la misma evidencia histórica que pasó la vida estudiando.

 

Y finalmente, un equivocado y un farsante. Todas y cada una de sus predicciones, su gran estafa de teoría “científica” -el mayor atractivo que siempre tuvo la doctrina comunista- y su vida entera, fueron un fracaso absoluto. Ni siquiera terminó de escribir su Magnum Opus, “El Capital”, un trabajo tan denso y sin sentido que casi nadie en la historia lo ha leído. Ni él mismo, pues solo terminó la mitad del primer tomo, o sea, nunca se leyó la obra completa. Pero esa maldita doctrina, cuando fue llevada a la práctica por Lenin en Rusia, terminó costando más de 100 millones de muertos a la humanidad. Y después de  Mahoma, otro demente depravado, ninguna doctrina ha tenido más seguidores en la historia, ni ha causado tanto daño a la humanidad.

 

Lenin estudió muy bien el panfleto de Marx “La Guerra Civil en Francia”. Se lo sabía de memoria, adoraba a sus “mártires” y su heroísmo, analizó sus éxitos y criticó sus errores, los cuales comparó con los errores de la abortada revolución de 1905 en Rusia. Pero se aprendió sus lecciones. Muy bien. En un artículo escrito en 1908, escribió” “El proletariado se quedó a la mitad; en lugar de expropiar a los expropiadores, se dejaron llevar por sueños de establecer la justicia suprema en el país… instituciones como el Banco no fueron incautadas… El segundo error fue su magnanimidad; en lugar de aniquilar a sus enemigos, trataron de influenciarlos moralmente…”. 

 

Lenin no repitió esos errores en 1917.  Todo lo contrario, ya que lo primero que hizo al tomar el poder fue establecer la Checa al mando del sanguinario y fanático polaco Feliks Dzerzhinsky y comenzar un reino de terror en Rusia que duró 74 años. Y por supuesto, se apoderó de toda la propiedad privada en el país lo antes que pudo. (El Manifiesto Comunista,  dice que lo primero que el gobierno debe hacer después de tomar el poder, es abolir la propiedad privada). De manera que el hombre que puso en práctica las doctrinas de Marx supo bien como implementar los principios básicos de todos los movimientos socialistas, los denominadores comunes de la Izquierda Eterna. 

 

¿Cuales son esos principios en común?  La supresión de las libertades individuales. La supremacía de la sociedad sobre el individuo. Un gobierno controlado por una élite de “expertos”.  El establecimiento del Bien Común y la Justicia Social (un paraíso terrenal).  Una economía centralizada, planeada y controlada por el gobierno.  El terror como instrumento para mantener el poder.  El establecimiento de una sola clase social, la de los trabajadores, con la consecuente eliminación de todas las demás clases. La igualdad social y económica.  La eliminación de la religión organizada y la secularización total de la sociedad. La razón como instrumento para el avance, el progreso y el beneficio de la humanidad. 

 

Dudo que nadie que se considere de la izquierda tenga ninguna objeción a estos principios enumerados y comunes de la Izquierda Eterna. Excepto uno. Objetarán violentamente contra el uso del terror como arma de control social. Sobre todo los que se consideren “socialdemócratas” (léase socialistas). Pero la razón por qué los “socialdemócratas” objetan con ser identificados como defensores del terror político es simplemente que no han alcanzado ese poder. Las limitaciones que la “democracia” electiva en países europeos, sobre todo en los países escandinavos, donde la “socialdemocracia” es más antigua, no permite a los socialistas alcanzar el poder absoluto para establecer el terror  y afianzarse permanentemente en el poder.

 

Si lograran ese poder absoluto, entonces veríamos muy claro como lo primero que harían sería crear el terror y reprimir a la oposición. En todos los países donde esto ha sucedido, todos y cada uno de esos gobiernos “absolutos” han creado aparatos de control terrorista para conservar el poder. Véanse los casos del gobierno del Frente Popular en España en 1936, de Portugal después del derrocamiento de la dictadura Salazar-Caetano en 1974, y mas recientemente, por supuesto, los casos de Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, donde en mayores o menores categorías, y aunque todos todavía están en trancisión,  impera, o al menos está presente, el terror como medida de control social.

 

No importa cuanto lo nieguen, en resumidas cuentas lo anhelan, pues para la Izquierda Eterna, el fin justifica los medios. Y saben muy bien que únicamente por la fuerza pueden lograr imponer el “paraíso terrenal” que desean sobre sus conciudadanos. Recuerden bien que ellos saben qué es lo mejor para todos nosotros. Aunque eso “mejor” signifique destruir a los que preferimos la libertad por sobre ese falso paraíso.

 

Ahora vamos a la Derecha Que Nunca Exitió. Durante y después de la Revolución Francesa, la Derecha fue identificada con la monarquía. Al final de las guerras napoleónicas, a pesar de la restitución de algunas monarquías, se unió a la aristocracia a esa identificación con la Derecha. A los que deseaban regresar al pasado les llamaron “reaccionarios”, pero esa “reacción” no era más que la oposición a la Izquierda Eterna.

 

Más adelante, como resultado de la Revolución Industrial en Gran Bretaña, los empresarios industriales y comerciales británicos, y luego europeos, fueron incorporados a la Derecha. Finalmente, después del Manifiesto Comunista, ese término inventado por Marx para descalificar al sistema de empresa privada que, según su arbitraria pero “científica” doctrina, estaba condenado al “basurero de la historia”, el Capitalismo, se convirtió en el mayor exponente y representante de la Derecha. 

 

Pero ¿que características compartidas tienen todas estas “Derechas” mencionadas?  Absolutamente ninguna. ¿Tiene ideología la “Derecha”, aún si incluimos al “Capitalismo”? Claro que no. El Liberalismo Clásico y el movimiento conservador  moderno, sobre todo en EEUU, SÍ tienen ideologías muy bien definidas. Pero la Izquierda Eterna raramente ha considerado a los liberales clásicos como miembros de la Derecha, mucho menos como enemigos de la Izquierda Eterna, aunque de hecho lo fueron por largo tiempo.

 

Los conservadores son otro tema, pero como este es un movimiento más reciente y más localizado -principalmente en EEUU- solo en el último medio siglo ha sido identificado como Derecha. El Liberalismo Clásico, lamentablemente, ha ido perdiendo su fortaleza.  Y por una buena razón. Siempre los liberales clásicos han tenido una ambivalencia en su contexto filosófico: ¿como lograr el balance entre la libertad individual y el Bien Común?  En las últimas décadas, la inclinación hacia el Bien Común ha diezmado a los liberales clásicos, y por eso no solo han perdido fuerza política, sino también se les ha dislocado el compás moral. Nunca debe haber duda sobre cual de esos dos principios es el más importante. La libertad siempre debe anteponerse a todo lo demás, unida a su compañera inseparable, la justicia. 

 

Lo que la Derecha sí es y siempre ha sido, aunque no se puede caracterizar como un movimiento definido como la Izquierda Eterna, es la enemiga de la Izquierda, la oposición. Es decir, todos los que se oponen a la Izquierda Eterna y sus políticas colectivistas y totalitarias, son entonces agrupados como la “Derecha” por el simple hecho que significan la oposición a la Izquierda Eterna. Pero eso de ninguna manera define a una Derecha de la manera que la Izquierda Eterna puede ser definida.

 

Mas hubo un momento histórico en que se identificó muy definitivamente a la Derecha como enemiga mortal de las “izquierdas progresistas” (cuando aquello, la Internacional Comunista había adoptado las políticas del llamado “Camino de Yenán”, las cuales unían a todas las izquierdas mundiales en Frentes Populares, para conseguir el poder mediante elecciones).

 

Durantes los años 1930s surgieron dos movimientos en Europa que hostigaron a las izquierdas y pusieron en peligro hasta a la misma “Madre Patria” comunista en Rusia.  Me refiero al Fascismo de Benito Mussolini en Italia y al Nazismo de Adolph Hitler en Alemania.  La feroz oposición a estos dos movimientos fue no sólo como el comunismo internacional y todos los movimientos izquierdistas del mundo lograron sobrevivir, sino que florecieron.

 

Solo hay un problema. Ni el Fascismo ni el Nazismo pueden remotamente ser considerados ni descritos como movimientos de derecha. De oposición al comunismo internacional, por supuesto. De enemigos mortales de Rusia comunista, también. Pero de Derechas, nunca. ¿Por qué no?  El Fascismo de Mussolini fue un movimiento totalmente de izquierda; mas todavía, fue un movimiento socialista en toda la extensión de la palabra. El hecho que Mussolini por un corto tiempo haya hecho a los trenes italianos puntuales nada tiene que ver con “derechas”, pero si mucho con eficiencia autoritaria.

 

Mussolini, en sí, comenzó su carrera como un marxista convencido (quizás nunca lo dejó de ser).  Su padre fue primero un herrero anarquista y luego un socialista revolucionario, y su hijo aprendió bien esas enseñanzas. Durante un corto exilio en Suiza para evitar el servicio militar obligatorio en Italia, Mussolini conoció a Lenin y compartió con conocidos marxistas como Angelica Balabanoff, y a su regreso a Italia se unió al incipiente partido socialista italiano y publicó por un tiempo un periódico socialista en Trento, entonces parte del imperio austro-húngaro. Después de cumplir cinco meses de prisión por actividades sediciosas en 1911, fue aclamado como Il Duce (El Líder) del ala extrema de los socialistas italianos (después, claro, se convirtió en Il Duce del partido fascista italiano).  

 

Al comenzar la Primera Guerra Mundial, primero se opuso a ella, pero más tarde apoyó por oportunismo la entrada de Italia en la guerra, y por eso fue expulsado del partido socialista. Pero nunca dejó de serlo, y las políticas de su partido fascista simplemente adoptaron algunas modificaciones de principios socialistas básicos, tales como el corporativismo y el nacionalismo.

 

Todos los principios que identifico arriba como comunes de la Izquierda Eterna estaban presentes en el Movimiento Fascista. Menos uno: la enemistad hacia el comunismo. Pero eso fue temporal y estrictamente táctico. Para consolidar su régimen, necesitaba controlar o acabar con los socialistas, porque en ese caso, eran sus enemigos. Pero nunca por estar opuesto a su ideología. Cuando fue expulsado del partido socialista en 1912, lo último que escribió al renunciar como editor del periódico Avanti! fue: “Soy y siempre seré un socialista. Llevo el socialismo en la sangre y mis convicciones nunca cambiarán”.

 

Para los que no recuerdan, el nombre del partido Nazi era Partido Nacional Socialista de Alemania. ¿Hace falta decir más? El principio básico del partido Nazi, co-escrito por Hitler y Antón Drexler en 1920, declara que “el bien común tiene que ser puesto antes que el interés particular”. Y el ideólogo nazi Gregor Strasser lo puso muy claro: “Somos socialistas. Somos enemigos mortales del sistema económico capitalista”. Hitler nunca lo contradijo y el programa económico Nazi expuesto en Main Kampf es definitivamente socialista, como quiera que se analice.

 

De manera que todos los principios de la Izquierda Eterna estaban presentes en la Alemania Nazi. Si, es verdad que permitió algunas empresas privadas. También las permitió Lenin cuando en 1921 se vio obligado a adoptar la Nueva Política Económica (NEP) para la supervivencia del régimen bolchevique. Hitler permitió algunas empresas privadas, igualmente por conveniencia y porque colaboraron con su régimen. Eran “socios” en la economía, la cual de todos modos estaba centralizada (recuérdense los planes de cinco años de Goering) pero nunca fueron socios en el poder.

 

El gran economista liberal clásico y ganador del premio Nóbel en economía de 1974, Friedrich von Hayek, tiene un capítulo en su gran libro “El camino a la servidumbre” titulado “Las raíces socialistas del Nazismo”, donde escribe: “[El Nazismo] es simplemente el colectivismo liberado de toda traza de individualismo tradicional”. Hayek también señala la enorme influencia de muchos filósofos alemanes y de otras nacionalidades en la ideología nazi, todos y cada uno de los cuales odiaban el individualismo intensamente. 

 

Elementos nacionalistas y racistas del nazismo, aunque no son usualmente parte de la Izquierda, tampoco están reñidos con ella. Finalmente, Hitler mismo estuvo muy influenciado por la “economía de guerra” implantada en Alemania al final de la Primera Guerra Mundial por el dictador militar General Erich Ludendorff, en lo que fue el primer sistema socialista totalitario de la historia (anterior al régimen bolchevique en Rusia). Y hasta su odio a los comunistas tiene raíces en su racismo y antisemitismo, pues consideraba a los comunistas como parte de la conspiración judía para dominar el mundo.

 

Pero siempre admiró las tácticas terroristas y el totalitarismo de Stalin. De manera que en esto no hay muchas dudas. Y de la misma manera, tampoco hay muchas dudas de que la Derecha, como percibida por dos siglos, nunca existió. Ahora se le puede llamar Derecha a la oposición a medidas colectivistas de cualquier gobierno, incluyendo lamentablemente el presente de EEUU, pero en realidad, más que derecha, esa oposición es la defensa de la libertad y la justicia.  Si eso es ser Derecha, entonces bienvenido sea el término. 

 

De todas maneras seguimos envueltos en un combate hasta la muerte entre dos cosmovisiones totalmente opuestas: la libertad del individuo contra la opresión del grupo social. Estamos viendo con nuestros propios ojos como la agonía final del socialismo se despliega en Europa. Hoy en Grecia, mañana probablemente en España, Portugal e Italia.  El socialismo, bajo cualquier adjetivo calificativo -y la “democracia social” europea era la “corona magna” del socialismo mundial, de la Izquierda Eterna- ha fracasado siempre en todo lugar donde se ha implementado.

 

Ahora esa otrora exitosa y alabada democracia social europea se derrumba también, después de años de permanencia “artificial” en el poder. (Gracias, principalmente, a la protección militar de EEUU, que salvó a Europa de ser conquistada por el comunismo y eso permitió a los gobiernos europeos gastar una enormidad de su producto nacional en establecer el “estado de bienestar”). Aquí en EEUU le queda poco al presente régimen “inepto-colectivista” que nos mal gobierna. En noviembre, 2010, se acaba la fiesta y reconquistamos la libertad.

 

Pero que nadie se engañe: el vampiro que es la Izquierda Eterna nunca muere. Siempre los que defendemos la libertad y la justicia estaremos en guerra contra esas ideas básicamente antihumanas. La Izquierda Eterna representa ideas no solo antihumanas, sino que como pretende establecer el Paraíso Terrenal en nuestro mundo, es una Utopía, y por consiguiente, una Eterna Herejía también. Como todas  las doctrinas utópicas, está siempre condenada al fracaso, por  la sencilla razón que són una ofensa contra Dios. 

 

Pero como nunca mueren, por ser ideas, y tampoco se pueden destruir, hay que estar en guardia permanente contra ellas. Mas al final, algún día, la libertad y la justicia triunfarán para siempre sobre esa Izquierda Eterna, tal como el Infierno está condenado a nunca prevalecer ante las puertas del Cielo. Pero mientras ese feliz final llegue, la Izquierda Eterna es -y ha sido desde que nació- como dijo el presidente Ronald Reagan de la desaparecida Unión Soviética, el foco del Mal en el mundo.

 

Uno de los mejores epitafios sobre la Comuna de París fue escrito por el gran pintor francés Auguste Renoir, quien milagrosamente escapó con vida de los comuneros.  Pero a la vez, ilustra la inmortalidad de la idea socialista.  Escribió Renoir: “Estaban todos locos [los comuneros]; pero tenían en ellos esa pequeña llama que nunca muere”. Exactamente.

 

Finalmente, algunas definiciones útiles del socialismo. El conocido escritor cubano-argentino Armando Ribas lo define así: “El socialismo se forja en la envidia, se administra con hipocresía, genera la pobreza y destruye la riqueza”. El gran estadista inglés Sir Winston Churchill, lo describe así: “El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo de la ignorancia, y la prédica de la envidia. Su defecto inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.

 

Y yo lo defino así: “El socialismo es la búsqueda y mantenimiento del poder por cualquier medio para establecer un paraíso terrenal sin Dios, donde reina la igualdad y la conformidad y se vive feliz eternamente sin libertad, bajo el yugo de un despotismo ejercido por una élite ilustrada que sabe lo que es mejor para todos”.