Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

 LA CRISIS DE OCTUBRE EN LA MEMORIA:

EL CINCUENTENARIO DE LA CRISIS DE LOS COHETES EN CUBA, OCTUBRE 1962-2012

 

Hace 50 años hoy, un avión americano U-2 de reconocimiento, volando sobre Cuba, descubrió la presencia de lo que al analizar las fotos se determinó eran bases de cohetes rusos de medio alcance en varios lugares en Cuba (al principio, en San Diego de los Baños, Los Palacios y San Cristóbal, en la provincia de Pinar del Río; más tarde en Guanajay (Pinar del Río) y Sagua La Grande y Remedios, en la provincia de Las Villas). 

 

Las primeras fotos fueron tomadas el 14 de octubre, reveladas, analizadas e identificadas las bases el 15, y finalmente el Presidente Kennedy fue informado en la mañana del 16, aunque su asesor de seguridad McGeorge Bundy había sido informado en la noche del 15, pero decidió no despertar al presidente y esperar a la mañana. 

 

Ese día se puede decir que comenzó la Crisis, aunque en realidad también se puede decir que comenzó a fines de agosto, cuando los U-2 descubrieron la presencia de bases de cohetes de superficie a aire (SAMs) y el Director de la CIA, John McCone, comenzó a sospechar las intenciones de los rusos, ya que en su experiencia, los SAMs usualmente eran emplazados para proteger cohetes nucleares de mediano alcance.

 

Hace diez años que cada octubre escribo algo en conmemoración de la fatídica fecha en que, en mi opinión, se garantizó la revolución cubana y Cuba se perdió para los que queremos y defendemos la libertad y la justicia. El año pasado, varios medios publicaron el capítulo completo sobre la Crisis contenido en el libro El Ocaso del Régimen que Destruyó a Cuba, escrito junto con Efrén Córdova, quien también lo editó, Juan Benemelis, y Miguel Castillo. En ese capítulo de 34 páginas resumí toda la más reciente información sobre el tema, incluyendo algún importante material nunca antes publicado en español.

 

Como los hechos son bien conocidos, en este artículo no seré tan extenso ni tan detallado. Mi intención aquí será explicar lo menos entendido de la Crisis, las motivaciones y razones que llevaron al Premier ruso Nikita Khrushchev a tomar la peligrosa decisión de colocar cohetes nucleares de intermedio y medio alcance en Cuba en 1962 (prefiero llamarle ruso que soviético, término que fue una invención de los bolcheviques rusos desde la revolución de 1917). Comentaré también extensamente sobre informaciones publicadas en la última semana como algo “nuevo”, la presencia de cohetes nucleares tácticos en Cuba y la especulación de que Khrushchev consideró dejarlos en Cuba bajo el control de Fidel Castro al terminar la Crisis con la retirada de los cohetes “ofensivos” de Cuba. Finalmente, ofreceré mi interpretación y conclusiones sobre la Crisis y sobre qué lecciones, si algunas, se pueden aprender de lo sucedido.

 

Todavía después de 50 años, que yo sepa, solamente Timothy Naftali y Aleksandr Fursenko (One Hell of a Gamble [1997] y Khrushchev’ Cold War [2006]), los mejores historiadores de la Crisis, y yo, hemos identificado como la principal motivación de Khrushchev para introducir los cohetes en Cuba, el hecho que fue su jugada y apuesta maestra para dominar al mundo. El mejor libro sobre la Crisis, One Minute to Midnight, de Michael Dobbs (2008), incluye ésta como una de las motivaciones, pero no la principal.

 

Cuando Dobbs, quien es periodista de origen irlandés, pero también tiene títulos en economía e historia, presentó su magnífico libro aquí en la Universidad de Miami (Casa Bacardí) en el otoño del 2008, le pregunté sobre esto, y me dijo que no estaba de acuerdo conmigo en la gran importancia que yo le daba a la motivación de Khrushchev ya descrita. Pero al preguntarle adicionalmente si él había visto los archivos rusos donde se pueden encontrar pruebas conclusivas sobre el asunto, las cuales solamente habían sido examinados por Naftali y Fursenko en Moscú en el 2003, me contestó que no, que él no había leído estos archivos, donde se encuentran los protocolos, minutas y deliberaciones en Moscú durante la Crisis. En el libro Khrushchev’s Cold War, Naftali y Fursenko citan mucha de esta documentación secreta. En español, este material, dando crédito a los autores mencionados, por supuesto, solo lo he utilizado yo. De manera que lo que sigue está documentado y, para mí, probado concluyentemente.

 

La cronología de lo que se llamó Operación Anadyr, por un río en Siberia (para camuflar la operación) es la siguiente: en abril de 1962, Khrushchev le plantea por primera vez al Ministro de Defensa ruso, el Mariscal Rodion Malinovsky, la posibilidad de introducir cohetes nucleares rusos en Cuba (nunca antes cohetes nucleares se habían colocado in ningún lugar fuera de la Unión Soviética).  Malinovsky contesta que sería posible, pero debía ser aprobado por el Presidium. En esa primera conversación, ni Khrushchev ni Malinovsky mencionan la protección de Cuba contra una invasión americana para nada; solamente la posibilidad de igualar en algo la abrumadora superioridad atómica de Estados Unidos ante Rusia es considerada. Días después, Khrushchev lo consulta con el Vice Premier ruso Anastas Mikoyan, su más cercano colaborador. Mikoyan expresa sus dudas. Poco más tarde, el Ministro de Relaciones Exteriores Andrei Gromyko es consultado y, según sus memorias, también se muestra dudoso. Pero Khrushchev sigue adelante, y en mayo se discute el plan ante el Presidium.  Solamente Mikoyan se opone, pero se decide esperar unos días para consultar al embajador ruso en Cuba, Aleksandr Alekseyev sobre si Castro aceptaría la presencia de los cohetes.  Alekseyev también expresa sus dudas, pero se decide enviar una misión a Cuba a consultar a Castro.

 

El 29 de mayo, después de ser debidamente informado, Castro acepta. ¿Por qué lo hizo? Su motivación es más complicada, y ha ofrecido varias versiones durante años, pero se puede decir que para él, lo más importante fue la protección de Cuba contra una invasión americana. Se debe mencionar, por lo que ocurrió después, que Castro propuso de entrada que se firmara un tratado de asistencia mutua entre Cuba y Rusia y que se anunciara públicamente, lo cual estaba perfectamente permitido bajo el derecho internacional. Pero como Khrushchev quería presentar a Kennedy un fait acompli (acto consumado), el Premier ruso rechazó la idea. Luego se arrepentiría.

 

Los planes para la introducción de los cohetes en Cuba comenzaron inmediatamente, pero no vamos a describir nada de esto en detalle; quien esté interesado puede leer mi artículo del año pasado en los archivos de Cubanálisis.com y NuevoAcción,com, o en nuestro libro mencionado, El Ocaso del Régimen que Destruyó a Cuba, disponible en la Librería Universal localmente y en Amazon y therealcuba.com en Internet  Lo que quiero enfatizar aquí es cual fue el plan de Khrushchev.  Consistía en tres partes.  Primero, por supuesto, introducir los cohetes en Cuba secretamente, algo muy difícil y que al final demostró ser imposible. Segundo, una vez colocados los cohetes en Cuba, Khrushchev planeaba viajar a Cuba y, entonces sí, firmar ese tratado de asistencia mutua con Cuba propuesto por Castro inicialmente, y anunciar públicamente la presencia de los cohetes en Cuba. Pero después de las elecciones Congresionales de noviembre, ya que había falsamente prometido a Kennedy que Rusia no causaría problemas antes de las elecciones. Finalmente, Khrushchev viajaría a New York y ante la ONU, anunciaría el ultimatum final sobre Berlín.

 

La alternativa para Estados Unidos era aceptar su gran diseño, abandonar Berlín, y básicamente resignarse a ser potencia de segunda clase dominada por Rusia. Esa fue la gran jugada de Khrushchev. ¿Por qué lo hizo?  Porque estaba convencido de que podía doblegar a Kennedy debido a su confrontación al Presidente en Viena en abril de 1961. Fue una gran apuesta basada en su intuición personal, y la perdió porque subestimó a Kennedy. Ya lo sucedido en Viena había cambiado notablemente, pero el Premier ruso rehusó afrontar la nueva realidad. Gracias a eso, se evitó una posible guerra atómica, pero no antes que su colosal imprudencia pusiera al mundo lo más cerca que ha estado del abismo nuclear.

 

Khrushchev fue destituído de su cargo en octubre de 1964, dos años después de la Crisis, en buena parte gracias a su mal concebida decisión en Cuba.  Supuestamente escribió sus memorias (publicadas en forma de libro en 1970 [Khrushchev Remembers] después que grabaciones secretas habían sido sacadas de Rusia. En esas memorias, Khrushchev, a manera de justificación, declara enfáticamente que su única motivación de introducir cohetes nucleares en Cuba fue “defender la revolución”, y que nunca tuvo intención de usarlas contra Estados Unidos. Lo primero no es verdad, pero lo segundo si. Pero la campaña de justificación, desinformación y engaño abierto comenzó casi inmediatamente después de terminada la Crisis el 29 de octubre. 

 

Primero, con las declaraciones públicas de Anastas Mikoyan en Washington, al regresar de su misión de más de un mes en Cuba para “apaciguar” a Castro y sobre todo, para convencerlo de que permitiera inspecciones en Cuba para asegurar que los cohetes habían sido retirados de la isla. Mikoyan se reunió con Kennedy el 29 de noviembre y declaró que “las armas nucleares no habían sido introducidas en Cuba para atacar a Estados Unidos, sino para defender a Cuba de un ataque desde afuera”. Kennedy rechazó esta explicación y expresó su ultraje por el “engaño deliberado” de los rusos. Pero Mikoyan insistió que NO había habido engaño alguno, sino “una diferencia de interpretación sobre nuestras armas”.  Esto se lo mereció Kennedy por haber insistido ante el público americano a través del verano en que la enormidad de armamentos que estaban siendo introducidos en Cuba (pero no los cohetes “ofensivos”, lo que ignoraba hasta octubre 16 cuando fueron descubiertos por el U-2) efectivamente NO eran “armas ofensivas”. Ahora se tenía que tragar que Mikoyan dijera que todo había sido una diferencia de interpretación. Kennedy concluyó la reunión declarando débilmente que “esperaba que Castro se comportara con moderación y no nos provoque”.

 

 Días después, Mikoyan, seguido por Khrushchev, declararon ante el Presidium en Moscú exactamente lo mismo, añadiendo que “habían salvado a Cuba”. De manera que esta “explicación” de la motivación de Khrushchev ya se había aceptado hacía mucho tiempo (no se podía explicar de otra manera en realidad, ya que la documentación de sus verdaderas intenciones no fue revelada por 33 años más). Además, en definitiva, el “entendimiento” entre Khrushchev y Kennedy que puso fin a la Crisis, en el cual se intercambiaba la retirada de los cohetes de Cuba por la “promesa” de Estados Unidos de no invadir, así lo demostraba. Claro que este endeble “acuerdo” y cualquier “promesa” de no invadir a Cuba habían sido, de facto, invalidados al no permitirse la inspección en Cuba por Castro. No obstante, prácticamente todos los historiadores desde entonces, excepto Naftali, Fursenko y yo, se han creído este cuento, pero la verdad es otra, y ya es hora que así se reconozca.

 

Consideremos ahora las “revelaciones” del fin de semana pasado que han creado un gran revuelo, no solo aquí en Miami, sino en otras partes del mundo.  Primero fue un artículo publicado en Londres en la revista BBC News Magazine por un periodista inglés llamado Joe Matthews. En el corto artículo, aunque tengo entendido que también hizo un corto documental sobre el tema, ofrece principalmente dos temas. Primero, que en Cuba quedaron  “otras” 100 armas nucleares al finalizar la Crisis. Segundo, que Khrushchev decidió obsequiarle a Castro estas armas, no obstante el “entendimiento” con Kennedy que obligaba a Rusia a retirar todos los cohetes nucleares de Cuba. Lo primero es conocido, pero el autor lo tergiversa de entrada para crear algo novedoso y  sensacional, sobre todo con el título. Lo segundo es extremamente dudoso, y el autor no ofrece un ápice de evidencia para demostrarlo. El artículo está basado en un nuevo libro, pero el autor no lo menciona. Y hacia el final nos enteramos que las “otras” armas nucleares que menciona fueron los 80 cohetes “crucero” tácticos (cruise missiles) denominados FKR, con un alcance de 90 a 110 millas y cabezas nucleares de 5 a 12 kilotones de TNT, los 12 cohetes tácticos denominados “Luna” de un alcance de 20-25 millas con cabezas nucleares de 2 kilotones, para ser lanzados como proyectiles contra posibles fuerzas invasoras, y las seis bombas atómicas de pocos kilotones enviadas para ser usadas por los obsoletos bombarderos IL-28. 

 

Esto se reveló primeramente por el General ruso Anatoli Gribkov, quien estuvo en Cuba durante la Crisis y luego escribió un informativo libro conjuntamente con el también General americano William Smith, titulado Operation Anadyr (1994).  Gribkov lo dio a conocer en una reunión en La Habana en octubre de 1992, al cumplirse 30 años de la Crisis. Los servicios de inteligencia americanos sospechaban de los Luna, pero ignoraban la presencia de los más peligrosos y poderosos FKR, y esta revelación SÍ fue sensacional en 1992. Como debe quedar claro, estos cohetes tácticos, aunque sus cabezas nucleares eran capaces de destruir un grupo naval de portaaviones o de causar tanto daño como la bomba atómica de Hiroshima, no representaban ninguna amenaza para Estados Unidos, excepto si fueran utilizados contra una fuerza invasora. Y de todas maneras, las cabezas nucleares de los cohetes tácticos NO quedaron en Cuba, sino que fueron retiradas (no se sabe cuando, pero no más tarde que principios de diciembre de 1962), junto con los más controversiales aviones bombarderos Ilyushin 28, los cuales Khrushchev SÍ trató de dejar en Cuba, también a fines de noviembre. Todos los cohetes -los FKR y los Luna- quedaron en Cuba, pero sin las cabezas nucleares estas armas no eran ni muy efectivas ni muy amenazantes, ni siquiera para repeler una fuerza invasora. Los bombarderos IL-28, sin embargo, aunque eran ya obsoletos (quizás por eso Rusia los mandó a Cuba), y aunque Khrushchev acordó sacarlos de Cuba el 22 de noviembre, no fueron regresados a Rusia hasta el año 1964. Estados Unidos, o no se enteró, o no le dio importancia al hecho. Los IL-28 eran ya inconsecuentes, y la insistencia de Kennedy para que se retiraran de Cuba era estrictamente política.

 

El segundo artículo con “nuevas revelaciones” está basado en el mencionado libro, escrito por Sergo Mikoyan, hijo de Anastas, en el 2010, y publicado póstumamente hace unos días (Sergo murió en el 2010, pero el libro fue completado por la investigadora Svetlana Savranskaya, Directora de los archivos rusos del Archivo de Seguridad Nacional en Washington). El libro, titulado en español La Crisis Soviético Cubana de los Misiles, está basado parcialmente en otro previo escrito por Sergo Mikoyan en ruso en el 2006, titulado Anatomía de la Crisis Cubana de los Misiles.  Sergo estuvo en Cuba con su padre, de quien fue secretario hasta su muerte en 1978, durante el mes que Anastas pasó en Cuba en noviembre de 1962 tratando de apaciguar a Castro.  El artículo sobre el libro, publicado el domingo pasado en El Nuevo Herald por Juan Tamayo, menciona que el libro contiene 50 documentos de los archivos del gobierno soviético y la familia Mikoyan, incluyendo transcripciones de las conversaciones entre Castro y Mikoyan durante ese mes en Cuba. Naturalmente, Tamayo no cita ningún documento, siendo este un corto artículo periodístico, y yo no he leído el libro (no se publicará hasta diciembre). Pero la coautora Savranskaya estará presente en un importante conferencia que se celebrará este sábado 20 de octubre en la Casa Bacardí de la Universidad de Miami. Pienso conversar con ella, incluiré lo que me diga al final de este artículo. 

 

El artículo de Tamayo menciona que el libro de Mikoyan/Savranskaya también trata de los 100 cohetes tácticos que no habían sido incluidos en el “entendimiento” entre Kennedy y Khrushchev, ya que no eran “armas ofensivas”  y que “inicialmente Mikoyan y las fuerzas armadas soviéticas estaban a favor de permitir que Castro quedara en control de las armas nucleares tácticas”, por lo menos hasta que Castro envió a Khrushchev la llamada “carta de la muerte” (doom letter) el 27 de octubre instándolo a lanzar un ataque nuclear contra Estados Unidos en caso de una invasión americana a Cuba. 

 

También menciona Tamayo que un cierto acuerdo oral (nunca he sabido de su existencia) soviético-cubano del verano de 1962, “incluyó una promesa de que las tropas cubanas tomarían el control de las armas nucleares tácticas después de recibir entrenamiento”. Esto tampoco lo he encontrado en ninguna fuente que he consultado en 45 años y el tratado escrito entre Cuba y Rusia, que SÍ existe, no contiene nada de esto. Tamayo no alude a lo que Matthews asegura, que Khrushchev “decidió” dejarle los cohetes tácticos a Cuba, pero sí menciona hiperbólicamente que de esto suceder, “Cuba se hubiera convertido en una potencia nuclear”. Esto es una buena exageración cuando se habla de 80 cohetes que no tenían un alcance más allá de 110 millas y que no eran, ni podían ser, una amenaza para nadie. En fin, a no ser que la señora Savranskaya me convenza de lo contrario, pienso que todo esto es extremadamente dudoso y difícil de probar, pues no creo que entre los 50 documentos incluidos en el libro se puedan encontrar pruebas concluyentes de que Khrushchev efectivamente tenía la intención de dejarle los cohetes tácticos a Castro. Es más, he leído dos cables publicados en la reseña del libro, uno desde Cuba de Mikoyan a Khrushchev el 6 de noviembre; el otro de Khrushchev a Mikoyan el 12 de noviembre. Ambos cables son muy largos -el de Khrushchev tiene 22 páginas- y en ninguno de los dos se menciona la posibilidad de dejarle las armas nucleares tácticas a Castro. Esto es suficiente para mí.

 

Ni Dobbs, ni Gribkov/Smith mencionan nada sobre esto en sus documentados libros. Naftali y Fursenko, que presentan un largo y detallado capítulo sobre la misión de Mikoyan a La Habana en su primer libro, One Hell of a Gamble (1997), sí mencionan muchos detalles sobre el tema. Es más, la información que ofrecen en su libro es prácticamente la misma ahora “revelada” por el libro de Sergo Mikoyan, y ese otro libro fue publicado hace 15 años.

 

Al ser informado Castro del “entendimiento” que retiraría todos los cohetes nucleares de Cuba, primero por el embajador Alekseyev, y luego por Mikoyan, su furia fue tal que ordenó a su Ministro de Relaciones Exteriores Raúl Roa que informara al embajador cubano ante la ONU, Carlos Lechuga, que “todavía tenemos armas atómicas tácticas, las que debemos conservar”. En cuanto los rusos se enteraron de tal imprudencia, la cual podía echar por tierra todo lo acordado con Kennedy, insistieron que esa frase se retirara del cable a Lechuga, pero parece que algo ya sospechaba la administración Kennedy por ciertos comentarios de su hermano Robert al embajador ruso Dobrynin, quien ignoraba lo que estaba sucediendo.

 

Por otro lado, Naftali y Fursenko, aunque nunca mencionan que Khrushchev tenía intenciones de permitir a los cubanos conservar los cohetes tácticos, ni siquiera como un “desagravio” por la retirada de los cohetes estratégicos de largo alcance, indican que el Mariscal Malinovsky, Ministro de Defensa ruso, SÍ quería mantener los cohetes tácticos en la isla, y así dio instrucciones al General Pliyev, a cargo de todas las fuerzas militares rusas en Cuba, para que se comenzara a entrenar a los cubanos en su uso. Pero, de acuerdo con estos autores, lo que SÍ hizo Mikoyan por su cuenta, ya que carecía de instrucciones de Moscú, fue convencer a Castro de que los cohetes tácticos debían regresar a Rusia por ley rusa (no existía tal ley), tal como menciona el libro de Sergo/Savranskaya.  De manera que esto era bien conocido desde entonces; no hay nada “nuevo” en estas sensacionales “revelaciones”. Además, no obstante el “acuerdo oral” que menciona Tamayo en su reportaje sobre el nuevo libro, sí existía un tratado escrito (el cual nunca se firmó debido al fracaso del plan de Khrushchev y el desenlace de la Crisis), como ya he escrito antes, que específicamente establecía, en su artículo 14, que Rusia tenía el derecho de retirar todo equipo y material militar de Cuba.

 

En realidad, entonces, no es siquiera lógico pensar que Khrushchev haya nunca considerado dejarle las armas tácticas a Castro. Si su plan maestro triunfaba, ya no habría necesidad de mantenerlas en Cuba. Si el plan fracasaba, como resultó ser, entonces no tenía sentido correr el riesgo de que esas armas fueran descubiertas en Cuba, sobre todo después de la “carta de la muerte” del 27 de octubre. No creo que más nada sea necesario para desmentir estas alegaciones.  La historia también apunta contra intenciones rusas de transportar armas nucleares a otros países fuera de Rusia continental, mucho menos dejarlas en control de otros. Por ejemplo, en los años 1950s, Mao Tse Tung pidió tanto a Stalin como a su sucesor Khrushchev, que mandaran bombas nucleares a China.  Los dos negaron la petición, Stalin aún después que China, instada por él mismo, entrara en la guerra de Corea y fuera amenazada por Estados Unidos con posibles ataques nucleares. Khrushchev brindó asistencia técnica y asesores rusos a China, lo cual ayudó a Mao a producir armas nucleares en 1964, después que Rusia había retirado sus asesores y su ayuda a China.

 

Los resultados y conclusiones de la Crisis son muchos y muy distintos. El primero y más obvio resultado fue que su decisión de introducir cohetes nucleares en Cuba le costó el cargo a Khrushchev dos años después. Las relaciones entre Castro y Khrushchev, y después de 1964, entre Cuba y Rusia, también cambiaron radicalmente. Primero vino la rabieta de Castro por el retiro de las armas y tropas rusas (las que mucho le sirvieron para concentrar más de 30,000 tropas cubanas para la “limpieza” de opositores de las montañas del Escambray en Las Villas). Pero, poco después, Castro fue invitado a Rusia, donde pasó varias semanas en junio de 1963, y la bonanza de ayuda económica y militar a Cuba comenzó como resultado del viaje. 

 

Castro, sin embargo, por muy agasajado y honrado que fue durante su estancia, nunca perdonó ni olvidó su humillación al final de la Crisis. Decidió desde entonces establecer una política independiente -a su conveniencia- de Rusia, sobre todo en cuestiones internacionales. Es verdad que por años pareció estar bajo el control ruso en las diversas intervenciones en casi todo el mundo y en la subversión en Iberoamérica, y sobre todo África. Pero cuando sus intereses diferían de los rusos, su voluntad prevaleció. Aún cuando Moscú le negó ayuda económica y/o militar para ciertas de sus aventuras, Castro se aseguró de tener los medios económicos para lograr sus planes. El dinero recaudado en su involucramiento en el narcotráfico mundial (desde 1961) fue más que suficiente para pagar por todas sus intervenciones internacionales que estaban en conflicto con los deseos rusos.

 

Las relaciones entre Rusia y Estados Unidos mejoraron considerablemente como resultado de la Crisis, aunque no entre Cuba y Estados Unidos. Las operaciones encubiertas contra Castro continuaron y aumentaron hasta la muerte de Kennedy en 1963, con la Operación Mongoose dirigida por su hermano Robert. Pero la revolución fue, de hecho, garantizada por el “entendimiento” entre Kennedy y Khrushchev que “resolvió’ la Crisis. Por invalidado que haya quedado este “entendimiento” desde el principio, se ha respetado el compromiso de Estados Unidos de no invadir a Cuba ni permitir acciones contra la isla desde el exterior.

 

Pero quizás la consecuencia directa más importante de la Crisis fue que decidió a los militares rusos a buscar por todos los medios la igualdad nuclear con Estados Unidos, al igual que la igualdad en su punto más débil: la cohetería intercontinental. Hacia 1970, Rusia había conseguido tal igualdad y posiblemente hasta cierta superioridad, sin importar los alardes del ex Secretario de Defensa Robert McNamara de que los rusos no tenían ningún incentivo para esto. Pero los generales rusos, como Castro, decidieron que nunca más pondrían su confianza en dirigentes políticos civiles, y que para evitar una humillación similar a la sufrida después de la retirada de los cohetes estratégicos de Cuba en 1962, la única solución era buscar la igualdad militar con Estados Unidos.

 

¿Qué lecciones se aprendieron de la Crisis? La más importante quizás fue la alteración del aforismo atribuido al General prusiano del siglo 19 Carl Von Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política. No desde la Crisis, no cuando hay armas nucleares presentes.

 

¿Qué cerca estuvimos de una guerra nuclear? Cerca, pero no tanto. Nunca lo sabremos, pero un accidente, sobre todo con los acosados submarinos rusos, cuyos capitanes no sabían lo que pasaba en la superficie, y los cuales tenían la autorización de utilizar los torpedos nucleares con que estaban armados los submarinos en caso de ataque (uno fue, de hecho, atacado con cargas de profundidad). Igualmente, las armas nucleares tácticas podían haber sido utilizadas, sobre todo en caso de invasión. Los jefes militares rusos en Cuba primero fueron autorizados, para más tarde prohibírseles el uso de esas armas tácticas, aún en caso de invasión. Pero bajo ataque, podían haber decidido morir matando. Además, hasta los tenientes a cargo de las baterías de los cohetes FKR (había una emplazada en Mayarí Arriba, a pocas millas de la Base de Guantánamo) podían -accidentalmente o a propósito- haber decidido atacar, como lo hicieron cuando derribaron un U-2 el 28 de octubre, a pesar de las órdenes terminantes de Moscú de no dispararle a ningún avión de reconocimiento.

 

En caso de tales accidentes con las armas tácticas, en el mar o en tierra ¿pudiera una detonación nuclear limitada haber causado una guerra general?  Claro que si, pero probablemente no. Cuba y Rusia hubieran quedado devastadas, pero también la Base de Guantánamo, y quizás el sur de la Florida.  Otras ciudades como New York y Washington posiblemente hubieran sido atacadas, pero no por más de un puñado de cohetes intercontinentales (los cohetes rusos eran pocos y  no muy certeros). De todas maneras, las muertes en Estados Unidos hubieran sido contadas en millares, no en millones como en Rusia. Pero afortunadamente la prudencia prevaleció, sobre todo en Kennedy, ya que Khrushchev nunca tuvo intenciones de usar los cohetes estratégicos o tácticos colocados en Cuba.

 

Por otro lado, Kennedy desaprovechó probablemente la última oportunidad de terminar con el cáncer que ha sido la Cuba de Castro por todo este medio siglo transcurrido. Tanto para Estados Unidos, como para el resto del mundo, y muy especialmente para el pueblo cubano. También, desafortunadamente, como atestigua la publicación de este nuevo libro de Mikoyan/Savranskaya, la transformación de asesinos brutales como Khrushchev y Mikoyan, responsables ambos de la muerte de quizás millones de inocentes rusos y ucranianos, continua.

 

Khrushchev, desde su viaje a Estados Unidos en 1959, fue visto por los medios informativos como una figura bufonesca, pero relativamente inofensiva. Tres años después puso al mundo en peligro mortal. Pero después de su deposición y retiro fue otra vez transformado, ahora permanentemente, en un tipo de viejo abuelo benévolo.  Mikoyan, quien siempre fue generalmente respetado, ahora se nos presenta como un sabio estadista, y hasta como una figura “romántica”.  Pero la historia está llena de monstruos, y los comunistas son los peores monstruos de todos. Nadie fue más culpable de la Crisis de los Cohetes de Octubre 1962 en Cuba que Nikita Khrushchev, y eso nunca debe ser olvidado.

 

Para los cubanos, sobre todo para el Exilio Histórico, la Crisis de Octubre cada año queda más atrás, cada año se recuerda menos, ahora casi con cierta nostalgia. Esto es lamentable, pero de esperar: después de todo, la Crisis es casi contemporánea con nuestro exilio de más de cincuenta años. Por eso escribo sobre el tema todos los años, tratando de crear interés, sobre todo en la generación más joven. Pero además las investigaciones de historiadores  serios continua, como lo evidencia este nuevo libro de Sergo Mikoyan y Svetlana Savranskaya. Es verdad que muchos historiadores todavía creen ciertos mitos, pero quizás con el tiempo, y sobre todo al revelarse más información todavía secreta, esto cambie. Por ejemplo, en 1970 se firmó un acuerdo entre el Secretario de Estado americano Henry Kissinger y el embajador ruso Anatoly Dobrynin, “reafirmando, clarificando y modificando” lo acordado informalmente en octubre de 1962.  Este nuevo acuerdo prohibió a Rusia basar submarinos nucleares en Cuba, además de cohetes, como se había acordado en 1962; pero, mucho más importante, Rusia finalmente obtuvo un firme compromiso de Estados Unidos de no invadir a Cuba. Este acuerdo todavía ¡después de 42 años! se mantiene secreto, una de las razones por la que muchos aún creen en la existencia de algún siniestro acuerdo secreto que ha mantenido a Cuba protegida de ataques desde el exterior, ya sea por Estados Unidos o cualquier otro adversario.

 

Postdata

 

Como escribí antes, asistí al seminario sobre el cincuentenario de la Crisis de Octubre, organizado por el Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami. Magníficas presentaciones, sobre todo por Svetlana Savranskaya, Michael Dobbs  y Brian Latell. Pude hacer algunas preguntas a Svetlana, como parece que prefiere que le llamen. Es una mujer rusa, joven, quien recibió su doctorado en relaciones exteriores de la Universidad Emory en Atlanta en 1998 (en contraste yo recibí el mío en historia de la Universidad Rice en Houston en 1972), bajo la dirección de Robert Pastor, principal asesor para Iberoamérica del presidente Carter, algo preocupante. Pero parece ser una gran investigadora y, aunque solo tuve la oportunidad de hacerle dos breves preguntas sobre las motivaciones de Khrushchev en introducir los cohetes estratégicos en Cuba (ella, como Michael Dobbs, lamentablemente mantiene que Khrushchev tomó la arriesgada decisión para proteger a Cuba), no pude preguntarle lo que más quería, es decir, si en su libro ella indicaba que Khrushchev tenía intenciones de dejarle las armas nucleares tácticas a Castro.  Se fue a los pocos minutos por un compromiso previo, pero pude hablar con ella unos minutos, durante los cuales le entregué una copia de mi largo y detallado capítulo sobre la Crisis (ella lee español) y ella me pidió que le enviara las fuentes para lo que mencioné en mis preguntas, de que los cohetes tácticos (sin las cabezas nucleares) se habían quedado en Cuba y que los bombarderos IL-28 no se habían regresado a Rusia hasta 1964. Le envié la información y espero mantenerme en contacto con ella, y leer su libro cuando sea publicado en diciembre.

 

Svetlana también cometió un error al negar mi comentario sobre fuentes de información citadas por los autores Naftali y Fursenko.  Dijo que los generales taquígrafos que mencionan los autores no pudieron ser entrevistados en Moscú en 2003 porque estaban muertos. Parece ser verdad, pero eso no cambia lo que yo dije, que esos autores no encontraron evidencia en los archivos que solamente ellos examinaron en Moscú en el 2003 sobre las motivaciones de Khrushchev de introducir cohetes estratégicos en Cuba para proteger el régimen de Castro contra una invasión americana.

 

Con Michael Dobbs, a quien conozco desde que presentó su gran libro sobre la Crisis One Minute to Midnight en Casa Bacardí en el 2008, también conversé por un buen rato, y me enteré que había basado casi toda su “interpretación” sobre las motivaciones de Khrushchev en introducir los cohetes en Cuba en los tres libros publicados con las memorias de Khrushchev. No en balde considera que defender a Cuba fue su motivación principal, si esa siempre fue la justificación del líder ruso. 

 

Pero no fue así, como he dicho, y como explicaré brevemente ahora. Cito la primera vez que Khrushchev propuso la idea al Mariscal Malinovsky, Ministro de Defensa ruso en abril de 1962. De acuerdo con el General Dmitri Volkogonov, la única fuente sobre esta reunión, allí no se habló una palabra sobre defender a Cuba, sino cómo balancear la presencia de cohetes americanos en Turquía con la posibilidad de emplazar cohetes rusos en Cuba. Cito además las minutas de las reuniones del Presidium en Moscú en mayo de 1962, donde se decidió introducir los cohetes en Cuba -después de consultar a Castro y obtener su aprobación. Tampoco se menciona ni una palabra sobre defender a Cuba.  Finalmente cito las minutas y los protocolos de las reuniones en el Kremlin durante la Crisis, antes de tomar la decisión sobre el retiro de los cohetes.  Tampoco se menciona la defensa de Cuba.

 

Únicamente cuando Khrushchev decide retirar los cohetes y tiene que admitir que la decisión de introducirlos fue un grave error, para empezar a justificarse ante el Presidium, Khrushchev empieza a mencionar la defensa de Cuba ante una invasión americana como su principal motivación, y defiende débilmente la decisión de retirar los cohetes diciendo que eso no quiere decir que Rusia abandonará a Cuba, y que aún sin los cohetes, puede proteger a Cuba de una invasión americana. Cabe preguntar ¿entonces por qué introducir los cohetes en primer lugar? Pero de todos modos, esto no ocurre hasta el día 25 de octubre.  Cito finalmente a los mencionados autores Naftali y Fursenko comentando sobre esta reunión en el Kremlim del día 25. “La defensa de Cuba no había sido la preocupación de Khrushchev y ciertamente no había sido la razón principal porque optó enviar cohetes nucleares a la isla” (Khrushchev’s Cold War, página 484). Para mi, ni Svetlana, ni Dobbs, ni todos los otros que insisten que defender a Cuba fue la principal -o hasta la única- razón de Khrushchev de lanzarse a su gran aventura y apuesta final en Cuba, no pueden contrarrestar mis argumentos, de manera que considero mi posición como la  históricamente correcta.

 

Finalmente, para mi sorpresa, mi buen amigo Brian Latell, aunque ofreció una buena interpretación de lo que en su criterio apresuró la resolución de la Crisis por la “bizarra” actuación de Fidel Castro el “sábado negro” el 27 de octubre cuando el U-2 fue derribado. Esa mañana Castro se presentó en el cuartel general de las tropas rusas en El Chico, en las afueras de La Habana, para informar al General Pliyev de su orden inmediata de disparar sobre los aviones de reconocimiento americanos volando sobre Cuba. Latell considera que esa actitud de Castro  impresionó tanto al general ruso que posiblemente resultó en que aprobara derribar el U-2 más tarde. (Contrario a lo que muchos creen, Castro ni dio la orden del derribo ni mucho menos apretó el botón para lanzar el cohete SAM que lo derribó; no estaba ni presente, ya que el SAM se lanzó desde una base en Oriente). Pero, por otro lado, Brian piensa que Castro , en verdad, estaba conciente de la inferioridad de Rusia ante Estados Unidos en cohetería nuclear. Ni yo ni muchos estamos de acuerdo. Castro, en mi opinión, por el contrario, se creyó la propaganda rusa siempre, y por eso, en parte, permitió la introducción de los cohetes en Cuba, pero esto es debatible y solo algo sujeto a interpretaciones.

 

Este, entonces, es mi relato sobre el gran seminario de ayer, y con esto termina mi artículo conmemorando los 50 años de la Crisis de los Cohetes en Cuba en octubre de 1962.