Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Diego Trinidad, PhD, Miami

 

 

                               

 

 

                                

 

BAHÍA DE COCHINOS MÁS DE MEDIO SIGLO DESPUÉS

 

A más del medio siglo de la fracasada invasión de Bahía de Cochinos el 17 de abril de 1961, debemos reflexionar sobre lo sucedido de una manera quizás más crítica que la acostumbrada en cada aniversario de esta fecha tan triste para todos los cubanos de buena voluntad. Con motivo de las varias conmemoraciones de los 50 años de la invasión, algunas reuniones y actividades especiales se llevaron a cabo en Miami, tales como un seminario de medio día en la Universidad de Miami y la publicación de un nuevo libro, “The Brilliant Disaster” (El Brillante Desastre), que se presentó por su autor, Jim Rasenberger, el pasado año. Al seminario asistí y participé haciendo algunas preguntas pertinentes a varios de los participantes, como el profesor de la Universidad de Alabama y autor el pasado año de un excelente libro sobre la invasión, Howard Jones, el investigador del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami, Brian Latell, y el Presidente de la Asociación de Veteranos de la Brigada 2506, Félix Rodríguez, todos buenos amigos. El libro de Rasenberger fue publicado en abril del 2011. Es quizás el mejor libro escrito sobre la invasión.

 

Hace tres años, publiqué un capítulo sobre la invasión en el libro “50 Años de Revolución en Cuba: El Legado de los Castro”, editado por Efrén Córdova, con quien acabo de publicar otro libro (junto con Juan Benemelis y Miguel Castillo), “El Ocaso del Régimen que Destruyó a Cuba”. Mi capítulo, que se subtitula “Garantía de la Revolución”, es un resumen conciso que contiene la documentación más reciente que había sido publicada sobre los hechos, y mi análisis sobre lo sucedido es extremadamente crítico de la actuación del Presidente John Kennedy antes, durante y después de la invasión. 

 

Sin embargo, en este último año, he tenido la oportunidad de consultar ciertas fuentes antes desconocidas y de conversar con algunos que estaban en Cuba en 1961 y conocen los acontecimientos íntimamente.  Por esas razones, mi interpretación de la invasión y sus consecuencias ha cambiado bastante, para mi sorpresa.

 

A continuación, ofrezco lo nuevo que he aprendido y lo que quizás cambie la opinión sobre la invasión de Bahía de Cochinos de algunos cubanos y otros conocedores del tema. En definitiva, lo importante es descubrir la verdad histórica sobre los hechos, y aunque esta versión no sea bienvenida por ciertos grupos, considero que es mi deber como historiador presentarla a los interesados. Un nuevo capítulo sobre la invasión, mucho más extenso que este breve resumen, estará incluido en mi libro sobre la revolución cubana que espero publicar al final del 2012. En este año que ha pasado, no han habido nuevas revelaciones, de manera que lo que sigue es lo que, en mi opinión, es la verdad sobre la Invasión de Bahía de Cochinos de 1961.

 

Hay varios temas importantes que nunca recibieron la debida consideración, y uno de los más interesantes es la influencia que la exitosa intervención en Guatemala propiciada por la CIA, que terminó con el exitoso derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz en 1954, tuvo en la mentalidad de casi todos los que planearon y dirigieron la operación contra Cuba en 1959-61, desde el Presidente Eisenhower hasta los oficiales de la CIA que reclutaron y entrenaron a los miembros de la Brigada. Todos pensaron que el “paseo” de Guatemala se repetiría en Cuba. Todos se equivocaron, y las consecuencias todavía la estamos pagando los cubanos. Pero lo peor fue que Eisenhower, que como buen estratega militar debía haberse dado cuenta que lo que se planeaba no podía de ninguna manera tener éxito, debido a su entusiasmo y apoyo a las operaciones paramilitares de la CIA, se dejó deslumbrar por el gran triunfo de la CIA en Guatemala y no utilizó su experiencia militar para juzgar la operación contra Cuba de una manera más crítica. 

 

Otro tema prominente es la inercia burocrática y las funestas consecuencias que esto puede tener en cualquier actividad de una burocracia. Porque olvidamos que la CIA, en primer lugar, era -y es- una burocracia por antonomasia. ¿Por qué fue esto importante en el caso de Cuba en 1959-60? Porque desde el principio, Eisenhower dejó todo lo que se pensaba hacer contra Cuba en manos de un pequeño grupo de oficiales de la CIA. Ese pequeño grupo poco a poco fue aumentando (eventualmente de 60 a 600 funcionarios) y poco a poco los cambios en la operación fueron produciéndose, porque las burocracias llegan a tomar casi una vida por si mismas, y lo primero que hacen es proteger sus propios intereses. 

 

Me explico. Al principio, los planes eran de entrenar a grupos de menos de 100 cubanos exiliados para infiltrarlos en Cuba y ayudar a promover una eventual insurrección contra el régimen castrista. Pero muy pronto la CIA descubrió que en Cuba, a mediados de 1959, todavía no existían las condiciones, ni la oposición popular, para producir tal insurrección contra el régimen. Si, había ya grupos de alzados en el Escambray. Y si, había alguna oposición organizada en las ciudades.  Pero nada como lo necesario para derrocar al régimen. 

 

Además, Cuba es una isla. En Guatemala, un grupo de opositores a Arbenz simplemente cruzaron la frontera desde Honduras, y con una mínima cobertura aérea aterrorizaron a las fuerzas del gobierno (Arbenz nunca fue ni remotamente un líder tan popular como Castro) y lograron su cometido. Esto era imposible en Cuba, donde había que introducir armas y hombres desde afuera, algo mucho más difícil. 

 

¿Pero que hizo la CIA al ver que en Cuba la oposición no estaba lista? Simplemente, subir la parada y cambiar los planes de pequeñas infiltraciones a una fuerza invasora que no solo contaría con miles (se planeó reclutar hasta 5,000 exiliados) de soldados, sino con una mini marina de guerra y una mini fuerza aérea. Y todo esto tenía que mantenerse en secreto y EEUU no podía aparecer involucrado de ninguna manera. Ya existían demasiados intereses creados y la operación tenía defensores que no estaban dispuestos a desistir, sin importar que las condiciones necesarias para el éxito no estuvieran presentes.

 

Mientras Eisenhower fuera presidente, estos escollos quizás podían ser superados.  Después de todo, el presidente mismo fue quien decidió que Castro tenía que ser depuesto. Y Eisenhower, aunque después lo negó varias veces y hasta alteró documentos donde uno de sus ayudantes presentes en la reunión en que se decidió cambiar los planes a una invasión así lo escribió (Eisenhower siempre insistió en que el había aprobado un programa, pero que no había aprobado planes; en fin, diferencias semánticas), fue quien autorizó la operación conocida como el Plan Trinidad.

 

Pero con la elección de John Kennedy como nuevo presidente en noviembre de 1960, todo cambió.  Y lo que más cambió fue la razón de ser del plan: derrocar al régimen de Castro. Porque este primer Plan Trinidad contenía la única forma de producir tal derrocamiento. ¿Cuál era? La eventual intervención de fuerzas militares americanas en Cuba, una vez que una cabeza de playa hubiera sido establecida en la isla y un gobierno cubano en armas (el Consejo Revolucionario Cubano, presidido por José Miró Cardona) pidiera reconocimiento y ayuda externa. El reconocimiento sería proporcionado por el gobierno americano y otros miembros de la OEA, y la intervención sería a nombre de la OEA, pero compuesta principalmente por fuerzas americanas (las cuales estaban presentes en los 8 destroyers y el portaviones Essex a varias millas de las costas cubanas ese fatídico 17 de abril de 1961.

 

Sin esa intervención, era imposible que 1,300 invasores de la Brigada 2506 pudieran militarmente derrotar a un ejército profesional de 30,000 soldados bien entrenados y 200,000 milicianos que los apoyaban. Eso lo sabían muy bien todos los que planearon la operación contra Cuba. Y lo sabía también John Kennedy, quien fue completamente informado de los detalles del Plan Trinidad el 28 de enero de 1961 por el Director de la CIA, Allen Dulles, y Tracy Barnes, asistente del jefe del plan, Richard Bissel. De esa ocasión no existe ninguna evidencia de que Kennedy desaprobara la intervención militar americana que aseguraría la victoria de la operación. 

 

Pero Kennedy tampoco aprobó el Plan Trinidad ese día, sino que ordenó una revisión inmediata del mismo por el Pentágono, la primera vez que los cuerpos militares revisaban el plan que había elaborado la CIA enteramente por su cuenta. Vale la pena citar lo que Dulles, leyendo notas preparadas por Bissel, informó a Kennedy y su equipo en esa reunión: La CIA cree que el presente plan puede establecer una cabeza de playa en territorio cubano y mantenerla por un período de dos semanas, posiblemente hasta 30 días. Una vez que esto haya sido logrado, habría una base para una iniciativa abierta de EEUU de instituir una ocupación militar de la isla, preferiblemente por fuerzas que incluirían latinoamericanos de la OEA. Hay una oportunidad razonable que el éxito del plan descrito ponga en movimiento fuerzas que causarían la caída del régimen”. (Foreign Relations of the United States, (FRUS) Volume X, document 27)

 

Cuando el Pentágono aprobó el Plan Trinidad a los pocos días, el General David Gray presentó un reporte que comenzaba con una nota de precaución, estipulando que el éxito de la operación dependía del grado de apoyo que existiera dentro de Cuba, y sugería que sin ese apoyo la invasión fracasaría. Continuaba Gray en su reporte escribiendo que el asalto anfibio debía ser exitoso aunque enfrentara ligera oposición y asumiendo que contara con apoyo local y que la pequeña fuerza aérea de Castro pudiera ser destruida en ataques antes de la invasión. Si esto sucedía, la operación no requeriría necesariamente la intervención abierta de EEUU. En suma, termina el reporte de Gray, “la evaluación del presente plan es favorable. Los Jefes [del Estado Mayor Conjunto] consideran que la ejecución oportuna de este plan tiene una oportunidad regular (fair) de éxito final, y aunque no logre inmediatamente los resultados deseados, pudiera contribuir al eventual derrocamiento del régimen de Castro” (FRUS, Volume X, document 35).   

 

Es muy importante el uso de la palabra fair al final del reporte. Ni en inglés, ni traducida como “regular” en español, tiene un significado claro y específico. El General Gray, después del fracaso, dijo que, en su opinión, fair quería decir que las oportunidades de éxito no eran muy buenas, solo un 30%. Pero ese no es el significado que la mayoría de los que leyeron el reporte le asignaron a la palabra. Todo lo contrario. Para casi todos los demás, fair quería decir buenas oportunidades de éxito. Y así fue entendido el reporte del Pentágono: como una recomendación de apoyo al plan. 

 

No obstante, a Kennedy no le gustó el reporte ni el Plan Trinidad, considerándolo “muy espectacular”, y ordenó a Bissel que cambiara el lugar del desembarco y que la operación fuera de noche. Nunca antes en la historia de EEUU un desembarco anfibio había ocurrido de noche. Pero la CIA, en su afán por salvar la operación, le proporcionó a Kennedy lo que pidió en solo tres días. Ese fue el Plan Zapata, que presentaba un desembarco nocturno en las playas de la Bahía de Cochinos. Ese cambio en el plan básico, por supuesto, redujo considerablemente las oportunidades de éxito de la operación.

 

Pero ¿hasta que punto fue responsable la CIA del fracaso de la invasión? Como se ha explicado, la inercia de la burocracia creó intereses que se empeñaron a llevar a cabo la operación contra viento y marea. Los riesgos se minimizaron y las posibilidades de éxito se exageraron. El jefe de la operación, Richard Bissel, habrá sido un genio, sobre todo tecnológico (fue el responsable del desarrollo del avión U-2), pero no tenía la capacidad para dirigir lo que en definitiva se convirtió en una operación militar en toda la extensión de la palabra. Únicamente por ser el “muchacho de oro” de Dulles, Bissel fue nombrado jefe de la operación. El equipo que Bissel eventualmente reunió para conducir la operación era generalmente bueno, sobre todo los asesores militares, como el Coronel Hawkins, y más tarde Grayston Lynch y William “Rip” Robertson (los primeros en desembarcar en Playa Girón la madrugada del 17 como hombres rana). Los pilotos de la Guardia Nacional de Alabama, cuatro de los que sacrificaron sus vidas a sabiendas cuando se ofrecieron de voluntarios para volar los últimos B-26 de la Brigada y ofrecer un ínfima cobertura aérea cuando ya era demasiado tarde, tienen que ser reconocidos no solo por su heroísmo, sino por el buen entrenamiento que dieron a los pilotos de la Brigada. 

 

Pero el Director Dulles, quien más experiencia tenía en operaciones clandestinas en la agencia, y uno de los altos oficiales -y años después, Director de la agencia-, Richard Helms, curiosamente casi no intervinieron en la operación. Dulles en especial tiene que ser criticado por no tratar de convencer a Kennedy de no cancelar los bombardeos. Muy difícilmente se hubiera negado Kennedy si Dulles le hubiera enfatizado, sobre todo el 15 de abril, después del primer bombardeo, que la destrucción de la FAR era absolutamente necesaria para el éxito de la operación. Tanto Dulles como Bissel y Cabell lamentaron amargamente no haber hecho un esfuerzo máximo por convencer a Kennedy de reinstaurar los bombardeos.

 

Y por supuesto, se cometieron una enorme cantidad de errores tácticos, tales como mezclar equivocadamente el combustible de los motores de las lanchas de desembarco y confundir los arrecifes frente a Playa Girón con algas o con reflejos de nubes en las aguas fuera de las playas. Había miembros de la Brigada que conocían esas aguas y sus avisos fueron ignorados.

 

Pero mas que nada, los líderes de la operación, especialmente Bissel, debían haber recomendado a Kennedy la cancelación de la invasión desde que ordenó cambiar el Plan Trinidad, pero definitivamente cuando los aviones que participarían en el primer y único bombardeo el 15 de abril fueron arbitrariamente reducidos de 16 a 8 por Kennedy. Tanto el sub-jefe de la operación, Jake Esterline, como el mencionado Coronel Hawkins, de hecho presentaron sus renuncias a Bissel esa mañana, pero se dejaron convencer cuando Bissel apeló a su patriotismo. Mas ninguno de los dos le perdonó a Bissel que la operación no fuera cancelada. 

 

No cabe duda que si Bissel, por no decir el Director Dulles, le hubieran recomendado a Kennedy la cancelación de la invasión después de los cambios ordenados por el presidente, Kennedy hubiera aceptado de inmediato. Y hubiera culpado a la CIA por tal cancelación (sin mencionar al público, por supuesto, las razones por las cuales la CIA había hecho tal recomendación). De manera que si, la CIA tuvo una gran responsabilidad por lo sucedido. Pero siempre recordemos las famosas palabras de otro ex Presidente, Harry Truman, quien tenía un pequeño letrero en su buró que decía “the buck stops here” (la responsabilidad es mía). Kennedy fue quien tomó la decisión final de ordenar que la Brigada partiera de Nicaragua a Cuba y luego las decisiones fatídicas de cancelar los bombardeos y de no permitir ninguna intervención militar americana ni siquiera para salvar a los brigadistas. Por lo que, como se ha repetido hasta la nausea, ÉL Y SOLO ÉL fue el responsable del fracaso de la invasión  

 

Ahora consideremos la actitud de Kennedy sobre la operación contra Cuba, cualquier operación.  El hecho cierto, innegable, es que Kennedy NUNCA creyó en la invasión, ni siquiera después que se hicieron los cambios que ordenó. Esto sale a relucir muy especialmente en el nuevo libro The Brilliant Disaster. Las menciones del autor Rasenberger (quien, a pesar de sentir ciertas simpatías por Kennedy ha escrito un libro extraordinariamente objetivo) de las dudas de Kennedy sobre la operación, no dejan mucho lugar a otras interpretaciones. Al contrario, no hay otra cosa que pensar que el presidente no quería, de ninguna manera, ordenar una invasión contra Cuba, y que estaba continuamente buscando como evitar tal decisión.

 

Mucho peor y más grave, Rasenberger demuestra de una manera conclusiva que Kennedy, o nunca entendió bien la importancia de los bombardeos incluidos en ambos planes (lo cual hace lucir muy mal al presidente por ser algo tan obvio y tan esencial;  lo mismo que cuando sus defensores alegan que Kennedy no sabía que las montañas del Escambray estaban a 80 millas de Bahía de Cochinos, como si el presidente no supiera leer un mapa), o aún entendiendo la importancia, buscaba desesperadamente como evitarlos.  Tanto es así que el día antes del primer bombardeo del 15 de abril, Kennedy le preguntaba a Bissel si ese bombardeo inicial (¡el inicial!) era realmente necesario. No solo los dos planes lo enfatizaban y todos los ejecutivos de la CIA y los altos militares del Pentágono le habían dicho clara y absolutamente al presidente que la eliminación de todos los aviones de las FAR eran esenciales para el éxito de la operación, sino que su mismo asesor de seguridad nacional, McGeorge Bundy, se lo había advertido en un memorandum escritoel 14 de marzo, el cual decía que había acuerdo unánime entre todos sus asesores, incluyendo a Dean Rusk en aquel momento, de que la aviación de Castro tenía que ser eliminada

 

El resultado de estas dudas, de no creer en la operación, de querer por todos los medios emascularla cada vez más, de darle más importancia a la opinión pública y a la opinión de la mayoría de sus asesores (casi todos en contra) de la invasión, fue lo que tenía que ser. De manera que es imposible, como lo han hecho los apologistas de Kennedy por medio siglo, decir que el presidente no entendía la importancia de los bombardeos o que la CIA no se lo había aclarado bien. Que esas dudas y esa falta de determinación decidieran a Kennedy eventualmente a reducir el número de aviones que participarían en el primer bombardeo (el único, el 15 de abril) y a cancelar los otros dos bombardeos planeados, incluyendo el crucial de la madrugada del 17, poco antes del desembarco de la Brigada. Y que no permitiera de ninguna manera a los aviones americanos que estaban a cinco minutos de las playas de Bahía de Cochinos intervenir ni para salvar las vidas de esos hombres que confiaron en él y a quienes mandó a una muerte segura. 

 

Cuando yo dije esto en el seminario, todos los panelistas, incluyendo mi buen amigo José Azel, consideraron mis palabras acusadoras un poco extremas (Latell y Jones no estaban en ese segundo panel; ellos dos comparten mi opinión), pero eso es algo a lo que estoy acostumbrado. Sin embargo, lean lo que escribió el sub-Director de la CIA, el General Charles Cabell, en sus memorias años después. En su opinión, Kennedy y Rusk no tomaron la decisión de suspender los bombardeos por ignorancia de los resultados militares de la cancelación. No, según Cabell, lo hicieron debido a un cínico cálculo político, y “a sabiendas sacrificaron la brigada a otros intereses”. 

 

Esas palabras son mucho mas severas que las mías, como lo son las del Coronel Jack Hawkins, entrenador militar de la Brigada, y las del Jefe del Estado Mayor Conjunto Lyman Lemnitzer. Los dos calificaron la cancelación de los bombardeos como “negligencia criminal”. Pero ese es, por supuesto, el juicio de la historia. Y aunque todavía la versión de los apologistas de Kennedy prevalece, culpando a todos menos al presidente de lo sucedido, repito que ÉL Y SOLO ÉL es el responsable del fracaso de la invasión. Podía -y debía- haber cancelado la operación.

 

Tenía bases de sobra. Bajo el Derecho Internacional, la invasión de una nación soberana, por muy insoportable que fuera su gobierno, era ilegal. Así se cansaron de repetírselo sus asesores Chester Bowles, Arthur Schlesinger, el Secretario de Estado Dean Rusk, y el funcionario del Departamento de Estado Thomas Mann, quien había trabajado bajo la administración de Eisenhower. Y también se lo aseguró el Senador William Fullbright, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, quien lo previno que el plan, además de ser ilegal, era inmoral. Resulta irónico que Fullbright siempre fue muy atento a las “inmoralidades”, excepto cuando votaba para negarle a los negros de su estado, Arkansas, todo tipo de derechos civiles. 

 

Además, casi todos los asesores del presidente pensaban que los resultados de una invasión apoyada por EEUU -aunque tuviera éxito- serían desastrosos en Hispanoamérica y en el resto del mundo, especialmente en vista de la propuesta iniciativa de la Alianza para el Progreso. Muchos de ellos consideraban que era contradictorio tratar de mejorar la imagen y las relaciones de EEUU con Hispanoamérica por un lado, y “agredir” a un país del hemisferio por otro. Todos olvidaban los tratados de seguridad mutua hemisféricos, los cuales permitían acciones para evitar la penetración comunista en América. Todos ponían en segundo plano la seguridad nacional en aras de las buenas relaciones. Así que no, el juicio de la historia es muy claro sobre la responsabilidad de Kennedy por el fracaso de la invasión. Primero por permitirla. Segundo por no apoyarla.  Y tercero por garantizar su fracaso -y la destrucción de la Brigada- al ordenar la cancelación de los bombardeos y no autorizar ninguna ayuda americana, ni aérea ni marítima, siquiera para salvar la vida de los invasores. 

 

Una última consideración. No se puede evitar especular sobre lo que hubiera sucedido si Robert Kennedy hubiera estado más involucrado en la operación contra Cuba. Robert, como fiscal general de la nueva administración Kennedy, quizás fue el mas energético y activo de todos los miembros del gabinete de su hermano, pero como estaba tan ocupado con la reorganización del departamento de justicia, se mantudo muy al margen del proyecto contra Cuba.

 

Su posible intervención podría haber cambiado todo dramáticamente. Robert en 1961 era un hombre decidido y atrevido, a veces impulsivo. Por eso, de haber participado más activamente, se puede suponer que hubiera apoyado la operación mucho más que el presidente y que le hubiera recomendado ser más decisivo. En mi opinión, revisando lo que sucedió después, casi seguro se hubiera opuesto a la cancelación de los bombardeos, si no por mejor razón, por el desprecio que sentía hacia Adlai Stevenson y por lo poco que respetaba a Dean Rusk. 

 

Una gran ironía de la historia es que después del fracaso de la invasión, no hubo nadie mas ultrajado que Robert.  Desde entonces fue el más cercano colaborador del presidente, y su resentimiento y odio contra Castro lo llevó a proponer y dirigir la Operación Mongoose, el programa de acción y sabotaje, incluyendo planes para asesinar a los Castro y a Ernesto “Che” Guevara, que comenzó a funcionar poco después de la fracasada invasión. 

 

Y lo más curiosamente profético de todo. El día 19 de abril, horas después del fracaso, Robert le escribió un sorprendente memorandum a su hermano que se debe citar en parte, por la claridad de su visión sobre el futuro y sobre la importancia de Cuba en ese futuro. “Nuestros objetivos a largo plazo en política externa [en Cuba] están ligados a nuestra soupervivencia mucho mas que lo que está pasando en Laos, el Congo o ningún otro lugar en el mundo. Ha llegado el momento de una confrontación [con Cuba] porque en un año o dos, la situación será inmensamente peor. Si no queremos que Rusia instale bases de cohetes en Cuba, mejor decidimos ahora lo que estamos dispuestos a hacer para evitarlo”.  (President’s Office Files, John F. Kennedy Library, April 1961). 

 

Pero pasemos ahora, finalmente, a la clave de todo. A Félix Rodríguez le pregunté en el seminario del año pasado su opinión sobre esta pregunta: Aunque todo hubiera salido bien, es decir, si el desembarco hubiera tenido éxito y los barcos con las municiones no hubieran sido hundidos, y si los aviones de la FAR (Fuerza Aérea Revolucionaria) hubieran sido completamente destruidos, dándole a la Brigada la superioridad del aire, como podían 1,200 brigadistas derrotar a mas de 300,000 soldados y milicianos castristas sin la intervención americana incluida como condición  final en el Plan Trinidad? 

 

Félix me contestó que, dado el éxito inicial de la Brigada, él creía que si hubieran podido ganar. De hecho, ganaron mientras tuvieron municiones con qué pelear. Pero ¿y después qué? ¿Como derrocar a Castro sin ayuda de EEUU?

 

Yo también he creído por casi 50 años que no solo con que el plan funcionara perfectamente, sino con que los bombardeos hubieran destruido la FAR, la Brigada hubiera triunfado.

 

Pero ahora ya no lo creo. ¿Por qué no? Porque, en mi opinión, ni aunque todo hubiera salido a la perfección y la cabeza de playa hubiera sido establecida con la presencia del Consejo Revolucionario en suelo cubano, Kennedy NUNCA hubiera permitido la intervención de fuerzas militares americanas. Bajo ninguna circunstancia, como dijo públicamente en una conferencia de prensa en Washington el 12 de abril, cinco días antes del desembarco. 

 

Sin eso, en mi opinión, las fuerzas castristas eventualmente hubieran derrotado a la Brigada, simplemente por la abrumadora superioridad numérica, aún sin control del aire.  Además, y esto es relativamente nuevo para mí, y lo he descubierto gracias a la información de varios amigos que conocen el tema y que estaban en Cuba en abril de 1961, la oposición castrista que la Brigada derrotó fácilmente el 17 y aún el 18 de abril ya casi sin municiones, estaba primordialmente compuesta de milicias del área, sin mucha preparación militar. Pero ya venían en camino, desde el mismo 18, fuerzas militares del ejército y la policía del régimen, comandadas y entrenadas por el Comandante Derminio Escalona en los primeros campamentos de entrenamientos de guerrillas en Pinar del Río, y también los primeros cuerpos militares entrenados en Checoslovaquia ya estaban en Cuba listos para intervenir, además de los cadetes de la Escuela de Oficiales de Matanzas.

 

Estamos hablando de, según cálculos del Pentágono, mas de 32,000 soldados bien entrenados y equipados. Contra los 1,300 brigadistas. Los números no mienten. Es verdad que algunos de estos nuevos soldados fueron de hecho derrotados brevemente por los invasores el 18 de abril, sobre todo cuando los pocos aviones B-26 que llegaron de Nicaragua esa mañana diezmaron a los camiones de tropas castristas que venían hacia Girón, Playa Larga y San Blas a reforzar a los pocos defensores del área.

 

Y también es verdad que la Brigada, con el control del aire, quizás se hubiera mantenido en control de las playas y alrededores de Bahía de Cochinos sin que las tropas castristas hubieran podido ni llegar al área, ya que las dos carreteras que existían hacia Girón, Playa Larga y San Blas estaban bajo el control de la Brigada. Pero repito ¿por cuánto tiempo?  La superioridad numérica del régimen hubiera al final derrotado a la Brigada.

 

Recuérdese que coexistían refuerzos para la Brigada. La operación estaba diseñada para ganar o perecer. Y solo se ganaba manteniendo la cabeza de playa hasta que los americanos intervinieran militarmente. Pero ¿y si no intervenían? Ahí está el detalle.  Pregunté en el seminario a Brian Latell y Howard Jones, dos conocedores e investigadores del tema, con libros escritos y amplia experiencia académica y en el gobierno (la CIA, en el caso de Latell) si creían que Kennedy hubiera autorizado la intervención americana para completar el plan original. Los dos me contestaron categóricamente que no, de ninguna manera. 

 

Entonces, terminemos este resumen recordando el cincuentenario más uno de la invasión de Bahía de Cochinos. La única manera posible en que la invasión hubiera triunfado en abril de 1961 y que Cuba se hubiera liberado de esta larga pesadilla de medio siglo, es que Richard Nixon, ese hombre funesto que yo personalmente tanto desprecio, hubiera ganado la elección presidencial de noviembre de 1960 a John Kennedy. Nixon, tanto como Eisenhower, definitivamente hubiera completado el Plan Trinidad como estaba diseñado y hubiera permitido el desembarco de las tropas americanas (aunque quizás con uniformes de la OEA) para asegurar la victoria de la Brigada.

 

De hecho, unos días antes de la elección, Nixon trató de presionar a la CIA para apurar la operación y que su éxito le garantizara la elección. Eisenhower también lo hubiera querido. Pero era simplemente muy pronto, todavía en aquel entonces solo había 500 hombres en los campamentos de Guatemala. Aunque en retrospectiva quizás una incursión exitosa de solo esos 500 brigadistas hubiera ayudado a la elección de Nixon.

 

Se puede imaginar entonces un mundo sin la Crisis de Octubre y sin cincuenta años de castrismo, de terrorismo internacional, de miles y miles de muertos en África y el Caribe, sin el narcotráfico propiciado por Cuba como arma para corromper a la juventud americana. 

 

Pero tristemente, parece que no estaba para nosotros ese mundo. Nos tocó perder, pero por lo menos tenemos la satisfacción y el orgullo que nunca dejamos de luchar por la libertad de Cuba. 

 

Y que quede bien claro, y que no haya ninguna mala interpretación sobre mis conclusiones finales, que han sido dolorosas para mí admitir después de casi 50 años pensando y escribiendo lo contrario.

 

Pero aún así, se que seré criticado por esto que ahora escribo. Mi admiración por la Brigada 2506 y por el heroísmo de lo que lograron sus miembros en esos tres días aciagos en abril de 1961 en las playas de la Bahía de Cochinos sigue siendo la misma. La brigada 2506 dejó en la historia de Cuba una huella comparable a las más grandes hazañas de Maceo y Máximo Gómez durante nuestras guerras de independencia al final del siglo 19.

 

Pero la búsqueda de la verdad, en la que llevo enfrascado -y seguiré- desde 1967, cuando empecé a estudiar historia, sobre todo la invasión de Bahía de Cochinos y  la Crisis de los Cohetes de Octubre 1962, me lleva a las conclusiones que aquí expreso. La historia no se escribe para complacer a nadie, sino para contar lo que pasó y para expresar conclusiones sobre los hechos. El historiador tiene la obligación de buscar y escribir la verdad. La invasión de Bahía de Cochinos debía haber sido cancelada por Kennedy. Quien no cree en una causa no puede apoyar esa causa, y a la guerra no se va sino a ganar.

 

Los cubanos solos quizás hubiéramos podido conseguir la libertad de Cuba, con Kennedy o sin él, con Khrushchev o sin él. En definitiva, entre la invasión de Bahía de Cochinos y la Crisis de Octubre, se produjo en Cuba un aumento del grado de oposición popular que hubiera podido llegar a la insurrección que buscaban los que planearon la operación contra Cuba en 1959-61.

 

Pero después del arreglo entre Kennedy y Khrushchev que concluyó la Crisis de los Cohetes, las mismas administraciones americanas que gobernaron en EEUU desde entonces, se han ocupado de maniatar a los cubanos que queríamos pelear por la libertad de Cuba. Entre esos dos “líderes”, se garantizó la revolución cubana hasta ahora. 

 

Esa es la verdadera derrota que lamentablemente conmemoramos el 17 de abril.