Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

LA GUERRA QUE NADIE QUERÍA:

UNA NUEVA INTERPRETACIÓN DE LA GUERRA HISPANO-AMERICANA (I)

 

Los cubanos se rebelaron contra España el 10 de octubre de 1868. Ese día comenzó la primera guerra de independencia cubana, la Guerra de los Diez Años. El levantamiento no ocurrió como estaba planeado. Carlos Manuel de Céspedes, uno de los líderes más jóvenes y menos influyentes del movimiento independentista, se adelantó a la fecha prevista por el líder principal, Francisco Vicente Aguilera, el hombre más rico de Cuba en 1867, y por el resto de los conspiradores.

 

Las razones de Céspedes para rebelarse el 10 de octubre son controversiales, pero Aguilera y los demás miembros del movimiento aceptaron su jefatura. Los rebeldes cubanos, sin experiencia militar casi, lograron tomar Yara y Bayamo brevemente, pero esos triunfos fueron efímeros. Eventualmente surgieron líderes militares más experimentados, notablemente dominicanos como Máximo Gómez, quien llegó a convertirse en general en jefe de los insurrectos. Otros, como Antonio Maceo, Ignacio Agramonte y Vicente García, hicieron grandes contribuciones durante esos largos años. Se creó un gobierno en armas y una constitución en Guáimaro. Céspedes fue el primer presidente. Poco tiempo después, se convirtió en ex presidente cuando fue depuesto por la Cámara de Representantes, en el primer golpe de estado de la naciente república de Cuba.

 

La Guerra de los Diez Años nunca logró extenderse a las provincias occidentales, las más ricas de Cuba, y esa fue la causa principal de su fracaso. Los cubanos pelearon valientemente y ganaron algunos importantes combates, principalmente en Oriente. Pero el regionalismo de muchos jefes, su negación a pelear fuera de sus territorios, la frecuente intromisión del gobierno en asuntos militares, la carencia de ayuda externa e imposibilidad de recaudar fondos en Cuba, y finalmente, el agotamiento después de diez años de lucha, prepararon las condiciones para lo que se conoce como la Paz del Zanjón, lograda por el general español Arsenio Martínez Campos en febrero de 1878.

 

No todos los cubanos aceptaron deponer las armas. En Baraguá, varios prominentes jefes, como Antonio Maceo y Vicente García, rehusaron rendirse y trataron de mantener las hostilidades. Pero con los independentistas divididos y sin mucho apoyo, ya que el pueblo también estaba agotado, la guerra terminó pocos meses después. España, con la excepción de la abolición de la esclavitud, que se promulgó en 1880, no cumplió ninguna de las promesas acordadas en el Zanjón, especialmente las de conceder más autonomismo a Cuba. El régimen colonial de opresión política y explotación económica en la isla continuó tal -o peor- que como estaba en 1868. La Guerra de los Diez Años fue en vano, excepto porque después de casi medio siglo, en comparación con el resto de las Américas, el movimiento independentista en Cuba al fin había comenzado para ya nunca terminar hasta conseguir la independencia.

 

Poco antes del final, un joven de 16 años fue condenado a cinco años de trabajo forzado y luego deportado a España por escribir una carta a un amigo criticando al régimen colonial español. Su nombre era José Martí. Desde ese momento, Martí dedicó su vida a la causa de la independencia de Cuba. No la vio antes de morir, pero nadie fue más responsable que él en lograr el comienzo de otra guerra, la final, la Guerra de Independencia, en 1895.  Primero se trató de incorporar a los esfuerzos de Gómez y Maceo en New York en 1884, poco después de su llegada a Estados Unidos, para organizar otra insurrección en Cuba.

 

Disgustado por el autoritarismo de Gómez, Martí se separó del incipiente movimiento, después de escribir una carta de crítica a Gómez en la que le decía que una nación no se puede fundar como se manda un campamento militar, ya que eso solo traería otro despotismo a Cuba. Pero sus esfuerzos a favor de la independencia nunca cesaron.  Eventualmente, fundó en Key West el Partido Revolucionario Cubano (PRC) y logró una breve y relativa unidad dentro del exilio cubano en Estados Unidos, notablemente entre los tabaqueros exiliados en Key West y Tampa, los que por largo tiempo contribuyeron con parte de sus sueldos a la causa de la independencia cubana.

 

Con la colaboración de Juan Gualberto Gómez, delegado del PRC en Cuba, y con el apoyo de Maceo y Máximo Gómez, Martí elaboró un atrevido y brillante plan para reanudar la guerra en Cuba. Conocido como el Plan Fernandina, tres barcos zarparían del puerto de Fernandina en la Florida con armas y pertrechos militares. Uno de los barcos estaba destinado a Costa Rica a recoger a Antonio Maceo, Flor Crombet y 200 hombres. Otro barco iba dirigido a Santo Domingo para traer a Máximo Gómez y otro grupo de hombres. En el tercer barco vendría otro contingente de 800 hombres al mando de Carlos Roloff y Serafín Sánchez, preparados en otro lugar de la Florida.

 

El objetivo del plan era desembarcar en tres puntos distintos de la isla, uno en Pinar del Río, otro en Camaguey, y el que venía de Costa Rica con Maceo y Crombet, en Oriente.  Los desembarcos debían coincidir con un levantamiento en toda la isla preparado por Juan Gualberto Gómez. De esta manera planeaba Martí conseguir la independencia rápidamente, contando con la sorpresa. 

 

El plan se preparaba para fines de enero de 1895. Pero imprudentes comentarios de uno de los expedicionarios en Fernandina resultaron en la denuncia del plan por espías españoles. Autoridades americanas se vieron obligadas a confiscar los barcos y pertrechos reunidos cuidadosamente por Martí. Martí prosiguió adelante, pero ahora solo contando con el levantamiento interno del PRC en Cuba y un pequeño grupo de hombres -Maceo, Crombet y otros desde Costa Rica, Máximo Gómez, Martí y pocos más desde Santo Domingo.  Así comenzó la última guerra por la independencia de Cuba. (Hubo otra corta “guerrita”, la llamada Guerra Chiquita en 1879-80, pero fue no pudo sostenerse).

 

Maceo logró agrupar como a 5,000 hombres en Oriente desde su desembarco por el sur de la provincia, y con esa tropa recibió a Máximo Gómez y Martí en al finca La Mejorana el 5 de mayo de 1895. En esa todavía misteriosa reunión, la única que sostuvieron los tres grandes líderes de la independencia cubana antes de morir Martí, por necesidad (debido al fracaso de Fernandina) se reanudaron los planes para una invasión de las provincias occidentales y así llevar la guerra a toda Cuba y evitar los fracasos de la Guerra de los Diez Años. 

 

Después de aclarar serios disgustos por malos entendidos sobre el mando de la expedición de Costa Rica, se acordaron varias medidas. La conducción de la guerra esta vez quedaría en manos de los militares, corrigiendo los graves errores de la guerra anterior. Y Martí, después de formado el nuevo gobierno en armas (que no sería presidido por él), regresaría a Estados Unidos como delegado del PRC para seguir recaudando fondos y preparando expediciones de ayuda al movimiento independentista en Cuba.

 

Martí aceptó contra su voluntad: quería seguir peleando en Cuba, pero ese no era su lugar; en efecto, su muerte en combate unos días después cambió esos planes. Mas la formación del gobierno, ahora presidido por el general oriental Bartolomé Masó, y la designación de Tomás Estrada Palma como delegado del PRC en sustitución de Martí, resultaron poco después. Y lo más importante: la invasión de occidente fue exitosamente consumada en solo tres meses cuando Antonio Maceo, al mando de una columna de 1,500 hombres llegó a Mantua, el pueblo más occidental de Pinar del Río, el 22 de enero de 1896.

 

Valeriano Weyler y la Reconcentración

 

La guerra se extendió a toda Cuba. Pero no se ganó rápidamente como planeó Martí. Por recomendación del general Arsenio Martínez Campos, quien esta vez no solo fracasó en su nuevo intento de negociar la paz, sino que estuvo cerca de ser capturado por Maceo en el combate de Peralejo en julio de 1895, el primer ministro español Antonio Cánovas del Castillo envió a Cuba al general Valeriano Weyler, el único militar en España que reunía las condiciones para terminar con la nueva rebelión en la isla, según Martinez Campos.

 

Weyler, llamado un militar “riguroso” por los españoles y “el carnicero” por muchos cubanos y americanos, procedió a implementar la política que se conoce como la Reconcentración. Weyler no ganó la guerra, como le prometió a Cánovas, ni siquiera logró “pacificar” las provincias occidentales, como falsamente le reportó al premier español. Pero si logró la muerte de Maceo, quizás el golpe más fuerte asestado a los rebeldes cubanos, y si frenó la rebelión, convirtiéndola en una destructiva guerra de desgaste (attrition) que nadie podía ganar.  Logró más que eso, pues como resultado de sus catastróficas políticas de reconcentración (porque, contrario a lo que muchos creen, la reconcentración no fue solo en La Habana, sino en TODA la Isla), en poco menos de dos años, hizo inevitable la guerra que nadie quería, la guerra con Estados Unidos.

 

El conflicto entre España y Estados Unidos sobre Cuba comenzó como resultado directo de la devastación provocada por la Reconcentración. Las muertes y el sufrimiento causados por esta bárbara política de genocidio (nadie sabe cuántas muertes causó, pero se calcula que entre 100,000 y 500,00, probablemente 300,000: el 20% de la población de la Isla en 1898), poco a poco escandalizaron a la opinión pública americana.

 

Los reportes de la barbarie, sobre todo por la prensa sensacionalista de New York y la propaganda antiespañola hábilmente conducida por la Junta Cubana presidida por Estrada Palma, fueron creando una gran simpatía en el pueblo americano por la independencia de Cuba. Bajo la administración del presidente demócrata Grover Cleveland y su Secretario de Estado Richard Olney, EEUU se limitó a presionar a España para que revocara la política de reconcentración, substituyera a Weyler, e idealmente otorgara a Cuba la autonomía.

 

Cleveland y Olney se oponían a otorgar derechos de beligerancia a los rebeldes cubanos, y mucho menos abogaban por la independencia de Cuba, como reclamaban muchos miembros del congreso, sobre todo republicanos. Tampoco querían la anexión de la isla.  Lo que querían era lo que EEUU siempre ha querido en Cuba: mantener a Cuba quieta.

 

Esto implicaba terminar la guerra y pacificar la isla para que las inversiones americanas fueran protegidas y las relaciones comerciales se restablecieran plenamente. Estados Unidos NO quería la independencia para Cuba. Los dirigentes del país estaban convencidos que los cubanos no estaban listos para gobernarse a si mismos, y por todos los medios querían evitar lo que percibían como el caos que traería una Cuba independiente.

 

Pero hay que señalar que, a pesar de la oposición de Cleveland a la anexión de Cuba, el conflicto con España sobre Cuba era como un preludio del movimiento expansionista americano de fin de siglo (algunos lo llaman imperialista -y lo fue, aunque muy brevemente).  No solo este movimiento coincidió con la guerra hispano-americana, que resultó en la adquisición de Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas, sino que las islas de Hawaii fueron anexadas en julio de 1898.  La guerra no se produjo por el movimiento expansionista, pero fue una de sus consecuencias.

 

La presidencia de McKinley

 

La elección del presidente republicano William McKinley en 1896 trajo cambios, pero no inmediatos, y no porque McKinley tuviera objetivos distintos a los de Cleveland. Los republicanos, sobre todo en la Cámara de Representantes, apoyaban cada vez más, por lo menos, reconocer la beligerancia a los cubanos. Muchos preferían una intervención americana que terminara con la represión española en la isla. 

 

Esto, por supuesto, terminaría en la independencia de Cuba. Por eso, McKinley se oponía. Su preocupación, por ser un hombre religioso, era aliviar el sufrimiento de los cubanos. La protección de los intereses comerciales americanos estaba sobreentendida, por supuesto, pero no hay por qué dudar de los sentimientos humanitarios de McKinley: eran sinceros.

 

Sin embargo, desde que estalló la guerra en Cuba en 1895, los intereses de España y de Estados Unidos eran diametralmente opuestos. España se aferraba a mantener a Cuba como colonia. NUNCA le concedería la independencia. Bajo las más grandes presiones, llegó a conceder la autonomía a medias, cuando ya era demasiado tarde. Los independentistas NUNCA la aceptaron. El objetivo era la independencia o la muerte.

 

Estados Unidos solo quería mantener a Cuba quieta. Pero para conseguirlo, la guerra tenía que terminar. Y la conclusión lógica de obligar a España a terminar la guerra en Cuba solo podía resultar en la pérdida de la isla para España. En otras palabras, la independencia para Cuba que ni España ni Estados Unidos querían. 

 

Esos objetivos irreconciliables de cada país (sin contar con los cubanos independentistas, que eran los que habían iniciado la guerra y la mantenían viva) solo podían terminar en una guerra. España no cedía. La soberbia y el orgullo español eran más fuertes que la razón. Estados Unidos, impulsado por la opinión pública y la política interna, ya que Cuba se había convertido en la cuestión electoral más importante para los demócratas, se veía obligado a mantener la presión sobre España para terminar la guerra. El único resultado del fin de la guerra solo podía ser uno: la pérdida de Cuba para España.

 

Pero a pesar de los fines irreconciliables de Estados Unidos y España sobre Cuba, la guerra entre los dos países, la que ninguno de los dos quería, se hizo inevitable únicamente después de un suceso: la voladura del Maine en la bahía de La Habana en febrero de 1898. 

 

Una cadena interconectada de eventos resultó en que el Maine fuera enviado a Cuba.  Primero, todo cambió con el asesinato de Cánovas del Castillo en agosto de 1897, el estadista español más exitoso del siglo 19. Cánovas fue substituido por el líder liberal Práxedes Sagasta, un hombre muy inferior en todo sentido. Con Cánovas en el poder, la guerra se podía evitar. Con Sagasta en su lugar, la probabilidad de una guerra aumentaba.

 

Weyler y su política de reconcentración (en realidad la política de Cánovas implementada por Weyler) fueron cambiados por el general Ramón Blanco, un militar mucho más moderado (pero un fracaso en la guerra en las Filipinas), y con ese cambio vino la nueva política liberal del autonomismo, preparada por el Ministro de Ultramar Segismundo Moret, quizás el más inteligente y razonable de los miembros del gabinete de Sagasta.

 

Esta política de autonomía, rechazada de entrada por los independentistas (pero no por EEUU, quien fue su principal promulgador), provocó reacciones de rabia tanto en España como en Cuba. En España, de parte de los conservadores y muchos militares que apoyaban a Weyler y consideraban su destitución como una traición al país. En Cuba, también por muchos militares, pero principalmente por los voluntarios españoles en La Habana.

 

Las protestas y los motines de los voluntarios en La Habana atemorizaron al cónsul americano Fitzhugh Lee, quien pidió al presidente McKinley el envío del un barco de guerra a Cuba para proteger a los ciudadanos americanos (en realidad para tratar de aquietar a los voluntarios). Pero aunque el envío del Maine fue aprobado por McKinley, el momento en que el barco llegó a Cuba no fue por causa de ninguna acción de los voluntarios, sino por un reporte de que barcos de guerra alemanes habían partido de Haití hacia Cuba (reportes inciertos).  McKinley, sin mucha base, había decidido que cualquier intervención de Alemania en Cuba a favor de España era un peligro para EEUU. El Maine, aunque esperado, llegó de sorpresa para todos en La Habana, incluyendo el cónsul Lee y el Capitán General Blanco. Su llegada no provocó ninguna reacción violenta de parte de los voluntarios, como muchos esperaban.

 

Las negociaciones entre España y Estados Unidos procedían y España iba cediendo poco a poco en casi todo. Menos en el resultado final de las políticas americanas: la independencia de Cuba. Hasta se resucitaron gestiones para comprar la libertad de Cuba, tanto por la Junta Cubana en New York (con una emisión de $100 millones en bonos por bancos americanos garantizados por el gobierno de EEUU), como por la administración de McKinley (sin mucho entusiasmo: McKinley tampoco quería la anexión de Cuba).

 

España rechazó, como siempre lo había hecho, todas esas gestiones de compra. Cuba era parte de España. Para siempre. (Sin embargo, semanas antes de la declaración de guerra, hasta la Reina regente María Cristina, en su afán de salvar la corona para su hijo Alfonso, pidió una entrevista al ministro americano en Madrid, Stewart Woodford, para negociar la compraventa de Cuba por EEUU. Horas antes, la reina canceló la cita.

 

Pero la situación en Cuba era cada vez peor.  Las muertes, el hambre y el sufrimiento de casi toda la población, debido a la reconcentración, eran terribles. La guerra en Cuba continuaba, cada vez más cruentamente. El Generalísimo Máximo Gómez había decretado una política militar de quemar los cañaverales, ingenios y todo lo que tuviera valor para España, incluyendo la destrucción de los ferrocarriles en toda Cuba. 

 

El resultado de la reconcentración y de las decisiones de Gómez fue uno: la ruina económica casi total de Cuba. Pero la guerra seguía, a pesar de todo. Y seguiría, sin vencedor ni vencido ¿Cómo era posible eso?  No lo era en realidad a largo plazo. Pero según el famoso economista John Maynard Keynes, en el largo plazo todos estaremos muertos. Y tanto los españoles como los cubanos estaban dispuestos a morir por sus ideales.

 

Sin embargo, el tiempo estaba en contra de una guerra entre España y Estados Unidos.  Los excesos de la reconcentración habían terminado mayormente (no sus horrendos resultados), la ayuda a los reconcentrados, tanto americana como española, aliviaba la situación (pero las muertes diarias continuaban), y aunque denigrado por todos, el nuevo gobierno autonomista en Cuba lentamente se afianzaba, sobre todo en la administración de pequeños pueblos del interior de la isla (donde único España permitía algunas medidas nuevas) y, lo más importante, las presiones políticas en el Congreso sobre McKinley para reconocer la beligerancia o la independencia de Cuba amainaban.

 

La explosión del Maine

 

Hasta la voladura del Maine. Eso cambió la ecuación nuevamente e incrementó las probabilidades de guerra. Precedida por la publicación de una carta del ministro español en Washington Enrique Dupuy de Lome al periodista español José Canalejas, en la que Dupuy tildaba a McKinley de ser un “débil politicastro” una semana antes, la explosión del Maine exacerbó los ánimos todavía más. Pero aún así, extrañamente, la reacción inicial a la explosión fue que había sido un accidente. Y la carta de Dupuy tuvo pocas consecuencias; el asunto se resolvió en una semana con la renuncia del ministro y una disculpa del gobierno español a McKinley, quien la aceptó.

 

Ahora entraba en juego la política interna de Estados Unidos y el esperado reporte del tribunal de la Marina americana sobre la explosión. La investigación española rápidamente concluyó que todo había sido un accidente provocado por combustión espontánea del almacén de carbón a bordo del barco, separado por una división de acero no muy gruesa del polvorín. Estas explosiones ya habían ocurrido más de una docena de veces en los últimos tres años a bordo de los nuevos acorazados americanos. Los oficiales de la Marina lo sabían, pero la inercia burocrática no permitía admitirlo, ya que eso implicaba una crítica del diseño de los barcos, el cual había sido aprobado por altos oficiales de la Marina.

 

España ofreció una investigación conjunta; EU rechazó la propuesta. Desde el principio, el reporte americano parecía inclinarse a favor de una explosión externa producida por una mina flotando en la bahía o por una mina magnética de contacto. Esa fue la conclusión eventual. Entonces solo quedaba establecer la responsabilidad (más bien la culpabilidad). Pero eso era imposible debido a la tecnología de la época. En realidad, por qué ocurrió la explosión no es tan importante. Lo que importó fue que el reporte excluyó la posibilidad de un accidente, por combustión interna o cualquier otra razón, y, por implicación, responsabilizó al gobierno español en Cuba por lo ocurrido.

 

Las presiones del Congreso sobre McKinley por una solución militar -una intervención, es decir, la guerra-, se acentuaban a medida que la presentación formal del reporte al Congreso se acercaba, aunque ya se sabían las conclusiones. Importantes líderes republicanos, como el senador Henry Cabot Lodge y el prominente abogado y diplomático Elihu Root, próximo Secretario de la Guerra de McKinley, aconsejaron al presidente actuar como líder del movimiento hacia la guerra que ya era inevitable, y no esperar a ser obligado por el Congreso.

 

Las razones eran políticas, ya que Cuba sería el principal tema de las elecciones de 1900.  El candidato demócrata, casi seguro William Jennings Bryan otra vez, era percibido como una grave amenaza para los intereses económicos republicanos del Noreste por su apoyo a la libre emisión de la plata como moneda nacional, de manera que no solo era la situación político-económica en Cuba, sino el temor de que por no actuar correctamente en Cuba, Bryan fuera electo presidente.

 

Pero McKinley trataba de ganar tiempo desesperadamente y de lograr un imposible: que España se retirara de Cuba pacíficamente. Esa siempre era la piedra de choque final, ya que implicaba la independencia de Cuba. McKinley insistía en que él solo quería la paz.  España contestaba que su administración debía suprimir la Junta Cubana en New York.  Con esto se terminaban las expediciones a Cuba y el apoyo a la guerra. Además, se le daba la oportunidad al gobierno autonomista de negociar con los insurrectos para lograr una reconciliación entre cubanos, que dejaría la isla como colonia española. Una quimera que nadie, ni los españoles, creían, y que McKinley no podía aceptar.

 

La preparación para la guerra que nadie quería procedía a toda máquina. Una apropiación de $50 millones del Congreso para adquirir y construir nuevos barcos impresionó y sacudió fuertemente al gobierno español (incluyendo la compra de dos barcos de Brasil que se construían en Inglaterra, barcos que España planeaba comprar), pero esto no cambió su rumbo inexorable hacia una guerra que todos los españoles sabían España perdería. Pero no les importaba. Preferían perder una guerra contra EEUU que conceder la independencia a Cuba. Así lo exigía el “honor” español. 

 

¿Pero era el honor o la soberbia y la terquedad?  No importa, el resultado era el mismo: lo que España quería desesperadamente evitar, la pérdida de Cuba. Y una vez que el Congreso recibiera el reporte del Maine, una declaración de guerra era muy probable; definitivamente, otorgar derechos de beligerancia a los cubanos y el reconocimiento del gobierno cubano eran casi seguros. En fin, la guerra. 

 

¿Se podía evitar todavía? Era casi imposible, pero las negociaciones de última hora seguían (opuestas firmemente por la Junta Cubana, ya que los cubanos sabían que los fines de McKinley no eran los de ellos, y sin la independencia el resultado era la continuación de Cuba como colonia española, es decir, volver a 1878 después del acuerdo de Zanjón, ahora con autonomía, algo inaceptable). 

 

España trató, una vez más inútilmente, de reclutar a los gobiernos europeos para que intercedieran. Todos los gobiernos supeditaban esa intercesión ante McKinley (que la apoyaba) a la actitud de Inglaterra, la que favorecía la política americana. Otro fracaso.  ¿Qué quedaba ahora? Una oferta del Papa León XIII de mediar una solución. Una vez más, McKinley se mostró receptivo. Una vez más, la gestión fracasó; era demasiado tarde.

 

España hasta llegó a aprobar un armisticio. El gobierno le llamó una “suspensión de hostilidades”, ya que armisticio implicaba reconocimiento del gobierno cubano. Pero ya no quedaba nada que hacer. El Congreso había recibido el reporte de la Marina y también el mensaje de McKinley. La guerra ya era inevitable.

 

 

(continuará)