Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

El asesinato del Presidente Kennedy, la DGI de Cuba y la KGB

 

Dentro de unas semanas se cumplirá medio siglo del asesinato del presidente Kennedy el 22 de noviembre de 1963, en Dallas, Texas. En casi 45 años investigando y escribiendo sobre historia -y mis intereses van mucho más allá de Cuba y su historia, aunque me he concentrado sobre todo en la invasión de Bahía de Cochinos y la Crisis de los Cohetes de 1962- nunca me había interesado investigar sobre este asesinato.

 

Había varias razones para mi falta de interés en el tema. Primero, casi desde que Lee Harvey Oswald fue detenido en Dallas horas después del atentado, siempre me pareció muy conveniente para algunos que esto ocurriera, sobre todo en el caos que se vivía en Dallas en esos momentos. La coincidencia era demasiado extraña. De ahí a pensar que Oswald había sido el único responsable de la muerte del presidente había solo un paso, y desde entonces he pensado que la conclusión, casi obvia, de que hubo una conspiración para asesinar a Kennedy, era inevitable.

 

Sin embargo, como muchos de los que leen mis escritos saben bien, mi inclinación es a descartar las conspiraciones. Claro que han existido, y existen. La más grande y exitosa en la historia fue la conspiración comunista para dominar al mundo. Pero en general, la historia también demuestra bastante concluyentemente que las conspiraciones son relativamente pocas. Pero cuando no se encuentran explicaciones -en si, cuando quizás no existen tales explicaciones- es muy natural creer en conspiraciones para buscar la elusiva verdad.

 

En el caso del asesinato de Kennedy, con los miles de libros escritos tratando de demostrar que hubo conspiraciones de todo tipo, es casi imposible encontrar la verdad, y meterme en ese tipo de investigaciones podría ser, en mi opinión, una gran pérdida de tiempo. Además, y en este trabajo podrá verse por qué, hasta que algún día se abran los archivos de la KGB en la URSS y los de la DGI (Dirección General de Inteligencia) en Cuba, nunca se podrá encontrar la verdad.

 

Quizás ni siquiera entonces, ya que es posible que no exista documentación. En casos como estos, la evidencia que se mantendría sería la mínima imprescindible, y muchas veces no se mantiene ninguna. Es probable que tal documentación haya sido destruida, como ha sucedido en buena parte con la evidencia en los archivos del FBI y la CIA. Mucha evidencia documental ha sido destruida, o todavía permanece clasificada después de más de medio siglo. Consecuentemente, es posible que nunca se pueda saber lo que en realidad sucedió en Dallas aquel 22 de noviembre de 1963.

 

Por el contrario, se conoce muy bien la gran conspiración que hubo para eximir de vínculos con el asesinato a los servicios de inteligencia de la antigua Unión Soviética y Cuba desde el mismo día 22 de noviembre de 1963. Conocida como Operación Dragón, la KBG y la DGI comenzaron en esa fecha la campaña de desinformación más exitosa en la historia, para culpar a la CIA del asesinato del presidente.

 

Esta campaña logró que todavía millones de personas, entre los que estuve yo mismo hasta hace poco, creyeran fervientemente que una conspiración organizada por agentes renegados de la CIA, millonarios petroleros de Texas, un pequeño grupo de fanáticos cubano-americanos que participaron en la fracasada invasión de Bahía de Cochinos, y algunos elementos de la Mafia, o combinaciones de estos grupos, fueran los responsables por el asesinato del Presidente Kennedy. Más aún, para mí, por largos años, la mejor explicación de lo sucedido se encontraba en la novela Libra, escrita por Don DeLillo en 1988. 

 

Sin embargo, desde hace varios meses, sobre todo después de estudiar detalladamente tres libros, dos recientes, y el otro escrito hace 12 años pero desconocido por mi aunque lo tenía en mi biblioteca desde el 2010, he cambiado completamente mi opinión, y ahora creo que aunque Lee Harvey Oswald participó en el asesinato del Presidente Kennedy, podría haberlo hecho no solamente con el conocimiento, sino hasta con la complicidad de oficiales de la DGI de Cuba. Intentaré explicar esta hipótesis, que no será nada fácil de demostrar.

 

Los tres libros que me han ido llevando a estas percepciones son Disinformation, del general rumano-americano Ion Pacepa (quien fue Jefe de la Inteligencia rumana y el desertor militar de más alto rango de ningún país comunista hasta 1979) y el historiador Ronald Rychlak (2013); Castro’s Secrets: The CIA and Cuba’s Intelligence Machine, de Brian Latell (2012), y The Secret History of the CIA, escrito por el periodista investigador Joseph J. Trento en el 2001.

 

De acuerdo con el testimonio del legendario, pero a la vez controversial ex Director de Contraespionaje de la CIA, James Angleton, citado en el libro de Trento, dos oficiales de la DGI, identificados como Miguel Casas y Gilberto Policarpo López (no puede asegurarse que esos fueran sus nombres reales), le habrían disparado a Kennedy desde la celebre “lomita de yerba” (grassy knoll) situada de frente a la caravana de carros que desfilaba por las calles de Dallas esa fatídica mañana. Oswald disparó desde arriba y atrás, desde el edificio del Depósito de Libros Estatales, como bien se conoce; los otros dos tiradores lo habrían hecho de frente.

 

No está claro cómo se habrían establecido los vínculos específicos para la operación entre Oswald y la DGI cubana, aunque con la KGB como intermediaria no hubiera sido nada imposible. En contra de esta versión de Angleton, que no es ni la más conocida ni la más aceptada ni mucho menos entre los múltiples estudios que se han realizado sobre el tema, se citan, entre otros elementos, reportes forenses y periciales que señalan que todas las balas que impactaron a Kennedy fueron disparadas por el mismo rifle. Pero si hablamos de todo un proceso conciente de encubrimiento de hechos y actividades y de desaparición de evidencias por todas las partes involucradas, esas conclusiones forenses no habría que tomarlas necesariamente como definitivas.

 

Pero hay más, mucho más, para respaldar la teoría de Angleton, incluyendo evidencia documental contenida en los dos archivos soviéticos principales que se han publicado, y es lo que pretendo analizar en este trabajo que ahora presento a los lectores.

 

Antes de proceder a relatar esta teoría del asesinato (que, repito, no es de mi autoría, pues yo simplemente he reconstruido los hechos que están basados en distintas fuentes), debo aclarar que nada de esto se puede probar más allá de toda duda, como tampoco se pueden probar ninguna de las incontables versiones de conspiraciones que existen desde 1963, ni mucho menos el increíble reporte de la Comisión Warren, publicado muy apresuradamente por órdenes del nuevo presidente, Lyndon Johnson, meses después del asesinato de Kennedy. 

 

El famoso Reporte Warren concluyó que Oswald había sido el único asesino y que no hubo ninguna conspiración para matar al presidente. Más de dos terceras partes de la población americana NO aceptan como válidas las conclusiones de la Comisión Warren. Lyndon Johnson, además, murió convencido de que Fidel Castro había dado la orden de asesinar a Kennedy, en venganza por los múltiples intentos de atentados contra él preparados por la CIA (con ayuda de la Mafia). 

 

El presidente Johnson sospechaba desde el principio que la Unión Soviética estaba involucrada también, y tanto la CIA como el FBI tenían suficiente evidencia desde el mismo mes de noviembre de 1963 que apuntaba a una conspiración soviético-cubana para asesinar a Kennedy. Pero Johnson temía que, de conocerse esta evidencia, el peligro de verse presionado hacia una guerra nuclear contra la URSS sería muy grande y, además, pensaba en la posibilidad de que Castro y sus agentes atentaran también contra su vida si toda la conspiración no se encubría.

 

Johnson nunca había conocido de los planes secretos de asesinar a Castro, al contrario de Allen Dulles, de la CIA y J. Edgar Hoover, del FBI, que sí los conocían. Por todo esto, el Reporte Warren fue apresurado, y casi toda la evidencia encontrada por la CIA y el FBI fue suprimida. Dulles y Hoover influenciaron igualmente en el encubrimiento, pues ambas organizaciones de inteligencia americanas tenían enorme responsabilidad por lo sucedido y por no detectarlo a tiempo.

 

Sin embargo, a pesar de que lo que sigue en esta narración es una hipótesis, tal hipótesis está basada en evidencia suficientemente sólida como para ser creíble, en mi opinión. Definitivamente, para mí esta hipótesis tiene tantas o más probabilidades de ser acertada como cualquier otra que exista, lo cual no garantiza que lo sea. Pero es sin dudas una muy razonable.

 

Todo comenzó en Japón

 

Tenemos que remontarnos al año 1957, cuando el joven marine Lee Harvey Oswald se encontraba ubicado en la Base Naval de Estados Unidos en Atsugi, Japón. Desde esta base (y otra en Turquía) salían los aviones espías U-2 a volar sobre la Unión Soviética y China en los años 1950s. Esos U-2 y las fotografías que tomaban sobre las dos extensas naciones comunistas permitieron a Estados Unidos conocer la verdadera situación del armamento nuclear y cohetería intercontinental de la URSS en 1960, y la enorme superioridad de Estados Unidos. 

 

Los líderes de Moscú sabían de los vuelos de los U-2 sobre su territorio, pero nada podían hacer por evitarlos. Los aviones espías volaban a una altura de hasta 90,000 pies, que los hacía inmunes a los cohetes y aviones MiG soviéticos, que malamente podían alcanzar 60,000 pies de altura. Peor aún, los militares soviéticos no sabían a que altura volaban los U-2, y ese secreto era lo más importante que los servicios de inteligencia comunistas intentaban conseguir desesperadamente. 

 

Aquí entra Oswald en escena. En 1957, era un marine de 18 años con poca experiencia y muchos problemas emocionales, pero con una gran inteligencia nata y mucha habilidad matemática, lo que le facilitó una buena posición en las operaciones de radar de los U-2 en la base de Atsugi. Oswald, al parecer, desde los 12 años sentía simpatías por los movimientos “progresistas”, y había leído libros y panfletos comunistas y estudiado ruso por si mismo.

 

En sus días de permiso, Oswald y sus compañeros frecuentaban algunos bares de prostitutas en Tokio, a 35 millas de la base en Atsugi. Pero él visitaba un bar en particular, el Queen Bee (Abeja Reina) que estaba más allá de sus medios económicos, y que era, además, un centro de prostitutas conectadas con la KGB. Aparentemente entró en una relación amorosa con una de ellas y, por lo que sucedió después, se convirtió en un informante de la KGB debido a esa relación. 

 

Gracias a información proporcionada por Oswald, la KGB probablemente llegó a conocer el gran secreto de la altura que podían alcanzar los U-2, y adicional información sobre sus radares y sobre cómo evadían la detección sobre territorio soviético. Eventualmente, esa información llevó a la construcción de aviones interceptores conocidos como Sukhoi Su-9, uno de los cuales derribó por accidente al U-2 piloteado por Francis Gary Powers el día 1ro. de mayo de 1960. El U-2 de Powers, contrario a lo que todavía se cree, no fue impactado por un cohete SAM (superficie-aire) soviético, sino por la corriente de aire causada por el Su-9, que le quebró un ala al U-2, provocando su caída.

 

Poco antes de ese episodio, Oswald se había presentado en la embajada americana en Moscú para entregar su pasaporte americano y renunciar a su ciudadanía. Vivió casi tres años en la Unión Soviética (Minsk y Moscú), y durante ese tiempo fue entrenado por la KGB en todo tipo de espionaje y también como franco tirador, para lo que tenía buenas aptitudes.

 

Después del humillante resultado de la Crisis de los Cohetes, Nikita Khrushchev parece haber contemplado la posibilidad de asesinar a Kennedy, en venganza por el retiro forzoso de los cohetes soviéticos de Cuba. La KGB ofreció los servicios de Oswald para la tarea, pero aunque Khrushchev lo consideró, la KGB concluyó que Oswald era demasiado inestable para tal misión, sobre todo después de un intento suyo de suicidio.

 

Khrushchev y la KBG abandonaron la idea de utilizar a Oswald para esa misión, pero no el propio Oswald, ni tampoco lo habrían hecho Fidel Castro y su DGI, según la versión de Joseph J. Trento. Castro nunca perdonó a Khrushchev lo que consideraba una traición al retirar los cohetes de Cuba en 1962, y se sabe públicamente que había instado al líder soviético a lanzar los cohetes en un “primer golpe” y provocar una guerra nuclear.

 

Su odio hacia Kennedy por los varios intentos de atentado contra su vida -muy lejos, sin embargo, de los 638 que afirma la propaganda castrista- es muy conocido. Castro nunca olvida ni perdona: le tomó más de 20 años, pero al final habría logrado “ajusticiar” en las calles de Miami a su viejo enemigo Rolando Masferrer, por la humillación sufrida en la expedición de Cayo Confites, en 1948. Por lo que no es difícil suponer que hubiera sido capaz de tratar de vengarse de Kennedy.

 

La KGB, además, habría hecho creer a Castro que la operación para asesinar a Kennedy sería compartida entre los dos servicios, aunque ya habrían pensado en utilizar a Oswald como chivo expiatorio. El problema fue que Oswald se enfrascó en proceder con sus planes de asesinar al presidente él solo, y así lo hizo. Sin embargo, uno, o los dos hipotéticos oficiales cubanos de la DGI que menciona Angleton, Casas y López, también le habrían disparado a Kennedy desde la “lomita de yerba”, y los disparos que impactaron al presidente lograron matarlo. Oswald nunca sabría de la presencia de los eventuales tiradores de la DGI en el atentado.

 

La trayectoria de Oswald desde que se fue de Rusia y regresó a Estados Unidos es muy conocida, y sus actividades en New Orleans y Dallas también lo son, de manera que no vale la pena repetirlas aquí. Supuestamente, mientras estuvo en Dallas tuvo un “controlador” de la KGB, el empresario nacido en Rusia George de Mohrenschildt. Es muy posible que el señor de Mohrenschildt, quien se suicidó misteriosamente en West Palm Beach media hora después de ser entrevistado por el autor de Legend, Edward Jay Epstein, y a pocos días de testificar ante el Comité Investigativo de la Cámara en 1977, haya financiado a Oswald por un tiempo, a su regreso de Rusia y durante su estadía en New Orleans y luego Dallas (Oswald no tenía medios ni para comer, pero mantenía a su esposa Marina y a su pequeña hija y viajaba frecuentemente).

 

Además, hay que mencionar que Oswald fue a la embajada de Cuba en Ciudad México en octubre de 1963 (también visitó la embajada de la URSS en esa ciudad y conversó con el agente residente de la KGB Valery Kostilov) y anunció a gritos su intención de matar a Kennedy. A los pocos días, Cuba finalmente le habría otorgado una visa para visitar la Isla, que sería enviada por correo a su dirección en EEUU.

 

Oswald regresó a Dallas desde Ciudad México y procedió con su plan de dispararle a Kennedy desde el quinto piso del Depósito de Libros el 22 de noviembre. Tanto la KGB como la DGI, o cualquiera, porque era público, conocían el itinerario de la caravana que conduciría a Kennedy al lugar de su muerte. También lo conocía Oswald, por supuesto.

 

Los hipotéticos tres agentes de la DGI que señala Angleton (el nombre del tercero no es conocido, aunque se ha mencionado por otras fuentes al posteriormente general de Seguridad del Estado Fabián Escalante, lo que ha sido desmentido por el gobierno cubano) habrían llegado a Dallas por separado el día anterior. No hay información sobre dónde y cómo habrían pernoctado. Gilberto Policarpo López y Miguel Casas habrían tomado sus posiciones detrás de la “lomita” esa mañana. Ambos habrían disparado casi a la vez que Oswald, y el presidente fue mortalmente herido.

 

Casas habría viajado a Laredo, Texas, esa misma tarde, y de ahí habría volado en un avión privado a Ciudad México, donde un avión de Cubana de Aviación habría esperado cinco horas en la pista hasta que Casas llegara, para trasladarlo a La Habana. 

 

Policarpo López habría permanecido en Dallas hasta el día siguiente, en que Jack Ruby mató a Oswald para silenciarlo, López eventualmente habría regresado a Cuba volando en un avión comercial desde Tampa. No podría haber sido en un vuelo directo, pues en ese tiempo no había vuelos comerciales directos entre EEUU y Cuba.

 

La acusación que vincula a Jack Ruby con la DGI cubana solamente la han expresado, hasta donde se conoce, los ya mencionados Pacepa y Richlak en su libro Disinformation. El general Pacepa, por su cargo de Jefe de la Inteligencia en Rumania, compartía información sobre agentes secretos en Estados Unidos con otras agencias de inteligencia comunistas, incluyendo la KGB y la DGI. Sin embargo, más ningún investigador del tema del asesinato de Kennedy ha ratificado esa acusación, que de ser exacta explicaría muchas cosas que de otra manera no quedarían tan claras.

 

Así se habría cumplido la misión, de acuerdo con el legendario Jefe de Contrainteligencia de la CIA, James Angleton, quien nunca lo reveló públicamente, pero murió convencido de que así había sucedido. Esta teoría de Angleton no era el capricho de un fanático paranoico, como fue descrito cuando el Director de la CIA William Colby lo forzó a renunciar en 1973. 

 

Todo lo descrito arriba y toda la información al respecto está contenida en los archivos de la CIA que nunca fueron revelados, ni a la Comisión Warren en 1963, ni tampoco después, cuando tanto la CIA como el FBI decidieron ocultar y encubrir toda la información que tenían sobre la conspiración de la KGB/DGI para asesinar al Presidente Kennedy. 

 

Toda esta evidencia es posible que todavía exista, pero lo más probable es que haya sido destruida para siempre. Pero aún así, el autor del libro citado al principio, The Secret History of the CIA, Joseph J. Trento, un reportero investigativo desde 1968, con enorme experiencia en asuntos de inteligencia, entrevistó no solo a James Angleton por largas horas (en verdad lo conoció íntimamente por 11 años), sino también a los altos funcionarios de la CIA John Sherwood y Robert Crowley, y al Dr. William Corson, quien trabajó de asistente extraoficial para cuatro presidentes americanos. Trento además entrevistó a cientos de oficiales y agentes de la CIA y del FBI. 

 

Es decir, aunque la evidencia documental haya sido destruida en gran parte, quedan los testimonios de todos estos hombres y mujeres que arriesgaron sus carreras y a veces hasta sus vidas por tratar de revelar la verdad, o al menos sus experiencias y la información que habían recolectado durante muchos años. De esa manera también se escribe la historia. 

 

La Operación Dragón

 

¿Cómo se logró el éxito de la Operación Dragón de la KGB para exculpar a la Unión Soviética (y a Cuba) de la muerte de Kennedy, y cómo se logró a su vez colocar todas las sospechas sobre la CIA?

 

Como mencioné al principio, fue la operación de desinformación más exitosa en la historia de la KGB, pero resultaría muy largo contar aquí el relato, aunque se hiciera abreviado. Todo se encuentra bien explicado en el libro Disinformation, de Pacepa y Rychlak. Sin embargo, hay una serie de episodios interesantes que se pueden señalar sin extendernos demasiado. Cito solamente algunos. 

 

El mismo 22 de noviembre se encontraba en Moscú el alto funcionario del Partido Comunista de Estados Unidos Morris Childs, doble espía americano que trabajaba encubierto para el FBI desde los años 1940s. Childs estaba reunido con Boris Ponomarev, Jefe del Departamento Internacional del Politburó soviético, cuando un funcionario irrumpió en la oficina donde se encontraban y agitadamente informó -en ruso- a Ponomarev sobre el asesinato del presidente americano. 

 

Childs hablaba ruso, pero nunca se lo dijo a sus amos del Kremlin, aunque ellos bien lo sabían, pues ya desde antes de 1963 sospechaban que era un doble agente. Ponomarev tradujo la información al visitante para completar la farsa y hacer creer a Childs y al FBI que los soviéticos no sabían nada del atentado.

 

Lo lograron en parte, puesto que aunque Hoover siempre sospechó la verdad, era necesario encubrirla para proteger al FBI. Por eso habría decidido ocultarla a la Comisión Warren. Esta información se puede encontrar en detalle en el Archivo Mitrokhin y en el Archivo Vassiliev, las dos grandes fuentes que se conocen de documentos originales de la KGB.

 

Un segundo show lo relata en detalle Brian Latell en su libro citado, Castro’s Secrets, y está basada en información proporcionada por el oficial de radio-contrainteligencia cubano Florentino Aspillaga, quien desertó en Viena en 1987 y todavía vive en Estados Unidos bajo identidad secreta, ya que fue condenado a muerte personalmente por Fidel Castro.

 

Según Latell, Aspillaga le dijo que él trabajaba en una caseta en el interior de la provincia de Pinar del Río, desde donde espiaba las comunicaciones radiales de la CIA, y el 22 de noviembre, temprano en la mañana, recibió órdenes de monitorear todas las comunicaciones radiales de onda corta procedentes de Texas, especialmente las originadas en Dallas. Como a las tres horas, Aspillaga se habría enterado del atentado, y posteriormente de la muerte del presidente americano, y así lo habría comunicado a sus jefes.

 

Los críticos de esta versión señalan, prácticamente desde que salió a la luz el libro de Brian Latell, que, dada la extrema juventud de Aspillaga en esos momentos, no es fácil aceptar que hubiera recibido una misión de esa naturaleza e importancia, y se preguntan si realmente el desertor contó sobre algo vivido por él o sobre algo escuchado en conversaciones con sus colegas más experimentados de la radio-contrainteligencia. Por su parte, Latell ha señalado que los aparatos de seguridad cubanos en los primeros años de la revolución reclutaron personas muy jóvenes, fundamentalmente hijos y familiares de guerrilleros o de militantes del PSP, como era el caso de Aspillaga.

 

Comoquiera que fuese la versión de Aspillaga, Castro estaba reunido con el conocido periodista francés Jean Daniel en una de sus casas en Varadero, acompañado de una docena de personas, cuando de pronto contestó el teléfono y exclamó: “¿Cómo? ¿Un atentado?” Castro le pasó la información a Daniel y a los demás, apareciendo muy sorprendido y agregando: “Tendrán que encontrar al asesino muy pronto o de lo contrario, ya verán como nos culpan a nosotros”. 

 

Toda esta segunda farsa fue reportada por Jean Daniel poco después en la revista liberal americana New Republic. Con estos dos casi simultáneos “espectáculos” en Moscú y Varadero se cimentaron las bases de la gran campaña de desinformación, la Operación Dragón. Además del libro de Latell, la información de lo sucedido en Varadero se puede encontrar en el Archivo Vassiliev y en el libro Disinformation, de Pacepa y Rychlak. 

 

Es importante destacar que esta reunión de Castro con Jean Daniel podría haber estado preparada para coincidir con la noticia del asesinato de Kennedy. Era una importante pieza adicional de la Operación Dragón de la KGB y no dependía del eventual aviso de Aspillaga ni de nadie de la seguridad cubana en específico. Si la información llegaba a tiempo por los canales secretos cubanos, bien. De lo contrario, de todos modos la noticia se esperaba sobre el mediodía del 22 de noviembre. Lo esencial para la divulgación internacional de su coartada era que Castro estuviera en un lugar específico y ante una audiencia preparada. El montaje para demostrar su sorpresa, para no llamarla su shock mental, ante un grupo de personas que pudieran testificar más tarde sobre su comportamiento, habría sido algo primordial en la Operación Dragón.

 

A los pocos días, los primeros rumores de una “conspiración” forjada por millonarios petroleros (se mencionaron hasta algunos nombres como Richardson, Murchison y Hunt, todos conservadores y opositores de las políticas de la administración Kennedy) fueron “plantados” por la KGB con algunos de sus escritores comprometidos o simpatizantes.

 

Los medios izquierdistas se unieron al coro, reportando estridentemente sobre el “clima de odio y de intolerancia” en Dallas, insinuando hasta que Lyndon Johnson y la Mafia estarían involucrados en el asesinato de Kennedy. Pero para la KGB, lo más importante era apuntar a la CIA como la verdadera culpable de la conspiración, y eso lo lograron con creces. En el caso específico de Oswald, falsificaron una carta supuestamente escrita por él al millonario petrolero de Houston H. L. Hunt, en la que aparentaba pedir instrucciones antes de “tomar pasos, por mi o por otros” para probablemente atentar contra la vida de Kennedy. Todo era mentira, pero aún así fue publicado como “hechos ciertos” en varios medios de la izquierda americana, como la revista Ramparts.

 

Naturalmente, ya buena parte del público estaba predispuesta para aceptar que “el clima de odio”, los “derechistas fanáticos” de Dallas, y los “racistas” que se oponían a las políticas pro derechos civiles para los negros contempladas (pero nunca implementadas) por Kennedy en 1963, habían sido responsables por la muerte del inmediatamente convertido en “mártir” Presidente Kennedy.

 

Su viuda, Jacqueline, se lamentó amargamente “Ni siquiera [Kennedy] tuvo la satisfacción de ser muerto por apoyar los derechos civiles. Tenía que haber sido un tonto pequeño comunista (silly little communist). Hasta le robaron a su muerte algún significado”. (Citado en Camelot and the Cultural Revolution, de James Piereson). Para la izquierda americana fue un trago muy difícil, algo traumático que todavía muchos se niegan a aceptar. Pero así fue: un comunista convencido mató al presidente, él solo o acompañado.  John Kennedy fue una víctima más, quizás la más importante de la Guerra Fría, pero NO fue un mártir defensor de los derechos civiles, no importa cuanto se trate de hacerlo creer.

 

Claro, la obra maestra de la KGB fue enviar a un desertor, Yuri Nosenko, a Estados Unidos en febrero de 1964. Nosenko informó a la CIA que él había estado encargado del expediente de Oswald cuando éste vivía en la URSS, y que Oswald, absolutamente, ni era agente de la KGB ni estuvo involucrado en ninguna conspiración de la KGB en el asesinato, ya que actuó por su cuenta. 

 

Solo hubo un problema: Nosenko falló varias pruebas del detector de mentiras, y fue descubierto en múltiples mentiras y contradicciones durante varios años bajo interrogatorio.  Pero el FBI siempre creyó en su información. 

 

No así el ya mencionado James Angleton, de la CIA, quien por el contrario siempre creyó a otro desertor de la KGB, Anatoly Golitsyn, quien llegó a Estados Unidos en 1961 y le aseguró a la CIA que muchos otros desertores aparecerían en años próximos (y varios asesinos), y que la CIA estaba penetrada por espías de la KGB.

 

Angleton siempre creyó firmemente en esta penetración, y finalmente fue despedido por el nuevo Director de la CIA, William Colby, en 1973, acusado de ser un fanático paranoico y de casi destruir a la Agencia en su búsqueda constante de “topos” (espías encubiertos dentro de la CIA). No pocos consideran que el exceso de celo de James Angleton hizo mucho daño a la CIA, mientras otros suponen que la estrategia diversionista de la KGB era hacer creer a la CIA que estaba profundamente penetrada por los soviéticos, para de esta manera tensar, dificultar y complicar su trabajo.

 

Al final, Angleton resultó parcialmente redimido, pues años después de su despido se pudo conocer que realmente hubo un gran espía soviético en los servicios de inteligencia americanos desde 1946: Igor Orlov. No era en realidad lo que se conoce en ese ambiente como “topo” que habría escapado a los controles de contrainteligencia de la CIA (como sería posteriormente Ana Belén Montes, que trabajó durante diecisiete años al servicio del gobierno cubano siendo oficial de la Agencia de Inteligencia de Defensa del Pentágono) pues tanto la CIA como la KGB sabían que trataban con un doble agente, y actuaban en consecuencia.

 

Esta historia está muy bien detallada en el libro de Joseph J. Trento, The Secret History of the CIA. Esa es en realidad la tesis central del libro: que Igor Orlov fue el súperespía infiltrado en la CIA que Angleton siempre temió y pasó buena parte de su carrera buscando. Así lo considera y trata de demostrarlo Trento en su libro, donde no se decanta por la variable de que el soviético pudiera ser un doble agente. Pero si este libro no se consulta, nadie puede saber ni siquiera quien fue Orlov (yo tampoco lo sabía hasta hace tres meses).

 

Se debe señalar, sin embargo, que la controversia entre los que favorecen a Angleton y sus críticos, y cual de los dos desertores, Nosenko o Golitsyn fue un infiltrado de la KGB -¿o ambos?- son temas que todavía -y quizás nunca- se podrán determinar, como ocurre con muchas historias que tienen que ver con la lucha entre servicios secretos de diferentes países.

 

Ese, por supuesto, es otro problema de la historia, y por eso, las investigaciones sobre temas controversiales deben continuar, y siempre se debe cuestionar lo generalmente aceptado, el status quo, lo que se conoce en inglés como conventional wisdom. Aunque nunca se pueda encontrar la verdad final, siempre se debe buscar.

 

Las fuentes

 

Como escribí al principio, nunca he leído ninguno de los miles de libros sobre la muerte de Kennedy, ni siquiera algunos que se consideran serios y bien informados, en buena parte porque todos aceptan que Oswald fue el único asesino y que no hubo ninguna conspiración, aunque los motivos que se achacan a Oswald difieren: algunos creen que fue un chivo expiatorio de la CIA y otros que de la KGB, aunque todos concluyen que Oswald efectivamente mató a Kennedy.

 

En verdad no es necesario leer ninguno de estos libros sobre conspiraciones. Lo que es importante -y yo lo he hecho durante más de 40 años- es leer selectivamente, no el Reporte Warren, que es inútil e incompleto, sino los Reportes de dos investigaciones del Congreso, una del Senado (1977) y la otra de la Cámara de Representantes (1979).  Especialmente la de la Cámara, concluye que la existencia de una conspiración y de más de un tirador en el atentado al presidente fue probable, pero no ofrece pruebas.

 

Mis hipótesis vienen después de leer y estudiar no solo los libros mencionados, sino otros varios que también contienen buena información que corrobora esta teoría, que es de la autoría de Angleton mayormente, como ya indiqué. Pacepa tiene un libro anterior a Disinformation estrictamente sobre el asesinato de Kennedy, Programmed to Kill (2007).  Probablemente el mejor libro sobre Oswald sea Legend, de Edward Jay Epstein (1978). 

 

Mucho del Archivo Mitrokhin se encuentra en el libro The Sword and the Shield, del mismo Vasili Mitrokhin (quien a través de diez años copió a mano miles de documentos secretos de la KGB) y el historiador inglés Christopher Andrew (1999). Un segundo tomo de los dos autores, The World Was Going Our Way (2005) también contiene importantes datos. El Archivo Vassiliev se encuentra en el libro Spies, del mismo Alexander Vassiliev, John Earl Haynes y Harvey Klehr (2009); In Denial, de John Earl Haynes y Harvey Klehr (2003); y The Haunted Wood, de Allen Weinstein y otra vez el mismo Alexander Vassiliev (1999). 

 

También se deben consultar dos historias de la CIA además de la que menciono al principio: Safe for Democracy, de John Prados (2006), y especialmente Legacy of Ashes, ganador del Premio Pulitzer, de Tim Weiner (2007). El magnífico libro Camelot and the Cultural Revolution: How the Assassination of John F. Kennedy Shattered American Liberalism, de James Piereson (2007) es imprescindible para entender cómo la izquierda americana siempre ha preferido aceptar la culpabilidad de la CIA en el asesinato del presidente. 

 

Por supuesto, dos libros sobre la Operación Venona (un fallido intento soviético en la década de 1940 para que escapara de la cárcel mexicana Ramón Mercader, el asesino de León Trotski) que aparecieron en el año 2000, Venona: Decoding Soviet Espionage in America, de John Earl Haynes y Harvey Klehr, y The Venona Secrets: Exposing Soviet Espionage and America’s Traitors, de Herbert Romerstein and Eric Breindel, son absolutamente necesarios para entender todo lo sucedido, no solo en el asesinato de Kennedy, sino la penetración comunista en la sociedad americana desde los años 1930s.

 

Sobre el derribo del U-2 de Powers hay información recientemente revelada por el piloto soviético que causó el derribo del U-2, el Capitán Igor Mentyukov, así como por el hijo de Khrushchev, Sergey, publicada en la revista American Heritage (Septiembre, 2000).  También se puede encontrar cierta información en Khrushchev: The Man and His Era, de William Taubman, quizás la mejor biografía del líder ruso (2003), y en el gran libro sobre la guerra fría, The Fifty Year Wound, de Derek Leebaert (2002). Además, el mismo Francis Gary Powers escribió sus memorias, Operation Overflight (1970) y afirma que Oswald le proporcionó a la KGB en Tokio información sobre los U-2, la cual permitió a los militares soviéticos desarrollar la tecnología que eventualmente derribó su U-2 en mayo de 1960. 

 

Johnson desde el principio sospechaba, como he mencionado, la posibilidad de que en el asesinato de Kennedy estuvieran involucrados la KGB, y sobre todo Castro. Esto es bien conocido. Se lo confesó a varios de sus más íntimos colaboradores, como su Jefe de Despacho Joseph Califano, y el poderoso Senador Demócrata por Georgia, Richard Russell, quien también compartía esas sospechas. Es más, cuando Johnson fue informado del atentado al presidente, a minutos de haber ocurrido, su reacción fue la siguiente, textualmente: “Lo que pasó por mi mente fue que, si ellos habían matado a nuestro presidente ¿quien no podía ser el próximo que mataran? ¿Y qué estaba pasando en Washington? ¿Y cuándo llegarían los cohetes? Y pensé que era una conspiración y formulé esa pregunta. Y casi todos los que estaban conmigo también se lo preguntaron.” Su reacción fue expresada en una llamada a su ayudante Bill Moyers, y se reporta en el libro Legacy of Ashes, de Tim Weiner, ya citado. Todo lo relacionado con la convicción de Johnson de que Castro estaba involucrado en la conspiración está bien documentado en la excelente biografía de Kennedy del historiador Robert Dallek, An Unfinished Life (2003).

 

Robert Kennedy también estaba convencido de la siniestra mano de Castro en el asesinato de su hermano, ya que había sido él quien dirigió los planes de asesinato contra Castro en la Operación Mongoose. Robert estaba tan convencido de la conexión de Castro en el asesinato de su hermano que fue él quien sugirió una investigación independiente -la Comisión Warren- con el propósito específico de encubrir todo lo sucedido. Aunque Johnson al principio rechazó tal investigación, Dulles y Hoover lo convencieron de que si esas sospechas se hacían públicas, según Richard Helms, Sub Director de la CIA en aquel momento, “las implicaciones hubieran sido cataclísmicas”.

 

Helms hizo esas declaraciones ante el Comité investigativo de la Cámara en 1975. Pero en noviembre de 1963 esa era la opinión general de casi todos los asesores de Johnson, incluyendo el embajador de Estados Unidos en México, Thomas Mann, quien así se lo comunicó a Johnson, después de admitirle que él (Mann) también sospechaba que Castro estaba detrás del asesinato, pero había que ocultar esas sospechas de todas maneras.

 

El libro de Seymour M. Hersh The Dark Side of Camelot (1997) menciona muchas de las teorías de conspiración sobre el asesinato, de ambos bandos. 

 

Brian Latell no expresa su opinión sobre si Castro estuvo involucrado en el asesinato de Kennedy, pero cree que Castro sabía sobre los planes y sobre las actividades de Oswald.  Igualmente, Aspillaga nunca le dijo, ni a Latell ni a sus interrogadores de la CIA cuando desertó, que Castro o la DGI habían estado involucrados en el atentado a Kennedy.  Siempre ha mantenido solamente que Castro sabía donde y cuando se iba a producir el atentado y que Oswald estaría presente.

 

Puedo seguir mencionando libros y fuentes que he consultado durante mis 45 años investigando las dos grandes crisis de Kennedy en Cuba, la invasión de Bahía de Cochinos en 1961 y la Crisis de los Cohetes de 1962. En si, desde que escribí mi disertación doctoral en la Universidad de Rice en 1970, conozco bien los posibles planes de Kennedy de un acercamiento con Khrushchev. Incluso menciono al final de la disertación la investigación del Fiscal Estatal de New Orleans, Jim Garrison, sobre el asesinato de Kennedy y lo que Garrison supuestamente “descubrió”. 

 

Simplemente nunca me involucré en investigar el tema a mayor profundidad por las razones ya mencionas. Ahora, después de varios meses, me he dedicado a investigarlo, y lo que ofrezco, más que una teoría mía, es mi reconstrucción de la teoría de Angleton, reforzada por la información que he encontrado en los recientes libros ya citados.

 

Nadie, hasta donde yo sepa, ha expresado esta hipótesis que propongo aquí, al menos públicamente. Como dije antes, no podría probar mi punto de vista, aunque estoy convencido que los hechos pudieron haber ocurrido como los describo.

 

La verdadera historia se conocerá algún día. Quizás.