Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

EL DERECHO A SOBREVIVIR

 

Los gobiernos originalmente se constituyen por el acuerdo común y voluntario de un grupo de personas para lograr una serie de beneficios para toda esa pequeña sociedad.  El consentimiento voluntario del grupo a otorgar ciertos poderes limitados al gobierno creado es algo implícito en ese contrato social. El poder -y el deber- primordial de ese gobierno es la protección de todos los individuos que forman el grupo que creó el gobierno en primer lugar. Esa es la razón de ser de un gobierno, de cualquier gobierno creado por el libre consentimiento del grupo que lo constituye.

 

Aquí en Estados Unidos, en el Preámbulo de la Constitución que creó la república federal americana en 1787, todas las razones aducidas para la creación de esa república mencionan casi directamente la protección de la población, y tres de ellas específicamente: asegurar la tranquilidad doméstica; proveer la defensa común; y promover el bienestar general. Hasta la Guerra Civil entre los Estados del Norte y Sur en 1865, el gobierno federal cumplió con su deber. Excepto, por supuesto -y por eso se peleó la Guerra Civil- por los esclavos africanos, que NO tenían ninguna protección del gobierno ya que NO se consideraban seres humanos, sino propiedad. Naturalmente, esta ficción no la creía nadie, pero era la ley, ya que la esclavitud estaba protegida por la Constitución por omisión (no se menciona siquiera la palabra) y afirmada por la infame decisión de la Corte Suprema en el caso del esclavo Dred Scott en 1857.

 

Pero aunque el final de la Guerra Civil fortaleció enormemente la protección de la población mediante la Enmienda 14, adoptada en 1868, desde principios del siglo 20 el gobierno federal, lejos de proteger al pueblo americano, comenzó a violar sus más básicos derechos y cada vez más a oprimir a sus ciudadanos. En este nuevo siglo 21, después del ataque terrorista en New York, Washington y Pensilvania el 11 de septiembre del 2001, el gobierno federal se ha ocupado quizás más de suprimir las libertades del pueblo que de protegerlo. Especialmente desde el 2009, cuando un nuevo presidente prometió fundamentalmente transformar a Estados Unidos de América, la república federal americana fundada en 1787 ha dejado de existir. En el 2015, y desde el 2009, el gobierno federal se ha convertido en enemigo del pueblo americano.

 

En algún momento después de la aplastante reelección del Presidente Ronald Reagan en 1984, la Izquierda Eterna entendió que había sido derrotada políticamente en EEUU. Había ocurrido un renacimiento económico debido a las políticas impulsadas por el presidente, y mucho más. El pueblo americano creía firmemente que por fin la larga pesadilla de Vietnam, Watergate y los cuatro terribles años de la presidencia de Carter quedaban atrás. En verdad, se visualizaba un nuevo amanecer para la nación. Los americanos creían en su grandeza otra vez. En el resto del mundo, la Izquierda Eterna sabía que el fin del comunismo internacional se acercaba y la Unión Soviética perdería la Guerra Fría. ¿Qué hacer?

 

A pesar de la erosión de la república comenzada con el Movimiento Progresista a principios del siglo 20 y acentuada durante las administraciones del Presidente Franklin D Roosevelt desde la Gran Depresión de los 1930s hasta el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, la Izquierda Eterna no había logrado su propósito de destruir la república americana. El nuevo presidente Harry Truman se había enfrentado a Stalin como nunca lo hizo Roosevelt, y la expansión comunista de la postguerra parecía frenada con la política promulgada por el funcionario del Departamento de Estado George Kennan de “contención” de la URSS. Pero era una ilusión. La tremenda infiltración comunista en todos los niveles de la sociedad americana desde los años 1930s seguía siendo una amenaza. La Guerra Fría se había tornado caliente con la invasión de Corea del Sur por las fuerzas comunistas de Corea del Norte, aliada de la URSS y de la nueva China Comunista. La Izquierda Eterna estaba en marcha de nuevo.

 

La muerte de Stalin en 1953 y la elección del General Dwight Eisenhower como presidente de EEUU en 1952 ofrecían cierta esperanza de que el avance aparentemente imparable de la Izquierda Eterna podía frenarse de nuevo; quizás hasta revertirse. El sucesor de Stalin, Nikita Khrushchev, prometía la posibilidad de un acercamiento, especialmente finalizada la guerra en Corea. Pero a pesar de que Eisenhower era respetado por los líderes de la URSS, poco cambió en sus ocho años como presidente. En política doméstica, Eisenhower dejó intactos todos los programas sociales del New Deal de Roosevelt. En esa década de los 1950s los impuestos sobre ingresos en EEUU llegaban al nivel confiscatorio del 90%. No solo eso, en 1959, con el triunfo de la revolución cubana, un nuevo actor, Fidel Castro, presagiaba la era de mayor conflicto -y peligrosidad- de la postguerra.

 

En 1960, la reñida elección de John Kennedy como presidente de EEUU confundió a la Izquierda americana. Pensaron que era uno de ellos y que su elección indicaba un viraje a la izquierda, por reñida que fue la elección. Pero Kennedy gobernó, en política doméstica, con rasgos conservadores, sobre todo cuando rebajó drásticamente los impuestos. Lo cual dio lugar a una nueva era de crecimiento económico que duró hasta mediados de la década. En política externa ese no fue el caso. (Coincidentemente, en 1960 también nació el Movimiento Conservador Moderno con la “Declaración Sharon”.  No como una reacción a la Izquierda Eterna, aunque en parte lo fue, sino como una defensa de los principios que hicieron grande a esta nación).  Khrushchev había adoptado una nueva estrategia contra el Oeste, el apoyo de las llamadas “guerras de liberación nacional”, y la “coexistencia pacífica”. Como Kennedy pretendió enfrentarse al nuevo reto soviético, que se pelearía en el Tercer Mundo (Asia, África, Latinoamérica), los conflictos mundiales hasta su muerte en 1963 -y por los próximos casi 20 años- fueron continuos. En verdad, a pesar del mito de “Camelot”, Lyndon Johnson fue quien logró muchas de las grandes ilusiones de la Izquierda Eterna con su malamente concebida “Gran Sociedad”, una enorme intromisión del gobierno federal en toda la sociedad americana. La Izquierda Eterna no pudo disfrutar mucho de las nuevas leyes y regulaciones, sin embargo. La guerra en Vietnam destruyó la presidencia de Johnson -y la prosperidad comenzada bajo Kennedy- aunque el legado de la “Gran Sociedad” ha continuado sus efectos destructivos hasta ahora.

 

La elección de Richard Nixon como presidente en 1968 fue también muy reñida. El “plan” que según él tenía para terminar (nótese, no para ganar) no era más que el gradual retiro del medio millón de soldados americanos, dejando en su lugar a tropas vietnamitas entrenadas y financiadas por EEUU. Pero aunque el plan de “Vietnamización” fue relativamente exitoso, muchas otras estrategias de Nixon no lo fueron. Además, los disturbios raciales en las grandes ciudades y estudiantiles en las universidades eran incesantes. Nixon, quien se presentó a los votantes americanos como conservador, era todo lo contrario, y su gobierno promovió un estado mucho más grande y opresivo. Pero la Izquierda Eterna lo odiaba a muerte por su anticomunismo al comienzo de su carrera.  Nunca lo perdonaron y Nixon, a pesar de que su acercamiento a China fue una gran jugada geoestratégica, se autodestruyó por su corrupción moral y su estúpido manejo de la innecesaria operación de Watergate. Su renuncia fue celebrada por la Izquierda Eterna, cuyo avance durante la interina presidencia del torpe Gerald Ford culminó con la emasculación de la CIA por el Congreso dominado por el Partido Demócrata, completamente dominado por la Izquierda Eterna, y el gran fracaso de la política de deténte promulgada desde tiempos de Nixon por Henry Kissinger.

 

La elección de Jimmy Carter en 1976, en otra elección reñida (y donde Ronald Reagan estuvo cerca de ganarle la nominación republicana a Gerald Ford) animó aún más a la Izquierda Eterna. Pero uno de los problemas insolubles de ésta es que -en países que celebran elecciones relativamente libres- cuando llega al poder con fortaleza, siempre fracasa. Las políticas económicas de todos los gobiernos de izquierda, como son incapaces de crear riqueza, terminan en la ruina. Este fue el caso de Carter, quien además trató de apaciguar a la URSS. El resultado después de cuatro años, fue una crisis económica donde se inventó el término “estanflación” (poco crecimiento económico, alto desempleo y alta tasa de interés), y otra en asuntos de política externa, donde Irán terminó en manos de los fanáticos islamistas, Nicaragua en manos de los comunistas Sandinistas, y Afganistán invadido por los soviéticos. Todo gracias a la torpeza de la administración de Carter.

 

Entonces llegó Ronald Regan a salvar al país (al menos así lo vieron millones de americanos), a poner la economía en orden, y a derrotar al comunismo internacional, símbolo máximo de la Izquierda Eterna. Así volvemos a finales de los 1980s y a la comprobación de que esa Izquierda Eterna había sido vencida y necesitaba desesperadamente hacer algo para recuperarse.  Porque es inmortal. Por ser una idea, nunca muere. Como además funciona como un virus malévolo, siempre busca cómo cambiar, siempre está en un proceso de mutación para otra vez llegar al poder, su razón de ser.

 

La solución visualizada por la Izquierda Eterna fue apoderarse de los incipientes movimientos ambientalistas en todo el mundo. En Europa, formando los Partidos “Verdes”; en EEUU, infiltrando prestigiosas organizaciones como Sierra Club y muchas otras que surgieron desde la década de los 1990s. Especialmente crearon un gigantesco -y completamente falso- movimiento a favor de la intervención masiva del gobierno para evitar, primero, el calentamiento global (producido por las “malas” acciones de los seres humanos). Luego, cuando el mundo rehusó calentarse de acuerdo con los tergiversados y arbitrarios modelos de los pseudocientíficos que los inventaban, los ambientalistas adoptaron el Cambio Climático como el nuevo “mantra” de todos los movimientos globales. El clima cambia constantemente, y nada podemos hacer los seres humanos al respecto. Aunque las acciones de los humanos afectaran el clima, que NO lo hacen significativamente, no hay nada que remotamente pueda hacer un gobierno, ningún gobierno. Quizás si una enorme mayoría de TODOS los habitantes del planeta cambiaran voluntariamente en algo su comportamiento, se pudieran lograr mejoras, sobre todo en la emisión de gases dañinos.  Pero ¿cambiar el clima?  Nunca.

 

Además de infiltrar y controlar el Ambientalismo en EEUU, la Izquierda Eterna (en muchos casos, antiguos comunistas convencidos) adoptó las teorías del ultra radical sociólogo de Chicago Saul Alinsky (el pionero de los “organizadores comunitarios”) y de los igualmente radicales profesores de la Escuela de Trabajos Sociales de la Universidad de Columbia, Richard Cloward y Frances Fox Pliven.  Alinsky era tan radical (y criminal, aliado de la organización de Al Capone en Chicago) que despreciaba a los “marxistas” por ser demasiado moderados. Los profesores de Columbia eran académicos  relativamente prestigiosos, pero abogaban por producir el caos en EEUU mediante el colapso del sistema de Bienestar Social (Welfare). Alinsky escribió Reglas para Radicales (Rules for Radicals) en 1971 (y dedicó el libro a Satanás, según Alinsky el Primer Radical); los profesores idearon el modelo conocido por sus nombres, Estrategia Cloward-Pliven, en 1966.  Las ideas de estos radicales estaban concebidas para destruir la sociedad americana y crear otra mejor (según ellos). Como predica la doctrina de la Izquierda Eterna, primero hay que destruir lo existente para luego construir una sociedad mejor y sobre todo, más justa (una palabra favorita de todos ellos, al igual que la justicia social). Fue el modelo que los bolcheviques rusos utilizaron en 1917 y los chinos comunistas de Mao Tse Tung en 1949, que resultó en 150 millones de muertos en ambas naciones.

 

Pero la Izquierda Eterna adoptó las ideas de los tres académicos a fines de los 1980s en un brillante plan concebido para elegir a un presidente radical y tomar el poder en un par de décadas. El plan funcionó casi exactamente, culminando en la elección de Barack Obama. Todos los radicales americanos cooperaron en el plan: comunistas, socialistas de todas clases, ambientalistas, organizaciones “minoritarias” de negros e hispanos, sindicatos, incluyendo los poderosos sindicatos de empleados del gobierno y maestros -y casi todo el Partido Demócrata, controlado por la izquierda desde la elección presidencial de 1972.

 

Adicionalmente, contaron con la ayuda de un importante grupo de aliados extranjeros.  Conocidos como la Escuela y también como el Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt, este fue un grupo de pseudointelectuales marxistas que elaboraron la Teoría Crítica en la Universidad Goethe, en Frankfurt am Main, Alemania, en 1923. Pero con el advenimiento de Hitler y los Nazis, este grupo de profesores comunistas fue expulsado de la Universidad Goethe en 1933 y todos emigraron y encontraron un nuevo hogar en la Universidad de Columbia en New York.

 

¿Que es la Teoría Crítica y quienes eran estos profesores? De acuerdo con la Enciclopedia de Filosofía del Internet, esta elaborada “teoría” es, básicamente, una crítica de la sociedad capitalista moderna (sea lo que eso en si signifique, pues para muchos, el capitalismo moderno, o hasta el mismo capitalismo, tiene varios significados). Pero también significa una nueva definición de la emancipación social y las patologías que se percibn en la sociedad.  La Teoría Crítica ofrece además una interpretación específica de la filosofía marxista y reinterpreta algunos de los conceptos del marxismo. Como se puede ver en esta simplísima definición, esto es algo casi incomprensible que no tiene mucho sentido para la enorme mayoría de las personas que siquiera se dignan a leer algo sobre el tema. Pero el hecho cierto es que todos estos profesores marxistas alemanes tuvieron una influencia enorme en la vida académica de su nuevo país adoptivo, Estados Unidos.

 

La primera generación de estos profesores llegó en los años de turbulencia de la década de los 1930s, durante la Gran Depresión. La administración del Presidente Roosevelt estaba desesperadamente tratando de encontrar soluciones a los gravísimos problemas económicos que afrontaba EEUU. Hay quienes piensan (no yo) que esos programas del gobierno federal implementados por Roosevelt (conocidos como New Deal) hasta salvaron el sistema capitalista en EEUU. Después de todo, en Alemania triunfó el Nazismo de Hitler, el Italia el Fascismo de Mussolini, en Inglaterra ganó el poder el Partido Laborista (socialista), en España se produjo una sangrienta guerra civil que terminó en la larga dictadura del Generalísimo Francisco Franco, en Argentina una serie de acontecimientos culminaron en la dictadura de Perón y destruyeron una sociedad muy rica y próspera que aún sufre las consecuencias. Mientras tanto, en la Unión Soviética el comunismo parecía florecer sin ser afectado por la terrible crisis económica mundial.

 

Muchos demagogos surgieron aquí ofreciendo soluciones “mágicas” al pueblo, casi todas colectivistas. Había un gran temor que el sistema no pudiera resistir las embestidas de esos demagogos populistas y hasta abiertamente comunistas. En Louisiana, de hecho, surgió un peligrosísimo gobernador (luego Senador), Huey Long, quien convirtió a ese estado sureño en una mini satrapía y puso casi de rodillas a la poderosa industria petrolera. Su popularidad alcanzó tan grandes niveles que hubo temor, incluyendo del mismo Presidente Roosevelt, que Long ganara la nominación del Partido Demócrata en 1936. Hasta que un asesino intervino y eliminó la amenaza de Long en septiembre de 1935. En fin, los exponentes de la Teoría Crítica encontraron tierra fértil en las universidades americanas.

 

Algunos de los nombres más prominentes fueron Max Horkheimer, Theodor Adorno, Herbert Marcuse, Walter Benjamin, Fridrich Pollock, Leo Lowenthal, todos sociólogos y politólogos, y el famoso psicoanalista Eric Fromm. Todos eran marxistas. Todos eran elitistas resentidos que primero fracasaron en su tierra natal alemana y luego fueron expulsados no solo de la Universidad Goethe en Frankfort sino de Alemania misma.  Todos sentían un odio intenso contra el sistema en el que fracasaron, que para ellos era el capitalismo. Pero, en verdad, todos eran enemigos de la libertad, y aquí en EEUU hicieron lo que pudieron por destruirla.

 

Décadas después, ya en los 1960s, llegó la segunda “generación” de teóricos críticos, pero estos no fueron importados, sino transformados por las enseñanzas de la primera generación que prevaleció en los 1930s. Los discípulos aprendieron bien y produjeron, entre otras “novedades” lo conocido como la Nueva Izquierda, que sobre todo en historia, ofreció una visión “revisionista” del pasado reciente, sobre todo de los orígenes de la Guerra Fría y de como el comunismo internacional fue “obligado” por el “imperialismo” americano, a esclavizar -y matar- a millones  de seres humanos. Muchos, como los de la primera generación que vino de Alemania, fueron profesores en universidades americanas también.

 

Pero otros ejercieron gran influencia desde Europa. De Francia, escritores y filósofos como Jean-Paul Sartre y su “consorte” Simone de Beauvoir, Régis Debray (quien fue influyente en Hispanoamérica y fue capturado con los revolucionarios que acompañaron al Che Guevara a Bolivia en 1969), Michel Foucault y Frantz Fanon (nacido en Martinica y también muy influyente en Hispanoamérica). De Alemania, Jurgen Habermas y Gyorgy Lukáks (nacido en Hungría). De Inglaterra, los historiadores marxistas Eric Hobsbawm y E.P. Thompson. Aquí en EEUU, el sociólogo C. Wright Mills fue uno de los grandes apologistas de Fidel Castro (fundador del Fair Play for Cuba Committee) y con el lingüista Noam Chomsky, hicieron mucho daño por su influencia entre los jóvenes. Pero en verdad los más perjudiciales fueron los historiadores como William Appleman Williams, Gabriel Gabriel Kolko, Barton Bernstein, Eugene Genove y su esposa Elizabeth Fox-Genovese y mi profesor y consejero en mi disertación doctoral Alen Matusow. Otro historiador popular (sus libros se usan como textos en la mayoría de escuelas secundarias y universidades de EEUU), Howard Zinn, sigue envenenando las mentes de incontables jóvenes americanos. Todos y cada uno de ellos fueron marxistas; todavía muchos lo son. Parece ser el denominador común. (En una anécdota que he contado antes, visité al Profesor Matusow en la Universidad de Rice, en Houston, en el 2007, 35 años después de obtener mi doctorado en esa Universidad donde Matusow todavía ejercía. Mi antiguo consejero me ofreció uno de los mayores elogios que he recibido en mi vida cuando me dijo: “Tu tuviste  la razón, no solo respecto a Cuba, sino también al comunismo internacional y a la Guerra Fría. Todos nosotros nos equivocamos”.  Matusow, Bernstein, y el matrimonio Genovese, todos renunciaron a su marxismo y a su identificación con la Nueva Izquierda 20 años después.  Eso se llama éxito y validación de ideas correctas).

 

Quien no vivió en Estados Unidos en la década de los 1960s, especialmente quien no estudió en alguna Universidad americana en aquellos años, no tiene idea de la verdadera revolución social que se vivió aquí. Primero vino el movimiento de los derechos civiles y las importantes leyes que se aprobaron en 1965 para asegurarle el voto y los derechos más comunes a los negros, no solo en el Sur, sino también en las grandes ciudades norteñas. Luego apareció la píldora contraceptiva que ayudó a traer la “revolución sexual”, acompañada del uso masivo de drogas ilegales como la marihuana, la cocaína, la heroína y el LSD.  Finalmente, la guerra en Vietnam y la participación de EEUU y sus soldados (todos conscriptos), contribuyeron al clima de rebeldía y protestas continuas, especialmente en la universidades, pero también en muchas grandes ciudades donde disturbios raciales causaron daños gigantescos y cientos de muertos.

 

Recordando el libro (1997) y la película (2000) de Sebastian Junger The Perfect Storm (La Tormenta Perfecta), que ha pasado al lenguaje cotidiano desde entonces, esto fue en verdad lo que ocurrió en EEUU en las décadas de los 1960s y 1970s. Todo en gran parte gracias a las perniciosas ideas que esa segunda generación de la Escuela de Frankfurt trajo a esta sociedad. Toda esta erosión de valores que cambiaron drásticamente la sociedad americana en los 1960s todavía, por supuesto, están con nosotros, ya que ahora la Teoría Crítica va por la tercera (o cuarta) generación, creando cada vez más caos en nuestra sociedad. NO, no lograron destruir la sociedad americana, pero Sí lograron la elección de un presidente capaz de hacerlo. Esto no es una fantasía ni otra teoría de conspiración más. No hay espacio para describirlo en detalle, pero todo está más que probado; la evidencia es abrumadora. Quien quiera leer a fondo, el libro Radical in Chief, de Stanley Kurtz (2008) es un clásico, pero hay muchos, muchos más que todo lo demuestran hasta al observador más incrédulo.

 

Pocos vieron venir la oleada que culminó en la elección del 2008, porque en buena parte la burbuja hipotecaria que resultó en la peor crisis financiera desde la Gran Depresión, una crisis provocada por las políticas de ingeniería social adoptadas durante las administraciones de Carter y Clinton, para facilitar a las minorías la compra de viviendas, contribuyó mucho a la victoria de Barack Obama en el 2008. Desde entonces, la Izquierda Eterna reina triunfante en EEUU. Ahora la pregunta es para los que se oponen a la dominación de la Izquierda Eterna y sus consecuencias inevitables: otra ruina socio-política-económica quizás peor que la creada en 1980. ¿Que hacer? 

 

Pero en el 2015, la situación es mucho más grave y peligrosa que en 1980, porque desde mediados de los 1990s, esa Izquierda Eterna ha controlado en buena parte la agenda política americana, sin importar los ocho años de la administración republicana del Presidente George Bush hijo. Bush hijo, como su padre, traicionó a los conservadores, aumentó enormemente el gasto público, y lo más grave: con la invasión de Irak dividió al pueblo americano y abrió las puertas a la Izquierda Eterna.

 

Así estamos ahora, a un año de otra elección presidencial crucial. Pero con enormes peligros adicionales. Primero la amenaza terrorista islámica, que el presidente rehúsa admitir y ni siquiera nombra. Segundo, el asalto total contra la Segunda Enmienda de la Constitución y el derecho del pueblo americano a poseer armas. De manera que la gravedad es doble: por un lado, el peligro real de ataques terroristas islámicos aquí en EEUU; por otro, el afán de desarmarnos, sobre todo cuando el gobierno no cumple su misión de proteger al pueblo. 

 

No solo eso, la Izquierda Eterna adicionalmente ha lanzado otro asalto masivo contra las fuerzas del orden, especialmente la policía, desde hace años (todo durante la administración del primer presidente “post racial”), demonizando a todos los policías como racistas y asesinos de negros. La policía, naturalmente, en muchos casos se muestra renuente a ninguna actividad que pueda resultar no solo en acusaciones injustas, sino en despidos, demandas personales y hasta en enjuiciamientos criminales. Entonces ¿quien nos protegerá?  La respuesta es obvia: nosotros mismos. ¿Cómo?  Veamos.

 

Primero, consideremos el derecho absoluto, garantizado por la Segunda Enmienda de la Constitución, del pueblo americano a poseer y portar armas para defenderse. Absoluto porque, contrario a un reciente editorial en primera plana del New York Times, este derecho ni puede ser “modificado”, ni mucho menos restringido en forma alguna. La Segunda Enmienda es la más corta de todas, y dice textualmente: “Una bien regulada Milicia, siendo necesaria para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar Armas, no será infringido”. (Énfasis mío).  Eso es todo y no hay lugar a ninguna otra interpretación.  Excepto que la primera línea que se refiere a una milicia no aclaraba el derecho absoluto de cada ciudadano a poseer y portar armas fuera de pertenecer a una milicia. No obstante, ciudades y estados han tratado de restringir esa liberad a sus ciudadanos, y en 2008, en un caso que prohibía a los residentes del Distrito de Columbia (Washington), la Corte Suprema afirmó, en District of Columbia v Heller, en una decisión escrita por el Juez Antonin Scalia, que “la Segunda Enmienda protege el derecho personal de poseer y portar armas para propósitos legales, más notablemente para la defensa personal dentro de los hogares”. (Énfasis mío).

 

Pero como esa decisión afectaba a un ciudadano de Washington todavía había dudas sobre el derecho individual de cada persona en los demás 50 Estados. En el 2010, la Corte Suprema fue todavía más clara y enfática.  En el caso McDonald v Chicago, el Juez Samuel Alito escribió: “Está claro que los Fundadores… incluyeron el derecho a poseer y portar armas entre esos derechos fundamentales necesarios para nuestro sistema de libertad ordenada”. No hay más que hablar al respecto, por lo menos hasta que la Corte Suprema decida otra cosa, y esto es extraordinariamente difícil que pueda suceder, especialmente mientras los miembros de esta Corte estén vivos.

 

Muchos dudan que un pueblo armado sea una buena idea. Algunos que no conocen la historia se asombran de lo que consideran una obsesión en EEUU con las armas. Pero poseer y portar armas es algo completamente engranado en los americanos, desde que llegaron los primeros colonos en el siglo 17. Las armas eran absolutamente necesarias para sobrevivir en Norte América, donde los nativos eran muchos miles, mientras que los colonos eran cientos. Cuando se adoptó la Segunda Enmienda, junto con las otras nueve de la Declaración de Derechos (Bill of Rights) durante el primer Congreso de la nueva república en 1790, la posesión de armas era algo más que sobreentendido, nadie lo pensó dos veces. Además, las ideas detrás de la Segunda Enmienda se remontan hasta John Locke en el siglo 17. Locke escribió en Dos Tratados de Gobierno que “la defensa propia es parte de la Ley de la Naturaleza”, y consecuentemente “No se le puede negar a la comunidad, si siquiera por el Rey”.  Además, según Locke, este principio se podía aplicar tanto en el nivel individual, contra ataques personales, y en el nivel colectivo, contra el gobierno.

 

 Pero lo interesante -y difícil de creer, aunque cierto- es que mientras más se arma el pueblo, más disminuye el crimen. Como recordó el amigo periodista cubano radicado en Puerto Rico, Arturo Guzmán, en un reciente artículo, alguien le preguntó a los cubanos en enero de 1959 “¿Armas para qué? ¿Para pelear contra el pueblo? Si el pueblo está con nosotros”. Un pueblo desarmado nunca se pudo defender del totalitarismo que se estableció en Cuba desde entonces. Algo parecido sucedió en Alemania y los Nazis no tuvieron que enfrentarse a un pueblo armado. Pero aquí no sucederá lo mismo.

 

He escrito varias veces anteriormente, sobre todo desde el 2012, que quizás un 80% de los votantes americanos son estúpidos, ignorantes, o una combinación de los dos. Pero lo que NO son es suicidas. Por eso, desde la matanza de 14 personas en San Bernardino, California, el pasado 4 de diciembre, miles y miles de personas han comprado toda clase de armas en todo el país.

 

El pasado “Viernes Negro”, noviembre 24, más de 175,000 aplicaciones para comprar armas fueron sometidas al FBI. Miles y miles se han vendido desde los ataques terroristas islámicos en París y San Bernardino, a pesar de los esfuerzos casi sobrehumanos del presidente de culpar al Cambio Climático por los atentados de París y el descontrol de las armas por el de San Bernardino. Desde que este presidente llegó al poder en el 2009 la venta de armas se ha duplicado en EEUU. Leyeron bien: el doble.

 

¿Por qué? Porque el pueblo americano sabe muy bien la verdad, que es el terrorismo islámico que el presidente niega el responsable de la inseguridad y el miedo que tantos americanos sienten. Como también pueden ver claramente que el gobierno no los protegerá, ni de los terroristas ni de los pandilleros, han decidido armarse para protegerse por si mismos.

 

Como también llevo escribiendo mucho tiempo, el gobierno NO es el problema, como en una frase famosa dijo Ronald Reagan en 1980. No, el gobierno es nuestro enemigo.  Aparentemente, el pueblo americano por fin se ha dado cuenta.

 

(continuará)