Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

LA GUERRA QUE NADIE QUERÍA:

UNA NUEVA INTERPRETACIÓN DE LA GUERRA HISPANO-AMERICANA ( I I )

 

En realidad, no hubo nunca una declaración de guerra por parte del Congreso.  Lo que se produjo, después de varios días de discusiones acaloradas, sobre todo en el Senado, fue una Resolución Conjunta que autorizaba al presidente a utilizar la fuerza para pacificar a Cuba.

 

(Por cierto, para influenciar al Congreso, Estrada Palma arregló la emisión de $2 millones en bonos al 6% pagaderos por la futura república. Los bonos se emitieron y se descontaron al 50% inmediatamente, pero $1 millón posiblemente se repartió a varios congresistas y senadores para que votaran por la Enmienda Teller y por la Resolución.  En 1912, la República de Cuba redimió los bonos al par, $2 millones).

 

No se reconoció al gobierno cubano, y solo se mencionó la independencia de Cuba en la Resolución Conjunta (“Que el pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”). Pero un declaración del Congreso no tiene peso legal (solamente las leyes aprobadas por el Congreso las tienen), y a McKinley ni se le autorizó a otorgarle la independencia a Cuba, ni mucho menos se le ordenó.

 

De manera que estas famosas y resonantes palabras de la Declaración Conjunta, que tantos cubanos han alabado desde entonces por su altruismo y por sus buenas intenciones, solo fueron simbólicas, solo fueron palabras.

 

La Enmienda Teller vale la pena citarla en parte, porque aunque rechazaba toda intención de ejercer “soberanía, jurisdicción o control sobre Cuba excepto para su pacificación… y cuando esto sea logrado, dejar el control de la isla a su pueblo”, esa terminología era tan flexible que hubiera permitido a EEUU permanecer en Cuba indefinidamente, hasta que el gobierno decidiera (o no) abandonar la isla).

 

Pero las razones legales aducidas para NO reconocer al gobierno cubano o la independencia de Cuba son muy importantes, sobre todo para el futuro de las relaciones entre los dos países. 

 

Citando varios expertos en derecho internacional, el Secretario de Estado William Day y el Fiscal General Anthony Griggs, quienes escribieron el mensaje de McKinley al Congreso, Estados Unidos no debía reconocer ni la independencia de Cuba ni la República de Cuba, en parte porque esto le daría a EEUU el derecho de mantener a Cuba en “trust” hasta que se consiguiera la paz (ver la Enmienda Teller arriba), se estableciera un gobierno y se sellaran las futuras relaciones (entre Cuba y EEUU) con un tratado. Un reconocimiento prematuro evitaría “los medios de dictar la paz y controlar la organización de un gobierno independiente en Cuba”. 

 

Esto fue exactamente lo que ocurrió, incluyendo la futura Enmienda Platt. Esta es la parte mejor redactada, más coherente y más interesante del mensaje. El resto, especialmente las conclusiones, es contradictorio, su lógica es defectuosa y sus argumentos no son convincentes.

 

La intervención para pacificar a Cuba por razones humanitarias es completamente inválida y sin bases en el derecho internacional -ninguna nación tiene derecho a invadir a otra, ni para pacificarla ni por humanitarismo. Pero esa fue la razón principal de la intervención militar y esa razón, por inválida que fuera, fue perfectamente aceptable y satisfactoria para el pueblo americano.

 

Estas fueron las conclusiones de muchos líderes republicanos, incluyendo miembros del gabinete de McKinley, al igual que de la comunidad diplomática en Washington, la que a pesar de eso básicamente respaldó el mensaje del presidente. Pero, claramente, la decisión de McKinley de no reconocer la independencia o la República de Cuba, sentó las bases para que Estados Unidos se involucrara en el futuro en la política interna de la nueva república cubana, y para el posible establecimiento de un protectorado en Cuba, de acuerdo con un prominente historiador de la guerra (John Offner, The Unwanted War, p.193). 

 

La independencia de Cuba fue el resultado final de la guerra, pero muchos todavía piensan que de hecho Cuba SI fue un protectorado americano por mucho tiempo, para no mencionar lo que algunos autores castristas consideran como una república “mediatizada”. 

 

La intervención basada en razones humanitarias tuvo fatídicas consecuencias para el futuro de la política externa de Estados Unidos.  Esas razones fueron utilizadas en poco tiempo para intervenir en México, el Caribe, Centro América y hasta para entrar en la Primera Guerra Mundial, quizás el crimen más injustificado cometido en la historia americana.  Todavía hoy en día se siguen aduciendo, como en el reciente caso de Libia.  Es un principio nocivo que nunca debió haber sido promulgado. Las relaciones externas y la política de una nación deben ser guiadas por la moral, pero nunca supeditas a ninguna moralidad.  El principio que debe siempre prevalecer es el interés nacional.

 

La verdad es que Estados Unidos no tenía ningún derecho para intervenir en Cuba.  Lo hizo porque quiso y porque pudo, pero no por razones legales.  El humanitarismo no es una base legal para intervenir en ningún país, no importa las barbaries que se quieran evitar.  Mejor decir que la fuerza otorga el derecho.  Eso lo entienden todas las naciones aunque no lo admitan y muchas veces no lo acepten.

 

Es más, había otras bases legales que McKinley podía haber citado. Estados Unidos podía reconocer a la República de Cuba, otorgarle derechos de beligerante -existía, en definitiva un estado de guerra entre España y los cubanos insurrectos- y firmar un tratado de alianza para intervenir en Cuba. Eso hubiera ofrecido no solo bases legales sólidas para intervenir, sino también mejores posibilidades para las futuras relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

 

Hasta para los efectos de poder influenciar el futuro de Cuba, esto hubiera sido más efectivo, ya que como aliado, Estados Unidos podía tener más control y más influencia sobre futuros gobiernos republicanos en Cuba. Pero como las razones humanitarias ya venían siendo utilizadas desde la administración de Cleveland y contaban con amplio apoyo popular, y como McKinley se oponía a reconocer a la República de Cuba y a otorgarle derechos beligerantes a la Junta Cubana (ni siquiera hubo cooperación con la Junta una vez comenzada la guerra), el humanitarismo terminó siendo la base para la intervención.

 

La Resolución Conjunta se produjo en abril. ¿Qué pasó inmediatamente? Resultó que a pesar de meses previendo la guerra, Estados Unidos no estaba preparado para pelear.  Su Marina de guerra si lo estaba, y actuó de inmediato, gracias a la audacia del subsecretario de la Marina y próximo presidente Theodore Roosevelt.

 

Pero no en Cuba, sino en las Filipinas. Aprovechando que el secretario de la Marina John Long se había tomado unas cortas vacaciones, Roosevelt ordenó a la Flota del Pacífico, bajo el comando del almirante George Dewey, que se moviera hacia las Filipinas desde su base en Hong Kong. Por eso Dewey estaba listo para atacar Manila una semana después de la Resolución Conjunta por el congreso el 19 de abril. El ataque fue exitoso y Dewey se convirtió en el primer héroe de la guerra. 

 

Pero con referencia a Cuba, McKinley ordenó un bloqueo naval el 21 de abril. Ese mismo día, España rompió sus relaciones con EEUU y la guerra comenzó de jure, si no de facto. El estado de preparación del ejército americano era deplorable. A principios de abril, el ejército americano contaba con 2,143 oficiales y 20,040 soldados.

 

Al día siguiente de la declaración de guerra, el 20 de abril, el presidente McKinley se reunió con los Secretarios de la Guerra y de la Marina y con los jefes de la Marina y Ejército para planear el ataque contra Cuba. El general Nelson Miles, jefe del ejército, le informó al presidente que el ejército no estaría listo para ninguna acción contra Cuba por dos meses.

 

Eso demoraría cualquier ataque contra la Isla hasta la temporada de lluvias que comenzaba en mayo, una pesadilla logística y sanitaria.  Miles propuso un bloqueo naval y demorar la invasión a Cuba hasta el otoño. McKinley estuvo de acuerdo.  Se escogió –correctamente- Cabo Tunas, a 70 millas de Cienfuegos, en la costa sur, para desembarcar a 6,000 tropas comandadas por el general William Shafter, las cuales tendrían el apoyo de Máximo Gómez, que se encontraba en Las Villas entonces. Pero cuando se supo que la flota española bajo el almirante Pascual Cervera había zarpado desde las Islas Cabo Verde con destino a Cuba o Puerto Rico, el desembarco por Cabo Tunas fue cancelado. 

 

El gran triunfo de Dewey en Manila envalentonó a McKinley, y el 2 de mayo se reunió de nuevo con los jefes militares para pedir una invasión de Cuba inmediatamente. Miles seguía protestando que el ejército no estaba listo, pero finalmente consintió a una invasión en tres o cuatro semanas, en plena temporada de lluvias.

 

Esta vez se escogió desembarcar un ejército de 40,000 a 50,000 soldados por el puerto de Mariel, en la costa noroeste de Cuba. Si el ejército no estaba preparado para desembarcar 6,000 hombres en Cabo Tunas (los cual no existían en mayo de 1898) ¿cómo era posible ni siquiera considerar desembarcar casi diez veces más tropas en tres o cuatro semanas?

 

Pero los planes continuaron, y Tampa fue seleccionada como punto de partida de los invasores americanos. El caos que reinó en la pequeña ciudad del oeste de la Florida fue gigantesco durante casi dos meses, ya que no existían las facilidades para embarcar un ejército de la envergadura que se planeaba.

 

De todos modos, cuando al fin se confirmó que la flota de Cervera había entrado en Santiago de Cuba, los planes cambiaron otra vez el 25 de mayo. Ahora el desembarco sería en el sur de Oriente, para tomar a Santiago, cuyo puerto ya estaba bloqueado, evitando que Cervera y su flota participaran en las operaciones. Evitando también que la guarnición de Santiago fuera reforzada, excepto por tierra.

 

Además, se podía contar con las tropas cubanas de Calixto García, Jesús Rabí y otros generales. Para asegurar la ayuda del general García, se envió al teniente del ejército Andrew Rowan con el famoso “mensaje a García”, que fue simplemente para notificar al general cubano sobre el desembarco al sur de Oriente y para pedirle su asistencia. Se reunieron el 1 de mayo y García, después de informar a Rowan sobre la situación militar en la provincia y proporcionarle mapas y algunos oficiales que lo acompañaron a Washington, esperó ansiosamente el próximo desembarco. 

 

Calixto García se reunió con un grupo de militares americanos, incluyendo el general al mando del ejército, Shafter, y el almirante a cargo de la Marina, William Sampson, quienes habían desembarcado en Aserraderos, a 18 millas de Daiquirí,  en la tarde del 20 de junio. 

 

García recomendó el desembarco por Daiquirí, que se fijó para el 22 de junio. Shafter, quien pesaba más de 300 libras y estaba casi postrado por el calor y un ataque de gota, tuvo que ser cargado desde el bote a tierra por cuatro soldados (después del desembarco de todas las tropas, tenía que ser llevado a cada reunión en el campo de batalla acostado sobre una puerta y cargado por dos mulas).

 

Esa reunión fue importante, pero por razones ajenas a las operaciones militares o a la asistencia de las tropas cubanas en el desembarco. Esta fue la primera vez que las tropas americanas tuvieron contacto con las cubanas y la reacción de los americanos (hasta de Theodore Roosevelt, quien los conoció días después, y quien no era un hombre prejuiciado) fue extraordinaria.

 

Sorprendidos desagradablemente por la apariencia de los cubanos, vestidos de harapos y casi todos sin zapatos y mal armados, y mucho peor, casi todos negros, los americanos, especialmente los oficiales, muchos de ellos sureños, quedaron consternados.

 

Más que eso, dejaron que sus prejuicios, raciales y demás, dominaran sus relaciones con los cubanos, con el resultado de que, con pocas excepciones, los americanos decidieron que las tropas cubanas eran inservibles para pelear contra los soldados españoles.

 

¡Como si los rebeldes cubanos no hubieran mantenido a raya a un ejército español de 250,000 soldados profesionales (no voluntarios, como eran casi todas las tropas americanas) por más de tres meses!

 

Para el disgusto y humillación de Calixto García y las tropas cubanas, ni siquiera se les permitió entrar en Santiago y aceptar -o al menos compartir- la rendición de los españoles, después de una lucha de más de treinta años por lograr la derrota española en Cuba.

 

El resultado fue que, generalmente, los soldados cubanos fueron utilizados como guías y hasta como aguadores, es decir, como bestias de carga. Naturalmente, los cubanos quedaron ofendidos, y su participación en las acciones militares fue poca y no decisiva.

 

Pero cuando fueron necesitados y cuando se les permitió pelear al lado de los americanos, lo hicieron con valor y efectividad. Eventualmente, varios oficiales y soldados americanos, incluyendo a Roosevelt, llegaron a admirarlos como soldados. Pero no Shafter ni Sampson.  Ni tampoco los que vinieron después que la guerra se había ganado, ni las tropas de ocupación, ni los jefes como Leonard Wood. 

 

En general, los militares americanos menospreciaron a los cubanos como soldados, y esa actitud se transmitió al pueblo cubano y a sus líderes. Hasta que casi todos los cubanos fueron considerados por los altos funcionarios en Washington como personas incapaces de gobernarse así mismos. Esa actitud también se transmitió al público americano en pocos meses, y muy pronto muchos de aquellos que clamaban por la independencia para Cuba en 1898, en 1899 preferían anexar a la isla. Entre estos no estaban incluidos ni McKinley ni Theodore Roosevelt, quien asumió la presidencia después del asesinato de McKinley en septiembre de 1901. Pero su número crecía continuamente hasta que la independencia llegó -quizás justo a tiempo- en mayo de 1902.

 

A los cubanos tampoco se les permitió participar en las negociaciones del Tratado de París, que puso fin a la guerra, ni mucho menos firmar el tratado. Fueron considerados como un pueblo conquistado y ocupado. 

 

Es verdad que Estados Unidos al final cumplió con la promesa de conceder la independencia a Cuba (aunque con la inclusión de la Enmienda Platt como parte integral de la Constitución de 1901). Pero esas desfavorables relaciones que quizás comenzaron con el encuentro entre Calixto García y sus hombres, y los jefes militares americanos, en las afueras de Daiquiri, en junio de 1898, prevalecieron por mucho tiempo y envenenaron por largos años las relaciones futuras entre los dos países. 

 

Dos intervenciones adicionales en los próximos 20 años (1909 y 1917) no ayudaron a mejorar esas relaciones. Se pudiera decir que el resentimiento contra los gobernantes de Estados Unidos prevaleció hasta la revolución de 1933 que derrocó al dictador Gerardo Machado -gracias además en gran parte al enviado americano Benjamin Sumner Welles, quien forzó la salida de Machado e impuso a su candidato, Carlos Manuel de Céspedes (hijo del precursor de la Guerra de los Diez Años) como presidente provisional de Cuba (duró días en el poder). 

 

Lo que el futuro Secretario de Estado John Hay años después llamó una “espléndida guerrita” en una carta al entones presidente Theodore Roosevelt, habrá sido una guerrita por su falta de envergadura y por su duración, pero de espléndida tuvo poco. Las bajas americanas fueron desproporcionadas, sobre todo las muertes, aunque casi todas fueron causadas por fiebre amarilla y malaria.

 

Los soldados españoles, como ya se ha mencionado, pelearon bien en Santiago y sus alrededores, como la Loma de San Juan y El Caney. El ataque de los americanos bajo Theodore Roosevelt (no en la loma de San Juan, sino Kettle Hill) pudiera haber sido una catástrofe, ya que los soldados americanos no tenían idea de donde estaban los españoles loma arriba, y como los españoles ya usaban pólvora nueva que no producía humo, los Rough Riders de Roosevelt no los podían ver. Pero la desigualdad numérica y la falta de municiones obligó a los españoles a retirarse (casi todos murieron peleando).

 

En el sitio de Santiago también se peleó duro y los españoles se rindieron cuando los americanos amenazaron con bombardear la ciudad. Faltos de municiones y comida, y sin posibilidad de una victoria, el general español José Toral ordenó la rendición. Las bajas totales de EEUU fueron alrededor de 3,500 soldados y marinos, incluyendo los muertos en el Maine. Más de 2,800 murieron por enfermedades, alrededor de un 20% de las tropas invasoras.

 

España puede haber perdido unos 50,000 hombres, la mayoría también por enfermedades, pero en toda la guerra desde 1895. Los cubanos no perdieron tantos soldados en la guerra hispano-americana, porque su participación fue muy limitada, pero en la guerra de independencia desde 1895 murieron más de 300,000, la enorme mayoría durante la Reconcentración.

 

En términos de costo, fue la guerra menos costosa en la historia americana, solamente seis mil millones en dólares, ajustados al año 2006 (costo real: $250 millones), y para repagar los gastos se impuso un impuesto a las llamadas por teléfono, que en aquel entonces solo los tenían los más ricos.

 

Sin embargo, el impuesto (como todos los impuestos federales) no fue eliminado hasta 2006. Como a través de los años casi todos los americanos instalaron teléfonos en sus hogares, en 100 años ese impuesto terminó produciendo enormes utilidades para el Tesoro de EEUU.

 

El resultado más importante de la guerra fue que puso a EEUU entre las grandes potencias mundiales por primera vez. Unos años después, con la construcción de una nueva y moderna flota bajo Theodore Roosevelt (quien también recibió el premio Nóbel de la Paz en 1903 por su mediación para terminar la guerra ruso-japonesa), el comienzo de la construcción del canal de Panamá, y la proyección naval-militar de EEUU en el Caribe y Centroamérica, además de la gigantesca expansión económica del país, colocaron hicieron de EEUU la primera potencia mundial en las vísperas de la Primera Guerra Mundial.

 

Muchos cubanos, inclusive años después de la independencia, idealizaron a la Resolución Conjunta y especialmente a la Enmienda Teller, como muestras del desinterés y de las buenas intenciones de los americanos hacia Cuba -a pesar que ambas fueron actos oficiales del gobierno- pero que reflejaban los sentimientos del pueblo. Sobre todo en comparación con la infame Enmienda Platt.

 

Sin embargo, como se demuestra antes, analizando el lenguaje y algunas cláusulas de cada documento, se puede ver claramente que las bases para una larga ocupación de Cuba, y hasta para su anexión, estaban presentes. Así lo declaró abiertamente el Secretario de Estado Day en referencia a la Enmienda Teller. Pero en definitiva la independencia fue otorgada y las intenciones de los dos documentos fueron cumplidas, para fortuna de los cubanos.  Eso hay que reconocerlo siempre.

Los soldados españoles que defendieron Santiago pelearon bien y valientemente. Pero no podían resistir a las fuerzas que enfrentaban ni tenían los medios con que hacerlo. Pero esos SI defendieron el honor de España, ese honor por el cual España perdió a Cuba. 

 

No fue así el caso con la flota del almirante Cervera, un hombre digno que cumplió cabalmente las inútiles y estúpidas órdenes de sus superiores que decidieron sacrificar la flota sin motivo ni razón por “defender el honor de España”, por preferir la guerra contra un adversario al que todos sabían muy bien que no podían derrotar, que a conceder la independencia a un pueblo que solo supieron explotar y maltratar, a un pueblo que se la merecía. 

 

Pero los españoles en definitiva se equivocaron. El trauma de perder la guerra -y sobre todo la destrucción de la flota de Cervera- fue mucho peor que si le hubieran concedido la independencia a Cuba. Lo que ellos mismos llaman todavía “la generación del 98”, no fue la única que se perdió inútilmente por “el honor”. No, se perdieron otras dos más.

 

El trauma, el resentimiento, la culpabilidad, los sentimientos de inferioridad, llegaron hasta la guerra civil de 1936. España, en definitiva, no solo perdió a Cuba -eso lo esperaba- sino que también perdió el resto de su imperio (Puerto Rico, Guam y las Filipinas). Con eso no contaba: 400 años de imperio inútilmente perdidos. 

 

Una vez más, la ley de las consecuencias no esperadas se probó. El Generalísimo Franco fue parte de esa “generación del 98”, como lo fueron muchos que pelearon en esa guerra.  La derrota produjo un antiamericanismo en España que todavía perdura. Muchos militares, a pesar de haber apoyado la guerra, culparon a los gobernantes españoles por las decisiones tomadas. Lo que sucedió en la guerra civil española y por qué, se puede atribuir indirectamente al desastre en Cuba y a la derrota en la guerra hispano-americana. España pagó muy caro su grave error. Peor para ella, mejor para Cuba.

 

Cuba ganó su independencia únicamente debido a la guerra hispano-americana. Quizás los cubanos la hubieran ganado sin la intervención americana. Pero no en 1902. De ninguna manera y bajo ninguna circunstancia. 

 

Y sin la primera ocupación americana y la ayuda que Estados Unidos trajo a la reconstrucción de Cuba (se pudiera decir a la construcción de una nueva nación), sobre todo en sanidad y en infraestructura, el destino de la República de Cuba hubiera sido muy distinto. 

 

El país estaba postrado, casi totalmente destruido, en 1898. La recuperación hubiera sido larga y difícil. Pero Cuba se levantó como la mítica Ave Fénix para convertirse en solo medio siglo en el país más próspero de las Américas después de Estados Unidos en 1958.

 

Eso se debe al esfuerzo de los cubanos mayormente, pero sin la guerra hispano-americana y la ocupación que tanto contribuyó a su rápida recuperación, no hubiera sucedido, no de esa manera, no en tan poco tiempo.

 

Los cubanos pelearon duro y largamente por lograr su independencia. Se la merecían de sobra y con creces. Pero la guerra que nadie quería (y la explosión del Maine, sin eso no hay guerra), en resumidas cuentas, fue lo que trajo la independencia a Cuba en 1902.

 

Esa es la verdad histórica y ningún cubano debe remotamente sentirse avergonzado por ese hecho.

 

Pero sí hay que admitirlo. Porque así fue.