Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

El fracaso de la democracia liberal y alternativas para Cuba post Castro

 

LA ÚNICA ALTERNATIVA: UNA REPÚBLICA CONSTITUCIONAL

 

De acuerdo con ciertos textos de la antigüedad, una vez, después de ser nombrado magistrado jefe del gobierno de una gran provincia de China, alguien le preguntó a Confucio cual sería su primer decreto. Confucio contestó: crear un nuevo diccionario. ¿Por qué, Maestro? preguntó uno de sus asombrados discípulos. Porque necesitamos definir los términos más precisamente, y si no sabemos exactamente el significado de las palabras, no podemos ni siquiera comunicarnos de una manera efectiva, contestó el filósofo chino. Así tenemos que comenzar este ensayo. Pero antes de definir lo que es una democracia liberal, es necesario definir sus dos componentes, lo que es democracia y liberalismo.

 

Como trascendentemente dijo el Juez Potter Stewart de la Corte Suprema de Estados Unidos cuando trató de definir lo que es obsceno en un caso en 1964, “no lo se definir, pero si lo veo, se lo que es obsceno”. Así mismo a casi todos a los que se les pregunta qué es democracia creen saber lo que es. Pero no es tan fácil.

 

La primera y obvia definición es la de los griegos clásicos, más específicamente los habitantes de la ciudad-estado Atenas, en la Grecia Antigua de 500 años AC. Para los atenienses que practicaban ese sistema de gobierno que ellos inventaron, la democracia, era la mayoría de todos los votantes elegibles más uno (en aquellos tiempos, quizás un 10% de la población de Atenas; no votaban ni las mujeres, ni los esclavos, ni los extranjeros, ni los menores de 20 años).  La minoría -el 49% o menos- no tenía sus derechos protegidos, excepto los que les reconocía la mayoría que gobernaba. Con los años -y la práctica- esa definición se ha ampliado y modificado de muchas formas.

 

Con el crecimiento de las poblaciones, la democracia directa dejó de existir por necesidad, para convertirse en democracia representativa. También, hoy en día en una democracia se le reconocen los derechos a las minorías de alguna manera (casi siempre bajo una constitución) y el gobierno está basado en el sufragio universal de todos los votantes (con la única limitación de la de una edad mínima).

 

Pero el significado básico sigue siendo el gobierno de la mayoría, lo cual, en la práctica, ha desacreditado a la democracia como un buen sistema de gobierno. Esto es porque los votos de las mayorías se pueden manipular por políticos demagogos de tal forma que una vez electo un gobierno por esas mayorías, puede permanecer en el poder ilimitadamente simplemente cambiando la constitución y las reglas que gobiernan. Esto es lo que ha sucedido en los últimos veinte años en algunos países hispanoamericanos, como Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, al igual que en Ucrania y Rusia. 

 

También hay el problema de quien vota. Por ejemplo, con la insistencia en una votación universal solamente limitada por la edad mínima, no se considera la capacidad mental o educacional de los votantes, ni su nivel de información. Además, por la misma insistencia en contar todos los votos, no se pesan las diferencias. ¿Debe contar igual el voto de un demente, de un retrasado mental o de un analfabeto como el voto de un graduado universitario o tan siquiera de una persona informada? 

 

Estas preguntas, por no mencionar la propensión a la corrupción del voto popular, son generalmente ignoradas en el afán de que todos voten por igual. Quizás algunas limitaciones del derecho a votar, como por ejemplo existió por mucho tiempo en Gran Bretaña y aquí en Estados Unidos, sería beneficiosa, pero los defensores del concepto de la democracia no están dispuestos a considerar esas medidas, puesto que, según ellos, eso sería injusto.  Mejor que voten los incapaces y los corruptos a limitar de alguna manera el derecho al voto para producir mejores resultados.

 

El liberalismo clásico es también muy fácil de describir. Es una serie de ideas que se fueron desarrollando poco a poco desde el Siglo 17, principalmente en Inglaterra. Como filosofía, el liberalismo clásico está basado en un  gobierno limitado, casi siempre por una constitución escrita, un estado de derecho bajo el imperio de la ley, el debido proceso de la ley, la protección de las libertades individuales, y un sistema de comercio basado en el mercado libre.

 

Pero la realidad es que esos grandes principios, que tienen un linaje generalmente reconocido como empezando con John Locke en la Inglaterra de la Revolución Gloriosa (1688), prosiguiendo con los filósofos políticos escoceses del Siglo 18 (predominantemente Adam Smith y David Hume) y los de la Ilustración francesa, como Montesquieu, Condorcet y Voltaire, los fisiócratas franceses como Say y Turgot, los fundadores americanos como Jefferson, Madison, Mason y Hamilton, y finalmente, en el Siglo 19, los británicos Malthus, Ricardo y Mill, ya han desaparecido del mundo y hoy en día no se practican en ningún lugar, ni siquiera en Gran Bretaña y Estados Unidos, donde entre mediados del Siglo 19 hasta la Primera Guerra Mundial, fueron prevalecientes. 

 

En los dos países, el liberalismo clásico reinó con pocas diferencias entre los partidos que se disputaban las elecciones, siendo las diferencias de grado y no substanciales. Por ejemplo, en Gran Bretaña, el Partido Liberal generalmente apoyaba el comercio libre, mientras que el Conservador prefería políticas proteccionistas que beneficiaban a las grandes empresas industriales. En Estados Unidos, el Partido Demócrata asimismo estaba a favor de aranceles más bajos y el Republicano favorecía tarifas proteccionistas.  Pero en ambos países, todos los partidos generalmente favorecían los principios enumerados arriba, con la excepción de mayor o menor libre comercio. 

 

Extrañamente, en Gran Bretaña, los Conservadores favorecieron la expansión del derecho al voto para admitir a las clases trabajadoras. No en Estados Unidos, donde el Partido Demócrata desde su inicio dependió en gran parte del control del voto de los grupos inmigrantes, como los irlandeses, los italianos y los judíos. Las grandes maquinarias políticas de New York, Chicago y Boston así se mantuvieron en el poder por décadas. El surgimiento del Partido Laborista en Gran Bretaña y del movimiento progresista en Estados Unidos comenzaron a cambiar la aceptación de los principios del liberalismo clásico. Cuando los conceptos de “justicia social”, del “bien común”, de la igualdad, de terminar con la pobreza, de limitar las ganancias a las grandes compañías, de regular la economía, y finalmente, de intervenir militarmente en guerras extranjeras (en el caso de Gran Bretaña, de extender sus posesiones imperiales, sobre todo en África), el liberalismo clásico terminó.

 

Con las dos guerras mundiales, el triunfo temporal de regimenes socialistas -los que terminaron casi siempre en totalitarismos- prevaleció en buena parte del mundo. Lo que no conquistó el socialismo lo suplió el economista británico John Maynard Keynes, la figura más influyente en el mundo económico desde la Primera Guerra. Sus teorías estatistas le dieron un papel prominente al gobierno para intervenir en las economías de casi todos los países no comunistas, y fueron especialmente adoptadas por la administración de Franklin Roosevelt durante la Gran Depresión de los 1930s. 

 

Después de la Segunda Guerra hubo un renacimiento del liberalismo clásico con los economistas de la “Escuela de Austria”, prominentemente Ludwig Von Mises y Friedrich Von Hayek, y para fines de los años 1950s, con Milton Friedman de la Universidad de Chicago y sus discípulos.

 

En Estados Unidos ocurrió algo más importante.  Un nuevo movimiento político nació en 1960, impulsado por el escritor William Buckley y su revista National Review. El movimiento conservador moderno en Estados Unidos rescató los principios básicos del liberalismo clásico, menos los lastres de justicia social y el bien común, pero con un alto contenido de anticomunismo. Ese movimiento eventualmente cambió radicalmente el panorama político americano y en 1980, con la elección del presidente Ronald Reagan, pareció brevemente que el liberalismo clásico había resucitado.

 

Con la caída del comunismo internacional, se pensó por un tiempo que las democracias liberales descritas por Fukuyama dominarían.  Todavía muchos lo creen. Pero en estos momentos del Siglo 21 no ha sido solamente el socialismo el que ha fracasado, sino también esas democracias liberales con sus incontrolables estados de bienestar social. ¿Qué queda? La única alternativa: las repúblicas constitucionales.

 

¿Qué es la democracia liberal?

 

Ahora podemos pasar a describir lo que es la democracia liberal, sabiendo que en verdad no es ni democracia ni liberalismo como hemos descrito antes. El término se comenzó a usar durante la Segunda Guerra Mundial para diferenciar a los Aliados Estados Unidos y Gran Bretaña (pero desgraciadamente incluyendo a Rusia comunista, la cual obviamente nunca fue ni democracia ni liberal) de los Países del Eje, los fascismos militaristas de Alemania, Italia y Japón. Al final de la Guerra, se mantuvo el término casi como un ideal al que todos los demás países del mundo podían y debían llegar. De hecho esa fue la razón de ser de las Naciones Unidas, organización que desde su creación incluyó a las dictaduras totalitarias comunistas, una contradicción y una perversión de un gran ideal utópico.

 

Pero ha sido desde la desaparición física de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus satélites en Europa Oriental, entre 1989 y 1991, que la Democracia Liberal ha tomado su lugar de honor entre las naciones del mundo, que ahora muchas de ellas orgullosamente se proclaman como democracias liberales.

 

Esto se puede reconocer como el engendro del historiador americano Francis Fukuyama, quien escribió el libro “El Final de la Historia” en 1992, como una epopeya al triunfo de la democracia liberal sobre el totalitarismo comunista. Muchos pensaron que el pretencioso Fukuyama, quien se equivocó de entrada, puesto que lo que el denominó democracia liberal no fue ni efímeramente predominante en el mundo, estaba describiendo a la “democracia” americana, el sistema de gobierno de Estados Unidos. Era la conclusión lógica, ya que Estados Unidos había ganado la Guerra Fría, derrotando al comunismo internacional. 

 

Esto, claro, no fue tan simple, y nunca fue tampoco siquiera aceptado por la “Izquierda Eterna”. Pero es peor. Resulta que Fukuyama, años después de que su necia pretensión fuera desacreditada entre casi todos los pensadores serios, sobre todo en el ámbito académico donde él se desenvuelve, declaró en una entrevista con el periódico británico The Guardian (2006) que él nunca consideró el sistema de gobierno de Estados Unidos como su modelo de una democracia liberal. 

 

Al contrario, para él, la Unión Europea y su sistema de gobierno -es decir, la social democracia- reflejaba mejor su modelo de democracia liberal. Más aún, aceptando esta diferenciación, la conclusión de Fukuyama de que ese sistema europeo, que no es otra cosa que un socialismo modificado, sea el que prevalezca al “final” de la historia, no es válida. No obstante, admiradores y críticos de Fukuyama han continuado utilizando el término “democracia liberal” como su modelo preferido.

 

¿Por qué ha fracasado ese modelo? Por una razón muy sencilla. Las democracias sociales europeas, que, repito, no son sino sistemas socialistas donde prevalece una economía mixta estatal/privada y donde mayormente se respeta la voluntad de los votantes (excepto en sus variantes hispanoamericanas), como buen socialismo, adoptó hace mucho tiempo el estado de bienestar social, el alto gasto público y los impuestos prohibitivos necesarios para mantener esos beneficios sociales.

 

Cada vez menos personas trabajaban menos horas, produciendo menos riquezas, y cada vez más personas recibían más beneficios sociales, mientras los impuestos subían para los inversionistas y creadores de trabajos. Mientras tanto, cada vez más parasíticos burócratas y empleados públicos son agregados a las nóminas del gobierno y cada vez se crean menos y peor pagados empleos privados. Sucedió lo que tenía que suceder por necesidad: esa manera de vivir sin producir solo se puede mantener pidiendo dinero prestado. Como dijo Margaret Thatcher en una frase famosa, el problema con el socialismo es que eventualmente se acaba el dinero de otra gente para gastar. 

 

Cuando al fin hubo que pagar las cuentas, no se pudo, y casi todas las naciones europeas se acercaron cada vez más a la quiebra. Primero, Grecia, luego Islandia, seguida por Irlanda, Italia, Portugal, España y pronto Francia, con su flamante nuevo presidente, quien prometió, y está cumpliendo, aumentar enormemente los impuestos a los “ricos” para seguir utilizando y malgastando los recursos del país. 

 

Pero el dinero de los “ricos” también se acaba. ¿Entonces, que?  Los disturbios callejeros que hemos visto durante todo este último año, la desesperación de la gente por el desempleo y la inflación, la decepción de la población, sobre todo la juventud, con las promesas incumplidas por gobiernos que no tienen de donde sacar recursos, porque sus economías simplemente no los producen. En resumen, un callejón sin salida y la gran posibilidad de que un enorme estallido popular similar al ocurrido en Francia en 1968 suceda otra vez con consecuencias gravísimas para toda Europa. Una nueva revolución social no es inconcebible en Europa.

 

¿Cómo rebasar esta crisis, o mejor dicho, esta serie de crisis que parecen interminables? Definitivamente no con las medidas que siguen aplicando. Es decir, todavía más préstamos a corto plazo de los bancos de la Unión Europea a los distintos países que se siguen tambaleando, en un afán imposible de salvar ese gran error que fue la introducción del Euro como moneda nacional de la Unión Europea. Sobre todo cuando la única economía que está manteniendo a la Unión Europea es la de Alemania.

 

Pero ¿hasta donde y hasta cuando? ¿Qué se puede hacer entonces? En realidad, es muy simple: solo hay que aplicar la aritmética. En todo el mundo, cada familia tiene que vivir dentro de un presupuesto que se ajuste a sus entradas y gastos. Eso lo sabemos todos. A veces, con la ayuda de préstamos de familiares y amigos, o en las sociedades más modernas, con la ayuda de las tarjetas de crédito y préstamos bancarios, se puede vivir más allá de los medios por cierto tiempo. 

 

Pero llega el momento que no hay como conseguir más dinero prestado, y entonces no queda otro remedio que controlar los gastos, sobre todo si es imposible aumentar las entradas. Eso es exactamente lo que hay que hacer en Europa y en cualquier otro lugar donde existan tales condiciones económicas: Primero, reconocer los errores y el fracaso total del modelo de las mal llamadas democracias liberales. Segundo, tratar de revertir ese fracasado modelo, recortando el gasto público, rebajando los impuestos, controlando la burocracia, relajando las regulaciones a la empresa privada, y lo más importante: terminar con el estado de bienestar social

 

Solamente así se puede producir un aumento en la tasa de crecimiento en cada país, lo cual, en si, resolvería eventualmente todos los problemas que azotan a Europa. Estados Unidos no está muy lejos de sufrir las mismas situaciones.

 

Pero aquí viene ahora el asunto más importante. Nada de esto se puede lograr a corto plazo; son todas soluciones a largo plazo y que requieren voluntad para imponerlas, la cual no existe, y muchos políticos no están dispuestos a buscarse problemas en este sentido. 

 

Solo queda que surjan políticos con la valentía y la honestidad de decirle la verdad a los votantes y convencerlos de que no hay otra manera de resolver problemas que tomaron años en producirse. Entonces, otro problema casi insoluble se presenta. Si esto sucediera, casi seguro que los votantes derrotarían aplastantemente a los que proponen las únicas soluciones posibles. Solamente un compromiso de todos los políticos de cada nación puede siquiera comenzar este largo proceso de recuperación. En verdad, eso no se vislumbra por ahora, y cada vez más se acerca el abismo.

 

Una mejor solución

 

Pero SI existe una solución mejor -en verdad, prácticamente la única. ¿Cuál? Una república constitucional como la creada por la Constitución redactada en Filadelfia en 1787, con la que nació Estados Unidos de América (los Estados Unidos de América, en plural, una confederación de estados independientes, había sido creada en 1777 por el Segundo Congreso Continental también en Filadelfia).

 

Pero esa república, aunque se creó en 1787 y se ratificó por 12 de los 13 estados en 1789, y así entró en vigor, no fue una creación mágica. No con esa creación se terminaron todos los males de la Confederación que ganó la independencia de Inglaterra en 1783, males que se asemejaban mucho a los que ahora azotan a la Unión Europea. Había inflación en todos los estados, insatisfacción y una gran ansiedad por la seguridad de los ciudadanos. La deuda pública era enorme. Desordenes, motines y turbas por todos lados. Una grave amenaza de que el gran experimento de la independencia terminara en una orgía anárquica.

 

La Constitución creó las bases de la nueva república, introduciendo un gobierno central, pero limitado, que compartía la soberanía con los estados (un concepto novedoso entonces). Después vino el nuevo respeto por esa creación de una república distinta y por su Constitución, cementado por la gran figura que fue el primer presidente de la república, el héroe de la Revolución Americana, el general George Washington. 

 

Después, las medidas tomadas por el Secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, que consolidaron la deuda pública, establecieron el crédito nacional e impusieron el orden en la economía de la nueva nación. Finalmente, en las primeras tres décadas del nuevo Siglo 18, las decisiones del gran Juez John Marshall en la Corte Suprema, afirmando el derecho de la Corte a la revisión judicial de las leyes y, más importante, la protección y santificación de los contratos, ayudaron a formar una república comercial única en la historia. 

 

Muchos, sin embargo, critican la Constitución americana, a pesar del éxito. Mantuvo la esclavitud y no mencionó los derechos de las mujeres. Es verdad, pero estas críticas son productos del modernismo, y no son válidas si se trasladan mecánicamente a nuestros días. En el Siglo 18 la esclavitud, aunque no nos guste, era aceptada en todo el mundo. No obstante, algunos en la Convención, notablemente James Mason, de Virginia, quien poseía esclavos, condenó la institución y trató de excluirla. Fue imposible, y la insistencia en hacerlo hubiera evitado que la Constitución se redactara. Los derechos de las mujeres no reconsideraron seriamente por casi dos siglos más, aunque Abigail Adams (esposa del segundo presidente John Adams y madre del sexto, John Quincy Adams), entre otras prominentes mujeres, urgió a varios delegados a que le reconocieran al menos algunos derechos a las mujeres.

 

Pero antes de la creación de los Estados Unidos de América en 1787 habían existido otras repúblicas. La república romana duró más de cuatro siglos (la americana solo 236 años hasta ahora) y fue exitosa, grande y populosa. ¿Cuál fue la gran diferencia de la república constitucional americana y todas las demás anteriores? 

 

Que en Estados Unidos de América la soberanía descansa en el pueblo. La república americana fue la primera en la historia que reconoció -en la Declaración de Independencia de 1776, documento eternamente hermanado y enlazado a la Constitución de 1787- que los derechos de los seres humanos provienen de la Naturaleza y del Dios de la Naturaleza, y  NO  son otorgados por ningún gobierno ni por ningún rey o gobernante.

 

Los derechos son derechos individuales (no “derechos humanos” como en las “democracias liberales”,) y son muy básicos: la vida, la libertad, la propiedad privada (este derecho fue omitido por Jefferson inexplicablemente, pero está en casi todas las demás Declaraciones estatales, la primera de las cuales fue la de Virginia, escrita por George Mason y el modelo que utilizó Jefferson para la de Estados Unidos) y la búsqueda de la felicidad, es decir, la libertad de hacer lo que cada uno desee mientras no interfiera con el derecho de alguien más.

 

Fue también la primera república en que su Constitución limitó absolutamente los poderes del gobierno creado por su pueblo. Aquí el pueblo es soberano y se reconoce -en la Declaración de Independencia- que los gobiernos son formados por la voluntad y el consentimiento de los INDIVIDUOS para asegurar sus derechos.

 

El concepto total estaba basado en que los ciudadanos -y sobre todo los gobernantes- observaran y practicaran los principios de la virtud pública originados por los reformistas Whig ingleses, modificados por los fundadores en la Convención Constitucional en Filadelfia en 1787, y finalmente depurados por Madison, Hamilton y Jay en los ensayos llamados Federalist Papers.

 

El pueblo tiene asimismo el derecho de rebelarse contra cualquier gobierno que sus ciudadanos consideren injusto, y cambiar ese gobierno por otro, de acuerdo con su propia voluntad. Nada así existió antes en la historia. Por eso, se le atribuye a Benjamin Franklin, cuando una señora le preguntó que clase de gobierno le habían dado los fundadores al pueblo con la Constitución, la siguiente respuesta: una república -si la pueden conservar.

 

Es de notarse que ni en la Declaración ni en la Constitución aparece la palabra democracia ni una sola vez. Por una buena razón: los fundadores de esta nación la detestaban y le temían a las destructivas consecuencias que las democracias anteriores -todas fracasadas- habían traído a sus pueblos. Por eso crearon una república constitucional, que ha sido conservada hasta ahora, pero no como la que se creó en 1787.

 

La república y la democracia

 

Esa duró relativamente intacta hasta principios del Siglo 20. Con el movimiento progresista comenzó la destrucción de la república constitucional de 1787. El crecimiento descomunal del gobierno federal, a lo que tanto temían algunos de los fundadores, ha traído todos estos cambios indeseables. 

 

La entrada de Estados Unidos en las dos Guerras Mundiales, en la primera por la decisión (pero con apoyo popular, debe reconocerse) de ese pésimo presidente que fue Woodrow Wilson, un hombre que odiaba la Constitución con todas sus fuerzas y que hizo lo indecible por destruirla, y que en su soberbia decidió que había sido destinado por Dios para “salvar al mundo para la Democracia”; en la segunda por el ataque de Japón a Pearl Harbor en diciembre de 1941 (lo que el presidente Franklin Roosevelt secretamente deseaba), propició la tremenda erosión de la república americana, su Constitución y los derechos de sus ciudadanos. En los años 1920s bajo el presidente Coolidge, y en los 1980s bajo el presidente Reagan, esa erosión se frenó.

 

Si no se logra regresar a los orígenes de la gran república de 1787, las probabilidades son que esta termine como otra Democracia Liberal, como las que han fracasado en Europa.  Todo este desastre lo  previó el extraordinario escritor francés Alexis de Tocqueville cuando visitó a Estados Unidos en 1831 para investigar las prisiones americanas y terminó quedándose dos años en el país y viajando por buena parte de él. De esa experiencia resulto el famoso libro “Democracia en América” publicado en dos volúmenes en 1835 y 1840. 

 

Tocqueville estudió a fondo la sociedad americana. Curiosamente, decidió que la democracia (para él la democracia era más que nada la igualdad de oportunidades, no la obsesión moderna de contar votos y de gobernar con la mayoría de esos votos) era más importante que los principios republicanos y que la Constitución en la nueva nación americana.

 

Quizás eso sucedió en parte porque en los 1830s en Estados Unidos gobernaba el presidente Andrew Jackson, quien trajo una apertura popular (algunos la consideran populista) al país, y quien cambió el concepto de “democracia” como se consideraba hasta entonces, en el sentido que era un hombre del Oeste, un líder militar (el primero desde George Washington) y definitivamente no pertenecía a la “aristocracia” de Virginia que gobernó a Estados Unidos por 24 años consecutivos, desde la elección de Jefferson en 1800.

 

En efecto, el país había cambiado, y Jackson y sus seguidores fueron grandemente responsables por los cambios. Desde 1832 hasta casi la Guerra Civil, los “Jacksonianos” gobernaron a Estados Unidos. No fue que Jackson renunciara a los principios de los fundadores, todo lo contrario, sino que era un hombre de otra generación y más “del pueblo” que la “aristocracia” fundadora. Es verdad que por sus prejuicios eliminó el Banco de Estados Unidos (privado) lo que causó la primera gran depresión en el país años después. Un firme creyente en el gobierno limitado y una política fiscal responsable, fue el único presidente que pagó la deuda nacional y balanceó el presupuesto durante sus dos administraciones.

 

Además, el país también había cambiado mucho en las dos generaciones desde su creación. Se había transformado de la visión relativamente idílica de Jefferson de una república virtuosa de pequeños agricultores, aislada del resto del mundo (lo que nunca fue) a una gran república comercial como deseaba Hamilton, mucho más poblada, más diversa (la primera ola de inmigrantes había llegado) más urbana y algo más industrializada, expandiéndose continuamente hacia el Oeste.

 

El más prominente discípulo y protegido de Jackson, el onceno presidente, James Polk, peleó una guerra contra México que no solo casi dobló el tamaño de la nación, sino que la extendió hasta la costa oeste y la convirtió en una república continental cuando California fue incorporada la Unión americana como resultado de esa guerra. Polk además creó un sistema bancario que funcionó eficientemente hasta la víspera de la Primera Guerra.

Los principios de la fundación de la república, especialmente el individualismo empresarial dominaban la nueva sociedad. Tocqueville fue testigo de todo esto y dejó una serie de comentarios sobre la democracia americana que son muy importantes por su visión del futuro. Hasta una comparación de la democracia y el socialismo (doctrina que ya se conocía en el mundo, sobre todo en Europa) incluyó en su gran libro.

 

Según Tocqueville, nada tenían en común los dos sistemas excepto la igualdad. Pero la democracia buscaba la igualdad en la libertad, mientras que el socialismo la buscaba en el control y la servidumbre. Mucho más penetrantes fueron sus comentarios sobre el futuro de la democracia. Sobre esto, predijo que Una democracia no puede existir como una forma permanente de gobierno. Solo puede existir hasta que los votantes descubran que se pueden votar a si mismos ricos beneficios del tesoro público. Desde ese momento, la mayoría siempre votará por el candidato que prometa los mayores beneficios, con el resultado que la democracia siempre fracasará por su política fiscal irresponsable y siempre será sucedida por una dictadura”. Era imposible predecir el futuro de la democracia de una manera más certera. ¡Y esto lo escribió en 1832!

 

Experiencias para los cubanos

 

¿Qué lecciones pueden aprender los cubanos que quieran y puedan construir una nueva república post castrista en Cuba?  Son obvias si se absorbe bien todo lo anteriormente señalado.

 

Pero como siempre que se trata sobre el futuro de Cuba, hay que hacerlo con dos consideraciones presentes. Primero, que todo lo que sigue depende de la desaparición física de los hermanos Castro y de su camarilla de colaboradores más íntimos. Segundo, que la generación que los sigue, incluyendo a sus herederos, quienes casi seguro mantendrán el control político al menos por un tiempo, sean capaces de reconocer y adaptarse a la realidad del mundo presente. 

 

Si esto ocurre y están dispuestos a las aperturas necesarias para construir una nueva república, entonces todo es posible. Bajo ese entendimiento, la nueva república cubana debe establecer y respetar absolutamente los derechos individuales básicos, otorgados por Dios y la Naturaleza a todos los seres humanos: el derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad privada y a la búsqueda de la felicidad.

 

Segundo, debe crear un gobierno con sus poderes limitados por la voluntad del pueblo y la soberanía residiendo en el pueblo.  

 

Tercero, debe redactar una constitución lo antes posible, breve y concisa, no como la amalgama casi incoherente de legislación social que fue la alabada Constitución de 1940. 

 

Una constitución es un plano arquitectónico para gobernar, pero también es el documento básico y fundamental de una nación, la cual debe siempre respetarse y nunca tomarse para abusar de los derechos de los ciudadanos. La nueva constitución cubana debería modelarse en la de 1901, y debe incluir una declaración de derechos individuales -no sociales- y una división de los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales bien establecida.

 

Posiblemente una cláusula prohibiendo absolutamente la reelección presidencial y otra parecida a la “cláusula pétrea” de la constitución hondureña prohibiendo cambios en la constitución para permitir esa reelección. 

 

Cuarto, se debe reconocer que todo esto toma tiempo, nada ocurre por acto de magia. Pero hay que empezar por algo, con algo. 

 

Naturalmente que en una nueva república cubana no puede eliminarse la presencia del Estado, sobre todo en la economía, por algún tiempo. Una economía mixta, entonces, debe existir de inicio, pero la presencia estatal debe reducirse lo antes posible, para que eventualmente el Estado -el gobierno controlado y limitado por la voluntad popular- solo tenga que existir como un árbitro para proteger a los menos capaces de valerse por si mismos.

 

La nueva república no debe eliminar eventualmente la presencia del Estado en la sociedad solo por ideología, sino porque está comprobado que es lo que funciona. Por eso se deben también aprender las lecciones del fracaso inicial de las colonias americanas cuando trataron de establecer la posesión de la tierra en común. Casi se mueren todos de hambre, debido a lo que describe la famosa “Tragedia de los comunes” (ensayo escrito en 1968 por el ecologista Garrett Hardin). Hardin enseña como la tenencia en común de la tierra en tiempos medievales resultó irrevocablemente en el agotamiento de la tierra.

 

La única manera de evitar esto -que por cierto es aplicable al resto de la sociedad y la economía- es introducir la propiedad privada y respetarla. ¿Por qué? Porque únicamente los propietarios tienen interés de ocuparse, cuidar y hacer producir los escasos recursos de cualquier sociedad.

 

Los cubanos en la Isla deben tener muy presente que los cubanos del exilio no somos sus enemigos. Todo lo contrario. Todos somos un pueblo, separado únicamente por el Estrecho de la Florida y por un régimen totalitario opresivo que ha mantenido al pueblo cubano no solo en un profundo abismo económico por más de medio siglo, sino que también los ha engañado y los ha mantenido en la ignorancia de lo que ocurre en el mundo de hoy en día.  

 

En el exilio estamos en la mejor disposición de ayudar a construir una república nueva, si nos dan la oportunidad. De manera que si los principios verdaderamente importantes se reconocen, si se aprende de los fracasos de las mal llamadas democracias liberales, si se comprende que la libertad y la justicia no pueden ser protegidas solamente por los votos de los ciudadanos, que la “democracia” en abstracto NO es lo más importante en la vida de los pueblos, entonces se puede construir, con el tiempo, una república constitucional duradera.