Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

INTERNACIONALISMO, TERRORISMO Y LIBERTAD PERSONAL ( I )

LOS LÍMITES DEL INTERVENCIONISMO Y EL FIN DE LOS POLICÍAS MUNDIALES

 

PRIMERA PARTE

 

El siglo antepasado, en 1898, Estados Unidos declaró la guerra a España para asegurar la independencia de Cuba.  Aunque la razón verdadera de la Guerra Hispanoamericana fue la voladura del buque de guerra americano USS Maine en el puerto de La Habana en febrero de ese año 1898, en el mensaje de guerra del Presidente americano William McKinley al Congreso (no hubo “declaración” de guerra como tal) se adujeron razones humanitarias para respaldar esa guerra. 

 

En aquel entonces, buena parte de la opinión pública americana apoyaba la intervención americana en Cuba debido a largos años de propaganda anti-española, sobre todo en la prensa de New York desde el comienzo de la Guerra de Independencia en Cuba en 1895. Pero debe destacarse que New York no era el resto del país, donde la opinión pública probablemente era más bien desinteresada. Hasta en Washington el apoyo a la guerra contra España estaba dividido. Las clases comerciales casi en su mayoría estaban contra la guerra, el mismo partido republicano también estaba dividido y el Presidente McKinley por un buen tiempo estuvo opuesto a la guerra (McKinley eventualmente tuvo una “revelación divina” y decidió que era el “deber” de Estados Unidos “salvar” a Cuba -y también a Hawaii, que fue anexado después de la guerra con España), al igual que una buena parte del partido demócrata.

 

Pero había un poderoso movimiento expansionista entre muchos líderes republicanos y varios intelectuales que estaban convencidos del “Destino Manifiesto” de Estados Unidos de expansión mundial. Con la Guerra Hispanoamericana, ese movimiento expansionista se convirtió brevemente en movimiento imperialista bajo las administraciones de Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson entre 1902 y 1918. El propósito de EEUU era unirse al resto del mundo occidental (en verdad Europa) en la búsqueda de colonias por todo el mundo. Estados Unidos siempre enmascaró esos propósitos en términos “humanitarios”, y se limitó mayormente a inmiscuirse en el Caribe y Centro América (incluyendo México), no en África y Asia, como varios países europeos.

 

Antes de la Guerra Hispanoamericana en 1898 la política externa de Estados Unidos había seguido los principios proclamados en el mensaje de despedida de su primer presidente, George Washington, en 1796, luego mejor definido por el Secretario de Estado John Quincy Adams en 1821. Estos principios, que han sido mal interpretados desde la Primera Guerra Mundial como “aislacionistas”, expresaban claramente el interés nacional y la necesidad de Estados Unidos de mantenerse al margen de las guerras europeas, ocupándose de sentar las bases morales de su sistema republicano constitucional. EEUU debía dar el ejemplo al resto del mundo y apoyar la libertad y la justicia en el mundo, pero solamente en principio, no a manera de intervenciones militares.

 

Ya Washington había escrito en 1792, cuando no planeaba aspirar a un segundo período presidencial, que Estados Unidos debía mantener un comportamiento basado en principios morales y sentido común, evitando todo tipo de alianzas con naciones extranjeras como la mejor manera de mantener su independencia y su “excepcionalismo” como un ejemplo brillante para la humanidad. El mensaje se publicó después de su retiro en 1796, y pasó a la historia como su despedida oficial. Como luego proclamó Adams en un discurso en 1821, “Donde quiera que el estandarte de la libertad y la independencia sea levantado, el corazón, las bendiciones y las oraciones de Estados Unidos estarán presentes. Pero América no va al extranjero en búsqueda de monstruos que destruir”.

 

Cuando Theodore Roosevelt asumió la presidencia accidentalmente en 1901 después que el Presidente McKinley murió asesinado, las puertas del movimiento expansionista se abrieron de par en par, ahora francamente como simple imperialismo. Pero no se debe confundir el “imperialismo” de entonces con lo entendido por ese término hoy, gracias a la propaganda comunista de más de un siglo. EEUU, sin embargo, de hecho buscaba colonias en su “patio caribeño”. Ya tenía a Puerto Rico como resultado de la Guerra Hispanoamericana. Las islas Filipinas y Guam también habían sido adquiridas como colonias previamente españolas en el Pacífico (Filipinas recibió su independencia en 1946; Guam aún es colonia americana; y Puerto Rico tiene un status muy sui géneris desde los años cincuenta del siglo 20 como Estado Libre Asociado).

 

Durante las dos administraciones de Roosevelt y luego de Wilson (el Presidente Taft, quien sucedió a Roosevelt en la Casa Blanca en 1908, no intervino militarmente en el Caribe, prefiriendo la llamada “Diplomacia del Dólar”, es decir, la intervención económica), EEUU intervino militarmente en Panamá (país creado por el Presidente Roosevelt para construir el Canal de Panamá), Cuba, Haití, República Dominicana, Honduras, Nicaragua, y México. Ninguno de esos países fueron “colonias” formalmente, y EEUU eventualmente se retiró de todos ellos, aunque en algunos permaneció por décadas. Pero esas intervenciones militares, por enmascaradas que fueran por razones “humanitarias” o para “proteger” a esos países de otros “depredadores” europeos por no pagar deudas internacionales, cambiaron radicalmente la política externa tradicional de Estados Unidos de mantenerse al margen de intervenciones extranjeras, y sentaron las bases para el intervencionismo americano. 

 

Con la Primera Guerra Mundial, en que el nefasto Presidente Wilson, sin motivos reales y, sobre todo, sin que los intereses nacionales de la nación estuvieran involucrados, se enfrascó en intervenir a favor de Gran Bretaña y Francia, se terminaron las ilusiones, y el intervencionismo, ahora conocido más idealistamente como “internacionalismo” se convirtió en la política oficial de gobiernos sucesivos de Estados Unidos. Desde entonces, la política externa de EEUU ha sido intervencionista (con excepción de 20 años entre 1920 y 1941).  Además, Wilson anunció la intervención en la Primera Guerra Mundial en términos de “salvar al Mundo para la Democracia”, dándole todavía matices de más “pureza” a la nueva política externa americana. (Wilson era un fanático religioso que estaba convencido que Dios lo había elegido para traer la Democracia al Mundo, además de ser un gran hipócrita y racista empedernido).

 

Hay que admitir que gracias a la propaganda inglesa (y luego de la administración de Wilson), la enorme mayoría del público americano apoyó la entrada de EEUU en la Primera Guerra, pero esto no duró mucho. Wilson fue culpable directo del cambio. Su insistencia en lograr que el Senado americano aprobara el Tratado de Versalles y, con eso, la entrada de EEUU en su primera alianza en la historia, la Liga de Naciones, terminó devolviendo al país a sus raíces tradicionales de mantenerse fuera de tales alianzas y enredos internacionales. Las derrotas del Tratado y la Liga, que resultaron también en la incapacidad permanente de Wilson cuando sufrió un derrame cerebral por sus esfuerzos en lograr el apoyo popular a sus políticas “internacionalistas”, terminó con el internacionalismo/intervencionismo de casi dos décadas en la política externa del país, y el resultado, volver a la normalidad, fue desde entonces calificado como aislacionismo por los “internacionalistas”.

 

En los años 1920s, los más prósperos en la historia de Estados Unidos hasta entonces y después, existió en el país, sobre todo en los estados del oeste y del sur, una verdadera aversión a inmiscuirse en el extranjero.  Pero una buena parte de la opinión pública continuó al menos ostensiblemente favoreciendo el internacionalismo. De hecho, en agosto de 1928, bajo la administración del Presidente Calvin Coolidge, quien de ninguna manera se puede describir como internacionalista, se firmó sin embargo el Tratado Briand-Kellogg, que, increíblemente, ilegalizó la guerra, y logró que sus firmantes, incluyendo Estados Unidos, renunciaran a la guerra como instrumento de Política Nacional.  Once años más tarde, la Segunda Guerra Mundial mostró la ridiculez y futilidad de legislar comportamientos internacionales. Las naciones usualmente obedecen a sus intereses nacionales, y no importan las buenas intenciones: los comportamientos internacionales se rigen por el interés nacional de cada país.

 

Para que Estados Unidos entrara en la Segunda Guerra Mundial, fue necesario el ataque japonés a la Base de Pearl Harbor, en Hawaii, en diciembre de 1941. La opinión pública, sin importar todos los esfuerzos de los internacionalistas y hasta del Presidente Franklin Roosevelt, quien francamente favorecía a Gran Bretaña en su solitaria lucha ante la alianza de los países del Eje (Alemania, Italia y Japón) desde la derrota de Francia en 1940, estaba abrumadoramente en contra de la entrada en la guerra.  Alemania, imprudentemente, declaró la guerra a Estados Unidos días después del ataque japonés a Pearl Harbor, y nuevamente los internacionalistas controlaron la política externa americana. 

 

Pero ahora Estados Unidos se convirtió en aliado de la peor dictadura en la historia, cuando se unió a Gran Bretaña y la Unión Soviética para pelear contra el Eje. Otra vez terminaron las ilusiones. En definitiva, los intereses prevalecieron. Estados Unidos necesitaba la alianza con la Unión Soviética para derrotar al Eje, y su presidente así lo decidió y así lo llevó a cabo.

 

Roosevelt en realidad fue mucho más allá de una mera alianza cuando declaró la torpe e innecesaria política de rendición incondicional (la cual costó millones de muertos adicionales inútilmente). Ahora, Estados Unidos definitivamente abandonaría su política tradicional de evitar alianzas. Ahora, después de la derrota del Eje, Estados Unidos se uniría a una organización internacional. 

 

Ahora, el sueño de Paz Mundial de los internacionalistas de medio siglo, por fin sería realizado. Desgraciadamente, las buenas intenciones y las grandes ilusiones se convirtieron muy pronto en la larga y costosísima Guerra Fría (la cual no fue tan “fría”, ya que en 50 años, murieron millones más peleando guerras regionales y “controladas”). El internacionalismo ha prevalecido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, pero de poco ha servido, sobre todo en términos de mantener la añorada Paz Mundial. De más está decir que la Organización de Naciones Unidas (ONU), el instrumento creado para mantener la paz, ha fracasado rotundamente.

 

Durante la mal llamada Guerra Fría, Estados Unidos intervino abiertamente en la Guerra de Corea (oficialmente como parte de la reacción de la ONU a la invasión de Corea del Norte a Corea del Sur) para defender a Corea del Sur de la agresión comunista de Corea del Norte, pero en realidad, para oponerse a la percibida agresión comunista de Stalin y la Unión Soviética a un país “libre” (es decir, no comunista).  Pocos años después, Estados Unidos intervino clandestinamente -pero en verdad bastante abiertamente (mediante la Agencia Central de Inteligencia, CIA) en Irán, Guatemala y Cuba, además de conducir múltiples intervenciones encubiertas en distintos países detrás de la Cortina de Hierro. Comenzando en los años 1960s, Estados Unidos otra vez intervino en una guerra no declarada en respuesta a la agresión comunista de Vietnam del Norte contra Vietnam del Sur, guerra que costó más de 50,000 muertos americanos y millones de vietnamitas y resultó en el rechazo a otras intervenciones militares por muchos años.

 

Pero casi al final de la Guerra Fría, Estados Unidos de nuevo, en respuesta a otra agresión abierta, esta vez una invasión de Irak contra el pequeño país petrolero de Kuwait, intervino conjuntamente con varios países aliados en la primera Guerra del Golfo en 1990. Aunque la guerra en si solamente duró 100 horas, los masivos preparativos duraron meses y costaron billones de dólares, pero Estados Unidos y sus aliados prevalecieron y expulsaron a Irak de Kuwait. Una guerra no declarada continuó contra Irak por años, culminando en otra intervención americana cuando Estados Unidos y otra alianza internacional menos numerosa atacó de nuevo a Irak y depuso al régimen del dictador Saddam Hussein en el 2003.

 

Pero los armamentos de destrucción masiva con que ostensiblemente contaba Irak y que formaron la base de la invasión, nunca fueron encontrados. Sin embargo, Estados Unidos también adujo que la invasión estaba justificada por razones humanitarias y como guerra preventiva y justa para eliminar la amenaza de Irak al resto del mundo.  Finalmente, la invasión a Irak fue además justificada como respuesta al ataque terrorista a las Torres Gemelas en New York el 11 de septiembre del 2001. Otra nueva guerra, la Guerra contra el Terror, había comenzado en el 2001 contra Afganistán para capturar al líder del ataque a las Torres, Osama Bin Laden, y derrocar al régimen del Talibán, que controlaba Afganistán y protegía a Bin Laden. Esas dos guerras contra el terrosismo internacional en Irak y Afganistán todavía continúan, y ya han costado trillones de dólares y cientos de miles de vidas americanas, aliadas y de civiles en Irak y Afganistán. El final no se visualiza once años después.

 

Al terminar la Guerra Fría, cuando Estados Unidos por un corto tiempo fue la única superpotencia mundial, las esperanzas de una verdadera paz mundial parecían al alcance de la humanidad.  Pero una vez más, las ilusiones se desvanecieron.  Ahora ya no existía el comunismo internacional, y un soñador escritor (Francis Fukuyama) llegó a proclamar el Fin de la Historia con la victoria de la Democracia Liberal.  Otro conocido escritor (Samuel Huntington), sin embargo, casi al mismo tiempo, identificó a un nuevo enemigo internacional y predijo otra guerra de culturas entre Occidente y el Islam.  Desde entonces estamos en guerra contra el terrorismo, una guerra que no tiene enemigo definido y que no parece tener fin tampoco. Eso nos trae al presente.

 

El propósito de este ensayo no es lidiar con la posibilidad de un nuevo ataque americano y una nueva intervención de Estados Unidos en otro país del Medio Este, esta vez Siria. Ese asunto será brevemente cubierto al final, pero antes debemos considerar el propósito de la guerra, cualquier guerra. Dentro de ese asunto, hay que considerar también las libertades personales y cómo la Guerra contra el Terror afecta los derechos individuales, y aquí en Estados Unidos, el sistema de gobierno bajo una república constitucional.

 

Desde hace más de un siglo, desde 1898, con un breve respiro entre 1920 y 1941, el “noble” principio del internacionalismo, o como me parece haber demostrado, lo que en realidad es un intervencionismo flagrante, pero generalmente aceptado entre los líderes internacionales por sus “buenas intenciones”, ha prevalecido en el mundo. Pero cabe preguntar: ¿El internacionalismo ha desplazado verdaderamente al interés nacional como principio gobernante en las relaciones internacionales?

 

En mi opinión, no es así ni ha sido nunca. Solamente ha existido (posiblemente ya ni eso) la ilusión, la fantasía, de querer creer en el internacionalismo porque de esa manera, el “mundo” puede pretender ser noble. Pero tal como los individuos siempre tienden a pensar y defender sus intereses individuales por encima de los comunitarios o sociales, así también es en las relaciones internacionales. Es verdad que el derecho internacional existe hace muchos siglos y hay principios aceptados por la comunidad internacional para gobernar las relaciones entre los países y establecer algún semblante de orden y respeto por esos principios internacionales. 

 

Pero otra vez, la pregunta cabe: ¿Ha servido de algo el derecho internacional, para no mencionar las organizaciones internacionales como la fracasada Liga de Naciones de los años entre las dos guerras mundiales, y la igualmente fracasada Organización de Naciones Unidas (ONU), para evitar guerras y para mantener la paz?  La respuesta es obvia: Claro que no. ¿Debe a pesar de eso mantenerse la ONU y seguirse pretendiendo que las guerras se pueden evitar y la paz se puede guardar en un mundo que, ahora como siempre, NO está regido por el imperio de la ley?  La respuesta es para mi la misma, pero entiendo que muchos quieran mantener la ficción de que la Paz Mundial es posible. Solo me permito señalar que por creer en esas ilusiones y fantasías utópicas, los totalitarismos del siglo 20, principalmente el comunismo internacional, exterminaron a 200 millones de seres humanos.

 

Pero hay otro elemento que posiblemente puede ser controlado por organizaciones internacionales, incluyendo la inútil ONU. Me refiero a muchas atrocidades y a ciertos comportamientos que son generalmente condenados internacionalmente, sin importar que muchas naciones “civilizadas” cometen tales atrocidades y repiten continuamente comportamientos condenados. Aquí entra la motivación de ir a la guerra o de intervenir en situaciones antes de llegar a la guerra por razones humanitarias. 

 

Nadie debe mantenerse al margen de la barbarie. Nadie. Pero eso NO aplica a las naciones, excepto que en nombre de un grupo y por medio de acuerdos voluntarios, una organización de naciones decida actuar para evitar o frenar ciertas barbaries en un momento determinado. Existe un precedente histórico. A fines del siglo 19 y varios años al principio del 20, muchas de las naciones más importantes y prominentes se agruparon voluntariamente para terminar con los ataques terroristas universalmente atribuidos a los “anarquistas”.

 

No había tal cosa como un movimiento anarquista internacional (como hubo una Internacional Comunista) cuyos miembros asesinaran a distintos líderes internacionales o causaran estragos mediante la explosión de bombas en lugares públicos. Hubo casos aislados de anarquistas que cometieron algunos actos terroristas. El más famoso fue el asesinato del Archiduque Franz Ferdinand en Sarajevo en 1914, una de las causas mayores de la Primera Guerra Mundial. Pero quienes fueran esos terroristas, muchos servicios de inteligencia internacionales compartieron información y verdaderamente cooperaron por el temor a esos actos terroristas que podían matar literalmente a cualquiera. En pocos años, gracias a esa cooperación internacional, se logró controlar casi del todo esos actos terroristas. Algo similar se ha tratado de conseguir, sobre todo desde el ataque a las Torres el 11 de septiembre del 2001, pero esta vez, hasta ahora, no se ha logrado. En buena parte porque no ha existido ni remotamente la misma cooperación internacional.

 

En otros casos se ha tratado de conseguir la cooperación internacional sin buenos resultados. Me refiero a las varias “convenciones” (Ginebra y varias otras) que han logrado las firmas de muchas naciones para evitar ciertos comportamientos barbáricos.  El uso de la tortura y de gases venenosos son casos conocidos.

 

Es verdad que muchas naciones han firmado estos acuerdos internacionales. También es verdad que de poco han servido y son impunemente violados. ¿Por qué la diferencia entre el caso anteriormente citado y estas “convenciones” que prohíben la tortura o el uso de gases letales? Quizás porque en el primer caso estaban directamente involucrados intereses nacionales. Específicamente las vidas de líderes de las varias naciones que contribuyeron a erradicar aquel terrorismo hace más de un siglo.  

 

Pero también estaban involucrados intereses particulares y nacionales en reverso. Es decir, en una guerra, normalmente el propósito es ganarla (excepto aquí en Estados Unidos desde Corea en 1950). Si para ganar la guerra hay que usar la tortura o gases venenosos, entonces -por el interés de ganar- se violan, o se pueden violar, esas normas aceptadas. Excepto que en el caso de ataques con gases letales, si el otro bando también cuenta con esas armas, entonces no se usan. Pero una vez más, por interés nacional o individual, no porque sean barbáricas esas acciones (como lo son).

 

Las razones humanitarias para una guerra NO son válidas. La barbarie se debe combatir porque es lo justo. Pero poco más que protestar puede hacer un individuo. Si muchos individuos actúan en conjunto, aún así es casi imposible hacer nada contra la barbarie. Pero un grupo de naciones, por pequeño que sea, SÍ puede lograr frenar la barbarie.

 

Hay casos en el último siglo, pero son muy pocos. Para volver a la Guerra Hispanoamericana con que comenzó este ensayo, las razones aducidas para la intervención americana en Cuba fueron humanitarias. Pero si el Maine no explota, la guerra no se produce, no en aquel momento. Mientras tanto, la política de reconcentración del gobierno español de Cánovas del Castillo, conducida por el General Valeriano Weyler, NO fue una razón para la guerra, sin importar que por largos meses, muchos periódicos americanos reportaron diariamente las atrocidades españolas que causaron quizás 300,000 muertos cubanos.  Tampoco las protestas contra esa barbarie, ni siquiera las protestas oficiales de Washington ante Madrid, terminaron con la política de reconcentración. Esa política terminó cuando Weyler fue substituido porque España decidió, en parte debido a las presiones del gobierno americano (que amenazaba con la guerra),implementar la política de conceder la autonomía a Cuba (demasiado tarde).  Pero no por las muertes de civiles inocentes. No por la barbarie. 

 

Se pueden citar muchos casos más de cómo las políticas similarmente barbáricas de los ingleses en Sur África en la Guerra Boer; las terribles atrocidades cometidas por el ejército de ocupación americano en las Filipinas contra los insurgentes independentistas de Aguinaldo; el genocidio de los turcos contra Armenia al final de la Primera Guerra Mundial (murieron quizás 2 millones de civiles); el genocidio de Italia bajo Mussolini contra Etiopía en 1934 (incluyendo el uso de gas letal); los millones de chinos exterminados por los japoneses durante las guerras de conquista desde principios de los 1930 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial (incluyendo la matanza de Nanking, quizás 300,000 muertos); el exterminio de más de 20,000 militares polacos en el Bosque de Katín en 1943 ordenado por Stalin (conocida e ignorada por ese gran “campeón” de los liberales, el Presidente Franklin Roosevelt); el bombardeo de Dresde en Alemania, donde innecesariamente, entre las fuerzas aéreas americanas y británicas, 50,000 civiles fueron incinerados en 1944; los bombardeos de Tokio entre 1942 y 1945, incluyendo, por supuesto, el uso de bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, donde murieron casi medio millón de civiles japoneses. Y, claro, el asesinato de 6 millones de judíos por los Nazis a las órdenes de Hitler durante la guerra, también conocido ampliamente por el Presidente Roosevelt, quien nada hizo por evitarlo o frenarlo. Ahora, más recientemente, medio millón de hombres, mujeres y niños fueron macheteados en Rwanda en 1998. Y muchos protestaron, pero nadie hizo NADA.  ¿Dónde quedaron las intervenciones humanitarias en todos esos casos? En la nada.

 

Por otro lado, en el caso de otro genocidio reciente, en Bosnia y Kosovo en los años 1990, perpetrado por Serbia, SÍ hubo una intervención humanitaria. Y hasta se puede decir que funcionó. Pero fue conducida por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en una campaña de bombardeos aéreos que duró casi tres meses, costó billones de dólares (y casi  agotó el arsenal de cohetes crucero americanos). Es decir, una organización internacional extremadamente poderosa tuvo la voluntad de intervenir en esa guerra por razones humanitarias contra una nación casi insignificante como Serbia. 

 

Aún bajo esas condiciones, no fue fácil y tomó meses. Pero probablemente se salvaron miles de víctimas. ¿Valió la pena? Posiblemente en términos morales valió la pena hacer lo debido y lo correcto, sobre todo en un caso en que se podía realizar esa intervención humanitaria. 

 

Ha habido muy pocos de esos casos. Todavía menos casos han ocurrido donde ha existido la voluntad de hacer algo, aunque se pudiera hacer. Esa ha sido la historia. Y por una buena razón. La agresión es algo instintivo entre los seres humanos. Y los seres humanos llevan milenios matándose entre ellos. Guerras tribales al principio, por nada más que territorio, por controlar agua o comida, hasta por esclavizar a otros seres humanos. Por casi el resto de la historia, guerras entre naciones gobernadas por déspotas absolutistas, por efímeras y casi nunca válidas razones. Millones de seres humanos se han masacrado a través de los tiempos. ¿Se pueden evitar estas guerras, sobre todo ahora?  Claro que si. Siempre en realidad se han podido evitar. Pero NO se evitan. ¿Por qué?  Quién sabe. Este no es un ensayo filosófico, sino histórico.

 

(continuará)