Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

DESTRUCCIÓN TOTAL: EL LEGADO FATAL DE LA IZQUIERDA ETERNA

 

Un titular en El Nuevo Herald del sábado 11 de junio del 2016 me sugirió el tema de este ensayo. Es un reportaje sobre la destrucción del central azucarero Hershey, en su tiempo uno de los más importantes en Cuba y el primero en tener una refinería de azúcar adyacente. Es triste ver que malamente queda la alta chimenea del central y unos cuantos hierros viejos.  Pero en realidad es un microcosmos de la destrucción de Cuba entera. Y la destrucción de Cuba es a la vez un microcosmos de la destrucción total que todos los regímenes de la Izquierda Eterna han dejado atrás donde han ejercido el poder desde la Revolución Francesa.

 

Claro que la Izquierda Eterna, casi por definición y por naturaleza, tiene que destruir. Y eso es lo que ha hecho desde que surgió durante la revolución Francesa. Después de todo, las revoluciones profesan la destrucción. Pero también proclaman que es necesario destruir para crear algo mejor, la Utopía del Paraíso Terrenal que la Izquierda Eterna quiere implantar en todo el mundo. Pero hay un gran problema. La Izquierda Eterna es incapaz de construir ese Paraíso Terrenal sobre los escombros de la destrucción de las sociedades. No sabe cómo hacerlo. Solo sabe destruir, pero no puede crear nada, muy especialmente crear riquezas.

 

La Revolución Francesa destruyó el antiguo orden social, el mundo de los reyes absolutistas y de la Iglesia Católica, ya no tan omnipotente, pero todavía buena socia de la monarquía que aplastaba al resto de Francia -y de casi todo el mundo del siglo 18, con la posible excepción de Gran Bretaña.

 

Durante sus primeros años, se crearon muchas “novedades”: por ejemplo, le cambiaron el nombre a los meses. Todo el proyecto estaba basado en la Razón. La Catedral de Nôtre Dame se convirtió en el Templo de la Razón. Pero mayormente, mataron. Primero a la realeza y a la aristocracia. Hasta que terminaron cortando la cabeza al Rey Luis 16 y su esposa la Reina María Antonieta, con otra “innovación” revolucionaria: la guillotina, que supuestamente mataba “menos cruelmente”.

 

Pero la Revolución Francesa no duró mucho tiempo, y menos duraron todos los grandes cambios que introdujo. Por otro lado, produjo directamente a uno de los personajes más dañinos en la historia, Napoleón Bonaparte. Bajo Napoleón casi todos los “logros” de la Revolución desaparecieron. Excepto los muertos, que se multiplicaron exponencialmente.

 

En su tiempo en el poder, Napoleón, además de introducir en Europa el concepto de la “guerra total”, movilizando a una buena parte del pueblo francés para crear un enorme ejército popular que bajo su brillante genio militar logró derrotar a casi el resto de las fuerzas de la realeza europea, terminó creando una dictadura más. En su caso, una dictadura “imperial”, pero en todo caso, una sangrienta y opresiva dictadura más.

 

Napoleón, al crear un régimen totalitario que tenía todos los rasgos y características de la Izquierda Eterna, al parecer comprendió que para dejar algún legado -lo cual definitivamente quería- en lugar de solo conquistar territorio y matar, tenía que gobernar con eficiencia, aunque fuera despóticamente, pero sin pretensiones ningunas de establecer una Utopía en Francia y en el resto del mundo. Entonces en verdad regresó al pasado, y poco después de su derrota Francia se convirtió de nuevo en una monarquía.

 

Algunos cambios de la Revolución quedaron. La Marsellesa y la guillotina. Pero fue más debido a Napoleón que a los filósofos franceses que fueron los revolucionarios precursores. De manera que la gran ironía resultó ser que la revolución Francesa quedó debiendo más a Napoleón que a Rousseau.

 

Nadie posiblemente describió mejor el legado de la Revolución Francesa -y por ende de todas la revoluciones de la Izquierda Eterna- que el gran pintor español Francisco Goya en uno de sus grabados de la Colección de Caprichos (1797-99). En el número 43, se ve a un hombre durmiendo reclinado en una mesa. Un rótulo al borde de la mesa dice: “El sueño de la razón produce monstruos”. Alrededor del hombre vuelan murciélagos y búhos temibles; a su lado se ve un felino grande y amenazante.

 

¿Quien será el hombre que sueña y produce monstruos? ¿Será Danton, el sanguinario Robespierre, o quizás el joven y frío asesino Saint-Just? ¿O será Lenin, el Che Guevara, Mao o Pol Pot? Puede ser cualquiera de ellos -o todos juntos. Son los grandes “soñadores” de la Izquierda Eterna que solo han producido destrucción y muerte en 224 años, desde la fatídica y terrible Revolución Francesa.

 

No solo eso. La contrarrevolución y el nuevo mundo creado después de la derrota de Napoleón produjeron el Congreso de Viena. Al reloj no se le pudo dar vuelta hacia atrás, pero el mundo de la Revolución quedó en el olvido por varios años, al menos hasta las nuevas revoluciones de 1848, que aunque tampoco tuvieron éxito, quizás dejaron un legado más importante que la Revolución Francesa.

 

Como no triunfaron, no pudieron destruir. Pero sí lograron alarmar grandemente a los intereses creados, y se produjeron algunos ajustes en las sociedades que permitieron a esos intereses creados continuar en el poder básicamente hasta que todo ese mundo fue arrasado por la Primera Guerra Mundial en 1914.

 

Pero la Paz Post-Napoleónica duró casi un siglo y la Izquierda Eterna, con la excepción de los cuatro meses de la Comuna de París en 1870 (cuyo gobierno, al verse perdido, trató de quemar todo París), no llegó otra vez al poder hasta la Revolución Rusa de 1917 -causada directamente por la Primera Guerra Mundial.

 

La Revolución Bolchevique en Rusia, como su mayor líder Vladimir Lenin había aprendido algunas lecciones de la efímera Comuna de París al leer la buena descripción de esos trágicos y sangrientos hechos escrita por Karl Marx, SÍ perduró.  Por algo más de 70 años.

 

Primero destruyó totalmente a Rusia (y la saqueó monumentalmente de sus riquezas) y mató a millones de seres humanos para “hacerlos mejor”.  Pero también trató de crear una sociedad nueva.  Después de todo, aunque Lenin se dio cuenta casi enseguida que lo que Marx propuso en el Manifiesto Comunista era imposible de implementar, era necesario gobernar después de destruir el régimen zarista. Para eso introdujo -antes que nada- el Terror.

 

El primer aparato represor, la Cheka (por sus siglas en ruso) dirigida por el polaco Félix Dzerhzinsky, nació en 1918, dos meses después del triunfo de la Revolución Bolchevique. Proyecto enteramente concebido por Lenin, por largo tiempo fue el gran pilar del Partido Comunista para mantenerse en el poder, en Rusia y donde regímenes como ese se implementaron. Así sucede donde la Izquierda Eterna “gobierna”.  El Terror y un aparato represor son siempre requisitos absolutos de la Izquierda Eterna.

 

Pero la represión de la Cheka NO fue suficiente para Lenin y su Partido Comunista mantenerse en el poder. También se vio obligado, muy para su contrariedad y sorpresa, a crear una monstruosa burocracia que muy pronto ni él ni el Partido lograron controlar completamente. La burocracia rusa tomó casi una vida por si misma, independiente del Partido y hasta del gobierno, y aunque ayudaba a “gobernar”, también producía una inercia tal que, sin importar los deseos de Lenin y demás líderes bolcheviques, era imposible ni acelerar el paso de la burocracia ni tampoco hacerla eficiente.

 

Lo último fue lo más interesante. En la construcción de una nueva sociedad, Lenin y los bolcheviques rusos, como tuvieron que enfrentar una cruenta guerra civil, epidemias y hambrunas, cuando trataron de implementar la colectivización de la agricultura, la reacción del campesinado ruso, el elemento más retrógrado de esa primitiva sociedad, obligó a Lenin a retroceder en sus políticas.

 

Para sobrevivir, el régimen diseñó la llamada Nueva Política Económica (NEP) en 1921 (también conocida como “Capitalismo de Estado”). ¿Que fue? Básicamente se permitió el regreso de la empresa privada, al menos a pequeños empresarios. Se hicieron reformas monetarias para atraer inversiones extranjeras. Mucho más importante, se frenaron los intentos de colectivizar la agricultura, y en lugar de la expropiación forzada de las cosechas se le permitió a los campesinos pagar impuestos al Estado en especie. Es decir, debían contribuir con parte de esas cosechas, pero podían conservar la mayor parte de ellas.

 

El resultado fue la salvación del proyecto leninista-bolchevique, pues produjo un renacimiento económico en todo el país. Para 1926 la productividad de la economía rusa había regresado a niveles de 1913.  Según quizás el más prominente historiador de Rusia del presente, Orlando Figes, cuando Lenin murió en 1924 tenía la intención de mantener estas políticas de la NEP, y Figes considera que de ser así, para 1930 Rusia se hubiera convertido en un ejemplo para el Tercer Mundo, algo parecido a ciertas sociedades “socialistas” de hoy de día, pero sin el terror.

 

Probablemente una quimera, pero nunca sabremos, ya que Stalin abolió la NEP en 1928 y sumió a Rusia en la pesadilla de la colectivización forzada de la agricultura. El resultado fue la hambruna en Ucrania de los 1930s y la muerte de millones de personas. La Unión Soviética creada por Lenin, con Stalin ya afianzado en el poder, obtuvo muchos logros industriales. Pero ¿a cambio de que? De muerte y represión. 

 

Al final, luego de más de 70 años de miseria y sufrimiento, la nueva Rusia de Vladimir Putin no se parece mucho a la creación comunista de Lenin y Stalin. Lo que queda no es producto de la Revolución Rusa, sino del regreso a políticas que SÍ crean riquezas.  Pero esas políticas, enfáticamente, NO son las de la Izquierda Eterna, que solo destruye.

 

Después de 1917, la Izquierda Eterna llegó al poder otra vez en Italia con el fascismo de Mussolini y en Alemania con el nazismo de Hitler (las dos ideologías tenían raíces en la Izquierda Eterna). ¿Cual fue el resultado? Al principio, la economía de las dos naciones se recuperó relativamente, sobre todo en comparación con EEUU, que continuó sumido en la Gran Depresión hasta la Segunda Guerra Mundial. Pero en 1939 Hitler provocó la guerra al invadir Polonia, y poco después, Mussolini, como su aliado en el Eje (con Japón), también declaró la guerra a Gran Bretaña y Francia. La destrucción casi total de ambas naciones fue el final de la gestión de gobierno de la Izquierda Eterna, tanto de los Nazis como de los fascistas.

 

En Europa Oriental, gracias a la invasión del Ejército Rojo, regímenes comunistas de la Izquierda Eterna se mantuvieron en el poder hasta 1989, con el mismo resultado: todos quedaron mucho más destruidos y en peor situación que antes de la Segunda Guerra Mundial. Poco después del final de la guerra, Mao derrotó finalmente al régimen de Chiang en China y estableció otro brutal régimen de la Izquierda Eterna, el que más muerte y destrucción trajo en la historia.

 

Le siguieron las bestias barbáricas del Khmer Rouge en Cambodia, que mataron una tercera parte de la población y llevaron a esa infortunada nación a niveles de la Edad de Piedra. Todavía queda Corea del Norte bajo la dinastía de los Kim, donde mueren de hambre millones todos los años luego de más de seis décadas de ese “ilustrado” régimen de la Izquierda Eterna. Y no olvidemos los más recientes “logros” de la Izquierda Eterna en nuestro continente: Nicaragua, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina bajo los Kirchner. Destrucción y más destrucción, tanto de la economía como de las libertades individuales.

 

Para no alargar mucho este trabajo, que será el capítulo final de mi nuevo libro, La Izquierda Eterna: Ensayos sobre la libertad, que se publicará en unas semanas, volvamos al caso de Cuba, por donde empezamos con el reportaje del Central Hershey.

 

Cuba en 1959, por supuesto, no era el caso de Rusia en 1917. Era una sociedad relativamente rica y avanzada. Todo lo que había en 1959 ha sido destruido en 57 años.  Claro que quedan edificios y proyectos, muchos muy dilapidados, existentes antes de 1959. Pero la sociedad fue destruida y cambiada radicalmente.

 

Los famosos “logros” de la Revolución cubana en materia de educación y salud pública, ni fueron, ni son, tales logros. Aunque así fuera, la represión de la libertad que la Revolución exigió a cambio de ese “progreso” son pocos ahora los que la defienden.

 

Además, como la implementación de los faraónicos proyectos de la Revolución siempre han estado supeditados a la voluntad y caprichos de Fidel Castro, si esto fuera posible, los “logros” de la Izquierda Eterna en Cuba son aún más caóticos que los de la Madre Patria rusa.

 

Pero tal como lo que trajo la gran revolución rusa se lo llevó el viento, lo que queda de la más joven revolución cubana también está destinado a desaparecer. Y sobre esas ruinas, como siempre ha sucedido antes, se levantará otra sociedad.

 

No sabemos como ni cuando será. En Rusia duró 74 años. En Cuba difícilmente dure tanto. De manera que a pesar de la destrucción de la antigua sociedad cubana y la creación del “hombre nuevo” soñado por Che Guevara, todo eso pasará a la historia algún día como una larga y terrible pesadilla. Nada quedará.

 

Porque la Izquierda Eterna solo puede causar la destrucción total. Pero afortunadamente sabemos muy bien que su legado no es duradero. Es el único consuelo frente a ese azote a la Humanidad que ha sido y sigue siendo la Izquierda Eterna.