Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

EL PAYASO, LA VARITA MÁGICA Y EL HOMBRE EN EL CABALLO BLANCO

 

No se equivoquen con el título; este es un artículo serio y de ninguna manera está diseñado para ridiculizar ni para atacar a Donald Trump, quien es parcialmente el sujeto de lo que sigue. De manera que veamos la primera definición de “payaso” del Diccionario de la Real Academia Española: “Dicho de una persona de poca seriedad, propensa a hacer reír con sus dichos o hechos”.  ¿Que es Donald Trump sino esto? Sí, es verdad que también es un exitoso empresario multibillonario.  Pero una cosa no quita la otra. Su principal atributo es ser un payaso.

 

Primero, un breve historial del personaje. Hijo del millonario urbanizador y dueño de múltiples edificios de apartamentos dedicados a personas de clase media, Fred Trump, Donald heredó una fortuna de entre $250 y $400 millones de su padre. Asistió a una exclusiva escuela privada en un suburbio de la Ciudad de New York, pero debido a problemas disciplinarios fue matriculado en New York Military Academy, donde completó sus estudios secundarios. Luego estudió en las Universidades de Fordham (NY) y Pennsylvania (Wharton School of Business), de donde se graduó con un título (BS) en economía en 1968.

 

En realidad, Donald es un buen empresario y los millones que su padre le legó en 1971 los ha multiplicado por 10. Pero ¿como lo hizo? En primer lugar, su padre era muy amigo de Abe Beame, alcalde Demócrata de New York entre 1971 y 1974. Esa amistad con Beame resultó en la extensión de un abatement (especie de exención-deducción de impuestos) de 40 años a su primera gran adquisición: el viejo hotel Commodore en Manhattan, el cual convirtió en el Grand Hyatt.  El abatement le representó $60 millones en la primera década. Luego, cuando construyó el Trump Tower en la 5ta Avenida de New York, en 1980, recibió otra exención de impuestos de $164 millones, que no termina hasta el 2017. De la misma manera, en la década de los 1980s, contribuyó con grandes cantidades a la elección de candidatos -casi todos Demócratas- a la Junta de Estimados de New York, organismo que decide sobre el uso de la tierra en la ciudad.

 

Trump mismo ha admitido que “cuando uno les dona, ellos (los políticos) hacen todo lo que uno quiere que hagan”. Quizás ahora se pueda entender mejor como lo hizo. Pero su bonanza continuó cuando decidió expandir sus operaciones a la compra de casinos en New Jersey.

 

¿Como los financió? No con su dinero, sino emitiendo billones de dólares en junk bonds (bonos basura) respaldados por su nombre y su “prestigio”.  Desafortunadamente para los inversionistas que compraron esos bonos con gran entusiasmo, todo ($3 billones) lo perdieron para 1991, cuando una de sus principales compañías se declaró en bancarrota y Trump tuvo que vender hasta su yate de 282 pies de eslora. No le sirvió de mucho, y en el 2004, otra compañía, Trump Hotels and Casino Resorts, también se declaró en bancarrota. Los tenedores de bonos esta vez perdieron $1.8 billones. Pero Trump sobrevivió, aunque tuvo que refinanciar la deuda que le quedó con $72 millones de su propio dinero esta vez, y reducir su valor líquido del 47% al 27% en la compañía reorganizada.

 

Fue entonces que consideró que esa no era la mejor manera de seguir adelante y decidió comenzar a vender libros, y sobre todo, a vender su nombre (su “marca”) y entrar en el mundo de las franquicias, lo cual hizo de nuevo sin arriesgar un centavo de su dinero. Condominios, hoteles, campos de golf, agua embotellada, vodka y hasta perfumes y una línea de ropa en las tiendas Macy’s, además de abrir una compañía de hipotecas y otra de bienes raíces para administrar sus franquicias, todo bajo el nombre (la “marca”) Trump.

 

Así es como se ha hecho no solo riquísimo, sino famoso, culminando con sus “reality shows” The Apprentice y The Celebrity Apprentice. Hoy en día la prestigiosa revista Forbes le calcula una riqueza de $4 billones ($4,000’000,000), aunque él dice (y ha sometido estados financieros al respecto) que en verdad asciende a $8.7 billones. Sin embargo, Donald valúa su persona o su “marca” en al menos $3.3 billones, y esto, por supuesto, es un cálculo estrictamente subjetivo. De cualquier manera, es un hombre inmensamente rico, cuyas entradas son de $250 millones anuales (Forbes) o de $400 según él.

 

Pero aunque Donald Trump se graduó con una especialidad en economía, sus estudios se concentraron en la adquisición y administración de bienes raíces (por lo que Wharton School se destacaba). Adquirió y remodeló edificios antiguos y decrépitos, convirtiéndolos en hoteles y condominios de lujo, luego pasando a fundar casinos (principalmente en Atlantic City, NJ), y a vender licencias para el uso de su nombre. Ahora, hay muchos edificios y diversos productos que llevan la “marca” Trump, pero que NO son de su propiedad ni tiene nada invertido en ellos, pero recibe entradas por el uso de su nombre.

 

Sin embargo, su actividad primaria hace mucho tiempo se ha desarrollado en el mundo del entretenimiento, de la farándula. Disfruta intensamente estar en la luz pública, desde sus espectaculares matrimonios (y divorcios) a sus aventuras en el fenómeno conocido como “televisión realista” (reality TV), que eventualmente han incluido los programas en la cadena NBC The Apprentice y The Celebrity Apprentice, ambos enormemente populares. Además, es dueño de los derechos del concurso anual de Miss Universo. Con todo eso ha alcanzado sus presentes niveles de reconocimiento popular (en términos de que su nombre sea conocido por millones, no de recibir reconocimiento por ningún mérito en particular). Es, en verdad, una celebridad. Pero más que nada, es un fenomenal vendedor, sobre todo de si mismo. O como el lo llama, de su “marca”.

 

Por supuesto, el problema principal, tanto para Trump como para sus partidarios, es que ser un empresario exitoso y un gran vendedor no implica en lo más mínimo que sea experto en NADA. Y así es: no conoce ni de economía, ni de política, ni de historia americana, ni de como funciona el sistema de gobierno en EEUU, ni siquiera conoce mucho de su especialidad, que son los bienes raíces. Digo esto porque en los últimos años, lejos de ganar en esos negocios, ha perdido millones. Varias de sus compañías, como se ha mencionado, han quebrado y hasta él personalmente estuvo muy cerca de la bancarrota personal a fines de los 1990s.  Pero su entrada en la televisión y el mundo de la farándula lo salvó y ahora es su sustento. 

 

Además, y mucho peor, Trump es un republicano nominal, malamente desde el 2011, y definitivamente NO es conservador. Por mucho tiempo ha contribuido al Partido Demócrata, incluyendo las campañas de algunos de sus miembros más radicales, como Hillary Clinton, Harry Reid y Nancy Pelosi.  Ha mantenido posiciones contrarias a las del Partido Republicano y sobre todo a los conservadores, como su apoyo al aborto, a la medicina socializada, al aumento de impuestos, al control de armas, a impuestos más bajos.

 

En fin, aunque diga que tiene derecho a cambiar de opinión, como es verdad y como muchos políticos suelen hacer normalmente, suena todo poco convincente.  Excepto para sus “creyentes”. Cuando se cree en alguien ciegamente, por fe, no hay mucho que se pueda hacer por cambiar mentes cerradas.

 

Cuando llegue la hora

 

Por suerte, sin embargo, cuando se le presione sobre lo que dice, cuando tenga que ser específico y no solo gesticular, hacer muecas o gritar e insultar a sus interlocutores, entonces se verá que es “un traje vacío”, un ignorante no merecedor remotamente siquiera de ser considerado como candidato a la presidencia.

 

Aún así, contará con ese apoyo sólido de sus seguidores, a quienes solo les importa oír al promotor, entretenerse, sonreír diciéndose unos a los otros, “este SÍ es El Hombre”.  Los más informados, los más inteligentes ¿no entienden que de elegir a alguien como este hombre simplemente cambiarían a un “dictador” inepto por otro, aunque no sea un izquierdista radical? (Acudiendo al diccionario de la Real Academia Española otra vez, la definición de dictadura es “un gobierno que… prescinde… del ordenamiento jurídico para ejercer la autoridad en un país” y de dictador “persona que abusa de su autoridad”. Dejo a discreción de los lectores si el presidente actual actúa como dictador o si vivimos bajo una dictadura de acuerdo con esas definiciones).

 

¿No ven como siempre dice YO haré esto o lo otro, pero nunca cuenta con el Congreso (como el presidente actual)? ¿No se dan cuenta del peligro de poner a alguien en la Casa Blanca porque lo que dice les agrada?  ¿No ha servido de nada el medio siglo que llevan oyendo hablar a Fidel Castro en Cuba, a Hugo Chávez en Venezuela, o a Barack Obama aquí mismo en la otrora gran república americana? ¿Como es posible que no comprendan, de una vez por todas, que no se puede gobernar con la lengua? (Para evitar críticas infundadas, NO estoy comparando a Trump con ninguno de los tres personajes citados. Simplemente estoy haciendo el contraste de seguir a alguien por lo que dice y no ver lo que hace.  En los casos citados, además de la verborrea que han emitido año tras año, tenemos la historia de como han gobernado y lo mal que lo han hecho, sin respetar lo que han pregonado: palabras y más palabras, pocos y malos hechos).

 

Aquí pasamos ahora a su descripción de “animador”. El hombre, por las razones que sean, es agradable (como todo buen vendedor) y tiene muchos amigos, quienes a pesar de conocerlo bien, siguen siendo leales (notablemente personajes de TV tan conocidos y disímiles como Bill O’Reilly y Gerardo Rivera, de Fox News). Sus “payasadas” son entretenidas, y ocasionalmente causan risa. Muchos de sus presentes seguidores adoran la manera en que “dice verdades que nadie se atreve a decir”. Esa es la clave del inexplicable hecho que hace dos meses es el líder en las encuestas entre los candidatos republicanos a la nominación presidencial del partido. Trump ha logrado conectarse con la tremenda insatisfacción que sienten los votantes, frustrados y furiosos, sobre todo con el Partido republicano y sus líderes (aunque muchas encuestas muestran que su apoyo es mayor en todo el electorado, incluyendo muchos demócratas y quizás no tanto entre los republicanos), quienes son percibidos por muchos como “traidores” por no haber cumplido lo prometido cuando esos mismos votantes le dieron el control del Congreso en el 2010 y del Senado en el 2014. (Tienen buenas razones para sentirse así).

 

Todo eso es verdad, pero ¿de que “votantes” hablamos? En mis cálculos, que admitidamente son subjetivos (aunque basados en mi experiencia y en la historia reciente), muchos de esos votantes insatisfechos constituyen quizás un 20% del total de los millones que están inscritos para votar, aunque no lo hagan. De ese 20%, ahora posiblemente un 30% de ellos apoyan a Trump. Además, la insatisfacción, incomodidad y frustración de tantos votantes está basada mucho más en el estado de la nación y en los cambios radicales que la presente administración en Washington ha impuesto a la sociedad americana.

 

Todavía peor, y este es el gran problema que ahora confrontamos los analistas políticos en EEUU, hay quienes señalan que quizás hasta un 80% de todos los votantes podrían ser considerados como políticamente incultos y mal informados. Que no tienen interés ninguno siquiera en enterarse de lo que ocurre a su alrededor - y no me refiero solamente a los jóvenes. El alcance de su interés es más corto que el de cualquier niño, se puede medir en minutos. Pasan una buena parte del tiempo usando teléfonos celulares, conectados al internet, entretenidos con juegos electrónicos, viendo TV, sobre todo “reality shows”, ensimismados en el mundo del entretenimiento, viendo programas de intensa violencia y oyendo “música” vulgar y denigrante, sobre todo a las mujeres. En fin, millones de americanos viven en su “mundo virtual”. Y a pesar que para ellos ese “mundo virtual” ES la realidad, por supuesto, NO es así.

 

Esto no es un lamento por el estado de la sociedad en el nuevo siglo 21.  Eso sería inútil, pues el mundo es como es, y nada hacemos con querer que sea diferente. Además, hay muchos aspectos beneficiosos que las nuevas tecnologías nos han traído. La tecnología, debidamente utilizada, es en verdad la salvación del mundo, la verdadera gran esperanza para la humanidad. No, el problema es la transformación social de la sociedad americana, sobre todo en lo referente a la política. Con una pésima educación, la cual conlleva directamente a la ignorancia, sometidos a continua propaganda y desinformación por los medios noticiosos, y tremendamente influenciados por el mundo de la farándula ¿que se puede esperar? Pero como este NO es un ensayo filosófico, sino una explicación del fenómeno de Donald Trump y las razones por qué se ha producido, pasemos ahora a la “varita mágica” del título.

 

La “varita mágica” y el caballo blanco

 

¿Que quiero decir con “varita mágica”? Es solamente una alegoría, una forma de sentir y de pensar. El gran historiador de la Guerra Fría y en mi opinión el mejor analista estratégico en EEUU, Derek Leebaert, en su último libro Magic and Mayhem: The Delusions of American Foreign Policy from Korea to Afghanistan (Magia y Estragos es el título principal) identifica como “magical thinking” (pensamiento mágico) una manera muy especial de razonar entre muchos de los estrategas más destacados de ambos partidos desde 1950. Esto aplica a mucho más que a política externa. Aplica a lo que se conoce en inglés como “wishful thinking”. Es decir, pensar basado en lo deseado, lo cual muchas veces tiene poca relación con la realidad. Así es como piensan muchos de los que apoyan al “animador” Trump. Pero la percepción, por mucho que los expertos en mercadeo lo proclamen a los cuatro vientos, NO es, ni nunca será, la realidad.

 

Por creer en los que piensan mágicamente, el mundo está como está y especialmente este país está en las lamentables condiciones en que se encuentra por aceptar como cierto, contra toda evidencia, el discurso de la esperanza y el cambio del falso Mesías que eligieron dos veces como presidente.  Pero ¿como aplica el concepto que uso de la “varita mágica” a Donald Trump? Muy fácil. En su discurso, Trump le “vende” a sus seguidores la idea de que, debido a su éxito como empresario, a su gran habilidad para negociar, a sus conocimientos, a su liderazgo, en fin, a su “varita mágica”, él podrá cambiar a Estados Unidos y hacerlo “grande” de nuevo. Él solo, sin ayuda de nadie. Primero EEUU, después… ¡El Mundo!  Todo por “arte de magia”. En definitiva, para eso él es El Donald. Por supuesto, quien crea ese discurso “mágico” también cree en Santa Claus y los Tres Reyes Magos. Pero hasta ahora, parece que varios millones de americanos están dispuestos a creerlo. Ya veremos.

 

Finalmente, el Hombre en el Caballo Blanco. Nos referimos a Trump, naturalmente. El mítico Hombre en el Caballo Blanco es el Salvador, el que viene a resolver todos los graves problemas que enfrentamos, el independiente, el que es diferente, el que no depende de contribuciones de grupos especiales, el exitoso empresario que llama al pan, pan, y al vino, vino. No importa que no haya substancia, se oye bien el discurso. Pero el Hombre en el Caballo Blanco es mucho más antiguo que el “Hombre” de New York. Lo conocemos muy bien a través de la historia (aunque no quiero remontarme a la antigüedad, a los tiempos de  Alejandro en Grande). El prototipo moderno es Napoleón Bonaparte. Aún admirado por millones, especialmente en Francia, pocos recuerdan que fue uno de los peores dictadores en la historia y que también fue responsable de la muerte de millones de seres humanos. Claro, así casi siempre resulta con estos hombres (para orgullo y beneplácito de las mujeres, no recuerdo a ninguna en caballos blancos que haya venido a salvarnos; Juana de Arco no califica para mí) “salvadores”.

 

Recientemente, el destacado historiador y biógrafo de varios de los más importantes fundadores de la república americana como Washington, Hamilton y Gouverneur Morris (quien escribió el Preámbulo de la Constitución y redactó el texto final del documento), Richard Brookhiser, escribió un artículo publicado en The Wall Street Journal sobre los hombres en el caballo blanco.

 

Aunque Brookhiser se refiere principalmente a los seis generales americanos que llegaron a ser presidentes, el artículo es útil para el fenómeno recurrente que aquí describo. Washington, siendo el primer presidente, puede considerarse como un Salvador, debido al peligroso estado de la sociedad americana cuando se adoptó la Constitución.  Pero en realidad Washington fue más bien el cimiento sobre el que se edificó la nueva república. Los demás (en orden, Andrew Jackson, William Henry Harrison, Zachary Taylor, Ulysses Grant y finalmente Dwight Eisenhower) tampoco fueron electos como salvadores, pero ganaron la presidencia en momentos de crisis. Para Brookhiser, Trump es simplemente una nueva versión de lo que el llama una “Vieja Fantasía Política” más antigua aún que la república, y a estos generales-presidentes los identifica como “Reyes Patriotas”. Según Brookhiser, este término lo inventó el escritor inglés del siglo 18, el Vizconde Bollingbroke, pero esos “Reyes Patriotas” son lo que yo estoy aquí describiendo como los “Hombres en el Caballo Blanco”.

 

Además, Trump es también el candidato “de afuera” de los dos partidos tradicionales, algo que después de la Segunda Guerra Mundial ha sucedido cinco veces.  En la elección de 1948, ganada por Harry Truman, Henry Wallace, ex vice presidente en 1940-44 y Strom Thurmond, gobernador de Carolina del Sur, aspiraron como independientes.  Thurmond ganó 39 votos electorales y más de un millón de votos populares; Wallace solo poco más de 100,000 votos populares. Ninguno de los dos pudo evitar la elección de Truman y ni siquiera le costaron muchos votos al republicano Tom Dewey. Pero fueron candidatos de protesta para millones de americanos insatisfechos con los dos partidos tradicionales.

 

En 1968, el ex gobernador de Alabama George Wallace ganó 46 votos electorales en el Sur y casi 10 millones de votos populares, pero no pudo evitar la elección de Richard Nixon. En 1980, el Representante Republicano ultraliberal John Anderson también aspiró como candidato de un tercer partido. Recibió menos de 6 millones de votos, no ganó ningún voto electoral y no fue factor alguno en el resultado: una victoria aplastante de Ronald Reagan. Finalmente, en 1992, el empresario billonario de Texas, Ross Perot no ganó votos electorales, pero recibió 19 millones de votos populares, y aunque no pudo ganar la presidencia, SÍ le costó la reelección a George Bush padre. 

 

Claro, en la elección del 2016, Trump, aunque se ha comprometido a no aspirar como candidato independiente, está montando una seria amenaza al Partido Republicano. Si ganara la nominación, algo remoto, muy difícilmente ganaría la presidencia, pero esto es especulativo en agosto del 2015.

 

De todos modos, la gran popularidad de Trump es algo insólito que casi nadie puede explicarse, aunque haya logrado congraciarse con millones de votantes potenciales y de momento sea el líder entre los republicanos. Como ya mencioné antes, en mi opinión (compartida con varios de los mejores analistas políticos, pero todos los que nos equivocamos prediciendo la elección de Mitt Romney en el 2012), cuando Trump tenga que ofrecer un programa político detallado, no podrá hacerlo, o sus propuestas, como la que ha revelado para “resolver’ el problema de la inmigración ilegal, serán tan absurdas que uno pensaría que la mayoría de los votantes se daría cuenta y su “globo” de popularidad se desinflaría. 

 

Pero no podemos remotamente garantizarlo, porque esta vez las cosas pueden ser distintas, lo mismo que el resultado final. Lo cual es bien explicado en un buen artículo de Peggy Noonan, antigua escritora de algunos de los mejores discursos de Reagan.  Noonan, escribiendo en su columna del Wall Street Journal de agosto 29, describe muy bien la disposición o el estado anímico del pueblo americano en estos momentos, después de una gira por varios estados donde conversó con mucha gente, y el peligro que estos sentimientos pueden representar para el Partido Republicano. Especialmente cuando el Partido Demócrata trata por todos los medios de identificar al Partido Republicano con las políticas antiinmigrantes y con los insultos a todos los hispanos (así al menos es percibida por muchos) de Trump.

 

Al “animador” hay que tomarlo en serio y diseñar estrategias para neutralizarlo. Se sabe bien como hacerlo y ya se demostró en el primer debate patrocinado por la Cadena Fox hace algunas semanas. Cuando la excelente moderadora y presentadora de Fox News Megyn Kelly, quien además es una abogada constitucionalista excepcional y muy respetada entre sus colegas periodistas, le preguntó a Trump sobre sus insultos a varias mujeres y como esto afectaría su campaña, el “animador” no contestó la pregunta, pero si atacó personalmente a Kelly - lo cual ha continuado haciendo desde entonces, a pesar de las quejas del presidente de Fox News Roger Ailes, quien ha defendido a Megyn Kelly vigorosamente.

 

Eso es lo que Trump hace y se conoce en la psicología Gestalt como el mecanismo de defensa de “deflection”.  El término no tiene traducción exacta al español, pero es como esquivar o ignorar algo (deflexión) y desviar la pregunta, crítica o ataque hacia otra persona o cosa. Trump usa la táctica continuamente, pero cuando no solo los medios informativos, sino también los demás candidatos (como ya lo está haciendo Jeb Bush, aunque admitidamente sin buenos resultados hasta ahora), lo presionen a que ofrezca respuestas específicas, se verá obligado a revelar detalles de lo que propone. Esto ya lo hizo durante la semana pasada sobre el tema de inmigración con resultados muy adversos. Así será con todo lo demás que revele en detalles sobre su programa. De lo contrario, el Partido Republicano -y Estados Unidos- pueden pagar muy caro la ascendencia del “animador” de Manhattan.

 

La diferencia entre Ronald Reagan y Donald Trump

 

Pero algo SÍ se sabe bien. Las soluciones propuestas por Trump hasta ahora, sin detalles, son totalmente simplistas y tienen poco sentido. Son en verdad indefendibles.  Pero a sus seguidores hasta ahora no les importa eso. También críticos de este artículo y de las opiniones que aquí y en muchos otros foros he expresado al respecto, pueden reclamarme que, después de todo, Ronald Reagan también fue acusado de ofrecer soluciones “simplistas” y ganó dos elecciones abrumadoramente contra todas las expectativas. Pero resulta que no.

 

No es verdad que Reagan ofreciera soluciones “simplistas”, todo lo contrario. En otros artículos he relatado esta anécdota verdadera, pero vale la pena repetirla para demostrar lo que afirmo sobre Reagan. Poco después de su fracasado intento de ganar la nominación republicana al entonces Presidente Gerald Ford en 1976, Reagan comenzó a planear su campaña para la elección de 1980, y en febrero de 1977 se reunió con Richard Allen, a quien pretendía reclutar para su equipo. Allen, quien terminó siendo el primer Asesor de Seguridad Nacional de Reagan en 1981, tenía graves dudas sobre el ex gobernador de California, quizás, como tantos otros, considerándolo un hombre superficial y poco preparado para la presidencia. Es más, muchos de los detractores y críticos de Reagan lo acusaban específicamente de ser “simplista”.

 

Pero Reagan le explicó a Allen que “había una gran diferencia en ser simplista y tener respuestas simples para problemas complejos”. Entonces prosiguió, de acuerdo con Allen: “Así que mi teoría de la Guerra Fría es que nosotros ganamos y ellos pierden.  ¿Que te parece?” Allen quedó sorprendido, pensando: esto es exactamente lo que sus críticos dicen de él. Pero entonces Reagan le explicó con lujo de detalles CÓMO planeaba ganar la Guerra Fría, y Allen quedó completamente convencido y satisfecho.  En 1981, todos esos planes y todas esas ideas “simplistas” se concretaron y se comenzaron a implementar.  Fue todo un “plan de acción” no solo para ganar la Guerra Fría, sino para lograr un gran renacimiento nacional, una recuperación económica plena y una prosperidad que duró años, en realidad hasta el final de los gobiernos del Presidente Clinton en el 2000.

 

Claro que las diferencias entre estos dos hombres no pueden ser más pronunciadas.  Reagan, al contrario de Trump, quien ha sido un empresario hábil y ha multiplicado la fortuna que su padre le legó, pero nada más puede ofrecer como logros importantes, fue primero un magnífico negociador (de lo que Trump se vanagloria en su libro El Arte de Negociar) durante su larga presidencia del sindicato de actores en Hollywood. Negoció exitosamente no solo con los dueños de los grandes estudios cinematográficos de entonces, sino también con muchos líderes de otros sindicatos de técnicos y suplentes, muchos controlados por comunistas. Fue victima de varios atentados, y por mucho tiempo tuvo que portar un arma para protegerse. Luego, cuando su carrera como actor terminó, trabajó en relaciones públicas para General Electric y viajó por todo el país predicando las virtudes del sistema de libre empresa, conociendo a miles y miles de hombres y mujeres del pueblo, gente decente, americanos comunes y corrientes, “normales”.  En un futuro, esa sería su base electoral. Finalmente, por ochos años fue exitoso gobernador de California, entonces la quinta economía en el mundo. Todo el tiempo leyó vorazmente y escribió cientos o miles de artículos, cartas y discursos, convirtiéndose en un verdadero experto en el comunismo. Casi nadie sabía esto, pero la evidencia es ahora incontrovertible. Trump ni remotamente puede ofrecer ni esa experiencia ni ese éxito de Reagan en una larga vida antes de ser electo presidente. Incluso la comparación es ridícula.

 

El “plan” de inmigración de Trump

 

Antes de terminar, es debido comentar brevemente sobre lo único específico que Trump ha ofrecido hasta ahora, su “plan” para resolver el problema de la inmigración ilegal. (Aunque ha prometido revelar detalles de varias de sus propuestas, aún no lo ha hecho). Me concentraré en la demencial propuesta de deportar masivamente a millones de seres humanos cuyo crimen es vivir en Estados Unidos sin documentos legales, porque o entraron ilegalmente o se quedaron aquí después de entrar legalmente (un 40% del total).  Violaron las leyes, de acuerdo. Pero en su enorme mayoría son gente que ha venido a EEUU a trabajar y a ganarse la vida dignamente. Hay miles de criminales, inclusive criminales violentos, entre estos millones de inmigrantes indocumentados, sobre todo muchos que han llegado recientemente. Eso es verdad, y es un grave problema. Pero en primer lugar, como lo ha señalado hace poco el comentarista legal de Fox News, el ex juez de New Jersey Andrew Napolitano, un destacadísimo experto constitucional con más de diez libros publicados, logísticamente tal deportación es simplemente imposible.

 

Napolitano destaca que la mayor cantidad de personas deportadas en un año ha sido 250,000. Si esta cantidad, o digamos hasta el doble, es deportada anualmente, tomaría 30 años completar la deportación de todos los ilegales en EEUU. Además, algo que probablemente Trump ni sabe, TODAS las personas que están en Estados Unidos ahora mismo (no ciudadanos, personas, que es como dice la Constitución), sin importar que sean ilegales o indocumentados, están protegidos por la Constitución y gozan de todos los derechos garantizados por la Constitución. 

 

Muy especialmente el derecho al debido procedimiento de las leyes, garantizado por las enmiendas 5 y 14, aplica en estos casos de deportación. Para deportar a alguien, quien sea y por la razón que sea, tiene que producirse una audiencia ante un juez de inmigración.  Tanto los gastos de la fiscalía como los de la defensa tienen que ser pagados por el gobierno federal, es decir, por nosotros los contribuyentes. Si el juez decide que la orden de deportación es meritoria, entonces el presunto deportado tiene derecho a apelar la decisión. De nuevo, los gastos tienen que ser pagados por el gobierno federal. Si el acusado pierde la apelación, entonces y solo entonces puede ser deportado legalmente.

 

Este proceso puede tomar meses, y si consideramos que serán cientos de miles de personas, quizás hasta años, ya que NO hay suficientes jueces de inmigración para procesar a tanta gente. No solo eso, sino que una deportación de 11 millones de personas, sean quienes sean, legales o ilegales, en caso que fuera posible, causaría una debacle económica en el país, con sectores enteros de la economía, como la agricultura,  colapsando totalmente. Esto lo ha señalado el escritor argentino ahora residente en Miami José Benegas en un nuevo artículo, pero entre los candidatos republicanos solamente el Dr. Ben Carson se ha referido al asunto.

 

El “plan” de Trump, que además es mucho más preocupante, propone deportar a cientos de miles de niños nacidos en EEUU. Todos estos ahora llamados despectivamente “anchor babies” SON, de hecho, ciudadanos americanos, aunque muchos expertos legales no concuerdan. El problema es que la enmienda 14, la cual dice textualmente que “Todas las personas nacidas o naturalizadas en Estados Unidos y sujetas a su jurisdicción, son ciudadanos de Estados Unidos y del Estado donde residen”, se aprobó al final de la Guerra Civil en 1868, específicamente para garantizarle la ciudadanía a los antiguos esclavos y para revertir el caso conocido como Dred Scott Decision, escrito por el Juez Jefe de la Corte Suprema Roger Taney en 1857, declarando que los esclavos no eran y nunca podían ser ciudadanos. Las palabras de la enmienda 14 “sujetas a su jurisdicción” son ambiguas y dan lugar a opiniones contradictorias. Pero por casi 100 años, el derecho a la ciudadanía de estos niños nacidos aquí ha sido afirmado en decenas de decisiones de la Corte Suprema de Estados Unidos. (Por cierto, para que nadie se equivoque, yo NO estoy de acuerdo con que madres vengan a EEUU específicamente a parir para que sus hijos adquieran la ciudadanía americana, pero esto se puede resolver con leyes, no con deportaciones masivas inconstitucionales e ilegales).

 

Una enmienda constitucional es, hoy en día, prácticamente imposible de lograr. Por otro lado, la Constitución, en el Artículo I, Sección 8, le concede el poder al Congreso para “establecer una regla uniforme de Naturalización”. Es decir, para aclarar de una vez por todas el derecho a la ciudadanía por el mero hecho de alguien nacer en Estados Unidos, o negarlo, el Congreso puede aprobar una nueva ley al respecto, y ya la Corte Suprema decidirá si es constitucional en caso de ser retada.  Es así de fácil, pero esto es necesario debido a la controversia que ahora se ha desatado. Lo cual es verdaderamente extraño.

 

Aparentemente, de pronto, estos niños nacidos en Estados Unidos de padres ilegales se han convertido en una gran amenaza para el país. Similarmente, los inmigrantes ilegales también se han convertido en una amenaza contra la seguridad nacional peor que el terrorismo.

 

¿No sería buena idea poner esto en perspectiva? Claro que las leyes de inmigración hay que cambiarlas, pero lo que ofrece Trump NO es la solución. Tampoco lo es construir una gigantesca muralla desde California a Texas, mucho menos que esta muralla sea pagada por el gobierno de México. Trump lo sabe muy bien, pero cuando se le pregunta CÓMO propone forzar a México a pagar por la muralla, solo sonríe, dice que sabe cómo hacerlo, pero no lo detalla. ¿Por qué no?  Porque no puede hacerlo, tan simple como eso.

 

Excepto si propone declararle la guerra a México, pero supongo que su megalomanía no llegue hasta ese punto. Además, aparentemente, en su pensamiento mágico y quizás esgrimiendo su varita mágica, Trump cree que deportando a todos los millones de ilegales, el problema de la inmigración desaparece - por arte de magia y por obra y gracia del Nuevo Salvador. 

 

El mundo globalizado

 

¿La economía, el terrorismo, la Ley de Salud, el acuerdo con Irán? Bueno, ya veremos.  Nada puede ilustrar mejor todo lo que el título de este trabajo implica. Pero, por ejemplo, como además de insultar gratuitamente a todos los mexicanos Trump ha declarado continuamente que México (esta vez el gobierno, y no “los mexicanos”) lleva años robando los empleos y negocios a EEUU, quizás cuando sea presionado por detalles en su política sobre el libre comercio -lo cual detesta mientras defiende los controles, a pesar de que el libre comercio beneficia a muchos y los controles perjudican a todos- proponga derogar el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, EEUU y México.  Ese Tratado, que, si bien puede haber sido más beneficioso para México que para los otros dos socios, ha traído enormes beneficios a las tres naciones y ha creado millones de trabajos desde que se implementó. Pero para un demagogo semipopulista y proteccionista como Trump es un blanco ideal, y sus seguidores aplauden sus ataques, no solo contra México sino contra China.

 

La razón por qué millones de empleos en la industria pesada en EEUU se han perdido y múltiples empresas se han mudado a China, India y México no depende de las políticas del gobierno americano sino del funcionamiento del mercado libre. Cuando hace tres décadas los trabajadores en la industria del acero en EEUU ganaban $30 la hora, en China, India y México los obreros ganaban una porción de esa cifra.  El resultado tenía que ser obvio: los empresarios existen para ganar dinero y si la mano de obra es mucho más barata en otros países, por supuesto que se mudarían. Además, los impuestos corporativos en EEUU son los más altos del mundo, lo cual también afecta esas decisiones empresariales.

 

Sin embargo, en la última década esto ha cambiado y la mano de obra en muchos de esos países que Trump dice se “robaron” los empleos de millones de americanos se ha encarecido. Si los impuestos corporativos se rebajaran aquí, como los costos de transporte se ahorrarían, quizás muchas de esas industrias regresarían a EEUU. Todo esto es economía básica, lo aprenden los estudiantes en el primer año de estudios en cualquier universidad del país. Pero para Trump aparentemente esto es un gran misterio.

 

De todos modos, cientos de miles de empleos perdidos en industrias pesadas se han creado en otras de tecnología y de diversos servicios. Esa es la virtud del libre comercio, pero una vez más, el “genio” de la Quinta Avenida en New York no parece haberse enterado de como el mundo ha cambiado en el nuevo siglo.

 

 La política de las últimas dos administraciones hacia China podía haber sido mejor, sin duda. Pero el “animador” solo nos dice que él, por sus grandes aptitudes como negociador, adoptará políticas “fuertes” hacia China. Lleva años diciendo que China manipula su moneda, lo cual es verdad. Pero no tiene la más minima idea de como lo hace y mucho menos de qué hacer al respecto. El hecho es que la banca en China ha sido el punto más débil en su economía - y en las últimas dos semanas esto ha sido ampliamente ilustrado.  Pero Trump dice que el gobierno de China ha devaluado su moneda para “robar” más empleos a EEUU. No entiende que lo sucedido ha sido una corrección, algo a que, además, el gobierno chino, que tampoco sabe que hacer, ha recurrido por desesperación.

 

¿Que hacer? Trump no tiene idea, pero algo tendrá que ofrecer, y su ignorancia económica quedará una vez más expuesta.  Pudiera empezar por leerse el libro de Gordon Chang The Coming Collapse of China.  Quizás aprendería algo.

 

Una opción realista para el tema de inmigración

 

Hace más de cinco años, preparé un proyecto de ley para resolver el problema de la inmigración ilegal y modificar las leyes para mejorarlas. Solo tiene dos páginas y diez elementos, es así de simple. No lo voy a repetir aquí, pero quien quiera leerlo me puede escribir y con gusto se lo envío, tal como lo hice a los 535 miembros del Congreso en el 2010.

 

Pero si puedo mencionar los tres elementos principales. Para sacar la política de la ecuación, los inmigrantes ilegales en el país nunca podrán ser ciudadanos. Es decir, nunca podrán votar. Ese es el castigo por violar la ley. Sí podrán aplicar para ser residentes legales después de cinco años, y de ser aprobados, entonces, y solo entonces, tendrían derecho a recibir beneficios como cualquier otro residente legal. Mientras tanto, no tienen derecho a ningún beneficio salvo la educación y los salones de emergencia en los hospitales. Pero los 11 millones (o cuantos sean) que ahora están aquí, recibirían permisos de trabajo inmediatamente. Así pagan impuestos sobre ingresos: contrario a la propaganda, los inmigrantes ilegales SÍ pagan millones en impuestos de venta todos los días, cada vez que compran algo en una tienda, aunque no contribuyen al fondo del Seguro Social. Pero, repito, no tienen derecho a recibir ninguna ayuda de ningún gobierno, ni federal, ni estatal, ni local, hasta que reciban la residencia legal a los cinco años.

 

Finalmente, sí, hay que construir una barrera (no otra Gran Muralla China). Y NO, no costaría los billones de dólares que algunos predicen. Treinta pies de alto y diez de ancho, construida de bloques de concreto con alambre tipo “concertina” al frente, arriba y detrás.  Es decir, a cada lado de la barrera y rollos de alambre concertina en los diez pies de ancho sobre la barrera. Pequeños drones que vuelen sobre la barrera para detectar movimientos, y patrullas más continuas, pero no más agentes. Los que existen son suficientes.

 

¿Cuanto costaría?  Cualquier contador puede calcularlo, pero serían millones, no billones de dólares. Su construcción, adicionalmente. crearía miles de empleos temporales, otro beneficio. Además, no es necesario construir la barrera desde California a Texas, puesto que ya existen cientos de millas donde las cercas o barreras emplazadas funcionan bien.

 

Por supuesto, es necesario modificar las leyes de inmigración y lo detallo todo en mi propuesta. Pero así, y no como propone Trump, se puede resolver el problema del control de la frontera.  No es posible asegurarla, como continuamente repiten algunos candidatos, pero si controlarla.

 

¿Es esto una amnistía, como muchos me acusarán de proponer? Claro que no; los inmigrantes ilegales presentes NUNCA podrán votar. Pero podrán trabajar legalmente y contribuir al beneficio de la sociedad, a la vez que se integran debidamente a ella en lugar de vivir con el temor de ser detenidos y deportados.

 

Pero algo mucho más importante, y esto es necesario que lo comprendan muy bien todos los críticos de la inmigración, aún la legal. Los inmigrantes, sobre todo los bien educados y preparados en carreras técnicas como ingeniería, matemáticas, física y química -hasta doctores, de los que ya hay una gran carencia en EEUU-, representan un beneficio absoluto para el país y son una necesidad imperiosa para el futuro.

 

¿Por qué?  Por razones demográficas. La tasa de nacimiento en EEUU es baja. Hasta ahora puede malamente suplir las muertes, pero la edad promedio de la población americana va en aumento. Nuevos y más jóvenes trabajadores son necesarios para mantener los programas de seguridad social y médica, y para que EEUU pueda competir con naciones más populosas como India y China en el futuro.

 

Por supuesto que, principalmente por la seguridad nacional, la inmigración debe ser controlada y regulada. Los que vienen a trabajar son un beneficio neto para la sociedad americana, pero con el peligro del terrorismo y del narcotráfico, por mucho tiempo habrá que ejercer una gran vigilancia sobre la inmigración legal. No solo controlando la frontera (más bien las fronteras puesto que la del norte con Canadá también debe ser controlada mejor) sino también utilizando nuevas tecnologías para verificar la entrada legal de visitantes y mantenerlos bien localizados mientras permanezcan legalmente en EEUU.

 

Pero todavía hay más sobre el demencial “plan” (lo escribo entre comillas porque esto, obviamente NO es un plan serio ni factible, sino solo propaganda) ofrecido por Trump.  Hace días, el comentarista de Fox News Bill O’Reilly, cuyo programa a las 8pm lleva 20 años con la audiencia mayor en TODA la televisión americana, pero quien es amigo personal de Trump hace 30 años y aparentemente lo estima mucho, le hizo una pregunta devastadora al “animador”. Pregunta: Donald ¿estás dispuesto a que millones de hombres, mujeres y niños, familias enteras, sean sacados por la fuerza (como lo fue Elián González el 22 de abril del 2000) de sus casas en el medio de la noche? (Como lo hacía la Gestapo en Alemania y la NKVD en Rusia). Trump NO contestó, se fue por la tangente. Claro, ¿como y que podía contestar? Pero su anunciada política de hecho tendría exactamente ese resultado. ¿Es esto lo que quieren los que apoyan a Trump? ¿No se dan cuenta que hacer algo así, tan monstruoso, tan abusivo, tan antiamericano, terminaría en efecto con esta gran república americana, la cuna de la libertad? Bueno, esa pregunta es la que deben hacerse todos los seguidores del nuevo flautista de Hamelin, Donald Trump.

 

Resumiendo todo lo que escribo: Este extraño fenómeno que la actual popularidad de Donald Trump presenta al electorado americano en la elección presidencial del 2016 es algo muy serio. Yo personalmente estoy seguro que el globo pronto se desinfla. ¿Pero y si me equivoco, como me equivoqué prediciendo el resultado de la elección del 2012?

 

Trump no tiene la capacidad ni el temperamento para ser presidente de Estados Unidos.  Esto no es una opinión, es un hecho cierto como estoy seguro de haberlo demostrado. Los votantes, especialmente los que ahora apoyan a Trump, deben recordar muy bien lo sucedido en el 2008 y repetido en el 2012, cuando un pueblo atontado se dejó convencer por las promesas del cambio y la esperanza. Han pasado casi siete años del doble desastre y ahora hasta muchos de los que votaron por el presidente que ocupa la Casa Blanca están amargamente arrepentidos.

 

Barack Obama estaba aún menos capacitado que Donald Trump para ser presidente, y su presidencia ha puesto a esta gran nación en grave peligro. Todavía faltan las consecuencias del planeado acuerdo con Irán, todavía falta la buena posibilidad de que el país caiga en una nueva recesión. ¿Están los votantes dispuestos a correr el riesgo de elegir a otro incapaz? No se si Estados Unidos pueda sobrevivir esa catástrofe, la cual puede bien ser la final. Quizás estas palabras del gran pensador cubano del siglo 19, el Padre Félix Varela, sirvan como un aviso final: “La credulidad es el patrimonio de los ignorantes. La experiencia y la razón son las únicas fuentes o reglas del conocimiento.  La ignorancia es el agente de la tiranía”.

 

Nota final. Análisis de las encuestas

 

Esto se escribió hace casi dos semanas y desde entonces, algunas cosas han cambiado. Trump sigue de líder en todas las encuestas. En algunas ha subido, en otras ha bajado, pero se mantiene alrededor del 25-30% en encuestas generales. La gran sorpresa ha sido el aumento de la popularidad del Dr. Ben Carson y la empresaria Carly Fiorina, ambos sin experiencia política, como Trump. Una muestra más del estado de ánimo de los votantes, quienes prefieren, hasta ahora, candidatos que NO son políticos tradicionales.

 

En los tres primeros estados que seleccionarán delegados en el 2016, Iowa (febrero 1), New Hampshire (febrero 9), y South Carolina y Nevada (febrero 20), su ventaja en las últimas encuestas varía.  De acuerdo con los promedios mostrados por RealClearPolitics, en Iowa, que no celebra elecciones primarias sino que selecciona delegados en caucus (pequeñas reuniones en varios locales) su apoyo parece estar sobre un 26%, seguido, sorprendentemente por el Dr. Ben Carson con poco más del 19%; los demás no llegan al 10%. Quien más ha decaído en Iowa es el Gobernador de Wisconsin Scott Walker, quien fue el líder en ese estado por meses. En New Hampshire, Trump tiene un 27%, seguido del Gobernador de Ohio John Kasich con un 11.7%; todos los demás reciben menos del 10%.  De nuevo, aquí el gran perdedor es Jeb Bush, quien dominó las encuestas durante casi todo el verano. En Carolina del Sur el apoyo a Trump alcanza un 33%, seguido por el Dr. Carson con el 14.3% y Jeb Bush con el 10%; los demás no pasan del 6%.

 

Recuerdo a los lectores que todas estas encuestas son simples medidas de popularidad y una celebridad siempre reflejará una mayor popularidad si por no otra razón de que esa celebridad es mucho más conocida. Cuando ya los delegados se elijan, cuando cuenten, comenzando en febrero del 2016, entonces ya veremos. Por estos tiempos en 1992, Ross Perot sobrepasaba el 35% de apoyo, y Bush padre era presidente. Perot quedó en tercer lugar, aunque le costó la reelección al presidente Bush. En 1996 Pat Buchanan ganó la primaria de New Hampshire y quedó segundo en Iowa, pero de ahí no pasó. Tan reciente como el 2008, Hillary Clinton estuvo adelante todo el tiempo, hasta que perdió en Iowa contra Barack Obama, y el Senador republicano John McCain, quien casi se vio obligado a suspender su campaña, vino desde atrás y terminó siendo el candidato. En el 2012, tres candidatos republicanos fueron líderes durante meses. Primero Rick Perry, luego el empresario negro Herman Cain, y brevemente Newt Gringrich. Romney los superó a todos al final y ganó la nominación.

 

Pero todas estas encuestas además tienen una peculiaridad. No han sido analizadas en detalle, solo los resultados se publican y se resaltan. Ahora eso haremos. Los números indican que el apoyo de Trump está bastante balanceado por todas las posiciones ideológicas dentro del Partido Republicano, pero también cuenta con el apoyo de muchos independientes y hasta una buena cantidad de demócratas, sobre todo aquellos de menos educación y menos prosperidad. Esto parecería indicar que sus posibilidades de ganar la nominación son mejores que lo pensado. Pero un análisis más minucioso indica que su apoyo, aunque amplio, no es muy profundo y si muy limitado.

 

Su ventaja en estos primeros meses no significa tanto como los medios informativos hacen ver, porque el proceso de la nominación no solo es ganar una o dos primarias iniciales (lo cual ahora parece posible en Iowa y New Hampshire), sino que significa ganar muchas primarias a través de muchos meses. Para eso es necesario contar con una organización de “raíces”, de un gran número de voluntarios que toquen puertas, hagan llamadas telefónicas y lleven a los votantes a las urnas cuando sea requerido.

 

Trump, aunque está aprendiendo y se está rodeando de profesionales, todavía está muy lejos de lograr todo eso. Además, según cada primaria vaya pasando, menos candidatos van quedando, y sus seguidores casi seguro no apoyarían a Trump. Un buen ejemplo de esto es una encuesta reciente de Monmouth University, en Iowa, que enfrenta a Trump solo contra Carson. El resultado es extraordinario: Carson le gana por 19 puntos. Las últimas encuestas, además, muestran que las opiniones favorables a Carson son del 87% contra solo 6% desfavorables, mientras que Trump recibe opiniones favorables del 60%, pero desfavorables del 35%.

 

Trump recibe la mayor parte de su apoyo de los votantes que se describen como “muy conservadores” y también de muchos que son miembros de los varios Tea Parties que todavía quedan. Aquí de entrada hay una anomalía que demuestra lo diferente que este ciclo electoral está resultando, porque de ninguna manera Trump puede ser catalogado como conservador y porque los que apoyaban originalmente de los Tea Parties en el 2010 eran mayormente personas que deseaban la reducción de impuestos y del gasto público, y menos controles del gobierno federal. De hecho, el significado de las letras T, E, A, aunque quiere por supuesto decir “té” en inglés, y se refiere al histórico Boston Tea Party del 1773 (cuando independentistas coloniales arrojaron un cargamento de té inglés a la bahía de Boston en protesta por el impuesto a la bebida), las letras son un acrónimo de Tax Enough Already (Suficientes Impuestos Ya).

 

Hasta ahora, eso no parece importar mucho a su base de apoyo. Pero un problema más grave es que aunque ese sector más conservador del Partido Republicano representa una enorme minoría de todos los republicanos, ES una minoría, y el resto de los votantes NO apoya mucho a Trump. Todavía peor son las respuestas a dos preguntas que hacen los encuestadores: Una es la opinión favorable (o no) sobre cada candidato. La otra es los que bajo ninguna circunstancia apoyarían a cada candidato. Trump recibe opiniones favorable entre un 52 y 44% en encuestas nacionales y estatales. Pero las desfavorables van entre un 38 y 43%, las más altas de ningún candidato. Todos los demás candidatos reciben opiniones favorables entre los 60s y 70s%, y desfavorables de mucho menos del 20%.

 

Finalmente, el apoyo de Trump viene abrumadoramente de los hombres blancos, quienes por supuesto representan una minoría entre todos los votantes. Pero en tres grupos de otras minorías, los negros, los hispanos y las mujeres blancas casadas mayores de 35 años, el apoyo de Trump es muy bajo: menos del 10% entre los negros, menos del 20% entre los hispanos, y menos de un 35% entre ese grupo de mujeres mencionado. (Trump, sin embargo, alardea, sin ofrecer evidencias, que él es el líder en esos tres grupos). La cuenta es fácil de sacar y de ninguna manera muestra como Trump puede ganar ni la nominación, ni mucho menos la elección general, solamente con el apoyo de la mayoría de los hombres blancos. Naturalmente, sus seguidores simplemente se encogerán de hombres, sonreirán, y dirán que nada de eso importa. Pero los números no mienten, no dependen de creencias ciegas, y SÍ importan.

 

Hay además algunos temas nuevos que deben ser importantes para el próximo debate transmitido por la Cadena CNN el 16 de septiembre. Más una candidata adicional entre los diez elegidos: Carly Fiorina, quien ha resultado la crítica más efectiva de Trump hasta ahora. Los temas nuevos son el acuerdo con Irán, que aunque no es nuevo, si lo es que el Senado probablemente votará sobre su aprobación un día después del debate (aunque quizás no, pues parece que el Partido Demócrata planea ni siquiera permitir una votación que sería en rechazo del acuerdo). Los otros son la atención recibida en el pasado mes por la organización pro aborto Planned Parenthood y el intento de quitarle los fondos federales; el reciente arresto de la secretaria del juzgado de un condado en Kentucky por negarse a emitir certificados de matrimonio entre parejas homosexuales por razones religiosas; y la situación de los cientos de miles de refugiados sirios que desesperadamente tratan de escapar de la guerra civil que reina en ese país hace cuatro años.

 

Resultará muy interesante cómo cada candidato responde a estas cuestiones, y cómo reaccionará Trump ante las críticas de Fiorina, a quien insultó en una entrevista hace días en la revista farandulera Rolling Stone, burlándose de “su cara”, en una nueva demostración de su poca clase; y Carson, quien en los dos últimos días ha cuestionando el plan de Trump de deportar masivamente a 11 millones de inmigrantes ilegales y su fe religiosa. 

 

Respuesta de Trump: el doctor “no entiende”. Claro, tampoco nadie más lo entiende, puesto que es imposible.  Pero es la respuesta típica del fantoche (definición, según RAE: “sujeto neciamente presumido”). Sobre su fe, hoy (septiembre 10) Trump contraatacó -lo que siempre hace porque es su única arma- diciendo que al parecer el doctor, quien en realidad no es un gran doctor, sino un buen doctor, encontró su fe hace poco y se aprendió el verso de la Biblia sobre la humildad, de memoria. 

 

Excepto que Carson ha escrito tres libros en 20 años donde detalla su conversión -y salvación- en un momento de desesperación en el que casi se quita la vida. Pero como Trump no solo es un “animador” de circo, sino también el Maestro de Ceremonias y un gran showman y entertainer, ahora ha propuesto que dada su popularidad que permite a las cadenas noticiosas cobrar más por sus comerciales durante los debates, CNN debe donar todas sus utilidades a beneficio de los veteranos, algo sumamente popular.

 

Ya pronto veremos qué resulta de esta nueva fanfarronada y también veremos cuántos candidatos quedan eliminados después del próximo debate del 16 de septiembre, durante el cual puede que varios candidatos (el Gobernador de Lousiana Bobby Jindal, quien no participará, hoy [septiembre 10] lo atacó devastadoramente) se combinen para ponerlo en su lugar de una vez por todas. Promete ser espectacular y muy posiblemente varios candidatos se retiren el mismo jueves 17, como ya lo hizo esta tarde (septiembre 11) Rick Perry. Scott Walker y Rand Paul pueden ser los próximos.

 

Por último, y aunque esto no tenga tanta importancia nacionalmente (para el Sur de la Florida si lo tiene), en días pasados Trump se ha manifestado sobre la política de la presente administración hacia Cuba y ha declarado que la encuentra bien.

 

Sobre el embargo no ha opinado, pero existen antecedentes en un editorial que escribió y fue publicado por el Miami Herald en 1999, pero ahora está causando revuelos entre los cubanos. Vemos otro gran cambio en sus opiniones de entonces con la de ahora. En ese editorial, con su acostumbrado alarde, Trump cuenta que agentes (no identificados) del régimen castrista le habían propuesto que invirtiera en la construcción de hoteles y casinos en la isla (no menciona cómo eso podría ocurrir bajo el embargo).  Pero él se negó por sus “principios”, porque no podía hacer negocios con “asesinos y criminales” como los Castro.

 

Increíblemente, ayer (septiembre 10), el conocido escritor popular Humberto Fontova, quien ha venido varias veces a Miami a promocionar sus libros sobre Fidel Castro y Ché Guevara en inglés, está diseminando comentarios que comparan los de Trump -en 1999- ¡con los de Ronald Reagan! Así son los fanáticos que apoyan a Trump.

 

De manera que quizás algún panelista de CNN le pregunte sobre esto el miércoles 16 en el debate, aunque es dudoso. Pero de ser así, como la opinión expresada por Trump es compartida por la mayoría del pueblo americano, eso probablemente lo ayudaría.