Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

LA ELECCIÓN MÁS IMPROBABLE DE TODAS

 

NOTA DE CUBANÁLISIS-EL THINK-TANK:

El presente trabajo consta de dos secciones. La primera, EL DIAGNÓSTICO, se terminó de escribir en la noche del 6 de noviembre, horas antes de las elecciones presidenciales en EEUU. Su objetivo no era un pronóstico de resultados ni mucho menos, sino un análisis de cómo estaban las cosas y cuáles eran las propuestas de cada candidato, para que los lectores tuvieran una idea comparativa de las posiciones antes de ir a votar, si no lo habían hecho todavía. A última hora decidimos no publicarlo en ese momento, teniendo en cuenta la cantidad de personas que ya en ese momento habían ejercido su voto anticipadamente, y publicarlo con el análisis de los resultados, que sería la segunda sección de este trabajo.

La segunda sección, EL VEREDICTO, fue escrita con posterioridad a las elecciones, cuando ya se conocían los resultados y la contundente victoria de Donald Trump sobre Hillary Clinton. Su objetivo no es burlarse de los perdedores, sino analizar rápidamente las causas que condujeron a esos resultados, y conjeturar sobre posibles futuros de EEUU con Donald Trump como Presidente, que evidentemente no pueden extrapolarse de la información y posiciones que se manejaron durante la campaña, a favor y en contra.

Los lectores podrán disfrutar de este análisis en dos secciones que podrán aportar interesantes visiones y puntos de vista sobre el proceso electoral que acaba de terminar en el país más poderoso del mundo.

 

 EL DIAGNÓSTICO

 

Después de una larga campaña electoral, estamos a solo unas horas de elegir a un nuevo presidente. ¿Quien ganará? No tengo idea -NADIE tiene idea. Es simplemente imposible predecir esta elección, y de todos modos, tal como me comprometí hace cuatro años, NO es mi propósito hacerlo. Desde noviembre del 2012, ni siquiera he escrito nada sobre política en Estados Unidos.  No solo fue devastadora para mi personalmente la reelección de este funesto presidente que tanto daño le ha hecho a la nación, sino que me di cuenta que cuando la enorme mayoría de los votantes son insensatos, ignorantes, o una combinación de ambas cosas (en mi opinión, hasta un 80% del electorado podría ser así descrito), no se puede predecir ninguna elección ya en EEUU, no importa cuanto uno la estudie y la analice.  Los votantes NO son predecibles.

 

¿Pero lo que SÍ haré en este artículo es ofrecer un análisis lo más objetivo posible del estado de la campaña electoral este domingo 6 de noviembre, basado estrictamente en mis observaciones de los últimos 10 días, que en mi opinión, lo han cambiado todo.  Comentaré sobre la metodología de las encuestas, porque hay mucha información nueva mayormente desconocida por los votantes. Finalmente, aunque es difícil pensar que a dos días de la elección haya quien no sepa las posiciones de cada candidato, haré un resumen de los temas de mayor importancia para los electores, a mi juicio, y las diferencias entre los dos, incluyendo las plataformas políticas de cada partido.  Entonces los que lean esto, podrían estar mejor preparados para votar inteligentemente. Ya veremos qué harán.

 

El viernes 4 en la noche, el comentarista de Fox News, Bill O’Reilly, abrió su programa de las 8 PM con los resultados -insólitos- de una encuesta de la cadena CBS. Resulta que el 82% de los votantes se sienten asqueados (disgusted)  con la campaña electoral. Esto es extraordinario y nunca en la historia de Estados Unidos había sucedido, aunque muchas elecciones del siglo 19 llegaron a niveles de suciedad que quizás superaron los del 2016.  Pero era otra “suciedad”. Nunca antes los votantes tuvieron que escoger entre una candidata mentirosa y corrupta que todavía en estos momentos se encuentra bajo investigación criminal por el FBI y un empresario sin experiencia política acusado de innumerables irregularidades en sus asuntos de negocio, quien hasta se ha negado a revelar sus declaraciones de impuestos sobre ingresos, y quien notoriamente parece mostrar una enorme falta de respeto hacia las mujeres y algunos inmigrantes ilegales.  Cada candidato es detestado por más de la mitad del electorado. Inclusive entre los votantes de cada partido, quizás más de una quinta parte tienen opiniones desfavorables sobre cada uno de ellos.

 

Sin embargo, en esta tan improbable elección, cada uno de ellos fue elegido por la mayoría de los electores de cada partido. Ha sido la voluntad democrática de los votantes, por insatisfechos que ahora se sientan con el resultado. Lo cual, por supuesto, demuestra con creces lo que llevo años proclamando: lo que conocemos como Democracia, aquí en EEUU no funciona hace mucho tiempo.

 

Ninguna campaña electoral anterior tuvo tantos altibajos durante casi todo el año. Pero es un hecho cierto que a pesar de eso -y como se ha reflejado en las encuestas (abundaré sobre esto pronto)- en realidad la elección ha estado muy reñida en todo momento. Hubo un par de veces en que, por errores gratuitos de Donald Trump (es su naturaleza, y los lectores deben recordar que fui el primero que escribió críticamente sobre él desde principios de año; relean mi ensayo El Payaso en los archivos de Cubanálisis), su popularidad decayó notablemente. Primero cuando estúpidamente se dejó manipular por su oponente en el primer debate y pasó una semana hablando de Alicia Machado, ex Miss Universo, después que Clinton mencionó -al final del debate- que Trump la había “insultado” llamándole gorda (de hecho, poco después de ser elegida reina de belleza aumentó 30 libras, contra los reglamentos del torneo). Mucho peor fue la revelación de un video del 2005 en el cual Trump no solo se refiere a las mujeres vulgar e irrespetuosamente, sino que alardea groseramente de como a ciertas mujeres les gusta que las toquen íntimamente. Esto fue casi horas antes del segundo debate, en el cual Trump lució mucho mejor, pero había sido gravemente dañado, y perdió el apoyo de muchos prominentes líderes de su partido. Días después, más de una docena de mujeres lo acusaron de haberlas tocado indebidamente -algunas lo acusaron de asalto sexual- aunque estas alegaciones ocurrieron muchos años antes y nunca fueron reportadas.

 

Pero después de esos episodios, Trump se ha concentrado en su mensaje de ataque contra las políticas fracasadas de Clinton y las diferencias entre lo que cada uno ofrece para el futuro. Ha sido además ayudado enormemente por dos temas. Primero el anuncio, confirmado por voceros del gobierno federal, sobre los tremendos aumentos en las primas de los seguros de salud auspiciados por la Ley de Salud aprobada por el Congreso en el 2010, mejor conocida como Obamacare. Esto le afecta directamente el bolsillo a millones de americanos y resucita la detestada Ley que tan caro le costó a políticos demócratas en las elecciones congresionales del 2010 y 2014 como tema de gran importancia y relevancia muy poco tiempo antes de la elección.

 

Sin embargo, lo más dañino para Clinton, y lo que más dramáticamente ha cambiado la contienda, fue la carta que el viernes 28 de octubre el Director del FBI Jim Comey le escribió a líderes congresionales (de ambos partidos, aunque Clinton y algunos de sus seguidores dijeron falsamente que la carta había sido dirigida solamente a los republicanos) reabriendo la investigación criminal de Clinton sobre el asunto de los e-mails perdidos, el cual, como los vampiros, se niega a morir. Más adelante consideraremos esto en detalle, sobre todo en referencia a como los encuestadores y analistas lo han manejado.

 

Antes de seguir con la campaña, quiero comentar sobre las encuestas en esta elección tan  peculiar y distinta. Por mucho tiempo he advertido sobre confiar demasiado en ellas y lo que sigue no es porque se manipulen, aunque esto ocurre en algunos casos, pero menos cada vez.  El grave problema lo demuestra un artículo escrito por Ryan Knudson en el Wall Street Journal de octubre 28.  Knudson primero señala las dificultades cada vez mayores para lograr encuestar debidamente a muestras representativas de votantes.  Primero porque cuando en 1997 el 36% de los hogares contactados por teléfono contestaba las llamadas, ahora solo un 9% lo hace. Además, lo más difícil es lograr que los contactados contesten el teléfono, sobre todo ahora que el 50% de los hogares solo tienen teléfonos celulares.  Una ley federal del 1991 prohíbe hacer llamadas automáticas a los celulares, y de todas maneras pocos contestan llamadas de números desconocidos. Los cambios en la tecnología tratan de remediar algunos de estos problemas. Por ejemplo, Google, siempre innovador, tiene programas para buscar votantes por internet, pero hasta ahora solo pueden distinguir el 75% del género de los que participan en encuestas que se ofrecen por internet; los hispanos y negros participan mucho menos, y es imposible saber quién es un votante probable. Se puede ver claramente por qué las encuestas son cada vez menos confiables.

 

En esta campaña electoral hay otros problemas adicionales. Desde el principio, los encuestadores, y peor, los analistas y “expertos” han descontado la importancia del entusiasmo, sobre todo de los seguidores de Trump. También han menospreciado la gran diferencia en las concurrencias a los eventos de Trump y Clinton. A los de Trump acuden miles, esperan por horas para entrar en los locales (para oír el mismo discurso) y quedan muchos sin poder entrar. A los de Clinton acuden cientos y raramente los reporteros muestran a los asistentes, para que no se note que los locales están medio vacíos y que los presentes no muestran mucho entusiasmo por la candidata.

 

Finalmente sobre las encuestas. Es muy importante notar que casi todas contienen un margen de  error de entre 3 y 5 puntos. Esto quiere decir que si un candidato tiene, digamos, dos puntos de ventaja sobre el otro, están de hecho parejos debido al margen de error. Casi todas las encuestas serias incluyen esta información al final, pero hay algunos medios informativos que no lo hacen, con lo cual crean confusión. Además -y con esto SÍ pueden influenciar el voto- si una encuesta reporta consistentemente que un candidato tiene una ligera ventaja, esto tiende a crear la idea que ese candidato de hecho está delante, sin importar el margen de error, que en ese caso es ignorado por muchos votantes potenciales. Pero la manera en que más se distorsiona la información es que TODAS las encuestas incluyen más votantes demócratas que republicanos y que independientes.  Por qué, no lo se, y no recuerdo ninguna explicación aceptable al respecto. Esto NO es mencionado generalmente, o cuando se menciona se hace en el texto de la metodología, que casi nadie lee. Debe ser obvio que si una encuesta contiene más votantes de un partido que de otro, el resultado queda distorsionado.

 

Volviendo ahora a la carta del Director Comey, ya es la tarde del domingo 6 y ya se conoce el último intento de esta administración de influenciar el resultado de la elección en las horas finales. Comey envío hoy otra carta a los miembros del Congreso indicando que en 8 días, el FBI había revisado los 650,000 e-mails (le tomó un año revisar 60,000) encontrados en la computadora del ex Congresista Anthony Wiener, esposo de la principal asistente de Clinton, Huma Abedin. Según Comey, nada importante fue encontrado, y su recomendación de julio de  hacer NADA contra Clinton se mantenía.

 

Pero es demasiado tarde para que esto tenga efecto, aunque ¿quien sabe? Mas lo que SÍ sabemos es que la carta de octubre 28 tuvo un efecto crucial y afectó mucho el voto anticipado de millones. Sin embargo, este efecto ha sido negado tercamente por casi todos los “expertos” y encuestadores (con notables excepciones como Bill O’Reilly y Charles Krauthammer de Fox News). Pero el hecho cierto es que cambió la ecuación de la elección a favor de Trump y el martes sabremos cómo y cuánto ha sido este efecto.

 

Ahora pasemos al resumen sobre las posiciones de cada candidato en los temas electorales que considero de mayor importancia: la economía, el terrorismo, la educación, la inmigración, las relaciones externas (incluyendo las comerciales), y el futuro de la Corte Suprema.  

 

Como de costumbre, la economía es el tema más importante para la mayoría de los votantes, sin importar la edad, género, raza o religión. Tocaré solo cuatro asuntos por brevedad. Las diferencias son muy significativas. En materia de impuestos, Trump promete rebajar todas las tasas personales y crear solo tres niveles: 12% a quienes ganen menos de $75,000; 25% a quienes ganen menos de $225,000; 33% a los que ganen más de $225,000.  El máximo sobre bienes gananciales (capital gains) se mantiene al 20%.  Se eliminan todos los impuestos -quedarían en cero- en herencias. El impuesto corporativo, ahora 35% -el mayor del mundo- se rebaja al 15%. Trump propone reducir las regulaciones federales y limitar regulaciones nuevas -deberán ser aprobadas por el Congreso, no por las agencias ejecutivas.

 

Pero lo más importante es que Trump ofrece abrir y liberalizar el sector energético. Esto nada más puede crear una prosperidad inusitada en el futuro inmediato, ya que EEUU es ahora el mayor productor de petróleo y gas natural. Si adicionalmente se abren las tierras federales a la exploración, con la nueva tecnología ya existente, la producción muy bien podría duplicarse, y la construcción de terminales para licuar y exportar el gas natural a Europa y Japón revolucionaría la geopolítica mundial.

 

Clinton, en contraste, presenta un plan mucho más complejo. No ha dado detalles sobre las tasas individuales, pero impondrá un impuesto mínimo del 30% (sobre la tasa máxima presente del 39%) a los que ganen más de $1 millón, y un 4% adicional a los que ganen $5 millones o más. Sobre herencias, aumenta la tasa presente del 40% al 45%; y los impuestos corporativos los mantiene al mismo nivel del 35%. Propone aumentar el poder de las agencias reguladoras como EPA (para complacer a los ambientalistas) y en lugar de expandir el sector energético, sus planes controlarían mucho más la producción de petróleo y gas natural en favor de la ineficiente energía “verde”. Claramente, el plan de Trump es para crear un mayor crecimiento económico, mientras que el de Clinton es para redistribuir la riqueza y quitarle a los ricos, para darle no a los más pobres, sino al gobierno federal.  Es decir, su plan favorece un enorme crecimiento no en la economía, sino en el tamaño del gobierno federal.

 

Las políticas antiterroristas de Trump son muy generales y no ofrece nada específico, aunque promete “destruir” al terrorismo islámico, pero no dice como. Clinton ofrece continuar las políticas fracasadas de la presente administración, de las cuales fue una de las arquitectas. Nada nuevo, sobre todo para quien se niega a siquiera usar la frase “terrorismo islámico”.

 

Podemos unir al terrorismo la cuestión de la inmigración, lo que llevó a Trump a donde estamos.  Las diferencias no pueden ser más dramáticas, pero no porque Trump construya un “gran muro”.  Es imposible (¿como hacer un muro en medio del Río Bravo, la frontera natural entre México y EEUU y el trecho más largo de la frontera?). Ya existen muchos sectores de la frontera donde hay combinaciones de cercas y muros que controlan bien la inmigración ilegal; solo falta completar el resto, lo cual fue aprobado por el Congreso hace años, pero nunca se ha implementado. Por otro lado, Trump ha prometido limitar drásticamente la entrada de inmigrantes de países islámicos y parar la admisión de refugiados de Siria, mientras que Clinton propone admitir 650,000 refugiados de Siria (dice que serán investigados, lo cual es imposible) y ha mostrado su apoyo por un mundo “sin fronteras” (en un discurso secreto ante un grupo de funcionarios en Brasil). Trump deportaría no a 11 millones de ilegales, pero sí a todos los delincuentes (quizás una cifra tan alta como 2 millones), mientras Clinton propone una nueva amnistía a todos los que hoy viven ilegalmente en EEUU. Trump propone eliminar todos los fondos federales a “ciudades santuarios”; Clinton mantendría esa ayuda.

 

La educación en primer lugar no debería tener espacio en esta elección, porque es algo en lo cual al gobierno federal le está prohibido inmiscuirse por la Constitución, pero eso se olvidó hace tiempo y aquí hay otra diferencia dramática. Trump ofrece algo revolucionario que cambiaría no solo la educación en EEUU, sino la misma sociedad, en menos de una generación. Su plan propone otorgar vouchers (cupones) a los padres para que manden a los hijos a estudiar a la escuela que escojan, ya sea pública, privada, “charter” (pública pero independiente) o religiosa. Clinton y el Partido Demócrata en su totalidad, se oponen vehementemente a los vouchers, ya que ambos dependen y están controlados por los sindicatos de maestros, entre los más radicales y poderosos del país. De manera que Clinton está a favor del status quo.  

 

En política exterior es donde Trump resulta más vulnerable -y más temido. Ha expresado su apoyo a posiciones aislacionistas, las cuales son alarmantes, incluso para los “aliados”.  Peor, ha demostrado una franca ignorancia sobre mucho en este asunto tan importante.  Lo que más parece preocupar a sus opositores es su aparente admiración por el despótico dictador ruso (pero elegido por su pueblo, aunque fraudulentamente) Vladimir Putin.  Ni remotamente se puede defender casi nada de lo que ha declarado. Pero ¿preocupante? No particularmente, no en vista de lo que ha HECHO el actual presidente, quien le dijo en un micrófono abierto al entonces Premier ruso Medvedev que le “informara a Vladimir que después de su reelección en el 2012 tendría más flexibilidad para negociar”. Para no mencionar la infame “línea roja” en Siria y el acuerdo con Irán. Pero aún así, solo se puede esperar que Trump como presidente se rodee de Buenos asesores que lo guíen -y que los oiga.  Clinton simplemente promete continuar con las políticas fracasadas de esta administración.  No puede haber otra cosa, ya que fue parte, como Secretaria de Estado, de esas mismas políticas. 

 

Hasta en lo referente al “libre comercio” (en comillas porque nunca ha existido tal), algo que llevó a Trump a altos niveles de popularidad, NO hay muchas diferencias ahora, porque Clinton ha renunciado a su defensa de tratados impopulares en el 2016. Pero se sospecha que ella SÍ apoyaría un internacionalismo mayor que Trump, porque siempre han sido sus posiciones antes. Antes del surgimiento de Bernie Sanders y Elizabeth Warren, quienes la arrastrarán hacia la izquierda aunque no quiera. Pero en verdad, tratar de negociar acuerdos comerciales (o políticos) más ventajosos para EEUU con otras naciones o querer que aliados, por ejemplo en la OTAN, contribuyan más a la alianza, son posiciones defendibles. Además, se debe recordar que tratados aprobados por el Congreso y firmados por el presidente tienen fuerza de ley, y cuando ni el presente ocupante de la Casa Blanca, con todos sus abusos ejecutivos, ha logrado abrogar el embargo contra Cuba ¿por qué temer que Trump lo haga?

 

Finalmente, lo más importante de todo: la futura composición de la Corte Suprema. Nada se compara en transcendencia. Puede afectarnos a todos por generaciones, y el nuevo presidente quizás pueda nombrar hasta cuatro jueces, además del noveno que falta desde la muerte del Juez Scalia. En el último debate esa pregunta se la hizo Chris Wallace, de Fox News, a los dos. Trump ha ofrecido una lista de más de 20 jueces conservadores que en sus carreras han mantenido posiciones tradicionales de interpretar la Constitución textualmente (descritos como “originalistas”) y nombrar nuevos Jueces a la Corte Suprema escogidos de esa lista. Clinton prefiere -y lo admitió con orgullo- jueces activistas que “legislen” desde la Corte a favor de posiciones favoritas de la Izquierda Eterna, sobre todo en cuestiones como el aborto, el matrimonio entre homosexuales, la limitación de contribuciones políticas, el derecho a portar armas, y hasta el derecho a la libertad de expresión. No se pueden pedir diferencias más pronunciadas sobre esta cuestión, y para quienes NO apoyan a Trump solamente esto debía ser suficiente para que sus opositores voten por él, sin importar nada más.

 

Con esto terminamos, y ahora solo falta esperar al martes 8 para saber como votará el pueblo americano esta vez y a quién elegirá como nuevo Presidente. El miércoles agregaremos una segunda parte a este trabajo, con otro análisis sobre el resultado de la elección.

 

EL VEREDICTO

 

Contra todas las expectativas, Donald Trump es el Presidente electo. Las élites en Washington y el resto de EEUU están en “shock”. Los encuestadores, analistas y “expertos” han quedado en un estado de confusión y estupefacción total. Fue una elección histórica, la victoria más inesperada (upset) desde la primera elección de 1792.  Y fue lograda contra la oposición no solo del movimiento progresista y toda la Izquierda Eterna, sino de una buena parte del Partido Republicano y del movimiento conservador, además de prácticamente todos los medios noticiosos y hasta la comunidad financiera (Wall Street) y el mundo de negocios (Cámara de  Comercio) ¿Como ha podido suceder lo impensable?  Esa explicación es el tema de la parte final de este ensayo, y en realidad no es tan difícil de explicar ni de entender. Veamos.

 

El miércoles en la noche, el comentarista de Fox News Bill O’Reilly ofreció en su programa de las 8 PM, “The O’Reilly Factor”, un brillante sumario de las múltiples razones por las qué Trump logró ganar la elección. Recomiendo a quien tenga acceso a su página de internet que lo lea. Es casi lo mismo que leerán a continuación, pero él lo expuso audiovisualmente mientras que aquí lo tienen que leer. Yo lo escribí antes o quizás al mismo tiempo, pero de todos modos estoy en buena compañía.  O’Reilly fue el mejor analista de esta campaña, igual que lo fue en el 2012. 

 

Primero que todo, Trump le tomó el pulso a la opinión pública y supo, casi instintivamente, identificar el gran descontento latente en EEUU. Esto lo hizo mejor que nadie y antes que nadie. Para su debut como candidato a la nominación republicana, escogió dos temas que pocos en el partido, y casi ningún conservador (me incluyo) consideraban muy importantes. Pero para millones de votantes frustrados SÍ eran no solo importantes, sino crucialmente importantes. Así “nació” su primera declaración que “los mexicanos que cruzaban la frontera ilegalmente eran violadores y asesinos, aunque no todos”. Esto escandalizó a casi todos los votantes, pero muchos, aunque secretamente quizás, se dijeron a si mismos, “tiene razón, estoy de acuerdo”.

 

Enseguida fueron descritos, igual que Trump, como racistas y como enemigos de los inmigrantes aunque pocos, sobre todo en los medios noticiosos, se molestaron en distinguir que los que aplaudieron a Trump pensaban en los inmigrantes ILEGALES.  Fue una obvia maniobra de efecto hecha por un experto en lo materia, pero los formadores de la opinión pública prefirieron enfatizar la parte donde calificaba a los mexicanos (no todos, aclaró condescendientemente, lo cual enfureció todavía más a sus críticos).  Trump sabía bien que citaba un reporte que se refería a los traficantes humanos, a como se les conoce, los “coyotes”. Ellos -los coyotes- eran los que violaban y mataban a muchos inocentes que solo querían cruzar a EEUU. Pero Trump decidió no aclarar mucho eso cuando se dio cuenta del golpe publicitario que había logrado. Sus críticos, por supuesto, prefirieron también ignorar esa importante distinción, pues así podían seguir acusándolo a él y a sus seguidores (algo que luego sería MUY importante) de ser racistas y enemigos de todos los inmigrantes, específicamente los mexicanos y los hispanos. Algo muy conveniente para organizaciones como La Raza y Univisión. El punto era, por supuesto, CONTROLAR la frontera para evitar no solo el cruce de ilegales sino también el narcotráfico y la infiltración de posibles terroristas.

 

El segundo tema inicial que impulsó y propagó Trump (y que impulsó a Trump) fue su casi declaración de guerra al libre comercio y a tratados como NAFTA (Tratado de Libre Comercio de Norte América) y el aún no aprobado TTP (Tratado TransPacífico). Pero una vez más, no era al libre comercio a quien atacaba. Eso era solo la pantalla. Lo que hacía, y de esa manera se identificaba completamente con los millones de hombres blancos, con solo educación secundaria (High School) y que habían perdido sus trabajos debido a fábricas cerradas (por razones económicas, pero eso poco importaba a los desempleados) y mudadas a México y China, los dos grandes “villanos” desde el principio de la campaña. Otra vez, Trump en realidad está a favor del libre comercio (¿cuando ha sido libre alguna vez en ningún lugar?), pero con toda razón enfatiza que los tratados se deben negociar mejor, siempre buscando las mayores ventajas para EEUU.  Pero su mensaje, el mensaje que oían los interesados, es que Trump estaba contra el libre comercio y así lo percibieron quienes quisieron.

 

Esos votantes insatisfechos y frustrados -y desempleados- constituyeron la base de su Movimiento (es lo que fue), y sus votos los que lo llevaron a la victoria el martes 8.  Trump de nuevo identificó a esa base antes que nadie. La enorme mayoría de sus críticos (me incluyo) prefirió ofrecer explicaciones de las razones por qué las fábricas habían cerrado y se habían ido a buscar mejores ventajas económicas, sobre todo mano de obra más barata, pero también un clima más acogedor a los inversionistas, especialmente impuestos más bajos. Todos continuamos tercamente criticando la “ignorancia” de Trump mientras que sus seguidores crecían cada vez más. 

 

Otro enorme segmento de votantes inconformes fue el de los que (como yo) se opusieron desde el principio a Obama y sus políticas, que desde el 2009 han devastado la economía de EEUU. También los mal llamados “conservadores sociales” (muchos son en realidad fanáticos religiosos) lo apoyaron masivamente, aunque eso no se vio hasta la elección.  Recibió como 5 millones de votos de estos evangélicos, los cuales abandonaron a McCain en el 2008 y a Romney en el 2012, y fue una de las razones por qué ganó. 

 

Durante casi toda la campaña, algunos líderes conservadores que SÍ apoyaron a Trump, hablaban de los millones de votantes, la “Mayoría Silenciosa”, como los describió Richard Nixon en 1968 y 1972, que formaban una gran parte de su apoyo. Fueron pocos, pero son influyentes y hay que reconocerlos porque fueron los que vieron este fenómeno claramente, cuando muchos más se burlaban de esos “votos fantasmas”. 

 

Los principales fueron comentaristas radiales como Rush Limbaugh (quien tiene una audiencia de 25 millones de oyentes), Sean Hannity y Laura Ingraham (ambos contribuyentes de Fox News), la analista de Fox News Monica Crowley (quien trabajó para Nixon en sus años finales), y políticos como Rudy Giuliani (ex alcalde de New York), Newt Gingrich, Chris Christie y Mike Huckabee, aunque los dos últimos buscaron la nominación contra Trump y luego lo apoyaron. A todos les debe Trump una gran deuda. Muchos de estos comentaristas conservadores también proclamaron por mucho tiempo que el Partido Republicano debía siempre avanzar principios conservadores; solo así se ganaban elecciones. Mientras que sus adversarios, los dirigentes del Partido, las élites, preferían contemporizar con los “moderados”. Ellos prevalecieron en 1992, 1996, 2008 y 2012. Todas esas elecciones, por seguir las ideas de las élites dirigentes, resultaron en derrotas republicanas. ¿Quién tuvo la razón? La respuesta es obvia, sobre todo ahora que Trump ganó, aunque naturalmente él NO es conservador, pero su populismo se conectó con la mayoría del electorado y se evitó el desastre de una presidencia de Clinton. Todos ganamos, aunque los perdedores todavía no lo vean así. Cuando ellos también estén trabajando y ganando dinero, quizás piensen distinto.

 

Pero a nadie le debe más que a sus hijos, quien supuestamente lo convencieron de nombrar a KellyAnn Conway como su Jefa de Campaña (campaign manager) y a Conway, quien logró, especialmente en las dos semanas finales, que Trump se enfocara como un rayo láser en los temas importantes para sus seguidores y para todos los votantes: la economía, el terrorismo, la inmigración ilegal, la criminalidad y los ataques contra la policía (law and order), lo “políticamente correcto”, y por supuesto, la corrupción y mendacidad de Hillary Clinton, ampliamente demostrados en los e-mails  revelados por Wikileaks y el libro Clinton Cash, de Peter Schwerzer.

 

Los votantes, millones de ellos, se asquearon cuando se dieron cuenta -por mucho que los medios noticiosos trataron de ignorar y encubrir esto- que Hillary Clinton abiertamente vendió influencias y favores cuando era Secretaria de Estado, y que su esposo, el ex presidente Bill Clinton (y hasta su hija Chelsea), usó la Fundación Clinton para solicitar sobornos millonarios de parte de regímenes autoritarios, principalmente árabes. Los votantes también se preguntaron cómo fue posible que los Clinton, en solo 15 años de dejar la Casa Blanca, según Hillary “sin un centavo” (dead broke), ahora son multimillonarios. La indiscreción y el descuido de esta mujer fue tal que estuvo muy cerca de la traición por usar aparatos electrónicos indebidos, los cuales fueron, con un 99% de probabilidades según fuentes del FBI, penetrados por al menos tres gobiernos enemigos. Muchos de esos votantes completamente repugnados por la obvia corrupción y hasta criminalidad de los Clinton, decidieron no correr el riesgo de ponerla en la Casa Blanca y votaron por Trump. Aunque muchos NO apoyaban sus posiciones (como yo).  Es decir, hubo un voto masivo CONTRA Clinton, y por eso también ganó Trump.

 

Finalmente, Reince Priebus, Director del Comité Nacional Republicano (RNC), merece una mención especial. Su organización, con muchos menos recursos que la campaña de Clinton, la que además recaudó millones de dólares más que Trump y el RNC, movilizó a   millones de votantes y eso hizo una tremenda diferencia. Dados los escasos recursos con que contó, su labor personal y la de miles de voluntarios que trabajaron por el RNC comparten mucho de mérito de la gran victoria de Trump. El presidente electo acaba de nombrar a Priebus como Chief of Staff de la Casa Blanca, un cargo de extraordinario poder.

 

Los medios noticiosos y de la farándula, durante la campaña por la nominación republicana, le dieron una gran cobertura a Trump, sobre todo cuando decía algo escandaloso. Lo hicieron porque aunque le daban publicidad gratis, los medios “vendían” esa cobertura; era un buen y productivo negocio.  Además, lo hicieron a propósito, para debilitar a candidatos que se consideraban más fuertes en la elección general contra la Demócrata que casi todos ellos querían, apoyaban, y esperaban: Hillary Clinton.  Pero en cuanto Trump ganó la nominación, entonces todo cambió y nunca en la historia política de EEUU un candidato recibió peor cobertura y hostilidad tan abierta. Algunos medios noticiosos como The New York Times, de hecho justificaron su parcialidad por Clinton porque no se podía permitir que Trump ganara. 

 

Pero de nada sirvió la corrupción de los medios informativos. Esta vez, esa masa de votantes decidió que al contrario de la propaganda y desinformación, quien era un peligro mortal era precisamente la candidata de esos corruptos medios: Hillary Clinton. Esta vez, ese 80% de los votantes que yo mismo he descrito como insensatos e ignorantes, me dieron una lección y votaron por el mejor (no, no el menos malo, pues en comparación con Clinton, Trump ERA MEJOR) candidato.

 

Por primera vez en 12 años esa masa votó inteligentemente. Reconocieron como los habían engañado por tanto tiempo, se informaron, se rebelaron, y votaron por Trump.  Sí, contra Clinton mayormente. Pero también contra alguien más. Contra el mismísimo gran culpable del desastre de ocho años, contra el Presidente Barack Obama, a pesar de su increíble popularidad personal (53% lo favorece -si es que esas encuestas son creíbles).  Pero esta vez suficientes votantes vieron claramente que la elección de Clinton no era más que un tercer período del presidente -y lo rechazaron categóricamente.

 

Trump y sus seguidores tuvieron que lidiar contra una serie de mitos deliberadamente creados por la propaganda de la Izquierda Eterna con la colaboración de los medios  noticiosos. La oposición de casi todos los hispanos, de casi todos los negros, de casi todas las mujeres, de casi todos los jóvenes. Pero gran parte de eso fue mentira, no se reflejó en la votación. Claro que Clinton ganó mayorías en esos grupos. Son, en definitiva, parte de la coalición del Partido Demócrata. Pero, primero, millones menos de todos ellos salieron a votar. Además, Trump recibió una pequeña, pero importante cantidad de votos de negros, hispanos, y la mayoría de las mujeres casadas. Los jóvenes, como muchos esperábamos, no votaron por Clinton en cantidades decisivas.

 

Además, Trump ganó el voto de la mayoría de todos los hombres (el 53%) y masivamente ganó los votos de los hombres blancos. Muy importante, ganó el voto de millones de Demócratas y trabajadores manuales (blue collar voters) en estados del Medio Oeste (Ohio, Michigan, Wisconsin) y Pennsylvania (los últimos tres ganados por primera vez por un republicano en décadas). Y finalmente, más del 90% de los republicanos terminaron votando por él, aunque ese voto fuera principalmente contra Clinton. 

 

Una mención especial se le debe -y Trump les debe- a los votantes cubano-americanos del sur de Florida. Aunque solo el 52% de ellos (los tradicionales, el “Exilio Histórico”) votaron por Trump, con ese apoyo se ganó el Estado, igual que en el 2000, por el voto cubano-americano, Bush derrotó a Gore. Poco puede hacer Trump por el Exilio Histórico cubano en Miami, pero al menos un gesto simbólico se merecen esos fieles votantes. Así que, por todas las razones descritas ganó.  En retrospectiva, ES fácil entender su victoria.

 

Ahora quiero terminar con unos cuantos comentarios personales -opiniones mías, nada que ver con los hechos que he tratado de explicar anteriormente. Como he dicho por más de una año, Trump nunca fue mi candidato favorito. No por su personalidad, ni por sus declaraciones a veces escandalosas. No. Muy sencillo. Porque NO es conservador. Eso para mi es lo más importante. Pero una vez que ganó la nominación, por supuesto que prefería que ganara. 

 

Nunca he sentido -ni ahora siento- el menor temor porque debido a su falta de experiencia y su relativa ignorancia geopolítica, pueda ser “peligroso”. Trump no tiene un pelo de loco y es un hombre hábil y capacitado en lo que ha hecho -que es mucho.  Conoce bien sus limitaciones y después de la demagogia que lo llevó a ganar, ahora es hora de gobernar, así que estoy confiado que se rodeará del mejor talento posible. En pocos días sabremos a quien piensa nominar para su gabinete y a juzgar por los hombres que ha escogido para formular su programa económico, y la lista de jueces para la Corte Suprema, todos eminentemente calificados -y todos conservadores- nadie debe preocuparse. 

 

Además, para los que dicen que no tiene experiencia ni temperamento para ser presidente, nadie debe olvidar que el actual presidente que gracias a Dios por fin se va de Washington, dejando una amplia estela de destrucción, especialmente de la república creada en 1789 y los principios en que está basada, tenía poca experiencia, NINGUNOS conocimientos geopolíticos, y una ideología de extrema izquierda aprendida al lado del comunista de partido Frank Marshall Davis, y luego por su asociación con el ultrarradical Saul Alinsky y los terroristas Bill Ayers y Bernardine Dohrn. Pero a pocos le importó nada de eso y todavía millones de americanos lo apoyan. 

 

Adicionalmente, vivimos en una nación tremendamente dividida, al menos desde que George Bush padre traicionó a la base conservadora que lo eligió en 1988 -¡casi 30 años!  Divisiones exacerbadas por la presidencia de George Bush hijo, sus guerras, su gigantesco gasto público, y sus torpezas, pero infinitamente más agravadas por Barack Obama. Este hombre, quien se presentó a los votantes como el primer presidente post-racial, a propósito ha creado divisiones raciales y odios feroces entre casi todos los segmentos de la población: hombres contra mujeres; blancos contra negros; ricos contra pobres; jóvenes contra adultos. En fin, ha sido el presidente más divisivo en la historia americana, además de ser el peor en su manejo de la economía. Millones de trabajos perdidos, no creados, un crecimiento económico que nunca alcanzó ni siquiera un 3% anual, una sociedad mucho más pobre, donde reina el desorden y la criminalidad, donde NO hay esperanzas para casi nadie, porque casi todos hemos perdido y estamos mucho peor que hace ocho años.

 

Ese es el panorama en noviembre del 2016, todavía después de una elección en que prevalecieron los ataques personales, la vulgaridad y la corrupción. Pero, en mi opinión, existe una buena oportunidad de que veamos, muy pronto, tan pronto como el verano próximo, un renacimiento económico nunca antes visto, ni en los gloriosos años del gran Ronald Reagan. Permítanme decirles por qué. 

 

En primer lugar, esta es la primera vez desde 1928 que una administración republicana tiene el control del Congreso y la presidencia al comenzar el período de un nuevo presidente. Anteriormente, solo bajo los Presidentes Demócratas Franklin Roosevelt en 1933 y Barack Obama en el 2009, sucedió eso.

 

Segundo, el Presidente Electo Donald Trump ha ofrecido, como parcialmente describí en la primera parte de este trabajo, un programa económico que si se aprueba por el Congreso en enero del 2017, puede producir esta prosperidad inusitada. Sus tres principales asesores económicos son lumbreras, veteranos de lo conocido como supply side economics, políticas de resultados probados, en 1921-29 bajo las administraciones de Warren Harding y Calvin Coolidge (guiados por el gran Secretario del Tesoro de los dos, Andrew Mellon, el inventor de esas políticas); en 1962-64 bajo la administración de John Kennedy (aunque se aprobaron bajo Lyndon Johnson después del asesinato de Kennedy); y finalmente, cuando se hicieron famosas y más éxito tuvieron, en 1981-88 bajo las administraciones de Ronald Reagan. El crecimiento económico producido en esos tres casos promedió más del 4% anual y en varios trimestres alcanzó el 7%. Los tres asesores son Larry Kudlow, Stephen Moore y especialmente Arthur Laffer, inventor de la famosa Curva Laffer. Entre los tres tienen como 20 libros publicados y múltiples títulos post graduados, además de vasta experiencia práctica en el mundo de los negocios.

 

Pero ¿que es supply side economics? Muy fácil. Rebaja substancial de las tasas de impuestos sobre ingresos; desregulación de la economía; moneda (dólar) fuerte; gasto publico controlado. Eso es todo. Y eso es parte del programa de Trump, el cual ha prometido presentar al Congreso en su primera semana como presidente.

 

Tercero, con la derogación de la infame Ley de Salud del 2010 (Obamacare), también prometida por Trump y ahora con un Congreso republicano listo para hacerlo y con un programa específico para remplazarla (contrario a las mentiras diseminadas por los medios noticiosos y por el Partido Demócrata de que los republicanos no tienen qué ofrecer en su lugar). Esa Ley ha perjudicado mucho la economía, y especialmente ha obstaculizado el crecimiento económico por las regulaciones que impone sobre todo a los pequeños negocios y los costos exorbitantes a los consumidores. La derogación de la Ley de Salud probablemente producirá, en sí, un buen estímulo para la economía.  Es de notar que la Izquierda Eterna rehúsa completamente admitir que cuando las tasas de impuestos se rebajan, esto SIEMPRE ha producido mayores recaudaciones para el Departamento del Tesoro de EEUU. Parece contradictorio, pero no le es por la sencilla razón de que muchos más contribuyentes pagan impuestos, aunque las tasas son más bajas. Es decir, la recaudación total es mucho mayor.    

 

Cuarto, otra promesa de entrada de Trump (son sus 100 Días, emulando los famosos 100 Días del New Deal de Franklin Roosevelt en 1933). Mediante una orden ejecutiva como las tantas ilegalmente utilizadas por el actual presidente, anular todas esas órdenes ejecutivas y paralizar TODAS las nuevas regulaciones federales. Nada mejor para súper-estimular la economía. 

 

Finalmente -aunque esto NO puede aprobarse en los primeros 100 Días- liberar el sector energético, permitir la búsqueda de petróleo y gas natural en tierras federales, y comenzar a exportar gas natural licuado a Europa y Japón. Todo eso producirá una prosperidad y un crecimiento económico (Trump quiere llevarlo al menos a un 4%, pero pretende que eventualmente sea un 5%) que llevará a Estados Unidos de nuevo al lugar donde debe estar, al primer lugar en el mundo. Cuando muchos más ciudadanos vean su situación económica mejorar notablemente, eso también ayudará a unir al pueblo americano; un dividendo extra de la prosperidad. Es lo que espero con la ayuda de Dios.

 

Ahora unas palabras finales sobre el futuro del Partido Republicano. Esta victoria fue de Trump, no del Partido, y las grandes divisiones que existen no desaparecerán por arte de magia. Tampoco debe haber ningún triunfalismo. Fue una victoria conclusiva en términos de votos electorales, que es como funciona la república americana. Pero Clinton, como Al Gore en el 2000, ganó el voto popular por más de 200,000 (aunque 6 millones de sus votos vinieron de solo tres estados: California, Massachussets y New York) y eso ya provoca protestas de que ella “ganó”. El punto es que ni el Partido Republicano NI Trump ganaron un mandato para gobernar. Simplemente PUEDEN hacer lo que quieran por dos años debido al control de la presidencia y el Congreso, así que mejor que lo hagan bien, porque estas oportunidades solo se dan una vez en la vida.

 

Pero probablemente el Partido Republicano, al menos para la próxima elección presidencial en el 2020, se divida en dos: un partido ideológico, un nuevo Partido Conservador, y lo que quede, como se quieran llamar esos “moderados” o “centristas”.

 

Los Demócratas están aún peor, sin líderes, un partido envejecido, sin ideas excepto la basura de la Izquierda Eterna. Y eso puede que sea mejor, un tercer y hasta un cuarto partido (porque los Demócratas también se  pueden fragmentar en al menos dos alas -una más a la izquierda que la otra, si esto posible)  para que existan más opciones para los votantes: conservadores, ultrarradicales de la Izquierda, y los antiguos miembros de las élites, los que se conocen con ese gastado nombre del Establishment.

 

Pero queda un enorme sector de votantes con simpatías populistas en ambos partidos: los republicanos que votaron por Trump y los demócratas que votaron por Sanders. Dónde terminarán esos millones de votantes no es fácil de predecir, pero difícilmente formen un nuevo partido, ya que comparten poco, además de ideas “populistas”.  Ya veremos.

 

Es natural que los millones que votaron por Clinton se sientan muy mal y teman por el futuro. Pero esos temores pronto pasarán. Al día siguiente de las elecciones ganadas por Donald Trump el mundo no se acabó, el cielo no se cayó, y no hay razones para esperar cambios drásticos inmediatos en la sociedad americana. Especialmente, los ilegales no deben temer deportaciones masivas de millones, aunque indudablemente miles de criminales ilegales serán deportados inmediatamente. Pero siguiendo siempre el debido procedimiento de la ley.

 

Pero cambios vendrán -y serán beneficiosos. Los conservadores de principios, quienes mayormente NO apoyamos a Trump pero SÍ votamos por él -aunque fuera por evitar una victoria de Clinton- pienso yo que no estamos interesados en venganzas ni represalias.  Pero sí tenemos todo el derecho de sentirnos regocijados porque logramos asestar un fuerte golpe a la Izquierda Eterna. Tenemos buenas razones para celebrar -mientras esperamos que suceda lo mejor para EEUU y que la presidencia de Trump traiga una gran prosperidad a la nación. Además, se deben recordar las famosas palabras del presidente Obama a McCain en el 2009, y a Ryan y Romney en el 2013: “las elecciones tienen consecuencias -y yo gané”  Exactamente.  Ahora será igual, de manera que las recriminaciones hipócritas del Partido Demócrata y la Izquierda Eterna estarán de más.

 

Esas son nuestras esperanzas. El futuro parece mucho más brillante después del 8 de noviembre. ¿Quién sabe? Quizás podemos esperar, como decía Reagan, un nuevo amanecer para Estados Unidos de América. Que de pronto pueda ser otra vez un ejemplo para el mundo, un faro para la Libertad.