Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

INTERNACIONALISMO, TERRORISMO Y LIBERTAD PERSONAL ( I I )

LOS LÍMITES DEL INTERVENCIONISMO Y EL FIN DE LOS POLICÍAS MUNDIALES

  

SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE

 

Ahora bien. ¿Debe Estados Unidos ser el policía internacional, la potencia que establezca el orden, aplique la justicia y defienda la libertad en el mundo? ¿Puede serlo hoy en día?  ¿Debió serlo alguna vez? ¿Tiene el derecho de serlo, ahora o antes? 

 

Mis respuestas son negativas en todos los casos. No debe serlo, ni ahora ni nunca. No puede serlo hace tiempo, aunque existiera la voluntad de hacerlo, porque no tiene la capacidad económica ni militar. No tiene, ni nunca tuvo, el derecho de serlo.

 

En términos morales, como la primera república constitucional en la historia, como un ejemplo para el resto del mundo por su comportamiento, como lo propusieron George Washington y John Quincy Adams desde 1792 y 1821, eso si, definitivamente. Así fue desde 1776 hasta 1898. Pero militarmente, por la fuerza, aún por mantener principios morales, por razones humanitarias, absolutamente NO. ¿Y si pudiera hacerlo por razones humanitarias, sin consecuencias desfavorables, simplemente por hacer el bien? Quizás si, pero es algo puramente especulativo. Una vez más, las naciones, incluyendo Estados Unidos de América, no deben ir a la guerra, nunca deben enviar a sus ciudadanos a pelear y morir en el extranjero, excepto por defender sus intereses nacionales, los cuales deben ser siempre muy bien definidos, o en defensa propia.  Fuera de eso, NUNCA.

 

Se dice que en la historia han existido casos donde ciertas naciones han actuado como árbitros internacionales para mantener el orden y la paz. Se citan casos como Roma, sobre todo cuando la república se convirtió en imperio. Pero Roma lo hizo, una vez más, por proteger y defender sus intereses. Y porque su poder se lo permitía. No por razones morales, no por proteger a los inocentes, no por defender principios humanitarios. Todo lo contrario, ya que generalmente Roma peleaba guerras de conquista para subyugar y explotar a las naciones o pueblos que conquistaba. Pero el poder no otorga el derecho, y las conquistas como las que logró Roma son indefendibles en términos morales.

 

Se cita también el caso de Inglaterra, sobre todo después de la derrota final de Napoleón Bonaparte en Waterloo en 1812. Pero Inglaterra no lo hizo sola. Se creó el Concilio de Europa para mantener la paz y el orden mundial, con los ejércitos de Rusia y Prusia para mantener el orden territorial en Europa y la marina de guerra inglesa para mantener el orden en los mares y océanos del mundo. Y aún en ese siglo entre 1812 y 1912, el poderío del Concilio de Europa se mal utilizó en incontables ocasiones, casi siempre, una vez más, para proteger los intereses de las naciones que derrotaron a Napoleón, para restablecer el orden social existente antes de la Revolución Francesa, para mantener el status quo y para evitar las revoluciones posteriores, que explotaron en toda Europa en 1848. 

 

Pero ni en ese caso fue posible evitar guerras en el mundo. Hubo muchas, y algunas muy importantes y destructivas, como la de Crimea, entre Francia, Gran Bretaña y Rusia en 1853, la Hispanoamericana, entre España y Estados Unidos en 1898, y las Boer en Sur África en 1880-81 y en 1899-1902.

 

Desde 1914, todos los intentos de una nación o de organizaciones internacionales de fungir como gendarmes para mantener el orden y la paz mundial, han fracasado.  Será posible, pero hasta la fecha, no lo ha sido.

 

La Guerra contra el Terror que promulgó el Presidente George W Bush después del ataque a las Torres Gemelas en New York en septiembre 11 del 2001, fue un exceso retórico que nunca debió calificarse así.  Era obviamente imposible declarar una guerra contra el terror. Se podía pelear una guerra contra el terrorismo islámico, pero nunca hubo siquiera la voluntad de hacer eso.

 

Cuando por largos años la Unión Soviética, en muchos casos utilizando a su agente principal, el régimen de Cuba bajo Fidel Castro, condujo innumerables actos de terrorismo en todo el mundo, utilizando la subversión, la desinformación o a veces acciones militares directas contra países que no eran sus enemigos, simplemente por ideología y por conquista, pocos combatieron ese terrorismo, excepto Estados Unidos.

 

En esos años de la Guerra Fría, Estados Unidos y la OTAN defendieron al mundo no comunista de la agresión y el terrorismo auspiciado por la Unión Soviética, y a veces por Cuba por si misma. Pero como fue dentro del contexto de la Guerra Fría, naturalmente no existió la voluntad internacional de frenar estos actos de terrorismo de estado, como sucedió entre los años 1880 y 1914.  Sin embargo, aún a medias, aún sin la voluntad de calificarla como guerra contra el terrorismo islámico, ha existido cierta cooperación internacional y se han evitado ataques similares a los de septiembre 11.  Pero ¿a que costo? 

 

Este asunto de alcanzar un balance entre la seguridad y la barbarie, la violencia, las guerras en si, se discute aquí en Estados Unidos desde antes de que la nación existiera, durante la Guerra de Independencia americana contra Inglaterra. 

 

Nunca se ha resuelto. En aquellos tiempos, Benjamin Franklin dijo su famosa frase de que un pueblo que renuncia a su libertad por proteger su seguridad, no merece ni la libertad ni la seguridad. Después de septiembre 11, muchos americanos, quizás la mayoría, decidieron ceder mucho de sus libertades individuales, y hasta su privacidad, a cambio de la promesa del gobierno de protegerlos contra ataques similares. 

 

Quizás esto se haya logrado en buena parte, pero cuando se pierden tantas libertades individuales como ha resultado ser, sobre todo después de las revelaciones del espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) contra los propios ciudadanos americanos, quien no tema las tendencias totalitarias del gobierno ya de hecho ha entregado su libertad.  Más todavía, hay millones de americanos que plácidamente piensan que no hay peligro en que agencias del gobierno espíen sus conversaciones telefónicas o lean sus mensajes electrónicos. Si no hay nada que ocultar, ¿que importa?, dicen muchos.  Ese es el comienzo de un estado totalitario,  y sin libertad, la vida nada vale. Todavía estamos a tiempo, pero no si se continúa aceptando mansamente la pérdida de las libertades individuales y la privacidad.

 

Finalmente, Siria. Aparentemente se produjo un ataque contra la población civil en el cual fueron utilizados gases venenosos, resultando en más de 1,400 muertos, incluyendo quizás hasta 400 niños.

 

Sucedió en agosto pasado, pero ni siquiera está claro quién lanzó el ataque. ¿Fue el régimen de Bashar Al-Assad o fue uno de los varios grupos que hace poco más de dos años luchan por el derrocamiento de ese régimen dictatorial?

 

Estos son los hechos. En Siria existe una guerra civil hace más de dos años. Las razones de esa guerra civil no son importantes para el caso que analizamos, que es si Estados Unidos debe atacar al régimen de Assad por el uso de gases letales contra la población civil. 

 

El presidente americano advirtió al régimen de Assad hace más de un año que el uso de gas venenoso sería “cruzar una línea roja”. Pero poco después de la advertencia, las fuerzas de Assad utilizaron gas venenoso contra sus adversarios. El presidente declaró que no estaba claro si tal ataque había ocurrido, y nada se hizo. Hay reportes de que el régimen de Assad ha realizado 14 ataques de gas letal contra la población civil desde entonces. El presidente no ha dicho ni hecho nada al respecto. 

 

Ahora, hace un mes, de pronto el uso de gases venenosos es intolerable y el presidente decide atacar a Siria militarmente. ¿Cómo?  Hay muchas versiones, quizás 50 de ellas en dos semanas. Al parecer, lanzar unos cuantos cohetes crucero Tomahawk contra áreas relativamente desiertas es la preferida. Es decir, un ataque simbólico, para cubrir la forma y para quedar bien por la advertencia de no “cruzar una línea roja”. 

 

Pero la posibilidad de lanzar cientos de Tomahawks en lugar de unos cuantos, o de utilizar adicionalmente aviones para bombardear bases militares y pistas de aterrizaje, también han sido mencionadas. En fin, lo que se contempla es un ataque militar a una escala no determinada, que puede traer consecuencias imposibles de determinar.

 

Además de esa advertencia imprudente e innecesaria de un presidente que se ha distinguido por hablar demasiado para luego hacer nada, no hay ninguna justificación para un ataque militar de Estados Unidos contra Siria. Siria no representa ninguna amenaza para Estados Unidos, ni tampoco hay intereses nacionales americanos involucrados en Siria. Siria no produce mucho petróleo y tiene poca importancia estratégica para Estados Unidos en esa región. 

 

Como vecino y enemigo de Israel, nación aliada de Estados Unidos, Siria puede tener alguna importancia, pero Israel es perfectamente capaz de defenderse de cualquier ataque de Siria, y ha anunciado públicamente que está opuesto a un ataque americano a Siria porque puede resultar contraproducente. Arabia Saudita y Jordania, quienes son “aliados” de Estados Unidos, no están amenazados por nada que suceda en Siria, y aunque Arabia Saudita preferiría ver a Assad derrocado, hay el grave peligro de quién lo substituiría en el poder. Los grupos que pelean contra Assad, todos y cada uno, son enemigos de Occidente, y algunos están afiliados con Al Qaida. Todos son islámicos radicales, pues en Siria, a pesar de ser un país más laico que otros en la región, el Islam es la religión predominante.

 

Siria es aliada y cliente de la Federación Rusa, como lo fue antes de la Unión Soviética bajo el régimen del padre de Assad, el igualmente brutal dictador Hafez Al-Assad, quien también usó ataques de gas venenoso contra poblaciones civiles, donde murieron miles y nadie hizo nada al respecto.  Siria, además, es aliada y agente de Irán, y ha sido base de varias organizaciones terroristas como Hezbollah e Islamic Jihad, enemigos mortales de Israel, por largos años. 

 

Pero Estados Unidos nunca ha tomado ninguna acción militar contra Irán -ni contra Siria- a pesar de ambos ser países terroristas y a pesar de que Irán lleva décadas tratando de producir armas nucleares. Tres administraciones americanas (demócratas y republicanos), desde 1992, han decidido NO tomar ninguna medida agresiva contra Irán, sin importar las numerosas provocaciones de la República Islámica de Irán a Estados Unidos. Irán es una amenaza para Estados Unidos, y también representa un interés vital para América. Claramente, si Estados Unidos no está dispuesto a tomar acciones militares contra Irán, no debe, bajo ninguna circunstancia, atacar militarmente a Siria. No hay justificación posible, y hacer nada sería mejor que hacer algo inútil en este caso.

 

Hay argumentos a favor de atacar a Siria, por supuesto. Algunos son válidos, aunque los que enfatizan la importancia del prestigio americano en la región no toman en cuenta que la política de la presente administración ha sido de marginar a Estados Unidos en la región. Estados Unidos aparenta ser débil porque lo es; este presidente ha debilitado las fuerzas armadas a propósito; esa ha sido su agenda. 

 

Algunos dicen que no se trata de este presidente, sino del prestigio de Estados Unidos y el respeto que la presidencia debe representar. Pero una vez más, no es posible separar los dos desde hace cinco años.  El respeto que Estados Unidos debe proyectar en el mundo es importante, sin dudas.  Pero si no hay consistencia ni coherencia en esa proyección, de nada vale. 

 

Finalmente, queda la percibida incapacidad de esta administración, su indecisión y su simple inhabilidad de convencer a la opinión pública americana de la necesidad de atacar a Siria. Naturalmente, el temor a involucrar al país en otra nueva guerra está muy presente en esa opinión pública, y la enorme mayoría del público sencillamente no cree lo que la administración dice. La desconfianza, en vista de las revelaciones de cómo el gobierno miente y desinforma al público, son demasiado grandes para producir apoyo popular a un ataque simbólico para hacer quedar bien al presidente. Por otro lado, el gran peligro es que las armas químicas, bacteriológicas y quizás hasta nucleares en el arsenal de Assad, puedan caer en manos de terroristas en cualquier momento. ¿Entonces que? Un problema serio y difícil de solucionar sin tropas en Siria. En estos momentos, eso es una imposibilidad política.

 

Por mucho que la administración quiera hacer creer que el uso de armas químicas y gases letales son algo distinto, peor, más siniestro y terrible, y a pesar de la tremenda aversión y repulsión que mucha gente siente contra el uso de esas armas, en si no hay nada intrínsicamente diferente en como se mata y como muere la gente en las guerras.

 

Como están muertos, no es posible preguntarle a nadie lo que sienten. Pero es razonable pensar que morir asfixiado por gases no es mucho peor que morir incinerado por bombas incendiarias, para no hablar de armas nucleares.

 

Este no es un argumento para atacar a nadie, sobre todo cuando Siria en particular ha utilizado ataques con gases letales muchas veces contra su propia población, en este último año y bajo el régimen anterior de Assad padre. La guerra es siempre terrible y lo que se debe hacer es evitarla por todos los medios. Una vez desatada, lo mejor entonces es terminarla lo antes posible. Pero esta administración no expresó siquiera interés en Siria y su guerra civil por dos años, ni tampoco en los supuestos 100,000 seres humanos que han muerto hasta agosto pasado. Ahora no se puede presentar un caso convincente de que 1,400 nuevos muertos por el uso de gases venenosos de pronto hacen imperativo frenar a Assad. Y como no hay remotas intenciones de intervenir en la guerra para derrocar a Assad porque nadie puede saber si los que vienen después serán peores, la mejor estrategia es, por mala que sea, no hacer nada.  Es triste, pero es cierto, y hay que aceptarlo.

 

Estados Unidos lleva, increíblemente, casi 200 años inmiscuyéndose innecesariamente en el Medio Oriente. En los años primeros de la república, durante la presidencia de Jefferson, se pelearon las primeras guerras contra piratas del Norte de África, lo que es hoy Marruecos, Argelia y Libia. En aquellos casos la presencia naval americana estuvo justificada por defender sus intereses de abusos de los piratas, que además afectaban el comercio naval de Estados Unidos.

 

Por mucho tiempo después las intromisiones fueron por cuestiones religiosas, por el afán de los misioneros protestantes de “convertir” a los infieles de la región al Cristianismo. Ese proselitismo causó a veces serias dificultades, y obligó al gobierno americano a tomar medidas para proteger a sus ciudadanos en la región. 

 

Ya en el siglo 20, con el descubrimiento del petróleo en la península Arábiga, los intereses económicos entraron en juego, aunque al principio, como Estados Unidos era el mayor productor y exportador de petróleo en el mundo, los ingleses estuvieron siempre más involucrados en el Medio Este, sobre todo en la política interna de los países árabes. Con las guerras mundiales, la región tomó más importancia, primero porque el Imperio Otomán era aliado de Alemania en la Primera Guerra, y en la Segunda los Nazis amenazaban con tomar las reservas petroleras del área, conquistar el Canal de Suez y posiblemente atacar a la gran colonia inglesa de la India.  Al final de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos se sintió obligado a asumir las responsabilidades del Imperio Británico en retirada en la región. La Guerra Fría, con la amenaza de la Unión Soviética sobre Irán, también involucró más a Estados Unidos.

 

Desde entonces, el petróleo ha sido la razón principal de la importancia estratégica del Medio Oriente para EEUU y para Occidente, sobre todo cuando la competencia con la Unión Soviética amenazaba el suministro de petróleo a Europa y Japón. Estados Unidos, desde 1960, necesitaba importar petróleo, sobre todo de Arabia Saudita y los Emiratos del Golfo, cada vez más. 

 

Pero eso ya está terminando. Con el desarrollo de nuevas tecnologías (“fracking”) que permiten extraer petróleo y gas natural de formaciones rocosas profundas (shale rock), Estados Unidos ya hoy en día es de nuevo un gran exportador de petróleo y gas natural. En muy poco tiempo, sobre todo cuando nuevos gobiernos permitan la extracción de petróleo y gas natural en tierras federales, Estados Unidos por fin será autosuficiente en energía, y no necesitará importar petróleo de nadie.

 

Debido al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (NAFTA), el intercambio con México y Canadá continuará, pero por razones de interés nacional, no de seguridad o necesidad: son los dos principales exportadores a Estados Unidos. Arabia Saudita, los Emiratos, Irak, Nigeria y Angola seguirán exportando petróleo, pero mayormente a Europa, Japón, China y la India. La geopolítica en el mundo entero será transformada.  El petróleo dejará de ser un arma potente. Estados Unidos nunca más necesitará una presencia vital en la región. La larga pesadilla y la influencia del Medio Oriente en Estados Unidos llegará a su final.

 

En resumen y para terminar: el movimiento internacionalista que domina la política externa en Estados Unidos hace un siglo, que como he demostrado es en realidad un intervencionismo no bien ocultado, es algo ajeno a las tradiciones con que esta república constitucional nació entre 1776 y 1787.  La política de sentar el ejemplo para el mundo, de actuar moralmente, de apoyar a los pueblos que buscan la libertad y la justicia, pero de mantenerse al margen de conflictos que no afectan ni la seguridad ni el interés nacional es la que debe ser adoptada nuevamente. 

 

¿Hay guerras necesarias? Definitivamente sí. Hay guerras justas, de acuerdo a doctrinas de la Iglesia Católica, fundamentadas por San Agustín y Tomás de Aquino. También hay guerras preventivas que son defendibles, sobre todo en defensa propia y para evitar males peores, como un posible ataque nuclear. 

 

Pero el intervencionismo americano en todo el mundo en el último siglo solo ha traído calamidades, sobre todo al pueblo americano. Algunos intereses económicos se han beneficiado temporalmente, pero las consecuencias para todos han sido peores, en general, al cabo del tiempo.

 

Mucho peor han sido los resultados y consecuencias en países y pueblos donde Estados Unidos ha intervenido militarmente. Odio, resentimiento, sentimientos de inferioridad y de impotencia ante un poder percibido como injusto, repudio total.  Eso es lo que han producido las intervenciones americanas en el mundo por un siglo.

 

En fin, el adagio en latín de ¿Quo Bono? (¿Quién se beneficia?), debe imperar siempre en las relaciones externas de cualquier nación como el principio que las guía. Lo que es beneficioso para una nación justa, debe también serlo para las demás. 

 

El principio de la Regla de Oro, de no hacer a los demás lo que no se quiere padecer, es el que debe imperar siempre en las relaciones internacionales. Actuar moralmente no es una quimera, por impráctico que haya resultado serlo por siglos. Es una base moral y es el deber de todos los seres humanos civilizados y de todas las naciones.

 

Naturalmente, Estados Unidos no puede y no debe esperar por un mundo mejor, y ya sabemos muy bien que mientras existan naciones gobernadas por déspotas, lo cual, lamentablemente, es todavía el caso en gran parte del mundo, es suficiente regresar a las raíces de esta gran república constitucional. 

 

Muy obviamente, el interés nacional no excluye el uso de la fuerza cuando es necesario. Por eso una defensa adecuada siempre es un requisito para mantener la credibilidad y respeto de Estados Unidos ante las demás naciones. Como Estados Unidos y la administración que ocupa el poder al momento es quien decide cual es el interés nacional, las bases morales y el regreso a una política externa basada en los principios establecidos por Washington y Adams es lo mejor y más beneficioso para Estados Unidos y bpara el resto del mundo.