Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

JULIO 4 de 1776: TRIUNFO DE LA LIBERTAD

 

Hace una semana se cumplieron 240 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos de America en Filadelfia.  Pero ese 4 de julio de 1776 (el documento se firmó dos días antes, pero hubo que esperar a que los pergaminos fueran impresos) sucedió algo mucho más importante que una declaración proclamando la separación de las 13 colonias británicas en Norteamérica de la madre patria. En definitiva, ya la guerra de miles de voluntarios, mayormente de Massachusetts, contra tropas del Rey George III de Gran Bretaña, había comenzado meses antes. Fue una larga y cruel guerra que no se ganó hasta que en 1783 se firmó el Tratado de París, por el cual Gran Bretaña reconoció la independencia de las colonias, los Estados Unidos de América.

 

Los principios enunciados en la Declaración fueron los que hicieron la diferencia en el mundo hasta entonces. Fue la primera vez que un grupo de hombres retaba a un monarca absoluto, y que lo hacía declarando el derecho de los hombres libres de hacerlo. Por eso se logró en julio de 1776 el gran triunfo de la Libertad en el mundo. Los principios proclamados en la Declaración van más allá de los conocidos derechos naturales que poseen todos los seres humanos (a pesar de que, debido a las costumbres de los tiempos, se mencionó solo a los hombres), los mencionados en el Preámbulo: el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

 

El principal autor de la Declaración, Thomas Jefferson, y sus prominentes editores John Adams y Benjamin Franklin, todos inexplicablemente dejaron fuera el derecho a la propiedad privada, mencionado entre los derechos naturales desde que John Locke primero escribió sobre ellos en sus famosos Dos Tratados sobre Gobierno de 1669.  Además que existía el precedente y modelo utilizado por Jefferson de la Declaración de Principios de Virginia, escrita por George Mason unos meses antes.

 

Pero todavía los principios de la Declaración van más lejos que los Derechos del Preámbulo, ya que el resto (la mayor parte) del documento es un enjuiciamiento y denuncia del Rey George y todos los soberanos absolutos, al igual que una detallada justificación del derecho de los hombres libres de rebelarse contra un gobierno injusto de soberanos que violan el contrato social de gobernar con el consentimiento de los demás seres que forman la sociedad. Casi que la justificación de declarar la independencia de las colonias de Gran Bretaña fue lo menos importante de la Declaración.

 

Debe aclararse que en la sociedad colonial americana existía más libertad que en ningún otro lugar en el mundo, aunque no todos gozaban de esas libertades. Las mujeres, por supuesto, no podían votar, y de hecho eran ciudadanas de segunda clase. Los esclavos, indios, negros africanos y los creados por contrato (indentured servants, usualmente por siete años) tenían poca o ninguna libertad. Pero la Declaración fue como un “anuncio oficial” de lo que era costumbre en las colonias, ahora respaldado por una estructura que explicaba cómo ciertos derechos esenciales venían de Dios y de la Naturaleza, y no dependían de la voluntad de ningún soberano, por absoluto que fuera.

 

Sin embargo, la Declaración no era un plano de gobierno, y poco después que las colonias (ahora estados independientes) ganaran su independencia de Gran Bretaña, la gran ironía resultó ser que todas las libertades se disminuyeron en las nuevas sociedades estatales americanas. Esto fue algo que nadie previó. Muy pronto, el desorden y hasta el caos anárquico reinaba en casi toda la Confederación (desde 1775 existían los Artículos de Confederación aprobados por el Segundo Congreso Continental, el cual fungía como gobierno semicentral, pero con mínimos poderes).  En las legislaturas estatales imperaba la corrupción, y la consecuencia más grave de las políticas demagógicas de los legisladores fue la inflación desenfrenada en los 13 nuevos estados. ¿Que hacer?

 

Los visionarios fundadores, muchos de ellos firmantes de la Declaración, se reunieron de nuevo en Filadelfia en el verano de 1789 y redactaron la Constitución de Estados Unidos de América, creando un gobierno central de once de los estados independientes (al principio, Carolina de Norte y Rhode Island no ratificaron las Constitución y por consiguiente no formaban parte de la Unión) pero a la vez, un gobierno cuyos poderes estaban estrictamente limitados, y donde los derechos de los ciudadanos contra las depredaciones del gobierno estaban protegidos y “garantizados” (específicamente por la Declaración de Derechos -Bill of Rights- aprobados por el primer Congreso en 1791, pero en verdad por las Declaraciones de Derechos ya aprobadas en cada estado).

 

Si algo NO eran esos genios fundadores que crearon la Constitución era ingenuos.  Sabían muy bien que la Constitución no era perfecta, y que ya la creación de un gobierno central, por limitados que fueran sus poderes, era una limitación y disminución -de hecho- de las libertades individuales de cada miembro de la sociedad.  No solo eso, sino que todos estaban muy conscientes que, para que la nueva sociedad americana gobernada por la Constitución funcionara, era esencial que los ciudadanos -y por ende el gobierno- se condujeran virtuosamente.

 

La república federal tenía que ser una república virtuosa (ideal de los Whigs ingleses del siglo 17). Pero a la vez, como no eran ingenuos y conocían bien las debilidades humanas, también sabían que como la virtud no es realmente condición humana, el triunfo de la libertad, conseguido primero por la Declaración y luego por la Constitución, sería algo sumamente difícil. Pero aún así, los principios contenidos en la Declaración y la república federal creada por la Constitución fueron un faro de luz y esperanza para toda la humanidad y un monumento maravilloso a la Libertad.

 

Pero contra viento y marea, la República de Libertad prevaleció por más de un siglo relativamente ilesa. Pudo hasta sobrevivir una salvaje Guerra Civil que finalmente corrigió uno de los peores errores de la Constitución: la esclavitud de negros africanos.

 

La Unión se mantuvo, a un costo de 600,000 muertos y de la supresión temporal del habeas corpus. Lamentablemente, la República de Libertad NO pudo soportar las embestidas casi continuas de la Izquierda Eterna, primero provenientes del Movimiento Progresista desde 1904 (bajo las presidencias de Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson). 

 

Luego vino la creación del primer estado gigantesco y una tremenda supresión de las libertades constitucionales durante la Primera Guerra Mundial, gracias casi enteramente al demente fanatismo del fatídico Presidente Wilson. Siguió, con el advenimiento de la Gran Depresión de los años 1930s, las políticas colectivistas del New Deal del Presidente Franklin Roosevelt, y la participación de EEUU en la Segunda Guerra Mundial, donde desgraciadamente fueron aliados de la peor dictadura de la Izquierda Eterna de todas, el régimen comunista de Iosif Stalin.  Un Estado más gigantesco y corrupto fue el resultado final en 1945.

 

Tristemente, faltaba lo peor: la Gran Sociedad (Great Society) implementada por el Presidente Lyndon Johnson, quien aprovechando el control del Congreso por el partido Demócrata después del asesinato del Presidente John Kennedy y su aplastante elección en 1964, al fin logró ese sueño dorado de la Izquierda Eterna americana: el Estado de Bienestar (Welfare).

 

Todo este largo dominio de más de un siglo por parte de la Izquierda Eterna ha destruido verdaderamente casi todo lo que la Declaración de Independencia y la Constitución crearon a finales del siglo 18. Los temores de los fundadores se cumplieron. No fue posible mantener una república virtuosa. Se perdió el camino.

 

Si, ha habido intervalos. Los gloriosos (comparativamente hablando) años bajo la presidencia de Ronald Reagan, cuando de nuevo imperó la libertad y se produjo un renacimiento económico, cuando el pueblo americano recuperó su confianza y su esperanza, y cuando se logró derrotar ese horrible azote de la humanidad que fue el comunismo internacional.

 

¡Pero fue todo tan efímero! Casi se puede marcar el principio del aparentemente imparable desastre de los últimos 26 años: el momento en que el Presidente Bush padre traicionó a una gran parte de los votantes que lo eligieron en 1988, cuando renegó de su promesa de no aumentar los impuestos (Read my lips: no new taxes) en su discurso de aceptación a la nominación del partido republicano.

 

Eso le costó la reelección, cuando tenía el apoyo del 90% del pueblo al finalizar la Primera Guerra del Golfo contra Saddam Hussein en febrero de 1991 en solo 100 horas. Pero peor, trajo la oposición del falso conservador Pat Buchanan, quien ganó la primaria de New Hampshire en enero del 1992 al presidente, y trajo la entrada del farsante y ¿demente? millonario Ross Perot al proceso electoral.

 

El desconocido gobernador de Arkansas, Bill Clinton, ganó la presidencia en noviembre de 1992, y aunque sus dos períodos fueron prósperos, en gran parte gracias al final de la Guerra Fría y consecuente reducción del presupuesto militar, al control del Congreso por los republicanos y a la burbuja de las empresas creadas por el nacimiento del internet (dot com bubble), hay que reconocer que fue un hábil político que logró cooperar con los republicanos para gobernar con armonía y éxito.

 

Pero por otro lado, en sus ocho años descuidó las incipientes amenazas del terrorismo islámico -que en verdad comenzaron durante la administración de Reagan- y todavía estamos pagando las consecuencias.

 

Luego vino la pésima presidencia de George Bush hijo, el ataque a las Torres Gemelas en septiembre del 2001, las invasiones contra el Talibán en Afganistán para vengar el ataque del 9/11, y la otra, mucho más desafortunada invasión contra Irak para eliminar armas de destrucción masiva (que ahora es fácil ridiculizar, pero entonces todos los servicios de inteligencia del mundo concluyeron que era real) pero realmente más para vengar el intento de Saddam Hussein de asesinar a su padre durante una visita a Kuwait en 1993.

 

Y otra gran traición a los conservadores cuando aumentó masivamente el gasto público y la corrupción durante su administración. Las dos interminables y costosísimas guerras y el odio irracional de la Izquierda Eterna hacia Bush hijo, con una enorme contribución de la masiva crisis financiera producida mayormente por estúpidas y destructivas políticas del gobierno federal de “ingeniería social” para que “minorías” pudieran comprar viviendas baratas, provocaron directamente la elección del presidente más radical en la historia de EEUU en el 2008. El cambio y la esperanza fueron sus falsas consignas, pero los votantes se engañaron porque quisieron, por su ignorancia y su estupidez que finalmente trajo la debacle del 2008

 

Mucho peor, sin embargo, fue la reelección del presidente en el 2012. Luego del fracaso total de su primer período y del gran engaño de sus políticas de “cambio y esperanza”, nunca debió suceder; no hay excusa remota que lo justifique. Y el resultado fue cuatro años más de políticas catastróficas, auge enorme del terrorismo islámico, una recesión que nunca termina -aunque los economistas aseguren que terminó en el 2009- y la peor economía del siglo, solo comparable a la Gran Depresión: casi cero crecimiento económico, un tremendo aumento en la pobreza, peligrosas relaciones raciales.

 

En fin, el caos que esta pasada semana explotó con la declaración del Director del FBI exonerando a la candidata del partido demócrata Hillary Clinton, y los asesinatos de dos indefensos negros en Lousiana y Minnesota y cinco policías en Dallas.

 

Tal parece que las proféticas palabras del odioso “predicador” de la Iglesia Trinity en Chicago -y mentor del presidente- Jeremiah Wright se han cumplido: The chicken have come home to roost (los pollos han regresado al gallinero). El significado es que los polvos de ayer finalmente causaron los lodos de hoy.

 

O todavía mejor, recordando la Biblia  (Hosea 8:7): “Those who sow the wind shall reap the whirlwind” (Los que siembran el viento, cosecharán el remolino). Ahora estamos definitivamente cosechando el remolino. De manera que, increíblemente, tenemos y debemos regresar al comienzo de este escrito, a la disyuntiva de los fundadores americanos en 1789. ¿Que hacer?

 

Pero ahora todo es infinitamente más difícil, y no basta con decir que debemos regresar a los principios enunciados en la Declaración y la Constitución. Claro que debemos, pero eso no es suficiente en el mundo que vivimos. Si, es verdad que, como señala Carlos Alberto Montaner en su artículo del domingo 10 de julio en El Nuevo Herald, en términos relativos, aquí en EEUU, estamos mejor que en el resto del mundo. Pero ¿y qué? 

 

Desafortunadamente no es ni consuelo, ni siquiera tranquilizante. Las estadísticas que cita Montaner (excepto la falsa tasa de desempleo, manipulada hace tiempo y que verdaderamente supera el 10%) dibujan una situación que puede crear esperanzas. Pero son falsas esperanzas.

 

Lo que nos espera en la elección presidencial en EEUU en noviembre es pavoroso: decidir entre una malvada, corrupta y mentirosa, además de muy incapaz mujer, y un farsante payaso fantoche que no parece tener siquiera un semblante de sentido común. Entonces, repito ¿que hacer?

 

No puedo remotamente ni opinar. Es desolador el panorama. En los próximos cuatro años, sin importar quien gane la elección, casi seguro enfrentaremos un peligro no imaginable del terrorismo islámico y una situación interna cada vez más parecida a la semi-guerra civil de los 1960s, especialmente entre blancos y negros. Esto, irónicamente, directamente achacado a ese falso profeta que se autoproclamó como el primer presidente post racial, pero que para muchos ha sido el presidente más divisivo en la historia.

 

Pero lo sucedido esta semana quizás quede como una marca que de cierta manera defina nuestro incierto futuro. Después de celebrar la Independencia americana el lunes 4 de julio, el martes 5 comenzó con las sorprendentes declaraciones del Director del FBI, James Comey. Pocos esperaban que ese día se hiciera el aguardado anuncio sobre la larga investigación a Hillary Clinton por la cuestión de los correos electrónicos y su uso de un servidor no autorizado para enviar y recibir esos mensajes electrónicos.

 

Aunque quizás el momento de la presentación de James Comey no fue tan sorprendente. Veamos la sospechosa secuencia de los hechos.

 

El lunes 27 de junio, un periodista de la cadena ABC descubrió, casi por accidente, que el ex presidente Bill Clinton se había reunido por más de media hora con la Fiscal General Loretta Lynch en el aeropuerto de Phoenix. La reunión NO pudo haber sido casual, porque fue en el avión del gobierno que transportaba a Lynch.

 

La reunión causó un gran furor, ya que la esposa del ex presidente estaba bajo investigación del Departamento de Justicia que encabeza Lynch. Un conflicto de intereses demasiado obvio, por lo que Lynch primero trató de restar importancia a lo ocurrido, diciendo que solo habían conversado de sus nietos y de sus viajes. Pero la incredulidad del público pronto obligó a Lynch a admitir que fue un error que no debió cometer y que no se repetiría.

 

De nada sirvió, así que al día siguiente, en una entrevista, Lynch declaró que aceptaría la recomendación del FBI en lo referente al caso de los correos electrónicos. Tampoco sirvió, y el clamor estaba preocupando seriamente a dirigentes del partido demócrata. Como siempre cuando algún tema comienza a hacer daño a la candidata, tratan de cambiar el tema. ¿Que mejor manera que el anuncio del director del FBI el martes?

 

El sábado 2 de julio, después de meses, finalmente Hillary Clinton fue invitada (no citada ni obligada, fue voluntariamente) a una entrevista ante el FBI. Pero el Director Comey NO estuvo presente, y la señora Clinton NO declaró bajo juramento, aunque el señor Comey luego se esmeró en aclarar que mentirle al FBI es un delito, aunque no se haga bajo juramento.

 

Entonces, el “sorpresivo” (?) anuncio del Director del FBI el martes 5. La secuencia de eventos continuaba pareciendo muy sospechosa, y muchos, entre ellos Donald Trump, estaban señalando públicamente la posibilidad de un acuerdo secreto entre los Clinton y Loretta Lynch (para no hablar del presidente) dedicado a exonerar a la ex Secretaria de Estado.

 

Así llegamos al martes 5. Muy bien, porque muchos temían que la Fiscal General nunca enjuiciaría a la señora Clinton, sin importar lo que el reporte del FBI recomendara. Por otro lado, algunos esperaban que el Director Comey al menos anunciaría que Hillary Clinton había violado la ley (como obviamente lo hizo), sin importar qué recomendara el reporte. Y enjuició a la señora Clinton de todas las maneras posibles.

 

Pero entonces, en otra perversión de la lógica y los hechos muy parecida a la decisión del Juez-en-Jefe de la Corte Suprema, John Roberts, sobre el caso de la Ley de Salud del Presidente en el 2012, el Director James Comey anunció que no solo su reporte NO recomendaba un enjuiciamiento de Hillary Clinton, sino que ningún fiscal razonable lo haría tampoco, debido a que el FBI no había encontrado evidencia de ninguna intención de la señora Clinton de violar la ley.

 

Sin embargo, el daño de su presentación definitivamente fue conclusivo para millones que lo vieron: Hillary Clinton era culpable, sobre todo de enviar, recibir y mantener información altamente clasificada en sus equipos electrónicos no autorizados.

 

Además, algo que el señor Comey ignoró a propósito: El estatuto federal en que basó su conclusión contiene DOS posibilidades de violación. Una es la intención de violarlo. La otra es la violación por negligencia grave (gross negligence). Comey declaró que la ex Secretaria de Estado era culpable de descuido extremo y al menos en una ocasión admitió que había sido “negligente” en referencia a proteger información clasificada. De manera que es cuestión de semántica, y la señora Clinton es culpable -claramente- de violar el estatuto por descuido extremo o por negligencia grave. Es lo mismo. Excepto para los Clinton. Para no mencionar que también está acusada de violar al menos otras cinco leyes federales por las cuales el FBI aparentemente no la investigó.

 

Hago un paréntesis para comentar brevemente sobre este problemático asunto de como se considera la intención en la jurisprudencia americana, pues es algo que hace 40 años cuestiono. Cuando se comete un acto, cualquier acto, pero especialmente un acto delictivo, y la evidencia de que el acto fue cometido es indiscutible y clara ¿qué importa si el delincuente tenía la intención de cometer tal acto? En definitiva, el acto fue cometido sin discusión. Luego entonces, cualquier intención detrás del acto delictivo debe ser considerada única y exclusivamente durante la sentencia por el crimen. Pero la intención nunca debe considerarse en determinar si el crimen fue cometido.

 

Pero aquí en Estados Unidos NO es así.  Eso fue exactamente lo que dijo el señor Comey. Hillary Clinton violó la ley, sin duda alguna.  Pero no fue su intención hacerlo, (¿cómo siquiera lo sabe el director del FBI, es adivino?) así que el FBI no puede recomendar un enjuiciamiento.

 

Pero el jueves 7, el Director Comey compareció ante un comité investigativo de la Cámara de Representantes y sus respuestas a cuidadosas preguntas, sobre todo por parte de los Congresistas republicanos Chaffetz, de Utah (jefe del comité), Jordan, de Ohio, y especialmente del ex fiscal de Carolina del Sur Trent Goudy, fueron devastadoras para Hillary Clinton. 

 

Goudy obligó a Comey a admitir que, por sus propias palabras, la señora Clinton NO había dicho la verdad en al menos seis ocasiones (nadie nunca dice “mentira”; siempre es “incierto” o quizás simplemente “no verdad”).  El jueves, Comey completó la destrucción de Hillary Clinton comenzada el martes. Pero en definitiva, al recomendar que no fuera enjuiciada, la exoneró.

 

Aunque todavía no escapa, pues ahora la Cámara ha “referido” (término legal indicando una petición formal) al FBI que investigue si la señora Clinton mintió bajo juramento cuando negó ante la Cámara hace meses que NO había enviado correos electrónicos con información clasificada. En varias ocasiones -y está grabado y filmado- lo hizo. Eso constituye perjurio. Ya veremos.

 

En esta terrible semana ocurrieron otros eventos quizás mucho más graves que el resultado de la investigación de Hillary Clinton, sobre todo para el futuro de la sociedad americana.

 

Primero en Louisiana, luego en Minnesota, dos hombres negros fueron muertos aparentemente con impunidad por agentes de la policía. Posteriormente, durante la noche, seis policías fueron asesinados en Dallas por un francotirador ex miembro del Ejército americano, durante una de las varias demostraciones en protesta a las muertes en Louisiana y Minnesota.

 

Irónicamente, la policía en Dallas estaba protegiendo a los que protestaban contra la misma policía. Algunos perdieron la vida defendiendo a indefensos ciudadanos esa noche. Pero, increíblemente, aunque son una pequeña minoría, algunos policías continúan abusando de gente indefensa, especialmente  negros. 

 

El clima en que vivimos hace un par de años por la agitación de organizaciones ultra radicales de negros contra supuestos abusos de la policía, algunos reales, la mayoría justificados, muchas veces atizado por declaraciones de apoyo a “víctimas” negras por el mismo presidente, quien no siempre mide sus palabras, que pueden ser percibidas como anti-policía, se está aproximando a la que ya sucedió en la década de los 1960s y 1970s.

 

He escrito antes como aquí en EEUU ocurrió una verdadera revolución social en esos años, especialmente en las universidades. Yo fui testigo, aunque en la Universidad de Miami y luego en la de Rice, en Houston, nunca ví actos de violencia entre 1967 y 1971.

 

Pero como estuve muy involucrado en la elección presidencial de 1968 y la Congresional de 1970, seguí muy de cerca lo que sucedía. La violencia organizada por grupos de la izquierda más radical, como Students for a Democratic Society, Weathermen, Black Panthers y Black Muslims, fue tremenda, y miembros de estos grupos asesinaron a decenas de personas inocentes y a muchos policías, tanto con bombas como a tiros.  Los enfrentamientos raciales eran cada vez peores.

 

Pero hubo una gran diferencia, ya que entonces, la enorme mayoría de la población estaba en contra de la violencia (a pesar de la guerra en Viet Nam y los disturbios que el Movimiento por los Derechos Civiles de los negros producía, y que eran apoyados por muchos).  Ahora es distinto, y nuevos grupos como Black Lives Matter, el cual ha sido casi que alabado públicamente por el presidente tan recientemente como el mismo jueves antes de los sucesos en Dallas: interrumpió una reunión de la OTAN en la que puede ser su última visita, para desde Polonia criticar a la policía y defender y justificar a Black Lives Matter; horas después, el francotirador en Dallas entró en acción.

 

No estoy tratando de establecer causa y efecto. Casi seguro que el asesino de Dallas había planeado su emboscada a la policía tiempo antes. Pero las declaraciones del presidente fueron de nuevo incendiarias, y su responsabilidad por lo que ocurre es innegable.

 

Qué pasará no lo se, pero desgraciadamente la situación empeorará antes de mejorar.  Mientras tanto, el presidente y casi todas las organizaciones y “líderes” negros, continúan culpando a los blancos por todo lo que pasa, muy específicamente a los policías blancos. Cuando está más que probado que sobre el 90% de las muertes de jóvenes y niños negros son causadas por otros negros, casi siempre pandilleros.

 

La situación en Chicago, la ciudad del Presidente, es caótica. Todos los días mueren negros en la ciudad -matados por otros negros- pero casi exclusivamente en los barrios de negros que controlan las pandillas. La policía sabe quienes son los líderes de esas pandillas, pero nada hacen porque el alcalde demócrata de Chicago, Rahm Emanuel, ex Jefe de Despacho del Presidente en su primer término, lo prohíbe. La carnicería no para y nadie hace nada, muchísimo menos el presidente, quien raramente siquiera ha mencionado lo que ocurre en Chicago día tras día.

 

En resumen, los eventos de esta pasada semana por un lado han herido mortalmente, casi un tiro de gracia, a uno de los principales pilares de la fundación de la república americana: la igualdad de todos ante la ley.  Este principio es la base de todos los Estados de derecho jamás creados. Viene, como he señalado varias veces, de una decisión judicial del gran Juez Edward Coke en Inglaterra en 1610, en la cual el Juez decidió que el Rey estaba sujeto al derecho común, tal como todos los demás. Toda la jurisprudencia americana desde entonces, ya que esa decisión tuvo mucho más peso en las colonias hasta que en Inglaterra, está basada en el principio de la igualdad ante la Ley. La Constitución Americana de 1789 está también basada en la igualdad de todos ante la ley.

 

Además, siempre hubo una diferencia muy grande entre el principio de igualdad proclamado por la Revolución Americana en la Declaración de Independencia y la “igualdad” de la Revolución Francesa. Aquí en EEUU, cuando Jefferson escribió en el gran Preámbulo de la Declaración, que “todos los hombres son creados iguales”, lo que quiso decir de inicio fue que los hombres (todos los seres humanos, solo que en aquella época, “hombres” incluía a todos) habían sido creados iguales ante la ley de Dios y la Naturaleza.  Pero nunca, nunca ese concepto de la igualdad quiso decir aquí, “igualdad de resultados”, ni mucho menos que todos somos iguales, cuando obviamente todos somos diferentes y nacemos con distintos talentos. Pero lo que se garantizaba aquí era que todos tendrían igualdad de oportunidades para ser cada uno lo mejor posible, sobre todo ante las leyes creadas por los hombres, mientras que la Revolución Francesa buscaba la igualdad social y la “fraternidad”. Pero los seres humanos enfáticamente NO somos hermanos. La Revolución Francesa proclamó Libertad, Igualdad y Fraternidad para la Humanidad. La Libertad pronto murió en la guillotina del Terror. De la Igualdad y la Fraternidad nació la Izquierda Eterna. Desgraciadamente, el concepto de igualdad de la Revolución Francesa ha prevalecido, especialmente en los países hispanoamericanos. Una verdadera desgracia para toda la Humanidad.

 

Cuando el Director Comey decidió que los agentes investigativos del FBI no habían encontrado evidencia de que Hillary Clinton había actuado intencionalmente en sus actividades que violaron varias leyes federales, y decidió no recomendar su enjuiciamiento, la señora Clinton, de hecho, fue declarada tal como una antigua monarca absoluta: por encima de la ley. Hillary Clinton NO es igual que todos nosotros ante la ley: es inmune a la ley. Entonces ¿como es posible exigirle a nadie, ni siquiera al peor criminal, que debe y tiene que respetar la ley?

 

Pero por otro lado ¿como puede sobrevivir esta nación, esta gran república basada en la libertad individual y la justicia para todos, esta compleja y multirracial sociedad, si los ciudadanos, del mejor al peor, blancos, negros o pardos, deciden NO obedecer la Ley?  ¿Cuanto puede durar esta república si nadie obedece a los agentes del orden, si todos decidimos tomar la justicia en nuestras manos? ¿No regresaríamos a la jungla primordial, a la ley del más fuerte y poderoso, a la era de los cavernícolas?  Este es el resultado de lo sucedido el martes 5 de julio del 2016. ¡Que manera de celebrar el aniversario 240 de la Declaración de Independencia Americana!

  

Así llegamos al final de este triste ensayo. Las alternativas en noviembre son ambas malas. Con Trump, no sabemos como gobernaría, pero las indicaciones son muy peligrosas. Con Clinton SÍ sabemos: sería una continuación de las calamidades de los últimos ocho años; un tercer período del actual presidente.

 

Personalmente, no votaré por Donald Trump. No puedo, por principios. Quizás algunos recuerden que en un largo ensayo a principios de año no pude haber sido más severo hacia el empresario, y lo hice casi antes que nadie lo criticara. Pero, ¿votar por Hillary Clinton?  Primero muerto.

 

¿Entonces, qué hacer?  No lo se.

 

Lo que SÍ puedo hacer es, una vez más aunque pocos me presten atención, es asegurar que todo el caos que enfrentamos se debe a las políticas destructivas de la Izquierda Eterna desde 1904.

 

Lo que NO puedo hacer es crear falsas expectativas. Es un futuro muy, muy negro que nos espera. 

 

Dios nos salve.